CHAPTER 2: LA PETICIÓN.
No pasó más de una semana hasta que Sulpicia volvió a saber de Aro, a pesar de eso ambos habían mantenido sendas conversaciones consigo mismos (o con compañeros, en el caso de él) acerca del otro.
Sulpicia no tenía muy claro qué clase de ser era Aro, creía, dada su cultura, que debía de ser un demonio, un demonio bacanal movido por la sangre, el poder y el placer. No podía ser humano, no con esos ojos rojos e hipnotizantes y esa fuerza sobrehumana.
Una gran parte de ella temía al ser que se escondía detrás de esas facciones pero otra parte deseaba verle con locura, como si fuera una droga, dulce y peligrosa. Quería saber más de ése ser oscuro y prohibido, le gustaba, le gustaba ese aura maligna y poderosa que desprendía Aro Vulturi y esa fluidez y pasión con la que le hablaba y contemplaba. Los humanos nunca fueron de su agrado, Aro representaba todo lo que nunca había tenido.
Para Aro la cosa era diferente: había pensado y repensado su posición de contarle a Sulpicia quien era realmente, sabía que si empezaba no habría vuela atrás, debería convertirla o matarla.
La vio muchas veces sin ser visto y cuando la contemplaba desaparecían todos los miedos de perderla o de estar solo, la excitación recorría su cuerpo al pensar las maravillas que podría hacer con ella, cómo la amaría, cómo la enseñaría, cómo la haría una reina.
Pero temía, temía que esa mujer que se había apoderado de su pequeña humanidad le rechazara.
Pidió consejo y aprobación a su familia antes de dar el paso. Didyme cayó prendida de sus encantos en cuanto la vio y Cayo se deleitó con el olor de su dulce sangre mientras Aro desenfundaba los colmillos cuando éste comentaba alguna obscenidad para con Sulpicia; Marco se mostró reservado, pero sonrió al contemplar la mirada de su hermano.
Todo estaba decidido, era hora de actuar.
Cuando cayó la noche Sulpicia miró por la ventana, más absorta en sus pensamientos que atenta a los pocos transeúntes que quedaban por la calle. Desde su ventana se veía la playa, inmensa e inmaculada, algo puro, brillante. El murmullo del mar resonó en su cabeza e hizo que cerrara los ojos mansamente.
-¿Esperabas a alguien?- susurró una voz entre la oscuridad del cuarto.
Ella saltó asustada y se dio la vuelta en guardia. Era él.
-Aro…-susurró ella.
De la negrura de la habitación se movió una sombra, su sombra, y se fue acercando hacia la luz. Sonreía y su porte era mayestático, dominaba toda la habitación solo con un leve movimiento de mano. Hizo una pequeña reverencia y se acerco a ella.
-Sulpicia- saludó cogiéndola de la mano y besando el dorso.
-Pensaba que no volverías, que solo había sido un sueño.
-Puede que solo sea un sueño, pero no por eso significa que sea menos real- sonrió él misteriosamente y añadió-. Te he traído algo.
La cogió de la mano y la hizo sentar en el alfeizar de la ventana, él se sentó a su lado y buscó en sus bolsillos, Sulpicia le contemplaba embobada, ávida por saber que le había traído esta vez. Era costumbre que al cortejar una dama se le trajera siempre un presente.
Le tendió un objeto ovalado, ella lo cogió, era suave y respingón, parecía una fruta, una fruta naranja rosada.
-¿Qué es?- preguntó sorprendida no sabiendo que debía hacer con ello.
-Es un melocotón, provienen de la China.
-¿De la China? ¿Tan lejos? ¿A qué sabe?- preguntó Sulpicia llevándoselo a la nariz y absorbiendo el aroma como hizo con la manzana.
Aro se quedó callado y sus ojos se entristecieron durante una fracción de segundo, Sulpicia abrió levemente los labios y le miró sin saber qué hacer.
-Sabe a China- contestó entonces él con una sonrisa que reemplazaba su tristeza.
