Comentarios del autor: Primer capítulo de mi primer fic de HP. Muchas gracias de antemano por los reviews, siempre me animan a actualizar antes y me hace muy feliz ver que hacer algo que me gusta sirve también para el disfrute de otros. Un saludo y espero que este capítulo que sigue sea también de su agrado. Como siempre, se aceptan críticas tanto buenas como malas siempre que sean desde un punto de vista constructivo y nunca peyorativo. Nos leemos!
Título: Felix Felicis
Autor: Quimaira
Pareja: Draco Malfoy/Harry Potter
Advertencia: Slash (relaciones homoeróticas explícitas). Pese a que no me centraré solo en el lemon, sí que lo habrá – aunque no desde el primer capítulo – de forma abundante y narrada en profundidad y con detalle, así que si no están a gusto con este tipo de escritos, pueden dejar de leer desde ya.
Disclaimer: Los personajes de Harry Potter no me pertenecen a mí, sino a JK. Aún así me tomo la libertad de escribir sobre ellos para cumplir mis enfermas(¿) fantasías.
FELIX FELICIS
Bauleo
El silencio se hacía terriblemente abrumador aun cuando se encontraba parcialmente interrumpido por los susurros de los presentes. Sus voces suaves, siseantes, comparadas al crujir de las hojas otoñales bajo los pies, hacían que la estancia se asemejase a un nido de serpientes venenosas cuyos suspicaces ojos le lanzaban al acusado afiladas miradas poco o nada consoladoras.
Las gradas se elevaban superpuestas, rodeando la sala y confluyendo tras el estrado, dejando tan solo libre el extremo opuesto dónde se encontraban las voluptuosas puertas de la entrada, cerradas a cal y canto desde que la vista había comenzado. En el centro y a una distancia equivalente de todos los puntos del lugar – confiriéndole así a la estancia una forma circular – se encontraba la hosca silla de ébano dónde el acusado permanecía sentado. Gustaría decir que de manera impasible, pero no sería del todo acertada esa definición, dado que pese a ese intento de expresión inalterable que el rubio pretendía mantener, respirando algo más profundamente de lo habitual como intentando calmar los acelerados latidos de su corazón, las diminutas gotas de sudor que perlaban su frente junto con sus dilatadas pupilas y un inconsciente movimiento de los dedos de ambas manos - frotando el pulgar contra los otros dígitos de manera casi espasmódica - dejaban en evidencia la clara intranquilidad que se estaba adueñando de su persona.
Para gran parte de los presentes, quiénes ya de antemano poseían un veredicto sin siquiera tener mayores intenciones de escuchar excusas o explicaciones, el muchacho no era más que una rata asustada. Uno de aquellos abominables mortífagos que tanto daño habían causado y que ahora se merecía – al igual que sus congéneres – un justo castigo en retribución por haber servido al Señor Tenebroso.
La historia siempre había sido, era, y seguiría siendo de ese modo: Los ganadores la escribían, y como tal, se consolidaban como los héroes que habían librado al mundo de la tiranía de un gran villano, y por ende, los perdedores, no eran sino los malos. Y como en todas las buenas historias los malos no tienen un final feliz.
El joven unigénito de Lucius Malfoy no era sino hijo de un mortífago, habiendo además tomado la marca oscura por voluntad propia y traicionado a la comunidad mágica en pos de un nuevo orden que distaba de ser el justo y el correcto. Nadie quería escuchar sus motivaciones. Cualquier palabra que le sirviera de defensa era una burda mentira, un desesperado último recurso para intentar eludir el destino del que su progenitor había sufrido ya. El tatuaje que marcaba nítidamente su brazo hablaba más por sí mismo que todo lo que sus pálidos – y en ese momento apretados – labios pudieran pronunciar. Era una batalla perdida desde antes de ser iniciada. No era un juicio, era una sentencia.
