Hola a todos. Aquí les traigo este nuevo capítulo, un poco extenso la verdad. Espero que lo disfruten.

Nota: aunque mencioné que para este capítulo la clasificación cambiaría a M, porque pensé agregarle Lemon, me di cuenta que era innecesario. Disculpen si alguien esperaba Lemon.


Capítulo 02

Antes de que los cacareos de los gallo dieran señal de la presencia de los primeros tenues rayos de sol, con la oscuridad de la madrugada como la única presente en las calles de la ciudad de Camelot, Percival se levantó de su cama al instante. No tenía tiempo que perder, puesto que cada minuto que pasaba era un minuto que la alejaba de encontrar a su amado. Con una ducha de agua fría despertó cada parte de sí misma que aún se mantenía somnolienta. Con su cuerpo tiritando, y negándose a usar sus poderes para mantener un nivel corporal estable, ella se puso sobre su delineado y algo esbelto cuerpo sus prendas de vestir para así ponerse su armadura que siempre se mantenía impecable.

— La comida ya está servida. — Oyó ella como su fiel aprendiz le avisaba. Con una leve sonrisa, enfundó su espada y bajó al comedor. Con suma sorpresa que no pudo evitar mostrar, el desayuno que había preparado la joven coneja era el mismo de aquel día de despedida de Galahad: Huevos con tocino frito, jugo de naranja y unas rodajas de pan.

— Se ve delicioso. — Le indicó a la coneja sentándose y comiendo poco a poco su parte. A pesar de que supieran exquisitos hubo algo que le faltaba para que fueran iguales a los de Galahad. "Tal vez solo era la presencia de él que volvía especial todo lo que hacía" pensó Percival, ruborizándosele sus mejillas.

Dejando de lado sus pensamientos, ahora llegaban las dos a los establos donde Percival de un solo salto se sentó sobre su yegua favorita.

— Solo tomaremos a Argo. — Les avisó a los cuidadores, pero su aprendiz no parecía del todo convencida.

— Es un viaje de tres a cuatro días. No es justo para la pobre yegua. — Trató de disuadirla.

— Cream, escucha mis palabras: Solo necesitaremos un caballo, y es Argo. — Le enfatizó, señalando frente a su puesto.

— De acuerdo, Sir Percival. — Respondió ante el énfasis de su maestra con un tono enojado. Ella no le dio importancia a la actitud de la coneja y, sentándose delante de ella, comenzaron el recorrido.


Lentamente bajando el ritmo de su galope, Argo comenzó a mostrar síntomas de cansancio luego de cinco horas de recorrido sin descanso. Como le había advertido su aprendiz, la yegua necesitaba descansar lo más pronto posible.

— Nos detendremos allí. — Señaló Percival, lo que dejó muda a la pequeña coneja.

— Esa es… ¿mi aldea? — Indagó confundida, posando su vista al rostro de su maestra. La expresión de la felina lavanda era seria, pero de un modo extraño también era cálida. — Nuestra ruta no indicaba que pasaríamos por acá. — Seguía indagando con duda de las intenciones indescifrables de Percival.

— Tomé otra ruta antes de que te dieras cuenta. — Le informó, dejándola sin palabras.

— ¿Por qué? — Preguntó aún más confundida.

— Ha pasado tiempo desde que viste a tus seres queridos. Mereces estar junto a ellos. — Finalizando estas palabras Argo se detuvo completamente frente a una humilde morada, con un bello jardín de tulipanes decorando la entrada. Abriéndose la puerta de la casa, la sorpresa de quien salía fue evidente al ver al par de caballeros. Bajándose de la yegua, la joven coneja corrió en dirección a esa persona, quien tenía los brazos abiertos para recibirla.

— Ha pasado tiempo, madre. — Su expresión de alegría casi no podía contenerse.

— Es bueno verte de nuevo, mi dulce hija. — Dijo con felicidad y lágrimas resbalándose por su rostro, abrazando con todas su fuerzas a Cream. Aquella mujer era idéntica a Cream, o viceversa, donde solo la edad las diferenciaba entre la madre y la hija.

Atando un nudo a uno de los arboles cercanos a la morada, para mantener a su leal corcel estática, dentro de Percival un sentimiento de nostalgia recorría su cuerpo parte por parte ante la vista de la preciosa escena de su aprendiz con su madre. "Quería volver a vivir los añorados momentos con su madre cuando está aún vivía".

— Cream. — Llamó a su aprendiz, quien volvió su maestra de inmediato. — Debo pedirte que te quedes. —

— Pero, Percival…— Trató de refutar, pero Percival levantó la mano en gesto de silencio.

— Has estado casi un año entrenado conmigo, te lo mereces. — Indicó, sonriéndole.

— ¿Y qué pasará con la búsqueda? — Preguntó.

— Eso es algo que debo hacer sola. — Con un abrazo quiso despedirse de Cream, pero al tratar de volver a su medio de transporte fue detenida por la madre de la joven coneja. Aquella mujer la invitó a tomar una taza de té, permitiéndole más tiempo de reposo a su corcel. Quería rechazar su oferta, pero al final aceptó sin más opción. Así como le había enseñado buenos modales a su aprendiz, ella debía mostrar lo mismo. Sin más entró a la morada, donde encontró a su aprendiz jugando con su hermano pequeño y su padrastro, que eran de especie cocodrilo antropomórfico.


Con una leve despedía después de los minutos de reposo en la morada de la familia de su aprendiz, Percival se alistó, subió y cabalgó a paso sereno sobre su leal yegua hasta que el anochecer hizo presencia en el cielo. Saliendo del camino, armó una pequeña tienda de campaña para pasar la noche y encendió una fogata que ayuntara a las criaturas salvajes de acercarse a su ubicación, puesto que para protegerse de la fría de la noche no le era necesaria gracias al poder de las llamas que recorría su cuerpo.

— Buenas noches, Argo. — Le deseó a su noble corcel quien ya le llevaba la delantera en el mundo de los sueños. Con un bostezo final, sus párpados se cerraron y su mente caía en calma.


Inicio POV Percival.

— Mami, ¿puedo salir a jugar? — Pedí con deseo entrelazando mis dedos y haciéndole una señal de súplica con mis manos. Mi mamá me miró con sus ojos cuestionándose la decisión, seguidos con una sonrisa y una caricia sobre mi cabeza que respondía mis deseos. Abrazándola, salí de la pequeña habitación que era nuestro hogar, bajando las escaleras y abandonando a toda prisa aquella posada en la que vivíamos.

