Les dejo el segundo capítulo, que es un poco (mucho) más largo que el anterior, pero pasar varias cosas interesantes, y no pude evitar el relleno (lo siento)
Dudas, reclamos, sugerencias, halagos, canastas con dulces son bien recibidos :D
La noche, la luz tenue y el silencio perpetuo eran el fondo perfecto.
Pero Sherlock notó que esa clase de silencio era su escapatoria.
- Vamos, ya deben estar lejos de aquí. - Holmes susurró y luego se levantó con cuidado, quedando primero en cuclillas, para observar a su alrededor y luego se puso de pie y extendió una mano a su amigo.
Salieron por la dirección opuesta a la que habían entrado, y pronto estaban saltando nuevamente una reja, para encontrarse con la calle y un taxi que los condujo hasta Baker Street. No se miraron ni se hablaron en todo el camino. Ambos sabían que, lo que ocurrió allí, aunque simbólico, lo cambiaba todo.
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Sherlock se pasó los siguientes dos días recabando antecedentes, al mismo tiempo que había decidido remitir al Yard algunos de los datos encontrados. Había que cubrir todas las bases; si no se aseguraba de que Violeta rechazase al criminal por el tipo de negocios en que estaba inmiscuido y las acciones aledañas implícitas que éstos significaban, tenía el material para enviarlo a la cárcel por varios años. No estaba muy seguro de qué tan efectivo sería su plan. Los sentimientos y el carácter humano en relación a estos le eran un campo algo desconocido y no estaba seguro de qué porcentaje de influencia tendría la lógica sobre una joven que había sido manipulada con tanta facilidad anteriormente. Hubiese podido consultarlo con John, obviamente, pero no sabía cómo hacerlo. No sin acarrear las ideas de esa noche, que lo mantuvieron largamente contemplando el techo de su cuarto, preguntándose por qué no lo había visto venir.
John llegó al apartamento y luego de dejar las bolsas con provisiones sobre la mesa de la cocina, se acercó al detective que estaba acostado sobre el sofá, en pijama y con los ojos cerrados.
- ¡Hey Sherlock! - Anunció, dando un ligero golpecito en el hombro del detective. - Greg me llamó, dice que nos necesitan Scotland Yard. Te estuvo llamando, pero no contestabas tu teléfono.
- Estoy demasiado ocupado y está en el escritorio. - Se excusó Holmes, con pereza.
- Dijo que es sobre Gruner… aparentemente lo están interrogando.
- ¡Y por qué no lo mencionaste antes! -Replicó el detective consultor, dando un salto para levantarse del sofá y recoger su móvil. - Te lo he dicho antes John, prioriza, no gastes mi tiempo con cosas que no vienen al caso y que sólo entorpecen el proceso analítico, ahora es muy importante que lleguemos allá cuanto antes. - Explicó Sherlock a gran velocidad, mientras daba vueltas por el piso, buscando materiales y antecedentes que metió en un archivador, y luego su bufanda.
- Espera. - Dijo John, mientras sujetaba su brazo, quitándolo del pomo de la puerta. - Sé que esto es importante, pero dudo que quieras aparecerte en Scotland Yard en pijama. - Sherlock lo miró confundido y luego bajó la vista, en post de observar su propio aspecto. - Y no estoy diciendo que no te quede bien ese pijama, sólo digo que tal vez no sería bueno que la sargento Donovan o Anderson te vean así. - Finalizó, con una chispa de gracia y malicia en su mirada, mientras una pequeña sonrisa se asomaba en sus labios.
Sólo cuando Sherlock cerró la puerta de su cuarto tras él, se dio cuenta de lo estúpido (y mal interpretado) había sido su comentario sobre el look de su compañero de piso. Aunque su segunda idea fue que no había mentido en lo absoluto.
Quince minutos más tarde, el detective y el médico iban en un taxi, dónde el silencio era el invitado de piedra, sentado entre ambos hombres en el vehículo, impidiéndoles incluso mirarse el uno al otro.
- No me molesta si quieres alabar mí… aspecto personal. - Dijo Sherlock, mirando a la ventana. John lo miró y el consultor pudo sentir la necesidad de una explicación: - Ya sabes, escuchar sólo "brillante" y "Fantástico" realmente puede cansar. - Y lentamente depositó sus ojos en la expresión de hombre a su lado.
