A Yamato Ishida no le gustaba leer cualquier libro. Lo suyo eran los clásicos.
Esa era una de las cosas que Tai había descubierto en los pocos meses que llevaba de castigo.
Era uno de los alumnos más populares de la escuela, y también de los más asiduos a su biblioteca. Respecto a los libros..., bueno, Tai no sabia muy bien porque de repente a Matt le gustaba tanto la lectura; que él supiese, su amigo mostraba tanta afición a la letra impresa como él (y eso ya era decir bastante ¬¬ ) La explicación a la primera parte era mucho más sencilla. Residía básicamente en su pelo rubio, sus ojos azules, su envidiable altura, y también, porque no, en su cuerpazo. Además, y por si era poco, tenia una voz increíble y era el líder de una banda llamada TeenWolf; por no hablar de ese halo de misterio y frialdad que hacia desear ser el elegido para abrir su helado corazón. Y entre esos aspirantes a salvar al increíble Matt de su soledad, estaba él. Por supuesto, Tai no actuaba de forma tan evidente como la mayoría de sus compañeros de clase, y ni que decir tiene el hecho de que nunca le había hablado a nadie de ese enamoramiento. Tenía miedo de perder lo que ya tenía con Matt, así que prefería ser su amigo y amarle en secreto, que confesarse y perderlo por completo.
Además, a Tai le gustaba ser su amigo. Sabía que gracias él Matt era un poquito más abierto, y que podían confiar el uno en el otro. Iban a clase y salían juntos, e incluso Matt se quedaba con él un ratito haciéndole compañía mientras cumplía con su castigo.
-Me llevo este.
Ahí estaba de nuevo Adonis, digo Matt. Tan rubio y tan alto como siempre y con otro libro entre las manos. Esta vez, El retrato de Dorian Gray.
Tai saco la tarjeta y apunto los datos necesarios.
-A este ritmo, antes de final de curso te habrás leído toda la biblioteca.
-Pues deberías aprender de mi y empezar tú también, al fin y al cabo te pasas media vida entre libros.
-No por voluntad propia.
-Al menos no has vuelto a llegar tarde- y el rubio no pudo evitar reírse.
-Ya tuve bastante humillación- contesto Tai, sonrojado y con la mirada hacia el suelo.
-Fue divertido- si quería provocarle lo estaba consiguiendo.
-O si mucho, sobretodo la parte en la que cuestionaba mi capacidad para usar un despertador- le contesto con ironía mientras le fulminaba con la mirada.
-Bueno, bueno, no te enfades. Por cierto, hablando de libros...
-¿Quién estaba hablando de libros?
-Evidentemente yo. A lo que iba, por que no pruebas con alguno. No se, por ejemplo Robinson Crusoe. Es de aventuras.
-No te esfuerces, no me gusta leer.
-Como puedes saberlo si no lo intentas.
-¿Por qué tanto interés en que lea un libro?
Por un momento Matt pareció sorprendido, como si alguien acabara de cogerle haciendo alguna travesura, pero se repuso rápido.
-Por tu propio bien. Bueno, tengo que irme, mañana paso a buscarte para ir a clase ¿vale?- y entonces puso cara de pillo y añadió- Que te lo pases bien.
Tai frunció el ceño y le saco la lengua, pero en cuanto el rubio se dio la vuelta no pudo evitar sonreír como un estúpido. Guardo la ficha de Dorian Gray, que aun tenia en la mano y no pudo evitar preguntarse como es que Matt se leía los libros tan rápido. Si no supiese que era estúpido, pensaría que los devolvía sin leer. ¿Pero si no leía los libros para que se los llevaba? Además, eso se podía hacer con uno o dos, para levantar la moral al pobre Tai, pero ¿con diez? Porque con el de Oscar Wilde hacían diez. No, pensar eso era una tontería.
Sin darse cuenta había llegado a la estantería exacta donde se podía encontrar Robinson Crusoe (sabía donde estaban la mayoría de los libros porque era él quien se encargaba de colocarlos).
Saco el libro y se quedo mirando la portada. Ya lo había leído. Lo había hecho hacía algunos años y aunque no repetiría le había gustado lo suficiente para acabarlo.
Dejo el libro de nuevo donde lo había sacado y volvió a su mesa para terminar los deberes (los cuales hacia regularmente durante el tiempo que ejercía como bibliotecario forzoso, más que nada para evitar nuevas broncas de sus padres y de ciertos profesores-que-parecían disfrutar-humillándolo).
Cuando se sentó y tomo el lápiz para seguir calculando la matriz que se traía entre manos, se dio cuenta de lo que acababa de hacer.
Una sola palabra de Matt y él le obedecía. ¡Dios mío! Debía controlarse o su pequeño secreto dejaría de ser secreto y también pequeño. Y mientras pensaba eso dejo caer la cabeza sobre la mesa y empezó a darse golpecitos sobre esta hasta que oyó un carraspeo y se incorporo. La pobre muchacha que tenía delante lo miraba con ojos divertidos mientras a duras penas contenía la risa y le acercaba el libro que se iba a llevar.
¡Oh Dios!- pensó. Otro día perfecto que añadir a su colección.
