Leyla se encontraba caminando sola por los pasillos, con las manos posicionadas detrás de su cabeza, y yendo a paso despreocupado. Debían ser horas de clases, pues los pasillos estaban más vacíos que su refri de comida "sana".
No, no había sido idea suya separarse de la mandona de Larissa. Tanto ella como sus hermanas preferían ver el instituto a tener que quedarse haciendo un aburrido trámite. Además, seguro Larissa ya se estaría encargando de todo, ¿para que preocuparse?
"Más vale que tengan un gimnasio" pensó Leyla. Desde que tenía memoria, lo único que la hacía sentir mejor que cualquier cosa era hacer deporte, verdaderamente casi no importaba cuál fuese, era muy buena en ello.
Su cuarto estaba repleto de medallas de oro y plata, y trofeos de varias competencias en las que había participado, tanto en la ciudad natal de ella como de sus hermanas, Los Ángeles en los Estados Unidos, lugar en el que había vivido desde los diez años con su hermanas y su papá, pues este era originario de ahí.
Aunque, por supuesto, su especialidad eran el kick-boxing y el judo, por lo que nunca fue raro que ella fuese la típica chica ruda de la escuela, y la gruesa cicatriz que atravesaba su mejilla derecha lo confirmaba.
Pero más que ser una matona, era defensora de los vulnerables.
Detestaba a aquellos que abusaban de su fuerza para quitarle sus cosas a los demás y humillarlos. No los protegía por verse como una especie de santa o una heroína, sino por Lucy.
En aquel entonces, en California, las quintillizas iban en diferentes escuelas, pues los directores no querían a cinco alumnas idénticas que probablemente podrían causar confusión y, porqué no, alboroto. A pesar de las súplicas del señor Rosain y del dinero que ofreció con tal de que las cinco estuviesen en la misma escuela, nadie quiso aceptar, por lo que no hubo más remedio que meterlas en diferentes escuelas.
Leyla tuvo que ser la que notó como Lucía, de ser una niña alegre y aventurera, terminó por hacerse nerviosa y torpe, como un pequeño pájaro asustado.
Se enteró del maltrato que ésta recibía cuando la escuchó llorando en plena madrugada, sollozando y murmurando entre sueños a sus agresores que la dejasen en paz.
Leyla fue con su papá, y le comentó sobre el problema, y él, que le importaba mucho lo que pasaba con sus hijas, actuó de inmediato y trasladó a Lucy a otra escuela. Pero el daño ya estaba hecho. El calor que su alegría daba a su familia, se esfumó dando paso a una chiquilla miedosa y con temor de hablar.
Ella nunca lo admitiría, pero a Leyla le dolía verla así, siendo como era antes de todo el caos. No podía permitir que eso sucediera con otros niños, no otra vez.
– ¡Leyla!
La morena suspiró con pesadez, y se dio media vuelta con lentitud, esperando encontrarse con Larissa.
En un segundo, Leyla cambió su cara de nefasto por una de confusión y absoluta sorpresa, pues delante de ellas estaba ni más ni menos que su mejor amigo de Los Ángeles, Ken.
Estaba igual que siempre: su cabello castaño estaba con su típico corte de honguito, traía un suéter color pino y sus características gafas de fondo de botella.
–¡¿K-Ken?! ¡¿Qué estás haciendo aquí?! – preguntó casi gritando por la sorpresa, pues no se esperaba encontrarlo ahí, en Sacramento, y mucho menos en el que ahora sería su nuevo instituto.
– Bueno, quería estar contigo, así que me las arreglé para convencer a mis padres para cambiarnos de casa, y aquí estoy – explicó el chico con una sonrisa de oreja a oreja y acercándose a la chica. – Por cierto ¿te teñiste el pelo? Se te ve muy bien.
No lo iba a negar: ese gesto había asustado a Leyla por lo acosador que se veía, pero en cierta parte también le enternecía.
Ken era el único amigo que había tenido desde el momento en que llegó, y por supuesto, se sabían la vida del otro con detalle. La historia de como se habían conocido era una especie de comedia rara para adolescentes.