Ambos soltaron una carcajada cómplice, y la incomodidad de sus silencios se transformó de a poco, en una tibia sensación de confianza.
- Sherlock, escucha, yo…
- Lo sé, John. No es necesario que lo digas. Está todo bien, ¿recuerdas?
Holmes hubiese querido tocar su brazo, recoger su mano, o tomar de alguna forma la iniciativa del contacto físico que le diese entender a Watson lo que con tantas ansias quería hacerle saber. Pero no se atrevía. No sabía cómo, y aunque sus conocimientos en el área eran escasos, entendía que, en ese punto, cualquier paso en falso podía ser fulminante.
Entraron y se reunieron con el detective inspector que les explicó en breve lo que ocurría. La noche anterior se había realizado una redada en el club y además de Gruner, habían arrestado a dos de sus asistentes. Se estaba recaudando información sobre el tráfico de drogas al interior de local, lavado de dinero, cargos por facilitación de la prostitución y trata de personas. El problema es que llevaban horas interrogándolo, y a pesar de la evidencia que ellos poseían (entregada por el detective consultor) nada era lo suficientemente sustancial como para justificar su detención. Pero Lestrade sabía que Holmes siempre se guardaba una carta bajo la manga y que tenía muchas ganas de hacer caer a "el barón" personalmente.
Holmes y Watson entraron a la oficina que precedía la sala de interrogatorios, dónde además, se encontraba Damery y Violeta De Merville. La joven tenía claras señales de haber estado llorando. El médico se sorprendió por la presencia de ambos, pero luego de una rápida mirada a Sherlock, se dio cuenta que todo era parte del plan. Por supuesto, hacer que la chica escuchase, de boca del propio criminal, acerca de sus fechorías. De este modo, Gruner se encontraba en el interior de la sala de interrogatorios, con un vaso en frente y las manos esposadas sobre la mesa.
-Le dijimos que Violeta se había marchado, tal como lo pediste. - Informó Lestrade, luego de entregar un reporte que el detective consultor apenas miró. - Ah, y por razones obvias, las cámaras fueron apagadas y el registro no será oficial, pero te dejaremos ingresar una grabadora. Después el abogado y yo nos encargaremos de conseguir hacer esto de forma legal. Adelante.
Holmes avanzó hasta la puerta, mientras la secretaria le entregaba el aparato para el registro oral de la conversación. Entonces, la muchacha se acercó a él y sosteniendo su antebrazo con fuerza, con las dos manos, le dijo, con voz quebradiza:
- Trátelo bien, ¿sí? Él... él no es un mal hombre.
- Si, Violeta. Si lo es. - Replicó Sherlock, mirándola frío.
El doctor Watson tomó a la joven y la alejó, mientras intentaba calmarla.
Sherlock cruzó la puerta y el hombre apenas levantó la vista, sonrió ampliamente. Obviamente ambos se recordaban. Tras una breve charla, tensa y cargada de ironía, Holmes sacó el libro y lo arrojó sobre la mesa. Fue la primera vez en los casi veinte minutos de conversación que llevaban que el detective notó algo de inseguridad en su oponente y se decidió a atacar.
La conversación escalaba de tono, mientras afuera, Violeta, incrédula, se volteaba para evitar ver al hombre del que supuestamente estaba enamorada.
- El tipo ese es bastante rudo como para ser dueño de un club gay. - Comentó Lestrade a John, después de que el sujeto lanzase una amenaza al detective.
- ¿El Carlton es un club gay? - Preguntó John, alzando las cejas levemente.
- ¿No te diste cuenta?
- Siglos que no iba a uno. - Replicó Watson.
En el interior de la sala, Sherlock finalmente abría el libro y repasaba las páginas. Gruner negó con bastante dignidad las acusaciones, pero finalmente, cedió ante la presión del detective y terminó emitiendo comentarios irreproducibles sobre las mujeres que estaban documentadas ahí. Lo que él les hacía, lo que las obligaba a hacer.
Violeta ya no lloraba. Le habían abierto los ojos, y aunque, aun dolida, su indignación era mayor y suficiente. El plan había resultado tal y como Holmes lo había pronosticado. La chica entonces, se quitó el anillo de compromiso, mientras el detective consultor se ponía de pie y dejaba la grabadora sobre la mesa.
