Tema: #25 — Sin opciones
Nota: Actualizado con correcciones el 31 de Julio.
Capítulo II.
"Sin Opciones."
¿Que si aún le gustaba el baloncesto?
¡Claro!
Eso creía.
Kagami sabía que Kuroko podía ver a través de él y si decía que aún le gustaba, le diría "No mienta, Kagami-kun", y probablemente le pegaría con el libro que llevaba en la mano. Pero así como Kuroko veía a través de Kagami como quien ve a través de un cristal, lo contrario también era cierto: Kagami sabía sin esforzarse cuándo mentía Kuroko, y en ése preciso instante sabía que le ocultaba algo. Parecía dolor, pesar y ganas de llorar. Kuroko ya había perdido a su antigua luz y aunque le había prometido que lo mismo no sucedería con él, allí estaba Kagami, aburriéndose cada vez más de un deporte que ya no le traía nada nuevo.
Cuando Kagami pensaba en irse definitivamente de las canchas, siempre pensaba en una lesión o algo similar. En absoluto se le habría ocurrido que se aburriría. No sabía cómo sentirse y no quería saber cómo se sentía Kuroko, quien había sido su compañero por tres años; con quien había vivido los mejores momentos de su vida, desde los entrenamientos infernales hasta las victorias, pasando por las risas, las lágrimas y largas noches sin dormir. Honestamente, no quería responder, no podía. No podía decirle que se había aburrido, que ya no sentía lo mismo que antes mientras jugaba, que no importaba cuán alto saltara, ya no había altura alguna que quedara fuera de su alcance. Ya había tocado el cielo y no había nada más alto.
Dio una excusa estúpida y se fue sintiendo la mirada de Kuroko clavada en su espalda.
El primer entrenamiento después de esa corta conversación pasó sin muchas dificultades, ninguno de los dos volvió a mencionarla y mucho menos los sucesos durante el juego. Los estudiantes de primer año, siendo conscientes de que algo andaba mal, habían optado por no decir nada. Fueron los estudiantes de segundo año los que tomaron la iniciativa.
—Algo pasa con Kagami-san —mencionó uno de ellos mientras miraban al aludido realizar un tiro en bandeja perfecto sin demostrar el menor entusiasmo.
—Sí —respondió otro—. Le pregunté a Furihata-san, pero no dijo nada, y Kuroko-san parece...
—¿Triste? —aventuró un tercero.
—Triste —acordaron los otros dos.
El primer muchacho que había hablado, de apellido Kobayashi, se había levantado.
—¡Kagami-san! —gritó. El aludido se volteó sin demostrar expresión alguna en su rostro.
Kobayashi recordaba haberse unido al club precisamente por la emoción que había visto en el rostro de Kagami mientras jugaba. El muchacho no tenía problemas al expresar su admiración por el jugador estrella de Seirin desde el primer día que se unió al equipo, como tampoco ocultaba su deseo de llegar a ser como él.
—Kagami-san, ¿jugamos?
—Esto... —A Kagami le costaba tratar con los estudiantes de grados menores, así que el chico no le puso atención a su momento de duda—. Ve y juega con Furi.
—Pero yo quiero jugar con Kagami-san.
—Es que... Bueno..., está bien —respondió finalmente Kagami y le lanzó el balón.
Para cuando terminaron, Kagami le había ganado sin problema. Kobayashi tenía dibujado en el rostro una amplia sonrisa; sin embargo, el as lo correspondió rascándose la cabeza en claro síntoma de contrariedad.
—Gracias, Kagami-san.
—Sí... —contestó Kagami, todavía rascándose la parte inferior de la cabeza. Tenía una expresión aburrida y distante.
— ¿Todo anda bien, Kagami-san?
—¿Por qué todos me preguntan eso? —Kagami parecía querer decir algo más, pero se limitó a chasquear su lengua y salir del gimnasio lo más pronto posible.
Kobayashi dejó caer el balón al suelo, buscando con la mirada a Kuroko, al no verlo, supuso que se habría ido de allí tan pronto Kagami había salido, luego lo vio sentando en una esquina.
Su partida fue como soplar una vela y todos lo sintieron. Los estudiantes de primer año se miraron entre ellos, preocupados. Los compañeros de Kobayashi se acercaron a él, uno de ellos puso una mano en su hombro para reconfortarlo —hasta ese momento no se dio cuenta Kobayashi de que estaba a punto de llorar—; mientras, los de tercer año trataron de suavizar los ánimos según Furihata sacudía levemente el hombro de su entrenador, quien mantenía los ojos pegados en dirección a la puerta por la que había salido Kagami.
Kuroko quedó inmóvil. Sólo sus puños reaccionaron; apretados aunque temblorosos se apretaban con fuerza contra sus costados. No hizo nada por evitar que una lágrima se le escapara y discurriera libremente por su mejilla.