Corriendo sin rumbo aun fijo en donde imaginar mi próxima aventura, con la misma túnica café que llevaba puesta por casi tres días, pasaba por los puestos de ventas del mercado de la aldea donde el olor que más predominaba era el del pescado. "Éramos un pueblo pesquero, y nuestros productos eran los mejores del reino de Camelot".

— Mira bien por donde andas. — Oí decir en el momento en que mis pensamientos se disiparon y mi atención se fijó en el tropiezo que acababa de tener con un joven erizo de pelaje grisáceo claro de cuatro años de edad (como yo). Por sus pulcros atuendos, y los detalles en oro y plata en estos, me daba cuenta que no era de por aquí cerca.

— Lo siento. — Me disculpé, pero aquel chico solo me dio la espalda de manera grosera y se fue a lo lejos con una eriza blanca, y ojos dorados, que debía ser su madre. Sin darle vueltas al asunto corrí hacia el bosque…

— ¡En guardia! ¡Arriba, abajo, izquierda, derecha, centro! Again! (¡De nuevo!). — Repetía con ánimo, agitando la rama que cogí y envainaba como si de una espada se tratase. Los movimientos que practicaba eran los mismos que observé por parte del hijo de un noble que tenía bastas tierras en estos lares. — Bien hecho, Sir Percival. — Auto alabándome, hacia reverencia a un público existente solo en mi imaginación, quienes me aplaudían con ánimo.

— Lo haces mal. — Oí a mis espaldas. Volteé sorprendida de ver nuevamente a ese erizo gris con el que me encontré en el mercado. Me miraba con una expresión seria en su rostro y sus ojos fijos en el objeto que portaba en mi mano derecha, como si quisiera quitármela; algo que hizo inmediatamente, pero mis reflejos fue mayor por lo que me alejé unos pasos más de él.

— ¿Qué haces? — Indagué disgustada, con una expresión de furia.

— No mereces empuñar las armas en nombre de los caballeros. No eres de la nobleza. Eres solo una simple campesina. — Un dolor hizo presencia en mi corazón al ver cómo me echaba en cara la realidad de mi vida; pero eso no debilitó del todo mi sueño de ser un caballero. "Le iba a demostrar lo contrario"

— En guardia. — Le avisé, poniéndome en posición de ataque. Con una sonrisa jactanciosa, ese chico se desenfundó una espada de madera, de un material que dejaba a mi simple rama como eso, "una simple y frágil rama".

— Te enseñaré donde es tu lugar. — Amenazó con un tono leve, con sus ojos dorados fijos en los míos.

Atacando primero, me lanzó diversos golpes que yo lograba bloquear uno a uno a la perfección, oyendo el crujir de mi "espada" en un punto de romperse.

Cuando su respiración se aceleró sabía que ya era el momento indicado para mi contraataqué con todo lo que tenía. Ataqué y ataqué, girando a su alrededor para desequilibrarlo y me fuera más fácil mis acertar mis golpes; Y para final, lo desarmé ferozmente. Su arma voló por los aires, seguido por su grito de derrota. Sonreí con orgullo de mi victoria… hasta que mi perspectiva me mostró del daño que ocasioné.

De rodillas, llorando, los dedos de su mano yacían doblados de maneras que no pensé posible. Mi conciencia me carcomía.

— Lo… lo siento. — Pedí disculpa, pero él seguía sin reaccionar.

— Le diré a mi padre, y el hará que ejecuten a tu padre o a tu madre por lo que me hiciste. — Amenazó con una voz que solo denotaba odio hacia mi persona, con ojos que estallaban en un fuego que me aterraba, pasmando mi cuerpo.

Sin tiempo a reaccionar, las llamas rodearon mi cuerpo en cada centímetro de mi ser por pocos segundos. Estas llamas carbonizaron la única prenda de ropa que cubría mi cuerpo.

Anonadado, retrocediendo lejos de mí, aquel niño no daba credibilidad a lo que veían sus ojos dorados, pero sabía que me temía. No sabía qué hacer y mi cuerpo temblaba de miedo, ya que si no hacía algo inmediatamente todo empeoraría. Encendiendo mis puños lancé esfera pequeña de fuego hacia ese chico; Bueno, de hecho fue a su lado.

Sin que ninguno de los dos nos diéramos cuenta durante la batalla, fuimos rodeados por una manada de lobos hambrientos. Nos mostraban a través de los gruñidos sus colmillos diseñados para despedazar la carne de los huesos de sus presas, siendo nosotros su próximo objetivo.

La esfera de fuego le dio al lobo que planeaba atacar a ese erizo grisáceo plateado, pero aún quedaban cuatro dando pasos lentos, calculando el momento preciso para atacarnos.

— Quémalos. ¡Quémalos! — Me pidió él, dejando su temor hacia mí de lado.

— Otros en mi lugar, luego de tú amenaza, huirían y te dejarían morir; por el contrario, yo te salvaré. ¿Por qué? — Indagué, dejándole la duda mientras nos defendía de la amenaza de los lobos. — ¡Porque soy un caballero! — Grité con orgullo, ahuyentando uno a uno a esos caninos salvajes.

— Voy con mi padre. — Dijo, abandonándome en el momento que le di la espalda. Sus pasos fueron rápidos, desapareciendo de mi vista entre los arboles del bosque.

Yo también corrí, buscado la protección de mi madre por el miedo que nuevamente recorría mi ser al pensar en las consecuencias de que alguien más viera mi poder de las llamas. Atravesé todo el bosque, con pequeñas cortadas por parte de las ramas que cocaban contra mi cuerpo desprotegido, y de las rocas filosas que punzaban mis pies. Sin pena ni vergüenza por como yacía (desnuda), atravesé parte de la aldea, con una que otra mirada de burla por parte de los aldeanos y, ante mi vista, llegué a la posada. Entrando a prisas y cerrando la puerta detrás de mí, escuché de objetos cayendo y de líquidos desparramándose en el suelo.

— ¿Alguien te vio? — Preguntó temerosa mi madre, acercándose y agachándose a mi altura.