La platinada mirada se había centrado en él sin poder ocultar su sorpresa cuando lo vio y por unos segundos sus propios ojos se clavaron en los del Slytherin, no con lástima ni con rencor. Más bien era una mirada sobria, un intento de infundirle apoyo, un mudo "No estás solo". Él mismo había ocupado esa silla años atrás. Recordaba perfectamente esa sensación de desasosiego, de intranquilidad. Esa sensación de abandono, de todo el mundo en tu contra de forma injusta, desagradable, dolorosa.
Draco Malfoy no había sido el mejor de los compañeros – oh no, claro que no – pero distaba mucho de merecerse un castigo mínimamente semejante al de su padre y al de tantos otros mortífagos que realmente vivían lo que eran. Potter sabía perfectamente que el rubio no era cruel visceralmente hablando. Lo había leído en su mirada. Draco Malfoy era un niño subyugado a un apellido, a una familia, a una reputación. Draco Malfoy era consciente de sus actos, lo suficientemente inteligente para discernir el bien del mal y tener que vivir con ello era un duro castigo.
Había olido su desazón, había intuido su nerviosismo y había escuchado su ahogado llanto. Había prácticamente palpado la opresión que solo influye una carga mayor a la que alguien puede soportar. La responsabilidad de saber que las vidas de otros dependen de tus actos. El Niño-Que-Vivió lo había experimentado en sus propias carnes, con la diferencia de que él sabía que el peso del mundo mágico caía sobre sus hombros, pero la labor que se le había encomendado era lo correcto. El rubio sabía lo que tenía que hacer, sabía que no podía negarse, igual que sabía que estaba en el bando equivocado. No era la responsabilidad la que lo hastiaba, sino más bien las consecuencias de cumplir con ella o de dejarla pasar pues en cualquier caso, ninguna de las opciones le auguraba nada bueno.
Harry no iba a abandonarlo a su suerte, igual que Dumbledore no lo había abandonado a él. Hacía apenas un par de días que a sus oídos había llegado casi de casualidad la noticia del destierro de Narcissa Malfoy. Al parecer dada su escasa participación en los acontecimientos, tan solo el estigma de su apellido había dictado sentencia sobre ella, despojándola de sus posesiones y restringiendo el uso de la magia, la cual estaría bajo vigilancia unos cuantos años, únicamente permitiéndosele realizar hechizos sencillos que serían revisados cada cierto tiempo.
Fue entonces cuando el moreno, luego de más de un año sin haber tenido ningún interés en el futuro que le había deparado a su antiguo némesis de Hogwarts, decidió informarse sobre el paradero del mismo, así como de su situación.
Desde que la guerra había terminado, Potter había retomado su preparación como auror, así que dado el ambiente en el que se movía, no le fue en lo absoluto complicado enterarse de los diferentes juicios, así como los horarios de los mismos y los lugares dónde se llevarían a cabo. Por supuesto había rumores ya sobre la sentencia a tomar y muchos de sus superiores se atrevían incluso a jactarse y a bromear del bien merecido destino que les esperaba a esas ratas.
Haberlo visto entrar allí había sido como si un agradable rayo de luz hubiera entrado por el más mínimo agujero de una habitación oscura. Sonaba a cliché, sonaba a cursilería, sonaba a algo muy poco propio de lo que rondaría los pensamientos de un Slytherin, pero en aquel lugar y dadas las no muy agradables perspectivas que el rubio tenía de aquella vista, Potter era la única tabla a la deriva en el mar de infortunio en el que se estaban sumergiendo los Malfoy, y por supuesto Draco pensaba aprovecharlo.
Una mirada de súplica junto con un mal disimulado suspiro de alivio fue todo lo que se atrevió a dirigirle al moreno, de manera casi inconsciente, no como una mera actuación para intentar salir airoso. Él había vestido el verde y plateado símbolo de la casa a la que pertenecía, y cómo tal, arañaría cualquier nimia oportunidad de paliar su sentencia, aunque para ello tuviera que dejar su orgullo a un lado y suplicar como un perro. Tenía muy claro que si tenía que arrodillarse ante San Potter y lamerle los zapatos, se los dejaría tan relucientes como jamás nadie lo había hecho, y el Cara-Rajada debería sentirse orgulloso de que sus aristocráticas babas le limpiasen el calzado.
