Chihiro no fukki.
2. Intromisión.
4 años más tarde.
Papá y mamá estaban atareados.
–Vamos, Chihiro, recoge tus cosas ya… -dijo mamá entrando en mi habitación.
Por lo visto, su trabajo no resultó lo provechoso que debía ser, no ganamos suficiente dinero, casi ni teníamos para comer. Pero igualmente, ¿por qué teníamos que mudarnos de nuevo? Me gustaba este sitio.
Saqué la ropa del armario y la puse en una maleta grande. Luego, todos los libros que había leído. Me había convertido en una verdadera aficionada a la lectura, sobretodo de mitos japoneses, los encontraba muy interesantes. Dioses, yokais, los espíritus, los sellos y los altares… era todo un mundo que estaba justo a nuestro lado, y sin embargo, parece que nadie se da cuenta, porque por alguna razón, no podemos llegar hasta él.
Bajé la maleta al rellano para que papá la metiera en el coche. El día anterior ya me había despedido de todos los de clase. Me habían regalado un álbum de fotos con todos los festivales y fiestas que habíamos celebrado juntos, incluso cada uno había escrito una página sobre lo bien que lo habíamos pasado todos esos años, incluso los que no tenía tanto contacto, aunque la verdad, yo me llevaba bien con todo el mundo. Y lo más feliz que me hacía, era ver que al final del libro, con letras claras ponía: Para nuestra inolvidable Chihiro.
Crucé la calle y me asomé a la valla del otro lado, desde ahí se veía todo el pueblo y las montañas de alrededor. Llegó el camión de la mudanza. Yo… quería ayudarles pero… no podía. Habían contratado a profesionales, y ¿qué iba a hacer yo? ¿Cargar colchones? Y me iba a aburrir, y sería inútil, y, quería comprobar una cosa antes de irme para siempre de ese pueblo.
Vi a mi madre salir de casa para saludar a los del camión, así que me acerqué a ella.
–Mamá, voy a ver si encuentro a alguno de mis amigos. Quiero verlos antes de irme.
–Claro, Chihiro. ¿Ya lo has recogido todo?
–Sí.
–Bueno, más o menos tardarán unas dos horas en tenerlo todo a punto. Cuando vuelvas nos iremos directamente, ¿de acuerdo?
–¡Sí! –respondí energética.
Me di la vuelta y empecé a correr por el pueblo, mezclándome entre las calles para que me perdieran de vista. Entonces, probé con mi misión secreta.
¿Por dónde era? Cuando vinimos, se veía la escuela desde abajo… así que debe ser… ¡esa carretera!
Fui corriendo hacia la parte baja del pueblo, en la zona de los campos, por donde pasaba un camino prácticamente imperceptible. Lo seguí y llegué al bosque. Justamente ahí en el suelo vi los pequeños altares que vi cuando tenía diez años. Iba por buen camino.
Ahora que lo pienso, que Shizu no conociera lo del túnel… quizás es porque los del pueblo no se atreven a seguir adelante, quizás sólo llegan a la entrada y dejan los altares. Quizás… no debería entrar. Sería posible que estuviera prohibido…
Pero esos pensamientos no eran suficientes para permitir que mis piernas dejaran de andar. Iba avanzando. El camino era pedregoso, con hoyos y bastantes obstáculos, incluso había cascadas por en medio. No me extrañaba que botáramos tanto en el coche. Seguí caminando hasta que vi la entrada.
Como la otra vez. Esa estatuilla riéndose de mí. ¿Qué te hace tanta gracia? Yo puedo andar. En cambio, tú te quedarás toda la eternidad ahí quieta. Me sumergí en la oscuridad del túnel, en la única dirección que podía ver, la de la luz, decidida gracias al enfado estúpido que había tenido con esa piedra. Al llegar al final, vi los bancos, las farolas. Eso me daba recuerdos, pero era muy borroso. Quizás… o, seguramente era así, cuando fui no me interesaba para nada ese sitio. ¿Pero por qué tenía tantas ganas de volver? ¿Y por qué no había ido antes?
Tenía miedo. Estaba insegura. No tenía ninguna razón lógica para volver a ese sitio. Encima recordando que volvía agarrada de mi madre; seguramente, algo verdaderamente horrible habría ahí. Pero me parecía aterradora la idea de irme sin verlo otra vez. Sin volver a estar ahí. Como si parte de mi alma se quedara sin entender parte de mi vida. Y no tenía ningún sentido.
