Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.


El guardián de los recuerdos

-II-

El viernes se juntó con su hermano y entre los dos escogieron un gran regalo para Yamato, que probablemente el rubio presentiría que no había sido elegido solo por Taichi. Después de todo, todo el mundo sabía que el castaño tenía un pésimo gusto para los regalos.

Como se les hizo tarde, cuestión que Hikari anticipó que sería así, la chica decidió quedarse en casa de sus padres. La hora fue la excusa, aunque la verdad era que necesitaba pernoctar allí para poder levantarse temprano al día siguiente. Resultaba más práctico porque quedaba más cerca del lugar al que iba a ir y también porque de ese modo Miyako no la molestaría con que le dijera en qué andaba. La castaña nunca se caracterizó por mentir bien, por eso la opción más segura era evadir la mayor cantidad de preguntas posibles.

El sábado se levantó cerca de las nueve, desayunó con sus padres y le dijo a su madre, con cámara en mano, que iría a la bahía a sacar unas cuantas fotos, pero que no la esperaran para almorzar porque probablemente se le haría tarde. Hace tanto tiempo que no lo hacía que ella le creyó de inmediato.

Armó un pequeño bolso con lo necesario y caminó hasta la parada del autobús, salvo que no escogió la ruta que llevaba a la bahía, sino la contraria.

Le había tomado mucho tiempo convencer a Koushiro —un buen amigo de Taichi y ella desde que eran niños— de que la ayudara. El chico era excepcionalmente bueno con las computadoras, pero su moral era igual de buena e intachable. Hackear una página del gobierno no estaba en sus planes ni por asomo. Suerte que Hikari hubiera aprendido un par de mañas de su hermano para convencer a la gente de que hiciera cosas que no deseaban hacer.

Le habló de su artículo para el periódico y cuán importante era para ella. Él alegó que lo entendía y quisiera ayudar, pero que lo que le pedía seguía siendo un delito que, si los descubrían, podría valerle un par de años en la cárcel. Él ya no hacía esas cosas, después de todo.

—Eso es para principiantes —sonrió Hikari—. A ti no te atraparían.

Después de mucho insistir, al final consiguió que cediera. Le dijo que le diera un par de días porque el gobierno tenía una interfaz muy buena y le tomaría más tiempo del habitual poder burlarla. Ella se despidió deshaciéndose en agradecimientos y dejando un suave beso sobre una de sus mejillas que logró sonrojarlo.

Koushiro nunca le había gustado. No de esa manera. Pero estaba tan emocionada que no pudo evitarlo.

Recibió su llamada tres días más tarde. Tenía una dirección y las indicaciones para llegar al lugar. Se las dio no sin antes advertirle que tuviera mucho cuidado.

Desde luego existían muchos Takeru Takaishi en el país; ahora ni siquiera recordaba el número exacto que Koushiro le dio. Lo importante era que solo tres vivían en Odaiba, y solo uno en un barrio que coincidía con los rumores.

A Hikari no le gustaba fiarse de los rumores, sin embargo, no le quedaba otra opción y tenía el presentimiento de que no iba mal encaminada, que su pequeña excursión saldría bien.

El autobús fue vaciándose conforme llegaban a la periferia de la ciudad, hasta que solo quedó ella, que se bajó en la estación final.

Le sonrió al chófer y este le dirigió una mirada recelosa, como si se preguntara qué hacía una joven como ella en un barrio como aquél.

No, seguramente solo estaba siendo paranoica.

Caminó con su bolso bien agarrado en una mano y un pequeño papel doblado en la otra. El viaje ya había sido largo, más de una hora, sin embargo, todavía le restaban unos quince o veinte minutos a pie.

Nunca había estado en ese lugar. Nunca había tenido razones y no es que hubiera mucho que ver tampoco. Ni centros comerciales ni ningún otro establecimiento de interés o que atrajera a los turistas, solo una casa tras otra, cuál de todas en peores condiciones. No vio a nadie en las calles y se preguntó si eso sería bueno o no. Las noticias siempre lo calificaban como un barrio peligroso con un nivel de delincuencia por encima de la media en el resto del país.

