Los personajes de Love Live no son de mi propiedad.
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Coincidencias
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Clac, clac, clac.
Era el constante ruido de los dedos sobre el teclado. Yo veía a aquella mujer de entrada edad pasar sus huesudos dedos sobre las teclas con una destreza que asustaba, ni siquiera volteaba a ver el teclado, miraba imperturbable la pantalla de su monitor, se detenía por unos instantes, como pensando en lo que seguía, y continuaba a una velocidad monstruosa. Volvió a parar, sin girar el rostro me vio contemplándola y tras los cristales de sus anteojos pude notar una mirada fría escondida en sus entornados ojos. Una respiración pesada, la recuperación de su concentración y el regreso a su tarea de autómata.
– ¿Por qué no pasas mejor a la oficina de la cabina? –Aquella voz me asustó y me hizo dar un salto en mi lugar. Percibí una sonrisa maliciosa en la mujer que tenía enfrente tecleando y giré el rostro para encontrarme con aquella chica que intermitentemente se metía en lo más recóndito de mis pensamientos–. Esperas a Nozomi, ¿no?
– S-sí, algo así –me llevé la mano a la nuca en muestra de mi nerviosismo y maldije en mi mente.
Era consciente de que ella se encontraba ahí, Nozomi me había dicho que subiera a esperarlo en las oficinas de su licenciatura mientras él terminaba unos pendientes que por alguna razón estaba segura eran inexistentes y que sólo había usado de pretexto para hacerme la vida difícil. Sin embargo, él no me dijo que Umi estaría en cabina, sino que al entrar la vi por el cristal, pero ella estaba tan concentrada en lo que hacía que ni se percató de mí. Así que opté por sentarme en las sillas que servían de espera a la dirección de la carrera y,+ bajo la indiferencia de aquella máquina tecleadora, la tranquilidad me era amigable. Hasta que ella salió.
Me levanté y, con un tenue "con permiso" saliendo de mis labios, me adentré a la dichosa oficina. Había dos escritorios con una silla reclinable detrás de cada uno separados por aproximadamente un metro, una pared era parcialmente ocupada por casilleros y en el espacio sobrante se veían varias hojas pegadas con horarios y un calendario escolar de contenido, al lado contrario, dando vista a la cabina, se encontraba un librero con muchos títulos referentes a la radio y la comunicación. Claro, era demasiado obvio, aquel complejo era la oficina de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, Nozomi era un orador por naturaleza.
Umi tomó asiento en una de las sillas giratorias detrás del escritorio que encima de su mesa presumía un computador de reciente tecnología y estirando la mano me invitó a tomar asiento enfrente de ella, en una pequeña silla que se encontraba pegada a la pared. La vi mirar la pantalla que tenía enfrente, exactamente igual que la mujer que se encontraba afuera, siendo la secretaria del director de la carrera.
– Y –escuché que ella empezaba–, ¿sales mucho con Nozomi?
– No realmente.
– Te metí a la oficina porque luego Mai, la secretaria, es un poco hosca con los que son ajenos al plantel.
– Empezaba a tener esa impresión.
La vi moverse ligeramente junto con la silla y agacharse para buscar algo en uno de los cajones laterales del mueble, de ahí sacó una gran libreta donde empezó a revisar algunos apuntes. Sus ojos ambarinos viajaban por las hojas con rapidez y se detuvieron certeros hasta dar con su objetivo. Sin voltearme a ver, retomó la plática.
– ¿Qué estudias?
– Negocios Internacionales. ¿Y tú?
– Arte y patrimonio cultural. ¿Dónde estudias?
– En la Universidad Tal*.
La peliazul dejó de ver la libreta para mirarme y sonreír.
– Yo también estudio ahí.
Algo me decía que tenía que continuar, que debía hacer plática sobre cualquier tema, o mencionar la estúpida casualidad de no encontrarnos nunca en las instalaciones de nuestro plantel, pero aquel divino gesto me elevó unos centímetros del suelo, llevándose como intercambio mi capacidad para hablar. Aunque para ella no fuera más que un simple coincidir en una ciudad tan pequeña, puesto que en cuestión de segundos, continuó su escaneo al cuaderno. Poco importaba, mientras siguiera a flote.
– ¡Umi-chan! –un chico pelinaranja entró para tirarme de golpe al suelo, figuradamente, claro; y al verme sentada se detuvo en su enérgico andar– Uh, Eli-san.
Aquel saludo fue débil y la sonrisa incómoda. Casi siempre sus expresiones perdían cierto brío, como si el verme significara la pérdida de su alegría. Al menos esa impresión me daba. Por ello, las pocas veces que nos encontrábamos en el mismo lugar, procedía a ignorarme para recuperar energías y llenar de alborozo su relato o cualquier cosa que saliera de su parlanchina boca. Pero aquella ocasión decidió sentarse detrás del otro escritorio y ocupar la silla giratoria para relajarse. Lo vi tomar un pequeño conejo azul de peluche y observarlo con detenimiento.
– Honoka, ¿no deberías estar en clases? –le preguntó en tono serio la peliazul.
– Lo sé, pero estoy huyendo de un intruso que se metió a mi clase para molestarme –suspiró.
– ¿Estás de acuerdo que este es el peor lugar para esconderse?
– Sí, acabo de notarlo –comentó viéndome con desgana.