— Perdóname mami. — Fue la respuesta que pude darle, cayendo en llanto. Ella me abrazó y, con sus suaves dedos, limpió las gotas que se resbalaban como caudales por mi rostro. Con un beso en mi frente, subió y bajó de nuestra habitación en un santiamén, sosteniendo un saco con nuestras pocas posesiones. De este sacó una pequeña túnica morada para que me pusiera e irnos de una vez a otra aldea donde iniciaríamos una nueva vida como llevábamos haciendo por más de un año. "Mis poderes no eran considerados dones o bendiciones, sino brujería o magia negra. Donde fuera que íbamos la gente nos temía y cazaba una vez que descubrían lo que podía hacer; esta era la sexta vez, pero mi corazón aun recordaba como mi padre no logró volver vivo la última vez al detener a la turba enardecida, sacrificando su vida por mí y mi madre".

— Estás lista, vámonos. — Declaró ella, abriendo la puerta. "Lamentablemente, el destino no estaba ese día de nuestro lado".

— ¡No le hagan daño a mi mami! — Grité de inmediato, con mis puños en llamas, al ver como ese erizo grisáceo plateado yacía frente a mí, junto con un erizo mayor de color azabache con franjas rojas en sus brazos y piernas, manteniendo una posición indiferente ante mis amenazas. No parecía sorprendido de mi "dones". Detrás de él, una elegante mujer, eriza igualmente como el caballero, con pelaje blanco y ojos dorados se acercó a mí.

— ¿Eres tú quien le salvó la vida a mi hijo en el bosque? — Indagó con cortesía, demostrando la elegancia con la que se le observaba. Vi a mi madre, asintiéndome para que dijera la verdad.

— S-Sí. — Respondí tartamudeando. Abrazándome, sin importarle mi atuendo o suciedad, quedé atónita.

— Mi corazón no hubiera podido soportar perderlo. — Declaró, separándose de mí, con una voz alegre y a la vez preocupada, fijando sus ojos dorados hacia su hijo. Ese chico caminó hacia mí con pena, mirando hacia el suelo. — ¿Tienes algo que decirle, Galahad? — Cuando escuché como el tono de voz de la eriza blanca se volvió serio, casi juraría que se trataba de otra persona.

— Perdóname por…— Sin siquiera llevar una oración Galahad, su madre le puso su mano sobre uno de sus hombros.

— Galahad, hazlo bien como te he enseñado. — Su tono de voz ahora era más severo, lo que hizo que el erizo grisáceo levantara la mirada y me viera de frente, con sus ojos fijos a los míos.

— Perdóname por cómo te traté antes. Otros caballeros me decían que solo los nobles merecían aspirar a tener dicho rango; pero hoy, me demostraste lo contrario. — Declaró disculpándose y alagándome.

— ¿Es cierto lo que dice mi hijo? ¿Deseas ser un caballero? — Preguntó aquel erizo azabache, el padre de Galahad.

— Sí, lo deseo; deseo salvar y proteger a los inocentes de los males que osen atacar nuestro reino; y todo lo haré en nombre del rey Arturo, y del reino de Camelot. —

— El camino para ser un caballero es duro, pero la recompensa de lograrlo es grata. — Informaba con cortesía. — Apenas lleguemos a la ciudad de Camelot tendrás una carta escrita, con mi propio puño y letra, para que inicies tu entrenamiento a la edad pertinente. — Ahora su mirada se posó en su hijo. — Ambos podrán aprender uno del otro y, si el destino lo quiere, serán buenos compañeros. — Al término de sus palabras, se dirigió frente a mi madre. — Igualmente, usted tendrán su propia casa donde se hospedará en la ciudad y le conseguiremos un buen empleo, junto con la educación necesaria para ambas; por otro lado…— Siguió hablándole y diciéndoles de más beneficios que obtendríamos al vivir en la capital del reino, pero mi atención se reinaba en Galahad, quien salía de la casa. Lo seguí y, al percatarse de mi presencia, me sonrió.

— Tu ya conoces mi nombre pero yo el tuyo aún no. — Dijo él.

— Mi name is Percival. — Le respondí, haciendo una reverencia.

— Per-ci-val. — Deletreó mi nombre. — Me gusta. — Aduló, siguiendo en mostrar su sonrisa. No sé qué me pasaba, pero una sensación cálida (que no tenía nada que ver con mi poder) rodeaba mis mejillas al quedar fija mi mirada en la sonrisa de él.

— Gracias. — Expresé luego de quedar en silencio tanto tiempo. — ¿Tu y yo realmente seremos buenos amigos, después de lo que hice? — Pregunté aun apenada de mis acciones.

— Yo me lo busqué. — Dijo él, sobándose su mano herida. — Yo quiero ser tu amigo. — Extendió su mano vendada y yo la apreté con cuidado, aceptando su amistad como verídica; ¿Quién sabe? Puede que en el futuro seamos más solo amigos. "Puede que nos volvamos como una familia".

Fin POV Percival.


La felina lavanda despertó de sus sueños sobresaltada, maldiciendo el por qué tenía que recordar todas aquellas experiencias y momentos vividos con Galahad justo ahora. ¿Era una premonición para algo malo que se avecinaba, o solo era una manera en como su subconsciente le hacía pagar por no tener la voluntad de comunicarse con su amado en su peregrinaje? "¡No tenía la respuesta para eso, y se maldecía por ello!".

Subiéndose sobre su corcel, cabalgó sobre Argo a toda prisa el poco trayecto que quedaba, llevándose una sorpresa inigualable, o mejor dicho susto; susto por casi aplastar con el peso de la yegua a una niña tirada en medio del camino. Reprendiéndose para sus adentros, por dejar que sus pensamientos la absorbieran a tal grado de no notar su ambiente, Percival se bajó y de su cantimplora de cuero le dio de beber agua a la chica, quien era de especie mapache y su edad debía ser de unos 10 años como su aprendiz. Ella bebió a cantaros, terminándose toda el agua en segundos.

— Hi, I'm Marine. — Dijo ya recompuesta, presentándose con un ánimo algo hiperactivo.

— Hola, soy Sir Percival. — Se presentó ella.

— ¿Percival? ¿Cómo "esa" Percival? — Preguntó tal manera que provocó que la felina abrieras los ojos como platos.

— ¿A qué te refieres con "esa"? — Indagó Percival.

— Bueno, hace casi un mes atrás, en medio de lluvias y relámpagos que empapaban nuestras tierras e iluminaban nuestros cielos, vino un hechicero malvado. Dañaba nuestro ganado, cultivos; entre esos cultivos estaban tomates, papas…— Percival escuchó por varios minutos como, con demasiados detalles (más de lo que eran necesarios), hasta el punto de casi enloquecerla.

