2. Entre dentistas y sanadores.

La mayor parte de los miembros de la Orden que habían asistido a esa reunión salieron detrás de Dumbledore con tanta prisa como él por regresar a sus actividades. Solamente Sirius y Mundungus se habían quedado en el comedor. Al notar que Remus tampoco hacía el menor intento por levantarse de su silla, Tonks pensó que era un asunto de urgencia extrema el que ella se quedara en su asiento y revisara las notas que había tomado.

—¿Algún negocio para hoy, Dung? —preguntó Sirius interrumpiendo un teatral bostezo del aludido.

—Sí, sí. De hecho en una hora tengo que cerrar un trato. Un tipo me vende un centenar de discos. Un negocio redondo —afirmó frotándose las palmas de las manos con entusiasmo.

—¿Discos? —preguntó Tonks sin poder contenerse. Dejó de fingir que revisaba sus notas y contempló a Mundungus con los ojos entrecerrados.

—Sí, discos. Son una maravilla, los pones en cualquier fonógrafo, y al terminar de escuchar la última canción se completa un hechizo que te hace adicto al tipo que canta, después de eso la gente enloquece y compra todo lo que haya cantado el mismo fulano.

Por un momento, Tonks miró a Remus preguntándose si habría puesto algún hechizo en su viejo disco de Fascinación para hacerla adicta a sus muchos encantos, pero justo en ese instante él le sonrió amablemente y eso le bastó para convencerla de que Remus Lupin era tan capaz de un hecho así, como Mundungus Fletcher de organizar una colecta para niños huérfanos por simple y puro altruismo.

—Eso parece el tipo de cosas que harían los gemelos — Comentó Sirius, sacándola de sus reflexiones—. Me recuerda al galancillo aquél, que regalaba fotos después de rociarlas con poción de amor… ¿Cómo se llamaba? —Sirius se esforzó en recordar.

—Conrad Knight —lo ayudó Remus.

—¡Ése es el tipo que me venderá los discos! —exclamó Mundungus emocionado. Sirius y Remus se miraron y de inmediato soltaron una estruendosa carcajada. Mundungus se dio un sonoro golpe en la frente y cuando sus gruñidos se sobrepusieron a las carcajadas de Remus y Sirius, gritó con enfado—: Sabía que su nombre me sonaba de algún sitio. ¡Ya le di un anticipo!

Remus y Sirius volvieron a reírse con todas sus fuerzas y Tonks quedó completamente confundida sin saber que les resultaba tan gracioso a unos y tan trágico a otro.

—No entiendo… —susurró Tonks con un gesto de incomprensión.

—¡Qué vas a entender tú, niña! —Le soltó Mundungus de mal modo—. Tú aún usabas pañales cuando ese tipo ya aullaba por todo Londres… Lo siento Remus —se disculpó casi de inmediato. Remus simplemente se rió y sacudió la mano para restarle importancia al asunto—. Francamente aun en luna llena tú te escucharías afinado comparado con Conrad… ¡Por las barbas de Merlín. ¡Le di un anticipo!

—Lo que tienes que entender, Tonks —le explicó Remus con paciencia—, es que para que el negocio de Mundungus funcione, es necesario escuchar el disco completo, y Conrad Knight es tan mal cantante que nadie en su sano juicio toleraría más de una canción.

—No recuerdo haberlo escuchado —se disculpó Tonks.

—Eres muy joven para recordarlo; como Mundungus te dijo, seguramente tú aún estabas en la cuna cuando ese hombre ya era conocido por la tortura que significaba escucharlo cantar.

Tonks pensó que por muy desagradable que fuera escuchar cantar a ese hombre, nada podía ser peor que escuchar a Remus referirse a ella como 'muy joven' o mezclando la palabra 'cuna' en una frase dirigida a ella. Trató de sonreír con indiferencia y recogió sus cosas para marcharse, quiso creer que solamente se había sentido sonrojar y que en realidad el rubor no había sido notado. Apenas y susurró un suave «hasta mañana» y salió con pasos firmes y seguros… o por lo menos lo intentó, porque al llegar a la puerta tropezó con el tapete del vestíbulo y cayó, regando los pergaminos y las plumas que llevaba en las manos. Maldijo su torpeza y cuando ya se arrodillaba para levantarse, una mano apareció frente a ella y no tuvo necesidad de levantar la vista para saber que se trataba de Remus.

En cuanto ella aceptó su mano y se puso de pie, él se inclinó para levantar las cosas que había tirado y se las ofreció con una sonrisa amable y condescendiente.

—Gracias. Soy muy torpe —murmuró con coraje.

—Nada de eso, a todos nos pasa —le dijo él, acariciando su barbilla y mirándola con ternura.

