¡Holas relinchosos, nakamas! Aquí está el segundo capítulo, admito que me ha llevado más tiempo del que pensaba en terminarlo, pero entre las vacaciones y la redacción del nuevo capítulo de Oro y Cristal, el tiempo se me pasó volando. Antes de comenzar, pasaré a responder a los comentarios del capítulo anterior:

-Alice1420: Me alegro de que te guste esta parte de Luffy como padre (es adorable desde cualquier ángulo, es innegable, shishishi). Pensé lo mismo que tú cuando escribí la escena en la que Mae recoge la cola y va detrás de su papá intentando imitarlo. Muchas gracias por tus palabas, amiga, y aquí seguiré apoyándote en tu camino como escritora FF de igual a igual. El capítulo (lemmon) de Oro y Cristal no tardará, de hecho, te recomiendo que tengas a mano una caja de pañuelos por si acaso, jejeje.

-Nikopelucas: ¡Aquí tienes el nuevo capítulo, nakama! Muchas sinceras y relinchosas gracias por tu apoyo en esta locura mía :)

¡Y ahora, que se abra el telón!


A la mañana siguiente, Luffy llevó a Mae hasta el río para pescar el desayuno, en el cual saltaban unas pirañas enormes y de dientes afilados; la niña comprendió que no debía meterse en el agua sino quería convertirse ella en un almuerzo.

-¿Cómo tengo que hacer para pescar?- preguntó ella a Luffy, el cual traía dos gruesas lianas en una mano y los restos de la pantera en la otra.

-Usaremos estas lianas como sedal y la carne para el cebo. Mira cómo lo hago yo primero y después harás tu propio "atrapa-peces".

Mae observó a su padre mientras éste ataba un buen pedazo de carne en el extremo de su liana, y una vez que estuvo bien asegurada, el moreno la arrojó al río y esperó ansioso a algún incauto pececillo picase. Un ejemplar de gran tamaño no tardó en morder el cebo y entonces Luffy tiró de la liana con suma rapidez; la piraña se elevó por los aires mientras era arrastrada hacia la orilla, dando violentos coletazos, y cuando empezó a caer, el Rey Pirata la estampó contra el suelo con poderoso puñetazo. La piraña no se movió más después de aquéllo, de manera que Luffy enseguida se puso a rostizarla.

-Huele muy rico, papá- comentó su hija, escuchando los ruidos que emitían sus hambrientas tripas mientras veía al voluminoso animal dorándose a fuego lento.

-Lo sé, shishishi. Ahora te toca a ti pescar tu comida, Mae.

Con una emoción que apenas pudo contener, la aludida fabricó su propia "caña de pescar" rudimientaria de la misma manera que lo hizo Luffy, y entonces se acercó al río con la lanza en mano, dispuesta a atravesar con ella a su presa en cuanto la tuviera al alcance.

-¡Allá voy!- gritó ella mientras arrojaba el cebo al agua.

La castaña esperó durante unos minutos, y de repente un pez bastante gordo mordió la carne, pero huyó nadando con ella antes de que Mae pudiera siquiera tirar de la liana.

-¡Aaarg, maldición!- se lamentó dándole una patada a una piedra, la cual cayó al río y salpicó en el proceso algunas gotas a la cara de la niña- ¡Aaaarg, no puede ser!

Ésta se pasó un brazo para secarse, luego tomó otro trozo de carne y volvió a tirar la liana al agua, pero el resultado fue igual de desastroso que el anterior. Y así Mae intentó una y otra vez atrapar su desayuno, pero los peces eran demasiado esquivos y se comían el cebo antes de que ella pudiera atravesarlos con su lanza. Algunas pirañas eran tan grandes que la castaña no podía con ellas y la tiraban al suelo, e incluso una de ellas trató de arrastrarla al interior del río para darse un banquete de tierna niña humana, y lo habría logrado de no ser porque Luffy la salvó a tiempo alargando su brazo.

El sol estaba casi en lo más alto del cielo cuando Mae decidió darse por vencida (además de que ya no le quedaban más cebos). Con los brazos y las piernas cubiertas de rasguños y con un apetito insoportable, la castaña acudió hacia la fogata, donde su padre se encontraba devorando en décimo quinto pescado. El sabroso aroma que emitía provocó que el estómago de la pequeña rugiese como un león, y casi sin pensarlo se abalanzó hacia la piraña. Sin embargo Luffy, sin dejar de comer, la agarró por la espalda de la camiseta y la apartó a varios metros, lo cual hizo que la niña lo mirase indignada.

-¡Oi, papá, me muero de hambre!

-Pues busca comida.

-No he podido atrapar ni un sólo pez, ¿no lo ves?

-Pues almuerza otra cosa.

-¿No podrías compartir conmigo un trocito de esa piraña?

-No, tú misma dijiste que sólo comerías lo que tú cazases. Y además, recuerda que somos piratas, y los piratas no comparten, shishishishi.

Mae le dio la espalda con un resoplido frustrado, y tomó su lanza para después dirigirse con paso decidido hacia la espesura.

-¿A dónde vas?

-A buscar comida.

-No te alejes mucho, que tu madre me regañará si te pierdes.

La pequeña Mugiwara encontró unas frutas de aspecto delicioso a pocos pasos. Sintiendo que la suerte parecía estar ahora de su lado, las comió en un santiamén para luego adentrarse un poco más en el bosque. Poco después se encontró con un conejo, al cual persiguió y logró acorralar contra un árbol caído. Mae lo miraba con suma tensión y le temblaban las manos, ya que nunca había matado a un animal. Era cierto que había intentado capturar peces, pero éstos no le habían devuelto la mirada como ahora lo hacía aquel conejito, con sus grandes ojos negros abiertos por el pánico y el peludo cuerpo tiritando ante su inminente destino.

¡Vamos, puedo hacerlo!, gritó la castaña para sí misma mientras apretaba aún más su arma entre los dedos, Me he estado entrenando para ésto desde que tenía cinco años, ¿por qué no puedo moverme?

Algo en su interior le impedía acabar con el indefenso animal, el cual no hacía ningún intento por luchar o defenderse. En cambio ahí seguía, agazapado sobre la hierba y clavándole su mirada llena de miedo. Finalmente, después de unos interminables minutos en los que ninguno de los dos se movió, Mae soltó un largo suspiro y apartó la lanza. Acto seguido, agitó los brazos para ahuyentar al conejo, el cual no tardó en desaparecer entre la vegetación.

-No puedo... Así no- murmuró la niña con el ceño fruncido.

Mientras seguía avanzando entre los árboles, Mae se preguntaba si en verdad estaba preparada para afrontar aquella aventura. No era capaz de atrapar un pez, ni tampoco de matar un conejo sin sentir lástima por ello, ¿y entonces, qué podía hacer? Menuda pirata estaba hecha si no podía sobrevivir por su cuenta... Pronto dio con unas fresas silvestres a las que no dudó en hincar el diente. Con el estómago algo más lleno, se sintió un poco más aliviada, aunque seguía preocupada sobre qué podría hacer para alimentarse aparte de frutos.

