CAPÍTULO 2.


Lo que Hermione presenció en San Mungo era algo que tardaría mucho tiempo en olvidar.

Era un completo desastre. Los médicos corrían de un lado para otro con las batas blancas manchas de sangre lanzando órdenes hacia todo el personal del hospital. Los rostros demacrados y cansados de las enfermeras que correteaban de un lado para otro con las medicinas. Los llantos despavoridos de los familiares que recibían la dura noticia de la muerte de un ser querido.

Alaridos de dolor que hacían temblar todos los cimientos de la seguridad a la que Hermione se estaba aferrando. No quiso -más bien no pudo- mirar cuando reconoció entre la multitud a Lilian, la joven chica de contabilidad, abrazada a una camilla en el pasillo. Abrazada al cuerpo sin vida tapado por una sábana del que había sido su marido. Estaban recién casados y ella embarazada de su primer hijo... Se mordió los labios con fuerza e intentó concentrar su mirada en el fondo del pasillo.

El corazón bailaba lento y pausado dentro del pecho, y cada latido era un dolor constante que le recordaba el sufrimiento que había a su alrededor. Estaban trayendo los últimos cuerpos que habían podido rescatar de la zona cero del Ministerio. Por ahora, ninguno había cruzado la puerta de San Mungo con vida. Hermione no pudo evitar soltar lágrimas de horror, de espanto, de tristeza. A esas las dejó salir sin reprimirlas en ningún momento.

La vida, a veces, podía ser tan horrible como maravillosa.

Sintió la mano enguantada de Ernest Ross entre el hueco de sus omóplatos mientras la empujaba hacia delante. Hermione agradeció el gesto. No solo estaba animándola a continuar, estaba diciéndole sin palabras que él también estaba sintiendo lo mismo.

Cuando doblaron la esquina del angustioso pasillo, Hermione pudo escuchar los gritos de Lilian entremezclados con otros que se fueron sumando hasta crear un murmullo de almas que compartían un dolor que sólo ellos eran capaz de entender.

Hamed iba delante abriendo camino entre la marea de gente que seguía fluyendo por cada recoveco del hospital. Hermione fue capaz de ver entre las lágrimas los rostros familiares de varios miembros del Comité de Seguridad esperando fuera de lo que parecía una improvisada sala de reuniones. Todos hicieron un gesto con la cabeza cuando la vieron aparecer, a modo de saludo, incapaces de decir ni una palabra.

Hamed hizo un gesto con la mano, señalando la puerta que estaba abierta, invitándola de forma silenciosa a que entrara.

Hermione se quedó paralizada durante unos segundos que le parecieron años. Hacía una hora estaba preparándoles el desayuno a sus hijos y ahora estaba intentado solucionar lo que parecía ser el fin de mundo. No era algo que pudiera hacer la facilidad con la que se descorchaba una botella de vino.

Necesitaba digerirlo. Era demasiado...

Era como revivir la Guerra de Hogwarts otra vez. Un trauma del pasado con el que seguía luchando todos y cada uno de los días de su vida.

Todavía tenía pesadillas y cuando escuchaba algún ruido fuerte, no podía evitar agacharse llevándose las manos en la cabeza porque su mente le recordaba los momentos en los que tuvo que hacerlo para preservar su vida. A veces podía escuchar en el silencio de su habitación los gritos de sus compañeros, de sus amigos. Gritos pidiendo ayuda, gritos de dolor, gritos que vaticinaban muerte y destrucción. Y ella gritaba también, como si así pudiera alejar todos aquellos recuerdos de su mente.

Pero nunca se irían. Siempre estarían ahí, como un recordatorio constante de que había logrado salir viva del mismísimo infierno.

Notó las palmas de las manos húmedas y una opresión en el pecho que apenas la dejaba respirar ni tragar saliva. Sabía que estaba teniendo un ataque de pánico y ella, Ministra en funciones, no podía permitirse perder el control de aquella forma.

Respira, pensó. Respira y haz lo que mejor sabes hacer: trabajar.

