II

El diario.

Las dos primeras semanas en el colegio de magia transcurrieron de un modo normal para los tres amigos. O quizás no tan normal. Tenían que soportar los constantes insultos de Malfoy a todas horas. La verdad es que estaban acostumbrados a esa actividad, no en vano les había estado molestando de mil formas durante los seis años que llevaban en Hogwarts. No obstante, era obvio que todo ello se había multiplicado por mil.

En especial parecía haberse ensañado con Hermione: Cuando ésta levantaba la mano en clase o tenía que lanzarles algún comentario o alguna pregunta respecto al temario a los profesores, si la clase era común con Draco, siempre se podía oír de fondo un sabelotodo, pelota o come libros cargados de rabia. No solo en clase, también por los pasillos y cada vez que se cruzaba con él recibía empujones del Slytherin. Y la mayoría de veces iban acompañados de la risita insoportable de Pansy Parkinson. Harry y Ron siempre le devolvían los insultos cuando se metía con ella, en especial el pelirrojo. Aunque les insistía en que no le prestasen atención alguna, ellos hacían caso omiso. Hermione sospechaba que esa fijación que había desarrollado en ella se debía únicamente a que le había 'molestado' en el tren mientras ella buscaba o, fingía que buscaba, a Trevor.

Hermione ignoraba completamente los comentarios de Malfoy 'cargados' de inteligencia y astucia. Ese era el mejor modo de enfadarle. Ignorarle. Aunque tenía que reconocer que estaba empezando a hartarse de ser su punto de mira.


— ¿Sabéis? — Comenzó a comentar Hermione en la mesa de Griffyndor, mientras disfrutaban de la deliciosa comida que se exponía ante ellos en el Gran Comedor. — Creo que voy a empezar a escribir mis propósitos para el año que viene y un plan de estudios en mi diario...

Ron hizo un gesto mientras se metía en la boca una grasienta y sabrosa alita de pollo. Parecía que se atragantaba. Harry y Ginny lo miraban con preocupación y extrañeza. Al final, tosió un par de veces, se dio unos cuantos golpes en el pecho con la mano cerrada y la cara roja, a juego con su pelo, y al fin logró articular algo.

— ¡¿Pero es que todavía escribes un diario? — Preguntó con incredulidad. — Joder, Hermione, que ya tienes 17...

— Para tu información, Ronald, mucha gente de mi edad e incluso mayor que yo escriben un diario. — Le replicó la chica indignada. — ¿Verdad, Harry? — Y depositó su mirada en el moreno, buscando apoyo ante la situación. Harry desvió la mirada un instante.

— Sí... supongo... — Respondió él sin saber bien donde meterse. — Aunque yo no escriba ninguno...

— La verdad es que yo nunca he escrito ningún diario. — Intervino Ginny, sonriente. — Pero siempre me ha parecido algo interesante. Ahora me han entrado ganas de tener uno. Y eso del plan de estudios y propósitos del año me parece una estupenda idea, Hermione. — Continuó la pelirroja ayudando a su amiga. Hermione le dedicó una amplia sonrisa. Siempre había pensado que la menor de los Weasley era una persona muy madura.

— Venga Ginny... ¿Tú también? — Suspiró Ron. Hermione y la pequeña de los Weasley intercambiaron una mirada cómplice.

Cuando vio la hora que era, Granger se alteró. Faltaban aproximadamente unos cuarenta y cinco minutos para su próxima clase. Introdujo las dos últimas cucharadas de sopa de calabaza en su boca y se levantó rápidamente mientras se dirigía a sus amigos.

— Es increíble. Chicos, me voy corriendo. Voy a llegar tarde a clase de Alquimia.

— ¿Pero Alquimia no empezaba a las cuatro? — Preguntó Harry. — ¿Por qué tanta prisa?

— Exacto. — Le respondió Hermione con su habitual tono en la voz de chica empollona cuyos mejores amigos no parecían otros sino los libros. — La clase comienza a las cuatro y son las tres y media. Tengo que ir a la Torre Griffyndor a recoger los libros y volver a bajar para ir al aula.

— En serio Hermione, creo que deberías relajarte un poco. — Sentenció Ron. Aparentemente muy serio. — Hace apenas tres semanas que empezó el curso. Tienes tiempo de sobra para llegar en quince minutos de aquí al aula con tus libros y todo perfecto. Y además — Prosiguió el pelirrojo. — sigo sin entender porqué te cogiste ese coñazo de asignatura.

