John empezó a sospechar cuando Sherlock básicamente, lo echó a patadas, después de terminar su almuerzo y le dijo que no regresara con la cena.
—Tanta comida, me da vueltas la cabeza —le explicó él, con una atisbó de sinceridad.
Sherlock había demorado más de lo habitual en ingerir sus alimentos, y casi parecía estar haciendo un gran esfuerzo para que todo bajara.
Las dudas y preocupaciones continuaron atormentando a John durante toda la tarde, ni siquiera los ejercicios de entrenamiento lograron distraerle.
—¿A dónde va, señor? —le preguntó Lubitsch, inmediatamente después de que John abandonara el entrenamiento.
—A chequear a… Holmes… —Él casi le llamaba Sherlock.
"Rehén, no invitado. Rehén, no invitado", él se recordó a sí mismo.
Lubitsch no se entrometió más, simplemente asintió con un movimiento brusco de cabeza y recogió su revólver.
John le dedicó un gesto afirmativo al guardia, y éste le abrió la puerta para que entrara. Sherlock estaba acurrucado sobre la cama con un libro abierto, sus ojos deslizándose a través de las páginas, pero John podía deducir que el hombre acababa de despertar.
—Quería ver si aún seguías sin apetecerte cenar —le dijo él, mirando los estrechos ojos de Sherlock. Algo estaba mal, pero John todavía no podía saber qué era.
—Mis deseos no han cambiado.
—Está bien. Si lo hacen, díselo al guardia que está afuera.
Sherlock asintió y regresó su atención al libro. John podía advertir que el rehén estaba esperando a que él se marchara, pero, teniendo en cuenta que se trataba de Sherlock, John aguardó durante otro momento. Mas, fue en vano, ahora resultaba que nada se le antojaba, así que él se dio media vuelta y abrió la puerta.
Después de una frustrante reunión con el "Triunvirato" (bueno, el apodo de Ghandi era bastante pegajoso), John se fue para la sala reservada para el descanso del personal de alto rango a preparar té.
Una mirada a su reloj le dijo que Sherlock, indudablemente, se estaría dirigiendo hacia las duchas, y John decidió hacerle un poco de té. Sherlock nunca había comentado nada al respecto, pero, John sospechaba que Sherlock en verdad prefería el té antes que el agua embotellada.
China era un lugar muy peligroso (a John no le extrañaría que Sherlock encontrara alguna forma de utilizar una taza de té para escapar) por eso John se abstenía de llevarle a Sherlock té muy seguido.
Por desgracia, ellos no tenían muchos vasos de plástico en el QH; todo por su campaña, amigos del medio ambiente.
Él aún tenía muchas carpetas por trascribir, por lo que dejó la taza sobre la mesa, junto al colchón vacío de Sherlock y salió de la celda.
Una conmoción a sólo unas puertas del salón, llamó su atención; él sintió su cuerpo tensarse, sus sentidos se agudizaron, como dardos sus manos aferraron al revólver.
Al voltear la esquina, él divisó que el origen del barulló era Sherlock, con la camisa púrpura medio desabotonada y sin calcetines; los había perdido en su lucha contra un guardia.
Su intento de fuga no sorprendió en lo más mínimo a John, simplemente le hizo preguntarse: ¿por qué Sherlock no había pensado en un mejor plan?
Cuando el par de guardias, giraron a Sherlock para que quedara de espaldas a John, éste avanzó. Uno de los guardias se estrelló contra el duro suelo después de que Sherlock le diera un puñetazo. Pero, aun así, John logró tomar desprevenido al hombre más alto, y en un santiamén, John tuvo a Sherlock clavado contra el suelo; con sus manos alrededor de las delgadas pero fuertes muñecas.
Sherlock respiraba con dificultad, casi jadeando, sus ojos estaban vidriosos. John soltó una de sus muñecas, cuando estuvo seguro que podía detener a Sherlock con una sola mano, colocó la palma sobre la frente de Sherlock.
La piel estaba ardiendo.
La mano de John regresó sobre las muñecas de Sherlock, y encontró el pulsó acelerado.
—Estás enfermo —le dijo él mientras se levantaba de un saltó. Eso probablemente explicaba el mal pensado plan de escape—. Vamos a la enfermería.
Él ayudaba a Sherlock, justo cuando una ronda de soldados dobló la esquina, y él les dio instrucciones para que se ocupasen del guardia que, teóricamente, estaba inconsciente en el piso del baño, junto al otro.
Después de unos pocos pasos los pies de Sherlock cedieron a su peso, así que John reafirmó su agarre, llevándose al hombre medio a rastras.
—No tienes que… —protestó Sherlock, débilmente.
John sólo se rió.
—Lo hago porque tus pies están demasiado débiles para hacerlo por sí mismos.
Él apreció un intento de forcejeo, pero, Sherlock no estaba poniendo el corazón en ello. Después de un momento el hombre envolvió sus brazos alrededor del cuello de John, apoyándose, y John aceleró el paso. El pecho de Sherlock se sentía cálido contra el suyo, enviando un perturbador escalofrío por su espalda.
El privilegio de ser un Primer Oficial y un médico, era que nadie se opondría si él entraba en la enfermería y manipulaba el equipo, por lo que John se sintió infinitamente agradecido en el momento que ingresó con un rehén casi inconsciente en sus brazos.
Él instaló a Sherlock suavemente sobre la cama; feliz de poner un poco de distancia entre ese cuerpo caliente y el suyo. Su primera prioridad era establecer una vía intravenosa, por lo que él tomó todo lo necesario y empujó la tela de la camisa de Sherlock hacia la axila, hasta que las venas quedaron expuestas.
—¿Qué estás haciendo? —Ojos azules seguían sus manos, aunque no eran tan afilados, como esos a los que John estaba acostumbrado.
—Tienes fiebre, necesitas líquidos.
—Debés buscar a alguien más para que lo haga —No fue más que un susurro, pero no por ello el tonó era menos demandante.
