La cursiva indica que los personajes hablan en español
El señor Herriman no levantó la vista de su papeleo ni dijo una sola palabra, así que Eduardo y Nina se encontraban atrapados en un silencio bastante incómodo. Eduardo pasaba el rato mirándose las pezuñas, sin tener el valor de levantar la mirada hacia el conejo, mientras su creadora seguía mirando a su alrededor. Todo parecía realmente señorial, ¡hasta los techos tan enormes estaban inmaculados!
Había guardado silencio durante casi toda la mañana, pero finalmente se inclinó hacia su amigo imaginario.
- Eduardito, aún estamos a tiempo...-le susurró.
- ¿Es que no te gusta este sitio?-preguntó Eduardo en voz baja.
- Sí, sí que me gusta, son muy profesionales...Pero...No sé, siempre podemos buscar otras alternativas...
- Creía que no quedaba otra alternativa.
- Es verdad, pero...
- Nina, ¿no quieres que me vaya?
Nina apretó los labios, sin percatarse de que los movimientos de Herriman se habían hecho más lentos si cabía.
- ¿Cómo voy a querer que te vayas?-Nina bajó la mirada mientras acariciaba el pelaje morado de su amigo imaginario-. Claro que no. Es que...Bueno, te quiero mucho, más de lo que te imaginas...Siempre había pensado que envejecería junto a ti, que algún día mis hijos jugarían contigo igual que tú jugabas conmigo y con mi hermano...
- Pero tú ya no me necesitas-Eduardo trató de no distraer su mente con la idea de que Nina algún día pudiera tener hijos-. Y puede que algún otro niño sí.
- Sí, lo sé...
- Entonces-el señor Herriman carraspeó suavemente y finalmente volvió su mirada hacia ellos, dando un descanso a su pluma-, ¿están seguros de que quieren seguir adelante con la adopción?
Nina y Eduardo se miraron durante unos instantes.
- Sí-Eduardo asintió.
Aunque no dijo nada, Nina asintió con la cabeza.
- De acuerdo. Con frecuencia, los creadores se arrepienten a última hora de dar en adopción a sus amigos imaginarios, y a mí no me gusta malgastar inútilmente tiempo y papeles...Si está usted conforme, entonces, firme aquí.
Herriman le tendió unas cinco hojas a Nina, a las que ella echó un vistazo rápido. Estaba lleno de jerga difícil de descifrar, pero el conejo ya les había explicado el proceso y ella tenía muy claro qué pasaría si los firmaba. Él le tendió su pluma pero Nina tenía un bolígrafo en el bolso y lo sacó de inmediato para firmar los papeles uno a uno, bajo la atenta mirada de Eduardo.
- Ahí. Y ahí. Muy bien. Esa última hoja es para usted, guárdela bien. Bien, concluido esto, es usted parte de Foster, señorito Eduardo. Enseguida buscaré a la señorita Francis para que le busque una habitación libre.
- Gracias-respondió Eduardo.
- Muchas gracias, señor-Nina se puso en pie y se dirigió hacia la puerta-. Vamos, Eduardo...
El señor Herriman no les acompañó fuera. Era una suerte que su despacho estuviera cerca de la puerta principal porque Nina estaba casi segura de que se habría perdido entre tanto amigo imaginario y tanto pasillo. Se sintió un tanto afortunada de que sólo hubiera un huésped en la entrada, uno alto, manco y con zapatillas de deporte que pasaba el polvo a la barandilla mientras tarareaba sin percatarse de que estaban allí. No le apetecía tener público cuando se despidiera de Eduardo.
Tal y como se temía, cuanto más se acercaban a la puerta, más le costaba a Eduardo mantener la compostura, hasta el punto de que terminó sollozando cuando llegaron a ella.
- Oh, Eduardo...
- Sniff, lo sé, sé que te dije que no lloraría...Sniff...¡Pero te voy a echar mucho de menos!
Nina tragó saliva con dificultad. Ahora le importaba un bledo que el amigo imaginario se hubiera vuelto hacia ellos. Abrazó fuertemente a Eduardo, repitiéndose mentalmente a sí misma una y mil veces que no podía permitirse llorar delante de Eduardo, porque si no, no sería capaz de irse de allí.
- Y yo también te voy a echar mucho de menos, mi niño...Prometo venir siempre que pueda...Tienes mi número, ¿verdad?
- Sob...Sí...
- Estaremos en contacto, te lo prometo. Vamos, no llores. Ya verás como haces amigos muy pronto.
- Pero ¿y si no les (hic) gusto?
- ¿Cómo no iba gustarles una cosita tan dulce como tú?-Nina le pellizcó una mejilla y Eduardo por fin sonrió un poco.
- Vale...Sniff...Lo siento...
- Venga, dame un abrazo.
Eduardo la satisfizo inmediatamente, con tanta fuerza que Nina agradeció ser bien delgada, porque la habría asfixiado.
- Nos volveremos a ver antes de lo que te imaginas.
- Sí, seguro que sí-Eduardo le sonrió, sorbiéndose los mocos y limpiándose el morro con el antebrazo-. Suerte en la academia.
- Gracias, te llamaré cuando termine de mudarme-Nina se puso de puntillas para darle un besito en la mejilla-. Hasta pronto, Eduardito, cuídate.
- Adiós, Nina. Te quiero.
Finalmente, Nina reunió el valor de apartarse de Eduardo, abrir la puerta y marcharse. Eduardo, aunque trató de frenarse, corrió hacia la ventana para verla marchar hacia el coche. La saludó un par de veces con la mano, hasta que la vio desaparecer de su vista.
El amigo imaginario se encontró en silencio y tan solo que las lágrimas volvieron a sus ojos irremediablemente. Cuanto más trataba de convencerse de que aquello había sido para bien, que había hecho lo correcto, peor se sentía y más ganas tenía de llorar.
Cuando una mano roja le ofreció un pañuelo, dio un pequeño bote. No se había dado cuenta de que no estaba realmente solo. Pero, en vista de que aquel gesto era amistoso, lo aceptó tímidamente.
- Gra-Gracias...-dijo, y se sonó la nariz estruendosamente.
- De nada-sonrió Wilt-. Perdona que me meta donde no me llaman, pero no pude evitar escucharos...Bueno, habría sido mejor si hubiera entendido una palabra, pero ¿esa era tu creadora?
- Sí...
- Así que eres nuevo.
- Sí, eso es.
- Sé bienvenido a Foster. Me llamo Wilt, ¿y tú?
- Eduardo.
- Un placer. ¿Te han enseñado ya la casa?
- Sí, parece...parece bonita.
- Sí, es bastante bonita, y siempre hay algo con que entretenerse. ¿Le has echado el ojo a alguna habitación?
- No...
- Bueno, yo estoy solo en la mía desde que adoptaron a Manchas el mes pasado. ¿Te gustaría ser mi compañero de cuarto? No ronco, lo juro, y me gusta tenerlo todo ordenado, no te molestaré.
- ¿De verdad? ¿No te importa?
- ¡Claro que no! Estoy acostumbrado a dormir acompañado, y siempre viene bien tener a alguien tan fornido como tú.
Eduardo no pudo evitar apartar la mirada con vergüenza. Había oído muchas formas para dirigirse a él, sin ir más lejos, había oído murmurar a una amiga imaginaria muy fea con la que se habían cruzado por el pasillo que era un "cerdo horrible". "Bruto", "monstruo"...Pero, aparte de Nina y su familia, nunca nadie se había molestado en usar eufemismos. Aquello le terminó de convencer para aceptar la oferta.
- Me gustaría. Me gustaría mucho.
