¡Hola! Perdón por la tardanza, no he tenido mucho tiempo. Los personajes no me pertenecen, son de L. J. Smith y CW. Y la historia original pertenece a la escritora Teresa Medeiros.


PRIMERA PARTE

El hombre no es ángel ni bestia

y la desventura es que aquel

que quiere representar al ángel

representa a la bestia.

Blaise Pascal

No existe una bestia tan feroz

que no sienta una pizca de piedad.

William Shakespeare

1 –

Highlands, 1761.

Paseándose por los parapetos de su derruida guardia, el Dragón de Weyrcraig reprimía el intenso deseo de echar atrás la cabeza y lanzar un feroz rugido. Llevaba demasiado tiempo prisionero, oculto de la luz del dia. Solo cuando las sombras de la noche envolvían Weyrcraig podía echar a un lado sus cadenas y merodear libremente por el laberinto de corredores del castillo.

Ahora su dominio era la oscuridad, el único reino que le quedaba.

Contemplando el mar, el aire salobre le hacía arder los ojos; pero la fría punzada del aire no le penetraba la armadura de su piel. Desde que llego a ese lugar se habia hecho insensible a casi todas las provocaciones más difíciles de resistir. Una palabra de cariño susurrada, una tierna caricia, el sedoso calor del aliento de una mujer en su piel ya le eran tan remotos y agridulces como el recuerdo de un sueño.

En el horizonte se estaba desatando una tormenta. Se habia levantado un fuerte viento, que azotaba las aguas del Mar del Norte, dándoles apariencia de espuma hirviente, y empujando gigantescas olas contra los acantilados. Los relámpagos tejían su red de un nubarrón a otro, arrojando un poco de luz, pero dejando más negra e impenetrable la oscuridad después.

La inminente tormenta le reflejaba su salvajismo, como trozos de un espejo roto. Los distantes retumbos de los truenos, podían haber sido el fantasmal rugido de cañones o el gruñido atrapado en su garganta. Busco en su alma, pero no logro encontrar ni un solo vestigio de humanidad. Cuando niño, habia tenido miedo a la bestia que dormía debajo de su cama, y al llegar a ese lugar, habia descubierto que era el la bestia.

Eso es lo que habían hecho de él.

Enseño los dientes en una expresión que pocos habrían tomado por sonrisa y se los imagino a todos acobardados en sus camas, temblando al imaginarse su ira. Lo creían un monstruo, sin conciencia ni piedad. Les habia dejado claro que sus peticiones eran la ley, su voluntad tan irresistible como la canción de sirena del viento que ululaba por los valles solitarios y escabrosos pasos de montaña.

La cobarde rendición debería producirle cierta satisfacción, pero solo le agudizaba el hambre, un hambre que le roía el vientre, perforándole un quemante agujero, y amenazaba con devorarle de dentro hacia afuera. Siempre que estaba atrapado en sus garras, deseaba arrojarles a las caras sus magras ofrendas y reducirlos a cenizas con la abrazadora llama de su aliento.

Eran ellos los que debían sentirse maldecidos, pero era él el que sentía las llamas de la maldición lamiéndole el alma. Era el quien que estaba condenado a vagar por esa desmoronada ruina de sus sueños sin siquiera una compañera con la que aliviar su soledad.

Contemplando los agitados nubarrones, el estómago se le apretó con un hambre nueva, más aguda, más punzante que cualquier otra anterior. Nunca podría lograr calmar su insaciable apetito. Pero esa noche no se negaría el placer de un sabroso bocado para quitarse el gusanillo. Esa noche procuraría satisfacer ese deseo primordial que asecha el vientre de toda bestia, incluso l humana. Esa noche, el Dragón iría de caza.

.

.

Elena Gilbert no creía en los dragones.

Asi pues, cuando sonó un desesperado golpe en la puerta de la casa, seguido por el angustiado grito "¡El Dragón ha vuelto al ataque, va a matarnos a todos en nuestras camas!", simplemente emitió un gemido, se puso boca abajo en la cama, y se tapó la cabeza con la almohada. Casi prefería que la asesinaran en la cama antes que ser despertada de sus sueños por los desvaríos de un cretino.

