Al día siguiente el abuelo Germania no regresó…
Me desperté nuevamente con el piar del pajarito amarillo. El sol entraba con una intensidad segadora, por lo que debía ser medio día. Me incorporé y vi a mi hermano con una escoba: no sabía barrer, pero lo intentaba. El polvo que volaba me hizo estornudar unas tres veces, a lo que Gilbert me dijo: "salud", "dinero", "amor". No le hice caso, desmonté la rejilla de la cuna que ya me empezaba a parecer estrecha y de un salto bajé al suelo para salir de la habitación. Gilbert seguía tirando polvo para todas partes y tarareando una cancioncita infantil, no entendía como podía estar allí sin que los ojos le lagrimearan.
Recorrí libremente la casa. Era vieja y rústica, pero perfectamente blanca. En las paredes colgaban, si mal no recuerdo, arcos, armas pesadas como espadas y machetes, escudos y otras herramientas. En una esquina del corredor había una especie de armadura. Todo parecía oxidado, pero nada lograba manchar esas paredes inmaculadas. Llegué luego a un salón oscuro, cuya puerta rechinaba bastante. Entré lleno de curiosidad, paseando mi pequeña mano por la pared para no caer. Era una oscuridad profunda, regresé con una vela encendida y aun así amenazaba con consumirla. Tropecé con varios objetos, pero no caí, afortunadamente, y al acercar la vela vi unos cuantos juguetes y cuadernos. No eran como esos cuadernos que ocupaban toda una estantería en la biblioteca en la que Gilbert escribía "lo genial que era" y algo más que le sucedía en el día –que curiosamente se veían ordenados y muy bien cuidados, raro en él-, sino más bien antiguos y deshechos. Vigilé que nadie me viera y saqué algunos. Sortear a mi hermano fue fácil, estaba lavando platos en la cocina tarareando la misma cancioncita, dándome la espalda, así que corrí a la biblioteca.
No eran escritos, sólo fotografías con descripciones. Aparecía el abuelo joven, en algunas fotografías, con un hombre de cabello castaño. Debajo decía que se habían conocido en la frontera del imperio. Él debía ser Imperio Romano. Se veía fuerte, pero infantil y vago. En muchas fotos el abuelo lo miraba con reproche. Luego había unas notas: decían que un tal Huno estaba causando problemas, y el hombre y el abuelo habían tenido que pelear para quedarse con el mediterráneo, lugar más seguro ante el ataque asiático. Según la nota, Imperio Romano ya estaba en decadencia, y contra el abuelo Germania mucho no podía hacer. Luego de su época militar se había vuelto perezoso, ocioso y vago, cultivó las artes y las ciencias, eso sí, gracias al control del pueblo griego. Tenía ciudades y líderes, césares y Augustos, pero no unidad, como antaño, y Roma Occidental cayó en 476 d.C.
Había pasado por alto las primeras páginas y me había ido a una cualquiera, y pensé que allí podía decir quien escribía y guardaba todo eso. En la primera página había una nota que ocupaba toda la página…
"¿Qué haces aquí, Ludwig?" –Me interrumpió. Instintivamente escondí el cuaderno y dije que nada. –"Dame eso." –Negué con la cabeza y repetí que no era nada. –"¡Que me lo des, Ludwig!"
"¿Es tuyo?"
"Sí, dámelo."
Se lo tendí dudoso, lo cogió con fuerza, caminó hasta la chimenea y lo arrojó al fuego, ante mi mirada atónica, y salió sin decir otra palabra. Hasta entonces no había notado que sus ojos estaban vidriosos y su cara sonrojada. Le grité:
"¡Esa podía ser la respuesta!" –Pero no me respondió. Siquiera yo sabía a que respuesta me refería. No me atreví a sacar otro de los que había escondido bajo el sillón, menos cuando escuché como aseguraba la puerta de ese oscuro salón. Eran algo que no debía ver, que tenía prohibido. Otra vez deseaba que el abuelo estuviese allí para responder mis dudas. El resto del día me la pasé recostado en el sillón mirando el fuego. Luego me fui a dormir, sin comer.
….
