Me disculpo por la demora. En verdad.

Espero hayan tenido un lindo fin de año y que éste que comienza sea mejor.

Sin más, espero y disfruten de la lectura.


—Déjame. No me toques.

—Anda, vamos, no seas tan...

—¿Tan qué?

Suspiró. Era imposible. Lidiar con esa mujer era sencillamente una tarea imposible. Tan terca ¡tan cabezota! Tan... tan...

Tan Milo...

La parte analítica de Camus le decía que solamente se trataba de una rabieta, de esas que las mujeres solían tener, pero a pesar de conocerla en demasía, no entendía muy bien a qué se debía esa obstinación y parquedad que había adoptado, sobre todo porque pensó que el recibimiento sería otro. Hacía cinco meses que no se veían.

¡Cinco larguísimos y necesitados meses!

Le urgía verla, tenerla, abrazarla. También desnudarla y comerla por entera. Había partido a Siberia por fin después de unos años tranquilos en el Santuario, donde su relación se había solidificado, convirtiéndose en una pareja estable y aceptada. Incluso Camus, que era muy estricto y protocolar en todos los aspectos de su vida, se había presentado ante el Patriarca para pedir su permiso y la bendición de la pequeña Athena que descansaba en su Templo y que nadie podía tener acceso. Él como fiel Santo, no dudó nunca de su existencia, y tampoco cuestionó el desinterés del hombre que los comandaba. Y desde ese día, no dejaron de demostrarse cariño, a su muy peculiar manera, pero completamente sincero.

No había sido un camino fácil, claramente. Milo había aprendido a subsistir por sí misma tanto tiempo, que la inclusión de una persona a su mono-circulo dejó en ella una agobio enorme. Camus quería ser atento, ella quería demostrarle que era autosuficiente y entonces se producía un enorme choque de fuerzas individualistas.

A Camus tampoco le agradaba mucho que le dijeran cómo hacer las cosas. Él era inteligente, mucho. Era sin dudas el más inteligente de toda la Orden. En su vida hubo situación alguna que no pudiera resolver. Pero un buen día chocó de frente y sin freno a la realidad de que él no sabía absolutamente nada de relaciones. Odiaba no tener el control.

Conocía a Milo, pero una cosa era la amistad y otra muy distinta era el amor. Ambos habían borrado la linea que separaba el respeto de la intimidad, habían dejado de guardar aquella parte de su ser que los obligaba a esconder los sentimientos y deseos de contacto, más allá de los fugases abrazos que pudieron darse en un principio. Ahora le sumaban los besos, las caricias, el anhelo mal disimulado del sexo, en un principio. Después esa barrera también se derribó y el sexo ya no era un anhelo, sino una realidad por demás placentera.

Ambos habían cedido algo, ambos habían dejado un poco su sagrado individualismo para permitir que el otro tomara el control por momentos. Habían hallado el equilibrio entre sus íntimos mundos.

La noche antes de partir a Siberia, Milo había sido especialmente cariñosa, incluso y de una manera tierna, sumisa a él. Consintíendolo en todo, sin ocultar sus tristes ojos, que le observaron en todo momento húmedos y llenos de amor, le había conmovido tanto que él mismo dejo su rígida personalidad para mostrarse tan cariñoso como esa pelirroja le inspiraba... la había amado de mil formas, sin cansarse, sin llenarse de ella, siempre quería más, la deseaba en todo momento. La adoraba tanto. Y es por eso que le dolió su actitud. Milo lo había recibido con una indiferencia que pasmaba. Si lo había aprendido de él, entonces Camus pensó que lo había superado con creces.

—Milo, sabes que no me quedaré mucho tiempo.

—Entonces, ¿quieres follar y nada más?

Camus se llevó una mano a la sien, dando una suave masaje a la zona, pidiendo calma. Se había acostumbrado a la soltura con que Milo hablaba en ocaciones, a las palabras altisonantes y muchas veces soeces, pero esto ya era el colmo.

—No es eso, sólo quiero abrazar y besar a mi novia, la cual no he visto hace cinco meses.

—Eso quiere decir que no soy lo suficiente para ti, como para querer acostarte conmigo.

Listo. La cuenta de Camus ya había superado el diez y su paciencia descendió al mismo tiempo que la temperatura del lugar.

—Cuando veas a Milo, hazme el favor de decirle que he llegado y necesito verla.

Media vuelta y dio por finalizado su tan esperado reencuentro. Hace cinco meses que lidiaba con dos niños, no lo iba a hacer con una más.

