1899
La casa del Valle Godric reposaba tranquilamente sobre un pequeño montículo, ajada, ruinosa, como deshabitada. Pero rompiendo el silencio, en una pequeña habitación, un muchacho de unos 17 años lloraba incontrolablemente.
Albus no tenía claro cuál era el fruto de su disgusto. Odiaba a su madre por morirse y dejarle a él a cargo de su familia, detestaba a su padre por haber atacado a esos muggles y haber sido tan débil como para dejarse morir entre los muros de Ackaban. Maldecía a su hermana pequeña por ser la causante de todos sus problemas, y envidiaba a Aberforth por estar disfrutando en Hogwarst mientras él estaba encerrado en esa prisión familiar.
Se secó las lágrimas de los ojos, y por primera vez tuvo algo claro, él era poderoso, un gran mago, no iba a dejarse amedrentar por la vida, haría prodigios y sería reconocido. Todo el mundo sabría quién era Albus Percival Dumbledore.
Él pondría en su lugar a esa basura de los muggles, esos seres inferiores que se creían con derecho a juzgar todo lo que no comprendían o veían diferente. Esos odiosos muggles, verdaderos culpables de todos sus males.
Irguiéndose, y con una sonrisa de decisión, salió de la habitación, recorrió el pasillo (sin ni siquiera mirar el curto de su hermana) y salió al jardín.
El aire del exterior le removió el pelo y avivó sus brillantes ideas. Tenía claro que hacer, y no iba a parar hasta conseguirlo.
Con parsimonia se sentó a la sombra de un haya, y allí se quedó, soñando con el momento en que pudiera dominar a los muggles, hasta que una voz juvenil le despertó de sus ensoñaciones.
— ¡Por fin alguien joven! Pensé que en este pueblo solo vivían vejestorios— y sin esperar invitación se sentó al lado de Dumbledore.
— ¿Quién eres?— preguntó Albus a la defensiva.
— Gellert Grindelwald
El joven Dumbledore miró a los ojos del muchacho que tenía al lado y enseguida sintió una fuerte atracción por ese mago seguro de sí mismo, con las ideas muy claras, no muy distantes de las suyas propias.
