Capítulo 2:

Kate torció el gesto, no quería meterse en líos y mucho menos que ese tío la dejase mal delante de sus compañeros de trabajo.

-¡No pienso a ir a hablar con esos hombres! ¡Esto es absurdo!

-¿Absurdo?, ¿Te parece absurdo que acabes de provocar el mayor atasco de la historia de Nueva York?- exclamó Rick con la voz huracanada

Con los puños y los labios apretados, intentando contener la ira que avecinaba con aparecer en cualquier momento, Kate escudriñó el rostro de ese hombre. Advirtiendo que tenía unos extraordinarios ojos azules y una boca generosa. Del cabello le goteaba agua sin cesar. Esa mandíbula le confería un aspecto muy masculino, aunque ella sólo deseaba en ese momento estampar su puño contra ella.

De repente, una tercera voz surgió de entre el aguacero y se añadió a la discusión. Kate la reconoció al instante, Javi en ese momento reparó en ella y ésta pensó que se había metido en un serio problema.

-¿Qué sucede aquí? – preguntó el policía tratándoles a ambos como si no les conociese de nada.

Antes de que Kate pudiese explicárselo, lo hizo Rick

-Esta señorita está chiflada. ¡Ha arrojado las llaves de mi coche al otro lado de la calle!

Espo se quedo mirando a su amiga con el ceño fruncido y la mirada desencajada y Beckett se defendió

-Se me bloquearon los frenos del coche y patinó hasta dejarme encajonada – se colocó un mechón de pelo mojado tras la oreja y prosiguió – estaba intentando enderezarlo cuando este tipo empezó a pitarme como un loco. ¡Como si yo hubiera provocado todo esto adrede! – el tono de voz dejaba ver la indignación que estaba sintiendo en esos momentos.

-Lo hacía todo el mundo – matizó él, con expresión muy severa para dirigirse tras esto al policía – Debería llevarse a esta mujer y meterla entre rejas. Es un peligro público

-¡No se te ocurra insultarme! – alzó un dedo acusador por delante de sus ojos

-Haremos una cosa – intervino Javi, procurando calmar los ánimos. Aunque trataba de hablar con autoridad, Kate apreció ese matiz en su voz, toda esa situación le provocaba gracia – Aparten ambos coches de la carretera. Usted señorita buscará las llaves del caballero y se marchará a su trabajo cuanto antes

-No es justo…

Espo la miró severamente – devuélvale las llaves a este hombre, si no quiere tener una bonita charla con Roy – la amenazó- ya tenemos suficientes problemas esta mañana…

La detective blasfemó entre dientes

-Esto es indignante

El macizo del Ferrari le sonrió con sorna

Gilipollas, pensó la detective mientras se ponía a ello

Las llaves aparecieron bajo la rueda de un coche, junto a una alcantarilla. Lo cierto es que fantaseó con la idea de dejarlas caer. Sabía que lo habría hecho de no tener a sus compañeros allí. Pese a que el incidente se había resuelto favorablemente, su humor empeoraba por momentos. Lo más frustrante había sido tener que ir a devolver las llaves a ese tío y aguantar la sonrisilla de suficiencia en su rostro.

-Pequeña tocapelotas – masculló éste entre dientes mientras se metía empapado en su coche

¿La había llamado pequeña tocapelotas?

Cuando regresaba a su coche resbaló y hundió el pie en el hueco de un ladrillo roto, trastabilló y su tacón se partió por la mitad. Dio un humillante traspié pero guardó el equilibrio. Sólo hubiera faltado caerse de bruces para coronar ese momento. Se montó en el coche y busco su sitio de siempre.

Nunca había llegado tarde al trabajo, se acercó a sus compañeros que quedaron en esperarla allí mientras subía, se secaba y bajaba, y mientras subía en el ascensor tuvo la sensación de que había cometido algo peor a los casos a los que se enfrentaba cada día.

Al entrar en su planta algunos compañeros se le quedaron mirando como si acabara de escaparse de un manicomio. Y la verdad es que no era para menos, tenía una imagen desastrosa.