Ella sonrió e hizo un ademán de pegarle un mordisco, pero se retractó y apartó los dientes. Y rió, a Aro se le contagió la risa al verla reír, ¡Qué canto! ¡Qué luz! ¡Qué belleza!
-¿Qué pasa?-preguntó.
-No quiero estropearlo, es demasiado bello para morderlo.
Aro pensó en esa frase tiempo después, pensando si ella no era demasiado bella y demasiado pura para morderla, pero él era egoísta y la quería solo para él. Posesivo y calculador, así era Aro Vulturi, pero al fin y al cabo enamorado de una humana.
Sulpicia se llevó el melocotón a los labios y cerró los ojos al morderlo, los abrió al notar el jugo esparcirse por su boca, inundándolo del dulce néctar y del puro sabor de China. Lo mordió y lo saboreó y sonrió.
Aro la contemplaba, una pequeña gota de néctar caía por la comisura de su labio inferior, alargó el índice y lo posó encima, acariciándole el labio. Ella entreabrió la boca, sorprendida por el gesto y la osadía e hipnotizada con la dulce caricia.
Él apartó la mano y tragó saliva sin necesidad, cogió aire y se relajó, la garganta la ardía. Había notado la sangre demasiado cerca y, gracias a su don, había experimentado el placer refrescante de la fruta y de su misma caricia.
-Es… comida de dioses- dijo entonces Aro levantándose del alfeizar y dando una vuelta por el cuarto, intentado distraerse.
Estuvieron en silencio hasta que Sulpicia se acabó el melocotón y suspiró complacida.
-Es el mejor regalo que me han hecho nunca.
A Aro se le deshizo el corazón de alegría. Sonrió complacido hacia ella.
-¿Me vas a contar hoy qué eres?
La pregunta le pilló por sorpresa, como siempre hacían sus comentarios directos. Tragó, ése era el momento, o la perdía para siempre o la tendría eternamente. Debía arriesgarse. Mantuvo las distancias y eligió muy bien las palabras, no quería asustarla, quería encandilarla.
-Soy un vampiro.
Sulpicia le miró interrogativamente.
-Puede que nos conozcas como Nosferatu, o bajo la leyenda de Lamia o Empusa.
Sulpicia le miró concentrada, su cara no denotaba que estuviese asustada o complacida, pero su bello se erizó con un escalofrío.
Había pensado en la posibilidad de que Aro fuera un ser demoníaco que había dado la espalda a sus dioses y a la naturaleza, pero al contemplarlo delante de ella y sabiendo la respuesta de lo que era realmente todo le parecía demasiado irreal.
-¿Eres un demonio?-preguntó.
-Algunos nos llaman así, pero yo no me considero un demonio, un monstruo, tal vez…
Sulpicia tomó aire y miró por la ventana. Hacía mucho que había oído sobre la leyenda de Lamia, una mujer atractiva que seducía con su mirada y sus encantos, amada por Zeus y castigada por Hera a permanecer despierta eternamente y a contemplar la muerte de sus hijos; se convirtió en un monstruo que bebía la sangre de los niños.
Se giró hacía él, que la contemplaba cauto, y le dijo.
-Cuéntame más, dudo que te dediques a devorar niños en tus ratos libres.
Se movió con cautela para sentarse otra vez delante de ella, le sorprendió la serenidad que desprendían sus facciones, parecía no tener miedo sino estar disfrutar de esa conversación con un ser extraño.
-Me convirtieron hace mil trescientos años, en Grecia, mi ciudad natal. Me ofrecieron otra vida, en la que he podido redescubrir el mundo. Con mis nuevos ojos puedo ver cosas ínfimamente pequeñas e imperceptibles para los humanos, con mi nueva piel puedo acariciar incluso el polvo, con mi fuerza puedo hacer cosas inimaginables… soy poderoso y tengo toda la eternidad por delante. Colores, olores, sabores…todo por el precio de la sangre.
-Así que es cierto que os alimentáis de sangre y que sois inmortales…
-Sí.