Se tapó los oídos con los dedos, pero siguió oyendo los fuertes pasos de Isobel por el corredor de abajo, acompañados por una letanía de maldiciones y blasfemias invocando diversas partes de la anatomía de Dios, algunas menos sagradas que otras. Un feo ruido fue seguido por un lastimero quejido, que la hizo hacer un gesto de dolor; sin duda Isobel se habia tropezado con el desventurado perro que se atrevió a echarse en su camino.

Se sentó en el colchón relleno con brezo y consternada comprobó que estaba sola. Habría preferido que la despertara Gatita enterrándole el codo en la oreja antes de enterarse de que la pequeña andaba de ronda.

Echo atrás la sabana, desparramando por el suelo de madera un montón de boletines de la Royal Society. La sabana estaba llena de marcas de quemaduras, por las muchas horas que pasaba leyendo a la luz de una vela abrigada con ella. Isobel siempre juraba que algún dia las haría morir a todas en la cama al provocar un incendio.

Miro hacia la otra cama, y no se sorprendió en lo más mínimo al verla vacía. Incluso el Dragón tendría dificultades para asesinar Caroline en su cama, porque lo más frecuente era que se hallara en la cama de otra persona. No siempre era muy exigente Caroline respecto a la necesidad de una cama. Varios robustos muchachos del pueblo susurraban que a cierta bonita muchacha Gilbert le iba bien cualquier montón de paja o mugrosa ribera de un rio.

Echándose un chal sobre el camisón, Elena solo pudo rogar que su hermana no encontrara un horrible destino a manos de una rolliza esposa celosa.

Llego a la astillada baranda de lo que en tiempos mejores fue la galería de los trovadores, y alcanzo a ver a Isobel abriendo la puerta principal. En el umbral estaba Trevor, el aprendiz de hojalatero, con los ojos redondos y brillantes de miedo.

-¡Que el diablo te lleve, muchacho! –rugió Isobel. -¡Que es esto de venir a golpear asi la puerta de cristianos decentes a esta hora!

Aunque amilanado por la imponente vista de la maciza criada con el pelo envuelto en trapos harapientos, Trevor se mantuvo firme.

-Si no despiertas a tu señora, vieja vaca, el diablo nos va a llevar a todos. Va a incendiar el pueblo hasta dejarlo en cenizas si no le damos lo que desea.

-¿Y qué será lo que desea esta vez? ¿Tu flaca molleja en una bandeja?

Trevor se rasco la cabeza.

-Nadie lo sabe. Por eso me mandaron a buscar a tu señora.

Elena puso los ojos en blanco. Nunca se le habia pasado por la mente la idea de que tendría motivos para lamentar su amor por la lectura. Pero estando ausente el Reverendo Hopkins, ella era la única capaz de descifrar la escritura del Dragón.

Podría haberse devuelto a la cama, y dejado a Trevor a merced de Isobel si su padre no hubiera elegido ese momento para entrar al vestíbulo. Salió de la oscuridad de su habitación como un fantasma del hombre apuesto y vibrante que ella recordaba de su infancia, su camisón color marfil colgando sobre su flaca figura y sus hermosos cabellos blancos erizados por toda la cabeza como las esporas de una mata de diente de león. Sin pensarlo dos veces, comenzó bajar por la escalera con el corazón oprimido. No sabía que le dolía mas, si la impotencia de él o la suya propia.

-¿Elena? –dijo el, quejumbroso.

-Aquí estoy, papa. –lo tranquilizo, cogiéndolo del codo antes de que se cayera encima del perro como le ocurriera a Isobel.

El perro la miro agradecido.

-Oí una conmoción terrible. –dijo el, mirándola con sus legañosos ojos cafés. -¿Son los ingleses? ¿Ha vuelto Cumberland?

Grayson Gilbert podía olvidarse de su nombre a veces, pero jamás habia olvidado al cruel duque ingles que le robara la cordura hacía casi quince años.

-No, papá. –lo tranquilizo alisándole un mechón de cabellos grises. –Cumberland no volverá. Ni ahora ni nunca.

-¿Están tus hermanas en sus camas? No soportaría que les quitaran su virtud esos malditos soldados ingleses.

-Si papá, están seguras en sus camas.

Era más sencillo mentirle que explicarle que debido a que muchos de los jóvenes del clan se habían marchado del pueblo buscar fortuna en otra parte, Meredith recibiría un regimiento de rijiosos soldados ingleses con los brazos abiertos, y Caroline con las piernas abiertas. Le apenaba pensar que Gatita se estaba extraviando por esa misma senda.

