Hola, sé que el capítulo anterior fue muy corto pero solo era una introducción, y sé que es muy temprano para navidad, pero quiero publicarlo antes de año nuevo, espero que les guste este capítulo, con un poco de suerte publicare el siguiente antes de tres o cuatro días, denme uno o dos Reviews será mucho antes. Disfruten sus vacaciones y les deseo felices fiestas a todos, coman rico, abrasen a sus seres queridos y disfruten de la humilde obra de su servidora. Con un poco de suerte nos veremos el próximo sábado o domingo, si me dan dos review será para el sábado a más tardar.

El Capricho del Rey

Solo un par de horas más tarde, el hermoso abeto lucia completamente adornado con toda clase de joyas de plata y oro, piedras preciosas, velas, dulces, galletas y pequeños muñecos y juguetes hechos por los mejores artesanos. El salón estaba decorado con cientos de luces de velas artesanales, muérdagos y cintas de hojas de pino adornadas con telas de seda dorada y otras telas preciosas y cristales de colores. Todo estaba en calma, pero esta se perturbo cuando dos hombres adultos uno más grande que el otro ingresaron a la sala haciendo pequeños traqueteos con sus zapatos de suela de madera.

- ¿majestad? ¿Está usted aquí mi señor? – llamo el hombre más joven de los dos. Ambos miraron por todos lados del salón del trono, pero no había nadie más que ellos a plena vista, estaban por darse la media vuelta y volver cuando escucharon o más vieron como una de las ramas bajas del árbol decorado se tambaleaba, se acercaron curiosos y vieron la silueta del joven rey bajo el abeto.

- buenas tardes majestad – saludo el hombre mayor cuando ambos se aproximaron al gran árbol decorado.

- ambos hacen un ruido espantoso con esos horribles zapatos – se quejó un preadolescente que estaba entretenido con algo bajo el abeto. Ambos hombres se asomaron para ver al rey, que era un chico de no más de trece años, de brillante cabello plateado que le llegaba a las rodillas recogido en una pequeña cola de caballo, y que vestía con un traje sencillo de terciopelo rojo con bordes dorados y zapatos de charol negros.

- ¿pero que hace ahí metido mi señor? – pregunto con curiosidad el hombre más joven, que era el primer ministro del reino el señor Totosai.

- ¡feh! ¿Qué no es obvio? Me estoy comiendo una de estas galletas deliciosas – gruño quitándole de un mordisco el brazo a un hombre de jengibre.

- ahora díganme ¿Qué pasa? – preguntó después de terminarse la mitad de su golosina.

- majestad, son las cuatro, es hora de su lección – explicó el hombre mayor, el profesor Myoga, señalando un reloj de bolcillo, el rey hizo una mueca de fastidio, odiaba estudiar.

- pero antes de eso… - el primer ministro le extendió una pluma y una hoja a Inuyasha.

- ¿otra vez tengo que ponerme a escribir? – se quejó terminado de un bocado la galleta.

- sí, majestad, necesitamos conocer su decisión – asintió Totosai siguiendo a Inuyasha que se había sentado en su trono a descansar un poco.

- ¿Qué decisión? – mascullo aburrido el joven rey mientras jugaba un poco con su corona.

- bueno, como recordara, tenemos que elegir entre matar o indultar a este prisionero – explico pacientemente el ministro, no podían esperar más la decisión del monarca.

- a ver, "m, a, t, a, r" y "i, n, d, u, l, t, a, r" - comenzó a contar las letras Inuyasha con aburrimiento, odiaba las palabras grandes casi tanto como odiaba escribir, entonces sonrió.

- bien, matar es más corto – exclamo finalmente, el ministro suspiro y le entrego la pluma y el pergamino.

- ¡espere majestad! Estamos hablando de la vida de un hombre – se quejó el profesor Myoga.

- ¡me aburre estar escribiendo tanto viejo Myoga! – se quejó Inuyasha en un berrinche, el viejo profesor frunció la nariz pero luego bajo los hombros.

- como desee majestad – suspiro con cansancio, Inuyasha sonrió, tomo la pluma escribió la sentencia con cuidado, luego se la paso a su profesor para que lo revisara.