De repente, sin que Mae se percatase, una larga y sinuosa figura descendió de un árbol cercano y se deslizó sigilosamente hacia la princesa pirata. Aquella criatura también estaba hambrienta y tenía ante ella un apetitoso bocado fácil de apresar, de modo que movió su cola hacia el pie de su presa y la enredó en su tobillo para justo entonces elevarla en el aire, asegurándose así de que no pudiera escapar.

-UAAAAHHH-chilló Mae aterrada, viendo ante ella la cabeza de una imponente serpiente, que mostraba unos grandes colmillos puntiagudos.

El reptil siseó con su larga lengua partida, satisfecho por la presa que había conseguido; estaba deseosa de tragárlasela de una sola sentada. Mae, que estaba paralizada por el miedo, entendió sus intenciones al instante y por un momento quiso llamar a su padre para que acudise a salvarla, pero entonces se percató de que conservaba la lanza, la cual no había soltado ni siquiera cuando la serpiente la atrapó por sorpresa. Ésta le devolvió la mirada y entendió que sus ojos, amarillos y letales, no se parecían en nada a los negros y asustadizos del conejo: aquel animal no estaba indefenso ni sentía temor hacia ella... por no olvidar que quería comérsela. En ese instante supo lo que tenía que hacer y clavó la punta de la lanza en la piel del reptil sin dudarlo. La criatura siseó dolorida y se retorció cuan larga era, dejando libre a su presa en el proceso.

-¡Lo hice!- se dijo Mae, sintiéndose emocionada al ver que su entrenamiento no había sido en vano.

Pero aún no estaba en condiciones de celebrar nada, pues la serpiente cargó de pronto contra ella al tiempo que silbaba furiosa. La castaña rodó por el suelo para esquivar el ataque y aprovechó para pinchar de nuevo el cuerpo de su enemigo. Las embestidas del reptil y los esquives de la niña continuaron por un rato, en los que se sucedieron los pinchazos hacia el animal y latigazos con la cola de ésta hacia Mae. En un momento dado ésta, ya casi agotada, tropezó con una raíz y se precipitó bruscamente al suelo, rozándose en el proceso con una rama puntiaguda que le rasgó la piel sobre la ceja izquierda. El olor de la sangre incrementó el instinto depredador de la serpiente, y pensando que ésa era su oportunidad, se abalanzó hacia su víctima con las fauces abiertas. En ese preciso momento, Mae se recuperó de la caída y observó con horror lo cerca que estaba; en su último intento por defenderse, levantó la lanza y apuntó con ésta a la criatura, cuya boca se aproximaba hacia ella a gran velocidad. Ante el inminente ataque, la pequeña cerró los ojos con fuerza y rezó por no acabar sus días en la panza de aquel reptil.

De repente, la lanza se hizo mucho más pesada y el sonido de algo siendo rasgado imrrumpió en sus oídos. Mae abrió los párpados con cautela y se quedó sin aliento al percatarse de que los colmillos de la serpiente estaban a escasos centímetros de rozarla. Soltó su arma y alejó rápidamente del animal, el cual ahora se encontraba inmóvil, con la cabeza atravesada por la punta de la lanza y los ojos completamente abiertos, sin vida.

-Lo... lo he conseguido...- pudo apenas pronunciar Mae, todavía en shock después de haber estado tan cerca de la muerte- YAHOOOOO, LO HE CONSEGUIDO.

Una vez que celebró aquel momento de gloria, la niña tocó a la serpiente con un palo para comprobar que no tenía espasmos post mortem, y entonces le retiró su lanza de la boca.

-¿Ya no eres tan matona, eh? Ble ble ble ble ble- se burló Mae, estirando un párpado al tiempo que le enseñaba la lengua.

Poco después, la castaña agarró a su presa por la cola e hizo uso de todas sus fuerzas para arrastrarla de vuelta al río. El reptil pesaba bastante y era tan extenso que en alguna que otra ocasión se enganchaba con raíces o con rocas, pero al final Mae se las arregló para cargarla hacia el campamento, el cual no tardó mucho en encontrar ya que no se había alejado demasiado. Luffy se encontraba apoyado contra una gran piedra, echando una siesta con la barriga hinchada después de haberse zampado alrededor de veinte pirañas (motivo por el cual no se había dado cuenta del peligro que acababa de correr su hija).

-¡Papá, papá, papá!- lo llamó la niña, que se moría de ganas por enseñarle su primera presa.

Sus gritos hicieron que la burbuja de moco que salía de la nariz del Rey Pirata estallara como un petardo, despertándolo de golpe.

-¿Eeh? Hmmemm- farfulló medio dormido.

-¡Papá, despierta!- insistió su hija tirando con impaciencia de su camisa.

El chico la miró con gesto adormilado por un momento, pero cambió de semblante al fijarse en el aspecto que mostraba la pequeña: resollaba y estaba sudando a mares, varios moratones cubrían su cuerpo y tenía un corte sobre la ceja izquierda, del cual descendía un hilo de sangre; pero a pesar de todo, estaba sonriendo.

-Mae, ¿qué te ha pasado?- le preguntó con una expresión seria.

-¿Ah, ésto? No es nada, shishishi- constestó Mae señalándose la herida- ¡Ven, mira la serpiente que he cazado!

Al escuchar éso, la preocupación paterna que había dominado al Rey Pirata hasta aquel instante dio paso a una alegría incontenible.

-¡¿Ooooh?! ¿De verdad ya has conseguido tu propia comida?!

El moreno se levantó y se acercó al lugar donde la niña había dejado al reptil. Sin la vegetación de por medio, se podía observar que su cuerpo medía alrededor de diez metros y su cabeza era casi tan grande como Mae.

-¡Sugoooi, es enormeeeeee! ¿Y la has arrastrado hasta aquí tú sóla?- exclamó boquiabierto y con los ojos convertidos en estrellitas.

-Síp, y la he cazado yo sóla- admitió la joven Mugiwara, cruzándose de brazos mientras esbozaba una sonrisa de orgullo.

-Un momento, ¿te fuiste a buscar presas grandes sin haberme avisado?- preguntó su padre cambiando de repente el tono de su voz, ahora casi reprensivo.

-Eeeh... yo, pues...

La castaña, que no se esperaba aquella reacción tan autoritaria por parte de él, se olvidó de su satisfacción de superiviviente y empezó a temer un castigo por su actitud. Aunque en realidad no se había enfrentado al animal por voluntad propia, sí era cierto que se había comportado de una manera demiasiada confiada, por no decir irresponsable, al luchar sóla contra él sin haberle pedido siquiera auxilio a su padre.

-¿Sabes que esta serpiente podría haberte devorado al menor despiste?

-... Sí, lo... lo sé. Lo siento...

