Ya no soy un niño
Ciel y Elizabeth pasaban mucho tiempo juntos, la joven le hacía compañía a pesar de la negativa del conde, que prefería la soledad antes que conversar o entretenerla.
Elizabeth organizaba fiestas y reuniones sociales en la nueva mansión del conde Phantomhive, de manera que éste estuviera el menor tiempo posible solo, ya que la muchacha notaba como el espíritu de su gran amor se iba opacando cada día más.
Un día cualquiera de primavera Elizabeth preparo una fiesta de disfraces para el conde, todos podían venir vestidos como se deseasen. La joven pensaba que así Ciel podría alegrarse.
El día de la fiesta Ciel no se sorprendió mucho, ya que estaba acostumbrado a que su "prometida" hiciera cosas sin su autorización. Y aunque acepto sin mayores reparos que la fiesta se celebrar y que el estaría presente en ella como un buen anfitrión, no quiso ponerse el disfraz de príncipe que Elizabeth le había alistado.
La fiesta convocó a más de 100 invitados, todos ellos con elegantes disfraces y máscaras, pero hubo uno, que a pesar de la simpleza que presentaba llamó la atención del joven Ciel, era el de Elizabeth. Esta estaba disfrazada de bruja y se veía realmente hermosa con un vestido negro ajustado hasta el suelo y con terminaciones en punta y un el sombrero puntiagudo que complementaba el traje.
El conde pensaba que sin duda Elizabeth sería una mujer realmente hermosa, ya que ahora estaba dando evidencias de ello con su figura delgada y movimientos gráciles.
Cuando La joven se acercaba a él para su encuentro las luces se pagaron y se hizo una oscuridad total en el salón.
Ciel buscaba la pared para prender las luces, mientras pensaba molesto en la incompetencia de sus empleados por no solucionar con la prontitud adecuada ese inconveniente.
La gente murmuraba sorprendida mientras esperaba que se encendiera la luz.
Al caminar a tientas en la oscuridad Ciel chocó con alguien, y a pesar de que no estaba caminado con rapidez para evitar salió impulsado hacia atrás por la resistencia del cuerpo. La mano de la persona con la que chocó lo agarró con fuerza del brazo para que no cayera.
El joven se sorprendió de la agudeza de los reflejos del individuo, que seguramente era hombre por la fuerza de sus movimientos.
El joven se disculpo mecánicamente ante la persona que tenía frente a él, pero de la cual no podía ver su rostro.
-Disculpe las molestias, me encargaré del problema de la luz ahora mismo. Dijo Ciel a su invitado misterioso. Que para su sorpresa no había dejado salir ni una palabra.
Cuando el joven se disponía a marcharse la mano del hombre volvió a aprisionar su brazo y esta vez lo atrajo hacia si con rapidez envolviéndolo con fuerza entre sus brazos.
Ciel no podía librarse de aquellos brazos, y de aquellas manos que ahora subían por su espalda hasta llegar a su cuello para sujetar su rostro.
Ciel estaba estupefacto, él conocía esas manos, ese extraño calor que emanaba de aquel cuerpo.
Justo a su rostro pudo sentir un aliento fresco y unos labios que se posaron con suavidad sobre su mejilla depositando un beso, que inmediatamente fue seguido de otro y de un tercero que se alojó en sus labios semi abiertos por la sorpresa. Ciel no podía más de la sorpresa y aunque luchaba por librarse del agarre de su opresor sus esfuerzos se veían impedidos.
La sorpresa dejo paso a un temor y rabia conocido cuando los labios del extraño intentaron hacerse de los suyos nuevamente, pero esta vez con más presteza. Ante esto el cuerpo del pequeño se tensó, una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo y se alojó en sus labios haciendo que estos palpitaran de calor, aquello estaba haciéndolo sentir especialmente incómodo y no estaba dispuesto a seguir aguantándolo.
Forcejeó con todas sus fuerzas para liberarse, pero ni siquiera podía zafarse ni un centímetro.
Una mano del extraño lo atrajo más hacia si, y justo cuando un nuevo y más apasionado beso iba a desarrollarse la luz iluminó todo el salón y Elizabeth vino corriendo al encuentro de Ciel. Su misterioso abusador ya no estaba y en su lugar no quedaba más que el aire.
-OH Ciel, estaba muy preocupada, te llamaba y te llamaba y no aparecías por ningún lugar-.
Ciel no hacía caso a las palabras de la joven, pensaba que aquel hombre que lo había atrapado no había sido otro más que Sebastian. No podía equivocarse, él conocía esas manos y brazos que tantas veces lo habían cargado y acicalado.
Cuando el pequeño conde salió de su ensimismamiento comenzó a llamar a toda voz a Sebastian sin importarle lo que sus invitados pudiesen pensar.
-¡SEBASTIAN! SEBASTIAN!
-¡Sebastian déjate de juegos y ven aquí ahora!
Elizabeth lo miraba anonadada, no entendía por que el conde llamaba de esa manera tan urgente a quien había desaparecido de su vida hacían ya más de dos años.
