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Rosas en escafandras

Notas preliminares: Esto… Sorry por la demora, qué puedo decir, soy una irresponsable. Un breve resumen del capítulo anterior: Sora siente que Miya necesita un cambio; Sora convence a Koushiro de irse a vivir con ellas; Koushiro es paranoico y regala cosas que nadie entiende; Carlos es el pollo-mascota; puede que Yamato tenga un tatuaje de dragón; la mudanza se complica ¿A Sora le está gustando Daisuke? – A Sora le gustan todos, no seas ingenua Japi.

Advertencia para quien lee: crack pairing + absurdo + referencias de la cultura pop.

Disclaimer: personajes reciclados del digimundo.

Y sobre todo, para Carriette, la impredecible y quien inspiró esta historia.


Miyako

Contexto

Mi nombre es Miyako, por algún motivo que desconozco hay quienes me llaman Yolei, pero para Sora soy M.I.Y.A.: Mirada Irresistible Y Asesina. El acrónimo salió de su cabeza luego de una tarde de cine gore —qué proceso cerebral nos llevó a organizar aquello no lo sé—, y aquello es lo que explica la parte de asesina del acrónimo, porque todos concuerdan en que soy muy beata para mis cosas.

Sora me alentó a que yo también le buscase un significado a su nombre, y puede que «sora» como acrónimo podía ofrecer muchas más posibilidades que «miya», lo que escupieron mis labios Solo Ramen. SORA. Solo Ramen. Queda claro quién es la creativa del grupo, y quien la bosta.

―No, está bien, ¡a quien no le gusta el ramen! ―soltó Sora luego de borrar su rostro de aturdimiento con una violenta sacudida de cabeza. Desde ese día, los jueves se han convertido en los jueves de ramen y gore de las fabulosas Sora y Miya.

Sora y Miya compañeras de piso; Sora y Miya colegas de parranda; Sora y Miya hermanas de botellón. En la entrada del departamento colgamos un cartel que dice «Mira, es Soya», porque los juegos de palabras no le hacen mal a nadie. Mira, es Soya. Me encanta.

Cómo nos hicimos tan amigas es una interrogante que inquieta a Mimi, a quién no le sienta bien el segundo plano. Lo cierto Mimi es que nuestra amistad inició gracias a ti, durante la secundaria superior.

En ese entonces yo era adolescente y me acomplejaban tanto mis piernas gruesas como los granos que escondía tras el flequillo. Observaba a Mimi, tan elegante y espigada, que no podía evitar sentir envidia del vaivén de sus caderas perfectamente alineadas con sus hombros. Quería ser como ella, igual a ella. Pero al intentar imitarla, rellenando mi bento de palitos de zanahoria y apio para pasar el día, mi estómago liberaba un ensordecedor rugido a eso de la media noche, que no me quedaba más que ponerme morada a atracones nocturnos.

Prisionera de la comida. Quien podría resistirse a unos calamares fritos untados en mayo.

Las indirectas de Mimi respecto a mi tamaño terminaban por minar mi autoestima y fomentaban mis complejos. Notaba su mirada de reprobación allí donde me apretaba la pretina del pantalón, y no era que estuviese gorda, lo sé ahora que veo las fotos de aquella época, pero en ese tiempo de mi vida, no me parecía que así fuera, y me sentía tan fea, solo porque Mimi era todo lo que se espera de una mujer bella.

―Pasa de ella ―susurró un día Sora en mi oreja―, nos mira así a todas, está un poco loca ―y completó su frase dibujando dos círculos alrededor de su cabeza. Luego me sonrió―. No tiene nada de malo, realmente. A todos nos falla la cordura, de alguna forma u otra.

—¿Diría que a ti también te falla?

—¡A mí más que a nadie! Pero mi madre sigue siendo la ganadora si de locura se trata. ¿Sabes qué me dijo hoy? Que el tenis es demasiado rudo para mí. No se dará por satisfecha hasta que me una al grupo de ballet. Qué asco.