Él desinfectó la pálida piel al descubierto, luego oprimió la zona a ingresar.
—¿Por qué?
Sherlock no especificó, y John terminó de establecer el suero intravenoso. Él se movió suavemente para desabotonar el resto de la camisa de Sherlock, así tener un mejor acceso con el estetoscopio; los ojos azules perseguían todos sus movimientos.
Cuando sus dedos rozaron la piel del pecho de Sherlock, los ojos azules revolotearon detrás de sus parpados y el hombre tembló.
John saltó hacia atrás como si le hubiesen quemado, sus ojos escanearon el cuerpo de Sherlock en busca de otros síntomas.
Fiebre. Ritmo cardíaco elevado. Sensibilidad al tacto… él había visto aquello antes.
Con mucho cuidado, él cerró unas pulgadas de distancia y se concentró en su sentido del olfato. Inhaló profundamente, el habitual olor de la enfermería golpeó su nariz, pero, había otro aroma debajo de todo lo demás. Era picante y dulce, crudo, aumentando en intensidad e incluso ahora mismo, tironeaba de algo oscuro y primitivo dentro de John.
Sus ojos se abrieron de golpe. Él ni siquiera se había dado cuenta cuándo los había cerrado.
Los ojos de Sherlock se agrandaron, ya que sin dudá alguna, veía como la comprensión iluminaba las facciones de John.
—Voy a buscar un médico diferente para ti… —dijo John y se alejó, cerrando las cortinas alrededor de la cama de Sherlock.
La fiebre se hizo cargo de la mente de Sherlock; poco después, se percató de la suave cama de la enfermería.
Todas esas manchas, las personas que iban y venían, pero ése aroma, la esencia de John, nunca le abandonaba del todo.
—¿Qué estabas tomando? —La voz de John sonaba urgente.
—Metamoxin —murmuró él, sintiéndose mucho mejor después de que un médico le echara un vistazo.
Él entraba y salía de la conciencia, tomando nota de todos los cambios de su cuerpo, de cómo sus hormonas se elevaban dentro de su sistema, y de cómo la desintoxicación seguía su curso.
Se despertó sobresaltado; con un sudor húmedo y pegajoso cubriéndole la piel. Miró a su alrededor; ya no estaba en la enfermería, estaba en una habitación aislada. A su lado había dos bolsas de suero colgadas en una base intravenosa.
—¿Sherlock?
Sus ojos siguieron la voz. John estaba sentado cerca de la puerta, con unos papeles y unas carpetas encima del regazo; él los recogió y avanzó unos pasos, deteniéndose a su lado.
Sherlock tragó, pero su garganta se sentía seca.
—Lo peor ya pasó, pero todavía tienes que descansar, ¿de acuerdo?
Sherlock asintió con la cabeza, la mera acción logró agotarlo, como si la misma le costara un esfuerzo descomunal. Él debió haberse quedado dormido después de eso, ya que cuando volvió a abrir los ojos, la habitación estaba a oscuras y John se había marchado.
Su cerebro se sentía menos nublado, pero la bruma de las drogas aún seguía ahí, aunque no tan fuerte como antes. Fragmentos de comprensión flotaban dentro y fuera de su mente.
Él estaba fuera del Metamoxin. Los Reformistas sabían que él era un Omega. Su ciclo de calor comenzaría en cualquier momento.
El sueño regresó, pero él continuó sintiéndose inquieto.
—Antes que te demos el alta, el Capitán Watson quiere hablar contigo —le explicó el médico mientras retiraba el catéter intravenoso de sus adoloridas venas.
Sherlock asintió. Encogiéndose sobre sí mismo. Los Reformistas querían respuestas, y John había venido a buscarlas.
—¿Cómo te sientes?
—Tú eres el médico, dímelo.
John levantó una ceja, sin inmutarse.
—Si ya te estás haciendo el listo, supongo que mucho mejor.
Sherlock se resistió a la tentación de hacer rodar sus ojos.
—Por favor. He estado deduciendo al personal de éste lugar durante toda la mañana. La enfermera Jones, está durmiendo con ese doctor Beta.
—Él está casado —Fue todo lo que John dijo, asombrado; aunque él no cuestionó la deducción de Sherlock.
Él sólo resopló como respuesta.
—Si eres tan crédulo, entonces eres mucho menos inteligente de lo que pensaba.
John sonrío, antes de que su expresión se tornara seria.
—Tenemos que hablar —Él no respondió a la declaración, por lo que John prosiguió: —. Sólo pongamos todo en una misma página. Eres un Omega que ha estado tomando Metamoxin, para hacerse pasar por un Alfa. ¿Es eso cierto?
Sherlock se dignificó con un suspiró de fastidio y un seco: "Sí".
—¿Por cuánto tiempo lo has estado tomando?
—Desde que tenía tres años.
John se veía perturbado.
—¿Tres años?
—¿Acaso algo está mal con tus oídos? —le preguntó él, tan mordaz como le fue posible.
—No; es sólo que… tomar ese medicamento desde tan joven, es muy peligroso.
—No es tan peligroso como dejar que todo el mundo sepa que soy un Omega —Trató de mantener el desdén en su voz, a pesar de que la mirada de John le decía que él había fracasado.
—Respectó a eso… tú hermano ya sabé que estás desaparecido. Ellos le van a hacer una propuesta el día de hoy. Si todo salé bien, en la medida que a mí concierne, nadie se enterará de la verdad por nosotros.
—No lo hará. Mycroft nunca negociará con los Reformistas.
—Si ese fuera el caso, se utilizará la noción acerca de tú estado para chantajearlo.
John no se veía nada cómodo con eso. Sherlock tomó nota de aquello con interés.
—Eso no hará la diferencia.
John no respondió. Sherlock abrió la boca, en realidad no es que él no pudiera deducir la respuesta, él no podía pronunciar aquellas palabras: "¿Ustedes van a matarme si eso ocurre?". Eso era impensable. Sherlock Holmes, asesinado por rebeldes menores.