Estaba empapada de gua, con la melena corta pegada a la cabeza y goteaba conforme avanzaba por esa especie de pasillo. Aunque trataba de caminar erguida, el tacón roto le hacía cojear y no podía disimularlo.

Cuando llegó a su mesa y depositó sus cosas sobre ella, Lanie soltó una exclamación de asombro

-¿Qué te ha pasado nena? – preguntó lanzándole una mirada de sorpresa

Beckett se quitó la empapada gabardina beis y la colgó en un perchero que habían instalado junto a su mesa de trabajo. Por suerte la blusa había permanecido seca, pero los pantalones grises estaban mojados desde algo más arriba de las rodillas hasta los talones.

-Voy a secarme el pelo, ¿me esperas un momento y te lo cuento?

La forense consultó su reloj, de acuerdo, ahora mismo estoy en mi tiempo de descanso.

Se encerró en aquello que tenían por aseos y se escurrió la melena, colocando después la cabeza debajo de la máquina de aire caliente y aguardo un par de minutos. El espejo le devolvió una imagen algo desastrosa de su pelo y aunque trató de alisarlo, acabó recurriendo a las horquillas.

Tan pronto como salió del baño, buscó a su amiga y sentándose en unas de las sillas de la sala de descanso le contó el altercado. Lanie abría los ojos, no podía creer que su pacífica Kate hubiese perdido los nervios de esa manera. Continuó contándole hasta que las carcajadas de la forense la hicieron parar.

-¿Qué resulta tan gracioso? – preguntó indignada

-Oh vamos, si me hubiera sucedido lo que a ti, te habrías reído – contesto Lanie – oye, últimamente pareces un poco alterada, ¿es por la boda?

Kate la miró y vio el atisbo de preocupación que reflejaba la cara de Lanie. Al fin y al cabo ambas eran como hermanas y la adoraba.

Lanie no esperó contestación

-Imagino que preparar una boda tiene que ser trabajoso, yo nunca he preparado una, pero me tienes aquí para todo lo que me necesites, bien sabes que puedes contar conmigo para todo.

Además Tom te adora, vais a ser una pareja perfecta.

Una pareja perfecta.

Claro, ¿por qué no?, ¿De qué vale la pasión, las risas teniendo cosas como el cariño, el respeto y la comprensión? Sin embargo le resultaba frustrante que su amiga estuviese más ilusionada con esa boda que ella.

El móvil de la forense las sacó de esa conversación y tras la llamada, se despidieron afectuosamente mientras una volvía a la morgue y la otra bajaba a la calle tras recibir una serie de mensajes de Ryan y Espo avisándole de que tenían un nuevo caso.

El caso les llevó mucho más tiempo del previsto y no fue hasta pasadas las ocho de la tarde cuando pudo marcharse de la comisaría. No deseaba volver a casa directamente, así que recogió los informes que había estado terminado y recogió sus cosas. Tenía los músculos entumecidos y los hombros rígidos.

Decidió pasarse por la morgue y se encontró a mitad de camino con su amiga

-Iba en tu búsqueda, ¿te apetece tomar algo en el pub irlandés que tanto nos gusta?

-Has debido de leerme el pensamiento. Aunque creo que antes de nada deberías cambiarte de zapatos – y dicho y hecho le paso una bolsa con unas botas negras

La detective agradecida se cambio el calzado y salieron juntas del trabajo.

Eran amigas desde hacía solamente tres años, sin embargo ambas sabían una de la otra como si su relación se remontase muchos más años atrás.

-Me cuesta imaginarte como protagonista del numerito que me has contado antes – comento la forense sentadas ya en una de las mesas del pub – No eres así

-Fue muy humillante y que él fuera tan guapo no ayudó nada – refunfuño – lo peor de todo es que no tengo ni su nombre

-Eres tonta chica, yo le hubiera devuelto las llaves junto a mi número de teléfono y un llámame en mayúsculas, negritas y subrayado.

El comentario le hizo sonreír. Había creído que nada, podría causarle la más mínima sonrisa, pero conforme pasaban las horas, afortunadamente todo iba perdiendo dramatismo.

Sacaron temas triviales mientras bebían y cuando la forense notó que los efectos del alcohol habían relajado por fin a su amiga, la animo a salir a dar un paseo.