La niña ahora estaba cabizbaja y esperando la reprimenda. Pero enseguida se vio obligada a levantar la mirada al creer estar escuchando a su padre riéndose. Y en efecto, para su sopresa, así era; Luffy se estaba partiendo a carcajadas.

-¡Jajajajajajajajaja! ¿Estás de broma? ¿Me pides perdón por haber demostrado que sabes defenderte y valerte por tu cuenta?

Mae no supo qué responder, ya que se encontraba confusa por el carácter cambiante del moreno. No recordaba haberlo visto mostrándose tan serio con ella como hasta hacía unos segundos, y ahora ahí estaba sugetándose el estómago de tanto reír. Tan extrañada se sintió que pronto su confusión se convirtó en enfado.

-¿Qué te hace tanta gracia, tonto? ¡Pensaba que me ibas a castigar!- le espetó enseñando una dentadura de tiburón.

Luffy tomó de repente a la niña en brazos y la puso a su altura para verla de frente a frente. Ella seguía mirándolo con el ceño fruncido, al tiempo que hinchaba los carrillos al igual que Nami.

-No insultes a tu padre, Mae. Y deja de mirarme así, que pareces tu madre.

-¡Hm!- la aludida le giró la cara con una mueca de reproche.

-Maeee...- la medio regañó el moreno arqueando una ceja.

-Olvídame.

De pronto, el Rey Pirata esbozó una sonrisa malvada y asaltó sin previo aviso a la pequeña con un ataque despiadado de cosquillas.

-JAJAJAJAJAJAJA, PARA, PAPÁ. NO ME HAGAS COSQUILLAS.

Pero la tortura continuó por unos cuantos minutos, hasta que Mae le suplicó que parara porque le faltaba el aire. Acto seguido, Luffy la abrazó con fuerza.

-Estoy muy orgulloso de ti, hija mía, shishishi- murmuró el moreno, mientras que dos cascaditas de lágrimas de felicidad caían por sus mejillas.

La aludida se olvidó de su enfado y le devolvió el abrazo a su padre. Se quedaron así por unos minutos, hasta que las tripas de Mae volvieron a rugir, recordándole a la castaña que no había probado bocado en toda la mañana. Luffy también oyó aquellos sonidos, comprendiendo lo alicaída de se encontraba su hija después de tantas aventuras; y éso que sólo había sido el primer día.

-Va a ser la hora de comer- comentó al tiempo que observaba la avanzada posición del sol, que indicaba que iba a ser mediodía- ¿Nos volvemos al Sunny Go y le decimos a Sanji que te cocine la serpiente que cazaste?

-¡Síiii!

Después de levantar el campamento, el chico limpió el corte que tenía Mae en la frente y se lo cubrió con un parche que encontró en el kit de primeros auxilios. La niña emitió algún quejido de dolor mientras le hacía las curas, ya que la herida ahora le escocía bastante a pesar de que no era profunda.

-Siéntete orgullosa de llevarla, es tu primera herida de batalla. Shishishishi- explicó a la niña mientras le removía el cabello, buscando animarla con estas palabras.

-¿En serio? ¡Sugoiii!- exclamó ella, aceptando aquel corte casi como si fuera un sello de honor como pirata- ¿Algún día tendré una cicatriz tan guay como la tuya, papá?

La sonrisa de Luffy se apagó al acordarse del momento en que su pecho quedó marcado para siempre por aquella X, se la tocó con los dedos sin apenas darse cuenta y creyó que aún le quemaba. Sin embargo, no quería estropear el gran momento a su hija, así que le esbozó a ésta una leve sonrisa para luego echarse parte del cuerpo de la serpiente sobre los hombros. Por su parte, Mae cargó de nuevo con la cola, colocándola también sobre la espalda. Después de haber sobrevivido en su primera lucha y de haberse llevado además la victoria, se veía más segura de sí misma.

-¡Vámonos ya! Shishishi- anunció el Rey Pirata.

-¡Vamooos!- lo acompañó la castaña, y ambos emprendieron el camino de vuelta hacia la villa.

Mientras caminaban, Luffy rememoró cierta advertencia que le había dicho Nami el día anterior acerca de su responsabilidad paterna.

-Oi Mae. No le cuentes a tu madre que te fuiste a cazar sóla, ¿de acuerdo?

-¿Por qué?

-Porque entonces seguro que me pateará el trasero, shishishi.

-De acuerdo, papá. Es un secreto entre piratas, shishishishi.


Nami llevaba media hora esperando en el puerto junto al Thousand Sunny, mientras que los demás Mugiwaras se ocupaban de sus respectivos quehaceres a bordo del barco. La joven navegante apenas había pegado ojo la noche anterior; aunque Luffy era una de las personas en las que más confiaba (de hecho, de toda la tripulación, era en el más fe tenía), su instinto de madre le afloraba muchos temores por el bienestar de Mae. ¿Y si se había caído a un hoyo y se había lastimado? ¿O a lo mejor habría sido arrastrada por la corriente de algún río y estaba padeciendo un resfriado? ¿O había sido mordida por una criatura de la selva que estuviese sedienta de sangre de niño? Ideas cada vez más desesperantes y alocadas la torturaban sin descanso, y la pelinaranja pensó que acabaría perdiendo la cabeza si no veía a su hija pronto.

Miró ansiosa hacia la ruta que llevaba a Corvo una vez más, esperando que Oda hubiera escuchado sus oraciones. Y al parecer, por fin, así fue: Luffy y Mae descendían por el sendero transportando algo enorme que la chica no logró distinguir en la lejanía, e iban el uno al lado del otro con paso decidido y esbozando una sonrisa orgullosa. Dado que el camino hacia la montaña no se encontraba lejos del puerto, ambos no tardaron en llegar.

-¡Mamá!- gritó Mae llena de alegría, soltando la serpiente para correr a abrazar a Nami.

Ésta recibió a la niña estrechándola entre sus brazos, aliviada de que había regresado en perfectas condiciones de su primer día en la naturaleza... o casi perfectas, al menos. Después del abrazo, la navegante la examinó con detenimiento: estaba cubierta de rasguños y algunos golpes, además de lucir un parche sobre la ceja izquierda; pero aparte de éso, parecía encontrarse bien. Al parecer, Luffy estaba cumpliendo como padre responsable; dentro de lo que él era capaz, claro.

-¿Te duele mucho?- preguntó a la castaña al tiempo que le señalaba el corte de la frente.

-No; sólo me escoció cuando papá me la curó, pero estoy bien, shishishishi.

-¡Hola, Nami!- la saludó Luffy, quien acababa de llegar y la miraba con su característica sonrisa.

La aludida se fijó entonces en la serpiente gigante y se quedó boquiabierta.

-¿De dónde has sacado ese animal?

-Mae lo cazó, shishishishi.

-¿¡Qué, en serio?!

-Síp, shishishishi- aseguró la niña con las manos en la cintura y esbozando una sonrisa de orgullo.

-¿Tu padre estaba presente para cuidar que no te comiera, verdad?