Por su parte, John pareció adivinar lo que estaba pasando por su cabeza.
—No sé lo que ellos van a hacer contigo si tú hermano se niega a todas las ofertas. Pero, te prometo que no voy a permitir que ellos te maten.
La determinación estaba grabada por todo el cuerpo de John, cada músculo del capitán le juraba sinceridad, y Sherlock se sentía obligado a creerle. John ni siquiera se veía afectado por su propia confesión, y eso era lo que más sobresaltaba a Sherlock; fue por esa misma razón que él no había encontrado las palabras para expresarse.
John deambulaba por la sala de conferencias cuando la respuesta de Mycroft Holmes llegó hasta ellos. El soldado encargado de reunirse con uno de los hombres de Mycroft regresó con un claro mensaje: "Nosotros no negociamos con Reformistas".
Clamores de frustración por parte de Marc, suspiros por parte de Bhabha, y la mano de Irene presionada con fuerza sobre la mesa. A John no le sorprendió en lo más mínimo. Sherlock había estado bastante seguro, al igual que ellos, que su hermano no se movería de su postura, incluso si eso significaba renunciar a Sherlock por los rebeldes.
La confirmación del poco valor que Mycroft le daba a su hermano envío algo oscuro y vicioso por todo el cuerpo de John, y tuvo que reprimir el impulso de golpear algo violentamente.
—Debemos tener en cuenta, cuándo vayamos a dar nuestro próximo paso —dijo Marc mientras se levantaba—. ¿Tenemos algún indicio de cuándo es que el rehén va a entrar en calor?
Él observaba a John con expectación, y a John nada le hubiese gustado más que poder ser capaz de encogerse de hombros y decir que él no tenía ni idea, pero eso significaría que él no se había percatado de como el olor de Sherlock se había vuelto cada vez más y más claro. Como el Alfa dentro de John iba despertando, primitivo y tosco, derribando los muros de auto-disciplina y moderación que él había construido con tanto esfuerzo.
En cambió él se aclaró la garganta.
—Muy pronto, creo.
—Cuando aparezcan los primeros síntomas le demostraremos a Holmes que sabemos lo que le hizo a su propio hermano.
—¿Y crees que eso hará la diferencia? —preguntó John, sosteniéndole la mirada a Marc.
—Él ha hecho todo lo posible por ocultar esto del público. Si todo el mundo se entera que su hermano es un Omega, habrá un gran revuelo. La gente se enojará mucho. Él no quiere eso —Ahora Irene también estaba de pie.
Bhabha simplemente asintió, y John supo que sus inquietudes habían sido escuchadas.
—Mycroft se negó.
Fue una afirmación, no una pregunta, y Sherlock continuó cenando con una expresión en blanco. John no poseía ni idea de qué era lo que el hombre estaba experimentando.
—Sí.
—Sorpresa.
Eso había sonado resentido.
John deseaba que Sherlock comiera más rápido así poder largarse, alejarse de esa esencia dulce y picante que le estaba envolviendo.
—¿Cuál es el plan? —Los ojos azules buscaron su mirada, manteniéndose firmes, sin un atisbo de emoción en ellos.
John tragó incómodo, repitiendo lo que Marc le explicó.
—Ellos esperaran hasta que entres en calor para amenazar a Mycroft con revelar la verdad si no cumple.
Sherlock alzó la mirada, observándole fijamente por un momento, pero volvió a apartar los ojos. El cuerpo de Sherlock estaba tensó, John podía decir que él tenía miedo, sí, "el gran Sherlock Holmes", sentía miedo, uno que John estaba seguro, Sherlock negaría.
Los pensamientos de John vagaron, mientras el rehén terminaba de comer, y entonces con súbita claridad, él se dio cuenta de qué era aquello que tenía al único detective consultor del mundo preocupado.
—Sherlock, ¿es tú primer calor? —preguntó John sin pensar; las palabras brotaron antes de que él pudiera detenerlas.
Sherlock se congeló, negándose a levantar la mirada.
—He tomado Metamoxin desde los tres años. Tú tienes formación médica, has las cuentas —dijo él bruscamente.
—Te mudaremos a una habitación especial —dijo John, después de un largo silencio—. Tendrás privacidad y un cuarto de baño propio.
Era todo lo que ellos podían hacer. John sabía que había instalaciones especialmente equipadas para albergar a los Omegas que estaban siendo desintoxicados de las hormonas después de un largo período de tiempo. Todo lo que ellos podían hacer era darles su privacidad.
Sherlock asintió con un movimiento de cabeza y empujó su plato. John lo recogió de inmediato, ansioso por marcharse, pero algo le hizo detenerse en la puerta.
—Vas a estar bien —dijo él tozudo. Sherlock no respondió.
El calor aún no había comenzado, y todo lo que Sherlock deseaba era saltar fuera de su piel.
Le mudaron antes de su habitual ducha. Sus feromonas habían aumentado en intensidad durante las horas vespertinas, y Sherlock había observado el efecto que su aroma tenía sobre todas las personas a su alrededor.
Él se alegraba de tener su propia habitación; era segura, aunque aún estaba bloqueada desde el exterior, pero tenía una cama de verdad, no un colchón en el suelo, y un cuarto de baño como John le había prometido.
John le llevó la cena, no obstante, él mantuvo su distancia aún más que antes. No importaba. Sherlock podía detectar la esencia del Alfa; oler su fuerza. Sentir su propio cuerpo responder con un deseo puro, uno que nunca había sentido antes.
Él se repetía a sí mismo que su cuerpo no era más que un recipiente, intentó mantener sus emociones reprimidas, pero fue en vano. Él se tragó su comida y empujó el plato. John salió tan rápido del cuarto que Sherlock lo consideró prácticamente imposible.
Él finalmente logró dormir un poco en su séptima noche con los Reformistas.
John regresó con su desayuno y Sherlock le oyó tragar de corrido.
