Esta historia ha sido co-guionizada por mi koibito, gracias.


VIAJES

Ren está sentado en silencio, con el cinturón de seguridad abrochado. En cuanto las luces de aviso se apagan, Yashiro saca el teléfono móvil y continúa con sus llamadas. Ha hablado con Lory, Kanae, la Okami del Darumaya, e incluso con María. ¡Con María!

La pequeña había estallado en gritos desgarradores cuando su abuelo le dio la noticia. Su madre primero, su onee-sama después… Todas las mujeres de su vida se le iban... Siempre se quedaba sola... Clamaba por su abuelo y por Ren. Pero Ren era incapaz de ofrecerle consuelo alguno. Y Takarada Lory lo sabía.

Ren no había dicho nada. No había abierto la boca. Escuchaba a Yashiro, es cierto. Hacía lo que le decía, iba a dónde le indicaba, se sentaba cuando lo hacía él. Pero no hablaba…

Veinte minutos de leer aquellas letras negras, dejó de mirar al suelo, se puso en pie y empezó a preparar la maleta. Dobló pulcramente cada una de sus prendas y las colocó cuidadosamente en su bolsa de viaje. Yashiro lo miraba sin saber qué hacer ni qué decir, hasta que se dio cuenta de que Ren se volvía a Tokyo. Se apresuró a ir a su habitación para recoger sus cosas.

Mientras Ren mira por la ventanilla el mar de nubes se niega a pensar en que ella ya no esté. La prensa se equivoca. Los datos no están bien. Kyoko no está muerta.

Lo cierto es que a lo largo de la mañana, el diario en línea fue actualizando la información y fue publicando más imágenes e incluso vídeos de reporteros en el lugar de los hechos. "Ren, hay una foto de Kyoko-chan". Él se negó a verlas. Si las veía, era como admitir que todo era cierto. No quería. No las vería.

Con la nueva información, les fueron llegando más detalles sobre el accidente. Kyoko había muerto asfixiada. El humo que se había iniciado en la parte de atrás, en el almacén, seguramente un cortocircuito, había ascendido hasta el piso superior. La habitación de la joven fue la más afectada. Murió mientras dormía. No sufrió.

Ren cerró los ojos como si al cerrarlos pudiera impedir imaginarla muerta.

A media tarde se presentaron en el Darumaya. Era irónico. De puta pena, la verdad. Se supone que hoy cenaría aquí con ella, y helo aquí. Sin ella. Y ella no vendrá.

El Darumaya no había sufrido daños en su parte frontal. La parte afectada era el almacén que daba al callejón, donde estaba la puerta trasera. El resto del edificio parecía conservar su integridad, salvo por las ominosas manchas negras de humo adheridas a la pintura de las paredes que ascendían hasta el segundo piso. Ren siguió con la vista el camino de las manchas de humo. Hasta la habitación de Kyoko…

Presentaron sus condolencias al Taisho y a la Okami-san. Son los padres putativos de Ky/MIERDA/… ERAN los padres putativos de Kyoko, y como tales, merecen un respeto. Ellos han perdido prácticamente a una hija. Él, solamente a la luz que iluminaba su mundo. Y ni siquiera tiene el derecho de sentarse junto a ellos y compartir su dolor. Porque él es/era solamente su senpai… Solo eso… Y ya ni eso…

En el centro del salón, estaba Kyoko. El féretro, sobre soportes, y cerrado, por expreso deseo de los propietarios del Darumaya. La cabeza orientada al norte, como manda la tradición del Sōshiki, y seis monedas sobre ella para pagar su peaje por el Río de los Tres Cruces.

Están allí casi todos los que alguna la vez la quisieron. Kanae, Chiori, los Takarada, Sawara-san, medio LME, y la gente que la vio trabajar, el director Ogata, Momose, Kijima, Iizuka, Oohara, sus compañeras de Box-R, incluso la gente de Tragic Marker, que solo recientemente habían sabido quiénes eran los Heel, con Murasame y Konoe al frente. Todos lo miraban a él…

Tampoco faltó el bastardo nº 1. Shotaro…, sentado al fondo, callado por una vez, sin molestar… El bastardo nº 2 estaba de nuevo de gira en Estados Unidos. Mejor así… Bastante tenía ya con controlar sus ganas de partirle la cara al Fuwa.