- ¿está bien escrito profesor? – pregunto esperanzado, el viejo Myoga leyó las letras con seriedad.

- sí señor, está bien escrito – asintió, aun inconforme con la poca madures que presentaba su joven rey, que después de todo, no dejaba de ser un niño.

Después de eso Inuyasha y el profesor Myoga se trasladaron a la sala de estudios, el viejo profesor intentaba por todos los medios que Inuyasha se sentara en su pupitre especial y pusiera atención a las lecciones, pero era en vano, en la lección de historia prefirió fijar su vista en la ventana, durante geografía se dedicó a armar flechas y cuando Myoga intento hacer que repasara las leyes del reino Inuyasha se fue a una esquina a practicar movimientos de esgrima con el apuntador de madera del maestro.

- intentémoslo otra vez, ¿seis por seis son? – intento llamarlo, era la quinta vez que le explicaba las multiplicaciones, pero Inuyasha prefería contar los copos de nieve y no le prestaba atención.

- ¿majestad? - volvió a probar.

- ¡feh! no me interesa – bufo Inuyasha rascándose la cabeza y bostezando sonoramente.

- ¡pero mi señor! – grito escandalizado Myoga, un rey debía saber todas esas cosas e Inuyasha no se interesaba en lo absoluto.

- siempre me tachas las respuestas viejo Myoga – se quejó molesto, odiaba estudiar.

- claro, pero es porque… - comenzó a justificarse el profesor pero Inuyasha volteo a verlo con el ceño fruncido.

- yo quiero que la gente sepa que contesto correctamente – gruño molesto, Myoga suspiro.

- comprendo majestad, pero para eso debe… - intento explicarle pero Inuyasha le arrebato nuevamente el puntero.

- ¡cuidado con lo que dices! También puedo condenarte ¡si yo lo digo perderás la cabeza! – lo amenazo el rey apuntándole al cuello con la vara de madera como si fuera una espada.

- tiene razón, mi señor – se rindió Myoga, con ese niño no había manera, el rey salto de su pupitre, tiro el apuntador al suelo y luego se dirigió a la pizarra donde tomo un trozo de tiza.

- seis por seis son tres ¿alguna objeción? – pregunto retador después de anotar el resultado, Myoga se apresuró a negar con la cabeza.

- bien, entonces siete por ocho son diez y tres por tres son cien – termino de escribir sus respuestas, Myoga quería gritarle que esos estaban muy lejos de ser los resultados correctos de los problemas, pero también quería que su cabeza permanecerá pegada a su cuerpo.

- una respuesta perfecta, mi rey – se limitó a decir, Inuyasha sonrió y volvió a su pupitre, ahora si comenzaba a gustarle la hora de estudio.

- bien, entonces ponlas como correctas – le ordeno, Myoga corrió al pizarrón y palomeo en verde las respuestas.

- sí, me gusta más cuando me palomeas las respuestas, ahora ¿Cuál es el siguiente problema profesor? – sonrió Inuyasha haciendo que en sus mejillas aparecieran dos hoyuelos, una imagen que cualquiera hubiera clasificado como tierna, pero no el anciano Myoga.

- creo que… hemos terminado con la aritmética por hoy y…- se acomodó los lentes mientras pensaba que ponerle a continuación.

- como estamos en víspera de año nuevo aprovecharé para explicarle el calendario – repuso rápidamente agarrando un libro de la estantería.

- vera mi señor, cada año está compuesto por doce meses, y se divide en cuatro estaciones que duran tres meses cada una, que son la primavera, el verano, el otoño y el invierno – comenzó a explicar y para su sorpresa Inuyasha parecía prestarle atención.

- me gusta la primavera – sonrió de pronto el rey, Myoga también sonrió un poco bajo su bigote.

- llegara en abril, después de enero, febrero y marzo – explicó contento Myoga de que por fin su monarca escuchara la lección.

- quiero que sea primavera ahora mismo – claro, tenía que ser demasiado bonito para ser real.

- es imposible cambiar las estaciones – se negó Myoga y al segundo deseo haberse mordido la lengua.

- ¡¿ya me estas llevando la contraria otra vez?! ¡Pero si no escarmientas! – grito Inuyasha furioso levantándose de su pupitre, Myoga se escudó el cuello con el libro que llevaba en las manos.