-¿A qué sabe? La sangre, quiero decir.
Pensó un rato buscando las palabras adecuadas para contestar a esa pregunta mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para no dejarse llevar por la quemazón de la garganta; para los humanos la sangre sabía a hierro, pero para ellos… era pura ambrosía.
-Cada persona tiene un gusto diferente. Hay sangres más apetitosas que otras, eso ya depende del vampiro. Algunas son sabrosas pero otras son puro placer, es muy difícil poder resistir el olor y el sabor de una sangre que te llama a gritos. Es como si tuvieras una deliciosa y resplandeciente fruta dorada delante de tus labios y la boca se te hiciera agua, pero sabes que no debes probarla porque si lo haces no podrás controlarte- mientras decía estas palabras se iba acercando más a Sulpicia que había entreabierto los labios imaginándose lo deliciosa que debía estar la sangre en la boca de un vampiro.
-¿Qué tipo de sangre es la mía?
-La más exquisita que he olido jamás-susurró Aro recorriendo su cara con la mirada.
Sulpicia notaba el aire frío que salía de los labios de Aro mientras hablaba y su olor, a canela fría y con un toque frutal, su corazón bombeaba cada vez más deprisa.
-Todo lo que hay en mi te atrae, estoy hecho para que no te puedas resistir, para seducirte. Para que te encandile mi voz y mis ojos, para hipnotizarte- decía despacio saboreando el olor de Sulpicia cada vez más cerca y el calor que desprendía su cuerpo- tengo tu vida en mis manos…
Sulpicia cerró los ojos entonces, intentando controlar sus instintos humanos, cuando los abrió Aro se había separado unos centímetros para hacer lo mismo y sonrió débilmente.
-Pensaba que solo eran mujeres, las lamias.
-El lado oscuro de la naturaleza- susurró Aro mirando por la ventana.
-El lado oscuro- susurró ella pensando en lo bien que sonaba eso- ¿podéis salir a la luz?
La miró a los ojos y giró un poco la cabeza, le gustaba que fuera curiosa.
-Sí, solo que llamaríamos la atención y mantener nuestra existencia bajo secreto es nuestra ley. La luz hace que nuestra piel brille como un diamante- dijo mientras se subía la manga de la camisa y exponía la mano y el brazo a un rayo de luz de la luna.
Su piel brilló como un diamante. Sulpicia se atrevió a tocarle la piel con el índice, era suave y fría como el hielo, sin pulso.
-Es increíble- suspiró.
Apartó la mano de su piel y todos los temores volvieron a ella. Él lo notó.
-¿Qué te pasa?
Ella le miró duramente.
-¿Qué quieres de mi?- a pesar de que Aro no era humano no podía fiarse de él, los hombres solo habían querido aprovecharse de ella y hacerle daño sin importarle lo más mínimo lo que ella quisiera. Aro querría alimentarse de su sangre, no quería ser la prostituta de nadie.
Aro tomó aire.
-Te quiero a ti- sentenció- no tu sangre, cara mia, sino a ti. Quiero que seas mi compañera, mi amor eterno, mi amante eterna, mi reina eterna, la reina de nuestro pueblo. Te quiero a ti. Si tú lo deseas… Puedo entregarte toda una vida de placer y felicidad, de poder, de riquezas y de amor. Déjalo todo, déjalo todo y vente conmigo. La eternidad te espera, Sulpicia, estás destinada a ser una reina, a ser mi reina.
Sulpicia le miró. Mil ideas pasaban volando por su mente. Poder, amor, pasión, experiencias, felicidad; Aro podía darle todo eso y más. Pero el precio a pagar era muy alto: su vida y su sangre. ¿Estaría dispuesta a entregarse por amor?
-Te daré unos días para pensarlo, la mia Sulpicia, es una decisión que debes meditar. Elije bien- susurró en su oreja mientras le daba un suave beso en la mandíbula.
Desapareció al igual que su caricia, sin dejar rastro y sin resquicio de calor, pero su petición permaneción toda la noche.