Solo faltan mis padres, Kyoko…

Un grito le saca de sus pensamientos. Todos alzan la vista. Kanae se ha lanzado sobre el ataúd para abrirlo, pero la Okami, con mano firme, la detiene a mitad de movimiento. Ren ahoga una exclamación. Ren la ve. A Kyoko. No pudo apartar los ojos. Por el resquicio efímero antes de ser cerrada de nuevo, vislumbró con claridad el vestido azul celeste con flores amarillas que Kyoko llevaba la última vez que se vieron. Okami-san no le ha puesto el kimono funerario. La ha embellecido con su vestido más hermoso. El de la última vez que la vio. Y ya no habrá más. Porque en esa caja está su Kyoko. Dentro de esa caja de muerte está su Kyoko…

- No quieras verla así… No la veas así… -le dice la Okami a una Kanae con los ojos anegados en lágrimas rabiosas-. Recuérdala llena de vida. Esa ya no es ella…

Y Moko-san, la tigresa de LME, el nº 2 de la sección Love Me, la mujer más dura y fría que Takarada Lory haya conocido, rompe a llorar. Llora por la amiga que tuvo y que perdió. Llora porque nunca más Kyoko le volverá a partir las costillas. Llora porque echará de menos sus rarezas y sus locuras. Llora porque nunca nadie la querrá como su mejor amiga hacía…

Pero sus lágrimas son sustituidas de golpe por una expresión visceral de odio cuando mira a la puerta y ve quién acaba de entrar. Kanae se levanta, endereza la espalda y se dirige a la figura que acaba de entrar. Y sin alzar la voz, pero destilando crudo desprecio, le dice:

- Vete. No la quisiste en vida. No te permitiré verla. Jamás la mereciste.

Oh, Ren quisiera aplaudir si le quedaran fuerzas. Saena se fue. Por una vez hizo algo bien… No pintaba nada aquí. Esa mujer nunca fue la madre de Kyoko…

Tras el velatorio se dirigen al templo para celebrar el funeral. Entre cánticos, sutras e incienso, a Kyoko se le otorga un elaborado kaimyō, un místico nombre de difunto para que su espíritu descanse y no vuelva a este mundo para atormentar a los vivos, abonado por gentileza de Takarada Lory. Porque en Japón se paga por estas cosas…

Ren quiso matarlo cuando se enteró… Hasta de esa posibilidad lo privaban. Se reiría, si no fuera tan triste…

Pero Ren no se mueve. No llora. No parece siquiera que respire. Pero todo dentro de él está gritando.

Luego depositan las flores sobre la caja, con la tapa cerrada, para honrarla en su último viaje y finalmente acompañan a Kyoko al crematorio.

La gente abandona el lugar mientras se realiza la cremación. Yashiro le toma del brazo para acompañarlo a la salida. Con gesto rudo, Ren se zafa de su mano. No se moverá de allí. No lo van a apartar de ella. Mientras Kyoko arde y es reducida a cenizas y huesos, él no se apartará de ella.

Casi dos horas después, el Taisho y la Okami regresan. Se les ve vencidos, doblada la espalda, y es como si hubieran envejecido quince años de golpe. Ahora viene la parte más dura.

Ante ellos depositan lo que queda de Kyoko. Los fragmentos de hueso que el fuego no ha consumido deben ser recogidos uno a uno por sus familiares y depositados en una urna. Los palillos con los que se hace esto, pasan de mano en mano, hasta que en cierto momento llegan a Ren. Él inspira y escoge un fragmento, el más cercano, y lo aprehende entre los palillos con delicadeza para dejarlo en la urna.

Eso es todo lo que queda de Kyoko.

Y hasta aquí aguantó Ren. Porque una parte de él siempre esperó que todo esto hubiera sido un terrible error y que ella aparecería en algún momento, en medio de la ceremonia, preguntando que qué ocurría, con esa cara de despiste tan suya.

Pero ver al Taisho y a la Okami, recogiendo sus restos y depositándolos en la urna, y sobre todo, tener que hacerlo él mismo, lo convierte en real. Un pesadilla de realidad…

Lo que hay sobre la mesa, y lo que hay dentro de la urna… Eso es todo lo que queda de Kyoko.

No volverá. Se ha ido.

Lo ha dejado solo.


NOTA: Me he tomado ciertas licencias con el velatorio japonés y el ritual funerario por razones argumentales. Perdón si alguien se ofendiera.