Milo no apareció por el Templo de Acuario en lo que restó del día, y como era de esperarse, Camus no acudió nuevamente al Templo de Escorpio. Ambos llevaban el orgullo en las venas, lo que convertía una simple discusión en una batalla de egos. Milo debía de admitir que era ella quien siempre terminaba cediendo y disculpándose, es que, si era sincera, la mayoría de las veces las "cagadas" las provocaba ella.

Era consciente de ello. Había añorado con fervor volver a verlo, tenerlo para ella. No importaba si el tiempo les corría, lo aprovecharía para reclamar todo lo que la obligada distancia les quitaba. Pero desde un tiempo – una semana para ser exactos – una espina comenzó a picarle, dejando agujeros inseguros en su interior. Y se sintió molesta con ella, con el entorno... era una piedra en el zapato, era una uña rota ¡Era molesto!

Nunca había experimentado inseguridad ante nada, nunca. Y ahora ese sentimiento la envolvía como una manta gruesa que aprieta y asfixia. Pero lo que más fastidiaba era que provenía de un lugar inexplorado para ella, y de su propio cuerpo. Esa parte femenina, a la que le agrada tener atención de todos, la que se regodea con las miradas masculinas, esas que desean algo que – saben – nunca obtendrán. Esa parte que infla el pecho de satisfacción al recibir algún halago. Esa parte era la que había entrado en conflicto, la que se había visto amenazada y la que en esos momentos se llenaba de celos e inseguridades.

Ella era la única mujer en las filas de los Santos Dorados, la primera en vestir una Armadura que siempre perteneció a un hombre, era la orgullosa Guerrera que se ganó el puesto, destruyendo siglos de ordenes misóginas.

Pero no era la única mujer en las huestes de Athena.

Las Amazonas son orgullosas guerreras que sirven con igual lealtad a Athena, formando parte de los Santos de Bronce y Plata. Hasta ese momento, Milo nunca había reparado en ellas, no porque les fueran indiferentes, pero en realidad el trato que ella recibió hacía que las demás mujeres la vieran con cierto respeto, que le incomodaba. Ellas también padecieron, pero la leyenda de Milo era tan fuerte y admirada que cada vez que se topaba con alguna de esas niñas, no podía quitarse la sensación de hastío.

Ninguna superaba los doce años y otras tantas todavía estaban en formación. La edad promedio con la que contaban aquellas que ganaban sus Armaduras era de dieciséis, así que todavía faltaba algunos años para verlas en sus ropajes sagrados. Nadie, nunca, le habló de que una ya estaba retomando al Santuario después de obtener su Armadura.

Nadie le dijo que tendría competencia real y seria en cuanto a atención y belleza.

Era una joven con carácter similar al suyo, de mirada fiera y un gran poder. Entrenaba a la par de ella, y entrenaba a otras tantas jóvenes, nunca sonreía, y si lo hacía era por cinismo.

»Parece una versión mejorada de ti

Había escuchado.

»Sí, tú ya te has ablandado.

Desde Aioria, que era un niñato a Aldebarán, todos babeaban por la nueva Santo de Plata. Sus ojos fueron a parar al español, ese que todavía le profesaba su cariño, a pesar de que estaba con Camus y los celos le ganaron al verlo tan estúpidamente observando a la joven. Claro que no sentía nada por Shura, y deseaba que de una vez por todas dejara de hostigarla con una cita, pero al ver que su atención ya no se centraba en ella, y la de ningún otro a decir verdad, le hirvió la sangre.

Caminó a zanjadas hacia la joven y la retó a entrenar con ella, comprobando que no mentían al hablar de su increíble poder, viendo que debía hacer un mayor esfuerzo al enfrentarla. Al tenerla tan cerca la frustración cobró intensidad observando lo increíblemente bella que era, el cabello a juego con sus ojos verdes y salvajes, la piel tan blanca que podía compararla con la de Camus y el cuerpo ¡el maldito cuerpo! unos pechos increíbles...

Terminó ganando, la frustración no mermó, pero al menos salió satisfecha de recibir nuevamente algunos halagos. Y conforme los días transcurrieron, la sensación de inseguridad abandonó su ser, hasta que el malnacido de Death Mask lanzó uno de esos comentarios ácidos a los que ya la tenía acostumbrada.

—Estás celosa de que, cuando Camus llegue, se fije en esa belleza... además nadie puede decir que el francesito ya haya encontrado con qué entretenerse para combatir el condenado frío.

¿Y si era así? Lo dudaba, pues Camus era un hombre tan recto que no se le cruzaría por la mente siquiera engañarla. Pero si estaba segura de ello, ¿por qué dudaba?Deseó tener a Camus de regreso, más que nunca necesitaba de sus consejos, porque más allá de la necesidad de tenerlo cerca, de besarlo y sentirlo dentro suyo, Camus seguía siendo su mejor amigo, y la persona que siempre la escuchó y aconsejó. Lo necesitaba.

