¡Hola gente! ¿Qué máaaaaaaaaaas? ¡I'M FUCKIN' BACK AGAIN!

Aqui les vengo con este horror again, que les parece eso eh? se que el fic es cualquier porqueria de esas que encuentran por ahi pero aun asi me gusto dedicarle tiempito ahora que sali del hospital. Si, otra vez, pero por otra razon. Ustedes diran, Hinayo no aprende verdad? No. Soy terca como una puta mula. O peor. Como Hiccup.

En fin, ahora si estoy recuperada de verdad verdad porque fueron 40 dias los que estuve de tratamiento y me enorgullezco al decir que sali como una persona nueva que se alegra al regalarles a ustedes este fic.

Hago este fic enteramente para que lo disfruten y si me quedo feo pues mil disculpas. Hice mi mejor esfuerzo.

Una nota. Quiero hacerlo lo más corto posible, asi que los capitulos serán lo más largos que se me permita. Ojalá lo disfruten.

Si no recibo suficientes reviews no lo continúo. Así de sencillo. Ustedes saben que Hinayo es brutalmente sincera.

¡A LEER!


A Hiccup, por alguna curiosa razón que aún no llegaba a comprender, no le extrañaba verse a sí mismo a sus diecisiete años, vestido como un idiota y huyendo de las babas de Toothless. Es decir, la anciana del pueblo era una bruja curandera, y él montaba un dragón. ¿Qué podía ser más extraño que eso? Definitivamente su vida era rara.

Si bien había aceptado demasiado rápido que aquella situación no era un producto de su activa imaginación, algo le daba muy mala espina. ¿Por qué sentía que su pacífica vida se iba a convertir en un horrible caos de un momento para otro?

—¿Alguien querría explicarme qué acaba de suceder? —preguntó, totalmente desconcertado. Por quinta vez, alejó a su hijo Erik de la pierna de la joven Astrid quien, por decirlo como un eufemismo, estaba muy incómoda. —Erik, ya te dije que es de mala educación babear las piernas de las demás personas… —como si buscara restarle autoridad a su compañero, Toothless se acercó a él y les empapó toda la cara a él y a su hijo.

Los jóvenes viajeros soltaron sendas exclamaciones de asco y a Hiccup se le enfrió el espinazo. ¿Por qué diablos UN DRAGÓN estaba babeando su cara? O mejor dicho, la cara de su doppelgänger, pero era igual de asqueroso. ¿Qué diablos estaba pasando?

—Toothless, ¡ya sabes que eso no se lava! —Erik parecía encantado con el dragón, y soltó una risita infantil para indicarle que lo volviera a hacer. Aparentemente no le importaba oler a pescado.

Astrid seguía amenazando con su hacha a los recién llegados. Hubiera sido una estampa graciosa, por su panza de cinco meses y medio, si su expresión no fuese tan aterradora.

—¿Quiénes son y qué quieren? —interrogó.

—Creo que eso ya lo preguntaron… —Astrid le volvió a dar un codazo a Hiccup. ¿Cómo podía ser tan despreocupado en esos momentos?

—No tenemos idea de qué hacemos aquí, y no queremos nada excepto volver a casa. Y ya dijimos quiénes somos: Hiccup y Astrid. —se señaló a ella misma y luego al muchacho.

Gunne había despertado por el barullo. Nadie habría notado que ya no estaba dormida de no ser porque unos inmensos ojos verdes los miraban de hito en hito a todos, curiosos. Astrid corrió hacia su bebé y la alzó en brazos, haciéndole carantoñas para que riera un poco. La estrechó contra su pecho y, luego de pedirle a Stormfly que la cuidara muy bien, volvió a acercarse a los desconocidos.

—Saben, este tipo de cosas no suceden muy a menudo… —empezó. La situación era absurda.

—¿De dónde son? —preguntó Hiccup antes de que Toothless se abalanzara sobre su otro yo y lo llenara de babas.

A lo largo de los años habían descubierto que los embarazos humanos ponían de muy buen humor a los dragones. Stormfly nunca podía dejar de comer, y Toothless siempre tenía que saltarle encima a cualquiera durante los embarazos de Astrid. Era como si sus cuerpos reaccionaran involuntariamente ante las hormonas de las mujeres encinta.

—¿Son unos totales desconocidos que se hacen pasar por nosotros, y lo único que les preguntas es de dónde son? ¿Qué pasa contigo? —dijo Astrid, golpeándolo en el hombro. Estaba un poco irritada por la manera en la que esa gente la miraba.

Como si estuviera loca… y hubiera hecho algo absurdamente decepcionante.

—Somos de Vendyssel-Thy, en Dinamarca. –contestó Hiccup como si nada, porque estaba muy concentrado mirando unas escrituras talladas en una piedra cercana a él. El color abandonó su rostro.

Mierda.

¡Eran runas! ¡Jodidas runas! ¡Iguales a las del museo de Copenhague!

Por poco y le da otro infarto. Astrid siguió el curso de su mirada y su cara tomó un enfermizo color azul.

—¿Qué… que año es este? —tragó en seco, al igual que sus amigos. Snotlout y los demás se interesaron por el dato, muy a sus pesares. Algo les decía con mucha fuerza que aquello no era el siglo XXI, por mucho que intentaran creerlo.

—1852 d.D. —respondió Astrid como si fuese obvio.

Sólo Fishlegs lo entendió.

—¿Después del diluvio? Eso quiere decir… novecientos… dos mil… en nuestro calendario cristiano es… es… —parecía como si le fuese a dar un soponcio. Ruffnut tuvo que golpearlo para que reaccionara. —908 después de Cristo.

Ni siquiera ellos eran tan estúpidos como para ignorar la gravedad de la situación. Snotlout obligó a Fishlegs a realizar los cálculos como mínimo diez veces más, Tuffnut había empezado a gritar al cielo y Ruffnut y Astrid se miraban con pánico.

