CAPITULO 2
"ALGO LLAMADO COSMOS"
Empieza siempre de la misma manera. Ante todo, la sensación. ¿No han notado nunca el paso de un pequeño pie que camina sobre nuestro cráneo? ¿Un sonido de pasos sobre su calavera, arriba, y abajo, arriba y abajo?
Empieza siempre así, no puedes ver quién es el que camina. Después de todo, está por encima de nuestra cabeza. Si son hábiles, esperan el momento oportuno y pasan súbitamente una mano por sus cabellos. Pero nunca pueden atrapar a quien camina de esa manera, y ellos lo saben. Aunque aparten ambas manos contra la cabeza, el siempre consigue escabullirse. No podemos ignorarlo, si intentas no escuchar sus pasos hace más ruido. Se desliza hacia atrás. Puedo sentir su cuerpo, minúsculo, y frio.
Sus garras deben de ser suaves, pues no hacen daño, pero más tarde, encontraras pequeños arañazos del cuello, que sangran, y sangran. Esto ocurre cuando quieres combatirlo, intentas no escuchar lo que dice, porque si lo escuchas, estarás perdido. Y luego tienes que obedecerle, el sabe cómo luchar y amenazar si opones resistencia. Yo misma lo he sentido, he sentido su voz susurrándome al oído.
Una vez la vi, ahí estaba ella, con su cabellera negra y larga, mirándome con esos ojos. Sosteniendo en su mano pálida una cadena plata que deslizaba por sus dedos.
—Ellas no pueden estar aquí—dijo aquella voz masculina y tensa—Vendrán a buscarlas, y acabaran con el santuario.
—Necesitan estar a salvo, han pasado tantas guerras santas, incluso habíamos llegado a pensar que ya jamás renacerían de nuevo. Pero, el que ellas regresaran, el que su cosmos volviera.., no permitiré que los dioses hagan su voluntad sobre ellas. No ahora.
Aunque el amor disminuya, y los bosques no tengan voces salvo la voz de la pena, aunque el cielo sea demasiado negro para que los débiles ojos perciban el rubor dorado de las flores creciendo debajo, aunque las colinas sean pilares de sombras, y el mar una maravilla oscura. Y ese día dibuje un velo sobre todos los hechos pasados, el vacio no agotará, ni el miedo alterara.
OOO
El sonido de las cascadas era tranquilizador, se podía sentir la frescura del viento en el medio. La noche era perpetua, parecía inmortal con todas esas estrellas y constelaciones vislumbrando cada horizonte, cada parte del cielo teñida por ellas. La dulce melodía del agua cayendo se mesclaba junto con los pensamientos de aquel pequeño, que se encontraba de pie, dejando que la dulce brisa bailara entre sus cabellos brunos y oscuros.
No pensaba en ese momento, su mente se había adueñado de él, de sus sentidos, no podía pensar en otra cosa que no fuese entrenar, y dar lo mejor de si, para convertirse en un caballero de Athena. Un anciano pudo verlo desde lejos, vio como su discípulo aun no descansaba. ¿A qué se debía? Pensó el anciano recargando su diminuto peso con su bastón de viga.
— ¿Aun no descanzas Shiryu? —le preguntó extrañado ante su comportamiento, caminaba con lentitud hacia su alumno, el pequeño no tenía más de once años. Este escuchó la voz de su maestro a sus espaldas, se giró a mirarlo directo. Entrecerró sus ojos.
—Maestro…, la verdad es que, no tengo sueño, no tengo deseos de descansar. Vi el cielo estrellado y decidí deleitarme con él. Además, ¿Cómo descansar?, si me espera todo un entrenamiento por tantos años.
Su maestro le brindo una sonrisa delicada y tranquilizadora. Así era Shiryu, tan obstinado, tenaz, y testarudo. Pero podía sentir dentro de el un cosmos lleno de vida, y eso era lo que él deseaba conocer. Tal vez no en ese momento, pero con el tiempo lo haría. En un segundo, paso por su mente pericia, aquella leyenda antigua, que tenia milenios de ser escuchada, y que nadie la creía. Ni la creerán jamás. En realidad, no haría daño hablarle de ella, aunque fuese para despojarlo de una realidad. El anciano se quedó de pie, recargando ambas manos seniles sobre su bastón. Mirando hacia el suelo.
—Dime Shiryu, alguna vez ¿Te hable de una leyenda, acerca de unos ángeles que renaces de la sangre de Athena?