.
—Shin-chan, Kagami no está.
—No hace falta que lo digas. Es obvio, Takao.
—No, no entiendes, Shin-chan... Kagami no está.
Takao Kazunari tenía razón, Kagami no estaba. Su presencia no la halló en la banqueta del equipo ni en la tribuna. Tampoco halló al joven escondido entre las sombras; parecía haberse esfumado.
El año anterior, Kagami tampoco había asistido a un juego, al parecer había tenido un accidente nada grave, según había averiguado Takao. Todo quedó en una intoxicación con un alimento. A pesar de su ausencia, Seirin había podido ganar el partido y mantener viva la luz de su mejor jugador; no obstante, esta vez el desenlace se preveía diferente.
El actual equipo de Seirin parecía una fogata apagada; solo había carbón y cenizas. Tal y como había dicho Takao, Kagami no estaba. A unos tres asientos a su derecha, vio a Aomine y desde donde estaba, Midorima Shintarō notó su expresión: si después de aquel juego Kagami mostraba su cara frente a Aomine, éste no iba a responder. No tendría por qué importarle pero también se sentía un poco —sólo un poco— enojado por la extraña actitud que estaba tomando el ala-pívot de Seirin.
—¿Qué crees que vaya a pasar, Shin-chan?
—No lo sé —respondió Midorima siendo honesto.
A través de las ventanas, vio un rayo iluminar el oscurecido cielo. De pronto, escuchó el golpeteo débil de la lluvia siendo amortiguado por las voces que animaban a ambos equipos.
Por un margen muy pequeño, Seirin había ganado.
Kuroko había jugado muy poco, aunque había encontrado una muy buena compatibilidad con Kobayashi; un chico brillante, con un gran futuro por delante y una perseverancia y tenacidad que lo hacían un miembro digno del equipo de Seirin. Había un resplandor en él, como una llama que estaba empezando a avivarse, pero era diferente a Kagami, no era la misma luz. No era tan brillante, ni tan intensa... No era Kagami.
Desde su silla Midorima vio a Kuroko suspirar hondo, voltearse y buscar con la mirada en la tribuna. Sus ojos se detuvieron en un par de pelirrojos y, al no dar con lo que buscaba, siguieron su escaneo aunque sin dar resultado; ninguno de ellos era Kagami. Kuroko siguió con su pertinente búsqueda hasta detenerse en Aomine. Ambos jóvenes compartieron un estrecho si bien silencioso momento de comunicación el cual fue finalizado por Kuroko, quien elaboró un simple encoger de hombros para luego marcharse rumbo a los vestuarios.
Aomine Daiki también resplandecía por sí solo, de una manera similar a Kagami, con la misma pasión y firmeza.
Era similar... pero no era Kagami.
—Shin-chan, ¿qué crees que va a pasar? —repitió Takao, preguntando por segunda vez.
Midorima, reaccionando, le envió una mirada fija, como tratando de establecer la misma comunicación que Kuroko acababa de tener con Aomine, o las que había tenido más de una vez en la cancha con el mismo Kagami. Takao enarcó una ceja en síntoma de extrañeza; sin embargo, optó por no decir nada. Takao podía ser brillante en sus mejores momentos, pero a veces Midorima deseaba que su compañero tuviese un carácter más intuitivo y observador como el de Kuroko.
—¿Por qué, Shin-chan? ¿Acaso tres años no han sido suficientes para fortalecer nuestra relación? —exclamó Takao, en un fingido tono dramático.
Por primera vez en tres años, Midorima no tuvo palabras para contestarle, se limitó a mirarlo con una mezcla de sorpresa y enojo, mientras Takao sonreía y se señalaba la cabeza. Midorima no tuvo que esforzarse para saber lo que quería decir su expresión: "¡Telepatía, Shin-chan!"
—Somos almas gemelas —añadió Takao enseguida, sin dejarle de sonreír.
Midorima no dudó en meterle el guante gris que tenía en su mano izquierda en la boca.
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—Lo siento, entrenador —se disculpó Kagami mientras entregaba un papel al entrenador de Seirin.
Furihata no pudo evitar pensar que si Riko estuviese allí, Kagami no se libraría fácilmente del asunto.
—Cuatro semanas de práctica y dos juegos importantes, Kagami —dijo el entrenador. Le echó una mirada al papel y se lo devolvió a Kagami—. ¿Es por esto por lo que has estado… así?
—Eh…, no… Quiero decir, sí, sí, es eso. —Kagami escuchó un ruido de insatisfacción por parte de los demás compañeros de equipo situados detrás de él, y que el entrenador supo acallar enseguida.
—No importa que seas nuestro mejor jugador. Las prácticas son para todos.
