CAPÍTULO 2: ESO NO ES MÍO
—Eso no es mío—fue lo único que se vio capaz de decir, y aunque fuera la verdad ni él mismo se lo creía.
La sala se quedó en silencio, nadie se atrevía a hablar.
Greg estaba rojo como un tomate. La señora Hudson parecía escandalizada, como Molly; Sherlock miraba el kit erótico con la cara en blanco, John boqueaba intentando llegar a una conclusión y el vagabundo parecía aguantarse las ganas de reír.
—Esto no lo pondré en el informe—dijo Anthea, rompiendo así el hechizo de silencio.
—Por el amor de Dios, ¡Gregory!—exclamó la señora Hudson—. ¿Cómo has podido regalarle algo de tan mal gusto?
—Había que traer un regalo divertido, pero no tanto, Greg—le reprochó Molly, igual de roja que él.
—Si querías follártelo podías haber sido un poco más sutil—sugirió el vagabundo, y eso fue lo que finalmente hizo reaccionar a Greg.
—¡Yo no quiero follármelo! ¡Ni a él ni a nadie! ¡Ese regalo no es mío, es el de Anthea!
—A mí no me metas en esto—se levantó de su asiento y se fue a la cocina mirando su móvil.
—Anthea ya me dio su regalo esta mañana—anunció Mycroft con un tono neutro.
—Eso no es mío—volvió a repetir Greg, aunque cada vez que lo decía sonaba más inverosímil—. Yo había comprado...
—No intentes librarte de esta, Gary—le cortó Sherlock—. Tus intenciones están más que claras con este regalo. Ahora es decisión de mi hermano aceptar o no.
La vergüenza le consumía a Greg. No podía seguir aguantando esa situación y sin esperar a que Mycroft dijera nada se fue del 221B de Baker Street dando un portazo. No supo cómo había pasado eso, qué había ocurrido con su regalo de verdad, pero no dejaría que ese crimen quedara sin una condena de por vida en los calabozos de Scotland Yard.
El móvil vibró en su mano y contestó casi gritando.
—¡Déjeme en paz!
—Ey, que sólo he seguido tus instrucciones—le dijo Sally al otro lado del teléfono.
—Perdona—se disculpó Greg un poco más tranquilo—. Me había olvidado de que llamarías.
—¿Acaso algo ha ido mal en la fiesta de cumpleaños del hermano del friki? No me lo puedo creer—dijo Sally con sarcasmo.
—Cállate, no me pongas de peor humor.
—Te lo dije.
—Ahora mismo no es el mejor momento para recordármelo—dijo Greg con paciencia infinita.
—Está bien, de acuerdo. Estoy con Anderson en el bar de siempre. ¿Te apuntas?
Alcohol. La solución temporal que más le gustaba a Greg.
—Ni lo dudes.
Se subió al primer taxi vacío que encontró para ir al bar. Sin saludar a Sally y Anderson se sentó con ellos, pidió la jarra más grande de cerveza y les ignoró hasta que se la hubo bebido por completo.
—Guau, Greg, eso debe ser una especie de récord—dijo asombrado Anderson, quien estaba frente a él con una jarra a medio terminar.
Sin esperar su permiso le quitó la jarra de la mano y se la terminó.
—Esto... Greg, ¿estás bien?—le preguntó Sally, quien tenía una botella de cerveza. También se la quitó de la mano y se la terminó.
—Creo que iré a por otra ronda—Anderson se levantó lentamente mirándole con preocupación. No le importaba, sólo quería más cerveza.
—No pienso esperarte a que te emborraches con cerveza para llevarte a casa—dijo Sally con tono severo.
—No quiero emborracharme con cerveza. Trae una botella de whisky—le dijo a Anderson—, yo pago.
—Marchando—dijo entusiasmado.
—¿Qué? ¡No! Tú te quedas aquí—Sally tiró del brazo de Anderson y le volvió a sentar, e hizo lo mismo con Greg cuando vio que pretendía ir a por esa botella—.Tú también.
—No eres mi madre para darme órdenes.
—Y tú no eres un adolescente callejero al que le tenga que quitar el alcohol y multar. Dios, Greg, ¿tan mal ha ido?
—Mal es poco para describirlo.
—¿Qué puede salir mal en una fiesta de cumpleaños? ¿Es que le has regalado un vibrador a alguien delante de su abuela puritana?—preguntó Anderson con tono jocoso.
Greg desvió la mirada hacia el suelo para que no vieran su enrojecimiento.