―¿Y qué vas a hacer?

―Nada... ―Sora se encogió de hombros, y yo me di cuenta que ella estaba pensando seriamente en mi pregunta. Entonces, me respondió una tontería―: me meteré al club de básquet, es el deporte más rudo que tienen en este instituto ¿no?

Luego comprendí que su lógica, más que actuar sin lógica, era aparentar que así lo hacía. Porque todos estamos locos en este mundo que es mejor fingir que lo eres cuando no lo eres. Sora siempre sería reflexiva y aprensiva, y por razones que se me escapaban, se esforzaba por dejar de serlo. Una contradicción, si me preguntan, pero llegué a valorar esa perseverancia anti perseverancia. Se propuso vivir el día a día y no arrepentirse de no hacer las cosas. Tenía terror a convertirse en su madre, a terminar sola, pero sobre todo, a que las únicas preocupaciones de su vida fueran las flores y los deportes que practicaban otras personas.

Ella tenía sus complejos, y yo tenía los míos, y cuando nos dimos cuenta de aquello, fue imposible no separarnos.

Siempre que veo a Mimi, le doy las gracias. De lo contrario, nunca habría conocido a la verdadera Sora, esa que es Solo Ramen, y ve gore los jueves por la tarde.

.*.*.*.

Segunda parte

Algo se fumó, no puedo estar equivocada.

―¿Por qué invitaste a Koushiro a vivirse con nosotras? ¡SIN CONSULTARME! Sora, no hay espacio para otra persona más en esta casa.

Sora se encogió de hombros.

―¿No es eso lo que querías? ¿Un compañero de piso para compartir gastos? Mejor alguien conocido, ya sabes... para evitar el tráfico de órganos.

―Si hasta ya suenas como Koushiro. En fin. Ya ni modo. Pero no te ayudaré a limpiar la habitación de los cachureos. Tú sola limpiarás esa habitación para que Koushiro pueda meter allí sus cosas.

Al final sí le ayudé con el orden. Estaba enojada conmigo misma, porque esto que había ocurrido no era más que un terrible y gordo malentendido. Trataré de ser sucinta. Hmmm…

Sucinta. No me gusta no me gusta cómo suena la palabra «sucinta», que suena como a «encinta», que me produce escalofríos por lo que implica.

Digamos que trataré de ser breve.

Breve, brebaje, ¡bingo! Eh ahí una buena palabra.

Cuando comencé a vivir con Sora, al principio fue todo «Bingo, dos jóvenes prósperas y exitosas conviviendo juntas en un departamento de soltera». Una idea de lo más súper fashion, si me preguntan. Mimi hirvió de celos al enterarse de que cumplimos su sueño antes que ella.

Pero una cosa es ser amigas, otra es ser las mejores amigas, y en la esquina opuesta se encuentra la convivencia. Uno no se da cuenta de las barreras de la crianza hasta que convive con otra persona. Las manías y los complejos se hacen patentes, y los malos hábitos dejan de ser graciosos para convertirse, dependiendo del hábito, desde un desagrado, hasta un verdadero terror.

Sora se veía tan normal. Y yo también me creía normal.

Yo no me creía una obsesa de la limpieza, pero tampoco se me habría ocurrido que Sora era una descuidada. Ya sabía que era desordenada, porque la misma Sora lo admitía. En el instituto era común oírle decir cosas tipo «mi habitación es un caos», «no encuentro el cargador de mi celular» o «no tengo ropa limpia, por eso tuve que venir con este vestido ochentero de mi madre». Una vez me contó que encontró un cuervo en estado de descomposición dentro de una zapatilla.

Tal vez lo último debió haberme dado un indicio de que tenía un problema serio con el orden y la limpieza. Pero es que la gente suele exagerar que ese tipo de afirmaciones, pues como que quedan en el aire. Yo no le di demasiada importancia, hasta que me di cuenta, que el piso en el que vivian las prósperas y exitosas jóvenes de vanguardia, era un condenado chiquero.