Hiccup, él, bueno, sólo quería meter la cabeza bajo tierra, como los avestruces.

"¡Cuando dije que quería que mi vida cambiara no me refería a esto!" gritó mentalmente, mirando hacia arriba. La silueta de la luna se adivinaba apenas entre las nubes.

—¿Cristo? —preguntó Hiccup. Los muchachos hablaban de manera parecida a ellos, pero aun así tan diferente. "Definitivamente no son normales".

—Mierda, ¡no conocen ni al mesías! —balbuceó Ruffnut. Astrid sólo asintió. Estaba en un estado de atontamiento grave.

Fishlegs habló otra vez. Al parecer era el único con el suficiente coraje como para enfrentar la situación con palabras. —Venimos… de… —hizo más cálculos. —2924 años en el futuro.

Hiccup no supo qué hacer, y ni siquiera intentó detener a su hijo cuando montó a la espalda de Toothless y el dragón empezó a hacerle caballito. Stormfly, interesada por el súbito silencio, alzó la cabeza y descubrió un poco a Gunne bajo su ala. La bebita los miraba a todos con sus grandes ojos verdes. Tenía la naricita redonda y llena de pecas, y las mejillas llenas, seguramente de ese tamaño por tantas papillas de berenjena que le daba su madre. Astrid los miró a todos con un tic en el ojo, ya que era obvio que no estaban bromeando y tampoco tenían idea de qué hacían allí.

—Mierda. —fue todo lo que alcanzaron a decir los adultos.

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Los jóvenes estaban sentados frente a Astrid y Hiccup, quienes estaban recostados el uno contra el otro sobre Stormfly para dejar que Toothless y los niños durmieran acurrucados en un rincón.

Ruffnut y Tuffnut compartieron a regañadientes otro pedazo de pan de ruibarbo y carne seca, y fulminaron a Snotlout con la mirada cuando hizo ademán de pedirles comida. Ni Astrid ni Hiccup se atrevían a mirarse a la cara, más que todo porque era evidente que en el pasado ancestros suyos idénticos a ellos eran pareja.

La joven rubia miró al castaño adulto, sorprendida por lo maduro y bien que se veía. No había signos de timidez o miedo en él, sólo confianza y una gran mirada cariñosa. Sobre todo cuando miraba a la otra Astrid, o a su dragón e hijos. Cuatro pequeñas trenzas, una a cada lado de la cabeza, eran el único ornamento que llevaba. Su ropa de cuero negro se le ajustaba al cuerpo y las hombreras, con un dibujo de su Night Fury, combinaban a la perfección.

Él también tenía una prótesis. Mucho más primitiva que la del Hiccup moderno, no obstante innovadora, teniendo en cuenta la época en la cual se encontraban.

Hiccup, por otro lado, no dejaba de mirar a Astrid. No sabía si era el embarazo, o el hecho de que estuviera casada con su otro yo, pero estaba hermosa. Su cabello rubio y trenzado, mucho más largo, rozaba su cintura y estaba recogido en la parte posterior en un moño que a simple vista lucía imposible de realizar. La sencilla túnica de lana para maternidad que llevaba enmarcaba sus pechos y protegía su vientre con un manto extra de piel, cosido a medida en el talle. La capa, sujeta a sus mangas por fíbulas plateadas con forma de calaveras, la protegía a ella y a su bebé nonato del viento. Hiccup no pudo evitar preguntarse si así se vería Astrid de mayor.

—¿Dónde estamos? —preguntó luego de un rato en el que todos habían estado en silencio.

A Snotlout la noticia de que Astrid ya estaba cogida no pareció afectarle mucho más allá de lo dramático; al fin y al cabo, siempre había sabido que no le interesaba a su compañera. Los gemelos, por otro lado, estaban tan excitados con la idea de joder a personas del pasado que prestaban atención a cada comentario que se decía.

Fishlegs, por su lado, era Fishlegs: estaba intentando hablar con Stormfly. Una vez que les hubieron asegurado a los demás que los dragones eran criaturas amigables, los invitaron a compartir con ellos la merienda para discutir luego los planes a seguir. No podían simplemente aparecer en el pueblo con sus versiones jóvenes y futuristas así como así, o sino todos los habitantes se lanzarían al agua en medio del pánico o, peor, intentarían matarlos.

—Esto es Berk. Una isla muy extraña, si me lo preguntan. —respondió Hiccup con una sonrisita. Ver a Astrid como una adolescente otra vez resultaba más divertido de lo que esperaba. Sin embargo, verse a él mismo como un idiota miedoso… no tenía mucho sentido, y era fastidioso. Sí, era un enclenque, pero al menos no tenía miedo a otras personas. ¿Qué tendría que los miraba a todos con una perpetua expresión de expectación, como si esperara que lo cogieran a golpes de un momento para otro?

Astrid le dio un ligero codazo a su marido. Hiccup nunca se cansaba de decirle a los extranjeros que Berk era un lugar maravilloso y extraño para vivir. Más que todo por los dragones.

Él sólo rio y le regaló otro pedazo de carne. Toothless alzó la cabeza para pedir un pescado y él le lanzó dos presas a su dragón y a Stormfly.

—¿Existe Berk en vuestro futuro? —preguntó Astrid.

Todos se miraron entre ellos, sin saber cómo responder a su pregunta. ¿Se alarmarían?

—Pues… no sabemos. Al menos, nunca ha aparecido en un mapa del hemisferio norte. —dijo Tuffnut, para sorpresa de todos.

—¿Hemisferio norte? —preguntaron los adultos. No hicieron caso cuando una risita estridente irrumpió con el silencio del bosque, ya que era normal que Toothless jugara a luchar con Erik. Por ejemplo, ahora estaba jugando a aplastarlo.

—Idiota, no conocen al mesías, ¿cómo van a saber que la tierra es redonda? —le reprendió su hermana.