Por extraño que parezca, todos los chicos a los que Leyla protegía huían de ella atemorizados debido a su aspecto hostil.
Todos menos Ken, quien desde que conoció a Leyla, sentía mucha admiración por la chica. En un inició, la seguía a la distancia con cierta timidez, hasta que Leyla, curiosa de por que el muchachillo iba detrás de ella, le dirigió la palabra.
A Leyla le encantaba la idea de tener a su mejor amigo en el instituto, pero había un pequeño problema.
Sus hermanas no sabían de la existencia de Ken, y le avergonzaba que éstas se enteraran de él, pero no por el castaño, sino por ella.
Había desarrollado tal confianza con él que ambos a veces hacían estupideces y se ponían apodos extraños. Que sus hermanas la vieran baboseando con alguien que no fuese Lourdes o alguien "parecido" a ella era vergonzoso.
"¿Qué hago?" se preguntó, comenzando a desesperarse.
Mientras tanto, la pobre de Lucía estaba más pérdida que un niño en una tienda de telas de Parisina.
El lugar era inmenso, todos los pisos eran iguales para ella y no importaba cuantas veces bajara y subiera las escaleras, o a que pasillo diera vuelta, el lugar parecía el mismo.
En más de una ocasión estuvo a punto de irrumpir en alguna puerta con tal de pedir ayuda, pero sus nervios y el pensar que detrás de aquellas puertas habría muchas personas que la estarían mirando fijamente, le hacía darse vuelta y seguir en ese laberinto de casillas.
Estaba a punto de echarse a llorar, cuando al fondo del pasillo divisó a una persona recargada en las taquillas.
Un poco más tranquila, Lucy se dirigió hacia esa persona, y entre más se acercaba, más lo distinguía mejor.
Se trataba de un joven más alto que ella por unos veinticinco centímetros más o menos, su cabello era tan rojo como sus tenis y le llegaba hasta los hombros. Vestía una chamarra negra con cuello alto, unos pantalones negros con cierres por doquier, y una playera roja que al parecer llevaba una especie de logo y que Lucy no podía ver debido a que el tipo estaba cruzado de brazos. Llegó hasta el chico y con voz temblorosa, explicó:
– Hola, soy algo nueva en la escuela, y estoy algo pérdida. ¿Podrías decirme como llegar al pasillo principal?
– ¿Tengo cara de ser un guía escolar? – gruñó el pelirrojo mirando a Lucía fijamente a los ojos.
Lucy tragó en seco, sumamente avergonzada, sin saber que decir. Se giró sobre sus talones, resignada a perderse aún más, cuando el chico le habló en un tono de voz diferente:
– Ey mocosa, sólo bromeaba – dijo con una sonrisa burlona al tempo que caminaba hacia ella, la agarraba del antebrazo y prácticamente la arrastraba por el pasillo.
Lucy fruncio el entrecejo, un tanto mosqueada. ¿Quién se creía ese tipo para estarla llevando a rastras como si se tratase de una niña de siete años?
Se zafó del agarre del tipo, y al ver que este levantaba una ceja de manera inquisitiva, ella le contestó en un sarcasmo poco usual en ella:
– Puedo caminar yo sola, no soy ninguna niña.
– Y sin embargo, parecías una niñita con esa cara de pánico – contraatacó el pelirrojo con cierta sorna y provocando que Lucía torciera los ojos, aún más irritada. – Ya novata, qué sólo bromeo. ¿Como te llamas?
– Lucía – murmuró enfadada. Si hubiese sido por ella, se habría librado de él, pero necesitaba salir de ese laberinto infernal.
– Bueno, no es tan feo como otros nombres – el pelirrojo sonrió satisfactoriamente al ver que la chica de los lentes se había enojado aún más.
– ¿Feo? Disculpa pero ¿cuál es tu nombre?
– No te interesa, novata.
Lucy suspiró con pesadez. No importaba cuanto les tomara llegar a la dichosa Sala de Delegados, iba a ser una maldita eternidad.