—¿Para qué? Ya no tengo nada que practicar —había creído pensar. Cuando miró a su derecha y vio la cara desencajada de Kuroko comprendió que lo había dicho en voz alta. Desvió sus ojos de nuevo en dirección al entrenador y esperó.
El entrenador, famoso por su temperamento, cerró los ojos un momento e inhaló profundamente, antes de hablar:
—Kagami…, si crees que lo sabes todo y no quieres volver a las prácticas eres libre de hacerlo, pero luego no debería sorprenderte si acabas en el banquillo durante el resto del torneo. —Alguien empezó a protestar pero el entrenador subió el tono de voz—. No me importa que perdamos todos los partidos. Aquel que no esté dispuesto a comprometer un poco de su tiempo al equipo, lo mejor es sacarlo.
— ¿Por qué? ¡Entrenador, ya no tengo nada más que practicar! —protestó Kagami consciente de lo que le estaba diciendo y aun así fue incapaz de contenerse—. Ya lo sé todo. Ya no hay nada más. He jugado contra los miembros de la Generación de los Milagros... y he ganado. ¿Qué es lo que me queda por hacer?
—El tiempo de los Milagros pasó. No creas que porque le hayas ganado a un grupo de niñitos vas a poder vencer a todos los demás jugadores. —El entrenador frunció el ceño. Se percibía que estaba tratando de mantener su nivel de paciencia estable; en cambio, su expresión decía que ya había tenido suficiente con el comportamiento de Kagami, que en unas pocas semanas se había tornado errático y extraño.
Kuroko estaba perplejo, furioso, triste… En su interior había un conflicto de sentimientos que no podía nombrar. Siempre había sido capaz de entender a Kagami y, en tres años, estaba seguro que su entendimiento se había vuelto casi perfecto, mucho mejor que aquel que había tenido con Aomine. Comprendía perfectamente lo que estaba pasando: sentía como si Kagami fuese un tren a alta velocidad que se salía de su carril y fuese directo hacía un muro. Kuroko solo podía ver y esperar que se estrellase. No podía hacer nada más.
No creía ser capaz de hacer nada más.
— ¡Pero si ya lo hice! ¿Cuántos juegos llevamos invictos gracias a mí? ¿Cuántos? ¿Eh, Kuroko?
Kuroko, en cambio, no respondió. Sentía ganas de darle un puñetazo a su compañero, pero se había quedado clavado en el sitio. No, Kagami no estaba diciendo eso. Eso no estaba sucediendo.
Kagami no era ningún tren a punto de estrellarse.
Parecía más bien como si de repente se hubiese quedado ciego y estuviese a punto de estrellarse contra una pared, completamente desubicado y perdido. Kuroko no podía detener un tren, pero si podía detener a una persona. Por el momento, no sabía exactamente cómo.
—Espera, espera un momento. —Furihata movió sus manos con las palmas abiertas frente a él—. ¿Estás diciendo que has jugado tú solo? Quiero decir..., ¿crees que eres el único en el equipo?
—No, es que…
— ¿O probablemente crees que no podemos existir sin ti? —Furihata, usualmente tranquilo, experto en evitar conflictos, ahora apretaba su mandíbula y a su lado, Fukuda y Kawahara parecían listos para detenerlo si se le ocurría golpear a Kagami.
—Kagami —interrumpió el entrenador—. Aida-san me habló maravillas de ti. No sabía que ibas a… El equipo no eres tú. ¿Cuántas veces te dijeron eso durante estos años? Y aun así, ¿no se te ha metido en la cabeza?, ¿o tal vez dejaste que tus victorias borraron las lecciones que has aprendido?; ¿Te olvidaste del camino que recorriste para llegar hasta aquí?
—No, yo…
—Kagami, si vas a seguir así, es mejor que no te vuelvas a aparecer por acá. No quiero que arrastres al equipo a donde quiera que estés cayendo.
—Entrenador…
—Ya lo sabes todo, ¿no? Has jugado contra la Generación de los Milagros y has ganado, has jugado por años y te has fortalecido. Pero toda fortaleza tiene su límite y tú ya has llegado al tuyo, ¿cierto? Al menos, eso has dado a entender. Lo has hecho todo y no queda nada, Kagami. Puedes irte.
Kagami no respondió. A paso lento tomó sus cosas y salió del gimnasio. No se molestó en ir a los casilleros del vestuario, ya sacaría las cosas de allí más tarde. Ahora solo quería irse, correr y desaparecer.
Ya no quedaba nada.
Notas: Tengo un par de favoritos y follows, ¡Gracias!.
Próximo capítulo: Nuevos rumbos, nuevas metas. Además, Nigou, Aomine y Kagami. Por último, ¿Cómo evitar que Kagami se estrelle?