— Por favor, ve a la parte que me interesa. — Pidió la felina, respirando con calma para no perder los estribos con la mapache y no arrepentirse de cometer algo que no deseaba.

— Mmm… ah, sí. Ese chico venció al hechicero y lo desterró a uno de los estanques que hay cerca de aquí. — Señaló hacia el bosque con su dedo índice. — Su nombre era Galahad. — Se sorprendió al escuchar dicho nombre la felina.

— Gracias, Marine. — Le dijo, preparándose para entrar.

— No hay de qué, Perci. — Dijo con mucha confianza la mapache. — Solo espero que tu corazón no se quiebre demasiado cuando sepas la verdad. —

Volteando aterrada por las palabras de desesperanza y tristeza de Marine, quedó perturbada al no verla por ningún lado. Solo conocía a una persona lo suficientemente rápido para correr y ocultarse, y este se encontraba en su respectiva dimensión.

Sin importarle la desconfianza que ahora surgía por las palabras que hacían eco en su mente, Percival se internó por el espeso bosque, siguiendo la indicación que acababa de recibir. Al principio fue molesto caminar entre los árboles, especialmente quedando atascada muchas veces su yegua entre los arboles pero a medida que se internaban más y más, llegaron a una zona un poco más abierta, viendo a lo lejos los pequeñas estanques. Dejando a Argo pastando, sabiendo lo bien que estaría por su cuenta, Percival comenzó a inspeccionar el área. Dentro del cuerpo de agua pudo identificar unas garzas reales; unas se acicalaban las plumas de su cuerpo y otras probaban suerte atrapando con sus picos rosados amarillentos pequeños sapos que, sin escapatoria alguna, serian su fuente de alimento.

Continuando con su camino, la joven felina siguió recorriendo alrededor del estanque en busca de alguna pista que pudiera intuirle el paradero de Galahad. Quería creer que mirando detrás de los árboles que tenía de frente a sus ojos hallaría la respuesta de que tanto ansiaba, o mejor, a él; pero la realidad de la que se aferraba una buena parte de su conciencia era que él decidió comenzar una nueva vida, lejos de todo su pasado. "Se habrá arrepentido de volver y dio marcha atrás a todo lo que conocía, incluyéndola a ella" pensaba amortiguándola.

Sin ganas de continuar por el momento, Percival solo se sentó en el pasto con la mirada fija en las tres garzas reales que aún quedaban en el estanque. Sus pensamientos la sofocaban, nuevamente culpándola de la ida de Galahad; Debía detenerlo a toda costa y no lo hizo; debía irse con él, cuidándolo durante su peregrinaje, y no lo hizo; debía mostrarles a todos lo mucho que amaba al caballero, pero nunca tuvo el valor; "¡Todo lo que pasaba era su culpa!"

Sintiendo que se ahogaba, teniendo la sensación de que su cuerpo se quemaba con sus propias llamas, la joven felina se quitó apresurada las piezas de su armadura, y las prendas de vestir bajo esta. Corriendo, saltó dentro de uno de los pequeños estanques para refrescarse con su fría agua atenuando la sensación de asfixia. Duró varios segundos bajo el agua, hasta que su respiración no pudo más. Pequeños renacuajos, que no fueron comidos por las garzas, se alejaron lo más posible de la felina al salir bajo el agua y provocar varias ondas en el estanque. Allí, parada en la mitad, algo en su interior provocó que llorara de manera descontrolada. La joven caballero que siempre se mantenía estoica frente a la mirada de los demás aldeanos, nobles y realeza, había desaparecido en cuestión de unos días. Quien tomó su lugar era la verdadera mujer dentro de ella, ansiosa de salir y expresar todo los sentimientos que opresó en los últimos años.

El llanto de Percival se detuvo de improvisto, limpiándose sus lágrimas. Ella, con sus instintos súper desarrollados, sentía la presencia de alguien que la observaba. Miró hacia sus lados, y nada. Solo una sombra en el cielo la hizo mirar hacia arriba, quedando anonadada.

— Hola. — Oyó decir con un tono amistoso de aquel erizo grisáceo plateado que tanto conocía desde joven.

— Galahad. — Pronunció el nombre de su amado, mientras él dejaba de levitar rodeado de un aura turquesa en su cuerpo. Saliendo del estanque ella lentamente se acercó él, alargando su mano y acariciando con suavidad su rostro.

— Perci, ¿por qué lloras? — Preguntó, separándose un poco de la felina.

— Oh, Galahad. — Expresó ella, abrazándolo nuevamente y dándole un apasionado beso. Su corazón latía tanto que se podía confundir con el galope de los caballos; su alegría era tan grande que esta no cabría en ninguna morada o castillo.

— Me gusta la nueva moda que llevas. Hace que los abrazos sean dichosos. — Interrumpió, al separar sus labios de los de ella, con sus palabras los pensamientos de Percival. Al percatarse que se refería a su desnudez la sensación de vergüenza la hizo volver a meterse dentro del estanque, ocultando su cuerpo de su mirada, aun cuando él ya lo conociera centímetro a centímetro. Con un silbido la felina llamó a su yegua quien vino al rescate. Ocultándose detrás de ella, tomó sus cosas y se vistió con la primera prenda que encontró. "Lo irónico de esto, la prenda que tomó era la túnica morada que usó la noche antes del peregrinaje de Galahad".

Confundido, Galahad empezó a caminar hacia la posición de Percival pero al llegar al corcel que la ayudaba a ocultarse de su desnudez, Argo comenzó a enfurecerse. Levantándose sobre sus dos patas traseras, la yegua comenzó a embestir al erizo que se defendí usando sus dones de telequinesis para poner un tronco quebrado en medio de los dos, recibiendo los golpes de las pezuñas del animal. Percival no entendía porque su corcel perdía los estribos con la presencia de Galahad; ni siquiera con los enemigos que se enfrentó en los últimos años ocurrió tal cosa como lo que observaba. Tomándola de sus riendas la felina la amarró a lo lejos en uno de los árboles. Ella notaba como Argo actuaba como si no quisiera que Galahad se le acercara por algún motivo.