Escucharlo hablar en su defensa hizo que sus reales posaderas se removieran en la silla un momento y que el tic que mantenía en los dedos de ambas manos se acrecentara conforme pasaban los minutos. El Gryffindor era listo, de eso no había duda, o al menos intuitivo. O qué demonios, quizá es que mentía bien y de casualidad había acertado con las verdaderas razones por las que el rubio había tomado ese tatuaje y el deber de servir A-Quién-Ya-Sabéis. Su voz algo temblorosa pero más madura que la última vez que lo había escuchado hablar, hacía que de vez en cuando se le escapara alguna que otra mirada hacia él, aunque la mayor parte del tiempo se dedicara a examinar las expresiones de los presentes, quizá intentando atisbar una motivación, un cambio en la idea que se habían formado de él, una pérdida de hostilidad – por mínima que fuera – hacia su persona.
- … fingió no reconocerme cuando… - aún con un deje de nerviosismo, la voz del futuro auror no parecía vacilar en ningún momento. Pronunciaba su discurso con vehemencia, con convicción. Discurso que por momentos dejaba a Draco exento de culpa, presentándolo como una víctima más, y que en otras ocasiones daba la impresión de que estaba intentando dejar al rubio como un espía doble. Harry Potter estaba hablando en defensa del que había sido su enemigo durante tanto tiempo, y por Merlín que el rubio era lo suficientemente inteligente como para saber – o al menos esperar – que el que quién emitía esa perorata fuera El Elegido tenía que tener algún impacto mayor y positivo sobre los miembros de la cámara.
La sala se quedó unos segundos en silencio cuando su voz de barítono dejó de hacer eco entre las paredes de la misma. Un silencio pesado, incómodo, tenso. Su nuez hizo un movimiento de sube-baja cuando su garganta pasó saliva de manera intranquila mientras miraba con fingida determinación a todos y cada uno de los ocupantes de las gradas, como si intentase entrever en sus actitudes un indicio de que todo su testimonio había servido para algo.
Sintió sobre él varias miradas que no supo calificar si lo observaban tratando de entrever la veracidad de sus palabras, si la guerra lo había vuelto loco, si simplemente era un salvador de las causas perdidas… Sin darse cuenta, él mismo se encajó perfectamente en las dos últimas opciones y no se sorprendió de ello. No se había parado a pensar en el impulso que lo había llevado allí, a defender ni más ni menos a… Sus verdosos iris se desviaron hacia la derrotada silueta a su derecha.
Postrado en aquel asiento, sin apenas rastro de la soberbia de antaño pero todavía con esa gracilidad solo propia de la figura de su compañero fueran cuales fueran las circunstancias, Draco mantenía la vista al suelo, como si sus zapatos fueran en esos instantes lo más interesante del mundo. Los párpados entrecerrados apenas dejaban ver la brillante plata que eran sus ojos, bajo los que ahora yacían unas ojeras que confesaban sin duda noches de sueño intranquilo, roto seguramente por un sinfín de pesadillas, de recuerdos. Su recta espalda y su grácil cuello estaban hechos un tanto hacia delante, en una postura cansada. La gravedad hacía que parte de sus cabellos, carentes de cualquier tipo de gomina o potingue fijador, cayesen sobre su frente. Esas hebras de un rubio tan claro que parecía blanco, contrastaban ahora con la exagerada palidez de su piel, hasta un extremo poco sano.
En apenas unos segundos había recorrido todo el rostro del acusado, reparando en su recta nariz y en sus labios finos y apretados, como si se estuviera conteniendo de soltar el llanto o quizá alguna serie de improperios que no acarrearían nada bueno. Cuando quiso darse cuenta, los ojos del contrario estaban fijos en los suyos, haciéndole un sutil gesto con la cabeza para que mirase al frente.