Desperté. Todavía estaba oscuro, noche, pero era el momento perfecto. Noté que la cuna tenía puesta la rejilla, cosa que yo no había hecho, y que sospechaba había hecho mi hermano, pero no lo veía en la habitación. Salí con cuidado de no hacer ruido y me fui a la biblioteca. Allí siempre había velas y fósforos. También siempre estaba encendida la chimenea, pero esa noche humeaba un poco enrojecida, nada más. En la habitación sentía una respiración, creí que podía ser el abuelo, porque según Gilbert él se lo pasaba allí toda la noche. Pero resultó ser el propio Gilbert delatado por el piar repentino del pajarillo. El ave también dormía. Mi hermano tenía una pluma en la mano y la cabeza sobre su diario, debió dormirse mientras lo escribía. Las hojas estaban mojadas.
Lo esquivé y cogí los cuadernos: era más seguro irme a la cama. De camino al cuarto tropecé con un florero y la vela se me cayó de las manos. Tocó la pared y ésta se enrojeció y comenzó a quemar. Asustado corrí hasta la cuna, escondí bajo el colchón los cuadernos y luego salí a la cocina. Pateando y tropezando con todo llené un vaso con agua y se lo tiré. No dio mucho resultado y la llama sobrepasaba mi tamaño. Comencé a llorar. Llegó corriendo mi hermano con una manta y la arrojó al fuego, que se extinguió apenas no tuvo oxígeno.
"¿Qué pasó?" –Preguntó aun con sueño.
"Q… quería ir al… al baño…" –Mentí.
"No está tan oscuro, ven." –Me cogió en sus brazos. Otro detalle que me había pasado inadvertido era que mi hermano era mucho más alto que antes, aunque usaba la misma ropa blanca con el cinturón de cuero, las botas largas, y la misma cruz adornaba su pecho. En sus ahora fuertes brazos volví a sentirme como el primer día, junto al abuelo, recorriendo blancos pasillos, ahora oscuros, y escondiendo mi cara en su dorso cansado y viejo, ahora joven. Por el miedo de antes usé el baño, por lo que mi mentira, en fin, resultó ser verdad. Luego él mismo me llevó hasta su cama y me dejó allí, sentado en el borde. Cogió una vela, la encendió y la sostuvo en su regazo, sentándose a mi lado.
"Lud… estamos solos." –Dijo mirando fijamente la llama.
"Sí, ya me dijiste que aquí sólo estaban el abuelo y tú desde que Sacro Imperio Romano había hecho su casa, y ahora yo también vivo aquí. Ya sé que sólo somos nosotros tres." –Le dije. –"Aunque deben existir otras personas en otros lugares."
"Tienes razón…" –pareció pensarlo mejor. –"En realidad no estamos solos… pero…" –Insistía en girar el plato con la vela y juguetear con la llama. –"Viviremos solos, aquí, los dos."
"¿Y el abuelo?"
"El abuelo…" –Suspiró. Parecía no poder explicarme lo que pasaba. –"El abuelo ya no puede seguir aquí."
"¿¡Qué!? Pero… ¿Quién… quién nos…? Yo… yo no pude… ¡Quiero verlo!" –Alegué estallando en llanto. Gilbert negó con la cabeza. –"¿Por qué no?" –Sopló la vela y sentí su mano desordenando mi cabello. Eso no me consolaba, me cubrí la cara con la almohada y lloré hasta dormirme.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Al amanecer un portazo me despertó. Gilbert había salido: se oían pasos pesados de botas, el crepitar de metales que bien podían ser armas y, al asomarme por la ventana, sólo divisé una enorme cruz que cargaba delante de sí. Parecía que iba a pelear contra los que él llamaba "paganos". No sabía donde había dormido si yo estaba en su cama.
En la cocina todo estaba limpio y había un plato con comida servida. No quise comerla. Fui a la biblioteca y allí estaba: el "diario del grandioso yo" abierto en la misma página que la había dejado anoche. No aguanté ver que había dejado inconcluso…
Diario del grandioso yo. Día 13, mes 4, año -. Hoy fui genial, como siempre, e hice todos los quehaceres de la casa yo solito, pero… me siento menos genial que los días anteriores, sospecho que Ludwig está absorbiendo un poco de mi genialidad. No importa, tengo de sobra. El abuelo Germania se fue, esta vez para siempre, ya sabía que iba a pasar algún día, debió hacerlo hace mucho, pero no podía dejarnos solos. Europa es un rompecabezas y él ya llevaba muchas cicatrices en la espalda…
"Sacro Imperio Romano, por favor, no te hagas fuerte, no te hagas poderoso como el abuelo Imperio Romano, tu cuerpo, tu alma… ¡No quiero verlos llenos de cicatrices!"