- ¿Qué vas a hacer Holmes? ¿Se la vas a enseñar a Violeta? ¿De esto se trata todo este espectáculo? Damery, apuesto que fue el imbécil de Damery… La primera cosa que voy a hacer cuando ese viejo de mierda estire la pata, va a ser volarle los sesos a ese idiota.
Sherlock sólo sonrió y solicitó que le abriesen la puerta. Dos oficiales entraron a tomar a Gruner para trasladarlo a su celda provisional, mientras Lestrade iba por la grabadora.
Cuando el criminal salió de la sala, lo primero que vio fue a Violeta y su ira. Entonces, miró al detective consultor, que lo observaba con soberbia.
- ¿Quién es el idiota ahora? aunque no puedo tomar el crédito por la idea de contar con lujo de detalles tu pequeña "ceremonia de iniciación". No creo que hubiese sido posible sin ti, imbécil.
La ira del hombre fue tal que por un segundo se soltó de ambos guardias y se abalanzó sobre Holmes, proporcionándole un golpe de puño en la mandíbula, bastante cerca de la oreja. El detective consultor no alcanzaba a reponerse del impacto cuando John, Lestrade y por lo menos tres policías más, sujetaban al criminal con fuerza, consiguiendo reducirlo para sacarlo de ahí.
- Te vas a acordar de mí, Sherlock Holmes. - Vociferó el sujeto mientras cruzaba la puerta, escoltado por varios oficiales.
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En el 221 B de Baker Street, el detective consultor se sentó en su lugar habitual, mientras en silencio, se tocaba con cuidado el área del golpe. No era nada grave, a pesar de que "El Barón" era un hombre fornido, de estructura muscular importante, no pasó más allá del moretón que Holmes tendría quizás, por varios días. Y un poco de inflamación. Si, podía notar, al abrir la boca, que tal vez se inflamaría.
John lo miró y luego de sonreírse un poco, fue a la cocina y abrió la puerta superior, dónde (milagro del cielo) encontró una bolsa de hielo. Tomó algunos cubos y los puso en un paño de cocina que envolvió en torno a ellos, para acercarse con sigilo a su compañero de piso.
- Hielo. - Le dijo, una vez que alcanzó su posición. - Necesitas un poco de hielo y estará bien. Órdenes del doctor.
Holmes no estaba en el ánimo de negarse. Había resuelto un caso, de paso, se había vengado de un antiguo rival y había recibido un golpe. Podía vivir haciéndose la víctima un ratito.
John presionó con suavidad el área, y se arrodilló en frente al detective, para tener mejor visión del alcance del golpe; así, dio ligeros toquecitos en toda la extensión y luego lo dejó un momento.
- Está bien así, John. Gracias. - Dijo el detective, mientras sus dedos buscaban la tela para sostenerlo por sí mismo.
- Por favor, déjame hacerlo. Además, es un poco mi deber, considerando que soy tu médico de confianza.
Ambos rieron ante eso. ¿Desde cuándo sus caras estaban tan cerca?
Y los dedos de Sherlock finalmente encontraron la mano de John. Luego sus miradas, y finalmente, lento, como si tuviesen toda la vida por delante para hacerlo, comenzaron a besarse.
John había besado hombres antes, y conocía las diferencias que este acto implicaba, en relación a hacerlo con una mujer.
Pero besar a Sherlock era algo totalmente diferente, era algo interesante, en medio de ambos universos. Había, por supuesto, cierta rudeza, especialmente en las formas de su cara y la estructura ósea de ésta, pero también había algo increíblemente femenino, una delicadeza en la suavidad de sus labios, una disposición y cierta apertura que no había encontrado antes.
Ese beso era diferente y provocó reacciones en él que ningún otro beso había causado antes.
Cuando se separaron, Sherlock aun tenía los ojos cerrados. Tenía miedo de abrirlos y que no fuese más que un sueño. Entonces John, que se dio cuenta; con su mano libre, acarició con suavidad su nuca y cuello y pegó su frente a la del hombre que lentamente abría los ojos.
- Por favor, dime que no es sólo porque un maldito idiota decidió usar mi cara como saco de boxeo.
Watson sonrió. Y lo volvió a besar.
