- Es majo. - Comentó Sasha tras un breve silencio refiriéndose a Reiner mientras se alejaban de la tienda.

- Lo es. - Afirmó Jean.

- ¿De qué os conocéis? - Inquirió, y Connie secretamente le agradecía muchísimo que hiciera ella las preguntas para no tener que hacerlas él.

- Va conmigo a Baloncesto. - Los informó y sabiendo que lo seguirían, enfiló el largo pasillo que los llevaría directos al FNAC, porque era rutina para ellos y casi sagrado hacer esas paradas en orden cada vez que visitaban el centro comercial. - Él y Bertholdt son las dos montañas del equipo y no veáis como destacan porque quitándolos a ellos dos y a mi, el resto son casi tan bajitos como Connie. - Bromeó.

El pequeño rodó los ojos, pero no, esta vez no diría nada acerca de la burla de su baja altura.

- ¿Reiner y Bertholdt? - Cuestionó en cambio. -Vaya dúo. Esos nombres no se oyen cada día.

- El padre de Reiner es alemán, por parte de Bert no tengo ni idea. También es un buen tío pero aún no he tenido mucha relación con él. Me apunté hace solo un par de semanas, ya sabes.- Dijo y Connie fue escuchando con mucha atención hasta que su amigo concluyó.

«Así que baloncesto»

Ni siquiera se dio cuenta de la mirada cargada de sospechosa que le estaba dirigiendo Sasha.

XXX

Maldita ambivalencia y estúpido sinsentido.

Y es que no había otra palabra más que "sinsentido" para definir la corriente de pensamientos de Connie respecto al sex symbol que trabajaba en el Game, porque para empezar, cuando una persona decide que su nueva tienda de videojuegos favorita va a ser esa, única y exclusivamente porque trabaja él -Era lo único impresionante de la tienda- lo normal es que fuera a ir más de una vez después de conocerlo.

Y él no se atrevía. Que va, para nada. Le daba corte, su último y único encuentro había sido un poco desastre. ¿Y si se volvía a quedar sin voz o sus piernas se volvían pudding?

Dios bendito, juraba que tenía la mente más pesimista de todas.

- Que extraño - Opinó un día su madre el fin de semana y levantó una ceja. - La primera vez en mucho tiempo que venimos al centro comercial y no dices nada de ir al Game.

- Me compré un juego hace un par de días. - Replicó Connie con rapidez. - Lo mejor para evitar tentaciones es no ir.

- Chico listo. - Su madre seguía extrañada, pero lo dejó pasar con una sonrisa, miró a su padre y cambió de tema para no volver a sacarlo.

XXX

Fue el lunes cuando Connie se pasó por allí de nuevo después de salir del instituto con la única compañía de su mochila y su cartera. Su principal objetivo era comer en el McDonald's dentro del centro comercial. Mentiría si dijera que el pensamiento de pasarse por el Game no se había cruzado fugaz por su mente ni una sola vez. Es que de hecho se había instalado ahí y cada vez que clicaba en el archivo para eliminarlo se abría una ventana mental con error y se reproducía el clásico error de Windows. Sin embargo, no eran ni las 15:00 y no sabía si Reiner entraba a trabajar tan pronto. Fuera como fuese, primero comería algo, porque su estómago no paraba de pedir alimento, emitiendo ruidosos sonidos intermitentes como hacía su perro por debajo de la mesa cada vez que lo veía comer una costilla de cerdo o una buena hamburguesa. Y hablando de hamburguesa...

No tenía claro cual elegir.

Torció los labios frente a la pantalla táctil que mostraba tres filas de diferentes tipos de hamburguesas de ternera, todas muy variadas, y al final se encogió de hombros y pidió la Big Mac, porque total, se conocía y al final siempre pediría esa. Más le valía pedirla ya y ahorrarse los dos minutos de siempre que le llevaban elegir para concluir siempre de la misma forma.

Desde luego, lo que menos se esperaba en esos momentos era escuchar una voz masculina a sus espaldas.

- Hola, Connie.

Abrió bien los ojos y se giró sorprendido, quedando cara a cara con Reiner. Separó un poco los labios, y de forma tonta, lo saludó con voz temblorosa.

«Que se sabe mi nombre, la leche.»

- H-hey, Reiner. - Y enseguida, al darse cuenta de que ya iba a volver a dejarse mal a si mismo, siguió hablando con rapidez. - ¿Cómo me has reconocido de espaldas? - Preguntó al final, porque ciertamente la curiosidad le corroía (no podía ser por la cabeza rapada porque llevaba un gorro beige) y se alegró enormemente de que su voz fuera firme.

El rubio exhibió esa simpática sonrisa suya que por poco le provocó una seria taquicardia y no tardó en responder.

- Digamos que esa bufanda multicolor tuya es un tanto peculiar.

- Peculiar. Bonita forma de maquillar la palabra "fea". - Suspiró Connie.

El más alto no se esperaría esa respuesta porque sus ojos se ampliaron de más.

- No era eso lo que quería decir. - Indicó.

- Tranquilo. - Sonrió Connie - Sasha y Jean ya han dejado clarísimo que soy la única persona en el mundo a la que esta bufanda le mola.

Reiner dejó escapar aire por la nariz, riendo.

- Lo has dicho tú, no yo, que conste. - Remarcó. - Pero no pienso que sea fea. ¿Ya has terminado? - Añadió volviendo la mirada a la pantalla y Connie cayó en cuenta de que aún no había finalizado su pedido. Se giró con rapidez.

- Oh, sí. Perdona, también querrás pedir.

- No te preocupes. El único riesgo que corres al impedírmelo es que empiece a devorar personas al azar con el hambre que tengo.