—Oh, no, Greg—dijo Sally con una risa tímida e incrédula—, dime que no has hecho eso.
Siguió sin contestar y los otros dos se echaron a reír.
—¡No me puedo creer que hayas regalado un vibrador!—exclamó Anderson, atrayendo la mirada de las mesas vecinas.
—¿Quieres bajar la voz?—le exigió Greg—. ¡Y yo no le he regalado nada de eso, no sé por qué me lo han encasquetado!
—Espera, ¿encasquetado?—Sally se estaba limpiando las lágrimas de los ojos.
—Yo sólo le compré una corbata y un alfiler para la corbata. ¡Y todos creen que le he regalado un kit erótico!
Sally y Anderson se quedaron en silencio mirándole y de repente estallaron otra vez en carcajadas.
—Ja, ja, muy gracioso—dijo Greg irónicamente—. Tener amigos para esto...
Hizo el ademán de levantarse de la mesa pero Sally se lo impidió poniéndole una mano en el hombro.
—No te pongas así, hombre. Es que es demasiado gracioso.
—Es la primera vez que regalas algo así, ¿no? ¡Y delante de su familia!
—Dios, menos mal que Anthea no lo pondrá en el informe—murmuró Greg pasándose una mano por el pelo.
—¿Informe?
—El caso es que yo no se lo he regalado. Yo no he comprado eso y todos creen que sí—dijo ignorando la pregunta de Sally, no quería explicar la extraña relación entre los miembros de la familia Holmes—. ¿Cómo voy a volver a mirar a la cara a la señora Hudson cuando le hagamos una redada a Sherlock? ¿Y a Molly cuando nos haga una autopsia?—preguntó desesperado,pero cuando se dio cuenta de lo verdaderamente importante sintió cómo su mundo se hundía—. Oh, Dios, ¿qué va a pensar Mycroft de mí?
—Que eres un degenerado, un pervertido, o simplemente que estás muy desesperado.
—Anderson, eso no ayuda—le regañó Sally dándole un puñetazo en el brazo.
—No, Sally, tiene razón—se restregó la cara con las manos—. Tendré que irme del país—hizo otro ademán de levantarse y Sally se lo volvió a impedir.
—No seas inmaduro, Greg. Eres un adulto hecho y derecho, afronta las consecuencias de tus actos.
—¡Pero que yo no he hecho nada!
—Eso no importa. Has salido de allí corriendo, ¿verdad?
—No—contestó Greg con un hilo de voz.
—Ni siquiera sé por qué pregunto, claro que lo has hecho—dijo Sally para sí misma—. Eso sólo te hace más sospechoso. Si hubieras actuado como si no fuera nada, te habrían creído y no estarías en esta situación.
—Mierda—soltó Greg al darse cuenta de que tenía razón.
—Pero eso ya no lo puede cambiar—Anderson estaba dando vueltas a su jarra vacía, seguramente deseoso tanto como Greg por otra ronda, pero no se atrevían a enfadar a Sally si la pedían.
—Por eso digo que enfrente las consecuencias. Me apuesto lo que quieras a que el friki es el causante de todo.
—¿Sherlock? No, él no podría... Mierda, sí, sí podría.
Sally hizo un gesto con la cabeza dando a entender que siempre tenía la razón, y Anderson aprovechó ese descuido para ir a por otra ronda de cervezas.
—Si tanto te importa lo que piense el hermano del friki, díselo. Aunque te he dicho mil veces que no te conviene juntarte con ninguno de los dos.
—No te preocupes, pase lo que pase he decidido que voy a pasar página. Creo que Mycroft y Molly...—dejó la frase en el aire, pero con Sally no necesitaba decir nada más.
—¿Esos dos? Vaya, jamás me lo habría imaginado.
—Ni yo, pero así son las cosas.
—¿Así cómo?—preguntó Anderson mientras dejaba dos jarras y una botella de cerveza sobre la mesa.
—El hermano del friki y Molly parece que están juntos.
—Aún no—repuso Greg molesto—, pero no falta mucho.
—¿Qué? ¿Molly? ¿Por qué no me habéis soltado la noticia con más tacto?
—¿Tú y Molly?—preguntó Sally bebiendo de su botella.
—Eso, ¿desde cuándo?—presionó un poco más Greg, contento de no ser el único afectado por esa relación.
—Eso no os importa—dijo Anderson con tono resabido de niño pequeño—. Vale, está bien. Cinco meses. quería pedirla salir un día de estos.