—¿Hermione? —la llamó entonces una voz.

Llegó lejana, distante, como si estuviera metida en una urna de cristal y no fuera capaz de distinguir más allá de su propia respiración.

Cuando Hermione levantó la cabeza, las piernas le temblaron tanto que temió caerse al suelo.

Era Harry. Harry Potter. El niño que sobrevivió, su mejor amigo, su hermano... Tenía el rostro desencajado y en la mirada verde tras las gafas de cristal, Hermione pudo descifrar lo que expresaban sin decir apenas una palabra.

Estoy aquí. Sé lo que estás pasando. Todo irá bien.

Y como las olas chocando con las rocas de una playa, Hermione se dejó caer contra él. Harry la sostuvo, la abrazó y meció durante unos instantes. Pasó las manos por su espalda con suavidad y después se separaron.

—Hermione. —repitió Harry esta vez con un poco de más fuerza en la voz. Cogió su rostro entre las manos y la obligó a mirarle a la cara: —Necesito que te centres. Esto acabará pronto, te lo prometo. Pero primero tenemos que hacer lo que se espera de nosotros. Hay gente ahí fuera que necesita respuestas... Y tenemos que dársela. Se lo merecen.

Ella sorbió por la nariz y asintió. Tenía razón. Ya tendría tiempo de llorar después. Lo haría por todas aquellas personas que ya no estaban... Por todos los que habían perdido tan injustamente. Por los de antes y por los de ahora. La pena, la culpa y sobre todo la tristeza, dieron paso a una vergüenza leve. Se retiró hacia atrás, pasó las manos por el pelo rizado y tras respirar hondo un par de veces, decidió entrar en acción.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó entonces —¿No estabas de vacaciones?

Harry sacudió la cabeza.

—Soy auror. Para nosotros no existe el descanso. —sus ojos se apagaron hasta ser dos como dos pozos profundos y a Hermione se le quebró el corazón cuando añadió: — Todo mi escuadrón ha muerto en una sola noche, Hermione. No podía quedarme en casa como si nada.

Hermione se quedó momentáneamente sin habla. Cuando le habían comunicado la muerte de los aurores ni por un segundo se le había cruzado por la mente pensar en Harry. Su amigo podría haber sido uno más entre las víctimas. Podría haberlo perdido y ella se había quedado ahí, tan tranquila...

Había sido una suerte que Ginny estuviera cubriendo como periodista freelance el Mundial de Quidditch y que Harry se hubiera visto en la obligación de pedir unos días libres en el trabajo para hacerse cargo de sus hijos. Si no hubiera sido así, probablemente habría muerto con el resto de sus compañeros en los sótanos del Ministerio.

Un escalofrío recorrió su espalda cuando se lo imaginó pálido e inerte, con los ojos vacíos y sin vida.

Todo esto debía de estar siendo muy duro para él... No sólo había perdido a sus compañeros, sino también a muchos de sus amigos. Estar aquí, con aquella entereza, sabiendo que nunca los volvería a ver, sintiéndose en parte responsable de sus vidas, no hacía más que demostrar lo valiente que era Harry. Y ella se había limitado a preguntarle por sus vacaciones.

Genial. Era una amiga estupenda.

Se llevó una mano al hueco que había entre las clavículas avergonzada con ella misma.

—Lo siento muchísimo, Harry... —susurró y cogió sus manos entre las suyas para darle un cariñoso apretón.

Él bajó la mirada hacia el suelo, como si allí pudiera encontrar algún tipo de consuelo.

—Eran mi responsabilidad... —murmuró en apenas un hilo de voz. —Soy... Era el jefe de ese escuadrón, Hermione. Yo les ordené que fueran a patrullar esa noche. Debía haber estado ahí con ellos. Debía haber muerto con ellos.

Hermione quiso decirle que no era culpa suya pero una voz a sus espaldas le interrumpió antes de que pudiera hacerlo.

—Señora Ministra...—dijo Ernest y ambos se giraron para mirarle. Su expresión era imperturbable: —La están esperando.