—Lo que pasa es que soy una persona creativa— es como la desfachatada excusaba su desorden.

Algo de razón tenía, pero eso no debería perdonarla.

Sora intenta no ser tan niña, comiendo sus hamburguesas, practicando básquet y vistiendo pantalones anchos, pero en el fondo, tiene esa mirada artística y sofisticada de su madre. Le llaman la atención los colores y las texturas, siempre está recolectando objetos que se encuentra en la calle, e imaginando qué hacer con ellas.

Recolecta mucho: es una acumuladora innata. Hacer lo que es hacer, poco y nada. Ha llenado la casa de trastos y de basura barata que espera, algún día, convertirse en algo artístico y maravilloso. Es una dejada.

Y una liberal libertina. Tiene esa tendencia a pasearse semidesnuda por casa. El nudismo le es la cosa más natural a ella. Nunca pensé que le agradecería a Dios por mio miopía.

También tiene este defecto de improvisar fiestas de la nada, llenar el departamento de tíos que no conoce de nada, y entre fiestas y fiestas, siempre terminamos con alguna baldosa trizada. El casero ya nos amonestó cierto día.

—Esto me lo arregla Yama en un splish splash —decía Sora restándole importancia a los destrozos. Nunca entendí a qué se refería con eso de splish splash, pero al parecer Yamato todo lo arreglaba así.

Pero lo que más me repatea, es que deje sus calzones en cualquier parte. O sea ¡RESPETO!

El problema fue que no establecí los límites desde el principio, y aunque en ese principio sus particularidades me resultaban graciosas, después de seis meses las cosas se ven de otro modo.

―Estoy cansada ―le dije un día. Cuando me preguntó el motivo de mi cansancio, fui incapaz de darle una respuesta concreta ―la vida, ya sabes…

¿Qué pasó? Pasó que soy una gallina que no sabe enfrentarse a sus amigas.

―No, lo que pasa es que te aterra dañarla. Sientes que deberías quererla con sus virtudes y defectos, al fin y al cabo, ella lo hace, ¿por qué tú no? Pero, ¿sabes algo? Son normales los roces en la convivencia, no temas en decirle qué es lo que te molesta ―me aconsejó Carlos cierto día.

Carlos es nuestro bantam japonés, a veces hablo con él. Cosas de la vida.

Para alguien con mi autoestima, es difícil decirle unas cuentas verdades —aunque sea en la buena onda—, a otra gente. Antes podía, cada vez estoy peor. Un día me armé de valor y decidí explicárselo a Sora a través de medios visuales, y de esa forma, que resultara una experiencia didáctica, que no pareciera que la estaba criticando.

―¿Gráficos? ―preguntó Carlos incrédulo cuando vio mi planilla de cálculo.

Algo así. Se trataba de un proceso más complicado que unos simples gráficos, pero no le voy a pedir más neurona a un pollo.

Traspasé el desorden de nuestro modo de vida a costos, para demostrarle a Sora que el orden es mucho más económico y conveniente para chicas con nuestra liquidez. El desorden implica más gasto en agua y detergente —la suciedad de varios días está más adherida, lo que implica más trabajo y uso de productos en quitarla—, en luz —si se barriera con frecuencia, no habría necesidad de pasar la aspiradora, por ejemplo— y en reponer los destrozos; y si separásemos nuestros residuos, podríamos ganar un poco de dinero reciclando las toneladas de papel y latas de bebida energéticas que tiraba Sora en la habitación que usábamos a modo de trastero. Además, estaban todos los costos sociales o externalidades negativas no asumidas. El balance costo/beneficio era clarísimo.

Pero cuando intenté explicárselo a Sora, los nervios evitaron cualquier rasgo de pedagogía en mi, y Sora no entendió —usando sus expresiones— ni papa.

―Conque estamos en la bancarrota, ¿es eso? ―fue lo que concluyó Sora, para ella los gráficos le indicaban un problema actual de dinero―. ¿Qué haremos? ¿Buscarnos otro piso?