A ambos aludidos les recorrió una gota de sudor por la nuca, pero Mae, que controlaba mejor que su padre el arte de mentir, se mostró lo más natural que pudo.

-¡Sí, claro que sí!- aseguró sin dejar de sonreír, esperando que su madre no reparase en que le acababa de temblar un párpado.

-Así me gusta. Vayamos al barco, tus tíos están esperándote para escuchar tu aventura.

Los tres subieron al Sunny, donde Rey y la Princesa Piratas fueron cálidamente recibidos por parte del resto de la tripulación; especialmente la segunda, ya que sus tíos habían estado preocupados por ella (cada uno a su manera).

-¿Cómo fue tu primer día de excursión, Mae?- quiso saber Robin, sonriendo ante lo feliz que estaba la pequeña.

-¡Genial, tía Robin, aprendí mucho con papá en el bosque!

-¿Te divertiste mucho?- le preguntó Zoro.

-Sí, y hasta cacé esa serpiente gigante.

-¡¿En serio?! ¡Es casi tan grande como aquel monstruo asesino que derroté una vez!- comentó Usopp, sin poder ocultar lo orgulloso que estaba por la hazaña de su sobrina.

-¿De veras? Pero igualmente no me fue fácil vencerla, shishishi.

-¿Cómo te has hecho ese corte? Te lo limparé bien para que no se infecte- le dijo Chopper, el cual estaba preocupado por cualquier posible malestar que podría sufrir la niña tras estar expuesta a tantas amenazas naturales.

-No te preocupes, tío Chopper, papá ya me la curó con las medicinas que nos pusiste en la mochila.

-Aunque una dama no debería estar a merced de las criaturas salvajes, me alegro de verte tan contenta, Mae-chan- dijo Sanji, pensando que tal vez tendría que "hablar a solas" un momento con cierto desconsiderado que tenía por capitán.

-Yo no quiero ser una dama, tío Sanji. ¡Yo seré una pirata, y para ello debo ser fuerte!

-Luces más segura de ti misma, incluso parece que tienes más edad- le comentó Jinbei, quien se sentía orgulloso de los progresos que estaba teniendo su sobrina.

-¿De verdad lo crees? Shishishishi.

Luffy no tardó en llegar con ellos, aún llevando el enorme reptil a sus espaldas.

-Oi Sanji, cocina esta serpiente para Mae, ¡ahí te va!

El moreno arrojó al animal por los aires, el cual cayó sobre el desprevenido cocinero Mugiwara, aplastándo con todo su peso.

-¿PERO TÚ DE QUÉ VAS, GOMU MIERDOSO?

Sanji persiguió a Luffy durante unos minutos, intentando alcanzarlo con un Premier Hache, ante las carcajadas de los demás. Pero Nami se encargó de interrumpir la cómica escena para asegurarse de que su esposo y su hija cumplieran cierto acuerdo que tenían con ella.

-Bueno, mientras Sanji-kun prepara la comida, vosotros dos os iréis a dar un buen baño- dijo ella, para desesperación del capitán.

-No quiero, Namiiii...

-Lo prometiste, Luffy.

-Sí, vamos, papi. Bañarse es divertido- dijo Mae tirando de la mano del moreno, ya que al contrario que él, a la ojiverde le encantaba el agua.

-No, no lo es- se quejó, pareciéndose más a un hermano menor que a un padre hecho y derecho.

-¿Y si hacemos muchas burbujas en la bañera, como hicimos el otro día?

-¿Burbujas? Entonces sí será divertido, shishishi.

-¡De eso ni hablar!- intervino Nami con una venita palpitando en su sien- La última vez inundásteis el aseo por completo y quedó hecho un desastre.

La pelinaranja sopesó entonces qué podría hacer para que aquel par de revoltosos cumplieran su parte del trato sin que por ello hicieran un estropicio. Y para eso, sólo había una solución.

-¿Sabéis qué? Lo mejor será que me bañe yo también con vosotros, así vigilaré que no cometáis otra travesura.

-¿Y después puedo darme un bañito contigo también, Nami-swan?- le preguntó Sanji mientras un chorrito de sangre descendía de su nariz.

La navegante respondió al cocinero con un soberano puñetazo que lo envió volando a la otra punta del barco, para después agarrar a un enfurruñado Luffy de la oreja mientras lo arrastraba hacia el aseo.


En efecto, la sesión de baño no terminó en un caos gracias a la presencia de Nami, ya que a Luffy y a Mae les gustaba jugar a salpicarse y patinar sobre el suelo resbaladizo, sin importarles si se caían (lo cual afectaba sobre todo a Mae, ya que no poseía la inmunidad de la Gomu Gomu no mi para resistir los golpes y los tropiezos) o si se chocaban con algo. Pero teniendo con un ojo sobre ellos a aquella imponente mujer, ninguno se atrevió a nada que no fuera enjabonarse y ducharse. Sin embargo, igualmente la rutina resultó más llevadera para Luffy teniendo a su esposa y a su hija; además de que aquel rato en que estuvieron los tres a solas les permitió contarle a Nami lo que habían hecho durante la excursión anterior y lo divertida que había sido. La pelinaranja los escuchaba mientras esbozaba una sonrisa, sintiéndose satisfecha por ver lo unidos que estaban padre e hija.

Mae fue la primera en terminar de bañarse, y ahora se encontraba entretenida con unos juguetes que había traído. Por su parte, Nami se relajaba dándose una ducha con su Shower Tempo; a Luffy no le pasó desapercibido el cuerpo expuesto de su compañera, tan esbelto, hermoso y cautivador. Si bien había dormido tranquilo la pasada noche sin ella, no podía negar que había pasado muchas horas sin poder abrazarla... o tocarla; y cada vez más estaba deseando compensar aquel tiempo que habían estado separados el uno del otro. Suerte que se encontraba metido en la bañera hasta el cuello, porque sino la situación habría sido muy embarazosa encontrándose Mae con ellos. Nami volvió ligeramente la cabeza hacia él, y enseguida comprendió su mirada. Ella también lo había extrañado en ciertos momentos de soledad, especialmente durante la noche, durante la cual la cama le había parecido demasiado grande sin la presencia del capitán.

-Mae, cariño, ¿has terminado de bañarte?- preguntó la pelinaranja a su hija, disimulando un tono de voz natural.

-Sí, ¿por qué?

-Entonces ve a prepararte otra muda de ropa para la siguiente excursión.

La ojiverde paseó la mirada de Nami a Luffy y viceversa, y en cuanto se percató de que se observaban el uno al otro de aquella manera tan dulce, comprendió perfectamente las palabras de su madre.

-¡Puaj! ¿Vais a daros besos otra vez?- preguntó con una mueca de asco.

-¡¿Eeeh?! No... ésto...- Nami, completamente ruborizada, intentó buscar alguna explicación que no afectase a la inocencia de su hija (aunque no es que hubiera dado en el clavo del todo).