¿Tenía que haberla nombrado apenas se vieron? Eso tiró por el retrete todo lo que había planeado para su reencuentro. Y ya no le importó el hecho de que sólo comentó que Aldebarán le había mencionado una mujer nueva en el Santuario, pero para ella fue suficiente. No quería a su Camus pensando en ella, ni que la nombre, ni que sepa de su existencia siquiera. Eso no hizo más que desatar los celos y mandar al diablo a su propio novio.

Milo suspiró, ya era suficiente por hoy, descansaría, sola, como venía haciéndolo desde que Camus partiera. Mañana vería la forma de remendar su pequeño berrinche.


Camus por su parte, no durmió muy bien. Después del desplante que Milo le había hecho, decidió – para su sano juicio – no pensar y se internó en su Templo, organizó algunas cosas que no había alcanzado a terminar antes de partir hacia tierras rusas. Luego se duchó y cenó un ligero tazón de frutas, no deseaba nada más. Y ya cuando la lectura había agotado su vista, fue que decidió descansar en su cama.

Deseaba sentirse molesto con la pelirroja, pero la verdad era que su actitud le había desconcertado y preocupado. Y era esa incertidumbre de no saber qué le sucedía a su novia, la que no permitía un buen sueño. No tardó en sentir como la ansiedad crecía en su pecho, trató de ignorarla y descansar al menos unas horas, sólo estaría en el Santuario por escasos tres días y uno ya lo había desperdiciado, Milo no sabía eso, pero no quería utilizar algo tan bajo como la desilusión para tenerla consigo, jamás utilizaría algo que hiriera en cualquier aspecto a la griega.

Antes muerto.

A la mañana siguiente se despertó, como era su costumbre, antes de que el sol alumbrara en su totalidad, después de ir al baño, desayunó y se dirigió al Coliseo. Un entrenamiento relajaría sus músculos tensos y le ayudaría a despejar su mente de pensamientos nada sanos. La idea remota de que Milo ya no se sintiera atraído por él había surcado su cabeza y conforme la noche avanzaba se había arraigado definitivamente en su cerebro, extendiendo brazos como un tumor.

Siempre había sido el primero de sus compañeros en llegar a la gran arena, le agradaba calentar su cuerpo en soledad. Pasó por Escorpio y la idea de ir a la habitación de su custodio le sedujo, pero Milo no era precisamente una persona que destilara simpatía a esas horas, mucho menos si la despertaban. Dio un suspiro largo decidido a salir de ese Templo y llegar cuanto antes al Coliseo.

Arqueó una ceja. Un segundo. Luego al siguiente frunció el entrecejo, y para el siguiente segundo sus ojos se habían entrecerrados.

Siempre era el primero en llegar, pero esta vez ya había dos personas entrenando en la Arena. Uno era de los Santos que más respetaba y con quien mejor se llevaba – a pesar de la rivalidad – Shura. La otra nada menos que quien se llevaba todos sus pensamientos; Milo.

No habían reparado en su presencia, al menos no el español, pero había jurado ver que la griega lo observaba por el rabillo del ojo, una mirada fugaz, casi imperceptible, pero había advertido de su presencia. Y eso lo comprobó cuando los movimientos dentro de la arena se hicieron más cerrados. Milo luchaba cuerpo a cuerpo con Shura, produciendo cierta fricción entre los dos. Camus frunció más su ceño cuando notó que Milo le sonreía y que el español ni lerdo ni perezoso le seguía la corriente encantado.

Milo estaba jugando sucio, lo advirtió, cuando sus ojos nuevamente se conectaron, pero la gran duda de Camus era ¿Por qué?

La respuesta no tardó en llegar cuando el Coliseo se llenó de Santos y aprendices y apareció en escena, cierta amazona que se robaba todos los halagos por parte de los hombres allí reunidos. El combate entre Shura y su novia finalizó en cuanto el peli negro advirtió su presencia, como correspondía a sus modales, Shura fue a su encuentro y estrechó su mano genuinamente alegre de verlo. Camus, si estaba molesto, no lo demostró, comportándose como el estoico Santo que todos conocían, su rostro no varió nunca su seriedad principesca, a Milo aún le costaba adivinar los relámpagos de emociones que sólo en su mirada podían surcar. Las alteraciones de Camus sólo podían advertirse a través de su mirada.

—¿Es esa la nueva amazona que mencionó Aldebarán a mi llegada?—preguntó lacónico, al español.

—Así es, su nombre es Shaina, ¿no crees que es una belleza?