— No puedo creer que esa sea la misma yegua frágil que tú defendiste de su sacrificio hace diez años. Todos creíamos que moría a las pocas semanas de nacida. — Reía, sobándose su brazo derecho. El daño que recibió no fue mucho, entendiéndose que no se defendió como era debido para no lastimar al animal "inocente".

— Ella nunca mostró tal agresividad, ni siquiera cuando la domé. — Se cuestionaba Percival, viendo como Argo relinchaba y trataba de liberarse de sus amarres.

— No te preocupes. Ha pasado mucho tiempo desde que me vio. Tal vez pensó que era una amenaza… para ti. — Trató de explicar con lógica la actitud, pero para Percival eso no era posible.

— Tú nunca serias alguien que me lastimarías. — Le dijo, sonriéndole.

— Excepto cuando éramos niños. Te traté mal la primera vez que nos conocimos. — Dijo con remordimiento, apartando su mirada.

— Exacto. "Éramos niños". — Enfatizó sus palabras con el objetivo de hacerlo sentir mejor, recordándole que ya lo pasado, pasado; lo cual logró, adorando la sonrisa que se esbozó en el rostro del erizo.

— Oh, Percival. No sabes lo mucho que te he extrañado. — La abrazó repleto de dicha y con sus ojos llorosos. El calor que emanaba todo su cuerpo se transfirió a ella como un abrazo interno en lo profundo de su alma, volviendo a sentir la necesidad de llorar; solo el frío de su guantelete izquierdo, la única pieza puesta de la armadura del erizo, de alguna manera perturbaba a la felina cuando su mente se lo indicaba. "Era raro. Presentía que algo oculto que no podía entender se relacionaba con esa pieza".


Con el alba presentando su bello color rojizo sobre el cielo, los dos enamorados disfrutaron cómodamente de la bella charla que sostuvieron él día, narrándose entre los dos las aventuras después de su separación. Los dos no podían creer lo que escuchaban, y cada quien parecía que competía con sonar más asombrado de las historias del otro.

— Les beaux paysages de leurs royaumes pas comparer avec vous; Vous le gagner. (Los hermosos paisajes de sus reinos no se comparan contigo; Tú le ganas en exceso). — Habló en el dialecto del reino que aceptó de visita.

— Tu me flattes. Je sais que je suis belle à vos yeux, mais je ne pourrais jamais comparer avec ces sites antiques et historiques. (Me halagas. Sé que soy hermosa ante tu mirada, pero jamás me podría comparar con lugares tan antiguos e históricos). — Acercando sus rostros otro beso se hizo presente entre los dos. Los besos fueron el platillo principal durante toda la tarde.

— ¿Dónde está el resto de tu armadura? — Preguntó Percival al fin teniendo el valor.

— Apuesto que alguien te habló sobre dónde encontrarme. Ella debió decirte sobre mi enfrentamiento contra un hechicero malvado. Yo gané, pero perdí el resto de mi armadura y algo más. — Quitándose su guante, las ganas vomitar de la felina no pudieron ser retenidas. Todo lo que aún seguía sin digerirse en su estomagó se devolvió por su garganta para salir por su boca.

— Ga-Galahad…— Trató de acercar su mano a la de Galahad, pero él se puso su guantelete.

— Lo sé. La mano putrefacta es algo asquerosa. — Rió tratando de disimular el dolor que le provocaba al ver el estado de temor en los ojos de la felina. Ella temblaba y temblaba, puesto que sus memorias le hacían recordar las pesadillas en las que Galahad al final terminaba con el cuerpo totalmente descompuesto como su mano.

— Tenemos que volver al reino. ¡Ahora! — Lo tomó del brazo, esforzándose por llevarlo hacia su yegua.

— No pienso volver aun. — Declaró él, soltándose.

— Esto no está en discusión. — Expresaba, volviendo a tomar del brazo al erizo.

— Si lo es. ¡No quiero irme aun! — Nuevamente enfatizó, soltándose otra vez.

— ¡No dejaré que te pase nada! ¡No te perderé…! — Sus gritos se detuvieron y, con exhalaciones e inhalaciones, se calmó. —… de nuevo. — Dijo ya tranquila Percival, denotándose triste.

Quedando los dos en silencio Galahad solo comenzó a caminar en círculos, mirando de un lado a otro.

— Creo que ya tengo la solución. — Dijo al fin el erizo, tomando dos ramas con las mismas proporciones de longitudes. — Quien gane, decidirá lo que haremos los próximos días. — Informó, lanzándole la rama. Ella la atrapó sin problemas, y la miró de punta a punta.

— Bien. Si así serán las cosas, yo ganaré. — Dijo confiada, apretando con fuerza dicha rama.

— He aprendido nuevos trucos listos para salir. — Dijo Galahad con orgullo.

Haciendo unas reverencias de respeto entre los dos, ambos se pusieron en guardia. Sus miradas cruzadas intentaban descifrar sus movimientos; trataban de predecir a donde irían y como lo harían. Con un salto, Galahad inició la batalla con golpes certeros pero bloqueados en mayor medida por Percival. Derecha, izquierda, arriba, abajo, los golpes del erizo no se detenían y los contraataques de la felina eran igual de fieros, con la intención de ganar a toda costa. "La vida de su amado yacía en sus manos y esta vez haría lo correcto para ambos".

En un movimiento especial por parte del erizo, la besó en sus cálidos labios dejándola fuera de sí, anonadada. Con tal ventaja en su haber, dio un fuerte golpe con su arma a la barriga de la felina, quien soltó su arma; con otro movimiento audaz, la tumbó en el suelo situando con su rama sobre su cuello de su adversaria.

— Tú… ganas. — Declaró derrotada, con en animo por el suelo. Ella miró la mano que poseía el guantelete con pena. Galahad percibió lo que causó que mostrara una expresión de molestia hacia la felina.

— Mi mano ha estado bien por un mes. No le pasará nada por tres o cinco días más. — Mencionó con seriedad, pero su amada seguía sin estar de acuerdo. — Dejemos de lado esta estupidez; Primero, curemos nuestras heridas. — Avisó, buscando entre las cosas de Percival lo necesario para curar sus moretones. Allí encontró un ungüento que se aplicó por toda la parte necesaria de su cuerpo. Se posó detrás de la felina, que aún seguía absorta en sus pensamientos de derrota. Con una mirada maliciosa, Galahad se acercó sigilosamente a Percival y, levantando veloz la parte de atrás de la túnica, sobó el ungüento en las nalgas de ella. Por su lado, Percival reaccionó y se alejó unos pasos de él, mostrando ojos de furia.