-Mejor me voy, no quiero verlo- sentenció la niña, que se vistió rápidamente para luego dirigirse hacia la puerta.

-Gracias por entenderlo, hija. Shishishishi- le agradeció Luffy con una sonrisa de suficiencia.

-LUFFY, NO SEAS DESCARADO ESTANDO TU HIJA DELANTE- lo regañó la pelinaranja, arrojándole una pastilla de jabón a la cabeza.

La castaña se marchó de allí tan deprisa como pudo mientras mascullaba que no entendía cómo podían llegar a ser tan melosos los adultos enamorados, dejando a sus padres en la más absoluta intimidad. Luego se dirigió a la cubierta, donde Sanji se encontraba preparando unas sabrosas brochetas con la carne de la serpiente. Mae se relamió al sentir el aroma, que le pareció aún más apetitoso después de no haber comido casi nada desde que despertó hacía horas. Momentos después, la Princesa Pirata disfrutaba se encontraba sentada a la mesa junto a sus padres y sus tíos, degustando las brochetas de serpeinte en salsa que le habían cocinado. Se sentía muy contenta por estar cumpliendo con su objetivo actual: hacerse más fuerte para llegar a ser una gran pirata. Y además, lo disfrutaba aún más porque lo estaba compartiendo con su familia, que no dudaron en felicitarla por los éxitos que estaban demostrando la eficacia de su entrenamiento desde hacía dos años.


A medida que fueron pasando los días, Mae descubría cosas nuevas cada vez más interesantes y complejas. Durante el segundo día aprendió a encender su propia hoguera, y al cuarto, consiguió pescar algunas pirañas (aunque ni por asomo no tantas como Luffy). Pero a pesar de que aquella aventura estaba siendo muy divertida, Mae empezaba a pensar que alguien los observaba a su padre y a ella desde la espesura. Lo había notado a partir de la noche del cuarto día, lo cual se continuó repitiendo cada noche: antes de dormirse, entre la vegetación se asomaba una sombra que llevaba un sombrero y en cuyos ojos negros parecían reflejarse las llamas de la fogata. Sin embargo, Luffy insistía en que no sentía dicha presencia con su Kenbunshoku Haki, y que por lo tanto, debía de estar imaginándoselo. Aún así, la castaña continuó convencida de aquel ser que los seguía era real, aunque por ahora no parecía estar interesado en atacarlos.

Llegó entonces el atardecer del sexto día, en el que padre e hija se encontraban acechando a un oso pardo de dos metros desde la copa de un árbol. La fiera afilaba sus largas garras en un tronco sin sospechar que aquel par de ojos golosos lo observaban, imaginándoselo asado a fuego lento en su campamento.

-La carne de oso es un poco dura, pero bien dorada en la hoguera está de muerte- aseguró Luffy, con un hilillo de saliva descendiendo por su mentón.

-Oi, esta presa es mía, ¿recuerdas? Tú ya tienes ese jabalí enorme que atrapaste- lo advirtió Mae con el ceño fruncido; a pesar de que últimamente estaba consiguiendo consiguiendo alimento con relativo éxito, Luffy no había dejado de robarle algún pedazo, aunque él ya hubiese cazado su propio animal.

-¡Venga va, Maeee!- insistió el moreno con una mueca infantil- ¿No me dejarás probar aunque sea un trocito de pata?

-¡No!- sentenció la castaña enseñándole la lengua.

La pequeña discusión hizo que el oso se percatara de su presencia, y después de emitir un rugido agresivo, se abalanzó contra el árbol donde ambos piratas se encontraban y comenzó a zarandearlo a golpe de garra, intentando derribarlo con ellos encima.

-¡Oh no, nos ha descubierto!- dijo Luffy antes de que él y su hija saltaran justo cuando el árbol empezaba a caer.

Cada uno aterrizó a un lado distinto del oso, pero Luffy se retiró a esconderse en unos arbustos cercanos para permitirle a Mae luchar con el animal. Aunque éste era el más grande y peligroso al que se había enfrentado la niña hasta ahora, no intervendría a no ser que fuera estrictamente necesario; si Mae quería ser fuerte, tenía que enfrentarse a las amenazas cada vez con más indepencia.

La salvaje criatura, que tampoco había comido nada desde hacía horas, intentaba destrozar con sus zarpas y sus colmillos a aquella pequeña humana que creía una víctima fácil. Sin embargo, al igual que le ocurrió a la serpiente, el animal fue demasiado ingenuo y no tardó en quedar cubierto de pinchazos y cortes por la lanza de Mae, quien esquivaba sus ataques rondando, saltando o escurriéndose por debajo. En algún momento, la ojiverde era rozada por la filosas uñas de su rival y también acabó llena de arañazos sangrantes y moratones. Luffy observaba la escena con una gran tensión en su interior, ya que Mae cada vez se mostraba más agotada y no evitaba las arremetidas del oso con tanta agilidad. Pero algo lo impulsaba a confiar en la voluntad de su hija, de manera que se resignó a esperar.

Al final, la castaña comprendió que no podría soportar mucho más su táctica de pichar y esquivar: las piernas se le tambaleaban casi sin energía, el sudor le empapaba mares la piel y las heridas le quemaban. El oso decidió aprovechar aquéllo para darle un golpe con la pata, derrumbándola en el suelo para después saltar sobre ella.

-¡Mae, no!

Luffy perdió los nervios al no poder verla, debido a que voluminoso cuerpo de la fiera se interponía, y entonces salió de su escondite dispuesto a propinarle un poderoso puñetazo y así alejarla de la niña. Pero antes de llegar hasta ellos, pudo apreciar que ésta aferraba su lanza con las dos manos y la elevaba sobre su cabeza, apuntando a la boca abierta del oso. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, el animal yacía inmóvil sobre la hierba, sin vida, y con la punta de la lanza sobresaliendo encima de su cráneo. Había muerto al instante.

-¡Ayudaaa, no puedo salir!- la escuchó gritar con voz amortiguada, la cual provenía de debajo del oso.

-¡Mae!- la llamó el moreno, apartando a la criatura a un lado.

La castaña se encontraba tumbada boca arriba en el suelo, y respirando con dificultad debido a lo cerca que había tenido las fauces del oso, las cuales eran más impresionantes que las de la serpiente.

-¿Has visto, papá? ¡He podido vencerlo de un sólo golpe! Vi que se echaba sobre mí con todo su peso y decidí aprovecharlo para que la lanza lo atravesase de una estocada.

-Ya veo, shishishishi. Hoy comerás unos buenos filetes de oso.

Dicho ésto, el joven la levantó en brazos y la estrechó con fuerza contra su pecho.

-¡Qué orgulloso estoy de ti!

-Pa... papá... no puedo respirar, aglglga.

-Volvamos al campamento para que podamos cocinar la cena, shishishi.

