Estaba nerviosa, muy nerviosa, caminaba de un lado a otro, si pudiera se subiría por las paredes. Se llevó la mano por enésima vez a su cuello donde tenía el colgante de plata en forma de luna menguante, con un hada que él le había regalado. Estaba que se comía las uñas, pero no, no podía echar a perder todo el trabajo y el sufrimiento que había tenido ese día en el spa. Había pedido tratamiento de belleza completo. Depilación de arriba y abajo, cuando le preguntaron por qué tipo de figura quería, no había sabido qué responder y les dio carta blanca a las esteticistas. De haber sabido que iba a ser en forma de corazón hubiera pedido el más tradicional, pero ahora ya nada podía ser hecho. Salió del lugar depilada, con manicura, pedicura, peinada y maquillada como lo que era: la actriz número uno de Japón.

Pero ahora, nada de eso tenía importancia, los nervios la estaban matando, no podía respirar y el hecho de que el vestido estaba muy apretado no ayudaba en nada. Él, el rey de la puntualidad, llegaba tarde...

Así que tomó su celular y mandó un mensaje:

—Tsuruga-san, llegas tarde. ¿Va algo mal? —mandó el mensaje de texto con las manos temblorosas.

—¿Tsuruga-san? Y no voy tarde, tú estás adelantada... ¿Ansiosa?

—¿Ansiosa, yo? No, para nada, simplemente quiero celebrar tu cumpleaños, recuerda que la primera vez tenía mal la fecha. El año pasado estabas de viaje, esta vez que sí podemos celebrarlo en tu día, quiero que sea especial —mientras se mordía el labio inferior pues él había notado su nerviosismo. ¿Qué pasaría cuando llegara y notara el "pequeño e insignificante" cambio de ambiente?

—He llegado, pero no te encuentro en el restaurante...

—¿Quién dijo en el restaurante? ... Dirígete al último piso... Suite presidencial —cerró el celular antes de que su, ahora pánico, la traicionara.

¿Qué debería hacer con aquel pequeño paquetito metálico que había comprado en la farmacia, muerta de miedo de que alguien la descubriera? ¿Dónde podría dejarlo que no estuviera tan a la vista de su novio? Obviamente en la mesa no. Noooooo, ¿cómo iba a dejar "eso" simplemente por ahí? ¿Encima de la cama? Ya sin pensar decidió que lo mejor sería ponerlo en la mesita de la noche, casi oculto por las fundas de las almohadas, pero muy a la mano.

Estaba colocándolo en su lugar cuando se escucha que alguien toca la puerta. Camina despacio, dejando salir el aire que no sabía estaba conteniendo y al abrir, ahí estaba su novio. Siempre galante, con una sonrisa enigmática en la cara que al verla desaparece para dejar ante ella una de incredulidad.

—Buenas noches, pasa, te estaba esperando —le salió una voz ronca llena de sensualidad. No podía dejar de verlo. Estaba irresistible con un traje blanco de tres piezas, camisa negra y corbata roja.

Durante la cena, que al final ni supo que estaba comiendo, estuvo al pendiente de las reacciones de su novio. Le divertía el hecho de que, cuando él creía que ella no veía, él volteaba a ver la cama con expresión de sufrimiento y nerviosismo. Pero para nervios, dos. Ella estaba igual. Casi no había podido tomar alimentos y el vino ni se diga, ni probarlo, no fuera a ser que tomara de más y todo el sufrimiento de la mañana fuera en vano. Pues bueno, si lo iba a hacer... ¿Qué mejor momento que el presente?

—¡Kuon! —repitió divertida al ver que su novio no respondía las dos primeras veces—. "¿Qué estaría pensando él?".

—¿Perdón, dijiste algo?

—Te decía que si no te importaba si me excusas un momento —respondía pícara.

Se levantó y se dirigió con pasos presurosos al lavabo donde ya antes había dejado una pequeña maletita. Las manos le sudaban y el cuerpo le temblaba. ¿En verdad se atrevería a hacerlo y salir así? ¿Qué pasaría si a él no le gustaba? ¿Y si la rechazaba? Bueno, ya había llegado hasta ahí, se había hecho la depilación ante las miradas inquisitivas de las dependientas del spa. No podía dejarlo así.

Ok. Primer paso. Quitarse el vestido. Hecho.

Segundo paso, ponerse "eso":

—¿Cómo diablos se supone que me lo voy a sujetar por la espalda si tiene unos tirantes diminutos? —rezongaba mientras daba vueltas para podérselo amarrar.

Tercer paso, la tanga:

—¿Esto se supone que es una tanga? Ni cuando compré ropa para Setsu era tan diminuta. Ser sexy es incomodísimo. Aunque leí por ahí que si cumple su función no tendré que traerlo puesto mucho rato... —y cuando Kyoko se dio cuenta de lo que había dicho se quedó blanca...

—Respira,... Uno, dos, tres... —se decía a sí misma para tranquilizarse y antes de salir del baño.

Armándose de valor, camina desde el baño hasta la pared donde se encuentran los controles de las luces y parándose bajo una de ellas le dice a su novio estupefacto:

—¡Feliz cumpleaños, Kuon! ¿Ves algo que te guste? —decía seductoramente, mientras iba bajando la intensidad de las luces.

El Consejo mental de Kyoko en Defensa de la Virtud de la Doncella Japonesa iba a quedar oficialmente disuelto esa noche...