—No tienes que regresar si esto es demasiado difícil para ti —habló él con voz cansina; algo dentro de él deseaba que John se quedara, a pesar de las feromonas en la habitación. Él se odio a sí mismo por eso; era su biología, era todo lo que podía hacer.
—Eres mi responsabilidad —Los ojos de John brillaban con la misma determinación que cuando le prometió a Sherlock que no iba a dejar que los Reformistas lo asesinaran y eso tocó algo en lo hondo de Sherlock.
Ellos no hablaron más aquel día, con excepción de cuando John le explicó sobre la cinta de chantaje que los líderes pensaban hacer. Un Omega vino a su habitación después de la cena, la que Sherlock se negó a comer, porque no pudo. Lo único en lo que podía pensar era en la fuerte urgencia debajo de su estómago; en como su cuerpo sufría con cada roce.
El calor le golpeó con todas sus fuerzas por la tarde. Él no se atrevía a moverse de la cama, porque cada mínimo roce enviaba chispas por todo su cuerpo, directo a su ingle y lo dejaba anhelando por más.
La vergüenza quemó sus mejillas cuando se sintió a sí mismo lubricarse, un poco de humedad se deslizó hacia fuera, manchando su cuerpo y su ropa interior. Él oyó la puerta abrirse y cerrarse.
John se quedó clavado al suelo, con la bandeja entra las manos, pero Sherlock no percibió la comida. El único aroma que llenaba su nariz era: John, John, John. Fuerte, constante y tranquilizador.
Sherlock apreció como su polla se hinchaba de sangre y, aun tuvo la suficiente lucidez, para comenzar a respirar por la boca.
—¿Sherlock? —La voz de John fue áspera e inusualmente profunda. Sherlock se estremeció al darse cuenta que John podía percibir su excitación; la forma en la que su cuerpo correspondía al Alfa en el cuarto.
—Vete.
Él oyó la puerta cerrarse, pero el vestigio de su aroma continúo persistiendo.
Después de devolverle las hojas al Omega que, aparentemente estaba satisfecho con lo que él había firmado, Sherlock se quedó otra vez solo. Su mente corría en cien direcciones diferentes a la vez, aunque al mismo tiempo, no registraba nada.
Últimamente tenía sueños calientes sobre unas manos fuertes que lo sujetaban contra el suelo, empujándose hacia él, calmando lo que quemaba en su interior; Sherlock se despertó con un sobresalto, agarrándose de las sábanas y ahuecándose contra el colchón.
Cuando John entró esa mañana, envió una pequeña ola fragante, lo suficientemente fuerte como para encender el cuerpo de Sherlock, haciéndole todo aún más difícil. Su agujero estaba escurriendo provechosamente con auto-lubricación y cada movimiento hacia a Sherlock gemir contra las sábanas.
El tiempo perdió significado, sólo el retorno de John le dijo que debía ser alrededor del mediodía.
—Vete —susurró él, y necesitó cada pedacito de su disciplina para hacerlo. Él no iba a ser gobernado por su biología. Sherlock Holmes era capaz de experimentar su primer calor sin la ayuda de un Alfa.
Él era más fuerte que sus impulsos. "Fuerte", se siguió repitiendo en su mente, "Más fuerte".
Pero se sentía como si estuviera ardiendo desde adentro, el deseo llenaba cada célula de su cuerpo, y sus manos habían comenzado a temblar por el esfuerzo de negarse a sí mismo una liberación. En la profundidad de los rincones de la mente de Sherlock, él ya sabía que había perdido.
John tomó una respiración profunda antes de recupera la llave de la habitación de Sherlock.
Sus manos se mantenían firmes, pero él se sentía muy lejos de estarlo, en ése momento no estaba seguro de ser capaz de salir si Sherlock se lo pedía de nuevo.
Él entró rápido y abrió la boca para hablar, pero no pudo. El aroma picante y dulce lo envolvió, quería sumergirse en él, dejar que lo consumiera, lo corrompiera. Su pene se llenó por propia voluntad, luchando contra las limitaciones de su uniforme.
—¿Sherlock? —Él intentó y oyó su voz temblar. Pudo observar una figura sobre la cama, a través de la tenue luz de la noche; contempló al hombre agitarse debajo de las sábanas, y rezó porque Dios le estuviera escuchando, porque le diera las fuerzas para no seguir, para dar la vuelta, para reinar sobre su biología.
—John —jadeó Sherlock. "John, no te vayas".
Sus pies lo llevaron dentro de la habitación, en contra de su voluntad.
—¿Sherlock?
—Por favor.
Él se acercó hasta poder contemplar esos ojos azules, ahora oscuros por la excitación y la pura necesidad. Los dedos de John picaron por tocarle, por limpiar el sudor de la frente de Sherlock.
—Por favor, ¿qué?
Necesitaba que Sherlock se lo pidiera, necesitaba la absolución para su propia cordura, y al mismo tiempo sabía que Sherlock no estaba en condiciones de dar su consentimiento para nada. John había visto a otros Omegas en celo, había olfateado su aroma, había curado sus heridas después de que estos se rasguñaran la piel a carne viva por anhelar y no poder; porque se habían negado cuando todavía eran capaces de dar su consentimiento.
John observó los blancos nudillos de Sherlock, sus manos se apretaban contra las sábanas, tan fuerte, que pronto las rasgaría.
El hombre soltó un tembloroso suspiro.
—Ayúdame. Tócame.
—Sherlock, No me aprovechare. No abusare de mi condición —dijo él con apuro, porque sentía que su determinación se desmoronaba alrededor, cuestionándose: "¿Entonces por qué estoy aquí? ¿Por qué sigo regresando a la habitación de Sherlock, plenamente consciente de que su ciclo de calor se aproximaba?".
—Por favor.
Fue apenas audible, pero Sherlock se volteó ligeramente, sus ojos azules suplicando, su cuerpo estirado contra las sabanas, las mejillas encendidas. Sus rizos oscuros húmedos de sudor.