- … Señor Potter, si ha terminado ya y ha despertado de sus cavilaciones puede retirarse, hemos tenido suficiente… - escuchó la varonil voz del Ministro que presidía la sala, no pudiendo evitar sobresaltarse al adivinar que se había quedado en las nubes durante un momento, compadeciéndose de lo que podía esperarle al Slytherin sin pasaban por alto toda su declaración. Nuevos murmullos invadieron la estancia mientras el muchacho cabeceaba a modo de asentimiento, con los hombros y los brazos tensos, casi cuadrándose antes de abandonar el centro del lugar y hacerse a un lado dónde se reservaban un pequeño porcentaje de asientos vacíos para testigos ocasionales como era él.
Si en algún momento su mente había dejado escapar la idea de que Potter era un muchacho inteligente, lo descartó totalmente cuando lo vio atontado mientras el Ministro se dirigía a él. Sin dura ese chico era idiota, no sabía si de nacimiento o por alguna patología de su adolescencia. Había escuchado que la familia muggle con la que vivía no lo alimentaba demasiado bien, quizá su estupidez se debía quizá a la carencia de alguna vitamina. Solo esperaba que el jurado tuviera más en cuenta su estoico discurso que ese lapsus de pasmo que le había dado.
Nuevos minutos de intercambio de opiniones tanto en voz alta, audibles para todos los presentes, como en susurros apagados, ocultos de oídos curiosos – más que nada de los del acusado – seguidos de casuales preguntas dirigidas a él, a las que apenas se le dejaba contestar con monosílabos e incluso asentimientos o negaciones, cortándole al momento cuando pretendía explayarse con sus explicaciones, dieron paso a un breve descanso en el que al parecer, se decidiría su sentencia – dado que el veredicto de culpabilidad estaba ya más que consabido –.
Con bastante poca delicadeza fue acompañado al exterior de la sala por dos aurores que lo tomaron de sendos brazos y prácticamente lo arrastraron al pasillo de una manera no demasiado educada ni elegante. A punto estuvo de protestarles verbalmente pero lo único de lo que fue capaz para mantener la poca integridad que le quedaba fue de caminar lo más recto posible y dirigirles una mirada totalmente desaprobatoria e incluso iracunda. De un poco elegante empujón lo sentaron en uno de los bancos del pasillo, dónde con un movimiento enérgico de hombros se acomodó la oscura chaqueta que llevaba, suspirando pesadamente y cruzando las piernas, marcando un par de arrugas en su níveo ceño cuando vio que Potter salía también de la sala, sin dirigirle siquiera una mirada, encaminándose a la entrada.
Casi tres cuartos de hora después, pensó que moriría ya de desesperación cuando fue llamado nuevamente al interior de la sala. En el momento en que las puertas se abrieron y fue sentado en el mismo lugar, el corazón se le encogió de forma hasta dolorosa y su estómago pareció querer regresar sí o sí lo poco que había sido capaz de ingerir esa mañana. Por suerte con unos pequeños ejercicios de respiración pudo contener las náuseas, poniéndose en pie cuando le fue ordenado.
El Ministro dio un par de hojeadas rápidas al pergamino que yacía en sus manos y finalmente se dirigió tanto al acusado como a toda la sala, aclarándose la voz y leyendo de forma sosegada pero lo suficientemente clara para asegurarse de ser escuchado por todos.