— ¡Oye, no oses a sobrepasarte conmigo! — Le amenazó encendiendo sus puños en llamas.

— No llegaré más lejos de lo que me permitas. — Le afirmó con calma sin dejar de sonreír. Ruborizándose sus mejillas, Percival apagó sus llamas.

— Entonces, sigue. — Indicó, quitándose su túnica para que fuera más fácil la aplicación del ungüento en los demás moretones, ubicados desde su abdomen hasta en la parte inferior de sus piernas. "Esto demostraba que la batalla siempre fue feroz".

Tomando ambos el ungüento en sus dedos procedieron a untárselo a su ser amado, aprovechando para darse muchas caricias; caricias que los enloquecían. Sin soportar más tensión que provocaban entre los dos, ambos comenzaron a descontrolarse como nunca lo había hecho en sus vidas. Galahad se tiró sobre ella, tumbándolo sobre el césped, besándola apasionadamente sobre sus labios. Ella se aferró a él, acariciando su espalda con toques que lo erizaban.

— ¿Quieres que continúe? — Preguntó, deteniéndose de golpe.

— Estoy lista para entregarme a ti en cuerpo y alma. Estoy lista para ser tu mujer. — Declaró Percival, entrelazando sus dedos con los de Galahad.

— Lo que dices son palabras fuertes. Luego de esta noche nuestras vidas no serán igual. — Dijo tratando de sonar serio, casa que le salí muy mal. No podía casi ocultar su felicidad.

— No me importa para nada. Siempre que sea contigo, el mundo puede cambiar y rediseñarse las veces que quiera. — Declaró con honestidad la felina.

— Te amo, Sir Percival. — Expresó cariñosamente.

— Te amo, Sir Galahad. — Dijo, besándolo en el acto.

Ese simple beso comenzó a convertirse en algo más; algo que jamás olvidarían. "Algo que los volverían un solo ser".


Pequeños cantos de pequeños pájaros resonaban con suavidad cerca al estanque. Sus cantos despertaron a la felina lavanda que reposaba sobre el césped. Sus ojos se fijaron en Galahad, encontrándose este dentro del estanque, con la mirada al cielo. Sonriendo, ella entró al agua que estaba un poco fría, pero él seguía sin inmutarse.

— ¿Qué tanto detallas con tu mirada en el cielo? — Preguntó ella, abrazándolo por la espalda.

— Solo pienso en nuestro futuro. — Respondió, volteándose.

— Todo irá bien. Solo debemos volver al reino y…— Comenzó a decir ella, pero fue silenciada por el dedo de Galahad que se posaba en sus labios.

— No sigas, mi amor. — Enfatizó. — No volveré al reino aun. — Dijo decaído.

— Lo que hicimos en durante la noche lo podemos prologar en la comodidad de mi morada. — Insinuó Percival con lujuria, sobando su cabeza sobre el pecho del erizo.

— Buen intento, lo admito. — Dijo, esbozando una sonrisa. — Mira a tu alrededor. Disfruta del "Edén" que nos rodea. — Señaló con los brazos abiertos toda el área que los rodeaba.

— Cinco días; cinco días es lo que te permitiré alagar las ideas que te amarran aquí. — Le avisó, puesto que aunque haya perdido la batalla, no dejaría que la integridad física de su amado se pusiera en riesgo.

— Eso es todo lo que necesito. — Aceptó a gusto, pero después puso una expresión pensativa. — Me retracto. Quise decir: "Eso es todo lo que necesitamos". — Comentaba, dándole caricias a Percival. Ella se sonrojó a más no poder, sabiendo que esas palabras eran muy ciertas.

Saliendo del estanque Percival utilizó sus llamas para rodear sus cuerpos desnudos y secar la humedad. Los dos volvieron a acostarse sobre el césped, acurrucando sus cuerpos lo más que podían. Cerraron sus párpados, comenzando a soñar de la bella noche que tuvieron y como se repetía en sus mentes una y otra vez.


Al pasar los días la palabra "Edén" tomó un significado más profundo para Percival. Ella entendía, por sus conocimientos variados en literatura y religión, que Galahad se refería al paraíso terrenal que estaban viviendo; solo que ahora de verdad se sentía libre de todas las preocupaciones que la aterraban. Vivía en una fantasía de la que no deseaba despertar; no mientras él estuviera a su lado.

Así mismo, utilizar prendas de vestir allí era una completa pérdida de tiempo para Percival. Más duraba ella en ponérselas que él llegando de improvisto para quitárselas y, sucumbiendo ante el deseo, terminaban haciendo el amor; y cuando menos se daban cuenta, ya la noche los acobijaba con su oscuridad. "La felicidad era eterna sintiendo el calor de dos almas fusionadas en una sola, que el mundo que los rodeaba pasaba a segundo plano".


El brillo de la luna llena se reflejaba como un sol tenue a la mitad de la noche. Todo se veía con tal claridad que se podían detallar todos los insectos que volaban. La pareja por su lado yacía recostada contra uno de los árboles, disfrutando de la belleza de la luz de la luna reflejándose en el agua como un espejo.

— Mañana volveremos. — Dijo Percival, recostando su cabeza sobre el hombro de Galahad.

— Ojalá pudiera quedarme más tiempo. — Dijo con melancolía.

— Dime la razón que te ata a este lugar. — Indagó, separándose de él y parándose.

— Amé este lugar con solo verlo por su calma que precedió al finalizar mi feroz batalla contra la maldad. — Explicó sereno. — Imagínate como se divertirían nuestros hijos nadando todo el día, y jugando a los alrededores. — Señaló con emoción de un lado a otro, dando ideas de un futuro que ahora anhelaba la felina.

— No me sorprendería si dentro de uno o dos meses descubro que estoy encinta; no después de todos estos días en que nuestras almas se volvieron una al hacer el amor. — Alegaba ella, sobándose la barriga.

— ¿Te arrepentirías o te sentirías triste por ello? — Preguntó él, esperando después algún tipo de represalia por dicha pregunta. En su lugar, solo encontró una sonrisa esbozada en la felina.

— No. Mi vida cambiara pero será para mejor. — Dijo. — Vencer a cientos de enemigo es algo fácil. Ser madre, ese sí es un desafío que estoy dispuesta a enfrentar... con amor. — Declaró alegre con la imagen de un pequeño erizo cargado en sus brazos en su mente.

