II. MONIKA KRUSZEWSKI
Ruslan y Rustam, los dos hermanos de Monika estaban jugando ruidosamente, como todos los niños, en el enorme jardín de la residencia Kruszewski en las afueras de Moscú, ella trataba de concentrarse en el aburrido libro que le dio su madre a leer, quien insistía en que mantuviera la mente ocupada durante las vacaciones de la escuela, que hiciera algo productivo, ya que según ella en una mente ociosa puede entrar el Diablo y sus tentaciones.
Pero si el Diablo y sus tentaciones ya las traía dentro y con culpable aceptación dejó que se instalaran en su mente desde hace casi un año.
-¿Quién demonios le da a su hija de dieciséis años literatura eclesiástica?. Pensó en voz alta la rubia adolescente acostada boca abajo en la cama, dejó de lado el libro y rodó en enorme colchón boca arriba, estiró un brazo para poder alcanzar a tocar la fina tela casi translucida que pendía del dosel de ébano que coronaba su enorme cama, sus dedos se deslizaron por la tela y un grito de Ruslan la sacó de su ensoñación de golpe.
-Joder, no pueden callarse. Se levantó molesta de la cama, su cabello lacio se movía con cadencia al mismo ritmo que ella caminaba hacia el balcón de su habitación para cerrar la ventana y evitarse los gritos de euforia de sus hermanos.
Ruslan, el más pequeño, de complexión delgada, piel blanca y cabello rubio como ella, escapaba a toda prisa de su hermano Rustam, el de en medio, Rustam era más enjunto, más alto y corpulento que el otro, de cabello negro y piel no tan pálida, Ruslan y Monika se parecían mucho a su madre, y Rustam a su padre, en conjunto ambos niños eran bien parecidos, y con el tiempo se convertirían en hombres muy guapos, de ellos tres Monika era la mayor y también sentía que era la que salía sobrando de esa familia. Su padre siempre estaba ocupado en sus negocios y reuniones, las cuales por cierto muchas veces terminaban en lugares non santos, así que o se encontraba desvelado, o crudo de tanto vodka; su madre era caso aparte, siempre pendiente de la Iglesia, de sus oraciones y de educar rígidamente como buenos cristianos a sus hijos, creencias que Monika no compartía y por lo cuál siempre tenía severas discusiones con ella.
De las pocas veces que su padre habló de algo serio con ella fue justo cuando comenzó a entrar a la pubertad, y le dijo veladamente que ella como buena aristócrata debía de casarse con otro aristócrata que contribuyera a la fortuna familiar, que ni por error se le ocurriera tontear con chicos que pudieran poner en entredicho su honor, su madre fue más clara diciéndole que ahora que estaba entrando en la edad del pecado era necesario vestir adecuadamente, no mostrar más de la cuenta, no coquetear, no tocarse ni dejarse tocar… en resumen ser una alienada y conservar su "tesoro" para el hombre que Dios le diera.
Realmente en aquello años Monika se sintió una especie de contenedor de pecados hasta que descubrió que no era más que una chica normal, con sueños como las demás y con ganas de vivir, de ser libre… de ser completamente libre y dueña de su vida lejos de toda esa farsa aristocrática y de toda esa doctrina de terror que infundía su madre. Si realmente todos profesaran lo que ella decía, no habría necesidad de conquistar y someter otros países bajo el yugo del más fuerte, como estaba pasando con el Sacro Imperio Británico que doblegaba a todos a su paso y destruía a aquellos que no querían someterse.
Rustam derribó a su hermano en el jardín y le echó encima una cubeta con agua, empapándolo completamente, ambos gritaban y rodaban en el pasto, esa tarde calurosa de primavera cuando ella tenía dieciséis.
Jaló ambas puertas de la terraza para cerrar y aislar los gritos de los niños, cuando se percató de que en el garage Viktor lavaba el auto clásico que le servía a la familia como transporte, ya que su padre tenía su propio auto que él mismo conducía, los demás tenían a Viktor y al auto clásico negro. Se quedó mirando embelasada, Viktor le gustaba mucho, desde el día en el que llegó a la casa, un año atrás. Era un joven alto y musculoso, de piel bronceada por el sol, signo inequívoco de vivía en el campo en su natal Kiev, su cabello negro desordenado le causaba mucha hilaridad, le parecía desaliñado en su uniforme elegantísimo y con mechones aquí y allá, pero lo que más le gustaba de Viktor eran sus ojos azules, sus ojos pícaros del color del mar, o al menos eso le parecía a ella.
A escondidas de su madre ella lo llamaba Vitya1y platicaba con él cuando la recogía del instituto, que era el momento en el que podían estar solos y dejar ese trato tan formal de señor-sirviente, Ruslam y Rustam viajaban en la limusina de su mejor amigo que vivía a unas cuantas hectáreas de la mansión. Incluso a veces se aventuraba lo suficiente para pedirle que pasaran a la ciudad por algún libro o alguna cosa que necesitaba de la escuela, sólo para hacer un poco más de tiempo y poder estar con él. Además era obvio que a él no le parecía tan indiferente, ya que siempre le sonreía y la miraba discretamente, los rusos, normalmente no viven sonriendo, sólo con aquellos más íntimos o familiares cercanos, es de mala educación sonreír por todos lados y con todas las personas… a Viktor eso no le importaba y sonreía, eso le gustaba mucho a Monika, que con alguien podía platicar y que podía ver su sonrisa, incluso podía reírse hasta sofocarse… ese era el secreto que ambos compartían cada tarde.