Me comí. Estaba tan nerviosa, que solo atiné a decirle un chiste. Un pésimo chiste.

―Tenemos que conseguir otro compañero de piso, nos meguecemos un novio fgancés ¿no te paguece?

La gente nunca comprende mis chistes, Sora realmente creyó que yo quería un compañero de piso.

Koushiro es el único que comprende mis chistes, nuestras cabezas suelen hacer las mismas conexiones neuronales. La gente diría que no tengo problemas conque Koushiro se venga a vivir con nosotras, y yo podría haber afirmado lo mismo tiempo atrás. Como siempre, la culpa es de Mimi.

Era una tarde cualquiera, en un laboratorio cualquiera de una universidad al azar ―martes 23 de julio de 2013, laboratorio de proyecciones digitales, Digital Research Center, Tokyo University―, y el aire acondicionado, para variar, se había vuelto a estropear. La atmósfera se tornó naranja conforme pasaban las horas, me salía sudor hasta del pelo. Todo pasaba en cámara lenta, incluso pestañear se volvió una tarea compleja. Un chico bostezó, otro dijo que tenía que ir al baño y nunca volvió.

Después de varios minutos haciendo la misma tarea una y otra vez, cerré los ojos e imaginé un enorme vaso de vidrio, de los que pesan. Y en su interior, una bebida cola chispeante, helada, con seis hielos flotando. Llevaba el vaso a mis labios, el vapor de agua se condensaba bajo mi nariz, y burbujas, burbujas explotando en mi lengua.

¡CALORIAS! El calor no se combate con bebidas, sino que con aire acondicionado.

Mi imaginación fue interrumpida por el recuerdo de Mimi y sus consejos pro-línea-esbelta. Así con los traumas no superados. Y de pronto, ya estaba yo rememorando esos consejos de Mimi.

La técnica anti-calor de Mimí cuando se estropeaba el aire acondicionado era estirar el cuello cual jirafa y abanicarse con las manos. Mi imaginación cambió a algo muy absurdo, y yo me reí, en medio de ese laboratorio, con verdadero y absoluto estruendo. A la carcajada del mal le siguió el silencio.

«Ella debe estar muy loca», los oía pensar.

«Seguro ella está super loca», seguían pensando, en el silencio.

A medida que pasaban los segundos, mi fama de loca iba creciendo, así que me vi obligada a abrir la boca, para enmendarlo. Lo hice extraordinariamente mal.

―Es que… ¿saben un dato interesante de las jirafas? ¡Pueden lamerse las orejas! Qué clase de lengua tan larga es esa ¿no?

Koushiro explotó en risas.

―¿Te imaginas a Mimi lamiéndose las orejas? Ella siempre ha sido muy jirafa para sus cosas. Hay que preguntárselo algún día.

Koushiro acababa de salvarme de la vergüenza social. Y producto de aquello, varias ideas cruzaron por mi cabeza en ese entonces: primero, Koushiro también relacionaba a Mimi con una jirafa; segundo, Koushiro imaginó lo mismo que yo; tercero, Koushiro estaba soltero; y cuarto, yo también lo estaba.

Peligro: puede ser que una se enamore de un amigo, esas cosas pasan pero, ¿de un compañero de trabajo?, eso está prohibido.

No hubo duda para mí que mi relación hacia él cambiaba conforme avanzaban la semana. Era bajo, paranoico, y eso me parecía bien, incluso deseable en cualquier hombre. Me empecé a odiar por ello. ¡Tan débil! ¡Fijarme en Koushirou porque me evitó la vergüenza social! Soy la peor clase de ser humano. Soy de las cobardes.

Intenté alejarme de él. El sentimiento recién estaba comenzando, así que era posible frenarlo. Vida injusta. Yo solo quería que fuese mi amigo, nada más. Recordé a Sora y su historia sin fin con Yamato. A Sora y Taichi. A Sora y Jou. Alguna vez corrieron los rumores de un Sora y Takeru, pero eso no voy a creerlo.