— Serás una maravillosa madre. Criaras a nuestros futuros hijos con mucha devoción; la misma devoción con la que me crió mi madre. — Al finalizar, Galahad miró al suelo con tristeza.

— ¿Extrañas a tu madre, Galahad? — Preguntó, sabiendo la respuesta.

— Solo sé que muchas cosas no fueron iguales luego de que Morgana le Fay diezmara una parte de Camelot con su magia negra. — Recordó ese atroz día, soltando una lágrima. — Mi padre no fue el mismo desde entonces. —

— La peste negra se llevó a quienes amábamos; tu madre, la mía, bebés, mujeres, esposos; todos simples inocentes de su maldad. — Murmuró ella, tratando de no sonar dolida. Al igual que él, las cosas fueron distintas.

— Creo que ese fue el punto en que Arturo dejó de ser el rey que tanto admiraba, convirtiéndose en algo que completamente extraño ante mis ojos. — Declaró decaído.

— El cambio que transitó fue tan nulo a mi vista. Solo pensaba en el honor y el deber de un caballero a su rey. — Decía Percival, apartando la mirada.

— No te preocupes. Ya no sigamos hablando de viejas memorias que nos atormentan; solo disfrutemos del presente, del ahora. — Tomándola de la barbilla, acercó el rostro de la felina y sus labios le dieron un simple pero tierno beso en una de sus mejillas.


Con placidez, Percival despertó de su dulce sueño. La paz y armonía se trasmitían en todo el lugar, lo que alegraba a la felina. Vio que Galahad no estaba a su lado pero, antes de que alguna duda de temor por una repentina huida se hiciera presente, unos destellos color turquesa flotaban formando un camino en el aire. Ella con entusiasmo se levantó del césped y comenzó a correr hacia la sorpresa que le deparaba su amado, no sin antes volver a escuchar como Argo relinchaba denotando una sensación de miedo, volviendo a un estado de salvajismo que le era aún difícil de creer; pero eso no arruinaría su día especial.

Paso a paso Percival seguía su camino, percibiendo como los destellos comenzaban a desaparecían una vez que les daba la espalda. Podía entender el poder que los dones de Galahad, denominada "telequinesis", aun le eran un misterio hasta donde podía llegar su límite, pero algo en estos destellos era irreal.

Llegando al final del sendero de dichos destellos su sorpresa fue enorme, puesto que todo estaba solitario. No había absolutamente nada donde se hallaba, y un enojo comenzaba a ser presente en la felina; pero como si una voz le susurrara al oído, casi introduciéndose dentro de su cabeza, ella miró de frente a un árbol viejo y robusto. La sombra que proyectaba ante sus ojos era tan oscura como la misma noche, lo que producía más curiosidad de acercarse a dicho árbol. Dando el primer paso dentro de la lúgubre sombra, con un ambiente de frío en el aire, los mismos destellos que la guiaron aparecieron pero esta vez empleándose como antorchas que iluminaban el lugar, cegándola momentáneamente. Adaptándose sus ojos a la luz que se proyectaba con tenuidad su corazón se quebró como un frágil cristal al notar a dos cadáveres en el suelo, y uno de ellos era de su amado.

— ¡NO! — Se negó a creer lo que sus ojos le mostraban con la pequeña luz turquesa. — ¡Esto debe ser una pesadilla! — Repetía entre gritos a su mente, tratando de burlarla. No podía, ni quería, aceptar la razón. Putrefacto y casi en los huesos, el cuerpo de Galahad yacía tirado en un césped seco y sin vida alguna.

— Pero es verdad, Perci. — Oyó detrás de sus espaldas, con una mano posándose sobre su hombro. — Esta es la razón por la que no podía irme. —

— ¿Quien…? — Se detuvo, aguantando las ganas de llorar. — ¡¿Qué eres?! — Preguntó, temiendo la respuesta.

— Soy Galahad. — Miró hacia su propio cuerpo putrefacto y respiró hondo. — Soy todo lo queda de mí, en forma de una proyección; proyección que tienen forma física. —

— No. — Se negaba a aceptar dicha explicación Percival, avivando las llamas de brotaban de sus puños.

— Es él, Sir Percival. — Oyó a su lado, reconociendo la voz.

— Tú…— Dijo ella, viendo a la mapache. — ¿Sabías de todo esto? —

— Yo soy quien lo ha mantenido vivo todo este tiempo. — Dicho esto, con un movimiento de manos por parte de la mapache, unos símbolos se materializaron en los cuerpos físico y espiritual de Galahad, junto con unas cadenas casi quebradas que procedían del cadáver del erizo y se unían a proyección física, corroboraban la afirmación de que él era su esencia u alma.

Sin dejar de apuntarles a quien pensó que era su amado y la mapache, Percival seguía sin aceptar lo que sus oídos escuchaban. "¡No podía dar merito a todo eso!".

— ¿Qué fue lo que pasó? — Exigió saber, con sus ojos llorosos a punto de estallar.

— Eso ya te mencionó Marine, pero ahora narraré mi parte: Hace un mes exacto, antes de mi regreso a la ciudad de Camelot, un hechicero llamado Mephiles llegó y comenzó a causar estragos inigualables. La lucha entre los dos fue sangrienta, casi al borde de la muerte; sus poderes rivalizaban a mis habilidades. Sin la llegada oportuna de esta ninfa… — Señaló a Marine, quien sonrió a la par que creaba una figuras de luz que detallaban los hechos. —… no hubiera tenido ninguna oportunidad de vencerlo. — Respiró un poco tratando de tener valor de continuar. —Él huyó y se reguardó en este lugar. Por mi lado, siguiendo las enseñanzas de los caballeros, debía eliminar la amenaza y por eso le seguí. Lo que nunca predije fue que se tratara de una trampa. —

— ¿Fue él quien…? — Antes de que terminara su pregunta, él ya le asentía.