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Durante las siguientes semanas, las cosas en Baker Street seguían siendo iguales que siempre. Con la excepción de que ahora, Sherlock no sabía de aburrimientos. Cuando no estaba resolviendo casos, o en sus experimentos (aún desagradables y extraños), estaba con John. Iban, de vez en cuando, por una caminata al parque; veían algo juntos, se contaban cosas, se querían. Incluso sin haber aún tenido intimidad, su relación iba más allá que una amistad con privilegios. Había algo diferente, profundo y que de cierto modo, asustaba a ambos. Pero la dicha doméstica era en ese momento más importante que sus propias convicciones sobre quienes eran. Después de todo, mientras fueran felices, ¿a quién le importaban las etiquetas?
Sherlock estaba en su sillón una tarde, luego de recuperar exitosamente un collar de diamantes perteneciente a una de las celebridades más destacadas del país (aunque él no tenía ni la más mínima idea de quién era). John venía volviendo de la tienda, luego de adquirir provisiones para preparar sus comidas para la semana y había dejado su teléfono en casa. El aparato emitió una alerta de mensaje justo cuando el doctor terminaba de desempacar sus compras, por lo que el hombre se dirigió directo al escritorio.
- Cuatro mensajes en diez minutos. Y considerando que tienes alertas personalizadas para casi todos tus contactos, asumo que son de la misma persona. - Dijo Sherlock, aun con los ojos cerrados y los dedos entrelazados bajo su barbilla. - Entonces, ¿Quién esta persona Mary (el desagrado se traslucía en su tono al pronunciar el nombre) y por qué te escribe tanto? - Finalizó el hombre y abrió los ojos, clavándolos en el médico que ya no estaba tan seguro de querer abrir ese mensaje.
- ¿Qué? Oh, por favor. Es una compañera de trabajo, la nueva enfermera en la clínica. Y es sólo un meme. La gente hace eso. Son divertidos. Mira este. - Replicó John y se sentó en el brazo del sofá.
El detective consultor miró la imagen en la pantalla, pero luego de un par de segundos, desvió los ojos, sin emitir comentarios o mueca alguna.
- No entendí. -Replicó, mirando hacia la biblioteca.
- No tienes que entenderlo, es sólo… gracioso. Es divertido, es todo. Nada malo. - Comentó John, mientras su mano acariciaba suavemente los rizos de la parte de atrás de la cabeza del detective consultor.
- Bueno, es cierto, pero de todos modos ¿por qué tiene que ser "divertida"? -Hizo el gesto de las comillas con sarcasmo y agregó: - Además, la gente suele usar el sentido del humor como forma de acercamiento romántico y no te veo muy decidido a no reírte.
John rió ante el comentario y luego, fingiendo indignación preguntó:
- Oh, déjame adivinar, ¿eres de esos que creen que nosotros somos todos un montón de casanovas?
- ¿Nosotros?
- Me refiero a la gente bisexual.
Sherlock miró a John por un segundo. Su expresión cambió y se sintió un poco avergonzado de su comportamiento. Su distanciamiento de cualquier tipo de relación humana o social lo mantenía alejado de los rumores o esas generalizaciones que las personas solían hacer. De cierto modo, sentía que se había salvado de que a él le pusieran una etiqueta, pero después se dio cuenta que para una persona normal, y para la cual, encajar en la sociedad era un tema relevante, los comentarios de ese tipo, o de cualquier otro, sistematizados, podían ser devastadores. Las dudas, el estar horas preguntándose quien realmente era.
- Lo siento, no… no sabía que la gente hacía eso. - Dijo, y entrelazó sus dedos con los del hombre a su lado, que apenas había notado todo el proceso por el que el detective había pasado. -Pero aun no me gusta esa… enfermera.
- ¡Oh, pero ni siquiera la conoces…! - Watson rodó los ojos. - ¿Viste su foto? ¿Buscaste su perfil? ¿Twitter? ¿Facebook? ¿Multas de tránsito? - Las afirmaciones algo culpables a todas esas preguntas le causaron un ataque de risa a John bastante inesperado, hasta que finalmente miró a Holmes y le dijo: - ¿Qué voy a hacer contigo?
Entonces, el doctor se acomodó, esta vez sentándose en las piernas de su pareja. Comenzaron a besarse, mientras sus manos recorrían todo lo que podían abarcar. El médico comenzó a sentir, inevitablemente que los pantalones le apretaban más de lo usual y en un susurro, casi sin aire dijo:
- Tenemos que parar… -Beso - Ahora…
Sherlock lo besó un poco más mientras acercaba su cuerpo al de John.
- De hecho estaba pensando, y creo que es tiempo de que… - Sus manos subiendo por los muslos del doctor explicaron todo lo que su boca, muy ocupada en ese momento, no pudo decir. - Pero, necesitamos insumos.
