Capítulo 1
Hablemos de estupideces. Sí, de estupideces, de esas que a veces son tan grandes que nos resulta inevitable despreciarlas, y cuando llegan a ser frecuentes, lo difícil es encontrar el tiempo para demostrar el desagrado.
Para Kanda, Lavi siempre fue la estupidez más grande aparecida en la tierra – o… bueno, esto era hasta que conoció a Moyashi-, no importaba que el pelirrojo le haya mostrado pruebas – y de las confiables- donde rebatía su punto – y con creces, ya que al parecer siquiera era una persona promedio-, para el japonés Lavi Bookman, siempre fue, es y será, el ser más irritante y estúpido aparecido en la faz tierra – a ello el apodo, ¿no?... no, en realidad no- y ese punto – ese parecer-, se acrecentaba en la cotidianidad, en el pasar de los días, mientras más se hundía – no, no, aún no se ahogaba-, en ese mar de aguas aparentemente calmas de lo que era Lavi. Eso pasaba…
…
— Te extraño.
No quería explicar el porqué – ya que aún no tenía la respuesta-, pero Kanda no colgó el teléfono, una vez Lavi haya dicho semejante idiotez en la otra línea, en tono tal, que podría jurar que no mentía – pero quién sabe-. Sus dedos quisieron hundirse en el objeto que traía en manos, y su aliento se fue por un momento – corto, lo suficiente corto para no ser notable-, y sintió… sintió un nudo en el pecho, que lo más seguro fuera fruto de un resfriado que aún no llegaba – sí, un resfriado, nada más-. Recobrándose, endureció su mirada, y vio a la pared, como regañándole de algo – no podía ver despectivamente a nada más-, el nudo de la garganta -aun presente-, se disolvió lo suficiente para que pudiera contestar:
— Deja de decir mierda, imbécil.
Escuchó una pequeña risa, una que iba en un lento ascenso, y esta lo arrulló por un momento, el suficiente como para que no cuelgue el teléfono – pero sí para que gruña-, y esta tal como vino, y aumentó, fue descendiendo, y acabó en nada, solo su respiración al otro lado de la línea. Las manos de Kanda seguían apretando con esmero el auricular, como si temiera que este se caiga de entre sus manos.
— Hablo en serio, me siento solo. Ayer no pude dormir, escuché sonidos raros, y pensé que eran ladrones, y después fantasmas, y luego…
¿A alguien le importaba aquello? No, a Kanda no, chasqueó la lengua irritado, cuando una vocecita dentro de su cabeza –muy persistente, y que poseía la cordura que Lavi le arrebató hace tanto-, le susurraba: "Cuelga el maldito teléfono, el irnos no es suficiente para deshacernos de é, ya que es un imbécil. Hay que cortar toda relación, así tendrás paz"
… y Kanda deseaba paz, y… no quería a Lavi, nunca lo quiso, era mejor deshacerse de él ahora –olvidemos que había otra voz, que le pedía cosas muy contrarias-, y…
— Tsk, eres patético, estúpido conejo— él siguió con la charla, por más irracional que sea. Por más que era un verdadero contratiempo. Esta era una acción venida de la costumbre, nada más.
— Sí, sí, lo sé, pero fue inevitable— volvió a hablar. Apostaba que en ese momento se mordía el labio inferior y después de forma casi perezosa esbozaba una sonrisa… estaba seguro—. Cuando estoy solo, mi imaginación vuela Yuu.
Odiaba que dijera su nombre con total naturalidad, pero esta vez lo dejó pasar, por el simple hecho de estar lo suficiente cansado, como para rebatir el punto y nunca tener el resultado deseado.
— Así que… para evitarme otra noche de insomnio, decidí que hoy pasaré la noche contigo.
— ¡¿Qué?!, ni te atrevas a venir Lavi. Y aunque lo hagas, no abriré la puerta.
La risa indolente de nuevo.
— Hoy tengo, algo de tiempo. Tú también, ¿verdad?... estaré ahí dentro de poco.
Cuando escuchó el sonido que anunciaba el corte de la otra línea, solo pudo también poner el auricular en su sitio, obviamente molesto, y con solo una orden instada por él, para él, y que debía de seguir sin replica: No abriría la puerta.
