Disclaimer: Todo lo que reconozcan le pertenece a J. K. Rowling y yo no lucro con ello. No gano ni un centavo partido por la mitad, vamos.
Este fic participa en el "Intercambio de Regalos Navideño 2014" del foro "La sala de los Menesteres"
Fotografía no. 2: El día que nos besamos en el infinito
Parece, literalmente, el infinito. Aquella foto, fechada en julio de 2021, está hecha en una habitación oscura con paredes de espejo y del techo parecen flotar series de pequeños focos. James y Rose se besan, casi tímidamente, en el centro de la fotografía. Ella alza la cara hacia él y él sonríe, atrayéndola hacia sí. Pero su sonrisa es medio nerviosa, como si algo en aquel cuadro estuviera mal
Para Jesús. Porque hay recuerdos que se graban con fuego en el corazón
Rose decía que la idea había sido de James, porque él había sido el que había hablado de salir un rato a explorar. Ella la había hecho ponerse ropa muggle antes de acceder a pasearlo como si nada por todo Londres. Y habían acabado allí. Realmente su mirada incrédula había ido aumentado con cada sala de aquella pequeña exposición de arte moderno y sabía que no era la única persona a la que le pasaba eso: la mitad de la gente que veía estaba igual que ella. Así que optó por echarle la culpa a James en susurros mientras se aproximaban a la última sala.
James insistía que la idea de entrar al museo había sido de Rose. Ella era la que había cursado Estudios Muggles, después de todo. Él sólo quería explorar un rato, no había dicho nada de entrar a exposiciones de arte moderno a las cuales había que entrar colocado para entender algo. Había intentado leer algunos de los textos en las paredes para ver si entendía algo, pero no le quedaba nada claro. Sólo que todo aquello era producto de una mente enferma.
Lo confirmó cuando vio que la artista había pasado sus últimos días en un psiquiátrico.
—¿Has entendido algo? —preguntó.
—No —le dijo Rose—. Además hay cosas muy extrañas.
Sí que las había. James suspiró mientras seguían a la fila y oían las instrucciones de una mujer que hablaba con voz cansada. Debía de haberlas dado al menos mil veces porque se oía totalmente hastiada.
—Caminen al centro del pasillo, no se acerquen al agua… —empezó, recorriéndolos a todos con la mirada—. No toquen nada. Si las luces se apagan y se quedan a oscuras se quedan parados donde están dos segundos hasta que se vuelvan a prender. Adelante…
Hablaba con el tono de aquel que ha repetido lo mismo un millar de veces y a quien no le han hecho el suficiente caso, al parecer. Sin embargo, James entendía por qué. Al entrar a aquel cuarto, en apariencia pequeño, el resto del mundo desaparecía. Un pasillo que iba de una esquina a otra —de una puerta a otra— haciendo una escuadra, era el único piso firme. Abajo había agua. Y todo lo demás era espejo.
James se quedó absorto unos segundos, intentando encontrar el final de aquel cuarto y descubrió que el infinito le devolvía la mirada. Del techo colgaban series de luces neón que cambiaban de color: azul, amarillo, rosa, púrpura. Aquello contribuía a provocar esa sensación de sentirse en un lugar sin fin, en el infinito.
—Es… increíble… —murmuró Rose, viendo mil versiones de ella en las paredes.
James estaba seguro de que seguía sin enteder el arte de esa mujer, de aquella artista y su obsesión con los puntos y el infinito, pero estaba de acuerdo con Rose: aquel lugar era increíble.
Agarró a Rose por la cintura y la acercó un poco.
—James… —en la voz había advertencia pero también confusión.
Llevaban una relación extraña en los últimos tiempos y Rose la notaba. Tenía sentimientos que no sabía cómo nombrar, pero sabía que cada que James la tocaba la recorría una descarga eléctrica. Aquello nunca le había pasado antes, no con aquella intensidad y una parte de sí misma intentaba reprimirlo. Pero nunca podía, así que su sonrojo era completamente evidente y su sonrisa nerviosa decía por ella todo lo que ella no se atrevía a decir.
—Podemos… —empezó James, sin saber exactamente qué iba a hacer—, decir que fue una de nuestras versiones en los espejos… —y la besó.
Fue un beso corto, nervioso. No hubo pasión en él, pero aun así, Rose sintió que una descarga la recorría, así que se dejó llevar por un momento. Se quedaron estáticos hasta que el resto de la gente los obligó a avanzar.
Podrían haberlo olvidado, tal como había dicho James, fingir que sólo había sido una de las mil versiones en los espejos.
Pero salieron del museo tomados de la mano.
Si tienen algún interés, la artista que cito es Yayoi Kusama, que hace poco presentó Obsesión Infinita en el Museo Tamayo. Hablo exclusivamente del «Infinty Mirror Room», que pueden googlear. Realmente impone (y eso que yo no entiendo nada de arte moderno).
Andrea Poulain
A 6 de noviembre de 2014