Salí por la puerta, y otra de las figuritas de piedra me dio la bienvenida. A ese otro lado, había un campo verde inmenso, precioso, la brisa acariciaba los lomos de las hierbas dándoles un brillo especial, como si fueran el pelaje vivo de algún dios de la montaña. Sí, tanta mitología japonesa afectaba a la percepción visual.
Pero si tantas ganas tenía para ver eso… realmente era impresionante, pero algo me decía que no lo era todo.
Seguí caminando y me encontré con un río seco. Seguí su orilla hasta encontrar… ¿unas escaleras? Unas escaleras que salían del río… qué cosa más extraña… ¿no debería de haber un puente, en vez de unas escaleras? Y en lo alto de estas, una fuente en forma de rana.
Crucé el río y empecé a investigar. Eran todo restaurantes, y no había nadie. Eran las doce del mediodía. Me quedaba una hora, y entre la vuelta y todo, media, solamente. Olía a comida, ¿de dónde saldría? Además, no había nadie. Pero tampoco tenía hambre. Y entonces lo vi. Un puente rojo que daba a una casa enorme, algo que parecía una casa de baños… abandonada. Lo increíble era que si no había nadie, cómo podía estar en tan buen estado… es decir, con la lluvia y sin cuidado, la madera ya debería haber perdido el color… decidí no continuar. Una cosa era que tuviera curiosidad y que estuviera abandonada, y otra muy diferente, era entrar en un edificio ajeno y cerrado por todo el morro. Volví por donde iba y vi un pequeño jardín, me acerqué y vi un pequeño arbusto de bayas.
Bueno, quizás no sea algo muy importante. Habría estado bien llevarse un trozo de piedra de alguna de estas construcciones, un fanalillo, o incluso, un poco de comida, pero, una cosa es robar, y otra diferente, coger una ramita de arbusto. Me agaché sobre mis pies y arranqué una. Sus frutillas rojas tenían un color que despertaba cierta emoción. No sé por qué, me vino un cosquilleo en el estómago. No me acordaba de haberlas probado, sin embargo, recuerdo como una mano me introdujo una en la boca… ¡pero no sé ni cuándo, ni quién ni nada! Es muy frustrante… quizás lo he soñado… pero entonces, ¿por qué siento mi corazón contraerse? ¿Por qué me da la sensación de que en cualquier momento puedo vomitar por los nervios? ¿Qué es lo que tanto espero?
En fin, supongo que ya es hora de que me vaya.
Me levanto un poco apenada y vuelvo por las calles de los restaurantes. Me habría gustado traerme una cámara de fotos. Hay pocos sitios tan bonitos y sin gente haciendo el turista. Típicas estampas japonesas que parecen lugares embrujados. Bajo las escaleras de piedra lentamente. No me quiero ir. Cruzo el río. No puedo mirar atrás. No mires atrás. Espera, ¿y eso por qué? ¡No tengo por qué escuchar a mi inconsciencia! Seguramente ha sido un sueño que me ha traumatizado, nada más. Quiero mirar hacia atrás. Quiero verle… no, no, espera otra vez, ¿a quién?
Me giro y veo una especie de serpiente blanca cruzando el cielo. Caigo de rodillas. Es mi imaginación. ¡No puede ser otra cosa! Estoy tan deseosa de que encuentre algo, y tan flipada con la mitología ¡que ya me imagino dragones y chorradas por el estilo!
Pero… espera, dragón. Mírame. Estoy aquí. He venido… porque esperaba verte. No sé por qué. Además, verte irte sin que siquiera me hayas advertido me da un vacío en mi interior que no puedo comprender. Y no lo entiendo. ¿No eres algo producido por mi mente estrambótica? ¿No eres sólo una ilusión?
¿Por qué tengo que irme?
¿No puedo quedarme aquí?
¿Dejarías que te viera de nuevo antes de irme?
Y sin saber a cuento de qué, dos lágrimas se acumularon en mis ojos y se cayeron, resbalando por mi mejillas, y yo, frustrada por desconocer la razón de ese sufrimiento.