—¿Quiénes? —preguntó ella, todavía con las manos de Harry entre las suyas.

—Los Inefables—respondió el mago antes de desaparecer por la puerta seguido de Hamed.

Hermione miró a Harry quien a su vez hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Juntos caminaron hacia la puerta abierta.

Los Inefables... Pensar en ellos le daba escalofríos.

No porque le dieran miedo, sino por pensar en todos y cada uno de los secretos que tenían que guardar. En si eran tan terroríficos como parecían ser. Y de los cuales no estaban autorizados a hablar. Por el Ministerio circulaban los rumores de que antes de nombrar a un Inefable, se le obligaba a realizar un Juramento Inquebrantable donde se comprometían a llevarse todos aquellos misterios hasta la tumba.

Nunca dirían más de lo que se les estaba permitido decir. Aunque eso lo descubrirían enseguida.

Entraron en la habitación que estaba sumida en un espeso silencio. Como buen hospital que se precie, todo era blanco. Desde las paredes hasta el suelo, pasando por los muebles. Había una larga mesa con varias sillas de metal y sentadas en ellas se encontraban los Inefables.

Una mujer franqueada por dos hombres altos y fornidos. Los tres vestían las capas rojas que hacían distinción del título que portaban. A Hermione le sorprendió la juventud de sus rostros y cuando dios varios pasos en su dirección solo la mujer se levantó para recibirla.

Tenía el pelo negro, al igual que los ojos, y sus mejillas eran pronunciadas y hundidas dándole a su cara unos ángulos que la hacían parecer demacrada. Era joven, sí. Pero parecía llevar todo el peso del mundo encima de sus hombros.

—Soy Lydia Mintumble, Inefable de primer rango. —se presentó e hizo un gesto con la mano invitándola a sentarse. —Estábamos esperándola, señora Ministra.

Hermione cuadró los hombros y, seguida de Harry, se sentó delante del improvisado Comité de Seguridad. Su amigo no lo pensó dos veces cuando se sitúo a su lado. Los otros Inefables no dijeron nada, simplemente se dedicaron a mirar hacia delante fijando la vista en la pared blanca que había detrás. Ernest y Hamed no tomaron asiento en ningún momento, pero se situaron en un lado de la habitación haciendo constar su presencia.

Todos se quedaron en silencio mirando a Hermione. Estaban esperando a que dijera algo, cualquier cosa. Todavía le costaba asimilar que era Ministra- aunque fuera por unos días- y tampoco iba a negar que se moría de ganas de que llegara Kingsley Shackelbolt para quitarse aquel título de encima.

Tragó en seco, juntando las temblorosas manos sobre la mesa.

—¿Cuál es la situación en el Ministerio? —preguntó intentando que su voz sonara más firme y autoritaria. —¿Habéis podido averiguar algo más?

Lydia Mintumble no mostró ninguna expresión. Sus ojos negros estaban fijos en ella carentes de emoción alguna.

—El acceso al Departamento de Misterios es prácticamente imposible—respondió— Los peritos que están analizando la zona aseguran que hay peligro de derrumbe inminente.

—Pero ¿cómo es posible que sortearan los sistemas de seguridad? —preguntó Harry, centrado toda su atención en Ernest y Hamed. —¿No se supone que era responsabilidad vuestra?

Hamed dio un paso hacia delante de forma amenazante pero su compañero lo agarró por el codo intentando frenarlo de alguna forma.

—Espero que no estés insinuando que fue culpa nuestra, Potter, o te juro por Merlín que...

—Implantamos el mismo sistema de seguridad que en Azkaban. —dijo Ernest defendiéndose, con la expresión más seria que Hermione le había visto nunca. —Y ya sabes, Potter, que es prácticamente impenetrable.

—Entonces explícame porque quince de mis mejores hombres están muertos, Ross. —Harry se puso de pie de golpe y casi consiguió tirar la silla al suelo—¡Explícame como cojones han conseguido entrar sin que nadie reparara en ello!