John finalmente se alejó y entendió. Claro, necesitarían más que solo preservativos.
-Puedo pasar mañana por… una tienda. -Ofreció, mientras se arreglaba el cabello.
- Suena bien. - Dijo Sherlock, mientras lamía sus labios, buscando los últimos rastros de Watson en ellos.
John finalmente se puso de pie y fue a la cocina. Tardó treinta minutos en cocinar una cena que podría haber sido de diez, pero básicamente porque Sherlock se había procurado no quitarle las manos de encima. Cuando por fin se sentaron a comer, y luego de algo de charla trivial Watson dijo algo que se le había pasado por la cabeza varias veces, incluso antes de empezar su relación con el detective.
- Tengo una idea. Que puede funcionar como una especie de adelanto… - Y su lengua se asomó un poco, paseándose descaradamente por su labio inferior.
Sherlock carraspeó con fuerza.
- Suena razonable. - Anunció, entendiendo a qué se refería. A pesar de su elección de palabras y de su tono calmado, se puso de pie de inmediato y casi arrastró a John a su cuarto. Ni bien había cerrado la puerta cuando lo besaba, ansioso y John no había siquiera alcanzado a responder al beso cuando el detective estaba frente a él, de rodillas.
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El domingo de esa misma semana, Sherlock y John despertaban después de una larga siesta en la cama del detective. Precisamente fue él quien despertó primero, para luego de estirarse perezoso, dejar un camino de besos a lo largo del hombro de John, quien sólo respondió volteándose hacia Holmes, para abrazarlo, mientras apoyaba su cabeza en el pecho del consultor. Pero las manos del hombre despertaron al médico con agilidad.
- ¿Otra vez? - Preguntó Watson, alzando una ceja. - Creo que se nos están acabando los insumos, cariño.
- Aun podemos ser creativos. - Contestó el detective, y mordió ligeramente el lóbulo de su pareja.
Tampoco es que John necesitase mayor incentivo. Se sentía bien, completo y satisfecho junto a ese hombre que, de frío e insensible, no tenía nada. Por lo que rápidamente se incorporó y se acomodó entre las piernas del detective, mientras sus manos acariciaban los muslos pálidos y delgados de ese hombre que lo miraba como si estuviese a punto de entrar al cielo.
Después de cerca de media hora de juego previo, Watson finalmente acabó en Sherlock, con las piernas del detective enrolladas en su cadera, mientras sus dedos largos buscaban soporte dónde podía. Cambiaron de posiciones y Holmes descansó en el pecho del ex soldado. Comenzaba a quedarse dormido cuanto su móvil timbró. Lestrade llamaba, con detalles sobre el caso anterior. Pronto los dos estaban listos para salir al mundo exterior.
- Lamento la interrupción muchachos, Sherlock, sabes que no te molestaría en domingo de no ser importante.
- Oh, no es molestia, detective Inspector, además nosotros sólo estábamos… - Una rápida mirada con John para cerciorarse de no ser imprudente. - Viendo una película.
- Leyendo. - Dijo Watson, al unísono del detective consultor, lo que generó un momento incómodo por como dos segundos.
- Seguro. -Respondió Lestrade, con una fachada impecable. - En fin, ¿Quién quiere detalles? - Comenzó a caminar e hizo un gesto a los otros para que lo siguiesen hasta una oficina, entonces, comenzó a explicar: - La red a la que Gruner pertenece es vasta. El tipo tenía aliados en varios continentes y de diferente índole. No fue de mucha ayuda, y ya se lo llevaron a una prisión de alta seguridad, dónde estará en aislamiento hasta el juicio. Estamos tratando de encontrar sus contactos, pero en medio de eso… - El policía abrió la puerta y de pronto los tres se vieron rodeados de documentos, fotografías y conexiones. - Una de las chicas que trabajaba en el local desapareció.
- ¿Y ustedes creen que la gente del barón la tiene para ejercer presión de algún tipo? - Cuestionó Sherlock, adentrándose en la sala. Giró un par de veces sobre su propio eje y luego se dirigió a la mesa dónde se distribuía lo recolectado hasta el momento de la desaparición. -Pero, les di el libro de Gruner, supongo que hasta los inútiles de tus subordinados pueden sacar algo de ello ¿o no?