- no mi príncipe, ¡digo mi rey! Pero es que son las leyes de la naturaleza y yo no puedo cambiarlas – explico mientras retrocedía un par de pasos, Inuyasha frunció el ceño y avanzo amenazadoramente.

- bien, entonces ordenare que cambien esas leyes – gruño tomando el apuntador.

- ¡pero la ley es la ley! – gimió espantado el viejo profesor.

- ¡¿OTRA VEZ?! – gruño Inuyasha levantando amenazadoramente la varilla y causando así que su maestro saltara tras la pizarra para protegerse.

- majestad, no conviene apresurarse tanto, cada ley tiene sus razones – explico Myoga desde atrás del pizarrón.

- ¿Por qué? – pregunto en un gruñido Inuyasha intentando calcular donde estaba la cabeza de su profesor para darle un buen palotazo.

- bueno porque… cada mes nos da sus regalos, por ejemplo enero… - comenzó a buscar entre su libro pero entonces Inuyasha lo vio y se lo arrebato de las manos.

- ¿y abril? – presunto enojado el rey mientras hojeaba sin cuidado el libro, hasta que sus ojos se fijaron en una imagen que llamo su atención.

- esta flor solía pintarla mi madre – murmuro viendo la imagen de una flor blanca de cinco petalos que caían como la falda de un vestido.

- ¿oh? Es un galanto majestad, es la flor de abril – explico Myoga luego de echarle un vistazo a la imagen del libro.

- ¿galantos? No recuerdo haberlos visto en los jardines de palacio – repitió pensativo, esa pequeña flor siempre estaba en los cuadros que solía hacer su madre en sus tardes libres.

- ¡que los siembren ahora mismo! – ordeno decidido, definitivamente quería esas flores en sus jardines.

- es una planta salvaje majestad, solo crece en los bosques y las montañas – se atrevió a aclarar Myoga, peor esta vez el joven rey no se molestó con él.

- me gustaría verlas – suspiro el peli plateado, a su madre le gustaba esas flores, y quizá si las plantaba en el jardín podría recordarla cada vez que las viera.

- pronto llegara abril majestad, así que en noventa días crecerán en los campos y bosques – sonrió Myoga, reiterando su idea de que aunque Inuyasha era el rey o dejaba de ser un preadolescente.

- ¡noventa días! – grito de pronto Inuyasha al tiempo que cerraba con fuerza el libro, haciendo saltar a Myoga.

- ¿Cómo se atreven a hacer esperar tanto a un rey? – gruño indignado, el profesor levanto las cejas sorprendido por la afirmación del muchacho, abrió la boca para decir algo pero se mordió la lengua y guardo silencio en favor de mantener su cabeza unos años más.

- bien, mañanas es la fiesta de año nuevo y yo quiero tener estas flores sobre mi mesa – sonrió volviendo a su pupitre con el libro entre sus manos.

- ¿cómo dices que se llaman? – pregunto de nuevo al haber perdido la página.

- galantos señor – respondió un Myoga resignado, Inuyasha ojeo el libro hasta recuperar la página donde figuraba la florecilla blanca.

- bien, decidido, estas flores adornaran mi mesa para mañana - sonrio, Myoga lo miro con duda ¿debía intentarlo una vez más? Bien, sesenta años era una buena edad ¿o no?

- pero majestad, las leyes de la naturaleza… - intento una última vez.

- ¡hare una nueva ley ahora mismo! Es más, ¡QUE VENGA MI PRIMER MINISTRO! – gruño tan serio que el profesor se encogió.

- ¡primer ministro! ¡Viejo Totosai! ¡¿Que no me oye?! – salió Inuyasha gritando por los pasillos, el profesor se santiguo sin poder evitarlo, solo esperaba que no se le ocurriera nada drástico a su alumno.

Tan solo una hora más tarde un edicto oficial era llevado por los mensajeros de palacio a la ciudad, cuatro jinetes cruzaron el puente de palacio y se colocaron en las plazas principales donde la gente estaba reunida y desenrollaban el papel con el sello real, en él se dictaba que por orden del rey las flores de galanto deberían florecer en pleno invierno y que si alguien llevaba una cesta llena de galantos a palacio el día de año nuevo, se le recompensaría con otra cesta repleta de monedas de oro. Kikyo y su madre pasaban de casualidad por la plaza y al escuchar el edicto se quedaron tan frías como sus corazones.