—¡¿La tierra es redonda?! —exclamó Hiccup, visiblemente emocionado. Lo de que Berk no apareciera en un mapa ya se lo había visto venir. Es decir, quedaba en medio de la nada.

—Eh…sí. —contestó su joven yo.

—¡Te lo dije, Astrid! ¡Te lo dije! —se recostó en el costado de una curiosa Stormfly y sonrió con suficiencia a su esposa. Ella lo ignoró: llevaba afirmando desde hacía años que la tierra era redonda y no plana, y muchos en el pueblo habían empezado a pensar en secreto que su jefe estaba loco.

—Continúen, no vaya a ser que se explaye en el tema. —dijo Astrid, advirtiendo sutilmente a su esposo para que se mantuviera callado. Y es que cuando hacía un descubrimiento, no se podía quedar con la boca cerrada.

—Dinamarca queda al sur de Islandia y, por el clima y las runas que leí hace un rato, Berk está cerca al meridiano de Greenwich, seguramente entre Noruega e Islandia. —respondió Fishlegs, y todos lo miraron como si estuviera loco. ¿De dónde sacaba tanta información?

—Aunque, ¿no recuerdan el tema de ese triángulo al norte de Dinamarca? Ningún barco ha salido de allí. —comentó Astrid.

—Eso debe ser por alguna anomalía magnética… —continuó Fishlegs, y Hiccup escondió su cara entre las manos. A veces su mejor amigo no sabía cómo estarse callado.

—¿No puedes al menos ser optimista y pensar que es así debido a una isla llena de dragones? —dijo Snotlout. La idea de poder tener un dragón le fascinaba.

—Bueno… también es una opción. —admitió, apenado.

—¿Es decir…que no hay dragones en vuestro hogar? —la sola idea parecía horrorizar a Hiccup.

—No. Son sólo animales míticos, ya sabes, de historias fantásticas. No son reales. —explicó Hiccup.

—Pues aquí aprendes a las malas que todo lo mítico termina siendo real. —comentó, visiblemente fastidiado. El futuro no podía ser así de aburrido. —¿Acaso hay algo que lo compense?

—Millones de cosas. —dijeron todos.

—WiFi.

—Celulares.

—Medicina avanzada.

—Electricidad.

Los adultos perdieron el hilo apenas mencionaron el WiFi.

—El plástico. —dijo Hiccup. Los jóvenes lo miraron con ceño. —¿Qué? ¡El plástico es vital para nuestras vidas!

—Sí, claro, si no, ¿dónde llevaríamos las compras quincenales? —bufó Tuffnut. Él, su hermana y Snotlout se echaron a reír como locos.

—Ya basta. —dijo Astrid, notando cómo la burla deprimió a Hiccup. —Me encantaría ver el plástico algún día. —siguió, para animarlo. Sintió cómo su esposo estrujaba su mano en un gesto de agradecimiento y ella le sonrió ampliamente. ¿Qué cosa no haría ella por el amor de su vida?

—Puedo hacerlo. —saltó Hiccup.

Astrid lo miró impresionada. El joven era mucho más inteligente de lo que parecía.

—Con razón los profesores de ciencia te adoran… —masculló Snotlout. Muy, muy en el fondo, le tenía envidia a la inteligencia de su primo.

—Luego nos lo explicarán todo, ¿no es así? —dijo Hiccup, tomando a Erik entre sus brazos al ver que había empezado a acercarse sigilosamente al brazo de su joven yo.

Definitivamente tenía que corregir esa mala maña de su hijo.

—Supongo… no es como si pudiéramos ir a algún otro lado. —declaró Astrid.

—¿Y qué cosas hay aquí? —preguntó Ruffnut.

—¿Además de los dragones? Pues nada, en realidad. Normalmente dejamos que los otros pueblos se revienten con las guerras, como aquí tenemos todo lo que necesitamos no nos interesa lo que suceda allí. Y tampoco es como si se atrevieran a atacarnos, tomando en cuenta que cada aldeano tiene como mínimo un dragón en casa.

—¿No los han tratado de invadir nunca? —preguntó Hiccup.

—Pues claro. Hace seis meses llegó una flota de… ¿qué eran, Astrid?

—Romanos. —comentó su esposa, y se echó a reír ante el recuerdo.

—Los romanos huyeron apenas vieron a Toothless y a los demás. Juraron que jamás volverían por estos lugares. —los adultos se echaron a reír otra vez. —Y eso está bien por mí, el mercader Johann me ha contado que todo el continente está bajo el mando de esos idiotas…

—Pues claro, si a Berk le arrebataran su carismático jefe no sería lo mismo. —se carcajeó Astrid. Gunne volvió a despertar y frunció la boca en una clara señal para que la alimentaran. Su madre sacó dos botes de papilla, una de calabaza y otra de berenjenas, y la niña eligió la de berenjenas. Tenía una obsesión por esa verdura que rayaba en lo enfermizo.

La alimentó sin dejar de prestar atención a lo que decían los demás, y los jóvenes se enternecieron al ver a tan tierna criaturita. Astrid y Hiccup se ruborizaron. El solo pensar que era hija de ellos dos… en el pasado, pero de ellos al fin y al cabo.

—Erik, no te comas la papilla de tu hermana. —riñó Astrid a su hijo. Le tendió el potingue de calabaza y el niño lo aceptó con gusto.

—¿Qué pasó con tu pierna? —preguntaron ambos Hiccup de un momento para otro, al mismo tiempo.

Las similitudes les pusieron los pelos de punta.

—Tú primero. —señaló al adulto.

—Ah, la perdí cuando estaba luchando contra una reina dragón enorme… escupió fuego y la explosión me alcanzó la pierna. Toothless pudo haberme salvado todo, pero al parecer quería venganza porque por mi culpa perdió la mitad de su cola. Y como ves, la mayoría de esto es mi mano de obra. —enseñó la prótesis y Hiccup notó que no se veía tan rústica como creía que sería. Tenía muchos engranajes, dos extremos intercambiables y ajustes de altura.