Todo un espectáculo, la palabra susurradas por Sherlock fueron la perdición de John. Él se dio cuenta de que había estado luchando contra su biología en las últimas horas, incluso perdiendo cada vez que él entraba en la habitación de Sherlock, pero siendo aún lo suficientemente fuerte como para volver a salir. Un "por favor" de Sherlock lo haría silenciar, y probablemente John cedería a lo que él ya había dado por hecho desde el momento en que se dio cuenta de que Sherlock era un Omega, sin querer admitirlo.
Él extendió una acaricia por la mejilla de Sherlock, y el hombre se inclinó ante su toque, mordisqueando su pulgar.
John dio un paso más cerca, deslizando su mano por el cuerpo de Sherlock, provocando que los profundos quejidos se convirtiesen en gemidos cuando él ahueco la polla de Sherlock a través de sus pantalones.
John capturó los labios de Sherlock en un beso de boca abierta, caliente y urgente, intoxicante. Y antes que él se percatara, ya se había subido en la cama, arrancándose los botones de la camisa. Debajo, la piel era pálida y tan tentadora; él lamió su clavícula, por lo que Sherlock gimió y se aferró a él, como si fuera su razón para respirar.
Él empujó la camisa sobre los delgados hombros y la dejó caer al suelo. Repentinamente le hacía demasiado calor, por lo que él se quitó su propia camiseta y se presionó hacia abajo. Piel contra piel, Sherlock estremeciéndose en su contra; un sonido quejumbroso abandono sus labios.
John permitió que sus manos recorrieran los fuertes músculos que temblaban debajo de sus caricias, explorando a toda prisa, antes de que sus dedos recorrieran el camino hacia la bragueta de Sherlock.
Pantalones y ropa interior, él le quitó los dos juntos en un único movimiento, tan rápido que hizo a Sherlock gemir en voz alta, arqueando la espalda contra el colchón.
La visión de la polla desnuda, completamente erecta y brillante de pre-semen hizo que a John se le hiciera agua la boca. Él se bajó de la cama y engulló a Sherlock con un único movimiento.
—¡Mierda! —gritó Sherlock y John se tragó cualquier insinuación sexual en favor de engullir más profundó, de chupar y tragar alrededor de la chorreante cabeza de Sherlock,
Él necesitó únicamente algunos movimientos de su lengua para que Sherlock se descargara, y su agridulce sabor se volcara dentro de la garganta de John. El sabor lo dejó algo mareado, mientras él se arrastraba sobre su espalda, deslizando un brazo detrás de la espalda de Sherlock, sosteniendo su cabeza contra el pecho.
Ellos se adaptaban a la perfección.
Él sentía como su propia polla tiraba dentro de sus pantalones, pero John sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que Sherlock se recuperara. Usualmente los calores eran viciosos, pero, ¿para un Omega que los había reprimido durante tanto tiempo? John sólo se lo podía imaginar.
—Gracias —murmuró Sherlock contra su pecho.
—Aquí estoy.
Él levantó su cabeza para mirar los ojos de John.
—Creo que, necesito que me folles —dijo Sherlock, los vestigios del analítico detective todavía estaban allí, claros, pero empañados por el calor, y cada célula del cuerpo de John gritó en acuerdo.
—Lo haré, sólo si tú lo quieres.
—Sí.
Sherlock inspiró mientras tomaba la mano de John, que estaba descansando sobre su cintura y la guío hacia abajo, deslizándola entre las mejillas de su culo, y a John se le cortó la respiración en cuanto sintió la humedad que había ahí.
Experimentando, él presionó un dedo dentro del calor y Sherlock gimió desenfrenado, empujándose hacia atrás, así que John añadió rápidamente un segundo dedo y empujó más profundo dentro del seductor calor apretado.
Sherlock comenzó a moler su excitación contra las caderas de John, y éste pudo sentir como Sherlock se ponía duro de nuevo, mientras se follaba a sí mismo contra sus dedos.
Un tercer dedo le hizo jadear, el cuarto lo condujo a la locura.
—Por favor, John. Hazlo, cógeme, tómame; lo necesito, no puedo pensar en otra cosa, por favor… —murmuró Sherlock entre gemidos y gritos, y el Alfa dentro de John se hizo cargo por completo de la situación.
Retiró su mano bruscamente y giró a Sherlock, doblándole con más fuerza de la necesaria. Sus zapatos, calcetines, pantalones y ropa interior fueron arrojados al suelo, y el aire fue una sensación bienvenida contra su dolorosa polla endurecida.
Él utilizó ambos brazos para acomodar a Sherlock, de modo que éste se apoyara sobre sus brazos y rodillas. Él le dio a la goteante polla de Sherlock unas cuantas caricias, hasta que el hombre se estuvo moliendo contra la ingle de John y todo se volvió demasiado.
Delineó las mejillas de Sherlock, apartándolas con mano firme y exponiendo el húmedo agujero.
—Por favor —casi suplicó Sherlock y éso fue todo. John empujó sin remordimiento, con un único movimiento, fuerte y rápido, y el hombre debajo suyo gritó de dolor y placer.
Sherlock estaba más apretado de lo que jamás se imaginó y tan receptivo. John se retiró lento, dolorosamente lento, y penetro a Sherlock con el mismo ritmo. Sherlock tembló alrededor de su polla y John aumentó el ritmo, agarrándose de las caderas de Sherlock, apretándolas lo suficiente fuerza como para dejar moretones; el mero pensamiento de dejar marcas perdurables, empujó a John medio camino fuera de su mente.
Él se inclinó hacia delante y chupó con fuerza el hombro de Sherlock, mordiéndole un poco, gruñendo cuando sintió las caderas de Sherlock trastabillar y le oyó gritar, mientras derramaba su semilla caliente sobre el colchón.
John no se detuvo, continuó golpeando dentro de Sherlock, pero más lento que antes. Lo jodió a través de las réplicas de su orgasmo. Lo jodió hasta que él pudo sentir la polla de Sherlock reviviendo y llenándose de nuevo.