Ante ese último comentario, Hermione soltó un bufido y, ladeando la cabeza con los ojos en blanco, abandonó el Gran Comedor. Ginny le dedicó una mirada seca a su hermano y éste no hizo más que encogerse de hombros. Sólo se había limitado a decir lo que pensaba al fin y al cabo.


En la clase de Alquimia eran apenas seis personas. Había dos estudiantes de Ravenclaw, uno de Hufflepuff y sólo Hermione de Griffyndor. También dos de Slytherin. Por lo tanto siempre era muy tranquila y Hermione se sentía muy relajada. O así es como debería ser.

Cuando entró a clase le llegó a la mente un pensamiento que ya había estado rondando por su cabeza las últimas veces que había entrado a dicha aula: Quizá si que fue un error escoger Alquimia.

Esto se debe a que, de entre todos los alumnos de Hogwarts, de entre todas las casas, tenía que coincidir con Malfoy precisamente en Alquimia. Con Draco Malfoy. Es cierto que coincidían en otras materias, como Pociones o Encantamientos. Pero en esos casos ella tenía a Harry y a Ron a su lado, por lo que le importaba un rábano lo que dijera el Slytherin en las clases o dejase de decir. Y tendría que dejar de importarle también estando ella sola con él, pero no podía. En el caso de Malfoy, él tenía a Zabini a su lado.

Eran dos contra uno y Hermione nunca les respondía. Se resentía y se frustraba. Y eso era lo realmente extraño. Le daba importancia a las falacias que dijera Malfoy de ella cuando llevaba aguantándolo prácticamente toda su adolescencia. Era de estúpidos que empezara a inmutarse por sus comentarios a estas alturas de la vida. Pero ni ella misma lo entendía.

Ese día no iban a cesar los comentarios de Malfoy. Aunque eso es algo que la propia Hermione ya daba por hecho en cuanto vio su sonrisa perversa en el aula.

El maestro de dicha materia les hizo hacer una redacción sobre Nicolas Flamel en el tiempo que transcurría la clase. Por supuesto, para Hermione no fue ningún esfuerzo hablar sobre ese alquimista. Ya estuvieron investigando Harry, Ron y ella, en su primer año en Hogwarts, sobre él. Así que brincó de alegría cuando supo sobre que trataba el trabajo. Si ella se interesó por esa asignatura fue gracias a Flamel y a su Piedra Filosofal, precisamente.

El profesor abandonó la clase. Dejando a los pocos alumnos solos.

— Joder, Granger. — Oyó la voz del rubio a sus espaldas. — Que es solo una redacción. No te van a dar una matrícula de honor por esto. — Comentó al ver las ganas con las que estaba redactando ella el escrito. Completamente concentrada. Hasta que él la distrajo, claro. — Además, una sangresucia estudiando Alquimia es algo obsoleto. Un insulto para los sangrelimpia como nosotros ¿Qué crees tú, Blaise?

— No sé ni como le permitieron elegir la asignatura. Para inmundicias como ella debería estar prohibido hasta entrar a este colegio. — Dijo Zabini destilando rabia en su tono de voz. Como si estuviese hablando de algo realmente asqueroso para él. Draco rio cómplice con maldad.

Los alumnos de las otras casas se limitaron a callar. Haciendo como si no pasara nada. Si sabían lo que les convenía lo mejor era no hacerles la contra ni meterse con la casa Slytherin. En especial con esos dos. En especial con Draco Malfoy, el Rey de la casa.

Hermione comenzaba a sentirse impotente. Ese comentario se había desviado. Vale sabelotodo, vale come libros y vale que la llamasen pelota. Pero sangresucia era algo que nunca habia soportado. Ella adoraba a sus padres, muggles, y mucha gente en la escuela la odiaban por el hecho de ser nacida de ellos, en especial las serpientes. Y eso le dolía por dentro.

La risa de Malfoy la estaba desconcentrando. Empezaba a meterse en su mente como si se la estuvieran taladrando ¿Cómo podía reír de esa forma? ¿Y quién era capaz de escribir nada de nadie estando el ambiente acompañado de su leve sadismo? Sin darse cuenta de lo que hacía, se giró hacía ellos, con una mirada llena de orgullo. Como una auténtica Griffyndor.