—Sí, claro—Greg soltó una risotada—, "un día de estos".
—No me cuadra la pareja—reflexionó Sally en voz alta—. Molly es tan...
—Lo sé—respondió Anderson.
—Y el hermano del friki tan...
—Lo sé—contestó Greg.
Tras unos segundos de silencio mirándose entre los tres, Sally sólo dijo una cosa más:
—Estáis jodidos.
—Lo sabemos—respondieron Anderson y Greg a la vez antes de empezar con su segunda jarra.
Pasaron los días y Greg no tuvo tiempo para contactar con Mycroft, o ver a Sherlock para darle un puñetazo y destrozarle esos pómulos. En cuestión de días resolvió tres asesinatos, un atraco y un fraude a Hacienda en el que le obligaron a participar aun sin ser su división. No tenía tiempo ni para pasar vergüenza recordando la fiesta, en cuanto su cabeza tocaba la almohada quedaba inconsciente hasta que sonaba el despertador de su móvil por la mañana. Pero una vez se vio libre de casos e informes se reclinó en el sillón de su oficina, cerró los ojos y lo recordó todo. Una ligera presión se instauró en su pecho, y se veía incapaz de librarse de ella.
Lo lógico sería darle primero un puñetazo a Sherlock y después hablar con Mycroft, pero tenía que asegurarse de que fue Sherlock quien sustituyó su regalo por el kit erótico. Maldita metodología policial que dictaba todo en su vida, por una vez que quería pegar a alguien. Desbloqueó su teléfono móvil, ignoró las llamadas y mensajes de publicidad y llamó a John.
—¡Greg!—le saludó John con un tono sorprendido.
—Ey, John. ¿Qué tal?
—Bien, bien. ¿Y tú? No hemos sabido nada de ti desde... Bueno, ya sabes.
Greg carraspeó nerviosamente.
—Sí, ya. De eso quería hablarte. ¿Tienes tiempo esta noche para una cerveza?
—Dios, sí. Sherlock tiene la casa llena de experimentos, ¡no puedo ni sentarme en mi sillón!
—¿Donde siempre en media hora?—preguntó Greg medio riendo.
—Allí nos vemos.
Tan deprisa como pudo apagó todos los aparatos de su despacho y apresuró mentalmente al ascensor. Quería quitarse el tema cuanto antes de encima: reunirse con John, verificar la culpabilidad de Sherlock y darle un puñetazo. Su puño le picaba de la emoción al imaginárselo. Sin embargo, cuando llegó a la calle ni siquiera le dio tiempo a llegar a la estación de metro más cercana. Una limusina negra se paró junto a él.
—Debería prestar más atención a su indumentaria, inspector.
—¡Mycroft!—exclamó Greg asustado. El susodicho estaba mirándole por la ventanilla abierta con una ceja levantada—. ¿Qué...? ¿Qué demonios haces aquí?
—Lleva el abrigo al revés, inspector.
Tras unos segundos pensando muy profundamente qué querían decir esas palabras, se palpó el abrigo en busca de los bolsillos pero sólo encontró las costuras.
—Mierda—murmuró Greg apresurándose a darle la vuelta al abrigo, no quería pillar un resfriado.
—¿Va muy apurado de tiempo? Si quiere le puedo acercar donde sea necesario.
—No, no. No hace falta—el corazón le latía a mil por hora. Sabía que era la oportunidad perfecta, que tenía que aprovecharla, pero no se había preparado mentalmente para ello.
—Insisto—dijo Mycroft con un tono de voz que no aceptaba réplicas.
Abrió la puerta de la limusina y se cambió al asiento de enfrente para dejarle paso. Reticentemente Greg se subió a la limusina y cerró la puerta tras él. El sillón de cuero se amoldaba perfectamente a su cuerpo y deseó no haberse subido nunca. A partir de entonces no podría ir a gusto en el metro. Entonces Mycroft le preguntó algo, pero no llegó a entender qué era.
—¿Perdón?
—¿A qué dirección va?—le volvió a preguntar Mycroft como si nada.
—Pub McGrady, calle Dickens con...
—Con Silverthone, sí—nada más terminar de decir la dirección la limusina se puso en marcha silenciosamente—. Va a reunirse con el doctor Watson—afirmó Mycroft, y Greg no vio la necesidad de contradecirle así que no dijo nada buscando las palabras adecuadas para empezar la delicada conversación. No tuvo que haberse esforzado—. Debo serle sincero, inspector. Pensé que intentaría contactar antes conmigo.