Los del futuro lo miraron atónitos. Snotlout escupió lo poco de carne que le quedaba.

—¿Luchaste contra un dragón enorme? —inquirió Astrid, sin poder creerlo. Hiccup sonrió con vergüenza. —¿Qué tan enorme?

—Lo que Fishlegs declararía un clase diez. —comentó, y el aludido cayó sobre el césped, perplejo. ¡Y pensar que esos animales habían existido!

—¿Y a ti qué te sucedió? —preguntó, curioso.

—Sin duda no es tan interesante como lo tuyo, eso te lo aseguro.

—No puede ser tan malo. Yo estuve a punto de morir incinerado. —A Astrid se le estrujó el corazón al escucharlo decir eso, y no supo muy bien el por qué.

—Bien. Tuve gangrena. —sus compañeros sintieron pena por él, incluso los gemelos se callaron a modo de disculpa, aunque los vikingos no entendieron el significado de la palabra. —Mi pierna se empezó a pudrir. Así, sola, a causa de una infección. —aclaró, al ver la cara de los adultos. —Si no quería morir, la única opción era amputarla y ponerme una prótesis. A diferencia tuya, yo perdí también la rodilla. —se alzó el pantalón del pijama y mostró el comienzo de su prótesis biomecánica.

A Hiccup le fascinó lo avanzado de la tecnología.

—¿Cómo es que puedes mover la rodilla como si aún tuvieras una pierna? —inquirió, analizándolo. Sentir tantas miradas encima de él lo hizo sentir incómodo.

—La tecnología de nuestro tiempo está muy avanzada. Gobber hizo el diseño y lo implantó, y luego en el hospital conectaron mis nervios con la maquinaria. Fue la primera prótesis biomecánica del país. Yo le hecho todas las mejoras. —añadió, sin poder esconder el orgullo que sentía.

—¿Y cómo funciona? —preguntó Astrid, también interesada. Sabía que a Hiccup lo haría muy feliz poder tener un implante así.

—El movimiento de mi pierna le da energía, y ésta a su vez permite el movimiento… es algo difícil de explicar.

—Wow. Así si vale la pena enfrentarte a muerte con un animal. —comentaron todos.

Astrid sonrió divertida al ver el bochorno de Hiccup. Podía ser tierno si se lo buscaba.

Al fin, Ruffnut hizo la pregunta que nadie se atrevió a formular desde un principio.

—¿Cómo se llama? —señaló a Gunne, que estaba en brazos de su madre joven. Astrid de adolescente no tenía tanta pericia con los niños como su yo del pasado.

—Gunne. —Astrid sonrió con cariño a su hija y su doppelgänger joven sintió un extraño calor extenderse por su pecho. Acunó con torpeza a la bebé en sus brazos y sonrió cuando sintió su manita húmeda apretarle la nariz.

—Batalla. —dijo Astrid enternecida. —Significa Batalla. —el nombre parecía ajustarse tanto a la madre como a la hija, aunque la última todavía fuese muy tierna como para demostrar un espíritu guerrero.

Los ojos de Astrid se aguaron un poco. Iba a tener dos, no, tres, hijos hermosos… con Hiccup. La idea la desconcertó un poco.

Hiccup no sabía qué hacer, de nuevo. Erik estaba montado sobre su espalda, y no paraba de moverse: juraba que Hiccup era hermano suyo y no su padre, pero joven.

—¿Y… nosotros existimos en este tiempo? —preguntó Snotlout con cautela.

—Pues claro. —dijo Astrid. —Y déjame decirte que eres tan irritante aquí como lo serás en un futuro. —añadió, y todos se echaron a reír ante la cara de Snotlout.

—Todos ustedes existen aquí en Berk. Y vaya, son idénticos a todos cuando tenían esa edad. —terció Hiccup. —Excepto por esa ropa que traen. ¿Por qué diablos están vestidos así? —preguntó al fin.

Ellos trataron en vano de ocultar sus ropas, abochornados. Ruffnut y Astrid se sintieron desnudas a los ojos de los hombres, con los diáfanos pantalones de conejitos y nubecitas.

—Son pijamas. Es ropa de dormir. Me imagino que ustedes dormirán en camisolas. Bueno, nosotros tenemos esto. —comentó Hiccup.

—Además, despertamos aquí. Cuando cerramos los ojos, estábamos en casa, en el siglo XXI, y al despertar, nos hallábamos aquí. No es una manera muy bonita de empezar el día.

—Me lo imagino. —respondió Hiccup.

—Hay que hallar la manera de meterlos a ustedes en la isla sin que los aldeanos se den cuenta. —comentó Astrid. —Estamos en Raven's Point. Lo ideal sería sobrevolar la isla y aterrizar justo en casa, pero con los niños sería imposible, y somos muchas personas.

—Podríamos realizar dos viajes. —apuntó Hiccup. —De momento, sólo podemos involucrar a los ancestros de estos chicos. Los aldeanos son tan supersticiosos que serían capaces de empalarlos en las puertas de las casas para alejar los espíritus.

Se dio cuenta que la había cagado cuando vio las miradas de espanto de los adolescentes. —¡No! No me malinterpreten. Somos bastante amables.

—Sí, ya lo creo. —murmuró Ruffnut con sarcasmo.

Como nadie le vio ningún inconveniente al plan, lo pusieron en marcha y pronto partieron de la península hacia el centro de la isla.

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Berk había crecido inmensamente en pocos años. La que anteriormente había sido una sola isla ahora eran cuatro, repletas de gente, extranjeros, teutones, sajones, anglos y britanos. Las cuatro islas estaban unidas a la principal por robustos puentes de madera diseñados para trasportar el ganado y la mercancía que los dragones no podían cargar. Un grandioso puerto se abría hacia el sur, y los barcos partían a cada segundo, trayendo y descargando preciosidades, implementos imprescindibles e incluso artefactos del lejano Oriente.