Últimamente habíamos hablado de esa posibilidad, no había gran problema, mis superiores iban a darme tierras y haría una casa, pero no previó la llegada de Ludwig. Tuve que atrasar todo y perdí la expedición. Ahora, además, debo llevarme a Lud, no tengo más opción que conquistar a un pueblo salvaje, los prusianos. El problema es decirle todo esto a L
Entendí por fin el comportamiento raro de mi hermano. Seguía sonriendo, pero de forma forzosa, y sus gestos graciosos se hacían, más bien, dolorosos. Por mi culpa tenía que pelear, llegaría a casa cansado, herido, golpeado… si es que llegaba. Podría quedarme solo. Estaba más alto, peleaba siempre, pero… pero…
"Permiso."
La puerta de la entrada estaba mal cerrada a pesar del portazo y alguien entraba a la casa. Preguntaba si había alguien una y otra vez, preferí esconderme detrás del gran sillón junto a la chimenea, y por debajo vi unas botas caminar por la biblioteca, girar e inclinarse para recoger el diario de mi hermano.
"Desordenado, como siempre…" –Suspiró. Caminó hasta el estante y colocó el cuaderno en su lugar. –"Este lugar sigue tan blanco como antes."
El sujeto en cuestión no se oía mayor, pero sí serio y maduro, hablaba lento y calmado. Su mero caminar revelaba un aire elegante, aristocrático.
"Entonces era verdad, Magna Germania tampoco regresó…"
Me sobresalté y mi cabeza golpeó el sillón moviéndolo, lo que alertó al joven, quien se acercó, pero fue interrumpido por una risita salvadora.
"Kesesesese~" –Le hizo mirarlo. –"Te jactas de ser muy señorito, y ahora te descubro entrando en casas ajenas sin permiso, como si fueras un ladronzuelo." –Era, definitivamente, mi hermano. –"¿O Lud te abrió?" –Y como parecía ser su costumbre, no sabía cuando callarse.
"Estaba abierta. Deberías tener cuidado, ahora no está el abuelo para cuidarte." –Sonaba como si dijese un discurso. –"¿Hay alguien más aquí?"
"Acabo de llegar, pero Lud debe estar por allí." –Sentía que si salía de pronto detrás del sillón sería sospechoso, así que esperé. –"¿No deberías estar cuidando la casa de Sacro Imperio Romano?"
"A eso venía, no ha regresado…"
"¿De dónde?"
"Creí que lo sabías… supongo que a tu familia le gusta andar peleando por allí." –Decía pausadamente, como si lo mirase mientras lo hacía. Olía raro. –"Ya debo irme, suerte con tu empresa."
"¿Suerte? No la necesito." –Se vanagloriaba caminando detrás de él saliendo de la biblioteca y probablemente acompañándolo a la salida. –"Nobiscum deus."
"Curiosamente todos dicen eso." –Salió cerrando la puerta detrás de sí.
Los pasos de mi hermano se dirigieron nuevamente a la biblioteca y se pararon frente a su estante. Salí de mi escondite sin hacer ruido, caminé hasta la puerta y fingí entrar. Iba a preguntarle quien era esa persona que vivía en la casa de nuestro hermano, de dónde él no regresaba y porqué me escondía todo eso de nuestro abuelo y la pelea por una casa, pero todas esas dudas pasaron a segundo plano cuando vi su trajecito blanco todo deshecho y manchado de barro y sangre, y el pajarito en su cabeza con el plumaje desordenado, y su piel que cada tanto se tornaba morada y rojiza, y su mejilla izquierda estaba hinchada, y… y…
"Lud, no pongas esa cara, son sólo unos rasguños, ¿Ves?" –Dijo golpeando su pecho. –"Esos idólatras no son rival para mí."