-No te preocupes por Cumberland ni por sus casacas rojas. –le aseguro. –Esto no es otra cosa que ese tonto Dragón otra vez, haciendo travesuras a costa nuestra.

A él se le colorearon las mejillas con un rubor febril, y movió un dedo delante de ella.

-Debes decirles que hagan cualquier cosa que ordene. Si no, va a ser la ruina para todos.

-Eso es lo que trataba de decirle a esa tozuda vieja… -Trevor se interrumpió al ver a Isobel entornar los ojos. –Mmm, a su criada. Si le da permiso a Elena, señor, puede venir conmigo para que lea la nota que nos dejó el Dragón. Hay quienes dicen que no está escrita con tinta sino con sangre.

Su padre le enterró los dedos en el brazo.

-Debes ir con él, muchacha. ¡Y date prisa! Podrías ser nuestra última esperanza.

-Muy bien, papá. –suspiro Elena. –Pero solo si dejas que Isobel te meta en la cama, con una taza de leche de cabra y un buen ladrillo caliente envuelto en franela.

El arrugo la cara en una sonrisa y le apretó la mano.

-Siempre has sido mi niña buena ¿verdad?

Era un dicho conocido, el que ella aprendió de memoria cuando sus hermanas andaban retozando a la luz del sol y robando besos a ruborosos muchachos. Ella era la niña buena, la niña sensata que habia mantenido unida a la familia después de que su padre se volvio loco y que su madre murió quince días después de dar a luz a un niño muerto. Ninguno de los dos hablaba jamás de esa noche fría y lluviosa, muy poco después, en que ella, a sus nueve años, lo encontró arrodillado en el extremo del patio tratando de excavar la tierra, con solo las manos, en el lugar donde estaba enterrada su madre.

-Si papá. –le dijo dándole un beso en la mejilla. –Sabes que haría cualquier cosa por ti. Incluso matar un dragón. –añadió en voz baja.

Sobre el soñoliento pueblo llamado Ballybliss estaba a punto de desencadenarse una tormenta. Aunque las escarpadas paredes montañosas la protegían de lo más recio de su furia, se respiraba una tensa expectación. El olor de la inminente lluvia se mezclaba con el sabor salino del aire que soplaba del mar. Cuando Elena iba a toda prisa hacia la fogata encendida en el centro de la plaza, el viento le sacaba los mechones de pelo castaño de la redecilla de lana y le hacía vibrar la nuca de malos presentimientos.

Se arrebujó el chal cuando una ráfaga de viento azotó la fogata haciendo volar en remolino una cascada de chispas.

No la sorprendió ver a sus hermanas en la periferia del tumulto formado por los aldeanos. Nada les gustaba más que el alboroto, y cuando no lo había se las ingeniaban para montarse melodramas propios con su incesante serie de escándalos, pataletas y angustias sentimentales.

Meredith estaba colgada del brazo del hojalatero de cabellos plateados, con las mejillas encendidas y los labios brillantes, como si acabaran de besárselos bien besados. A diferencia de Caroline, Meredith jamás permitía que la "comprometieran" antes de la boda. Ya había enviado a dos maridos a una tumba prematura, quedando heredera de sus casitas y magras pertenencias.

Caroline estaba sentada sobre un fardo de heno junto a Tyler el Negro, el hijo menor del herrero del pueblo. Por la perezosa calma con que él le mordisqueaba la oreja y las briznas de heno prendidas en sus cabellos rubios, Elena dedujo que ese no era el primer encuentro de la noche de la pareja.

Fueron los ojos de lince de Jenna los que primero la vieron. De un salto bajó de las rodillas de un muchacho pecoso y se abrió paso por entre la multitud para llegar a su lado.

-Ay, Elena, ¡lo has oído! -exclamó, agitando sus rizos rubios cual rayo de sol. -El Dragón ha enviado otra petición.

-Sí Gatita, lo he oído. Pero no lo creo. Y tampoco deberías creerlo tú.

El apodo Gatita siempre le había ido bien a su hermana menor. Cuando era una niñita de cabeza rizada nada le gustaba tanto como dormir largas siestas y beber crema fresca en uno de los platos Staffordshire que pertenecieran a su madre. Lo que consternaba a Elena era su costumbre más reciente de sentarse en las rodillas de desconocidos.