—Porque no entraron, señor Potter. —interrumpió Lydia de repente, y todos los ojos de aquella habitación se fijaron en ella. —Ya estaban dentro.

Hermione frunció el ceño ante aquellas palabras.

—¿Qué quiere decir con eso?

Lydia respiró hondo y se puso de pie. Era menuda y algo bajita, pero con un porte magnifico. Esa clase de presencia que no pasa desapercibida. La capa se arremolinó junto a los pies cuando se desplazó tras la mesa.

—Lo que quiero decir, señora Ministra, es que alguien les dejó entrar. Alguien les abrió las puertas del Ministerio.

Harry y Hermione intercambiaron miradas.

—¿Está insinuando que hay un topo en nuestras filas? —esta vez habló Hamed con la voz tan afilada como la punta de una cuchilla.

—¿Cómo sino explicaría usted, señor Shaqif, que atravesaran los muros del Ministerio sin que saltara ni una sola alarma? —Lydia dio varios pasos hasta situarse en medio de la antiséptica sala. El color rojo de su indumentaria resaltaba como si fuera sangre en mitad de la nieve. —¿No era la seguridad lo que hacía de Azkaban una fortaleza inquebrantable?

Otro silencio recorrió la sala, pero esta vez era diferente. Era más premeditado, como si todos estuvieran analizando cada una de las palabras de aquella mujer.

—No. Eso es imposible. Preparamos todo para que nadie pudiera acceder desde el exterior...—comenzó Ernest.

—Exacto, señor Ross. Desde el exterior...—interrumpió Lydia de nuevo—Pero nadie pensó que había que protegerse de alguien que estuviera ya en el interior. ¿Me equivoco?

Hermione también se levantó de la silla mientras se frotaba los brazos como si intentara entrar en calor.

Lo que decía Lydia no era para nada descabellado. Ella también había pensado lo extraño que resultaba aquel inminente ataque. En lo raro que había sido que con un sistema tan sofisticado como era el de Azkaban, no saltaran las alarmas. ¿Y si en realidad había un infiltrado de La Resistencia dentro del Ministerio? No podían descartar ninguna opción, y aquella, por mucho que le pesara, era la que más sentido tenía. No era la primera vez que atentaban contra el Departamento de Misterios, pero todas sus tentativas habían fracasado hasta ahora.

Por primera vez, habían logrado su objetivo y era más que obvio que habían recibido ayuda de algún tipo.

—¿Quién crees que ha podido ser? —preguntó Hermione.

No pudo evitar mirar a Harry quien se pasaba las manos por el pelo como siempre hacía bajo una situación de estrés. Varios mechones se le quedaron hacia arriba como si hubiera recibido algún tipo de corriente eléctrica.

—No lo sé, pero debe de ser alguien que conoce nuestra forma de actuar a la perfección. Alguien que sabe como entrar dentro sin levantar las mínimas sospechas.

—Tal vez fuera uno de tus aurores. —escupió Hamed devolviéndole el dardo envenenado que Harry le había lanzado anteriormente. —Si no me equivoco, eran los únicos que estaban en el Ministerio esa noche, Potter.

Sin que nadie se lo esperara, Harry se lanza contra Hamed con una rapidez asombrosa. Hermione no supo cómo -ella nunca había tenía buenos reflejos- pero logró agarrarlo a tiempo por el cuello de la camisa y tiró de él hacia atrás para evitar un mal mayor. Estaba segura que si lo soltaba sería capaz de armar un espectáculo para nada agradable.

Consiguió retenerlo haciendo tanta presión sobre su hombro que le clavó las uñas en la piel.

—¡Harry! —gritó Hermione—¡Harry, ya basta!

—¡Mis hombres eran fieles al Ministerio! —gritaba él completamente fuera de sí. —¡Han muerto haciendo su trabajo de manera impecable! ¡Retira eso, sucia rata despreciable!

Hamed emitió un sonido parecido a un gruñido y cuando hizo el gesto de sacar la varita de dentro de su chaqueta, Hermione actúo con rapidez.