Luffy curó las heridas de la pequeña con las medicinas del kit de Chopper y después se las vendó, asegurándolas lo mejor que supo. Y poco después, mientras cargaban el animal en una rústica camilla entre los dos, Mae comprendía satisfecha que los resultados de su entrenamiento estaban dando sus frutos, además de haberse ganado nuevas marcas de batalla como recuerdo de su experiencia (Nami tendría que hacerle entender más adelante que despreocuparse de hacerse heridas en cada pelea no era algo muy prudente). Tomaron un sendero diferente por el que habían venido, el cual les guió hacia una zona que Luffy reconoció emocionado: se encontraban en el territorio de la banda de Dadan.

-Oi, Mae, ¿quieres que vayamos a visitar a Dadan?

-¡Yosh!

La ojiverde no se acordaba casi nada de los bandidos, ya que apenas tenía tres años y medio cuando Luffy se la presentó, y como no podía permitirse realizar un camino tan arriesgado cada vez que los Mugiwaras arrivaban a Goa, el Rey Pirata había decidido esperar a que su hija hubiera crecido lo suficiente para volver a adentrarse en la montaña con ella.

Llegaron a la guarida al cabo de un rato, la cual estaba iluminada en su interior para alegría de Luffy. Dejaron en oso cerca de la entrada, siendo entonces recibidos por los ladridos del perro blanco que custodiaba la cabaña de los bandidos, quien ahora era tan viejo que sus ladridos eran apenas audibles.

-Hola, amigo, qué anciano te ves, shishishi- lo saludó Luffy mientras le acariciaba detrás de las orejas, y aunque el animal no dejó de gruñir, movió la cola al reconocer a aquel niño que vivió en esa casa durante años.

-¡Un perro!- chilló Mae extasiada al verlo, deseando tocarlo también.

Pero el cánido, que desconfiaba de las personas que no conocía, trató de escapar de la niña que ahora lo perseguía para acariciarlo. El pobre animal gemía pidiendo socorro, mientras que Luffy se carcajeaba ante aquella cómica persecución. De repente, la cabeza de una corpulenta mujer madura de cabello naranja salpicado de espesas canas se asomó por la puerta de la cabaña.

-DEJA DE LADRAR, ¿QUÉ DEMONIOS PASA AHÍ FUERA?- espetó Dadan al perro, sin fijarse todavía en la revoltosa niña que iba detrás de él.

-¡Yoh, Dadan! Shishishi- le dijo Luffy poniéndose frente a ella.

-¡¿Eeeh?! ¡¿Lu... Luffy?!

Magra y Dogra salieron detrás de su jefa y observaron al recién llegado con la misma expresión de asombro.

-¿Se puede saber cuándo has llegado?- quiso saber la mujer bandido, manteniendo un tono malhumorado.

-Hace seis días.

Dadan torció su arrugado rostro en una mueca resignada, intentando ocultar su alegría por ver de nuevo al enano revoltoso que cuidó durante diez años.

-¿Y qué te trae por aquí?- le preguntó cruzándose de brazos.

-Mae y yo vinimos a la montaña para explorar el bosque y así ella sea más fuerte.

La aludida dejó tranquilo al perro y acudió junto al moreno como si acabara de combocarla. Los tres bandidos no pasaron por alto la mirada de orgullo paternal que lucía el chico.

-¿Esta mocosa es tu hija? No la recordaba tan grande.

-Papá, ¿quién es este ossan tan extraño?- quiso saber la castaña con una inocente expresión de curiosidad, al tiempo que señalaba a Dadan con el dedo.

-¿ACASO BUSCAS PELEA, MOCOSA?- le espetó furiosa la mujer, haciendo su cabeza el doble de grande.

-¡Uaah, es un ogro!- dijo Mae escondiéndose detrás de Luffy.

-SOY UNA MUJER.

-Jajajajajajajajaja, sí que es un ogro- comentó Luffy, incapaz de contener la risa ante la honestidad de su hija.

-¡Pequeños cabrones!- se lamentó Dadan, que cayó acto seguido y su cabeza quedó medio enterrada en la tierra.

-¿Jefa, se encuentra bien?- preguntaron alarmados Dogra y Magra mientras acudían a ayudarla.

La banda les invitó a pasar adentro justo en el instante en que acababan de servir la cena, que consistía en una enorme fuente de carne de cocodrilo que habían capturado aquella tarde. Luffy y Mae, hambrientos como estaban, no se vieron capaces rechazar la el gesto y decidieron que dejarían sus respectivas presas para desayunar a la mañana siguiente. La cena tuvo lugar de idéntica manera a como el Rey Pirata lo recordaba: empujones, patadas, insultos y comida volando por todos lados. Como el joven ya estaba acostumbrado a aquella violencia, no tuvo problemas en hacerse con unos cuantos trozos, pero Mae no tuvo tanta suerte y cada vez que se acercaba a la fuente, la apartaban sin miramientos. Al final logró milagrosamente hacerse con un pedazo, y cuando estaba a punto de llevárselo a la boca, un bandido panzudo intentó arrebatárselo.

-¡Es mío, yo lo agarré!- reclamó ella tirando de la carne.

-¡Pero yo lo vi primero, enana!- le contestó el barrigón haciendo lo mismo hacia su lado.

Luffy reparó en la trifulca y apartó la carne para acudir en defensa de su hija. En un segundo mordió con saña la cabeza del bandido, el cual soltó la comida de Mae y empezó a correr por la cabaña dando alaridos de dolor.

-¡Aaaaayyyy! ¡Quitádmelo de encimaaaaaa!

-Miradlo, es cómo un lobo que defiende a su cachorro, jajajajaja- comentó Dadan, viendo divertida el sufrimiento de su subordinado con el Rey Pirata colgado de él con sus dientes (ahora afilados).

-¡Muchas gracias, papá!- dijo Mae sonriente, comiendo con tranquilidad al saber que su padre la protegía.

-¡Quitádmeloooooo!

La velada terminó de lo más normal para la banda de Dadan: la guarida había quedado hecha un desastre y la suciedad reinaba por doquier. Luffy y Mae se despidieron sin hacer caso de los reclamos de la mujer bandido de que debían ayudarles a limpiar, pero en cuanto desaparecieron del lugar, ésta se echó a llorar desconsoladamente, murmurando que esperaba que volvieran a visitarla.


Desde el primer día, padre e hija mantuvieron la misma rutina: ambos pasaban las últimas horas de la tarde, la noche y la mañana en el bosque, y durante el resto del día permanecían en la villa o en el Sunny. En éstos últimos, Mae les explicaba a sus tíos lo que había aprendido y las hazañas que había vivido durante el día junto a su padre, mientras que éste se permitía darse un buen atracón con la comida del barco, y por último pero no menos importante, pasaba un rato de apasionada intimidad con Nami (unas veces en el cuarto de baño antes de comer, y otras en su camarote después de aquéllo).

Y al final de la primera semana, podía recorrer sin cansarse la ruta que abarcaba desde Fuusha hasta el río donde Luffy y sus hermanos habían jugado en su infancia. Todo aquéllo siempre lo hacía bajo la atenta mirada del Rey Pirata, que admiraba orgulloso cómo su vástaga iba adquiriendo cada vez más confianza y habilidad.