Bastantes familias se habían unido y, en las islas nuevas, habían labrado las tierras yermas. Ahora el círculo de Berk era un sitio verde y próspero donde se sembraba casi todo lo que podía sobrevivir al invierno.

Eret, hijo de Eret, estaba feliz de vivir en Berk. No había nada que le pudiera reprochar al condenado pueblo, ni a nadie en particular. Tenía un dragón, una casa, un sueldo, y hasta una novia. Definitivamente la vida le sonreía.

Era un día de lo más normal para él, le estaba ayudando a Hiccup a ampliar la casa para hacerle un cuarto aparte a su nenita Gunne, estaba martillando unas tablas de madera a la pared cuando escuchó de repente un revuelo tras él y una voz jodidamente familiar.

—Jamás en mi vida me volveré a subir a un dragón. —Hiccup el joven temblaba. Era demasiado miedoso, inteligente y enclenque como para soportar la experiencia.

Su yo adulto hizo una mueca con la boca, bajó a Astrid del lomo de Toothless y montó el vuelo otra vez, para salir en busca de los demás chicos.

—Jamás creí que te escucharía decir eso, hombre. —dijo Eret, aún sin volverse.

—Disculpe, ¿lo conocemos? —dijo Astrid. Las palabras extrañaron a Eret. ¿Aquella era Astrid preguntándole si lo conocía?

Cogió un clavo y lo colocó sobre la madera. Al mismo tiempo que lo iba a clavetear, volvió la cabeza.

—¡Hijo de puta!

—¡Mierda! —Todos gritaron. Él porque, de la sorpresa, se había clavado el pulgar a la madera y ellos del susto.

¡Hasta su profesor de biología había sido un vikingo!

—¿Hiccup? ¿Astrid? —preguntó vacilante, mientras intentaba desclavarse el dedo de la pared. Sí, le estaba sangrando a mares, pero qué más daba, estaba acostumbrado al dolor.

—S-sí, pero no los que tú conoces. Somos otros. —explicó Astrid, con más coraje que Hiccup.

En ese momento llegaron Hiccup y Astrid, con los demás muchachos a la zaga. Eret casi se vuelve a clavetear el dedo al ver a los demás adolescentes. Por poco y le da un infarto al ver a su peor pesadilla, Loki encarnado, es decir, Ruffnut adolescente, otra vez.

—¡La tiraré del barranco antes de que haga alguna estupidez! —gritó.

Pero como sentaba el precedente de que era su profesor y ella había reprobado la asignatura, no le coqueteó. Decir que fue un alivio es poco.

No tardaron mucho en explicarle la situación. Al principio no les creyó nada, pero después de que Astrid sacó del bolsillo de su pijama el reloj con el que siempre dormía, por si las moscas, y él vio el avanzado sistema, y Hiccup le mostró su prótesis, les creyó.

—Mierda. —fue lo único que dijo, antes de salir hacia la casa de Snotlout y Ruffnut. Hiccup fue en busca de Tuffnut, que en esos momentos se encontraba entrenando a los Terrible Terrors en la Arena de la aldea y Astrid fue a por Fishlegs que, como siempre, estaba escribiendo sus preciados libros.

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—Bien, está claro que aquí tenemos una situación… delicada. —empezó Hiccup.

—Honestamente creo que no lo estás definiendo bien. —dijo Snotlout, antes de darle un buen trago a su cerveza.

Al crecer había adelgazado un poco y estirado otro tanto. Tenía los brazos más nudosos y una barba poblada, como la de su padre. Su casco tenía unos dibujitos de dragones, hechos por su hija, que jugaba en un rincón junto a Erik y Gunne. Los exhibía con orgullo, como si fueran una obra de arte de Miguel Ángel.

—¿Cómo lo definirías tú? —metió baza Tuffnut, su cuñado.

Era alto, quizás tanto como Hiccup, su nariz seguía igual de respingona que siempre, le habían salido más pecas y estaba más musculoso. Había conseguido las quemaduras que tanto quería, pero en la cocina de su casa. En los antebrazos, tenía varios tatuajes, entre ellos, cómo no, los nombres de sus hijos.

—Yo diría que estamos metidos hasta el fondo en la mierda.

En otro momento habría dado risa. Ahora, no.

Ruffnut frunció el ceño a su marido y le dio un puñetazo que lo envió contra la mesa.

—Deja de decir estupideces. Hay que hacer algo. No los podemos mantener escondidos como si fueran prisioneros. Algún día tendrán que salir.

—Podemos decir que son familia. —dijo Astrid. Siempre tenía alguna idea en la mente.

—Sería un buen plan si todo el pueblo no supiera que nuestras familias son cerradas y que todos vivimos aquí. —dijo Fishlegs.

Tenía el cabello largo y liso. Seguía igual de gordo que siempre, pero a su esposa Heather eso le daba igual.

—Rayos.

—Esperen. No es una idea tan mala. —razonó Hiccup. Tenía una idea. —Astrid, Ruff, traigan raíces y lejía. Vamos a teñirlos. A unos les tocará dejarse la barba. Ahora que lo pienso, nuestras familias no son tan cerradas. Tu hermano huyó de aquí hace años, ¿recuerdas? Podemos decir que Astrid es hija suya.

—¿Pero y qué hay de los otros?

—Mezclados con sangre islandesa, del norte. Diremos que vinieron con el mercader Johann esta mañana.

—¿Nos creerán? —preguntó Tuff.

—No tengo la más mínima idea, pero hay que hacer el intento.

Dicho esto, dieron viaje a la cerveza que les quedaba y se dispusieron a disimular el parecido que tenían con sus descendientes.

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Astrid y Ruffnut tuvieron que vivir de primera mano lo que significaba que te tiñeran el pelo a la vikinga. Gritaron, lloraron, y al fin las raíces y la lejía sólo cogieron en algunas partes de su cabello. A Astrid la mitad superior le quedó marrón chocolate, y Ruffnut se tuvo que contentar con un color ocre oscuro. Sufrieron cuando Astrid les dio como espejo un pedazo de acero pulido, cóncavo. No pudieron ver nada, y en un arranque se cortaron unas mechas, haciéndose unos cortes punk que la mayor jamás había visto en una mujer.