- Draco Malfoy, hijo de Lucius Malfoy y Narcissa Malfoy-Black ha sido encontrado por este tribunal culpable de haber pertenecido a la orden oscura de los mortífagos. – Nuevas náuseas ascendieron por la garganta del mentado, y nuevamente fueron contenidas a duras penas – No obstante y tras una seria deliberación, al acusado se le imputa el cargo de ex – mortífago, tal como el Señor Potter dejó patente en su discurso sobre los hechos. – Las rodillas del Slytherin prácticamente temblaron de alivio y poco faltó para que se dejara caer nuevamente en la silla antes de desfallecer directamente al suelo de manera muy poco digna. A partir de ese día, el Cara-Rajada iba a ganarse el título de San Potter-Pico-de-Oro.- De igual modo, dado el peligro que supone para la sociedad una persona con sus conocimientos sobre artes oscuras, además de su inicial participación en los hechos, queda fuera de su alcance cualquier uso de la magia, así como la fortuna familiar, la cual será destinada a indemnizar a las víctimas de la guerra. – La expresión del rubio en esos momentos hizo felices a gran parte de los presentes, muchos de los cuales ni siquiera se molestaron en contener una sonrisa aun con la certeza de que el castigo era insuficiente. Una mano alzada del Ministro pidió silencio de nuevo – Además, tendrá que realizar una serie de trabajos sociales semanales, también como resarcimiento. Por la presente se le informa de que estará bajo vigilancia la mayor parte del tiempo, y al más mínimo atisbo de magia, esta sentencia será revocada y se enfrentará a un nuevo juicio por desacato y mortifagia, no importando quién interceda por usted.
No hacía falta ser Hermione Granger para echar cuentas y adivinar que sin su fortuna o sin su magia, Draco Malfoy no sobreviviría más de cinco días. El caso es que, careciendo ahora de las dos, no duraría ni tres. Por eso cuando la voz del Ministro se alzó nuevamente pidiendo que los presentes propusieran candidatos para hacerse cargo de la vigilancia del rubio, éste se adelantara casi como si un resorte lo impulsara a ello.
- Potter. Propongo a Harry Potter – Arrastró las palabras, pero no con duda, sino con un atisbo de lo que era la arrogancia propia de su carácter. Él más que nadie se daba cuenta de su precaria situación, y sabía también que si alguien iba a hacerse cargo de él, sin duda su mejor opción era el Gryffindor, demasiado honrado para verlo perecer en su miseria, no como otros, que se regodearían sin duda de su desgracia, probablemente acrecentándola en cuanto pudieran.
Allí estaban, Godric's Hollow, en aquella casa ahora reformada que antaño había pertenecido a los progenitores del futuro auror. Luego de la propuesta del rubio, habían buscado a Potter hasta dar con él y llevarlo de nuevo al interior de la sala, dónde después de someter a votación la propuesta que poca gente encontró descabellada, prácticamente le impusieron la supervisión del acusado. El moreno solo pudo pensar que aquello era algún juego del karma, por haberlo defendido, aunque tras escuchar la sentencia entendió también que él era la mejor opción.
Con un suspiro dejó el enorme baúl del rubio – que por algún motivo había terminado cargando él – en medio del salón, acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz y mirando cómo la expresión de consternación del Slytherin indicaba que no estaba precisamente satisfecho con el lugar. Sin duda no era ni de lejos a lo que estaba acostumbrado, pero seguro que era mucho mejor que cualquier cosa que pudiera esperarse de otros. Además, solo era provisional.
- Bien, Malfoy…siéntete como en casa… - murmuró de la forma más relajada que pudo aunque todavía sin hacerse a la idea de que tendría que compartir techo un par de días con el muchacho.
- … - Una ceja alzada junto con una mirada todavía ojerosa pero ya sin rastros de ese nerviosismo que parecía que iba a hacerlo saltar de un momento a otro fue lo que le devolvió su interlocutor - ¿Bromeas, Potter…? – la geométrica nariz del rubio arrugó la piel del tabique en claro desacuerdo. ¿Sentirse como en casa? Definitivamente San Potter-Pico-de-Oro era tonto de remate o tenía un humor muy retorcido.
Muchas gracias por llegar hasta aquí! Entiendo que el capítulo pueda resultar un poco pesado porque se basa enteramente en el juicio, pero veía importante describir las sensaciones tanto de Malfoy como de Potter, así como del ambiente para entrar en materia para el desarrollo de la historia. Prometo que los próximos capítulos serán mucho más amenos y distendidos. Un saludo!