Con una última sonrisa fingida, Tonks salió a toda prisa de Grimmauld Place y cuando finalmente se pudo aparecer en su departamento lo primero que hizo fue aventar todo lo que llevaba en las manos sobre la cama y dar un fuerte puñetazo en la pared, aunque segundos después empezó a llorar de dolor. Odió la forma en que él la había mirado, odió la forma en que dijo que era muy joven, odió ser en realidad tan joven, odió ser tan torpe y lo odió a él por ser tan ciego y no notar todo lo que la hacía sentir.

OoOoO

Tonks tenía veintitrés años, ya no era edad para chiquilladas. Ya no podía correr y hartarse de golosinas cada vez que se sentía deprimida u ociosa; pero se había sentido tan triste cuando Remus le acarició la barbilla con aire paternal que al terminar la reunión fue directo de su departamento a Honey Ducks a gastar una buena parte de su sueldo en todo tipo de golosinas que devoró en menos de dos horas. De cualquier modo, siempre gastaba una pequeña parte de su sueldo en caramelos y chocolates, pero generalmente, esa dotación le duraba medio mes y no media tarde. Su adicción al azúcar siempre sufría una fuerte sacudida cuando estaba estresada.

A medianoche se había despertado con dolor de estómago, pero aquella no había sido la peor parte: por la mañana al beber un poco de jugo, un intenso dolor en una de sus muelas le había dado la señal de alarma. Valientemente la ignoró, pero cuando al tratar de masticar un poco de tocino la punzada que sintió le taladró hasta el cráneo y más tarde el dolor, lejos de atenuarse, se hizo más intenso sintió una ligera oleada de pánico.

Llegó a entregar su reporte a Grimmauld Place y una vez hecho esto se tumbó en una silla y trató de pensar que en unos minutos más el dolor pasaría. Cuando fue incapaz de contener el llanto ya no estuvo tan segura.

—¿Qué? —preguntó la voz de Sirius. Ella tenía la cabeza oculta entre los brazos que estaban recargados sobre la mesa de la cocina. Levantó el rostro para mirarlo y un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas. Tenía los ojos hinchados y rojos. —¡Oh, no me dirás que estás llorando por él!

Tonks bufó. Evidentemente no estaba llorando por él, y aunque sí lo había hecho no estaba dispuesta a admitirlo delante de Sirius.

—Por supuesto que no. Tengo dolor de muelas —le explicó con una mano sobre la mejilla.

—Ve con una sanador y deja de poner esa cara —sugirió sirviéndose una taza de café.

—Eso haría pero… —suspiró y apretó los labios. Sirius la miraba con una sonrisa burlona—. Me dan miedo, ¿contento?

Sirius soltó una estruendosa carcajada y se sentó después de tirar la mitad del contenido de su taza en medio de su incontrolable ataque de risa. Se llevó las manos al estómago y se sentó frente a Tonks que parecía querer incinerarlo con la mirada. Pasó largo rato antes de que fuera capaz de hablar nuevamente.

—Bueno —dijo aún entre risas—, eso es tranquilizador. Toda una Auror, con miedo a los sanadores, en cuanto se lo cuente a Dung…

—Tú no se lo dirás a nadie Sirius Black o te juro que te daré tal golpe que serás tú quien tenga necesidad de ir con un Sanador para que te haga crecer nuevamente todos los dientes.

Sirius se rió, pero pareció tomar en serio su amenaza ya que después de un rato, sugirió con un tono más amable:

—¿Has intentado con un dentista muggle?

—No sé que es peor —dijo después de asentir sin mucho entusiasmo—, soportar pociones para tirarte los dientes y pasar dos horas esperando que te crezcan nuevamente o dejar que te los taladren por veinte minutos para rellenarlos más tarde con no sé qué cosas. Creo que estoy traumatizada desde la primera caries —declaró con tristeza.

—No pudo ser tan malo, Tonks —le dijo con incredulidad. Ella bufó.

—No sabes lo que dices.

—Vamos, cuéntame. ¿Cómo fue esa primera vez que tanto de traumatizó. ¿Fue un mago o un muggle?

Ella suspiró y se tomó un largo rato antes de continuar.

OoOoO

Remus llegó muy cansado aquella tarde. Necesitaba una taza de café porque el clima húmedo de aquel día hacía que sus huesos se sintieran adoloridos. Toda la casa estaba oscura y dio por hecho que fuera de Sirius ya no habría nadie en la vieja mansión. Fue directamente a la cocina. A través de la puerta entreabierta vio luz y al acercarse un poco más, escuchó la inconfundible voz de Sirius que con un aire de impertinente curiosidad interrogaba a alguien.

—Vamos, cuéntame. ¿Cómo fue esa primera vez que tanto de traumatizó. ¿Fue con un mago o un muggle?

Escuchó un suave suspiró y luego minutos más tarde, la aguda y dulce voz de Nymphadora Tonks contestó con aire solemne.