La verdad es que a Connie no le importaría lo más mínimo que se lo comiera a él enterito.

Con ese pensamiento en mente, el chico rió por la broma del rubio y se hizo a un lado para dejarle ocupar la pantalla luego de coger su papel con su número. 107.

- Es una suerte que haya tan poca gente hoy. - Opinó Reiner. - Otros días hay tanta cola que me toca comer a toda prisa para acabar antes de que se termine mi descanso.

- Oh. Estás en tu descanso ahora. ¿Cuanto te queda?

- Un cuarto de hora. - Respondió y marcó la opción de finalizar su pedido. Él había escogido una hamburguesa CBO. Otro clásico. - Mi compañero se va ahora así que me quedo yo solo. ¿Quieres que nos sentemos juntos? - Preguntó y se volvió hacia él. Connie sonrió por acto reflejo, porque estaba tan pillado que la opción de sonreír de forma voluntaria le había sido arrebatada.

- Claro.

Tres minutos después se dirigían hacia una mesa libre del fondo pegada a la pared y con dos sofás. Se sentaron uno en frente del otro y Connie corrió con rapidez a coger un par de patatas fritas como un muerto de hambre y Reiner tuvo que reírse. Él por su parte, fue directo a sacar la hamburguesa de su caja y darle un bocado.

- Jean dijo que os conocíais de Basquet. - Sacó tema de conversación Connie tras unos segundos.

Reiner terminó de masticar, tragó y asintió con la cabeza.

- Así es. No estaba muy seguro de apuntarme, de hecho fue mi mejor amigo el que me arrastró ahí, pero al final me ha gustado. Y he conocido a gente interesante, la verdad. No me arrepiento. - Confesó con una sonrisa mirándolo. Connie le devolvió el gesto y siguió comiendo.

- ¿Y tú? ¿Qué hay de ti? ¿Haces algo de hobbie o solo juegas a videojuegos? - Inquirió y su tono fue bromista.

Connie se sonrojó un poco con la pregunta. Él no era de lejos alguien interesante... su vida era de lo más aburrida.

- Me temo que solo juego a videojuegos. Y como y duermo.

Reiner rió un poco.

- ¿Cómo vas con Until Dawn?

- Bien... - Dijo tras unos segundos y tuvo que reírse un poco por lo bajo. - Hum. Puede ser que casi me haya dado un infarto ya solo con el principio del juego, pero es mi defensa diré que es el primer juego de terror que pruebo, así que...

Eso volvió a hacer reír al rubio.

- Así que eres un miedoso, eh.

- Que no. - Le sacó la lengua, gesto infantil pero que pareció divertir a Reiner.

Lo hacia sonreír mucho, y le había arrancado más de una carcajada. Tendría que ser navidad. Sentía maripositas cada vez que causaba ese efecto en Reiner.

Den pronto recordó las primeras palabras que Reiner le había dicho.

- Oye, me dijiste que tú no podrías jugarlo. ¿Y eso?

- Oh. Fácil, no tengo paciencia con esos juegos en los que la historia se adapta a las decisiones que vas tomando por el camino. Dan tan pocos segundos para pensártelo... - Casi estuvo por interrumpirlo y argumentar que eso lo hacía todo más realista. -y yo me pongo nervioso y lo siguiente que ves es a mi golpear el teclado o lanzando el mando de la play por la ventana.

Esta vez fue el turno de Connie de reír. La imagen mental no podía ser más graciosa.

- ¡En serio! Y eso que transmites la imagen de alguien de lo más calmado...

- Já, no. - Reiner negó con la cabeza manteniéndole la mirada, divertido. - Ni en broma. Has de mantenerme alejado de esos juegos, mi compañero de piso te diría lo mismo.

Connie seguía sonriendo.

- ¿Seguro que es eso? ¿O es porque te da miedo? - Se aventuró a preguntar arqueando una ceja y dejando que su sonrisa se volviera pícara.

Reiner se cruzó de brazos y apretó los labios con una pequeña sonrisa.

- Te equivocas.

- Ya, ya... - Lo picó Connie.

Reiner cogió una patata frita y se la lanzó con diversión. Y el gesto fue tan infantil y propio de Connie que la sorpresa del acto lo hizo reír. Conectaban muy bien juntos y se entretenía tanto a su lado que perdió por completo la noción del tiempo, y cuando Reiner pasado un rato abrió los ojos de par en par y le preguntó un atropellado "¿qué hora es?" la realidad chocó contra ellos a gran velocidad.

Y es que habían pasado cuatro minutos de más del descanso de Reiner, que por suerte había terminado de comer. Se levantó rápido del sofá en cuando Connie le dijo la hora que era y se pasó una mano por el pelo.

- Joder, se me fue el santo al cielo. - Murmuró. - Mierda.

Sí, exacto. Mierda. No podría expresarlo mejor.

Connie hizo un mohín cundo sus miradas conectaron, porque la verdad, se lo estaba pasando muy bien con él ahora que el nerviosismo inicial había pasado y empezaba a conocerlo y a soltarse más con él.

- Ves tirando. Yo recojo todo, no te preocupes. - Anunció dedicándole una sonrisa tranquilizadora y Reiner le devolvió otra. Se humedeció los labios y sorprendiéndolo, preguntó:

- Gracias. Oye, Con, ¿me das tu número?

El corazón de Connie se saltó un latido. Y es que no solo le había pedido el número, además perdería más tiempo en apuntarlo cuando estaba claro que le corría prisa. Por suerte, logró evitar que la sonrisa que portaba en esos momentos, se extendiera de una oreja a otra, e ilusionado, dijo con rapidez.

- Sí, corre apunta.