—Ni se te ocurra hacerlo, Shaqif. —le lanzó una mirada tan ácida que el hombre se quedo estático—Tengo la potestad de mandar que te detengan si alzas la varita en mi presencia. Ya lo sabes.

—Buscar culpables no tiene sentido ahora. —dijo Lydia de repente.

Hermione reparó en que los otros dos magos que la acompañaban se habían puesto de pie a su lado en clara posición de defensa.

—Lo importante es saber si La Resistencia ha logrado llevarse algún objeto del interior del Departamento de Misterios. —continuó la bruja—Debido a los daños de la explosión los Inefables no hemos podido acceder a su interior.

Interesada por aquella nueva información, Hermione soltó a Harry, pero antes le lanzó una mirada de advertencia. Esa que les dedicaba también a sus hijos cuando quería que se portaran bien. Harry se sacudió, mirando hacia donde estaba Hamed que todavía seguía sujeto por Ernest, quien parecía no fiarse tanto de su compañero.

—¿Qué es lo quieren? —preguntó Hermione, ahora con curiosidad.—¿No tenéis una idea de que han podido llevarse?

Lydia se adelantó unos pasos hasta situarse delante de Hermione. Desde aquella distancia pudo verlas arrugas que se ceñían en los vértices de sus ojos oscuros.

—Si lo supiera no estaríamos aquí perdiendo el tiempo, señora Ministra. Le recuerdo que hay miles de objetos dentro del Departamento y todos igual de importantes y peligrosos. Si hiciéramos suposiciones tardaríamos meses en averiguarlo.

—Osea, que mis compañeros han muerto por nada...—escupió Harry con tanto veneno en sus palabras que Hermione no pudo evitar mirarle sorprendida.

Tenía los ojos rojos y los puños fuertemente apretados. Lydia pasó ese comentario por alto.

—Pero por suerte para nosotros...Tenemos a un testigo directo del atentado.

Dio varios pasos, paseándose de nuevo por la sala alargando la pausa más de lo necesario para luego mirar a todos y cada uno de los miembros de aquella sala. Después observó a Harry con las finas cejas arqueadas levemente.

—El superviviente es uno de sus aurores, señor Potter. Deduzco que nadie la ha comunicado ese pequeño detalle.

Ante aquellas palabras, Hermione abrió los ojos de golpe.

¡Malfoy!

Se había olvidado completamente de él, como también se había olvidado de mencionárselo a su amigo antes de entrar a la reunión. Observó como en el rostro de Harry hubo un cambio: sus facciones, antes crispadas por la rabia y el dolor, se habían suavizado hasta el punto en el que Hermione pudo reconocer al Harry de siempre. Lo vio trastabillar hacia detrás, como si hubiera perdido el norte durante unos segundos, para sentarse de nuevo en la silla. No se le pasó por alto el temblor que había en sus manos.

Harry tenía los labios fuertemente apretados y sus ojos verdes se giraron para mirar a su amiga. La pregunta silenciosa que los empañaban fue suficiente para hacerla hablar.

—Es Malfoy...—susurró ella.

Hermione no supo descifrar lo que vio en su mirada. Una mezcla entre alivio, sorpresa y confusión.

—Bien. Es una buena noticia.—murmuró casi en voz baja, y no dijo nada más.

Pero Hermione no estaba segura de si para él lo era en verdad.

Todavía recordaba el día en que Harry había llegado a su oficina hecho una fiera gritando a los cuatro vientos que había recibido una solicitud en el Departamento de Aurores para la admisión de un nuevo integrante a su selectivo cuerpo. Y que dicho integrante era nada más y nada menos que Draco Malfoy. Y también como lo único que pudo hacer su amigo fue resignarse.