…
La parte trasera de sus rodillas chocaron contra la cama, y sin poder evitarlo cayó hacia atrás, llevándose al cuerpo, que estaba delante de él. Kanda farfulló; "idiota", disgustado, Lavi rió de forma cautelosa, pero constante, y el ambiente ofrecía una extraña mezcla de sonidos. Sonidos que fueron cortados por los labios de Lavi que descendieron voraces a los suyos, y sin querer… correspondió.
Kanda deseaba – deseaba tanto-, asquearse con esto, pero no podía, siquiera tenía la voluntad suficiente para apartarlo, ¡carajo, ni podía retener a sus propias manos que quitaron la última prenda a Lavi! Cerró los ojos, y un gemido suave salió de sus labios –también fruncía el ceño, molesto consigo mismo-, cuando sintió que Lavi empezaba a dejar los toqueteos, e iba al punto. Sus manos se aferraron al pelirrojo, y quería tanto, pero tanto, que esto no se sintiese tan bien, que Lavi no le hiciese sentir así… hubiera querido ser lo suficiente firme, como para no abrir la puerta. Quisiera no tener tantas ganas de hundirse en el abismo, con tal de que Lavi lo acompañe. Otro jadeo nació en sus labios, y sus uñas se incrustaron en la piel ajena, y cuando por fin tuvo la fuerza suficiente para empujarlo, fue su propio cuerpo el que se alzó, y no se alejó, solo cambió esto a una posición, donde se sintiera más cómodo, se sentó en el regazo de Lavi, y… esto nunca podría ser llamado unilateral. Era deseo crudo, empañado con algo más, algo que no quería reconocer.
El japonés estaba seguro que Lavi le hizo algo, lo suficiente perjudicial, como para hacerlo vivir en este vórtice sin salida, donde él decía; nunca más, pero siempre se comía sus palabras. ¿Esto era magia negra o algo por el estilo? Su cuerpo se arqueó, y evitándose otro sonido no halagador, incrustó sus dientes en la clavícula del pelirrojo. Lavi lloriqueó, gimió, y se movió todavía más –él siguió su ritmo-, y… por un momento nada –absolutamente nada-, importaba.
…
No se dio cuenta en qué momento había caído dormido.
Solo fue consciente del desagradable aroma a tabaco, que se esparcía en el ambiente al despertar. Arrugó la nariz, molesto, y bruscamente se enderezó, sus ojos azules se pusieron fijos en Lavi, y este, sacó el cigarrillo de sus labios, botó el humo instaurado en sus pulmones, y le sonrió:
— Dormiste, un buen tiempo, ¿sabes?
Frunció el ceño, Lavi dio otra calada.
— ¿Qué crees que estás haciendo?— ante la mirada de consternación bufó. ¿Memoria fotográfica?, a veces se le hacía imposible que ese tipo poseyera tal cosa—. Imbécil, apaga esa mierda— Lavi hizo una mueca, y sus ojos se posaron reflexivamente en lo que traía en manos, como preguntándose si hacerle caso o no. Y tenía que hacerle caso… tenía.
Cansado de que tardase tanto en seguir su mandato, su mano quitó bruscamente el cigarrillo de las manos del otro, y entonces se dio cuenta de algo…
— ¿Dónde mierda estabas botando las cenizas?
Lavi rió- bajo, muy bajo-, asustado, y se rascó la nuca con una de sus manos.
— Yo… pienso limpiar el suelo, lo juro, es que… de verdad, necesitaba fumarme uno.
— ¿Necesitabas? —repitió con voz gélida, tomó un poco de aire, sin verdaderas ganas de gritarle, pero mucho menos de contenerse—, ahora, sal de aquí, bota esta mierda y ve qué hacer para que mi habitación no siga oliendo a tu jodido veneno.
— Yuu, estas exagerando, puede que no sea sano, pero…bien, sí, iré a botarlo.
Cuando Lavi volvió, abrió la única ventana que había en el cuarto – y entró un frío de mierda-, tenía una escoba en mano, y – prudentemente- barrió las cenizas dispersas por el suelo. Antes –cuando lo conoció-, era prácticamente imposible hacer que Lavi colaborase en algo por el estilo –resulta, que al muy maldito le daba pereza-, pero tras unos encontronazos con él, tuvo que adaptarse, tal como Kanda empezó a acostumbrarse a todo lo que podía representar Lavi –que era la yaga principal de su problema actual-, por un momento fue consciente del tiempo que llevaba conociéndolo, y que…
— Tu departamento necesita color.