-Nadie sabe lo que dice el mensaje. -le dijo Gatita. -Pero la madre de Katie teme que a Dragón podría desarrollársele un gusto por la carne humana. Y Katie cree que desea casarse con una de las muchachas del pueblo. -Se rodeó con los brazos como para reprimir un delicioso estremecimiento. -¿Te imaginas cómo será ser violada por una bestia?

La mirada de Elena se desvió hacia Tyler, al que le estaba saliendo tanto pelo de las orejas como tenía en la cabeza.

-No, cariño, no me lo imagino. Será mejor que eso se lo preguntes a Caroline.

A las dos las distrajo el sonido de voces elevadas.

-Digo que le demos lo que sea que quiera. -estaba diciendo en tono mimoso Aaron, el panadero. Incluso a la luz de la fogata, su cara estaba tan pálida como un pan con levadura sin hornear. -Tal vez entonces se vuelva al infierno y nos deje en paz.

-Y yo digo que vayamos al castillo y lo quememos hasta que se desmorone entero. -rugió Matt. El hijo mayor del herrero y eterno torturador de Elena, golpeó el suelo con el mango de madera de su martillo. -¡O nadie aquí tiene las pelotas!

A su desafío sólo respondieron un incómodo silencio y miradas hacia otro lado.

Mason el herrero dio un paso adelante. Mientras Matt era famoso por sus bravatas y Tyler por su experto galanteo al bello sexo, su padre era un hombre de acción. Su figura larguirucha y su semblante severo imponían respeto a todos.

Sostenía en alto la hoja de papel vitela zarandeada por el viento. La encontraron en el mismo lugar donde habían encontrado todos los demás mensajes, clavada por una sola flecha emplumada al tronco del viejo y nudoso roble que dominaba la aldea como un centinela.

-¿Cuánto más permitiremos que nos arrebate este monstruo? -dijo, y su voz sonó como el tañido mortuorio de una campana. -Nos exige lo mejor de nuestras cosechas, nuestros animales, nuestros mejores whisky y lana. ¿Qué ofrendas nos exigirá luego? ¿Nuestros hijos? ¿Nuestras hijas? ¿Nuestras mujeres?

-Mejor mi mujer que mi whisky. -masculló uno de los gemelos Sloan, llevándose una jarra de barro a la boca.

La señora aludida le enterró un codo en las costillas haciéndolo arrojar la mitad del whisky sobre su camisa. Un murmullo de risas nerviosas se propagó por la muchedumbre.

-Ah, pues le daremos tu whisky, muchacho.

Se apagaron las risas al adelantarse el viejo John, ya era viejo hacía quince años; ahora era viejísimo. Apuntó un nudoso dedo hacia Mason.

-Y si quiere acostarse con tu mujer, se la entregarás también, y le darás las gracias cuando haya acabado. -cacareó, enseñando sus arrugadas encías. -Le darás lo que sea que se le antoje, porque sabes condenadamente bien que esto se lo buscaron ustedes y no es más de lo que merecen.

Algunos se mostraron avergonzados, otros desafiantes, pero todos sabían a qué se refería con esas palabras. Casi al mismo tiempo, todos levantaron la vista hacia el castillo de Weyrcraig, la antigua fortaleza que arrojaba una sombra en sus vidas desde que muchos tenían memoria.

Sintiendo a Gatita apretarse más contra ella, Elena también elevó la vista hacia el castillo. La destruida ruina asentada sobre el acantilado dominando el pueblo parecía la obra de un loco; torreones derrumbados se alzaban hacia al cielo; tortuosas escaleras de caracol descendían al infierno, la antigua torre del homenaje estaba herida en el corazón por enormes agujeros irregulares. Desde hacía mucho tiempo ella se esforzaba por ser pragmática, pero esa visión de romance y sueños truncados por la muerte agitaba incluso su imaginación.

Los aldeanos podían fingir indiferencia al duro reproche del viejo John, pero ninguno había olvidado esa terrible noche quince años atrás cuando el castillo cayó a manos de los ingleses. Las puertas trancadas de sus casas no lograron acallar el rugido de los cañonazos, los gritos de los moribundos y el condenador silencio que vino después cuando ya no quedaba nadie para gritar.