—Eh... Sí, esto... He tenido unos días complicados en el Yard.
—Desde luego el asesinato del consejero económico ha sido un inoportuno contratiempo. Ustedes también lo llevaron bastante bien.
—Gracias—dijo Greg a falta de una respuesta mejor—. Pero sí, quería hablar contigo. Quería pedirte perdón por la forma tan abrupta de irme de tu fiesta, no fue apropiado.
—¿Sólo se va a disculpar por eso?
—No pienso disculparme por el regalo porque no lo compré yo—dijo Greg a la defensiva.
—No, por supuesto que no lo compró—dijo Mycroft con un pequeño suspiro.
—¿Ah, no?—Greg estaba sorprendido. Se esperaba réplicas y un sin fin de argumentos para convencerle, no que lo aceptara tan rápidamente.
—No. Sospeché cuando Sherlock me hizo un regalo decente...
—¡Lo sabía, fue él!—le cortó Greg dándole un puñetazo al asiento de al lado, pero se apresuró a disculparse cuando vio la mirada de Mycroft fija en su puño—. Lo siento.
—Tenía curiosidad por saber de quién lo había sacado, duda que quedó más que resuelta cuando vi su supuesto regalo.
—Ya, por supuesto—dijo Greg un tanto escéptico—. Dijiste que era una declaración de intenciones, o algo así. Si lo sabías, ¿por qué le seguiste el juego a Sherlock?
—Verá, es más complicado de lo que parece. Pongámonos en lamente de mi hermano por un momento; o al menos intentémoslo, su mente es toda una incógnita incluso para mí. Nuestra madre le obliga a celebrar una fiesta de cumpleaños en mi honor. Odia la idea pero al no tener más remedio decide ahorrar en sus acciones todo lo posible, lo que incluye pensar en un regalo. Lo más óptimo sería que alguien lo comprara por él, pero el único en el que confiaría para esa tarea es el doctor Watson y, por muy leal que le sea, no le haría ese favor. Por lo tanto sólo queda una opción: que alguien más compre el regalo por él sin que lo sepa. Una vez tiene la lista de invitados decide quién es la mejor opción, siendo usted. Esta es la parte importante.
Mycroft se revolvió en su asiento, parecía un poco nervioso y Greg no entendía por qué. Estaba embelesado escuchándole hablar con tanta seguridad, diciéndole paso por paso los razonamientos que pasaron por su cabeza aquel día y en escasos minutos.
—Sabía que usted me compraría algo impersonal, pero lo suficientemente personificado como para poder hacerlo pasar como su regalo. Ahora bien, necesitaba un regalo que pudiera hacer pasar por suyo, inspector, y que no levantase sospechas, al menos entre los demás invitados y sobre todo en el doctor Watson.
—Eso no tiene sentido. ¿Por qué creería Sherlock que no llamaría la atención un... un...?
—Un kit erótico—le ayudó a terminar Mycroft, reprimiendo una sonrisa.
—Eso mismo—Greg notó sus mejillas arder y deseó que Mycroft no lo notara o dedujera demasiado de ello.
—El regalo en sí es impactante, por supuesto. Pero no es eso lo importante. ¿Qué es lo que implica el regalo? ¿Qué es lo que se pretende cuando se regala un kit erótico a una persona?
—Relaciones sexuales—respondió Greg sin dudar. Mycroft asintió lentamente, mirándole fijamente, como si quisiera que dijera algo más. Pero no entendía qué era lo que quería.
—Así es. Sherlock pensaba que un regalo de su parte, inspector, que implicara el deseo de tener relaciones sexuales conmigo, era apropiado.
Oh, no. Mierda, mierda, mierda. ¡Maldito Sherlock!
—Creo que ya lo va entendiendo, ¿verdad, inspector?
—Sí, perfectamente—dijo con la voz más tranquila y despreocupada posible. Recordó las palabras de Sally, si actuaba con un poco de dignidad podría salir de la limusina sin morir de vergüenza.
—Por eso dije que el regalo era toda una declaración de intenciones. No porque fuera suyo, sino porque reflejaba su deseo. De hecho, pensándolo bien, lo que causó mayor reacción fue el regalo en sí, no su supuesta intención.
—¿Quién ha dicho que sea verdad? Sherlock pudo haber hecho todas las deducciones posibles pero siempre se puede equivocar. No sería la primera vez.
Mycroft le miró de arriba abajo y se sintió expuesto y vulnerable como pocas veces en su vida.