- ¿escuchaste lo mismo que yo Kikyo? – pregunto aun sorprendida la señora Tsubaky.

- ¿una cesta de monedas de oro? ¡Monedas de oro! ¡Rápido madre! ¡Monedas de oro! – rio extasiada Kikyo antes de tomar la mano de su madre y llevarla casi a rastras de regreso a su casa.

- con razón le gustaban a mamá, son hermosos los galantos - sonrió Inuyasha mientras disfrutaba de un platón de galletas y una deliciosa bebida caliente junto a la chimenea.

- ¿Qué? ¿Galantos? – repitió Kagome mientras se erguía, estaba fregando el piso de la sala cuando Kikyo y la señora Tsubaky entraron de repente asustándola, pero su estupor solo creció después de escuchar lo que querían ahora esas mujeres.

- como lo oíste mocosa, iras a recoger galantos ahora mismo – asintió la señora Tsubaky mientras dejaba los paquetes que había comprado sobre la mesa.

- para ti el bosque es como un patio de juegos, así que no tendrás problemas para recoger esas flores – ordeno Kikyo mientras arreglaba su cabello después de desatar su chal.

- pero es imposible, debe ser alguna especie de broma, no hay flores en pleno invierno – explico Kagome colocando en un rincón el cubo y la fregona.

- no es ninguna broma, lo ha dicho hace nada en la plaza un pregonero real – gruño la señora Tsubaky después de desatar su sombrero y alisarse un riso que se había salido de su peinado.

- el rey puede ser un mocoso, pero a pesar de todo no ofrecería oro a cambio de flores en primavera, lo hace porque estamos en invierno ¿no lo entiendes tonta? – se burló de ella Kikyo mientras se quitaba la bufanda, el abrigo y los guantes.

- uff, que frio, este lugar esta helado – se quejó después de arrojarle las prendas a Kagome, y acercándose a una de las sillas de la chimenea mientras esta las guardaba corriendo en el armario.

- y seguro que hará mas frio, pero se está muy bien junto al fuego – secundo su madre que estaba en su propia silla al lado d ella chimenea. Kagome las miro con un poco de envida pero sobretodo con temor, era verdad que estaba helando y había comenzado ya una tormenta de nieve.

- ¡¿pero qué esperas?! ¡Date prisa! ¡No quiero que alguien recoja las flores antes que tú! – grito de pronto Kikyo hecha una furia, Kagome la miro antes de girar sus rostro hacia la oscura ventana.

- con esta noche de tormenta nadie se atreverá a salir, sería imposible encontrar el camino de regreso – intento explicar, tenía miedo, miedo de perderse en la tormenta y morir congelada si la obligaban a salir.

- pero lo puedes intentar ¿o no? – sonrió diabólicamente la señora Tsubaky.

- además por si no lo sabias, necesitamos ese dinero para comer, para poder costear lo que comes – Kagome se encogió un poco, ella apenas comía la mitad de lo que consumían madre e hija, pero no se atrevió a abrir la boca.

- es verdad, necesitamos ese dinero, así que toma esta cesta y ponte en marcha Kagome – asintió Kikyo tomando la cesta que habían usado para las compras, pero en eso la señora Tsubaky salto de su asiento.

- ¡esa no! ¡Es mi canasta nueva! que mejor se lleve está más vieja, servirá igual – gruño quitándole la cesta a su hija y dándole una más pequeña y de coloro opaco y empolvado.

- pero madre, esta canasta no sirve, es muy pequeña, serán menos monedas – se enfurruño Kikyo, pero su madre solo se puso más erguida y la encaro con soberbia y tiranía.

- ¿y no has pensado en lo que pasara si esa tonta se pierde? Me quedare sin cesta, de eso ni hablar – Kagome sintió un escalofrió recorrerle la espalda, ¿de verdad pensaban enviarla al bosque en plena noche y a la mitad de una tormenta de nieve?

- señora, yo sé que no encontrare nada, en esta época no hay flores, por favor, no me obligue a salir al bosque – suplico de rodillas completamente asustada, pero solo se ganó una mirada de desprecio de ambas mujeres.