"Pe… pero te duele…"
"No es nada."
"Y es mi… culpa…"
"Claro que no."
"¡No mientas!"
"¿Se puede saber dónde estabas cuando Austria entró? En ese no se puede confiar, y tú, como guardián de esta casa mientras no estoy, debes vigilar la entrada." –Me miró divertido. –"¿O le tenías miedo?"
"Claro que no, estaba vigilándolo bajo el sillón."
"Pequeño pecadorcito, nos estabas espiando." –Negué enérgicamente su acusación con la cabeza. –"No mientas."
"Tú también me mientes." –Le apunté. –"Y eres mi hermano mayor, tú me enseñaste a mentir."
"¡Cuanta mentira! Debemos ir ahora mismo a una iglesia."
Y como siempre salía con cualquier otro tema, esquivaba mis preguntas, y así, ¿Cómo esperaba que no lo espiase? Terminé preguntándole por Sacro Imperio Romano, y simplemente me dijo que debía ir por allí peleando. A mí no me lo parecía.
"Deben recordarme… deben saber que existo… sino…"
Nadie pelea por pelear: las guerras son algo tan horrible que nadie –con sentido común- las buscaría con ahínco. Podría pensar que Orden Teutónica carecía de ello. Las guerras eran indeseables, pero necesarias para una nación. El que gana no sólo obtenía la victoria, obtenía tierras, dinero, recursos, armada, puntos estratégicos. El que perdía tenía que asumir el castigo del ganador. ¿Habría algún país que consiguiese todo lo que tiene sin una? ¿Un país que cediera a otro tierras por las buenas? Tal diplomacia salvaría tantas vidas…
"No has comido, ¿Te sientes bien?"
"No." –Dije casi por inercia. –"No quiero nada. Puedes irte a pelear cuanto quieras, hazte daño, que te golpeen, y yo me quedaré cómodamente sentado aquí, limpiecito y sanito." –Me senté en el sillón. –"No tienes que decirme nada, así no sentiré culpa. Vete y dibújame otra vez el mundito feliz para que lo mire como idiota todo el día."
"¿Quieres salir a pelear?" –Me tendió su espada. La rechacé. –"Entonces…"
"Solo ten cuidado." –Me hundí en los cojines.
Fueron varios días los que pasaron. Era siempre lo mismo, se iba, me dejaba solo, y volvía polvoriento y herido, pero sonriente. Yo no hacía nada más que leer. Leía, eso sí, unos libros cualquiera, algunos de cuentos, otros más serios como los textos religiosos. No me atreví a tomar algunos de esos cuadernos antiguos que todavía seguían escondidos bajo mi cama, porque ya no quería saber nada. Pensaba que allí, tal como lo hacía mi hermano, Sacro Imperio Romano había escrito sus memorias.
Cierto día los saqué de su escondite y los tiré al fuego, todos, excepto uno. Ese lo devolví al cuarto oscuro. Fue fácil buscar las llaves y abrir la puerta, lo tiré adentro y la cerré, dejando las llaves en el mismo escondite: el florero de la sala.
Ese mismo día Gilbert regresó más tarde de lo habitual, y también más contento. Incluso golpeaba impaciente la puerta gritándome que abriera rápido. Al principio temí que lo persiguieran o que lo hubiesen vencido y no quise abrir. Él insistía y reía diciendo que era genial, muy genial lo que tenía que decirme. Emocionado abrí la puerta, la que rebotó fuerte hasta chocar con la pared y unos brazos me elevaron y giraron por el aire mientras era rodeado por el vuelo del pájaro amarillo.
"¡Ya lo tengo, Lud, lo conseguí!" –Gritaba. –"¡El fabuloso yo será ducado! Arregla tus cosas, que te vienes conmigo. Nos vamos mañana, Lud, así que apúrate. ¡Nos vamos!"
"¿Y esta casa?"
"¿Qué importa esta casa? Es muy vieja, Lud, nos vamos. Empaca tus cosas y ya."
"Pero… la biblioteca del abuelo, los álbumes, las camas, los adornos en las paredes, ¿Qué haremos con todo eso?"