—Ahora mismo hay diez señales en su cuerpo que lo corroboran. ¿Se las enumero?
—No, por favor—soltó con cierto tono de pánico en su voz—. Porque tú también estás equivocado.
Mycroft resopló exasperado.
—Inspector, ¿cuántas son las probabilidades de que los dos hermanos Holmes se equivoquen sobre un mismo tema en el que coinciden?
La temperatura en la limusina cada vez era más alta, en cualquier momento se le caería una gota de sudor por la frente.
—Pero...—intentó buscar una excusa, cualquiera, pero ninguna llegaba a su mente.
—Háganos un favor y no se empecine en negar lo evidente, por favor.
—Pero...
—Lo que me molestó más fue que Sherlock lo dedujera antes que yo.
Greg le miró fijamente, sin atrever a moverse ni un milímetro.
—¿No te...? ¿No te molestan mis intenciones?
Fue el momento de Mycroft de ponerse nervioso. Volvió a recolocarse en su asiento y frotó compulsivamente el mango de su paraguas. Distraídamente se posicionó bien la corbata, Greg siguió el movimiento de su mano y el corazón le dio un agradable brinco en el pecho a la vez que una sonrisa se extendía por su cara. Tenía puesta su corbata de paraguas, y su alfiler con forma de paraguas. ¿Podría ser posible? ¿De verdad? Pero no, no podía serlo.
—¿Y Molly?
Mycroft se quedó con la mano parada en el aire y con la cara inexpresiva.
—¿Qué ocurre con la señorita Hooper?
—Estabais a punto de salir juntos.
—¿De dónde ha sacado esa idea, inspector?—preguntó Mycroft algo escandalizado.
—Ella me dijo que pasabais tiempo juntos, y la máquina de algodón de azúcar parecía un regalo tan.. íntimo... que...—cuanto más hablaba, menos voz tenía.
—Lo que la señorita Hooper entiende como "pasar tiempo juntos" no es más que una pequeña charla amigable e impersonal para sonsacarle información sobre mi hermano. Que entre medias se me escaparan algunos datos inventados de mi vida es secundario.
—¿No te escapas a las ferias para comer dulces?
—Por favor, inspector—resopló Mycroft ofendido—. Si me salto la dieta lo hago con dulces preparados por los mejores reposteros de las islas y el continente, no algo de tan mala calidad.
Era tal el alivio que sentía Greg que se echó a reír. No sabía si creerle o no, pero le hacía feliz que intentara negarlo todo con tanto ímpetu. Aunque eso sí, la imagen de Mycroft impecablemente vestido en medio de una feria comiendo algodón de azúcar no se la iba a quitar nadie.
—Prefiero cuerpos más firmes que el que pueda proporcionar la señorita Hooper—entonces Greg se calló abruptamente. El aire se tensó entre ellos y mil y una imágenes pasaron por su cabeza—. Con todos estos datos, espero que no le extrañe que fuera expresamente a New Scotland Yard para hablar con usted.
Greg tragó saliva con dificultad. Le gustaba demasiado el rumbo que estaba tomando la conversación, y aún más que no fuera por su propia iniciativa.
—¿Quieres algo?
Mycroft le lanzó una mirada de irritación. Sí, la respuesta era muy obvia, pero necesitaba escucharlo.
—Sí, quiero hacer algo al respecto—Mycroft volvió a revolverse en el asiento, carraspeó y sus mejillas se tiñeron de rojo. Era adorable ver a Mycroft avergonzado—. Quiero... Quiero...—Oh, Dios, era aún más adorable cuando estaba nervioso.
—Quieres que nos acostemos—le ayudó Greg y sintió a Mycroft aliviado por no tener que decirlo. No quería decir follar porque era demasiado vulgar, ni hacer el amor porque , aunque era lo que quería hacerle, sonaba a algo muy serio y no quería espantarle.
—Sí, pero si fuera solamente así no me estaría tomando tantas molestias—cada vez se estaba poniendo más rojo y evitaba por todos los medios mirarle directamente—. Desde la fiesta no me he podido quitar una imagen de la cabeza.
—¿Y cuál es?—preguntó Greg seriamente, intentando que Mycroft no se sintiera tan incómodo.
—Una imagen se explicará mejor que yo—sacó el móvil del bolsillo interior de su chaqueta, pulsó algunas veces la pantalla y se la tendió.
Fue el momento de Greg de enrojecer como pocas veces en su vida. Su cara e incluso su cuello ardían. En la imagen había un hombre ligeramente parecido a Mycroft, desnudo, atado de pies y manos a una cama de cuatro postes y con algo asomando de su trasero...