Comenzó entonces la última semana de su estancia en Goa, y para entonces Luffy decidió que su hija podría valérselas por su cuenta siempre y cuando no se alejase demasiado del campamento, de modo que pudiera velar por su seguridad a través del Haki. En el anochecer del noveno día, Mae se encontraba buscando alguna presa para cenar cuando de pronto un leopardo de cuatro metros de altura le cortó el paso. La pequeña Mugiwara se quedó paralizada por el terror durante unos segundos, pues sabía que no podría ella sóla con él, y sólo se atrevió a moverse cuando la fiera se abalanzó sobre ella. Intentó huír a través de los árboles, pensando que de esa manera el leopardo ralentizaría su carrera y finalmente le perdería la pista, pero éste era tan grande que derribaba los troncos como una exhalación. Como no sabía por dónde iba a causa del miedo, no tardó en llegar a una pared de roca demasiado alta para trepar por ella, siendo entonces acorralada por el hambriento felino.

-¡Aléjate de mí!- gritó Mae, apuntándolo con su lanza.

Pero la fiera apartó el arma a varios metros con un poderoso zarpazo, y aunque la niña trató de recuperarla, le resultó imposible debido a que el leopardo se interponía intentado atraparla. Sin salida y sin poder defenderse, Mae se apoyó contra la pared de piedra y rezó porque su padre o quien fuera acudiese en su ayuda. Las afiladas garras del animal ya se le venían encima cuando una figura saltó desde lo alto de la pared y cayó justo enfrente de la niña. Se trataba de un hombre que portaba un extraño sombrero, pero no podía ver su cara, además de que iba vestido con una larga túnica de color negro. El desconocido estiró la mano hacia el leopardo y una extraña fuerza invisible inundó el ambiente, que provocó que el animal se quedase paralizado y temblando aterrorizado.

-Me temo que no puedo permitir que toques a esta niña, así que búscate la cena en otra parte- le ordenó el hombre, a lo que el felino obedeció de inmediato, alejándose del lugar mientras corría despavorido.

-Gra... Gracias por salvarme, señor- le agradeció Mae recuperando el aliento, al tiempo que se acercaba a su salvador para verlo de frente.

Sin embargo, el sujeto echó a correr y pronto desapareció entre unos arbustos.

-¡Oi, espera! ¡Sólo quiero darte las gracias, vuelve!- le explicaba Mae, dando alaridos mientras iba a la carrera hacia el lugar por donde se había marchado el desconocido.

Mae corrió por unos minutos, intentando dar con el hombre que la había rescatado, pero al parecer se había esfumado. En un momento en el que no se fijaba hacia dónde iba, la pequeña chocó sin querer contra las piernas de alguien.

-Oi, pequeña, ve con más cuidado. Podrías hacerte dañor, ¿sabes?- la advirtió un anciano que debía de rondar los noventa años, vestía unas ropas viejas y una harapienta capa negra, además de un sombrero de color marrón.

-¡Eres tú!- exclamó Mae con una amplia sonrisa- Tú eres el que me salvó.

-¿Eeeh, salvarte? ¿De qué hablas? Yo he estado todo el día cortando leña.

-Pero si antes una persona que llevaba una capa negra y un sombrero raro como tú, evitó que me devorara un leopardo gigante.

-Lo siento, pequeña, pero no fui yo. Tal vez te refieras al Guardián de la Montaña.

-¿Quién?

-Se trata del espíritu de un pirata que murió hace unos años y que creció en esta montaña. Dado que éste fue su hogar antes de salir al mar, cada cierto tiempo se aparece por aquí y protege a aquellos que se pierden en el bosque de los animales salvajes y los bandidos.

El anciano sacó su arrugada mano de debajo de la capa y se la tendió a Mae.

-Yo soy Naguri, por cierto- se presentó esbozando una sonrisa.

La castaña le estrechó la mano, recordando las lecciones de modales que le habían inculcado su madre y la tía Robin.

-Mucho gusto, shishishi.

Naguri sintió una punzada de nostalgia al ver la risa de la niña, y entonces tuvo una corazonada.

-¿Y tú cómo te llamas, pequeña?

-Monkey D Mae.

-¿Has dicho Monkey D?

Escuchar aquel apellido resolvió todas sus dudas; por lo tanto, si aquella niña estaba allí, él no podía andar muy lejos.

-MAAE, ¿DÓNDE ESTÁS?- se escuchó decir a un poderoso alarido que parecía salir de lo más profundo del bosque, aunque Neguri sintió que el responsable se econtraba muy cerca.

-¡Estoy aquí, papá!- respondió la aludida, contenta de estar de nuevo junto a su padre después del disgusto que había vivido hacía poco.

Luffy apareció corriendo entre la arboleda, mostrando una expresión preocupada.

-¿Estás bien?- le preguntó a Mae, tomándola de los hombros- He sentido la presencia de un leopardo enorme cerca de ti y acudí corriendo para ahuyentarlo, pero al no encontrarte por ninguna parte, me preocupé mucho.

-Tranquilo, papá, estoy bien, shishishi. Ese leopardo me persiguió, pero al final...

CLONK

-AAUU, ¿A QUÉ VINO ÉSO?- reclamó la ojiverde mientras se palpaba el chichón que sobresalía de su cráneo.

Luffy ahora se mostraba muy enfadado y aún con el puño en ristre. No acostumbraba a castigar a su hija con chichones o pellizcos como solía hacer Nami, pero ésta vez se había asustado de verdad.

-¡¿Por qué diantres te alejaste de dónde estabas?!- la regañó enseñando unos colmillos de cocodrilo- ¡¿Sabes lo preocupado que estaba al no sentir tu presencia en el lugar donde estuvo el leopardo por última vez en esta zona?!

-Es que fui detrás de...

Mae intentó explicarle que el responsable de que se había alejado del lugar había sido el individuo con capa que la había salvado, pero la voz quebrada del viejo Naguri la detuvo.

-¿Luffy, eres tú?

El aludido se percató entonces de la presencia del antiguo capitán pirata y su maestro en la niñez, pero entre las secuelas de su avanzada edad y la facilidad que tenía la memoria de Luffy para olvidar las cosas, hicieron que sólo torciese la cabeza con una expresión confundida.

-Sí, soy yo. ¿Y tú quién eres, ossan?

El anciano se cayó de espaldas ante aquella pregunta. ¿De verdad que no lo recordaba después de lo mucho que lo ayudó años atrás?

-Veo que tu cabeza de chorlito no ha cambiado nada a pesar de que eres adulto. Soy Naguri, ¿no me reconoces?

El moreno se esforzó con todas sus fuerzas por rememorar aquel nombre. Naguri... le sonaba de algo, ¿sería alguien a quien su tripulación y él habrían rescatado de algún apuro?, no; ¿un familiar olvidado?, no; ¿un pirata, tal vez?... Un pirata... ¡por supuesto, ya lo recordaba!