— Si estoy aquí es gracias a mi talento y a mi inteligencia. — Respondió mirándoles fijamente a los ojos. Desafiante. Rebosando dignidad. — ¿Y vosotros? ¿Qué pintáis aquí? ¿Realmente os gusta la Alquimia? ¿O será que estáis aquí para cumplir los deseos de vuestra familia como simples marionetas sin vida? — Entonces su mirada se centro única y exclusivamente en el rubio. Y esbozó una sonrisa con honra.

Zabini comenzó a reírse, dejando claro que no le afectaba en lo absoluto aquello que una chica con un estatus tan vulgar pudiera decirles. Malfoy se limitó a mirarla en silencio con sus ojos de hielo, seriamente. No hay nada que pusiese a Hermione más nerviosa que la mirada de Draco. Nunca sabía en que podría estar pensando. Eran como unos ojos vacíos, sin sentimientos. Entonces lo hizo, su primer movimiento. El rubio esbozó una de sus muecas, una de sus medias sonrisas que provocaban un escalofrío a cualquiera que las veía.

Cuando vio el gesto de su enemigo. Decidió girarse, consciente de que era una pérdida de tiempo hacerles el más mínimo caso. Pero antes de poder voltearse, un fuerte estruendo inundó toda la sala. Malfoy permanecía en pie. Había tirado la silla al suelo. Y en sus ojos había rencor y odio. Mucho odio.

Se acercó lentamente hasta donde estaba Hermione, sin apartar ni un instante la mirada de ella, casi sin parpadear.

Draco se detuvo delante de ella. Cara a cara. La chica se tensó inquieta. Desviando la mirada. Con las manos bajo el pupitre, agarrándoselas con fuerza. No sabía lo que iba a pasar ahora. Pero sabía que nada bueno. El chico puso las manos en su escritorio de un fuerte golpe que resonó en toda la clase. Sus caras estaban apenas a unos centímetros de distancia. Hermione podía ver la seriedad en los ojos de Malfoy. No le había hecho ninguna gracia las palabras de la Griffyndor. Zabini contemplaba el espectáculo divertido y el resto de los alumnos fingían que no sucedía nada.

— ¿Tienes algún problema con mi familia, asquerosa sangresucia? — Dijo fríamente. Las últimas palabras las pronunció con suavidad. Disfrutándolas. Como si estuviera saboreando cada letra, recibiendo un gran placer conforme las articulaba. — No tienes ningún derecho a hablarme en ese tono. — Prosiguió. — ¿Dónde te has dejado a Potty y a Weasel? ¿Es que acaso se han cansado de tener que defenderte siempre? Yo lo haría — Su mueca comenzó a resurgir. Se lo pasaba genial molestándola y viendo el dolor en sus ojos. — No entiendo como es que no te han dejado de lado todavía. Siempre tienes que ir con un libro bajo el brazo. Pasarte la tarde en la biblioteca... Aunque, bueno ¿Eso a qué se debe? Quizá es que el cabeza rajada y el pobretón se han cansado de ti y buscan la forma de rehuirte. Eres jodidamente aburrida, Granger. — Terminó de coronar.

Hermione se sentía cada vez peor. Se recordaba a ella misma que no tiene que darle relevancia a lo que él le dijera pero sentía cada vez más unas persistentes ganas de llorar. Y eso era un error. No podía mostrarse débil frente al enemigo.

— ¿Es que no tienes nada mejor que hacer, Malfoy? — Le replicó ella, devolviéndole la mirada. Pero no la aguantó mucho puesto que la del rubio era más potente. Más calculadora. — Siempre la tomas conmigo ¿Por qué? Yo a ti nunca te he hecho nada, en primer lugar. — Terminó de echarle en cara. Sentía como su voz de debilitaba poco a poco conforme acababa de expresar lo que pensaba.

— ¿Me lo estás diciendo en serio? — Dijo él fingiendo incredulidad. — El cerebrito de Griffyndor al parecer no es capaz de ver algo tan simple. — Continuó con sorna. — Bien, te lo diré. Puesto que es algo que no encontrarás en ninguno de tus dichosos libros. Voy a hacerte un favor para que no te pases la noche buscando la respuesta en la biblioteca. — Pausó unos segundos. Cogió aire relajadamente. Y dijo al fin — Existir, Granger. Tu mera existencia es un insulto para mí. No te conformas con ser una sangresucia, no. También tenías que ser repelente, una marisabidilla que los pocos amigos que tiene son por lástima.