Pronto comprendí a qué se refería, Nozomi entró galante por la puerta de la oficina, desde las jambas nos vio a los tres, cada uno ocupando un asiento, y sonrió con alegría traviesa. A la primera persona que saludó fue a Umi, quien se levantó para darle un cálido abrazo. Después se dirigió a mí, tomándome con ambas manos el rostro, me besó la frente y ensanchó su sonrisa cerrando los ojos. Lo más curioso fue cuando se acercó a Honoka, quien estaba a casi nada de salir pero fue interceptado por el pelimorado.
– ¡Esto debe ser el destino!
– Claro que no, es tu naturaleza acosadora.
– Los astros se han puesto de acuerdo para coincidir.
Extrañamente, ese comentario me pareció acertado.
– Déjame salir, Nozomi –el pelinaranja se movía adiestra y siniestra, sólo para ver su camino tapado por el fornido cuerpo de mi amigo.
– ¿No lo ves, Honocchi? ¡Los dioses nos invitan a compartir tiempo juntos!
– Lo único que voy a compartir contigo es una orden de restricción –de algún lado sacó fuerzas para empujarlo y poder salir corriendo.
Nozomi fue tras él con un paso bailarín y alcancé a escuchar su último alegato.
– ¡Los planetas se han alineado para encontrarnos en la misma universidad!
En la misma universidad. La misma universidad.
¡Umi y yo íbamos en la misma universidad! ¿Desde cuándo? ¿Entonces que hace aquí? ¿Cómo es posible?
En ese mismo instante volteé a verla y ella portaba una sonrisa de saber la razón de mi extraño cambio de actitud.
– ¿No estudias aquí?
– No –soltó una suave risa.
– ¿Entonces?
– Aquí trabajo.
…
…
Siempre que andaba por los pasillos de mi escuela, solía estar ensimismada, pensando en lo que había visto en clases o alguna otra situación que se me hubiera presentado y tuviera la suficiente fuerza para robarme el pensamiento. Sin embargo, últimamente vivía alerta, casi observándolo todo, esperando ver un atisbo de luz azul o algún resplandor amarillo que me cegara. Y sin embargo no pasaba.
Los compañeros con los que compartía los recesos me habían preguntado sobre mi reciente distracción, hacían alusiones sobre un estado de letargo o de paranoia en la que estaba sumida. Sólo una persona asumió que estaba enamorada y mirando en la misma dirección que yo, intentaba dar con la persona que me había robado el pensamiento. Sin embargo, ni siquiera yo daba con ella.
Y es que, podíamos ir en la misma universidad, pero en proporciones era demasiado grande a comparación del pequeño plantel en el que iba Nozomi. Y antes de regresar a casa me daba una vuelta innecesaria por todos los rincones, que incluso di con otros que desconocía, para salir de la escuela con una misión inconsciente sin cumplir.
En un día en que decidí no hacerlo, al estar cerca de la salida, vi su cabello azulado ir y venir al ritmo de su caminar. No me importaba que mi compañero estuviera a mitad de una historia sobre su reciente relación fallida mientras la otra la comparaba con su posible materia reprobada, me disculpé y aceleré el paso. Estaba segura que no les importaría.
Caminé hasta que sentí que corría, la gente se aglomeraba a mí alrededor, los grupitos se hacían más numerosos y me impedían el paso. De mi boca salió su nombre en un grito débil pero que pareció llegar a sus oídos, porque se detuvo. Y lo vi, pues aquel chico pelinaranja también frenó su caminar. Pensé se trataba de Honoka, hasta que di con ellos y vi que sus ojos azules eran sustituidos por unos carmesí.
¿Qué se traían los pelinaranjas con Umi?
Mis cejas se juntaron cuando lo vi sonreírme y saludarme con bastante energía. No, este no era Honoka.
– Eli, ¿en qué puedo ayudarte?
– Eh, bueno… –en ese momento sentí la presión de ambas miradas, ámbar y carmesí, una era penetrante y la otra curiosa.
– Bueno, Umi-senpai, creo que me retiro, muchas gracias por tu consejo –se llevó una mano a la cabeza y se sonrojó. Me miró antes de irse y sonrió.
– Hasta luego, Chika-san –se despidió Umi, la formalidad con la que se dirigió a él me sorprendió. Se volvió para mirarme con circunspección– ¿Y dime, Eli?
– ¿Vas para Otonokizaka?
– Sí, debo ir a trabajar –me sonrió burlonamente, era lo obvio.
– ¡Cierto! Te acompaño –solté de repente.
– ¿Verás a Nozomi? –preguntó, continuando su caminar en dirección a la avenida principal sin asegurarse de que yo fuera detrás suyo.
– Sí –porque era obvio que le seguiría los pasos.
– Ustedes sí que son cercanos…
Algo en ese comentario me hizo sentir incomoda, pero nada se comparaba con la situación que estaba por vivir, en la que tenía que darle explicaciones a Nozomi de por qué me encontraba en su universidad, usándolo como excusa, sin haber hecho siquiera planes. Así que mientras íbamos en el transporte, rogué a todos los dioses en los que mi amigo cree y yo no, que él se encontrara en la universidad y que fuera lo suficientemente sutil para no echarme de cabeza.
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Espero su año haya empezado bien.