Los hombres, por otro lado, tuvieron que coger musgo del bosque y humedecerlo en petróleo sin refinar, secarlo al sol y luego pegárselo a la cara en tanto que les crecía la barba. Fishlegs se rapó la cabeza, Snotlout se echó una tisana de raíces que le tiñó temporalmente el pelo, Tuffnut se bañó en lejía con pimientos para teñirse el cabello de rojo y Hiccup, bueno, con él se inventaron la historia de que era un primo lejano porque por más que lo intentaran, nada, pero nada, se le fijaba en el cabello.

Al terminar, se miraron los unos a los otros y tuvieron ganas de reírse, de llorar, de hacer cualquier estupidez para dejar en ridículo al otro, pero no pudieron hacer nada. Simplemente se mantuvieron quietos, como pasmarotes, evaluándose.

Los adultos examinaron a cada uno de ellos, con ojos ansiosos. Estaban pasables.

—Bien, ahora; estas son las instrucciones. —habló el jefe.

Todas las caras se volvieron hacia él.

Hiccup se preguntó cómo es que su yo adulto podía manejar la situación con tal entereza, con esa cantidad de ojos mirándole, con el peligro acechándolos a todos, sin titubear ni tartamudear. Supuso que sería la misma cuestión cuando él exhibía sus experimentos a los directivos de la universidad pero, aun así, no podía creerlo. Se sintió patético.

—Hiccup y Astrid se quedarán aquí con nosotros, los demás, irán con sus dobles. Ya se saben sus líneas. Vivirán una vida normal en la aldea mientras encontramos una solución al problema. Si van a usar algo de su época, háganlo con discreción. Aprenderán nuestras costumbres para así no desentonar tanto, ¿entendido?

Al principio fueron asentimientos arrastrados, murmullos y susurros.

—Dije, ¿está claro? —preguntó, casi gritando. Estaba con los nervios de punta. Parecía un gato a punto de estallar.

—¡Sí, señor! —respondieron los chicos, cuadrando talones y todo, como si volvieran a estar en el jardín de niños.

Los adultos rieron estruendosamente. A algunos hasta se les salieron las lágrimas mientras caían al suelo, muertos de la risa.

—¿Por qué coño se ríen? —preguntó Snotlout con ira.

—Porque… porque ¡nadie, nadie JAMÁS ha respondido así a este enclenque! —le dijo su doppelgänger, apoyándose sobre Eret, quien había permanecido en silencio todo el tiempo y había estallado en carcajadas hacía un momento.

—Pues así nos han enseñado. Se nota que aquí la educación es otra. —dijo Astrid con desdén, con el orgullo interno herido.

—Si se ríen de esto, ¿se reirían si vieran a un niño nazi? —preguntó Ruffnut.

—¿Saludando Heil Hitler? Los vikingos son despiadados, no tengo ni idea. —le susurró de vuelta Astrid.

Ninguno de los chicos confiaba aún en los adultos por el sencillo hecho de que eran vikingos. ¿Qué barbaridades no se escuchaban de los vikingos en las historias? Sweet Jesus.

—¿Listos para salir? —preguntó Hiccup, pasado el furor de la risa.

Los chicos se miraron unos a otros y suspiraron. Ruff y Astrid se abrazaron con fuerza, y sólo Fishlegs y Hiccup se despidieron.

—Nos vemos, amigo.

—Vamos, vamos, ni siquiera será por un día, dentro de unas horas tendrán que ir a la Arena. —dijo Snotlout.

—¿La Arena? —preguntó Hiccup, tragando en seco.

—Pero claro. Es el mejor sitio para aprender a montar un dragón, si quieres que te ayuden.

Casi le da un infarto al pobre.

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No es que Hiccup fuese un hombre miedoso, porque era un hombre, sino que su cerebro, luego de mucho tiempo, se había configurado de una forma concreta.

Temía el rechazo, el dolor de la ausencia, de las burlas y de los golpes. Snotlout era una caricia comparado con los preuniversitarios del pueblo y de Copenhague. Una vez, le habían partido un brazo con tal de sonsacarle las respuestas de un examen que había ayudado a preparar a un profesor.

Los humanos tenemos un período de latencia. Luego de 21 días, se establece una costumbre. En Hiccup, el dolor era más que una costumbre. Era un estilo de vida. Moretones, cicatrices, todo en uno, lo había sufrido él gracias al tamaño de su cerebro. Maldición.

Estaba harto. Por eso había pedido el estúpido deseo. Pero si hubiera sabido que iba a terminar así, no se habría acercado jamás a la ventana. Tenía sentimientos encontrados. Había algo que le daba muy mala espina pero, a la vez, tenía cierta expectativa. ¿Y si se convertía en alguien tan genial como su yo del pasado? Quién sabe.

Astrid lo sacó de sus pensamientos cuando se cruzó delante de él, camino de la Arena.

—¿Qué te pasa? Parece como si hubieras visto un fantasma. —el brazo de Hiccup empezó a palpitar furiosamente.

—Nada. —dijo secamente, pero aún con timidez.

Hiccup, su entrenador y único acompañante, hizo como que no escuchó nada y siguió caminando, pero aun así paró oreja.

Llegaron a la Arena.

Los aldeanos se volteaban a ver el combo de adolescentes barbudos y de cabellos raros que iban con el jefe a la Arena. El rumor se había esparcido rápido: eran los hijos de los primos de sus amigos, que venían de Islandia, a quedarse por un tiempo, y querían aprender a montar dragones. Los aldeanos cuchicheaban entre sí lo sorprendente que era que su legendario jefe fuera el mismo que les enseñara a aquellos chicos todo lo que sabía.