Aun cuando había quienes siempre rumorearon que el castillo estaba embrujado, sólo hacía unos meses que los fantasmas habían empezado a hacer sus estragos entre los habitantes del pueblo.

Tyler fue el primero que oyó, los misteriosos sones de gaita procedentes del castillo, aunque no se habían oído gaitas en el valle desde la rebelión del 45. Poco después, Meredith vio pasar parpadeantes luces espectrales por las ventanas oscuras que miraban a la aldea como ojos sin alma.

A ella le habría gustado asegurar que no había visto ni oído nada de esa suerte, pero una cruda noche de febrero, cuando venía a toda prisa de la casa del boticario con un emplasto para los ojos de su padre, un conmovedor lamento que parecía venir de otro mundo la hizo parar en seco. Se giró lentamente hacia la melodía, sintiéndose transportada a otra época; a la época en que Ballybliss y el clan Salvatore prosperaban bajo la benévola jefatura de su señor; a una época en que en la casa resonaban los alegres sones de la gaita de su padre y las risas de su madre; una época en que todas las esperanzas y sueños para el futuro se apoyaban sobre los hombros de un niño de deslumbrante sonrisa y ojos color azul;

La penetrante dulzura de la melodía le hizo doler el corazón y escocer los ojos.

Esa noche no vio ninguna luz parpadeante, pero cuando miró hacia las almenas del castillo casi habría jurado que vio allí la oscura figura del hombre que podría haber sido ese niño si hubiera vivido; en el instante que tardó en cerrar los ojos para tragarse las lágrimas, él desapareció y en su memoria sólo quedó el eco de él y su melodía.

Poco después, Mason encontró la primera petición del Dragón clavada en el tronco de ese viejo roble.

-Es la maldición. -masculló Matt, despojado de su bravuconería por el reproche de John.

-Sí, la maldición. -repitió su padre, su severo rostro más largo que de costumbre.

Tyler aumentó la presión del brazo con que rodeaba a Caroline.

-No encuentro justo que suframos Caroline y yo. –Dijo -Éramos poco más que unos críos cuando se echó esa maldición.

El viejo John movió un huesudo dedo hacia él.

-Sí, pero los pecados del padre recaerán sobre el hijo.

Mascullando su acuerdo, varios hicieron furtivamente la señal de la cruz sobre sus pechos. La Corona podía haber proscrito a sus sacerdotes y prohibido el uso de sus mantas y faldas de tartán, pero ni siquiera quince años de férreo gobierno inglés podía hacerlos renunciar a su Dios.

Elena dudaba que el viejo John y los aldeanos supieran que la frase citada era de Eurípides, no sólo de la Sagrada Escritura.

Apartando suavemente a Gatita, avanzó hacia el círculo iluminado y dijo con voz firme:

-Nada, nada. No existe eso que llaman maldición, ni dragones.

La multitud estalló en vociferantes protestas, pero Elena no se dejó amilanar.

-¿Alguno de ustedes ha visto a ese dragón?

Al cabo de un rato de reflexivo silencio, Luke Sloan miró a su hermano gemelo.

-Yo oí su terrible rugido.

-Yo sentí su aleteo cuando pasó volando por arriba de mi cabeza. -terció Trevor.

-Y yo olí su aliento. -añadió Aaron. -Era como el del azufre salido de los fuegos del infierno. Y a la mañana siguiente en mi campo estaba todo chamuscado.

-¿Chamuscado o quemado? -preguntó Elena cogiendo la hoja de papel vitela de la mano de Mason. -Si nuestro torturador es de verdad un dragón, ¿cómo es que escribe estas ridículas peticiones? ¿Sostiene una pluma en sus garras? ¿Emplea a un secretario?

-Todo el mundo sabe que puede transformarse de dragón en hombre a voluntad. -dijo una anciana viuda. -Vamos, si incluso podría estar entre nosotros esta misma noche.

Mientras cada uno se alejaba de su vecino con los ojos llenos de desconfianza, Elena cerró los ojos un breve instante para decirse que en otras partes del mundo en ese mismo momento había matemáticos estudiando el Analysis Infinitorum de Euler, filósofos discutiendo la Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith, y bellas mujeres con los cabellos empolvados y zapatos forrados de seda girando en salones dorados en los brazos de hombres que las adoraban.

Miró a Mason con la esperanza de apelar a la razón del hombre.