Hermione se estaba poniendo cada vez más nerviosa. No lo entendía. No quería darle la satisfacción a Malfoy de dejar entrever cuanto estaban manifestándose sus palabras en ella. Quería responderle. Decirle que él no era el más indicado para hablar de amistad. Pero sin darse cuenta sus ojos comenzaron a humedecerse. Quería desaparecer de allí.

Cuando Draco notó que la chica estaba apunto de llorar se sintió satisfecho consigo mismo. O así es como debería sentirse. Extrañamente notó como una incomodidad le envolvía todo el cuerpo. Estaba acostumbrado a hacer llorar a las chicas. La misma Pansy lloriqueaba por él una docena de veces al día. Y él se enorgullecía de provocar sus lágrimas y las de otras tantas adolescentes. Pero no entendía porqué en ese momento le invadió la duda de lo correcto y lo incorrecto. Los ojos tristes de Hermione lo estaban sacando de su posición tiránica sin que él pudiera percatarse. Y cuanto más los miraba, más extraño se sentía.

— Mierda, Granger. — Dijo apartando la vista. — No vayas a llorar ahora, es patético. — Y sin decir nada más, volvió a su asiento. Zabini lo miraba complacido con el comportamiento de su amigo y su magnífica forma de irradiar desprecio.


Esa misma noche Hermione la dedicó para comenzar a redactar en su querido diario los propósitos para el año que se aproximaba. Había reservado unas veinte páginas del final para ello. Aunque siendo ella seguro que le faltaban unas treinta más.

Lo primero que anotó fue que deseaba y lograría conseguir un Extraordinario en los EXTASIS, la máxima puntuación en los exámenes finales de la escuela. La segunda era que quería leer como mínimo cincuenta libros. Ya sea lírica o prosa. Libros escritos por muggles o por magos. Le daba igual. Quería leer.

Y cuando se disponía a escribir el tercero, recordó el suceso con Malfoy aquella misma tarde. Aquellos ojos vidriosos proyectando odio en estado puro. Sus palabras clavándose en ella como si fuesen cuchillos. Cada vez que lo recordaba, algo oprimía su pecho. No entendía a Draco Malfoy. Era cruel. A veces sentía que no era humano. Abusaba de su derecho como prefecto y torturaba a los niños de primero con cualquier excusa estúpida. Y si estaba de mal humor era mucho peor.

Sin darse cuenta, la bruja ya estaba relatando en su diario lo poco que soportaba al Slytherin. Lo mucho que le sacaba de sus casillas los aires de superioridad que se daba cuando no era, ni por asomo, mucho mejor que los demás, al igual que su forma de despreciar a la gente y de tratarla, su ideología racista y en especial el modo en que hablaba de ella o directamente como se le dirigía.

Ese diario había acompañado a Hermione prácticamente desde que entró en Hogwarts y había escrito en él sus más íntimos secretos y pensamientos. Desde su primer beso con Víktor Krum hasta sus incansables peleas con Ron que, además, si acababan de ocurrir en ese instante no escribía nunca nada bueno de su amigo, al contrario. Incluso tenía relatada su primera menstruación, que fue para ella una de las anécdotas más bochornosas de su vida, suceso que no se ha atreviso a contar nunca a nadie.

— Hermione, no tardes en apagar la luz, por favor. — Le pidió Ginny medio dormida desde la litera de abajo, sacándola súbitamente de sus pensamientos.

— Sí, claro. — Le respondió Hermione. Y después de realizar un Nox, se tapó con la manta hasta el cuello. Pensó en llevarse el diario con ella al día siguiente para terminar el tercer propósito de la lista cuando tuviese un ratito libre. Cerró los ojos y cayó dormida. Pensando en cuanto detestaba al chico de cabello rubio platino.

Al día siguiente no se despegó de sus amigos prácticamente. Eran las cinco y media de la tarde y aún no había podido escribir nada en su dichoso librillo del día a día. Acababan de terminar su clase de Encantamientos y Hermione se vio obligada a recogerlo todo rápidamente ya que Ron no paraba de meterle prisa, como era habitual en él.