Sus ojos enfocaron en Lavi, y torció la boca, ya que, sinceramente, no entendió bien a qué venía el tema… aunque con el pelirrojo era usual que pasase eso.
— ¿Disculpa?
— Es que… todas tus paredes son blancas Yuu. Ya estoy acostumbrado a que seas aburrido, pero esto ya es el colmo.
— El color de las paredes es algo que no te incumbe, imbécil.
— Claro que me importa, ya sabes, algún día vendré a vivir contigo, y…
Odiaba que Lavi sonriera así, ya que siempre que lo hacía, contrastaba perfectamente con su ceño fruncido.
— Eso nunca pasará.
El otro se sentó en la cama, y con presteza movió confiadamente su mano derecha, y la enredó entre sus cabellos, acariciando con la punta de sus dedos la piel resguardada bajo el manto negro. Se sentía bien… odiaba que sintiera así.
— Tu cabello está hecho un desastre.
Lo mejor era apartarlo, y botarlo en ese preciso momento de su casa, porque si no lo hacía, y seguía cediendo, empezaba a ser más posible la predicción de Lavi, que su deseo de distancia. Y es por eso que no debería besarle en ese momento, y mucho menos ser él mismo quien comenzó con dicho acto.
Lavi… Lavi, maldito Lavi.
El pelirrojo rió cerca de su rostro, y sus alientos chocaron, y después de eso, aun en esa cercanía peligrosa, relamió sus labios.
— ¿Quieres ir a comprar pintura?
…
— Yo no pienso pintarlo de ese color.
— Pero te gusta, es tu color favorito Yuu.
— Es muy llamativo.
— Y aun con eso, te gusta el rojo.
Sí, sí, muy bien, eso era cierto, pero una cosa era gustar, y otra hacer uso de él, hasta donde no lo quieres. Y el rojo era un color muy fuerte y llamativo, que no iba precisamente con él… además este elevaba el ego de Lavi. Imbécil.
Pateó una de las tantas cajas que aún hacían bulto en el suelo de su apartamento, ya que no acabó de poner todo en su sitio. Estaba molesto, por no estar molesto-no con Lavi al menos-, y porque era obvio, que al menos hoy Lavi había ganado, y que con el pasar de las horas, la idea se hacía más placentera que aberrante. Esto era costumbre.
— ¿Sabes?, ayer estaba haciendo un conteo, ya que no podía dormir por… creo que ya te dije la razón, ¿no?
— Deja de dar vueltas y di lo que tengas que decir.
Sus pasos empezaron a tomar más velocidad, mientras se adentraba en su apartamento. Lavi quedó detrás, andando relativamente lento, sin despegar la mirada de él, pero tampoco intentando igualar el paso, y este mismo botó un suspiro de labios temblorosos, que llamaron la atención de Kanda, hasta el extremo que voltease, por un segundo, a pesar de que no deseaba hacerlo.
— Cuando empecé con esto me dije; "Si llego a los cien rechazos, será hora de rendirme", pero ahora cuando veo que estoy tan cerca del número, no sé si tragar mis propias palabras, o proseguir.
Kanda no entendía del todo, pero revolvió los ojos, sin ganas de preguntar, ya que se le hacía que haciendo eso, solo conseguiría que Lavi cambiase de tema, y para colmo se burle de él, y en serio, no estaba de humor para golpearlo, no hoy… hace mucho que no se le apetecía aquello.
— Son 98 veces que me rechazaste… ¿debo esperar el día mágico en que accedas a salir conmigo?
No, no debía esperar tal cosa. Kanda jamás accedería, es más, su propósito era matar esperanzas, era salir de esta trampa, a la cual cayó sin darse cuenta… no respondió, y Lavi, miró al suelo, por un momento, mordió ligeramente su labio inferior, y sonrió, de nuevo, olvidando la tensión –para nada confortante-, que se formó entre ellos hace un instante. Kanda no quería creer que se sintió un poco culpable.
— Tengo hambre, ¿pido algo para comer?
— Haz lo que quieras.
— Lo haría, pero con lo remilgado que eres para esto, no es tan fácil.