-Creo que este "Dragón" suyo no es otra cosa que un cruel engaño. Creo que alguien se está aprovechando de su deseo de castigarse por algo que no se puede deshacer jamás.

La cara hosca de Mason expresó lo que pensaban los demás.

-No es mi intención insultarte, muchacha, pero te hemos llamado aquí para que leas, no para que pienses.

Elena cerró la boca y abrió la cremosa hoja de papel vitela, dejando a la vista la ya conocida y arrogante letra masculina.

-Al parecer milord Dragón tiene hambre. Si no fuera mucha molestia le apetecería una pierna de venado fresco, una jarra de whisky bien envejecido...

Varios hombres hicieron gestos de aprobación. Por diabólicas que fueran las amenazas del Dragón, no podían criticar su gusto por el buen licor.

-Y... -Titubeó un instante y su voz glacial se apagó a un tenue susurro -Y mil libras en oro.

Las exclamaciones que recibieron sus palabras no podían expresar más horror. Durante años se había rumoreado que mil libras era el precio que los ingleses pagaron a alguien de la aldea para que traicionara a su jefe.

Mason se sentó pesadamente en un tocón, frotándose las chupadas mejillas.

-¿Y cómo demonios vamos a reunir mil malditas libras? ¿Es que no sabe que esas sanguijuelas inglesas nos han extraído hasta el último chelín y medio penique de nuestros cofres con sus impuestos y multas?

-Ah, sí que lo sabe. -dijo Elena dulcemente. -Sólo está jugando con nosotros, igual como juega un gato con un ratón.

-Antes de engullírselo. -añadió Matt lúgubremente.

-¿Y si no le damos el oro? -dijo Mason, mirándola con ojos suplicantes, como si ella pudiera templar las amenazas del Dragón con compasión.

Cuando leyó el resto de la misiva consideró la posibilidad de mentir, pero comprendió que sus ojos la delatarían.

-Dice que eso significará el desastre para Ballybliss.

Nunca dispuestas a perderse una oportunidad para hacer melodrama: Gatita estalló en sollozos mientras Caroline y Meredith dejaron a sus respectivos amantes para correr a abrazarse.

Mason se levantó del tocón y empezó a pasearse.

-Si no podemos darle el oro, tiene que haber algo que podamos ofrecerle al demonio. Algo que lo obligue a dejarnos en paz por un tiempo.

-¿Pero qué? -preguntó Matt -Dudo que podamos reunir diez libras entre todos.

De pronto el cascajoso sonsonete del viejo John los hechizó a todos:

Que las alas del dragón vuestra ruina presagien,

que su fiero aliento vuestras tumbas selle,

caiga sobre vuestras cabezas mi venganza,

hasta que se derrame sangre inocente.

Era un cántico que los niños de la aldea habían aprendido sobre las rodillas de sus padres. Era la maldición que les echara el jefe del clan con su último aliento. Elena no debería haberse estremecido al oírlo, pero se estremeció.

-¿Qué has dicho, viejo? -gruñó Matt cogiéndolo por la túnica y levantándolo.

La intimidación de Matt no apagó el guiño astuto en los ojos de John.

-Todos saben que este Dragón no es otro que el Salvatore, que ha salido de su tumba a castigar a los que lo traicionaron. Si de verdad quieren librarse de él, pongan fin al maleficio.

Matt lo bajó al suelo, mientras Mason miraba hacia la distancia con expresión fría.

-Sangre inocente. –musitó. -Tal vez una especie de sacrificio.

Cuando su mirada comenzó a pasear por el pálido círculo de caras, su sobrina Rebekah apretó fuertemente contra su pecho a su nena recién nacida.

-¡Vamos, por el amor de Dios! -exclamó Elena, deseando tener el talento de Isobel para la blasfemia creativa. -¿A eso nos ha llevado el monstruo? ¿A contemplar la posibilidad de un sacrificio humano?

Matt, cuya novia formal de catorce años acababa de darle una hija, hizo chasquear los dedos, alegrando su rubicunda cara.

-Sangre inocente. ¡Una virgen!

Entornó los ojos y paseó la vista por la multitud. En Ballybliss la mayoría de las muchachas se casaban poco después de cumplir los doce años. Su mirada se detuvo brevemente en las muchachas aún solteras, pasó rápidamente por Meredith y Caroline hasta detenerse en Gatita.