Agitó la cabeza. Mejor no concentrarse en esa parte.

Se detuvo en seco frente a una casa mediana que lucía bastante derruida y sombría, con la pintura descascarada en la parte frontal y todas las cortinas cerradas.

Confirmó con el número que se trataba de la que buscaba.

¿No habría nadie en casa?

«Por favor que esté», suplicó en su fuero interno. Lo que menos quería era haber hecho ese viaje por nada. No sabía cuándo podría volver a escaparse sin que Miyako o su familia sospecharan.

La vivienda contaba con un gran patio al frente y el césped se veía bien cuidado. Aquello le dio esperanza. Una buena persona no podía preocuparse de regar su jardín, ¿o sí? No obstante, no había rastro de flores ni algún árbol; tampoco de la peligrosa mascota de la que hablaba la gente.

Si no confiara tanto en Koushiro y en que era muy bueno en lo que hacía, casi podía haberse creído que el lugar estaba abandonado. Pero su amigo no era capaz de mandarla tan lejos. Si hubiera querido darle la dirección equivocada, la habría hecho ir a un sitio más seguro.

Un aparato de interfono estaba adherido contra la parte izquierda del portón.

Armándose de valor, presionó el botón correspondiente y cruzó los dedos, esperando que alguien contestara.

Sorprendentemente, no tuvo que esperar mucho para que aquello ocurriera.

—¿Quién es? —preguntó de golpe una voz masculina, haciéndola dar un salto sobre sus pies.

—Eh...

—¿Hay alguien o no? —La voz se escuchaba firme y seca, aunque también le dio la sensación de que joven—. ¿Es una especie de broma o tienes algo que decir?

Hikari se humedeció los labios y con timidez se acercó al interfono para contestar.

—No, no es una broma. Soy... —carraspeó para recomenzar—. Mi nombre es Yagami Hikari, trabajo en un periódico literario y me preguntaba si usted aceptaría darme una entrevista. Es...muy importante para mí —se golpeó mentalmente por haber dicho lo último. ¿Qué iba a importarle que fuera o no importante para ella a un extraño?

El aparato permaneció en silencio por varios segundos y ella temió que el hombre hubiera cortado la comunicación.

—Sé que usted es Takaishi-san. El escritor de...

—¿Cómo encontraste mi dirección? —la interrumpió él, bruscamente.

Hikari se quedó sin saber qué decir. Estaba claro que no había pensado en ese detalle.

—Un amigo —contestó tras un breve silencio, decidiendo que una respuesta vaga era lo mejor—. Si le dijera, podría meterlo en problemas. Pero por favor...

Un suspiro se escuchó del otro lado, haciendo que Hikari callara enseguida.

—Escucha. Lamento que hayas llegado hasta aquí, pero si sabes quién soy, también deberías saber que no doy entrevistas. A nadie —enfatizó la parte final.

—Lo sé, yo... soy una fanática suya, pero esperaba...

—Sí, todos esperan lo mismo. ¿O crees que eres la única que ha encontrado mi dirección? Lo siento, pequeño saltamontes, pero tendré que pedirte que te vayas o llamará a la policía y les diré que hay una loca acosándome afuera de mi casa.

Se escuchó un breve ruido de estática y luego nada. Ahora sí le había cortado.

Hikari retrocedió, sintiéndose entre sorprendida y desconcertada.

Sabía que sería difícil, pero no esperaba que fuera tan maleducado.

No, maleducado no, se corrigió. Porque no lo había sido. Detrás de sus palabras y su tono monótono de quien está acostumbrado a que la gente siempre quiera llegar a él a cualquier costo (y seguro que no todos con fines tan nobles), fue capaz de distinguir cierta gentileza. ¡Incluso le había llamado pequeños saltamontes! ¿Qué apodo era ese para alguien a quien no conocía?

Sin preverlo, tuvo ganas de reír.

Se cubrió la boca con ambas manos, porque a pesar de todo, no podía considerar aquello como un fracaso. Era cierto, no había pasado ni siquiera del portón, pero le sirvió para corroborar que se trataba de su casa y también descubrir que él era muy distinto a lo que los medios decían.