Ruidos obscenos salían de Sherlock, extendido debajo de John, y éste a su vez en lo único que podía pensar era en: "Mío, mío, mío" cuando sus manos se presionaron sobre los hombros de Sherlock y le empujaban hacia abajo, con fuerza.
Sherlock gimoteó y se volvió loco bajo él, moliéndose encontrá suyo; reuniendo paciencia hasta que John golpeó su próstata.
—¡John! —gritó él tensándose hacia arriba, pero unas manos lo retuvieron hacia abajo, y el poder que John sintió crecer a través de sus venas, casi lo envió por el borde.
Sus manos bajaron más y se aferraron a las caderas de Sherlock, tirando de él hacia arriba. John se inclinó hacia atrás hasta que descansó sobre sus talones y arrastró el esbelto cuerpo de Sherlock contra su pecho; sus caderas sin detener los movimientos.
Sherlock jadeó profundo cuando la polla de John arremetió de nuevo contra su próstata, y hecho la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el hombro de John, dejando al descubierto su cuello.
Era una invitación y John la tomó, lamiendo, mordiendo, chupando, hasta que Sherlock se estuvo retorciendo y respirando agitado. John deslizó su mano hacia la polla de Sherlock.
Las uñas de Sherlock se clavaron profundamente en los muslos de John, y el dolor finalmente venció las últimas limitaciones de John. Él sintió su nudo llenarse y crecer, y Sherlock también se dio cuenta de ello, cuando la polla de John se deslizó otra vez en su interior.
John se quedó quietó por un instante, dejando que Sherlock simplemente sintiera su nudo, ya que éste intentaba romperle el esfínter. Él se vio recompensado con un escalofrió por todo el cuerpo.
—¿Lo quieres? —le preguntó, porque incluso en ése estado, John no se anudaría con un Omega sin su consentimiento. "Como se podría hablar de consentimiento en ésta situación", susurró una voz en la cabeza de John.
Sherlock gruñó desde lo más profundo de su pecho y empujó hacia atrás, con una clara intención, la fricción contra su nudo fue suficiente para hacer que John gimiera y mordiera con fuerza la piel de Sherlock.
Él alzó a Sherlock una vez más, con los brazos apretados alrededor de su torso. y cuando Sherlock se hundió, John acomodo sus caderas hasta que pudo sentir su nudo entrar dentro de Sherlock; dilatándose casi más allá de su capacidad.
John se estremeció por las sensaciones que recorrieron su cuerpo, y no tuvo tiempo de acostumbrarse antes de que Sherlock empujara hacia adelante, él lo posiciono una vez más sobre sus rodillas y brazos.
Su ritmó era implacable, contundente, incluso brutal cuando él embistió a Sherlock hasta estar enterrado por completo dentro suyo. Sherlock ya estaba llegando, y John podía sentir el calor concentrarse en su bajo vientre. Con una mano agarró la polla de Sherlock apretándola, sincronizando sus movimientos con el ritmo de sus caderas, y en seguida Sherlock arqueó la espalda y empujó hacia atrás, viniéndose con un chorro caliente y el nombre de John en sus labios.
Con Sherlock convulsionándose alrededor de su pene y su nudo, el orgasmo desgarró a través de John con la fuerza suficiente como para que él viera estrellas detrás de sus párpados y se desmayara durante unos segundos antes de desplomarse encima de Sherlock.
Su primer pensamiento coherente fue que él debía moverse si no quería sofocar a Sherlock, por lo que se arrastró hasta acomodarse sobre uno de sus costados. John seguía enterrado dentro de Sherlock, cuya espalda se presionaba contra su pecho.
Lo segundo que registró fue que sus aromas se habían mezclado, y por un segundo, John sintió un pánico ciego al darse cuenta de lo que ello podría conllevar, pero, antes que nada, se obligó a calmarse y pensar en aquello más tarde.
Todo lo que ahora importaba era Sherlock, cuya mano cubría la de John mientras éste la sostenía con fuerza contra su pecho.
John podía sentir el corazón latiendo por debajo, aliviado de que se estuviera desacelerando. Sherlock no temblaba más, pero respiraba de manera uniforme, a la deriva del reino de los sueños; al cual John lo siguió complacido.
Todavía estaba oscuro dentro de la habitación cuando John se despertó de nuevo. Ellos habían cambiado de sitio mientras dormían, Sherlock estaba recostado sobre su pecho, dibujando círculos con los dedos.
—Sherlock —preguntó él, tentativamente.
Los ojos azules se encontraron con los suyos, y John se alegró de que fueran de nuevo claros; aún estaban llenos de deseo, pero no vidriados. Él sintió la erección de Sherlock apretarse contra su muslo y la sangre comenzó a correr hacia su ingle.
—¿Mejor?
Sherlock asintió.
—Pero todavía estoy ardiendo —añadió él, con voz tensa; como si hubiese estado esperando que el calor ya se acabara.
—Eso es normal. Tomará un poco más de tiempo para que todo pase.
Sherlock gimoteó de frustración, enterrando su cabeza en el hueco del cuello de John. Y John creyó entenderlo.
—Sólo un recipiente, ¿no?
Sherlock se dignificó con un movimiento de cabeza y un sonido ahogado.
La mano izquierda de John acarició la pálida piel de los omóplatos de Sherlock por un momento, hasta que el hombre levantó la cabeza y se encontró con sus ojos.
—¿Qué quieres? —Una parte de él esperaba que, a pesar de que ahora su mente estuviera mucho más clara, Sherlock aún lo siguiera eligiendo a él para hacer aquello.
Sherlock tembló y tragó saliva. John siguió el movimiento de su garganta con los ojos.
—Necesitó que me jodas de nuevo.
El corazón de John palpitó contra su pecho, y se desplazó sobre la cama, hasta quedar frente a Sherlock. Sus manos acariciaron de arriba a abajo los costados de Sherlock hasta que éste sintió la piel de gallina cubrir toda su dermis. Él se movió hasta que cubrió con todo su cuerpo a Sherlock, y rodó sus caderas contra las del hombre que estaba debajo.