—Fue un mago. Yo tenía quince años. Lo sé, lo sé, ya estaba bastante grandecita como para saber en lo que me metía, pero… aún así fue horrible. El tipo era un salvaje... gordo y calvo, ni siquiera me dijo lo que me iba a hacer y bueno… era la primera vez, yo no sabía que se trataba y estaba asustada. Pasé las siguientes dos horas tratando de imaginar que estaba en otro lugar. Estuve adolorida por días.

Remus tragó saliva. ¿Grandecita a los quince años? Tal vez él siempre había sido demasiado conservador, pero... ¿grandecita a los quince años? Retrocedió un paso, aquella era una conversación que definitivamente él no debería estar escuchando.

No quería escucharla.

Antes de que pudiera darse la vuelta, oyó voces nuevamente.

—Y fuiste corriendo con tu madre para que te consolara, ¿me equivocó?—dijo la voz de Sirius con tono burlón.

—Me dije mil veces que jamás volvería a hacer algo así, pero...

—Pero —la interrumpió Sirius—, fuiste débil y caíste en el vicio otra vez, ¿verdad?

—No pude evitarlo. Menos de tres meses después tuve que hacerlo de nuevo, pero entonces traté con un muggle. Debo admitir que son más considerados que los magos, además tenía las manos tan suaves… —le confesó con aire de ensoñación— Y fue más rápido, en media hora todo había acabado ya. Desgraciadamente, después de eso, cada dos o tres meses tengo que hacer un nuevo sacrificio. Siempre que tengo alguna crisis. Y generalmente tiene que ser con alguien distinto porque me pongo tan nerviosa que no soportaría ver sus caras dos veces.

—Bueno, si aprendieras a evitar esas crisis y a no gastarte todo tu sueldo en esos vicios no tendrías que sacrificarte tan seguido.

—Se dice muy fácil —gruñó Tonks—. En fin, trataré de dormir un poco, creo que es obvio lo que tengo que hacer mañana.

Remus escuchó ruidos de sillas al arrastrarse y su sorpresa solamente le permitió moverse con la velocidad necesaria para plantarse a medio pasillo y fingir que acababa de llegar.

Vio a Tonks salir de la cocina con aire apesadumbrado y triste, pero en cuanto ella lo vio su rostro se transformó y le regaló una de sus sonrisas.

—¡Hola, Remus! —le dijo tratando de sonar animada aunque sus ojos la traicionaban. Dio un largo suspiro—. Le dejé mi reporte a Sirius, ¿te podrías encargar de que se lo entregue a Dumbledore por favor? Mañana no podré venir, y te apuesto un día de salario a que si no se lo recuerdan olvidará entregarlo —suspiró de nuevo—. Tengo una cita y no regresaré a tiempo.

Se mordió el labio y se llevó una mano a la mejilla para recargar el rostro. Su gesto era de tal resignación que Remus sintió más que nunca la urgencia de tener dinero para evitarle por lo menos esa cita.

—Tonks… —pero no encontró las palabras adecuadas, seguramente lo que menos necesitaba era el sermón de un extraño. Acarició brevemente la mano con la que ella se sostenía la mejilla—. Yo me encargo de tu reporte.

—Gracias —contestó ella y por un momento tuvo la idea de que la temperatura de la muchacha se había incrementado. Le sonrió tímidamente antes de desaparecer por el pasillo.

A pesar de su apariencia y de su arriesgada profesión, Tonks siempre le había parecido una jovencita sana y dulce, sus ojos le parecían inocentes y no podía creer que se hubiera equivocado tanto con ella.

Cuando entró a la cocina Sirius bostezaba con despreocupación y aburrimiento, como si la conversación que acababa de tener con su prima fuera algo de lo más normal y común.

Sirius siempre había sido el más relajado de los merodeadores. Para ser merodeador era indispensable ser relajado y tener cierta dosis de indiferencia, característica que Remus apenas alcanzaba a cubrir con el mínimo. Nunca le había molestado que Sirius fuera relajado e indiferente en exceso, nunca hasta ese momento, cuando tomaba la situación de una jovencita como Tonks con tanta ligereza. Lo vio tomar su café con calma y se sintió molesto con él.

Se sirvió una taza de café y apenas le dirigió un saludo entre dientes a su amigo; después de eso, cortó con monosílabos cada intento de éste por establecer una conversación y se escondió detrás del periódico tratando de controlar su enojo, pero en cinco minutos se convenció de que era una causa perdida.

Dobló el periódico con cuidado y lo colocó encima de la mesa antes de cruzarse de brazos y mirar a Sirius con aire de reproche. Empezó a tamborilear los dedos con suavidad sobre la mesa hasta que finalmente logró captar la atención de Sirius.

—¿Qué rayos te pasa? —le preguntó finalmente Sirius, ladeando la cabeza con elegancia.

Remus hizo un último esfuerzo por controlar su molestia y se repitió que la vida personal de Tonks no era algo de su incumbencia, pero al final se encontró abriendo la boca y exclamando con mal disimulado disgusto:

—¿No crees que debiste aconsejarla?