- Ese es el problema. - Replicó el detective inspector y levantó el libro, que estaba sobre otra mesa. Buscó la página y se la extendió a Holmes.
Estaba en blanco.
Sherlock se detuvo a pensar un segundo y extendió el libro a John. Se dirigió a mirar entre las fotos de las mujeres que habían sido entrevistadas como testigos y víctimas.
- No la entrevistaron… - Susurró.
- ¿Y qué hay si era nueva? Quizás había llegado recién a… la custodia de Gruner y no tenían nada sobre ella. - Preguntó John, sintiéndose incómodo por su elección de palabras.
- No. Fíjate en la foto, se ve mucho mayor que cualquiera… oh - Sherlock cambió la dirección de su caminata y se dirigió directo a Lestrade. - Ella no es una de "las chicas" ella es parte de la organización. No está perdida, ellos solo nos están poniendo una carnada.
- ¿Carnada? ¿Por qué? - Preguntó Watson.
- Venganza. - Replicó Sherlock y devolvió su atención a Lestrade. - Déjame hablar con una de ellas y confirmar mi teoría.
Greg dudó un segundo, pero luego se dirigió al archivador dónde estaban las fichas de las testigos, buscando una que no fuese a entrar en pánico con el detective consultor. En ese intertanto, el teléfono de John timbró.
- ¿Mary otra vez? - Inquirió Sherlock, en tono calculador.
- ¡Oh, por favor! ¿Cuántas veces? - John rodó los ojos. - Ella sabe que no estoy disponible.
- Entonces se está asegurando el puesto para cuando lo estés. - Replicó Holmes, en tono de protesta.
Lestrade regresó con una hoja en las manos, y sonrisa maliciosa.
- ¿Podrían repetir eso para grabarlo? Voy a ganar un montón de apuestas. - Después de reír un poco y las miradas asesinas de sus amigos, le extendió la hoja al detective consultor. - Ella. Es bastante calmada, parecía dispuesta a hablar. Pero cuidado, estuvo a punto de volarle la cara a Anderson de una bofetada por un comentario desagradable.
- Gracias. John, vamos. Nos vemos Gavin. - Sherlock hablaba a medida que se alejaba hacia la puerta.
- Greg. - Vociferó Lestrade, mientras chequeaba otra vez los pocos antecedentes que tenían de la mujer desaparecida.
La joven, de unos veintitrés años, de rasgos latinos, piel tostada y cabello castaño claro les sirvió una taza de té con una amplia sonrisa, que Holmes, descubrió en dos segundos, era pura fachada. Más allá de eso, fueron directo al grano, y la chica respondió afirmativamente a las inquisiciones del detective consultor, confirmando su teoría de que la Mujer perdida era parte de la organización.
- Su paradero actual es desconocido, pero, ¿tú crees que haya alguna opción de que se haya escondido con ellos y no esté solo desaparecida? - Cuestionó Sherlock, con una suavidad que obligó a John a mirarlo de reojo.
- Absolutamente. Lo más probable es que…
El ruido de un vidrio quebrándose interrumpió su respuesta, décimas de segundos antes de que un grito ahogado escapase de sus labios y su blusa se manchase de sangre, justo sobre su pecho. El agujero estaba exactamente bajo la clavícula. John agarró el brazo de Sherlock y se tiraron al piso. El médico se arrastró como pudo para chequear a la muchacha, mientras Holmes se acercaba con discreción a la ventana, intentando teorizar de dónde había provenido el disparo, pero lo más importante, si es podía ver a su autor. Comenzó a hacer deducciones, hasta que John lo detuvo, gritándole:
- ¡Sherlock, ambulancia, ahora!
El detective sacó su móvil y marcó a Lestrade, no sin antes notar un mensaje recibido. Informó la situación.
La chica estaba fuera de riesgo, aunque de todos modos, fue trasladada a un hospital.
- Pongan toda la seguridad que puedan para ella. - Dijo el detective consultor. -Por que eso, eso fue un error que no están dispuestos a volver a cometer.
- Ustedes dos deberían ir a casa, también. Seguimos con esto mañana. - Indicó Lestrade, haciendo una señal a sus oficiales para reunirlos.
En el taxi camino a Baker Street, el detective leyó el mensaje.
"¿Disfrutando el entretenimiento?