Hikari tampoco lo creería. Mimi tal vez sí.

En fin, que dejé de ir a los jueves de pool del laboratorio, y si podía evitar conversar con Koushiro, entonces lo hacía. Pero ingenua si creí que no lo notaría. Es una persona realmente inteligente, ese Koushiro. Llegó un día con un cartón de leche sin lactosa, y yo, en medio de mi caldo de hormonas calientes, he pensado que los regalos impredecibles de Koushiro son lo mejor de la vida.

Reí mundos con su tontera de regalo.

―A lo mejor me equivoco —me dijo Koushiro ese mismo día, cuando se concretó que se vendría a vivir con nosotras—, pero me da la impresión de que cada vez ríes menos ¿está todo bien contigo?

Le dije que estaba un poco enferma. Cuando una mujer no le quiere contar algo a un hombre, siempre puede excusarse en la furia roja mensual. Koushiro no siguió insistiendo en el tema.

Ahora que vivirá con nosotras, algo me dice que se sincronizará con nosotras ―amenaza de pensamiento asqueroso― ¡Yiaaaaak! No, quiero decir, algo me dice que mi corazón terminará traicionando a mi buen juicio.

Tanto tiempo viviendo con Sora logró que se convirtiera en su clon del amor. Ay no ¿y si estoy destinada a una historia sin fin con Koushiro? Definitivamente no quiero eso para mi vida.

.*.*.*.

Como augurio de buena suerte, Koushiro nos obligó a que comprásemos entre los tres un boleto de la lotería. Me pareció un detalle muy intelectual. Recordé el cartón de leche y reí histérica.

Se despidió guiñándome un ojo. O tal vez no iba dirigido sólo a mí. Yo pensaba que no, y pensaba que sí. Estaba en un estado en que lo creía todo y a la vez no creía en nada.

Al día siguiente llegó con todos los chicos, para que le ayudaran con las cajas. Me refiero a Taichi, Daisuke y Yamato, nuestros enemigos. Sí, esas bestias se querían comer al bueno de Carlos. Yo no me fiaba de ellos, puse mil reparos al respecto, y Koushiro los derribó todos con una sonrisa suya.

Lo odio. Me odio. Nos odiamos. Lo más sano sería ayudarlo a transportar cajas. La primera que tomé era una amarilla que decía Kill Bill. De pronto herví de celos internos. A Koushiro le encantaba Kill Bill.

Entonces Sora e hizo a un lado y me suplicó que la cuidara. Me dijo:

—Miya, ahora soy más o menos consciente de mi cuerpo, pero en unos minutos más comenzaré a obedecer a mi instinto básico y eso sólo atraerá a la tragedia: no dejes que me acerque a Yama ¿quedó claro?

Y pensé que era realmente triste ser incapaz de superar a una persona que no vale la pena. No tengo nada contra Yamato realmente. Solo pienso que no vale tanto la pena. Koushiro tampoco.

Sin embargo, no le presté la debida atención porque Sora siempre está diciendo cosas de ese tipo. Hay días en que ni puede verle, otros solo quiere quitarle la camisa. Pero por lo general es puro blablá, al final nunca hace nada.

Esta vez no exageraba.

No sé muy bien cómo comenzó la pelea. El conserje se puso chungo y no quería que usáramos el elevador para transportar la cama de Koushiro. Una locura, si alguien pide mi opinión, pero nadie la quería. Y cuando volteé a ver a Sora y pedirle un poco de ayuda, ella ya no estaba con nosotros en espíritu, se había entregado al Dios Yamato, quien estrechaba su cigarrillo contra la suela de sus converse, se quitaba la chaqueta de cuero, y se acercaba peligrosamente, con mirada de lobo, a la zona cero.

―Si no quieres que subamos la cama por el elevador, entonces súbela tú por las escaleras y gánate el sueldo―, masculló el lobo.