-¡Ah, no, eso no! -exclamó Elena poniendo detrás de ella a su hermana. -¡No vas a entregar a mi hermana pequeña de alimento a un malvado timador!

Gatita se desprendió suavemente de ella.

-No te preocupes, Elena. No pueden entregarme al Dragón porque no soy... es decir... eh... Logan y yo... -Bajó la cabeza -Bueno, él me dijo que no había ningún mal en eso.

A Elena se le cayó el corazón a los pies. El muchacho pecoso que había tenido a Gatita en sus rodillas se puso colorado y se escabulló hacia las sombras.

-Ay, gatita. -le dijo dulcemente, arreglándole uno de los rebeldes rizos. -¿No me esforcé en hacerte comprender que te mereces mucho más?

-No te enfades. -le suplicó Gatita, poniéndose la palma de Elena en la mejilla. -Es sólo que no quería acabar como...

Tú.

Aunque Gatita no terminó la frase, ella oyó tan claramente la palabra como si la hubiera dicho. Conteniendo las lágrimas que le escocían los ojos, se liberó firmemente de la mano de Gatita.

Arrugó el papel del Dragón en el puño, deseando no haber sido tan estúpida para dejar su agradable cama. Incluso la intermitente cordura de su padre era mil veces preferible a esa locura.

Girándose hacia Matt, le golpeó el pecho con la bola de papel, detestando su burlona sonrisa aún más que cuando eran niños.

-Que tengas suerte en encontrar una virgen en Ballybliss. Tienes más posibilidades de encontrar un unicornio. ¡O un dragón!

Cuando se volvía para marcharse, notó un extraño silencio, roto sólo por el lloriqueo de Gatita. Hasta el viento parecía estar reteniendo el aliento.

Se giró y se encontró ante una hilera de ojos fríos y calculadores. Caras que conocía desde niña se habían convertido en severas máscaras de desconocidos.

-Ah, no. -dijo, retrocediendo involuntariamente un paso. -Supongo que no estarán pensando...

Matt la miró de arriba abajo, evaluando las generosas curvas tan en contraste con la cimbreante esbeltez de sus hermanas.

-El Dragón podría sobrevivir un tiempo con eso, ¿verdad?

-Sí -contestó alguien. -No nos molestaría durante un buen tiempo si la convirtiera en su comida.

-Incluso ella podría comérselo a él si le diera demasiada hambre.

Mientras el lloriqueo de Gatita se convertía en alaridos y Meredith y Caroline se abrían paso desesperadas por entre el gentío para llegar a su lado, los aldeanos empezaron a acercársele con expresiones cada vez más parecidas a las de una turba enfurecida.

-¡Ah, no, no! -gritó, empezando a retroceder dos pasos por cada uno de ellos -Yo sería un mal sacrificio para su estúpido dragón, porque... porque. -Se estrujó los sesos buscando un motivo para que no la entregaran a un dragón que no existía. Después de una candente mirada a Gatita, soltó. -¡No soy virgen!

Esa sorprendente revelación los hizo detenerse. Incluso Meredith y Caroline parecieron desconcertadas.

-Vamos, soy la ramera más lasciva del pueblo. Pueden preguntarlo a cualquier hombre de aquí. -Se le cayó el chal de los hombros al apuntar con un dedo al último enamorado de Caroline -Incluso me he acostado con Tyler. ¡Y con su padre!

Esa desesperada afirmación fue recibida por una exclamación ahogada por parte de la austera esposa de Mason. Pero la multitud estaba nuevamente en movimiento, todos mirándose entre ellos, incrédulos.

-¡Y con los dos maridos de Meredith! ¡Y con el reverendo Hopkins!

Elevando una oración de acción de gracias porque el afable hombrecillo no estaba ahí para oír esa determinada confesión, se giró para echar a correr; si lograba llegar a la casa, sin duda Isobel mantendría a raya incluso a Matt con la sola ayuda del rodillo de cocina y una de sus miradas tipo Medusa.

No bien había dado tres pasos cuando chocó con la sofocante blandura de los inmensos pechos de Rebekah. Y cuando levantó la vista para ver la maternal sonrisa de la mujer, comprendió que no era a los hombres de Ballybliss a los que debía temer, sino a las mujeres.


Bueno, ¿Qué les pareció? Ya tengo más tiempo, así que voy a actualizar mas seguido.

¿Review?

Nina•