Con los libros entre los brazos, Hermione y sus dos amigos salieron a paso ligero del aula para dirigirse a clase de Transformaciones. Malfoy no les había dirigido la palabra en todo el día, ni siquiera a ella. La chica no tenía Alquimia ese día, por tanto no pasaría ninguna clase sin la compañía de Harry o Ron y viéndose soportando al Slytherin ella sola. Quizás con las joyas que le dedicó la tarde anterior se quedó satisfecho para no tener que denigrarla ese día también. Pero era Malfoy al fin y al cabo, no tardaría en volver a las andadas.

Cuando se dio por finalizada la lección de Transformaciones, Hermione se despidió de Harry y Ron. Ambos tenían entrenamiento de quidditch, junto a Ginny. Era el momento perfecto para ir a la biblioteca a continuar escribiendo sus maravillosos propósitos con los que se había empecinado y, ya que estaba, buscar cualquier libro interesante para leer (aunque dudaba de la existencia de algún libro de la biblioteca que no hubiera leido).

Se sentó en la mesa del fondo, cercana a la ventana. Normalmente estaba vacia, por eso le gustaba ese asiento. Dejó los libros sobre la mesa, se acomodó y, cuando fue a abrir el diario por la página donde se había quedado,... no estaba. El diario no estaba. Ni entre los libros, ni en la cartera. Había desaparecido. Hermione sintió como el cielo caía sobre ella y la aplastaba. No podía ser cierto ¿Se le habría caído en Transformaciones? ¿O tal vez en Encantamientos? ¿En el Gran Comedor? ¿Dónde? Ella sabía que si ese diario caía en manos ajenas se moriría. Tenía escritas cosas muy íntimas y pensamientos algo crueles que escribía cuando se enfadaba con alguien, incluso se arrepentía de hacerlo, pero no los quitaba porque consideraba que tenía que asumir ese defecto suyo. Podrían odiarla si lo encontraban.


Draco Malfoy llevaba días con un humor de perros. No soportaba ver a Granger. Nunca lo había hecho, pero ese año parecía que, con solo entrar la imagen de la chica en su campo visual, estallaría de rabia de un momento a otro. Por eso, cada vez que se cruzaba con ella en los pasillos, cada vez que oía su voz o cada vez que la veía concentrada en las clases, siguiendo sus responsabilidades como una niña buena, tenía la necesidad inminente de dejarle claro que no la soportaba.

Aquel día que apareció de la nada en las puertas de su compartimento consiguió ponerle de los nervios. Ella le miró con rareza. Sus ojos echaban chispas. Y él sabía que ella no pintaba nada allí ¿Buscando a un sapo? Sí, y que más. La sabelotodo estaba fisgoneando, cosa que no debía. Al igual que tampoco tenía derecho a dirigirle la mirada. Esa mirada. Una sangresucia como ella debería tener la cabeza apuntando al suelo cada vez que él anduviera cerca.

Necesitaba martirizarla. Sabía que si no le demostraba quien mandaba allí no lograría calmarse en la vida. Draco tenía que poner los puntos sobre las íes. Como debía ser.

El día anterior tuvo la ocasión perfecta para desatar su furia. El profesor había abandonado la clase y había dejado a los alumnos solos. En alquimia Granger no tenía a San Potter ni al pobretón de Weasley para que hablaran en su nombre. Así que Draco se limitó a comentar cuanto la aborrecía. Y Zabini lo acompasaba siendo tan cruel como él. Pero Granger actuó de una forma que Malfoy no había planeado. Le había replicado. Ella a él. Era intolerable ¿Cómo se atrevía? Perdió los papeles. Estaba furioso. Se levantó violentamente de su asiento, arrojando la silla al suelo, y se plantó delante de ella. Con su cara a pocos centímetros de la chica, le dedicó buena parte de lo que pensaba. Y la pedante de Granger había dejado entrever unas lagrimitas que estaban escondidas en sus orgullosos ojos castaños.

Las lágrimas. Fueron las lágrimas la causa por la que Draco Malfoy estuviera viviendo el día más feroz de su vida. Era demasiado hasta para él. Pero por alguna razón no pudo dirigirle ningún insulto a Granger. No lo entendía. De su boca no salía nada cuando, normalmente, lo hacía casi sin percatarse. Necesitaba encontrar una forma para atormentarla. Y si no lo hacía pronto, perdería la cabeza.