Era un poco particular, no cabía duda. Quizá también ermitaño. Y en realidad, todavía era muy pronto para hablar. Solo había escuchado su voz.

Pero lo más importante de todo era que ahora sabía que no era una misión imposible ni existía una pared infranqueable frente a sus ojos.

Él, probablemente sin quererlo, le había dado la clave para conseguir acercarse más.

—Sí, todos esperan lo mismo. ¿O crees que eres la única que ha encontrado mi dirección? —le había dicho.

Lo único que tenía que hacer era no ser como los demás. Allí residía la clave.


—Ya me voy al cine con Daisuke. —Miyako se asomó a la puerta de su habitación, apoyando una mano en el marco de esta a la altura de la cabeza—. ¿Segura que no quieres venir?

Hikari, que se hallaba acurrucada en la cama con un libro entre las manos, levantó la cabeza para negar con suavidad.

—No tengo ganas, y de todos modos solo haría un mal tercio.

—Ya te lo dije. No estamos saliendo.

—No importa cuánto lo digas. Se gustan y se te nota. A los dos, si eso te consuela —añadió con una sonrisa jocosa.

—Eres imposible, Yagami —. Se enfurruñó Miyako, dándose la vuelta para marcharse.

—¡Salúdalo de mi parte! —gritó Hikari, sintiendo su voz rebotar por el pasillo del departamento.

Solo en cuanto escuchó que la puerta de entrada se abría y cerraba de un pequeño portazo, regresó los ojos al libro. Llevaba toda la mañana leyendo la novela de Takaishi en busca de algo que le pudiera servir para atraer su atención.

La historia estaba contada a través de los ojos de Taiki. No era el protagonista, no el único, pero que contara su propia historia como un narrador testigo era una de las cosas que hacía la lectura tan interesante. Alguna vez Hikari pensó que sería una especie de alter ego del autor. Lo bueno era que no se trataba de esos odiosos personajes perfectos, no. Él era, de hecho, un niño bastante llorón y miedoso al principio de la novela.

Se suponía que era el menor del grupo junto con Hidemi, la octava niña elegida que no aparecía sino hasta mucho después.

De repente tuvo una idea.

Deslizó los dedos a toda prisa por las páginas hasta llegar a una de sus partes favoritas, una de las últimas escenas luego de que los mismos niños fueran llamados una vez más para proteger a aquel mundo extraño.

Se trataba de una escena sin mucha importancia para la trama central que no tenía un mayor fin que demostrar la profunda amistad existente entre Taiki y Hidemi luego de las aventuras vividas. Era casi un relato aparte, como un anexo a la historia. En ella ambos estaban en un salón de clases y Hidemi le enviaba un avioncito de papel con un mensaje. Taiki puntualizaba que ella solía enviarle mensajes de ese modo.

Ahí estaba. Hikari detuvo su labor y puso un dedo sobre la línea que le interesaba, leyendo en un pequeño susurro.

Cuando una vez le pregunté por qué me enviaba avioncitos en lugar de papeles doblados o un mensaje de texto, Hidemi contestó:

Para captar tu atención, ¿por qué más? Contigo he aprendido que la única forma de que te intereses por algo es excitar tu imaginación.

Y tenía razón.

Si cabía la posibilidad de que Taiki fuera un alter ego del escritor, entonces también era probable que Hidemi existiera en la vida real. Si lograba hacer una referencia a esa escena y hacerlo sentir nostálgico, quizá lograra que él accediera a verla. Después de todo, al final de la novela Taiki se separaba de todos los demás y nunca volvía a saber de ellos.

Era una teoría, pero una que cobraba más fuerza y sentido a cada segundo, ya que por lo general los escritores dejaban mucho de sí mismos en sus libros. Disfrazaban vivencias personales convirtiéndolas en algo que los demás pudieran leer sin saberlo para no sentirse tan expuestos.

Se sintió tan eufórica ante su descubrimiento, que por un segundo estuvo tentada a gritar "bingo" como lo hacía Miyako y pensó que a la chica le hubiera hecho gracia si estuviera allí, aunque mejor que no supiera lo que planeaba.