Me levanté otra vez y continué mi camino de regreso a casa, bueno, más bien, al coche, hacia otra casa. El camino de vuelta, me resulta terriblemente aburrido. No es más que tierra, árboles y plantas; luego, carretera y casas vulgares.
Incluso al entrar al pueblo, ver todas esas caras conocidas de las cuales he ganado su confianza y ver que me mirar con tristeza porque me voy, me aburren. No tengo ganas tampoco de ver a mis amigos. Tengo una sensación extraña. Como si dejara algo muy importante. Y eso, no es el pueblo.
Parezco contradictoria. Necesitaba ir a ese lugar antes de irme, y después de haber estado, no quiero dejarlo. ¿Por qué no fui antes? ¿Por qué no aproveché mejor el tiempo? ¿Por qué no intenté descubrir qué era lo que le faltaba a mi alma? Ahora… no lo podré saber.
Y sólo me llevo una ramita de arbusto.
–Vamos, Chihiro, el camión y el maletero ya están a punto. – me dijo mi madre al verme venir. – oh, cariño, ¿tan mala ha sido la despedida? –bajé la mirada. Parecía que continuaba teniendo los ojos algo hinchados, o al menos, cara de pena. – lo siento, de verdad que tu padre y yo lo sentimos muchísimo, ahora que te habías adaptado a este sitio…
–Ya, ya, mamá, déjalo. Ahora simplemente os tenéis que concentrar en sacarle más partido a la ciudad.
–Pero, Chihiro, ¿no estás un poco contenta? Al fin y al cabo, volvemos a nuestra ciudad natal.
Sonreí tímidamente, intentando hacer que me pareciera bien.
–Sí, más o menos.
Y, pues nada, tal y como vinimos al pueblo, volvimos. El maletero lleno de trastos y yo sentada al lado de un montón de cajas. Ojalá volvamos a perdernos y acabar en un sitio extraño del cuál al volver no nos acordamos de nada y el coche acaba con toda la comida podrida, como si hubieran pasado semanas.
Pero no.
En el trayecto no podía de dejar de mirar por la ventana, embobada. Me imaginaba a mí misma corriendo por las vallas de la carretera, saltando y corriendo más rápido que un coche, sintiendo mi libertad, cayéndome y volviéndome a levantar. Pero la valla era un dragón blanco con crines verdes, y mi volante, sus cuernos.
¿Por qué tengo que dejarte ahí?
Pensar que me voy tan lejos. Pensar que vamos a estar tan separados. Que te abandono. Que no voy a volver. De nuevo. Si ya había un muro que nos había separado todos estos años, ahora hay un muro y 500 km de distancia. Pensar que estás tan alejado de mí… ¿Cómo voy a poder soportarlo?
Llegamos a la ciudad en la que vivimos mis primeros diez años, la ciudad en la que era una niña mimada y consentida, aburrida y que se pasaba el día en casa por culpa de sus padres sobreprotectores y, además, pasotas. Es verdad, lo único que hacía era al llegar del colegio quedarme en la televisión viendo películas comiendo patatas fritas, porque, no había nada mejor que hacer, mis padres trabajaban, y a esa edad no hay obligaciones, no hay deberes, no hace falta estudiar… no hay nada.
En cambio, en ese pueblo era todo tan diferente. No sé qué era lo que me había hecho cambiar tanto… pero no había sitio parecido a ese.
Ahora, eso estaba seguro. Yo no era la misma que hace diez años. Yo era Chihiro, e iba a hacer lo que quisiera. Mis padres que dijeran lo que quisiesen. Aunque me consideraba responsable, no podía vivir encerrada sin investigar. No conocía ese lugar, y necesitaba hacerlo. Mis recuerdos fugaces no me aclaraban todas las dudas, no eran nítidos, no podría escribir un libro sólo de eso.
Holaa… primero de todo, agradecer a quienes leen esto y que lo siguen ¡arigatoou gozaimaasu!
Y si podeis dejarme reviews dando vuestra opinión, me haríais muy feliz, aunque sean malos, ugg, intentaré mejorar en lo que pueda.
La mente de Chihiro está experimentando algo muy raro, ¿no? Se pone a pensar de cosas que ni conoce… o no se acuerda xD
¡Yanne!
Mashetsu