Sin embargo, los recién llegados se veían rarísimos.

Entraron.

El brazo de Hiccup palpitó con más fuerza, y el dolor amenazó con llegar a su cuello.

Hiccup les explicó que la jornada trataría sobre familiarizarse con algunos dragones. Básicamente, lo que Hiccup entendió es que tendrían que elegir algún dragón con el cual pasar los próximos días, y que aquel que los eligiera a ellos sería aquel con el cual se quedarían.

La Arena ya no tenía cadenas arriba, ni siquiera los barrotes. Era un lugar amplio como un estadio donde los dragones dormitaban a su placer y alimentaban a sus crías, a la vista de todos los aldeanos. Era como un nicho gigante.

Varios dragones se acercaron a los chicos y Hiccup los fue guiando para que los tocaran y les rascaran las escamas. Se escuchaban risitas Hiccup, cada vez que el mayor se le acercaba, conseguía escabullirse una y otra vez, hasta que una Monstruous Nightmare se le acercó por detrás y le respiró en la nuca.

El dolor del brazo le estalló en la sien.

Extendió la mano y le dio un puñetazo a la bestia en todo el hocico. No tenía mucha fuerza, pero igual desorientó a la gran hembra, que se sintió muy dolida y se alejó de él.

—¡Déjame en paz! —gritó.

Todos se quedaron atónitos, hasta los pocos aldeanos que andaban fisgoneando por ahí.

Abrió los ojos, que había mantenido cerrados todo el tiempo, y enrojeció como un tomate maduro. Supo que lo que había hecho no tenía perdón y corrió, corrió como no lo había hecho nunca.

No supo adónde lo llevaron sus piernas, no supo dónde quedó su misma alma, no supo más nada durante mucho, mucho tiempo.

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Peinaron toda la isla durante cuatro días y no lo encontraron. El pobre debía estar muerto de hambre. Inclusive la misma hembra que él había golpeado salió en su búsqueda.

No había durado ni un día en tierra vikinga. La desesperación lo había obligado a huir.

Los aldeanos que desconocían la situación seguían con sus vidas, pidiendo cosas en la fragua, ayudando a Eret a arreglar viviendas y graneros. Valka salía todos los días y de sol a sol buscaba al pobre "niño" que había huido.

Los jóvenes viajeros se sentían mal por Hiccup. Verse solos, en una tierra extraña, los había unido más que nunca, y estaban decididos a permanecer así. La amistad que tenían tenía que ser igual o más fuerte que la de los vikingos que los habían recibido. Astrid sentía un miedo permanente en el corazón. ¿Y si jamás lo encontraban? Diablos. ¡Claro que lo iban a encontrar! Hiccup había reunido un escuadrón de búsqueda para encontrar a su "primo perdido". Él y Toothless acompañaban a Valka, la líder, todos los días a sobrevolar la aldea, mientras otros hombres los seguían a pie. Se decían con esperanza que no podía haber ido muy lejos.

Al cuarto día, Astrid quiso sumarse a la búsqueda. Se levantó con premura a las cinco de la mañana y bajó las escaleras. Se estaba hospedando en la casa Haddock, por orden expresa de Astrid, quien la quería tener bien vigilada.

Ahora se vestía como una completa vikinga. Tenía una falda corta, acorazada a pliegos morados, y abajo vestía pantalones de lana y botas de piel reforzadas con placas de acero. Su camisa de piel le envolvía a medida el talle, y encima un suéter de lino con pequeñas escamas de acero en los antebrazos la protegía al lanzar flechas con su ballesta, que le colgaba de un hombro. Le sentaba muy bien con el estilo punk de su cabello mal teñido, pero igualmente se veía cansada, ojerosa y muy asustada.

La recibió el aroma a pan recién hecho y salchichas ahumadas. Su yo mayor le dio los buenos días con una sonrisa y le sirvió un desayuno abundante. Astrid se frotó la espalda con dolor y trató de sostenerse la barriga con ambas manos.

—Por Freya, si supieras cuánto pesa éste bebé. —le dijo.

—Sabes, en mi tiempo hay una máquina que permite ver a los bebés dentro de la panza. Si estuvieras allí podrías saber si va a ser niño, niña, qué tan grande está o incluso el estado de salud… —comentó.

—Suena genial, pero aquí también tenemos nuestro propio método. —la cortó en seco. —Mira. —¡Toothless! —Llamó.

El dragón se precipitó desde el techo hacia la cocina. Astrid le dio un pescado y le acarició el cuello.

—No sabemos exactamente por qué, pero los dragones también saben el sexo de los bebés. Así que les pedimos que, si es niño, tengan la lengua adentro y que, si es niña, saquen la lengua. Con Erik y con Gunne funcionó a la perfección, pero ahora no sé muy bien cuál es el problema. Toothless, ¿es niño o niña? —preguntó. Y el dragón empezó a meter y a sacar la lengua de su boca sin ton ni son, como si estuviera lamiendo los restos de una malteada.

—Quizás esté averiado. —intentó bromear Astrid, pero lo único que consiguió fue hacer ella misma una mueca.

—Es lo más probable.

—¿Qué nombre le pondrán?

—Estábamos pensando en llamarlo Jon, y si es niña Elsa. —A Astrid le parecieron hermosos ambos nombres y expresó su acuerdo.

Pocos minutos después bajó Hiccup. La saludó efusivamente para alzarle el ánimo.

—¿Dormiste bien? Después de todo, nos obligaste a subirte tres jergones de paja al segundo piso. Bueno, me obligaste. —habló con una alegría que no sentía.

Astrid trató de sonreírle, pero no pudo. La ausencia forzada de Hiccup la mantenía en una depresión horrible.

Iba a responderle cuando vio a Stormfly volar cerca de la casa con sus crías vacilando tras ella, apenas empezando a aprender a manejar las corrientes de aire. Se extrañó y miró a Toothless, que se rascaba la cabeza con las patas traseras.