-¡Oooooh, sí! Eres el ossan que nos entrenó a Ace, a Sabo y a mí para luchar contra el tigre gigante.

-Al fin te acuerdas.

-¿Tú entrenaste a mi padre y a mis tíos? ¡Sugoooi!- intervino Mae apenas conteniendo la emoción por haber conocido al primer maestro de su progenitor.

-Así es, y tú eres la hija de Luffy, ¿verdad?- dijo el anciano, ya convencido de que su corazonada sobre la paternidad de la castaña era cierta.

-Síp, shishishishi.

A pesar de la avanzada edad estaba afectando a su vista, Naguri podía apreciar igualmente que los rasgos de la niña no coincidían con los del Rey Pirata. Pero había algo en su mirada emocionada y en su actitud risueña que demostraba de quién era hija.

-Ha sacado tu sonrisa, Luffy.

-Lo sé, shishishi.

-Venid conmigo, os invitaré a una cena de pescado asado.


(Para esta parte recomiendo escuchar la melodía "Battle Scars" de fondo, la encontraréis en YouTube)

Naguri los llevó hasta la playa oculta donde había guardado su barco años atrás, y en la cual había vuelto a anclarlo, y había convertido en su vivienda. El viejo le contó a Luffy que regresó a Goa en cuanto se enteró de la muerte de Ace y al conocer la noticia de que el capitán Mugiwara había partido hacia el Nuevo Mundo, hacia donde no podría seguirlo. También le comentó que se alegró mucho al escuchar que se había convertido en el Rey de los Piratas y que había cumplido sus sueños. Después, conversaron por un largo rato sobre los recuerdos de cuándo Ace, Sabo y Luffy eran unos niños soñadores, de las aventuras que éste último vivió en su búsqueda del One Piece, y de los felices que eran sus días abordo del Sunny Go junto a su familia y sus nakamas. Mae escuchaba emocionada las hazañas de su padre y de sus tíos Ace y Sabo, y se sentía impulsada a abrazar a Luffy cuando éste comentaba lo orgulloso que se sentía de ella y lo mucho que la quería.

Cenaron hasta hartarse y al final Mae, agotada y con el estómago lleno, se quedó profundamente dormida, apoyándose en el costado de Luffy.

-Esa niña no lleva tu sangre, ¿verdad?- le preguntó Naguri cuando estuvo seguro que la niña se durmió.

Luffy lo miró con una seriedad que rozaba la advertencia. Ya había oído preguntas similares que sólo buscaban hacer daño a su hija o a él, pero siempre que le preguntaban estado Mae delante, el moreno los noqueaba con un buen puñetazo antes de terminar. No iba a hacer lo mismo con Naguri, ya que lo respetaba, pero no dudaría en ponerlo en su lugar si se soltaba demasiado de la lengua.

-No, pero sigue siendo...

-Tu hija, lo sé. No pretendía echarte nada en cara, tus hermanos y tú sabéis mejor que nadie que "padre" no es precisamente el que te engendra. Pero de todas formas, Luffy, Mae cargará con tu apellido durante toda su vida, incluso si llega a ser una gran pirata como tú. Nunca dejará de ser para los demás "la hija del Rey Pirata", admirada por unos y odiada por otros, tal y como le ocurrió a Ace, y mira lo que ese legado le hizo...

-Ace no se hizo conocido porque su padre fuera Gold D Roger, sino que lo fue por sus propios medios. Tengo guardados los recortes de periódicos que hablan de sus aventuras y sus hazañas, tanto en solitario como en la tripulación de Shirohige, y todas esas cosas no tuvieron nada que ver con quién era el padre de Ace.

El anciano se calló de golpe y le ofreció una mirada comprensiva al chico, había cometido un error hacia la memoria de Ace al pensar que su fama se la debía a la sangre que compartía con el primer Rey Pirata.

-A mí también aún me odian muchos renegados de la Justicia Absoluta porque soy el hijo de Dragon, pero lo que tengo y lo que soy lo logré porque luché por ello. Y Mae hará lo mismo que Ace y que yo, sé que será una gran pirata valiéndose de su propio pulso y esfuerzo.

De nuevo Naguri supo que se había equivocado con respecto a aquellos dos muchachos, quienes habían quedado en el pináculo de la Historia de la Piratería por sus propios medios, y por tanto, también se había equivocado con la niña que dormía plácidamente junto a Luffy, ajena al destino que le deparaba.

-Apostaré entonces por ella como lo hice por vosotros dos- sentendió el anciano con una sonrisa complacida.

Luffy le devolvió el gesto, sientiéndose agradecido por las palabras de su antiguo maestro, cuando de repente notó que Mae se movía en sueños.

-Papá, no robes mi desayuno... zzzz- murmuraba la pequeña, con un hilillo de saliva descendiendo de su boca.

-¡Jajajajaja!- se carcajeó Naguri sin poder evitarlo- Diablos, de veras que es digna hija tuya. Por cierto, olvidé darte la enhorabuena por tu matrimonio, se nota que sabes más sobre las chicas de lo que me imaginaba cuando serías mayor.

-Shishishishi. Nami es la mejor navegante del mundo y la quiero mucho, aunque cuando se enfada me golpea muy duro y me tira de las mejillas.

-Es una reina que está a tu altura entonces, jajajajaja.

-Shishishishishi.

Mae volvió a moverse, esta vez para señalar discretamente a su padre.

-Mamá, castiga a papá... zzzzzz... me ha robado el desayuno... zzzzz.

El aludido sintió tanto terror al oír aquella amenaza que hasta se olvidó de que su esposa no estaba allí.

-Chiiiiissst, calla, a ver si te va a escuchar.


En ese mismo momento, en el Thousand Sunny

Nami estaba tumbada en la cama mientras leía un libro cuando de pronto estornudó. Aquel espasmo la dejó un poco confundida, ya que era verano y no hacía ni una pizca de frío aquella noche. Ya recuperada, giró la mirada hacia el lado que solía ocupar Luffy y luego hacia el dibujo de un mapa de trazado irregular, que le había regalado Mae poco antes de que llegaran a Fuusha. La pelinaranja soltó un hondo suspiro, al tiempo que se tumbaba de espaldas sobre el colchón. Confiaba en que ambos estuvieran bien; Luffy era un padre atento aún a pesar de su carácter hiperactivo y poco maduro, y Mae había demostrado lo mucho que había aprendido a defenderse y a afrontar las dificultades gracias a su experiencia en la jungla. Pero en el fondo sentía la ausencia de ambos como un vacío profundo, hasta la del atolondrado de su marido, y eso que había pensado que se sentiría aliviada al disponer de tanto tiempo como ahora sin tenerlo molestanto aquí y allá.

-Ojalá esta última semana pase pronto- dijo la chica con la mirada hacia el techo- Os echo de menos, par de traviesos.