Mi sangre se congeló en ese momento, la del conserje llegó a su punto de ebullición, pero el primer golpe lo dio Daisuke. Entonces patadas y combos comenzaron a volar. Sangre empezó a correr de las narices, y la estúpida de Sora ¡esa zorra califa!, comenzó a caminar hipnotizada hacia donde se encontraba Yamato, para entregarse en vida como sacrificio humano.

Tuve que sacar a Sora de allí. La dejé en el cuarto de la lavandería, intenté hacerla reaccionar sin éxito, y al final la dejé allí. Al volver al campo de batalla, vi a Daisuke en pésimo estado, tendido en el piso. Yamato y Taichi y el portero seguían en una lucha verbal y corporal, y Koushiro, en un estado de shock máximo, estaba hecho un ovillo y se agarraba la cabeza.

Lo primero, pensé, era sacar a Daisuke de allí, estaba demasiado herido. Volví al cuarto del aseo y lo dejé con Sora, quien siempre anda con un botiquín de primeros auxilios para todas partes, así que seguro lo curaría.

Segundo, debía calmar a Koushiro. La líbido se me evaporó de golpe al verlo tan crispado, y sentí como mis hormonas retrocedían y me desenamoraba.

Lo tercero, volver las cosas al estado de paz. Intenté la vía diplomática, pero los chicos no me oían. Era ese bruto de Yamato, quien seguía picando al portero, y Taichi quien siempre habla a los gritos. A los perros que pelean los separan con agua helada, al menos mi abuela que vivía en el campo lo hacía, pero la manguera estaba lejos. O de repente ni teníamos. Necesitaba un tratamiento de choque, algo que los distrajese a todos.

Volví a Koushiro.

―¿Qué se te ocurre?

Arrugó el entrecejo, daba la impresión que su cabeza trabajaba a toda máquina. Y yo no sentí absolutamente nada por ello. Me sentí tan feliz, que cuando Koushiro finalmente dijo:

―Cortar la luz.

Lo obedecí sin dudar.

Además, me pareció una buena idea. Qué podía saber yo que oscuridad era justo lo que la loca de Sora necesitaba para deslizar sus manos de gato bajo la playera de Daisuke, chocar su frente contra los labios del muchacho y dejar que los instintos siguiesen la vía que quisieran seguir.

Sólo Ramen es una mujer demasiado creativa, hasta para intereses románticos.

Pero aquello lo sabría después. Mientras todo se descontrolaba en el cuarto de lavandería, con Koushiro impusimos la paz en la zona cero. O mejor dicho, yo lo hice, Koushiro puede ser incluso más torpe que yo si de relaciones públicas se trata. Alguien tenía que asumir, y la vida quiso que esa fuese yo.

―¡ESTÁ BUENO YA! ―Grité y hecha una furia, me interpuse entre todos los hombres ―VERGÜENZA DEBERÍA DARLES ¿QUÉ ES ESO DE MONTAR UN ESCÁNDALO POR UNA CAMA? ¡QUE ABSURDOS SOIS TODOS! ¿AHORA ENTIENDEN POR QUÉ ESTÁN SOLTEROS?

A lo mejor no fui tan formal al hablar, pero no vale la pena reproducir mis palabras exactas.

Mandé a Yamato, a Taichi, al portero y al chico del aseo a subir esa cama a la habitación de Koushiro, y a Koushiro a dar la luz de nuevo. Luego, seguimos subiendo cajas.

Nadie se atrevía a desobedecerme. Había sufrido una metamorfosis.

Las últimas dos cajas las subimos Yamato y yo.

Lo noté tenso mientras subíamos en el ascensor, pero yo estaba muy molesta como para dirigirle la palabra. No con él en particular, sino que con todos por ser unos inmaduros; conmigo porque ahora que había paz, mi cabeza había vuelto a pensar en la caja de Kill Bill de Koushiro pese a que mis hormonas me prometieron la tregua; y con Sora por obligarme a exponerme tanto.