A Sherlock se le escapó un débil gemido, mientras arqueaba la espalda y envolvía sus pies alrededor de las caderas de John, presionándolo más cerca de él.
—Prepotente —le reprendió John con diversión.
—Tómame ya —ordenó Sherlock, y habría funcionado si no lo hubiera susurrado, casi sin aliento y muy necesitado.
Sin la motivación del calor, Sherlock debía de ser un sangriento culo engreído, pero las musas de John se descarrilaron rápidamente de aquella línea de pensamiento.
No tenía ninguna garantía de volver a compartir una cama con él, cuando el calor hubiese terminado.
Tal vez eso mismo fue lo que le impulso a actuar, empujó las piernas de Sherlock apartándolas y se estableció entre ellas. La polla de Sherlock dejaba gotas de pre-semen sobre la piel de su vientre, y John enterró su nariz entre los oscuros rizos de la ingle de Sherlock, embriagado con el olor a sexo y lujuria, y a esa mezcla dulce y picante que había ahí abajo.
Con un rápido movimiento John dio vuelta a Sherlock; sus ruidos de protesta fueron amortiguados por una almohada, mientras él deslizaba su fría y húmeda lengua, por sobre la caliente piel de la espalda de Sherlock.
Sherlock tiritaba, echando la cabeza hacia atrás con un lamento silencioso, que pronto se convirtió en un salvaje gemido cuando John le ahueco las mejillas y las separó, resbalando su lengua hasta llegar a la hendidura del culo, y el hombre bajo él contuvo el aliento por la anticipación.
De pronto, John se acordó que nadie le había hecho eso a Sherlock antes, la evocación le hizo apretar su agarre y deslizar su lengua hacia abajo, hasta que pudo sentir el tierno ojete. El sabor era liso, como Sherlock, picante y dulce, y perseguiría a John hasta en los sueños, él lo sabía, incluso ahora mientras giraba su lengua alrededor del anillo y por las nalgas, sumergiéndose en el interior.
Sherlock lloriqueaba retorciéndose sobre el colchón, y John arremolinó su lengua, retirándose y empujando con un ritmo decidido que tenía al otro gimoteando de placer. John empujó y empujó hasta que él pudo besar el anillo y chuparlo tímidamente, pero la sensación fue suficiente para hacer que Sherlock arqueara la espalda y gritara tan fuerte y tan bestial, con pura necesidad.
John se perdió entre el olor y el sabor de Sherlock en su lengua. Él levantó un poco las caderas de Sherlock, deslizando sus manos alrededor del cuerpo y tocando la palpitante polla de Sherlock, mientras que al mismo tiempo trabajaba con su lengua, hasta que sintió la caliente contracción de los músculos alrededor y Sherlock se derramó sobre su puño.
John cubrió con su cuerpo al Omega, y sus instintos posesivos asumieron el control, una voz en su cabeza coreaba: "Mío, mío, mío". Y él dejó un mordisco de amor sobre el hombro de Sherlock, acariciando los moretones que había dejado sobre la cadera, con profunda satisfacción.
No pasó mucho tiempo antes de que Sherlock comenzara a revolverse de nuevo, frotándose y ondulándose arriba de John; quien no podía hacer nada más que observar esos ojos azules.
Las manos de Sherlock resbalaron por su pecho, brazos y estómago, tocando las gotas que fluían de la punta de la polla de John, fascinado, con los ojos muy abiertos.
Los ojos de Sherlock se pusieron vidriosos antes de centrarse de nuevo sobre su polla y, ésa fue la única advertencia que recibió John, antes que los calientes labios se cerraran alrededor de la punta y una lengua lamiera la cabeza. Sherlock deslizó su lengua a través de la ranura y siguió hacia abajo a lo largo del eje, tragándose todo lo que pudo, empezando a moverse y a chupar. John luchó por mantener sus ojos abiertos, la imagen de las mejillas de Sherlock succionando y su polla enterrada en esa boca, enviaron olas de placer por todo su cuerpo.
La mano que no estaba trabajando sobre el eje de John fue hacia abajo hasta sus bolas, masajeándolas. Él jadeó, mientras sus caderas se empujaban hacia arriba, golpeando la parte posterior de la garganta de Sherlock accidentalmente, y John estuvo a punto de pedirle disculpas, cuando él se dio cuenta que las pupilas de Sherlock estaban más dilatadas que antes, y sus manos firmes empujaban sus caderas hacia delante, instándolo a meter su polla más adentro de la boca de Sherlock.
Ante la implicación, por un momento el cerebro de John entro en cortocircuito, pero luego enterró sus manos en aquellos rizos negros, y él jodió el apretado calor de la boca de Sherlock; se dio cuenta de unas lágrimas en las comisuras de los ojos de Sherlock, pero los satisfactorios zumbidos le dijeron que todo estaba muy bien.
Un empujón particularmente profundo, hizo que John gritar el nombre de Sherlock, y él alejara al hombre antes de derramarse de pronto encima. Sherlock se deslizó por encima de su cuerpo, dejando huellas de saliva y pre-semen sobre la pálida piel, y en seguida su boca se encontró con la de John y él pudo probarse a sí mismo en la lengua de Sherlock. Devorándose el uno al otro.
Sus manos se aferraron a las caderas de Sherlock, levantándolo en vilo hasta que él Omega se dio cuenta. Él pudo ver como los muslos de Sherlock temblaban mientras éste agarraba su polla y se alinea a sí mismo, indicándole a Sherlock que se hundiera poco a poco, tomándolo centímetro a centímetro, gimiendo por encima suyo.
—Móntame —ordenó John, y observó cómo los ojos azules rodaron detrás de la cabeza de Sherlock antes su mandato, moviéndose a en un ritmo constante.
Él quería quedarse allí para siempre, enterrado profundamente dentro de ése calor, respirando el aroma de Sherlock.