Saltó de la cama y se preparó para salir. Pero antes debía escribir el mensaje.

Se sentó frente a su escritorio, haciendo a un lado los libros de estudio con una mano, y sacó una hoja de una de sus croqueras que estiró con cuidado frente a ella, a pesar de que no tenía ni una sola arruga. Estaba nerviosa, ¿para qué negarlo?

Tomó un lápiz negro de su lapicero y se llevó la punta a los labios, debatiéndose unos instantes sobre qué debía poner. Ante todo, se dijo, debía ser breve y conciso.

Al cabo de unos minutos, apoyó la punta sobre la hoja y escribió lo siguiente:

Takaishi-san

Por favor reúnase conmigo mañana a las tres de la tarde en la cafetería Caelum [*] que está cerca de la facultad de Pedagogía de la Universidad de Tokio.

Lo estaré esperando.

Hikari.

Cuando terminó, se estiró y volvió a leerlo un par de veces hasta convencerse de que estaba bien así. Mejor que fuese impersonal y no diera a entender que era la misma chica que lo había visitado hace una semana atrás.

A último minuto se le ocurrió que en caso de que él fuera a la cita no sabría reconocerla, por lo que añadió algo más.

PD: Llevaré un abrigo blanco y una bufanda rosada.

Ella no tendría modo de saber que era él quien entraba, pero con que él la reconociera a ella debía bastar.

Con el mismo cuidado que escribió la nota, comenzó a doblar la hoja hasta tener entre sus manos un perfecto avión de papel. Lo lanzó una vez a través de la habitación para asegurarse de que volaba bien y este fue a dar justo a la puerta.

—Perfecto. —No se pudo contener de decir, y corrió al baño a darse una ducha rápida.

Veinte minutos más tarde ya salía del departamento a tomar el autobús.


El barrio la recibió igual que la vez anterior, con sus calles casi vacías y un ambiente ligeramente aterrador.

La tarde estaba fresca, por lo que no pudo hacer más que encogerse dentro de su abrigo y apurar el paso rumbo a la casa del escritor, esta vez sin necesidad del papelito que le dio Koushiro con su dirección, pues descubrió apenas se bajó del autobús que se la sabía de memoria. Consecuencia de todas las veces que la leyó antes de animarse a ir la primera vez.

Al llegar a su destino, espió a través de la reja deseando saber si él estaría en casa y podría verla. Esperaba que no, aunque si estaba no había nada que pudiera hacer más que confiar en que su plan resultara.

Miró a ambos lados para asegurarse de que estaba sola en la calle antes de sostenerse fuertemente de los fierros y escalar un poco hasta la mitad, ya con el avioncito en una mano y habiendo tirado previamente su bolso al suelo.

No era buena escalando, nunca lo fue porque de pequeña era bastante enfermiza, pero le apasionaba el origami y solía lanzar avioncitos por toda la casa cuando tenía seis. Si era capaz de subir sin mucha dificultad, se debía a que Taichi le enseñó para que pudiera trepar con él. Tener un hermano mayor traía esa clase de ventajas (y una serie de inconvenientes, todo había que decirlo).

Inspiró profundo, con la vista enfocada en el punto al que quería llegar, y lanzó el avión, inclinando el brazo hacia atrás y luego hacia adelante con toda la fuerza que pudo reunir.

—Por favor que llegue, por favor que llegue —suplicó en un susurro.

El avión planeó libremente por el patio hasta que se posó junto a la entrada de la casa como un pajarillo que se detuviera a descansar.

Hikari saltó de la reja, aterrizando sin problema sobre el suelo con una sonrisa en los labios.

Luego se acomodó el bolso en el hombro y echó a correr de vuelta al paradero, sin percatarse de que, desde una de las ventanas de la casa, un chico la espiaba entre las cortinas.

Ahora solo quedaba esperar.

Era solo un día, menos de veinticuatro horas de hecho, pero nunca el tiempo se le iba a pasar tan lento como lo haría ese viernes.


Notas finales:

[*] Supongo que será evidente, pero escogí el nombre Caelum para la cafetería en honor a Hikari (la de carne y hueso jaja).