Y luego me di cuenta que en realidad estaba muy molesta también con Yamato, porque si hubiese arreglado las cosas con Sora de una vez por todas la primera vez que rompieron, ella ya no sufriría sus efectos, y entonces nada de esto hubiese pasado porque Sora sabe cómo lidiar con la gente que se pelea.

Sora dice que no le importa nadie, que ya no es la madre del grupo, pero siempre será la que más se preocupa por todos nosotros.

Los problemas comienzan porque la gente no es sincera. Al final resultaba que la culpable de todo era yo misma, pues de haber zanjado los límites de la convivencia de un principio, Koushiro jamás se habría venido a vivir con nosotras en primer lugar, así que toda esta situación absurda no se hubiese gestado.

Cerré mis puños con fuerza, y Yamato lo notó. Intentó dirigirme la palabra, pero refunfuñé en el momento en que abrió la boca. Entonces Yama le dio al stop.

¿Alguna vez había comentado lo de mi claustrofobia?

―¿Qué-qué sucede? ―me abalancé al panel de control, pero Yama se interpuso y sujetó mis brazos. No me miraba, tenía la vista clavada en sus zapatos ―Yama… ―la voz se me cortó.

―Yo… solo quería… solo quería… quería…

Me comenzó a hacer daño allí donde me tenía atrapada. El dolor, sin embargo, me hizo sentir segura.

―Que perdón, ya sabes. No tenían que descontrolarse las cosas, es solo… no, olvídalo.

Tal vez le afectó eso que dije de por qué estaba soltero. Noté sus ojos tristes, su playera ajustada que le marcaba los músculos ¿me atrevería a preguntarle si tenía un dragón tatuado? A lo mejor esperaría a que pasara un rato.

Yamato me liberó y le volvió a dar al botón para poner el ascensor en marcha.

Nada.

Volvió a pulsar el botón.

Nada de nada.

―¿Por qué no anda?

―No… no lo sé ―se dio vuelta y comenzó a apretar otros botones del panel.

Ningún tipo de respuesta. El ascensor, de pronto, se había apagado por completo.

―Yamato, ¿es una broma? Porque si es así, es de pésimo gusto.

―¿Por qué sería una broma? ―comenzó a apretar el botón una y otra vez, el ascensor jamás se movió. Only mother… el aire comenzó a enrarecerse ―maldición… ¡MIYA!

De repente, me había desvanecido.

.*.*.*.

Lo primero que noté al abrir los ojos, fue una mancha roja a escasos metros de distancia. El olor a lavanda y coca-cola era algo muy familia. Me encontraba en mi habitación.

―Ah, ya despertaste ―la voz de Koushiro me llegó más cerca de lo que esperaba.

Tanteé en la mesita de noche en busca de mis gafas, pero Koushiro fue más rápido y me las colocó él. Imposible no ruborizarme cuando sus yemas hicieron contacto con mis mejillas. Putas hormonas.

―¿Estás mejor? Menudo susto nos diste.

Asentí.

En eso llegó Sora, lloraba como magdalena.

―¡MIYA! Ay mi Miya ¿qué te pasó? Me tenías muy preocupada. Yama nos contó lo que sucedió, creí que te había dado un paro a los bronquios o algo así.

―Sí bueno, ya te expliqué que eso no podía ser ―intervino Koushiro con cansancio―, pero Jou viene en camino―, aclaró volviendo la mirada hacia mí.

―No lo llamé yo ―quiso aclarar Sora a su vez―, fue Yama. Se siente un poco responsable, no entiendo por qué.

―Porque cree que fue el responsable de desencadenar el cuadro de ansiedad de Miyako que culminó con su desmayo ―indicó Koushiro a Sora, seguía hablando con un tono de voz cansado. Luego se dirigió otra vez a mí―. esta mujer no escucha cuando le hablan —y añadió en un susurro para que sólo yo lo oyese—. Tienes que hablar con Yamato después, está muy afectado.

Yo sólo reí.