—¿Por qué Toothless no tiene crías? —preguntó.

—No lo sé. En primer lugar, es macho. Segundo, no estoy muy seguro de que allí fuera exista una hembra Night Fury. Y si existe, dudo que se acerque aquí.

Toothless los miró de hito en hito, sabiendo que hablaban de él. "No tengo idea de si haya una compañera para mí allí afuera, y si la hay entonces es una cobarde", pensó.

Desayunaron y salieron al granero. Astrid montó su Deadly Nadder, Fireclaw, y emprendió el vuelo junto a los demás.

Lo encontraría. Encontraría a ese enclenque y después lo molería a golpes. Metafóricamente hablando.

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Hiccup no sentía hambre. Tan solo desolación y unas profundas, profundas ganas de saltar de un barranco. Pero no era estúpido, sabía que tenía que sacarse primero el doctorado en la universidad de Copenhague, y de cosa no había perdido aún el juicio.

Agradeció a los cielos que a su padre le gustase acampar, porque si no, no habría podido sobrevivir. Comió bayas silvestres, otros frutos rojos, algunas piñas y se mantuvo a base del agua que se creaba en los troncos huecos. Hizo una estaca para protegerse de los animales nocturnos y dormía arriba en los pinos. Cualquier sonido fuera de lo normal le ponía los pelos de punta.

Había visto un par de dragones volar justo sobre su cabeza pero él, como buen estúpido que era, se había escondido en vez de salir a darles alcance.

En uno de aquellos recorridos absurdos que estaba haciendo por conservar la vida, llegó a un claro sucedido por una cueva. Territorio virgen. Más virgen que ningún otro. Se podía decir por el musgo en los árboles y el césped sin pisar.

Hiccup, que había salido corriendo de la Arena con unas ropas vikingas básicas, pantalón de arpillera y camisa de lana con sobretodo de piel, llevaba cruzada una segunda estaca en la cinturilla del pantalón.

Un olor curioso lo llamó. Se acercó a la cueva a paso cauteloso y se pegó a la pared a la menor oportunidad. Su padre le había enseñado que no había que dar a la espalda al enemigo.

Ingresó al lugar y notó que en el suelo había varias monedas negras desperdigadas por toda la cueva. Cogió una y la examinó. Era suave y estaba pulida, brillaba como la noche.

Salió con ella de la cueva, aun mirándola, y un resoplido caliente justo sobre su cabeza lo paró en seco.

Mierda.

No era una moneda.

Era una jodida escama.

Se encontró cara a cara con los más impresionantes ojos verdes que jamás había visto. Las pupilas negras y rasgadas lo amenazaron a muerte y él se supo doblemente jodido.

Shit.

La hembra Night Fury siguió postrada delante de él, decidida a no dejar ir a su presa.

Si Toothless había sido difícil de domesticar, ella era aún peor.

Era de igual tamaño que Toothless, pero con un cráneo visiblemente más pequeño y ojos más grandes. Tenía apenas diecisiete años y era la dragona más grosera que jamás se había visto.

Resopló y enseñó los dientes. Hiccup empuñó inútilmente ambas estacas y ella gruñó con fuerza. Entonces él se vio en la obligación de desprenderse de sus dos armas. Era o eso o ser comido de inmediato, y él prefería vivir un poco más.

Decidió llevar las cosas por el camino pacífico.

—Escucha, no quiero problemas, ¿sabes? Solo, haremos como que esto nunca pasó, yo me daré la vuelta y me iré por donde vine… —ella le frunció el ceño. Ese humano hablaba mucho.

No le gustaba.

Abrió la gran bocaza para exhalar una bocanada de fuego que lo rostizaría a su fin cuando pasó lo que probablemente calmó su ira. Un gran gruñido, que no provenía de su boca, se escuchó en todo el claro y dejó atónito a Hiccup.

Era del estómago de la dragona. Estaba muerta de hambre.

Ahora que lo notaba, estaba muy flaca, con muchos de sus huesos mostrándose bajo las escamas, no como Toothless, que era un dragón bien alimentado.

Probablemente no comía bien con tal de no mostrarse, razonó, porque para ser una hembra en una isla de jinetes, se mostraba muy hostil.

—¿Tienes hambre? Holy shit. Ehm… No te muevas. Te traeré comida. —y a paso resuelto, se alejó de ella y se montó a un alto pino en busca de una buena vista. El pueblo no tenía que estar tan lejos.

La vio juntar las patas delanteras con lo que creyó fue vergüenza y enarcó una ceja, sorprendido. No era tan hostil como creía.

Kilómetros y kilómetros de bosque, ni rastro de la aldea, pero ya se las arreglaría. Tenía una hembra muerta de hambre y furiosa allí abajo y personalmente no creía que rendirse fuera una opción.

No era tan estúpido.

Bajó del pino, con el corazón latiéndole a millón, e ignoró olímpicamente el pálpito en su brazo. Tenía que hacer esto. Tenía que hacerlo si quería cambiar. Por él, por Astrid. Por su vida.


¿Y bien? ¿Una mierda verdad? Ni tienen que decirlo. En fin, me esforcé haciéndolo, y me gustaría que me comentaran qué tal me quedó porque vamos, uno tiene que saber como le quedan las vainas. que más que más, ah sí.

A Hiccup le hacían bullying. ¿quien no se vuelve miedoso por el bullying? pues yo. todos. hay que darle una oportunidad al chico ey. Ahi vamos viendo que tal le va. el nombre del dragon de astrid quedo como una mierda lo se pero fue lo unico que se me ocurrio.

¿Sugieren nombres para la hembra Night Fury? Haganlo porque yo no tengo idea.

Si. Ruff y Snotlout estan juntos. Tienen una pequeña, aun no se como se va a llamar pero procurare que sea tierna.

Fishlegs y Heather estan juntos también. Leí la pareja en un fic y se me quedó en la cabeza.

YA SABEEEEEEN. REVIEWS OR NOTHING!