Malfoy había pasado los exámenes teóricos y prácticos con las notas mas altas de su promoción -que eran los más difíciles de todo el Ministerio- y, para bien o para mal, se merecía ese puesto tanto como los demás. No había sido fácil ni para el uno ni para el otro, y después de cinco años trabajando juntos se podría decir que se había abierto entre ambos una silenciosa tregua. Hermione pensaba incluso que Harry había llegado a acostumbrarse a su presencia sin que le resultara molesta.

No podían llamarse amigos, pero tampoco eran enemigos.

Debía de ser una sensación extraña, pensó Hermione. Sentir alivio de que la persona que tanto habías odiado en un pasado, esa que se había dedicado a hacer de tu vida un infierno, estuviera sano y salvo.

Los sentimientos de Hermione por Malfoy eran más...complicados. No se alegraba de su situación, por su puesto. Nunca se alegraría de que algo malo le sucediera. Ella no era así. Pero su resentimiento no tenía nada que ver con el odio infantil que acarreaba Harry, por ejemplo.

Lo de ella era algo más personal.

Para ella, Draco Malfoy no era nadie. Tan sólo alguien de su pasado, alguien que se lo había hecho pasar mal durante su infancia con sus insultos y humillaciones. Los recuerdos que poseía de él no eran precisamente agradables.

A pesar de trabajar ambos en el mismo lugar, Hermione sólo había coincidido con él en dos ocasiones. La primera hacía tres años en la estación de King Cross, el primer año de Hogwarts de Rose. Lo había visto de lejos caminando por el andén mientras agarraba a su hijo Scorpius por el hombro de la misma manera que había hecho su padre con él cuando era niño. Cruzaron una mirada que apenas duró unos segundos pero que fue suficiente para no querer volver a hacerlo.

La segunda, hacía apenas unas semanas y de manera totalmente fortuita en uno de los tantos ascensores del Ministerio. Él entraba y ella salía y ambos se habían chocado como en esas comedias románticas que tanto le gustaban a su hija. Y en realidad, la situación si que fue cómica. Se habían mirado el uno al otro, sin saber que decir, bloqueando las puertas del ascensor hasta que Malfoy, haciendo alarde de su "amabilidad" la apartó con un empujón mascullando:"Quítate de en medio, Granger. Tengo prisa". Esas fueron las primeras palabras que le había dedicado después de tantos años sin verse.

Y esa era toda la relación que mantenía con Draco Malfoy. Es decir, prácticamente inexistente.

—Debemos interrogarle cuanto antes.—continuó Lydia, sacándola de sus pensamientos.—El señor Malfoy es la única persona que puede arrojar algo de luz en todo este asunto. Puede haber visto quien es el traidor. Y lo más importante: qué se llevo consigo.

Como si hubiera estado esperando la oportunidad, Hamed Shaqif dio un paso adelante para mirar a Harry, quien todavía tenía la mirada perdida en la nada, como si estuviera sumido en una batalla mental consigo mismo.

—Si buscábais a un traidor, Potter, ahí lo tienes.

Hermione no pudo contenerse y se sorprendió a si misma cuando habló.

—El señor Malfoy es inocente hasta que se demuestre lo contrario, Shaqif.

En parte era algo razonable. No podían llamarlo traidor sin tener pruebas para hacerlo.

—Pero su pasado es más que suficiente para inculparlo, señora Ministra.—dijo esta vez Ernest Ross y a Hermione no se le pasó por alto el sarcasmo impreso en la última palabra. —Qué casualidad que el único superviviente sea auror y ex mortífago a la misma vez.

Hermione suspiró. Tristemente ante eso, no podía dar defensa alguna. No podía cambiar el pasado de Draco Malfoy, pero pensó que se merecía que alguien defendiera su presente. Los tiempos ahora eran otros y Malfoy siempre había demostrador ser fiel al Ministerio. O eso es lo que creían.

—Si Malfoy es el traidor, te aseguro que se le aplicará la máxima pena posible, Ross. Pero por ahora está libre de cualquier delito—le dedicó una mirada servera al mago, quien apartó la vista algo incómodo. Después se giró hacia Lydia:— ¿Qué es lo que necesita exactamente del señor Malfoy?