— Sí. Él me mató de la peor manera. — Asentía con pena y vergüenza. — Con sus últimas fuerzas me lanzó una especie de lanza de energía, perforándome el pecho; y no contento con mi cuerpo al borde de la muerte, trató de maldecirme para que mi alma jamás llegara a las puertas del más allá, convirtiéndome en un espíritu en pena. — Apretó los puños, sintiendo una ira hacia el morbo del hechicero. — Marine volvió a salvarme, dándole el golpe de gracia al débil cuerpo de Mephiles. A mí, logró liberarme de su sello para que descansara en paz pero eso era algo que yo no quería; No aún. — Dijo, viendo a la felina directo a sus ojos. — No quería morir sin antes verte una vez más. — Sonrió, dando un paso más cerda de ella. — Con otro hechizo, ató una parte de mí al guantelete que porto. Sin él, desaparecería en cuestión de minutos. —

— Si eso todo lo que has dicho es verdad, ¡¿Por qué no mandaste una señal para que llegara aquí antes?! — Exigió saber, gritando casi llamas de su boca.

— Mephiles. — Fue su primera respuesta. — Un plan de contingencia fue liberado cuando murió. Todos los recuerdos de quienes me vieron fueron borrados. No hubo nadie que recordara los acontecimientos que pasaron en la villa. Marine trató de hablar con los aldeanos pero algo la repelía, como una barrera mágica que evitaba su entrada e igualmente a territorios más lejanos de aquí. Intentó hablar con las personas que pasaban cerca pero, según la forma en que reaccionaban, entendió que debían oírle en un dialecto que consideraban de personas locas. — Terminó de narrar, dejando a la felina sin palabras.

—Si ustedes no me llamaron, ¿Cómo fue percibí tú fatal destino? — Indagó aún más confundida.

— No lo sé. — Dijo honestamente. — Cada día, hora, minuto y segundo que pasaba solo deseaba tenerte a mi lado. No tenía modo de salir de aquí o más allá de los estanques. Quería gritar y que mi voz llegara a tus oídos. — Relató, dando un paso más cerca de Percival. Ella, viendo que no era una verdadera amenaza, extinguió sus llamas.

— Tal vez si lo logró, solo que tu no lo sabias. — Expresó levemente sonriendo — Tu sufrimiento llegó aquí, en mi corazón. — Señaló su pecho. — Las noches se volvieron un infierno, viendo tu cuerpo pudrirse una y otra vez en un ciclo sin fin; Y sin respuestas que me ayudaran, solo callé mi dolor ante los demás. —

— Oh, Perci. — Cayó en agonía al escuchar el dolor por el que pasó de su amada. — No quiero irme, más el hechizo que me mantenía a este mundo se quiebra mientras hablamos. — La cadena que ataba a la proyección al cadáver ahora solo era una delgada fibra a punto de romperse. — Pensé que podría irme sin decirte un adiós, haciéndote creer que te abandoné luego de disfrutar del placer tu cuerpo; tú me odiarías por tales actos y así, continuando una nueva vida, borrarías mi recuerdo para siempre. — Con un silencio abrumador ante las palabras de Galahad, Percival le dio una cachetada que dejó marcada la mejilla de erizo.

— No puedes irte aun. — Dijo ella, no dándole más importancia a lo que acababa él de decir. — Hay gente que te quería mucho, y que ansía que vuelvas; Tu padre, aun en su forma más firme y seria, anhela ver a la sangre de su sangre de regreso a su lado. — Terminó de hablar, cayendo en llanto.

— Oír esas palabras me alagan, pero mi final es inevitable. — Sin esperar más la abrazó y trató de aguantar el llanto. — No llores más, por favor. El dolor y la desesperanza nublaban los pocos días que me quedaban de vida hasta tú llegada; fuiste la luz que iluminó mi alma, trayéndome de vuelta del más allá del que ya me imaginaba estando. —

— No puedo vivir sin ti. — Dijo aun en llanto, dejando que sus lágrimas se resbalaran aún más.

— Durante cuatro largos años demostraste lo contrario. Esto no será diferente. — Quiso disipar el dolor, pero solo causó lo contrario.

— ¡No te atrevas a decir tal barbaridad! — Criticó ella con las ganas de darle otra cachetada. — Sin ti a mi lado la vida ya no será la misma, por mucho que imagine lo contrario. Si tú te vas, quiero morir…—

— Percival…— La interrumpió rápidamente acercando su rostro al de ella, besándola con una sensación de amor y tristeza por igual. — Te amo. — Declaró entre lágrimas que desaparecían al caer al suelo. La silueta del erizo comenzaba a desvanecerse poco a poco tomando una apariencia fantasmal.

— Y yo te amo a ti, Galahad. — Lo besó una última vez, con el cuerpo de su amado volviéndose translucido hasta desaparecer. El guantelete que siempre portó durante todo este tiempo cayó estrepitosamente sobre el suelo. Ella lo tomó, con sus manos temblorosas, y lo abrazó con todas sus fuerzas. Las llamas brotaron de su cuerpo y comenzaban a expandirse, quemando el seco césped que le rodeaba. Marine actuó rápido y con unas palabras inentendibles, que solo ella sabía su significado, un domo (cúpula) de agua atrapó a la felina.

Con más y más dolor, Percival perdía el control de su poder y las llamas contenidas comenzaban a evaporar el domo que la apresaba. A ella no le importaba esto, solo gritaba sin descanso. La razón de su viaje se había escapado de sus manos; su muerte solo ratificaba la culpa que la carcomió todos estos años por la ida de su amado. "¡Todo lo que pasaba era su culpa!" volvía repetirle en gritos con odio como días atrás su subconsciente.

Un gran agujero se formó en el centro del domo, encima de la cabeza de la felina, para que la presión del fuego saliera por allí, y esta salió expedida como la lava que brotaba de un volcán en erupción; solo que su fuego se mantuvo más como un pilar gigantesco que era observado desde diversos puntos del reino de Camelot; hasta en la misma sala del trono se observaba la pequeña línea de fuego que se disipaba en lo más alto del cielo. Ante tal magnitud poder que solo podía venir de Percival, el rey Lancelot cayó de rodilla sosteniendo su pecho del lado su corazón, con ojos llorosos que dejaban anonadado a los presentes. "Podía sentir la ida de su hijo de este mundo".

Ella no dejó de gritar hasta que se desmayó y su fuego se apagó, y aun en sus sueños no encontraría ningún tipo de paz que disipara su dolor.

"Había muerto en vida".


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Bueno, espero que les haya gustado este capítulo. Nuevamente, disculpen lo extenso que fue. Cuando inicié nunca pensé que había escrito tanto. No se olviden de dejar sus reviews para mejorar mis historias futuras.

"Sin más que decir, hasta la próxima". ;D