Sherlock gritó cuando finalmente golpeó su próstata, y John agarró sus caderas para apoyarse, así fuera más fácil encontrar ése lugar una y otra vez. John estaba fascinado por el rostro de Sherlock, abandonado al placer, tan expresivo, tan humano.
Él podía sentir que estaba cerca, por lo que tomó en su puño la polla de Sherlock, y con el pulgar extendió el fluido que se derramaba por la punta. Y el Omega perdió el ritmo de sus caderas, balbuceando.
John se incorporó rápidamente, apretando a Sherlock contra su pecho y hundiéndose en contra éste, inclinando sus caderas hasta que encontró ese lugar y Sherlock se aferró a él con tanta fuerza que, John pensó que iba a tener moretones por al menos una semana, pero no le importó.
Su nudo se llenó y lo siguiente que Sherlock hizo fue arremeter hacia abajo. John lo empujó con fuerza, manteniendo al Omega abajo; su nudo violaba el agujero mojado con tanta facilidad. Los ojos de Sherlock se abrieron y se encontraron con los de John antes que Sherlock se inclinara y apretara sus labios en un beso con la boca abierta. Era sucio, con demasiados dientes porque John estaba empujando dentro de Sherlock, presionándolo contra su pecho para que el pene de Sherlock fuera envuelto por ambos cuerpos, pero era perfecto.
Sherlock se mordió el labio inferior con la suficiente fuerza para extraer sangre, ya que se descargó con un grito, y John sólo se tardó unos pocos empujones más antes de llenar a Sherlock hasta lo más profundo de su interior, mientras el nudo capturaba su liberación.
John se arrastró sobre su espalda hasta golpear contra la cabecera de la cama, Sherlock era como un peso muerto contra su pecho, pero bien recibido. Él apretó sus labios contra la frente de Sherlock, tiernamente, frotando círculos suaves sobre su espalda y esperando a que él regresara de las alturas.
Fue en la tarde cuando Sherlock finalmente abrió los ojos, libre del calor.
John ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que él había estado dentro de Sherlock en las últimas horas, la frecuencia con la que su boca había recorrido la pálida piel, la insistencia con la que él había mantenido al Omega reducido con una fuerza brutal y lo había reclamado con duros golpes.
Se miraron el uno al otro por un largo rato, y John estuvo casi triste porque el calor hubiese pasado, porque los ojos azules eran igual de penetrantes que antes.
—Tenemos que limpiarnos —sugirió él, y Sherlock se enderezó inmediatamente, desapareciendo dentro del cuarto de baño, sin decir nada más. John se bajó de la cama, analizando las sábanas manchadas y por primera vez se percató del olor en la habitación.
Él abrió una ventana con el código de autorización y cambió las sábanas. En el momento que él había terminado, Sherlock aún estaba en el baño, así que John abrió un gabinete para rescatar un par de pantalones suaves y una camisa ligera que dejó en una silla en el interior del cuarto de baño.
El vapor se elevó por encima de la cortina, y el impulso de simplemente caminar hacia dentro era abrumador. "Pero el calor ha terminado", se recordó a sí mismo John. Sherlock ya no era un Omega en calor con necesidad de liberación, él era un rehén, y, aunque todo surgió de un momento de desesperación, eso no le daba a John el derecho a suponer que ahora había algún tipo de conexión entre ellos.
Él sabía que los lazos de unión y sus olores mezclados hacían que su corazón latiera más rápido, y que el Alfa en su interior gruñera posesivamente, sin embargo, suprimió todas sus contradicciones y todas sus posibles reacciones.
Un trozo de papel en la parte inferior de la puerta atrapó su atención. Alguien debía de haberlo empujado a través de la rendija del suelo, cuando se dieron cuenta que él se había marchado.
John realmente no esperaba que su próximo encuentro con el Triunvirato y el Consejo fuera por ese asunto.
La nota era breve, diciéndole que se informara ante Adler, Bhabha y Thoreau, tan pronto como hubiese pasado el calor del rehén.
John estaba recogiendo su ropa del suelo cuando Sherlock salió del baño con los rizos húmedos, oliendo a agua y jabón; una camisa ciñéndose alrededor de su cuerpo.
John le rebasó con un movimiento de cabeza y luego se sumergió dentro del agua caliente, fregando el olor de Sherlock lejos, con el corazón encogido.
Una vez que se secó y se vistió, regresó a la habitación para encontrarse a Sherlock sentado sobre la cama, observando sus pies descalzos.
—¿Cómo te sientes?
Sherlock alzó la mirada y sólo asintió con la cabeza.
—Estoy seguro que ahora debes tener hambre, así que voy a buscar a alguien que te traiga algo de comida y un montón de té.
Él atrapó la sonrisa que se marcó en la expresión de Sherlock.
—Voy a ver qué puedo hacer para que tú estancia aquí dure un poco más de tiempo.
Otro gesto de asentimiento. John deseo que Sherlock le dijera algo, cualquier cosa, para asegurarle de que las cosas entre ellos estaban bien.
Sherlock se aclaró la garganta, cuando su mano estaba sobre el teclado aun lado de la cerradura, por lo que John se giró. Los ojos de Sherlock eran suaves cuando chocaron con los suyos.
—Yo… —Él tragó nerviosamente, y John no pudo creer que el Sherlock Holmes detective consultor, el Omega en calor y el Sherlock Holmes después del calor, fueran todos la misma persona—. Fue muy considerado de tú parte el ayudarme.
Probablemente eso era lo más cercano a un sincero agradecimiento que Sherlock se permitiría ofrecer, el mero pensamiento hizo que John sonriera.
—De nada.
Ellos compartieron una última mirada, luego John salió de la habitación.
Su primera acción fue derramar todo lo que sentía en un galón de agua, luego encendió la estufa y se puso a cocinar, preparó té y luego les encargó a dos de los soldados que patrullaban el pasillo que llevaran la comida, el agua y el té a la habitación de Sherlock.
