Disclaimer: Definitivamente, ya me gustaría que lo fuese, pero no lo es. No es mío.

Copyright: Por favor, no copiar mi fic :)

He tenido unos problemas con el teclado, y es posible que alguna palabra esté mal escrita o falte alguna tilde (aunque lo haya pasado por Word) Así que os pido disculpas.

Disfrutad ^^



Posibilidades


Se sentaron en la mesa después de que ella pudiera cambiarse. Se miraron a los ojos. Ella seguía absorta en tratar de evocar el nombre el cual le daría la clave a su pasado, pero no podía más que fijarse en ellos, y suspirar. Echaba de menos aquellos ojos, echaba de menos la cara a la que pertenecían esos ojos.

—¿Va a decirme ahora su nombre?

Se puso rígida, y negó tristemente, deslizando un par de lágrimas por sus mejillas. Él se sentó a su lado y la abrazó, frotando su espalda, intentando confortarla. Ella solo apoyó la barbilla en su hombro y esperó.

Y así pasaron los días, ella no hablaba, y él solo se desesperaba. 3 días después de su encuentro, sentados en la cocina, ella hacía el desayuno, mientras admiraba el mar por la ventana de la pequeña cocina y él leía el periódico.

—Oh, Dios mío… —jadeó él. Ella se dio la vuelta expectante—. Ha muerto… ella ha muerto… Fíjate —la hizo sentarse a su lado—. El día que nos encontramos, murió una de mis mejores amigas —ella alzó las cejas—. Sí, Juliet, una de las mejores —había decidido llamarla Juliet (Julieta), porque era tan bella (a su parecer) como la de Shakespeare. Ya ves… una mala caída al río…

En ese momento, un flash inundó la mente de la chica y cayó hacia atrás, justo cuando regresaba al lado de la ventana, cojeando. Él la agarró fuertemente, preocupado, y la llevó en brazos a su cama en el segundo piso.

Una mala caída al río…

Un río embravecido bajo sus pies. Un puente. Lluvia. Aún podía sentir la lluvia sobre sus ojos, su piel. Una voz lejana. Una voz que no podía reconocer. Una súplica. Una súplica que no atendió. Unas últimas palabras. "Espero que no le traten muy mal en el infierno, Sr…" Se quedó petrificada. ¿Señor qué? Caída al río, dolor. Dolor en la garganta, en los ojos, en el pie. En el pie que tenía lastimado. Pero ella consiguió volver a la superficie, y la figura que le suplicaba, ya no estaba.

—¿Cree usted que está bien?—preguntó preocupado una voz a su lado.

—¿La encontró en la playa, dijo? –preguntó un señor vestido de blanco. Un médico.

—Aha.

—¿Y no habla?

—Ni una palabra.

—Bueno, Sr. Hope, he estado revisándola y he llegado a la conclusión de que cayó al mar por alguna razón…

¿Mar? Pensó Juliet. ¿No caí al río?

—… se dio un mal golpe, y ahora no puede hablar, ni nada.

Volvió a evocar los ojos, y el momento del puente. Pudo visualizar como se daba la vuelta y… allí estaban. Los ojos. Los ojos que la tenían obsesionada, rodeados de tinieblas. No podía ver el rostro entero, solo aquellos bellos, magníficos ojos.

—Mire, no para de dibujar esto —le acercó unos papeles—. ¿A usted que le parecen?

—Parecen unos… ¿ojos?

—Sí, eso creo.

Eso creo… repitió ella en su mente.

¡Ey, Mathew! –llamó una chica en alguna parte del parque.

¿Sí, Lu?

¿Crees que es bonito mi vestido? la chica rubia dio una vuelta completa, sonriendo, y mirándola con descaro, a Juliet.

Sí, eso creo.

—¡Ya sé quiénes usted!—saltó ella de repente, asustando a ambos hombres.

—¡Puede hablar! —exclamó el Sr. Hope.

—Es… es… ¿Mathew? ¿Mathew Hope? —preguntó, inocentemente, mientras cada uno se sentaba a un lado de la cama y el doctor miraba su signos vitales, pues supuestamente, durante toda la conversación, estuvo dormida.

—Actualmente Romeo, Romeo Hope —sonrió—. Así es como me llaman y el nombre al que me cambié…

—Es irónico —comentó el doctor—. Romeo y Juliet —ambos sonrieron. Ella le miró a los ojos, y su visión de ellos cambió totalmente. No eran oscuros, eran pardos, como los ojos que ella dibujaba.

—Sí, lo es —contestó Romeo—.

—Bueno, pareja, está bien. ¿Puede mirarme, por favor…? —ella le giró la cara y él examinó sus ojos, haciéndolos reaccionar ante un mechero, para ver si estaba bien—. De acuerdo. ¿Cómo se llama?... —preguntó. Juliet y Romeo se miraron un momento a los ojos, y ella bajó la cabeza apenada.

—No lo recuerdo —el doctor se quedó perplejo.

—¿No recuerda su nombre? —preguntó, y Romeo la miró expectante, también impresionado.

—En realidad, no recuerdo nada…

—Bueno —trató de animarla Romeo Hope-. Al menos recuerdas hablar, sería una pena que no poder oír tu hermosa voz —ella se sonrojó.

—Es inquietante… —susurró el doctor—. ¿Puede salir conmigo un momento, por favor, Sr. Hope?

Él asintió, y ambos salieron, dejando a una inquieta Juliet en la cama de su habitación.

—¿Sí, señor? —preguntó una vez fuera.

—¿Es usted su pariente cercano?

—No sabemos donde vive, pero supongo que será inglesa, de Londres, seguro, reconocería ese acento en cualquier parte.

—Ah, bueno. La verdad, es que parece haberse dado un gran golpe, lo que ocasionó su pérdida de memoria. Temo que no pueda volver a recordar. Su estado ahora es débil, debería intentar que no llorase o se preocupase más de lo estrictamente necesario acerca de su pasado. Que no se ponga nerviosa sería lo mejor.

—¿Pero hay esperanzas?

—Quizás —dijo quedamente—, si viese algo de su ciudad natal, o recordase su nombre, o simplemente, alguna frase… algún indicio… podría hacerla recordar tenuemente algo…

—¡Pero ella recuerda unos ojos! ¡Una mirada! ¿Eso no es algo?

—Sí, algo es, pero no suficiente. Mire, si recuerda algo importante, hágamelo saber.

—Gracias, doctor —le despidió y se fue.