En eso, golpearon la puerta de mi habitación y la cabeza de Yamato se asomó, seguida por la de Taichi y la de Daisuke. Este último estaba lleno de parches.

Preguntaron por mí como corresponde hacerlo. Todos me pidieron disculpas por semejante espectáculo que habían causado. Taichi era el que más hablaba, y Yamato, como siempre, el que menos. Daisuke decía más estupideces que de costumbre, y Sora rio de todas las cosas que salieron de su boca, algunas ni eran graciosas.

—Deja de reír —cortó de pronto Koushiro. Me pareció sospechoso.

No tardó en llegar Jou, y con su voz histérica, mandó a todos a volar. No descubrió mucho más allá de lo que yo había presupuestado, pero le tuvo que asegurar a Sora de que no se trataba de un paro a los bronquios.

―A veces se le ocurren cosas curiosas ―me comentó Jou solo a mí―, creo que es ella quien necesita más cuidados. Pero hoy te toca reposar a ti.

Me regaló una paleta y se fue.

―Pero vendrás a la fiesta ¿no? ―oí que preguntaba Sora cuando el médico ya se iba―, mañana, intenta llegar antes de que canten el número de la lotería. Quien sabe, podría ser que mañana tengas tres amigos millonarios.

Luego de eso, Sora volvió a ser la de siempre. Mandó a todos a limpiar, ella se puso a cocinar, y aunque yo me quedé en mi habitación así que no tenía forma de comprobarlo, me di cuenta que a Sora se le había vuelto a pasar el efecto Yamato, como si nada hubiese ocurrido nunca.

Y Yamato volvió a mi habitación una vez más, cuando ya no quedaba nadie. Algo me decía que Koushiro lo había alentado.

Permaneció un momento de pie en el umbral. Luego se decidió a entrar y cerró la puerta tras de sí. Yo me puse muy nerviosa. Me di cuenta que jamás había hablado a solas con él. Siempre estaba en el grupo, pero como parte del grupo. Como un componente más, con quien nunca me había tomado la molestia de interactuar. Era una situación incómoda.

—¿Estás bien? —preguntó sin mirarme. De mi garganta salió un sonido que bien podía interpretarse como una afirmación―. Lo siento, no sabía que tú eras claustrofóbica.

―No, descuida, está bien —la conversación me ponía cada vez más incómoda, que traté de decir algo gracioso—. Lo que pasa es que estoy un poco loca, pero como todos ¿no?

―Es lo que Sora suele decir. Te pareces mucho a ella.

Eso se le había escapado.

No supe si era un cumplido a un reproche. Viniendo de Yamato, podía ser ambas cosas ya que conocía las diversas versiones de Sora. O también podría estar refiriéndose a otra cosa. Podría no ser sólo algo de mi conducta, sino que también de la conducta de él hacia mi persona.

Pero vamos, que tonta eres Miyako, estás hablando de Yamato, él no siente ¿cierto?

Lo observé a los ojos. Que azules.

Un mentón estrecho. Una nariz afilada. Y músculos, cuántos músculos.

Koushiro jamás tendría esos brazos. Ni esa espalda.

―En fin, que nos vemos mañana ―masculló—, cuídate, niña.

Cuando salió de mi habitación, pensé varias cosas en ese momento.

Primero, Yamato se preocupa por las personas; segundo, a Yamato también le afectan las cosas; tercero, Yamato está soltero; y cuarto, Yo también lo estoy.

No habían dudas de que era el clon de Sora.


NOTAS DE AUTORA

Bueno, este es el segundo capítulo, ya juzgarán si sigue siendo cómico y absurdo. Esto… a lo mejor hay quienes puedan encontrar algunas referencias a otras de mis historias… tal vez siempre quise que fuese así.

A HikariCaelum ¿recuerdas lo que te comentaba de las jirafas? bueno, pues aquí está.

Y a Carriette la humana, te pido perdón por la tardanza de la publicación. Ojalá estés satisfecha con este capítulo. Esperemos que no me demore tanto con el que sigue.

Japiera Clarividencia