Nadie notó – a excepción de él – como Milo rechinó los dientes y se alejó sin que nadie preguntara el porqué. Sonrió al descubrir al fin qué era aquello que tenía a Milo tan distinta y enfadada. Sonrió internamente al enternecerse por su mujer, y maldijo por lo bajo no haberle preguntado y así terminar con esta disputa que para él no tenía razón de ser. ¿Qué podía envidiarle Milo a aquella joven? absolutamente nada.

—Supongo que sabes apreciar mejor la belleza, pues yo no lo veo así, con permiso, me retiro.

Camus caminó de regreso a las Doce Casas dejando a un boquiabierto Shura.


No podía ni quería ocultar la sonrisa que llevaba mientras ingresaba al Templo de Escorpio y era recibido por un cosmos hostil y envenenado. Caminó sin perturbarse por el denso ambiente y se internó en los privados de la octava casa. Milo se hallaba en su habitación caminando como un animal enjaulado. La puerta estaba abierta, así que era una señal de que, después de todo, no era mal recibido allí. Un punto a favor para terminar con ese absurdo y poder por fin disfrutar de la compañía de su novia.

—Es muy bonita—.Pero Camus no se la dejaría fácil, se estaba divirtiendo con el berrinche de Milo.

—Lárgate con ella entonces, como todos los demás.

—¡Oh! ¿Te interesan todos los demás?—sonrió mientras se acercaba a ella.

—Camus, no molestes, déjame sola.

—¿Qué es lo que realmente te molesta Milo?—Su rostro perdió la sonrisa. Hablaba en serio.

—Te gustó, a todos les gustó esa amazona—desvió la vista, evitando esas pupilas tan intensas.

—¿Por qué deduces eso? ¿Acaso he dicho o hecho algo para que pensaras que me sentía atraído hacia ella? Apenas y la he visto esta mañana y no me interesa.

—¿En verdad?—Milo levantó su rostro para observarlo.

—¿Por qué habría de interesarme? Milo—Camus ya harto acortó toda distancia, tomándola por los hombros con suavidad—¿Dudas de mí? ¿De lo que siento por ti?

No ¡por supuesto que no! Nunca dudaría de sus sentimientos y eso Milo lo sabía. Se sintió una tonta al sentir celos por una mujer que no era competencia para ella. Milo tenía todo lo que quería y eso era el amor de Camus exclusivamente para ella. Que los demás se disputaran a la nueva, ella ya tenía un tesoro que nunca pensaba compartir.

—No...perdóname—lo dijo sincera, mientras lo abrazaba.

Vaya que ambos necesitaron ese abrazo. Habían pasado cinco meses después de todo. Camus levantó el mentón de la pelirroja para juntar sus labios, hambriento de sentirla una vez más. De repasar con sus manos ese cuerpo que le pertenecía, recorrer y erizar esa piel, de verla sonrojada, mientras jadeaba en susurros sensuales, su nombre. Necesitaba besar cada pedazo de su cuerpo, desde su sensible oído, hasta sus pies, donde arrancaba pequeñas risas, por las cosquillas. Sentir y aspirar su humedad, tan dulce, tan dispuesta a él. Sentirla cabalgar junto con él, y perderse en el sopor del orgasmo.

Ninguna mujer podía llegar a compararse con ella. Camus de eso estaba seguro.

—Quiero que vengas a Siberia conmigo, le he preguntado al Patriarca y ha aceptado. No será mucho tiempo, pero podemos aprovecharlo—dijo mientras acariciaba su cabello. Le había crecido un poco en ese tiempo.

—¿Cómo lo convenciste?—preguntó entusiasmada con la idea.

—Dije que te necesitaba para enseñarle a mis alumnos a salvar sus vidas si algún animal venenoso les picaba, ya que tú conoces todo tipo de venenos—Milo rió con la simple respuesta.

—Afrodita también conoce de venenos.

—Pero él no me interesa—La pelirroja volvió a sonreír.

—Me encantará conocerlos, te confieso que sentía curiosidad.

Camus la abrazó, sólo le restaba un día en el Santuario, luego partiría. Milo se sumaría un mes después, así lo había decidido para no levantar sospechas, aunque bien sabía que el Patriarca no le había creído del todo, después de todo era el hombre que los comandaba, era lógico que siempre este un paso delante. Pero para Camus, si tenía la autorización, poco le importaba lo que pensara ese hombre.

—Por cierto, Milo—La pelirroja levantó un poco su cabeza del pecho de su amado prestándole atención—¿Qué hacías con Shura esta mañana?

Milo sonrió. Camus celoso era su placer culposo.


Notas: Espero sinceramente que hayan disfrutado de la lectura.

Tal vez agregue un capítulo más a los tres que había pensado en un principio.

Gracias por leer, será hasta el próximo capítulo.