Apartó la mirada de la imagen y la clavó en Mycroft, igual de rojo que él y observando el paraguas como si hasta ese momento no lo hubiera tenido en la mano. No podía ser verdad, era demasiado... surrealista como para pensar que era cierto.
—¿Es una broma?
Se miraron a los ojos unos segundos interminables, era algo puramente íntimo.
—Créame que no. Llevo una semana pensando solo en eso. Es una tortura—siguieron mirándose a los ojos, sin pestañear—. Apenas puedo dormir las pocas horas que acostumbro y mi rendimiento laboral se está viendo gravemente afectado.
Mycroft rompió el contacto de miradas y Greg sintió que podía volver a respirar. A fin de cuentas un Holmes no mentía nunca sobre su trabajo.
—¿Por qué yo? Podrías tener al hombre que quisieras.
Mycroft no contestó, le ignoró por completo.
—¿Le interesa o no?—preguntó a cambio.
Greg volvió a mirar la imagen por última vez y le devolvió el móvil a Mycroft.
—No lo sé—se sinceró Greg. Era una oportunidad única, mejor que en sus mejores fantasías, pero había algo que le echaba hacia atrás.
—¿Me promete que lo pensará seriamente?
—Lo prometo.
El resto del viaje lo pasaron en silencio, evitando la mirada del otro. Cuando la limusina se detuvo frente al pub Mycroft sacó una pequeña tarjeta de una libreta marrón y se la entregó.
—Cuando se decida, llámeme.
Greg observó la sobria tarjeta, con sólo un número de teléfono. El número privado de Mycroft en sus manos, no el de Anthea o el de su despacho.
—Te llamaré.
Mycroft le dejó salir con un breve asentimiento de la cabeza. Desde la acera Greg vio la limusina marcharse y se guardó la tarjeta en su billetera. Entró en el pub, pidió una jarra y se sentó en la única mesa libre que quedaba. John llegó poco después, una vez Greg consiguió serenarse y convencerse de que el viaje en limusina no había sido una ensoñación. Estuvo hablando con John, pero su mente estaba muy lejos de ahí, imaginándose todas las escenas posibles que llevaran a una fiesta privada con Mycroft entregado y atado a la cama. Incluso podía pasar por alto el puñetazo que le tenía reservado a Sherlock.
John llegó a la conclusión de que Sherlock tenía algo que ver con el regalo, pero no fue capaz de deducir lo mismo que Mycroft, de deducir las ganas que tenía de estar con él. Y no quería que lo supiera. No por vergüenza, sino porque era algo suyo, algo íntimo entre Mycroft y él y quería atesorarlo.
Volvió a casa en taxi, pero no prestó atención mientras se cambiaba de ropa y se metía en la cama. Tampoco hizo conscientemente su rutina de todas las mañanas cuando se despertó y fue a trabajar. Había algo que le molestaba de la situación, y cuanto más lo pensaba más problemas veía. Sin embargo sólo le interesaban dos; si los pudiera resolver, podría afrontar cualquier situación. Primero, no sabía si sería algo de una vez o si Mycroft querría repetir. No se creía capaz de probar una única vez su cuerpo y no volverse loco después, saber que alguien más podría después disfrutar no solo de su cuerpo sino también de sus sonrisas y su peculiar personalidad que tan loco le tenía. Y segundo, no veía correcto que su primera vez fuera con ese juego de sumisión. Sí, le gustaba hacerlo, pero muy de vez en cuando, en ocasiones especiales. Pero, ¿y si a Mycroft le gustaba como algo normal? Esperaba que fuera capaz de darle placer, en el caso de que se convirtiera en una dinámica habitual entre ellos.
Para la hora de la comida ya no aguantaba más. Se escapó de la cafetería y fue hasta la calle. Sacó la tarjeta con el número de Mycroft y lentamente lo marcó.
—¿Diga?—preguntó Mycroft al otro lado. El corazón le latía a mil por hora.
—Hola, Mycroft.
—Inspector—dijo alegremente—, qué sorpresa. Pensé que tardaría más.
—No. Creo que tomé la decisión en cuanto me diste tu número.
—¿Puedo saber qué es lo que ha decidido?—preguntó Mycroft, se le notaba el nerviosismo en su voz. Al menos se alegraba de no ser el único.
Tenía que hacerlo, decirle que sí. Lo necesitaba. Después afrontaría las consecuencias.