Hizo una mueca con los labios, apretando sus dientes entre sí, y mirándolo con los matadores ojos azules, y cuando Lavi le miró atento, sin atisbo de sonrisa en sus labios, supo que le estaba tomando atención y accedería a lo que sea que le diga. Una pena que su autoritaria persona, no estaba con sed de dominación, solo estaba jodidamente cansado, y se sentía sucio por tanta caminata estúpida para algo a lo que siquiera daría uso – todo por culpa de Lavi-, así que igual lo dejó plantado ahí, volteó de nuevo, y miró adelante – solo adelante-, para luego decir:
— Voy a ir a tomarme un baño, pide lo que quieras, yo también tengo hambre.
— ¿Está bien si pido ramen? Este último me dieron el número de un local que lleva pedidos a domicilio, no sé qué tal son… pero…
— Carajo, deja de hablar, ya te he dicho que pidas lo que te venga en gana, pero tú pagarás lo que sea que traigan —y comería ración doble si sabía como la mierda.
Una risa baja, que se perdió en la habitación, una respiración ausente…
— Entendido.
…
En menos de cinco minutos tocaron el timbre, y Kanda no podía creer que el pedido haya llegado tan rápido – todos sabemos cuánto tardan esos desgraciados-, pero decidió no tomar la debida atención a ello. Se enfocó en lavar su cabello, y jabonar su cuerpo, lo hizo en tiempo récord, con temor de que la comida se enfriase, y el inconveniente de no tener un microondas para recalentar su comida – ya suponía, Lavi hablaría del punto dentro de poco-, venía sumándole razones.
Una vez salió de la ducha, se vistió en el mismo baño, y con los cabellos aún goteando, salió de ahí, a la sala, donde estaba Lavi, el cual estaba hablando, y otra voz le respondía. Se sintió levemente molesto, cuando se dio cuenta que esta era Lenalee. Y no, no es que ella le desagradase – por favor, Lenalee tenía mucha más de su simpatía que gran parte de las personas que llegó a conocer en vida-, solo que estaba muy consciente, de la fascinación de Lavi para con la china –y no, no eran celos, se negaba a que fueran estos-, y… simplemente no le gustaba que estuviesen juntos, y solos, no podía evitar la sensación de desagrado.
En fin, cuando entró en el cuarto, Lenalee le sonrió, y se levantó de donde estaba sentada, y sin mucha prisa –aun así, la forma en que se acercó a él, no se podría denominar como lenta-, caminó hacia él, y le dio un beso en la mejilla:
— Deberías aprender a saludar a tus visitantes.
Kanda revolvió los ojos, y Lenalee revoloteó sus largas pestañas.
— Hola— y no se podía sacar más, y por eso ella estaba contenta.
— He traído un álbum de fotografías, hoy, al visitar a Bak debido a mi hermano, me encontré con varias fotografías tuyas, no lo soporté, se lo pedí prestado, y decidí venir a mostrártelas. Son muy lindas.
Sus ojos se posaron en dicho álbum, que estaba justo en manos de Lavi, fue en menos de un segundo, siquiera llegó a ver una foto, ya que el pelirrojo levantó la mirada, y su ojo se encontró con los suyos, este no brillaba como siempre, y su sonrisa refrescante, parecía nunca haber existido por un momento, fue como enfrentarse contra una montaña fría de hielo indestructible. Lavi por alguna razón estaba enojado. Una sonrisa hueca nació de los labios contrarios, y esa mirada se desvió de él, a Lenalee.
— ¿Lenalee crees que tu hermano me mate si te acompaño a tu casa?
Lenalee rió, e hizo un puchero con los labios, Lavi siguió con la broma sin gracia… el final esperado acababa de llegar.
Tardé un milenio con esta historia, pero ya, en fin, aquí está el capítulo.
En realidad me fue difícil hacerlo, por sobre todo, con el hecho de que no quiero nada realmente empalagoso, pero tampoco muy seco y sin sentido, y el manejo de personalidades, y todo eso… además de miedo de hacer el episodio muy corto, y mi peor enemiga: La flojera.
En fin, hoy tenía que hacerlo, por las siguientes razones: 1. Ya era hora (XDD), 2. ¿Sabían que hoy es el día del Laviyuu? Así que… a revivir este día olvidado por los fans, jajaja. En fin gracias por leer.
¿A alguien le gustó el episodio?