Aguarda, que se pone mejor"
Lo había recibido a la hora en que la joven había sido baleada, por lo que el asumía que se había enviado algunos segundos después del disparo. Viajó en silencio, mientras John simplemente recogió su mano y la entrelazó. Quizás entendía. Quizás sabía que tenía algunas decisiones que tomar y que, considerando los hechos recientes, ya no eran tan fáciles como antes.
Sentimientos, hacían todo más difícil. Pero el segundo ejercicio fue más productivo. Si esta "venganza" era sobre él, ¿Cuánto tardarían en descubrir lo que Watson significaba? ¿Cuánto tardarían en amenazar la vida de sus seres queridos? Tenía que detenerlos, y por suerte, había un montón de gente que le debía favores.
En Baker Street, Sherlock se contactó con un joven informático de una empresa de telecomunicaciones y le pidió acceso para el rastreador. Cuando estaba intentando localizar el número, John se paró detrás de él y deslizó su brazo por el hombro del detective.
- ¿No hay nada que pueda decir que te detenga, verdad? - Sherlock sólo dejó sus dedos paralizados sobre el teclado por un segundo, pero no respondió. - Lo sé. Sólo… recuerda… Recuerda que no estás solo, Sherlock. Hay gente a la que le importas, muchísimo.
- Lo sé. Y no, no voy a dejar que nada les pase, es mi deber de protegerlos el que me hace…
- No idiota. Te pido que pienses en qué sería de nosotros si algo te pasa a ti. - Interrumpió John y dejó un beso en la mejilla del consultor. - Bien, me voy a dormir.
Watson se dirigió a su cuarto y Sherlock se detuvo a pensar. Quizás él tenía razón. Miró la pantalla. Quizás había otra forma de hacerlo, planear mejor, pedir ayuda. Esperar.
Quizás lo mejor ahora era irse a dormir junto al hombre al que amaba. Y eso hizo. Subió las escaleras y se acostó junto a John. Pero por la mañana, cuando Watson despertaba, él ya se había marchado.
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Tres días habían pasado desde el incidente. Y Sherlock no volvía a casa.
Después de la primera noche, John sólo comenzó a llamar a sus conocidos, por curiosidad. El detective había hecho eso antes en medio de un caso, sin tener siquiera la decencia de decirle dónde estaba. Pero a medida que las horas avanzaban y el teléfono permanecía en silencio, el doctor se desesperaba más y más.
Esa misma mañana, del tercer día, John había ido derechamente a hablar con Lestrade y pedirle ayuda para encontrarlo. Hizo lo que pudo, hasta que lo llamaron a cubrir un turno en urgencias. Un horrible choque múltiple, un montón de heridos que necesitaban asistencia médica. El doctor acudió a cumplir con su deber. Eran como las siete de la tarde cuando se desocupó y chequeó su teléfono. Lo único que tenía eran los mensajes de Lestrade, diciéndole que aun no sabían mucho, sólo que había ido a visitar a la joven baleada una vez más, en la mañana del lunes.
- ¿Tu novio aun está perdido? - Preguntó Mary. John no la había oído entrar.
- Si. Tres días y aun no sabemos nada de él. - Contestó John, apenas mirándola.
- Sé que no es mi derecho, pero, él es detective privado, ¿verdad? Tal vez sólo lo llamaron para algún caso, ultra secreto, en otra ciudad… Quizás sólo está trabajando.
- También lo pensé al principio, pero… él ya me hubiese llamado para entonces, o dado alguna señal de vida. Solía hacerlo antes y ahora, supongo que… Sólo espero que tengas razón.
-Bueno, yo he tenido novios que dejan de llamarme por días… - Comentó la rubia, en tono de broma - ¿No fue un comentario muy acertado, verdad? - John sólo la miró y trató de sonreír. Valoraba su esfuerzo por hacerlo sentir mejor. - ¿Qué tal si vamos a tomar algo? Sólo por aquí, después de todo, si aparece o saben algo te van a llamar ¿no es así? Ven, vamos a distraernos un poco.
- No, gracias, no creo que…
- Por favor, vamos. Has tenido un día horrible, largo y además tu novio desapareció. Necesitas distraerte un poco. -Insistió la Mujer.
John sabía que ella no se daría por vencida y accedió, de poca gana.
El bar quedaba a unas calles de la clínica, y se instalaron cerca de la ventana, lo que fue un error.
Porque cuando llevaban ahí cerca de media hora, Sherlock vio a John.
Y lo vio reír.