—Con una confesión no nos basta, señora Ministra. Los Inefables tenemos que tener acceso a sus recuerdos. Es la única forma de saber que sucedió exactamente.

Después la Inefable se encogió de hombros para acabar añadiendo:

—Pero hacer ese trabajo no me corresponde a mi, le corresponde a usted como Ministra. Nosotros aquí ya hemos terminado.

Hermione miró con consternación como la bruja se dirigía hacia la puerta seguida por sus dos silenciosos compañeros. Pestañeó algo confundida, cuando abandonaron la sala de forma rápida, pero consciente de que tenía la razón. Tenía que coger los mandos de la situación. O al menos intentarlo.

Miró a Harry, que seguía tan callado que rozaba lo preocupante. Después se cuadró de hombros y se giró hacia Ernest y Hamed.

—Ross, Shaqif.—les llamó con más seguridad de la que realmente sentía.—Id al Ministerio. Necesito que recabéis toda la información posible. También quiero una lista de todas las personas que hayan entrado y salido del Ministerio en los último meses, desde el servicio de limpieza hasta el rango más alto. Todos. Si es verdad que hay un infiltrado, puede ser cualquiera. Si encontráis algo sospechoso, hacérmelo saber de inmediato.

—¿Algo más, Ministra?—preguntó Ross con sorna en la voz.

—Sí. Que os perdáis de mi vista de inmediato. —ordenó.

Ambos magos asintieron para acabar obedeciendo su orden. Ernest Ross fue el primero en salir, con la cabeza en alto. Hamed se regocijó más. Acomodó los guantes de cuero en sus muñecas como si quisiera asegurarse de que estaban bien ceñidos.

—Que duermas bien esta noche, Potter. —dijo antes de salir de la habitación no sin antes dar un portazo.

Cuando se quedaron completamente solos, Hermione se llevó las manos a la cara. Era más que obvio que poseer poder y saber utilizarlo no era lo suyo. Su primera actuación como Ministra había sido un desastre.

Harry se removió en la silla, pero esta vez parecía haber despertado de aletargamiento en el que estaba sumido. Miró a Hermione y por primera vez en lo que iba de día, le dedicó una tímida sonrisa.

—¿Y ahora que hacemos, Ministra?

Hermione le devolvió la sonrisa. No sabía como pero siempre lograba que las peores situaciones fueran más livianas. No dijo nada cuando se encaminó con pasos seguros hacia la puerta y la abrió de par en par. Se giró para mirar a su amigo por encima del hombro.

—Vamos a ver a Malfoy. Seguro que lo primero que querrá ver en estos momentos sean nuestras caras.

Harry se puso de pie con unas energías renovadas. Como si fastidiar a Draco le diera las fuerzas que le faltaban. Cuando pasó por el lado del Hermione, le escuchó murmurar por lo bajo.

—Pero no podrá negar que son unas caras muy guapas.


¡Hola!

Antes que nada tengo que decirlo...¡Estoy flipando! Gracias por todos los reviews y follows. Me ha hecho muchísima ilusión que el primera capítulo haya gustado tanto *-*

Aquí traigo el segundo, que espero que os guste tanto o más que el primero! Tengo que decir que el desarrollo de la historia será lento y los capítulos por ahora no serán muy largos. No quiero desvelar todo desde primer momento, me gusta ir poco a poco y que vayáis sacando vuestras propias conclusiones. Por ahora, intentaré actualizar una vez en semana y siempre el mismo día. Lo intentaré xd

¿Qué pensáis que se ha llevado La Resistencia? ¿Pensáis que Draco es el traidor? Y si no es así, ¿quien creéis que podría ser? Me gustaría mucho leer vuestras opiniones y ver si alguno/a acierta!

Y como quiero que tengáis ganas de esperar al siguiente capítulo os adelanto que el encuentro de Hermione con Draco no es para nada como os lo imagináis... Ahí lo dejo jajaja.

Os leo en los comentarios que responderé con mucho gusto

Un saludo :)