Llevaba todo el día observándola en Encantamientos. Y cada vez que veía su sonrisa siendo expuesta para el cabeza zanahoria y para Potty, su paciencia se esfumaba (si es que en algún momento tuvo paciencia). Pero no tenía ningún insulto en la boca. O más bien no tenía voz para lanzarle injuria alguna puesto que por su cabeza pasaban cientos de palabras malsonantes y despiadadas y, lo que no podía, era articular palabra.

Cuando Filius Flitwick dio la clase concluida, vio como los tres amigos se apresuraban para irse de allí. Draco cogió sus cosas rápidamente y fue tras ellos con la esperanza de lanzarle a Granger alguna bomba de relojería. Cuando apenas atravesó la puerta del aula, dio una patada a algo que había en el suelo. Descubrió en el pavimento un libro de color beige que tenía dibujados, en forma de sombras, pequeños pájaros marrones alzando el vuelo.

Se agachó y lo recogió. Se quedó un rato observándolo con cara extrañada ¿De dónde narices había salido ese libro? Y ni corto ni perezoso, con mucha curiosidad, lo abrió. Su mirada se iluminó al leer la frase que había escrita en la primera página, en lo alto, llamando su atención: Diario de Hermione Granger. Sentía como le ardía el pecho al leer esas palabras. No podía ser verdad. Parecía que lo habían puesto ahí para él.

Draco volvió a abrir el diario por otra página al azar y lo primero que leyó fue:

"Ron ha vuelto a soltar uno de sus taaaaan inteligentes comentarios. No sé quién se ha creído que es. Parece una zanahoria con patas. Y no solo se parecen por el color, sino que ambos carecen de cerebro."

Cuando analizó ese fragmento, Draco permitió surgir de su semblante una amplia sonrisa llena de maldad. Ese comentario incluso le había recordado a él mismo.

— ¿Qué pasa Draco? — Le preguntó Pansy con esa cara de pelmaza que tenía siempre (o al menos para Draco). A su lado estaba Zabini. Ya se había olvidado de ellos dos. Y el resto de los alumnos se había ido. Estaba claro que aquel librito era un motivo de alegría y celebración.

—No es nada. — Respondió el rubio, tranquilo. Muy tranquilo y complacido. — Adelantaros. Yo voy a pasarme antes de nada por la biblioteca. — Ordenó.

Ambos Slytherins intercambiaron fugaces miradas entre ellos y, entonces, asintieron mirando a Draco fijamente. Éste se quedó observando como se alejaban por el pasillo, escuchando la voz y las risitas de Pansy y, cuando definitivamente sabía que no le oirían, dijo para sí mismo con una mueca perversa:

— Prepárate, Granger, porque vas a empezar a servirme.

Y avanzó por el pasillo mientras su larga figura se perdía entre las paredes de aquel enorme castillo.


¡Hola de nuevo!

La actualización ha sido rápida ¿Verdad?

Como véis el capítulo ha sido bastante más largo que el anterior. Lo he releído un par de veces para corregir errores gramaticales y las construcciones de algunas frases. Espero que el resultado haya sido positivo xD

He intentado hacer a los personajes fieles a su versión original y creo que Draco está bastante conseguido aunque Hermione puede parecer un poco ñoña, a lo mejor.

Y Draco ha encontrado el diario de Hermione. La verdad es que me estaba hartando de escribir tanto la palabra diario (dish, otra vez).

Ahora que lo pienso no es he explicado el porqué del título de la historia: Glaciem et Ignis. Es muy simple, Glaciem en latín significa 'hielo' e Ignis significa 'fuego'. Draco representaría al hielo y Hermione al fuego. Los dos son muy diferentes y creo que pensar en ellos de esa forma le va que ni pintado.

Gracias a todas (y todos) los que leyeron el capi anterior! Y en especial a las personas que manifestaron de una forma u otra que lo hicieron. Que feliz me pongo por poco :')

Y ahora decidme ¿Qué os ha parecido este otro capítulo? quiero vuestras opiniones! Siempre son útiles! Asi que no temáis en dirigirmelas D:

Nos vemos en la próxima actualización!

Con cariñitos, Vel-.