- ¿y que pretendes? ¿Qué salga yo? Vamos ¡sal ahora mismo! – ordeno Kikyo enfadada por la falta de sumisión de Kagome, peor esta solo se encogió en su lugar temerosa.

- ¡oh muy bien! Me daré un precioso paseo por el bosque hasta morir congelada – sollozo Kikyo en una pantomima dramática demasiado exagerada.

- mi niña, no digas cosas absurdas, que apenas regresamos de la ciudad y tus manitas aún están heladas – la "consoló" la señora Tsubaky antes de tomar la canasta y marchar amenazante hasta la joven de cabellos negros.

- Kagome, ahora te toca salir a ti – le sonrió con maldad antes de tomarla del cabello y la muñeca, tiro de ella con crueldad mientras que una Kikyo igual de sonriente y sádica abría la puerta al exterior.

- ¡vamos! ¡Anda fuera! – le grito a la vez que la arrojaba al suelo cubierto de fría y dura nieve.

- ¡y no te atrevas a volver sin las flores! – se rio Kikyo arrojándole la canasta y su chal antes de cerrar de un portazo.

Desde el suelo Kagome pudo escuchar claramente como echaban los cerrojos de las puertas y ventanas, un par de lágrimas cayeron de sus ojos y se convirtieron en gotitas heladas nada más dejar sus mejillas, miro a su lado la canasta y el chal antes de girar su mirada al bosque, que apenas podía distinguirse entre la tormenta y la oscuridad de la noche. Resignada se ató el chal a la cabeza y tomo la canasta, se cubrió el rostro lo mejor que pudo y comenzó a caminar rumbo al bosque.

- ¿crees que fui muy dura? – pregunto Kikyo a su madre mientras se quitaba las botas de invierno.

- no, aunque quizá no debimos haberle gritado, seguro nos dolerá la garganta, y después de todo tiene razón de que es imposible conseguir flores con este frio – suspiro la señora Tsubaky acomodándose en su silla.

- bueno si se muere nos sacaremos un peso de encima y si por algún milagro llega a encontrar las flores seremos ricas, sea como sea salimos ganado – sonrió Kikyo acomodándose junto a su madre.

- tienes razón, eres una chica muy inteligente – sonrió la señora a su hija y ambas se rieron de sádica complicidad.

En el bosque la tormenta rugía como un grupo de leones, Kagome caminaba por el manto blanco y negro guiándose más por instinto y memoria, a su paso la nieve se india y la hacía tropezar o bonches de nieve caían de las ramas y la derribaban al suelo, aun así continuo. No tenía ni idea de dónde ir, pero sabía que no podía regresar. El viento helado le resecaba y quebraba la piel, sentía sus manos y nariz entumidos por la baja temperatura y casi podía escuchar cómo se congelaba la sangre y músculos a cada paso. Finalmente un tronco podrido la hizo caer de cara al piso, pero esta vez no tuvo la fuerza para levantarse, todo su cuerpo se había helado dolorosamente, justo sus manos, soplo contra ellas y las froto en un intento para darse calor, pero apenas sirvió de nada. Levanto la mirada y le pareció distinguir tres sombras blancas que caminaban a lo lejos, pero la nieve en sus pestañas la hizo parpadear, cuando por fin volvió a enfocar la mirada estaba sola en algún punto del bosque sin más movimiento a su alrededor que las ramas agitadas por la ventisca.

- es inútil, no hay nadie aquí, incluso los animales están acobijados en sus madrigueras – se lamentó triste, pero entonces un aullido la hizo saltar asustada.

- ¡un lobo! – grito asustada, la adrenalina le permito ponerse de pie, pero volvió a caer a los pocos metros, intento levantarse pero cayó al dar un solo paso, era inútil, sus piernas están tan entumidas por el frio que apenas podía sentirlas.

- no puedo seguir andando, me voy a morir congelada – se dijo a si misma resignada, ¿acaso esto era lo que le deparaba el destino?

- oh papá… mamá… - sollozo antes de que el frio la hiciera encogerse, cerro los ojos y no tardo en quedarse dormida en la fría y helada tormenta.

Continuara…