"¿Quieres llevarlo todo? ¡No hay problema! Mi casa será grande, muy grande. Yo te ayudo, ponemos los libros en sacos y las armas… también en sacos. No olvides ningún juguete que no volveremos, apenas nos vayamos esta cosa se vendrá abajo." –Definitivamente parecía un pajarito hiperkinético cogiendo cosas y guardándolas, corriendo de un lado a otro. Nervioso le pregunté si podía sacar algo del cuarto oscuro, y dijo que sí, tal vez sin darse cuenta. Tenía su permiso de todos modos. Le pregunté dónde estaban las llaves para que no supiera que ya sabía donde estaban, y con la misma suerte que antes, me dijo en el florero. Curiosamente el cuarto estaba luminoso y se podía ver todo lo que había. No encontraba el cuaderno en el suelo, ni en los estantes, ni en lugares donde seguro hubiese caído, ni donde no hubiese podido llegar.
"Durante la noche vino Sacro Imperio Romano. Tal vez dejó las cosas en otro lugar." –Me dijo desde la puerta mi hermano, cargando unas cajas, y luego siguió su camino. Él había venido y yo no lo había sabido, hubiese querido verlo. Seguro se llevó su cuaderno, y notado la ausencia de los otros. Le pregunté a mi hermano, que ahora guardaba la ropa, si Sacro Imperio Romano había dicho algo sobre unos cuadernos. Dijo que no. Le pregunté también si sabía que yo había llegado, y volvió a decir que no. Le terminé de preguntar si acaso hablaba con él, y repitió que no.
"¿No es tu hermano?"
"Eso no quiere decir que tenga que hablarle, ni nada. Antes, cuando yo era como tú, me gustaba mucho estar con él, cuando era fuerte… ahora no tiene remedio. Es molesto."
Él no era muy agradable tampoco. Ni menos molesto, pensaba.
"¿Está bien?"
"Llega de las guerras mejor que yo. Será que le tienen lástima. Tuvieron que rescatarlo."
"Entonces está bien."
"Sí." –Terminó su trabajo y se echó la maleta al hombro. –"Espero que no se vuelva a escapar a la guerra, se va a matar. ¿Vas a llevar tus peluches? Déjalos por ahí y los llevas tú, no hay donde meterlos. O saca una sábana y haces un bolsito."
Así se lo pasó todo el resto del día hasta media noche. Yo ya estaba dormido cuando él debió pararse a descansar. En la mañana no estaba. Temí que se fuera sin mí, pero al salir a la cocina me encontré con una nota que decía "Voy a buscar el título y mi nuevo traje, luego verás que genial es. Con amor tu genial hermano." Con una letra bastante rara y fea. Afuera se amontonaban las cosas que llevaríamos, y la casa se veía amplia y vacía. Las paredes, para mi sorpresa, estaban sucias con óxido y polvo. Las arañas colonizaban los rincones, las polillas habían comido parte de los cuadros que no guardamos y una rata correteó entre mis pies y se escondió bajo el horno de latón. Posé mi pequeña mano en la pared que antes había quemado, las cenizas se habían extendido como un cáncer, ramificado en aquella esquina donde mi vela inició el fuego, invadiendo como huesudos brazos desdichados, aferrándose al ahora gris papel de la pared, corrugándolo. El toque de mi mano deshizo la estructura, cayendo grandes pedazos de adobe y polvo. Sentí pena, habíamos destinado a esa vieja casa a caerse sola, a ensuciarse y mancharse de indiferencia. Tal vez, con el tiempo, olvidaríamos sus hermosas paredes blancas, sus imponentes armas cuya historia no era capaz de mancillarlas, su cálida chimenea en medio de la biblioteca y su cuarto oscuro. Me preguntaba si Sacro Imperio Romano la había olvidado, o qué había sentido al volver.
Ahora me restaba esperar a mi hermano, abandonar la casa y luego, al voltear, tal vez la vería caer con la digna agonía de un viejo guerrero caído por la joven espada de un enemigo, vería en sus ojos el temor de tantas guerras pasadas, la gloria, la derrota, caería, caería como lo hizo el abuelo, con un nombre que sólo guardaríamos mi hermano y yo. La memoria puede hacer a un rey, un anónimo, y a un plebeyo, una leyenda.