Acabó por cerrar las puertas del balcón, estaba sonrojada, él la había visto mirándolo a detalle, había levantado discretamente una mano y le había hecho una seña saludándola, sus mejillas se habían encendido y lo único que pudo hacer en esa estúpida parálisis fue sonreír como una bobalicona. Se quedó recargada en las puertas cerradas y suspiró, se acercó a la cama para dejarse caer boca abajo, al menos así nadie escucharía que el corazón se le había desbocado.
Su madre estaba loca si pensaba que ella quería una vida como la suya.
-Mama ¿amas a papa?. Acto seguido la mujer cruzó de una bofetada el bello rostro de Monika completamente encolerizada.
-¿Qué clase de pregunta es esa Monika?.
-¿Por qué me pegas? Yo sólo…
-Tu deber es callarte, obedecer y no hacer preguntas a lo adultos… escúchame bien Monika, algún día te casarás con un buen hombre, eso de los cuentos de hadas en donde la princesa y el príncipe se enamoran no existe…con el tiempo aprenderás a amar a tu esposo o tal vez no, si es así te quedará amar a tus hijos.
"Que triste destino" pensó Monika y guardó silencio condoliéndose por la mujer que alguna vez fue su madre, que al igual que ella quizás soñó con tener a su príncipe azul.
Una de sus manos estaba debajo de su cuerpo, atrapada, tenía tanto azoro de sacarla que la dejó ahí, y pensó para sí misma que no quería tener esa clase de vida.
-Glupaya2…
Dio la vuelta perezosamente sobre la cama quedando boca arriba, pensando en lo mucho que le gustaba aquel hombre, y se le llegó a ocurrir que sería bueno escaparse con él, al menos causaría el suficiente revuelo como para mandar a reposo total a su madre durante todo el mes. Acercó el maletín en donde llevaba sus cosas a la escuela y sacó algo envuelto en papel estraza, lo desenvolvió parsimoniosamente y sonrió. Esa tarde mientras llevó arrastrando a Viktor a la ciudad se adentró en la librería… en la sección para adultos… y compró temblorosa y a toda velocidad una edición ilustrada del Kamasutra, libro prohibido y que según su mejor amiga era algo sumamente excitante.
-Veamos… ¡Por Dios!. Monika abrió los ojos como platos al ver las pinturas sumamente detalladas que mostraban a hombres y mujeres en posiciones inimaginables teniendo sexo. - ¿Esto es hacer el amor? Y en los libros no explican nada de esto.- Sonrió maquiavélicamente y pensó en si aquel hombre que tanto le gustaba había imaginado alguna vez hacer algo de eso que estaba en el libro con ella y pensó que ella sí… que ella soñaba con sentir sus labios, sus manos y con algo más allá de eso que no estaba segura de qué era.
Como por acto reflejo una de sus manos acariciaba su vientre, sentía una especie de cosquilleo extraño, que subía por entre sus muslos hacia todo el cuerpo y parecía revolotear por su estómago, temblando por su audacia fue subiendo por debajo del fino suéter de punto hasta alcanzar la piel debajo del sostén de encaje, lo único bonito que le dejaba usar su madre, ropa interior de mujer, no de niña, tocó sus propios senos y suspiró, se sentía bien, se preguntó que se sentiría cuando alguien más los tocaba, sus dedos recorrieron el camino entre su pecho y su ombligo con acritud, hasta ir por debajo del elástico de la falda larga de seda, abajo… más abajo… hasta que torpes sus dedos encontraron su sexo debajo de la ropa interior, se asustó y se quedó quieta.
-¿Qué demonios?. Fueron sus palabras, pensó en si eso era normal, o ella era rara, entre sus piernas estaba húmedo, aquello tenía una consistencia extraña, pero al tocar cierto punto en medio de aquel fenómeno sintió el impulso de gemir, ese punto que tocó accidentalmente le había hecho temblar de placer y la propia respuesta de su cuerpo fue separar las piernas, decidió llegar hasta el final y volvió a tocar con sus dedos, otra vez se sintió bien. Justo cuando estaba completamente concentrada en los placeres de su cuerpo abrieron la puerta de la habitación de golpe y Ruslan se quedó en la puerta boquiabierto, Monika se sobresalto y arregló lo más rápido que pudo la ropa, escondió con el brazo el libro, pero ya era tarde, Ruslan la había visto.
-Prostitutka3. Coreo el niño riendo, no sabía exactamente que estaba haciendo su hermana pero imaginó que seguro eso no era nada bueno, corrió por el pasillo gritando Monika prostitutka… prostitutka como si aquello fuera una especie de ronda infantil. Ella salió despavorida tras él para hacerlo callar justo cuando logró atraparlo antes de bajar las escaleras gritando, le cubrió la boca y se topó de frente con su madre con muy mala cara por cierto.
Ruslan también se quedó callado.
-Papa quiere hablar contigo ahora y tú Ruslan deja de gritar y correr, vete a tu habitación.-
El pequeño obedeció callado y Monika siguió a su madre escaleras abajo, por alguna razón pensó que justo en eso momento, ese día, su destino estaba por cambiar.
Bajo despacio las escaleras dobles de mármol, abajo su padre hablaba en voz baja con lo que parecían ser dos oficiales importantes, no alcanzaba a ver las insignias en sus solapas. Su madre la presentó y ella hizo una graciosa inclinación adecuada para saludar formalmente, mantuvo la vista baja y echó un vistazo.
Los escudos de aquello hombres pertenecían a la armada del Sacro Imperio Británico.
Finalmente había sucedido… igual que en otros países… los britannians habían llegado a exigir su lealtad y como prueba de ello necesitaban rehenes de la alta nobleza de cada país.
-Moya doch' Monika Kruszewski4. Describió en tono seco y marcial su padre.
1 Diminutivo de Viktor.
2 Tonta.
3 Prostituta.
4 Mi hija, Monika Kruszewski.