Shiryu se dio media vuelta enseguida al escuchar sus palabras— ¿Ángeles?
Este asintió con la cabeza, cerró sus ojos cansados, pero sin dejar de hablar—Es una leyenda, que ha pasado de generación en generación, En realidad nadie está seguro si en realidad ocurrió, pero... —hizo una pausa de pronto, recordando aquellos momentos de su juventud, cuando fue el caballero dorado de Libra, y cuando combatió contra Hades en aquella guerra santa, su gran amigo Shion de Aries le había hablado de ella. —Cuando el universo se había formado como lo conocemos, desde la primera guerra santa, en la que los caballeros de Athena, luchan contra el mismísimo infierno, para salvar la humanidad. Se dice que de la sangre de Athena nacieron unos ángeles, aquellos Ángeles eran divinidosos. Dice la leyenda, que aquellas guerreras eran sagradas, y un insulto atroz hacia los dioses. Para ellos, más que divinas, eran un pecado hacia la humanidad, que debía ser destruido. Pero, para los caballeros de esos años atrás, eran como una luz iluminando el camino, el no temer al acechante y sordo despertar, de una vida que transcurre a ciegas; llenas de desperdicios y penas. Ellas estaban destinadas a proteger a Athena, su cosmos era como ninguno, tan cálido, tan diferente a cualquier otro que puedas sentir. Le leyenda dice que solo estarán en la humanidad, cuando se acerque la destrucción de esta como la conocemos, cuando el castigo de los dioses caiga sobre ella. Es por esta razón por la cual son despreciadas por ellos. Después de la primera guerra santa, nadie más las volvió a ver, nadie supo que fue lo que paso con ellas, representantes del universo mismo.
La mirada del pequeño Shiryu estaba helada, sus labios estaban entumecidos por el frio, pero eso no le evito hablar— Maestro, y usted, ¿Las vio alguna vez?
El maestro negó con la cabeza, llevando su mirada hacia arriba, mirando como las estrellas brillaban en esa noche, que se sentía como ninguna otra—No, yo nunca las vi Shiryu, un buen amigo me hablo de ellas, diciendo que solo era una leyenda, tal vez para despistar un poco. Pero…, tal vez no sea solo una leyenda del todo.
— ¿Por qué lo dice Maestro? —preguntó Shiryu hambriento por la curiosidad de sus palabras.
—Porque la vida revela su profundidad, y a veces en las oscuras noches, me parece ver esos ojos escarlata, iluminándola.
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Europa siglo XX
El sol se asomaba entre las montañas, el cielo azul encantado junto con las nubes blancas daban paso a los reflejos de las luces tenues del sol, el sonido de las majestuosas campanas y los cantos de las aves eran delicados, las palomas blancas volaban alrededor del Reloj adornándolo con sus plumas blancas representantes de la paz.
Las campanadas inundaron al pequeño orfanato de la ciudad de Italia, pero no eran lo suficientemente fuertes como para despertar a esa dulce joven rubia resignada a abrir sus ojos todavía, en sus más profundos pensamientos vagos, soñaba con el castigo de la eternidad hacia esos caballeros, soñaba con voces fuertes y diferentes a las que había oído antes, improvisadamente mordió sus labios suaves, sudaba sin poder despertar ante ese sueño que la atormentaba cada noche de su joven vida, ante la presión despertó de un salto, dándole paso a los rayos del sol iluminando sus ojos índigo, el nombre de esa bella joven de cabellera dorada era Serena Tsukino, una chica con una nobleza intacta, su bondad iluminaba su rostro claro, su carácter era distraído, su mente a veces estaba no consiente de la realidad, pero, así era ella. Una chica soñadora que amaba la vida, pero no las Matemáticas, su cabellera ondulada llegaba hasta sus muslos, sentada en la cama sosteniendo fuertemente las sábanas blancas.
— ¿Por qué? —Se preguntó la chica rubia sin dejar de sostener las sabanas— ¿Por qué sueño con esos hombres? Puedo sentir su sufrimiento, no sé quiénes son, pero aun así me preocupa, y esa mujer de cabello malva, ¿Quién es? ¿Qué es ese báculo que sostiene en su mano?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el fuerte toque de la puerta, era Sami un amigo de Serena desde su tierna infancia, al decir verdad desde que ella llego a ese orfanato, sus gritos eran fuertes.
— ¡Serena! —Grito Sammy golpeando bruscamente la puerta de su habitación esperando que lo pudiera escuchar— ¡Serena ya levántate!
Los toquidos de Sammy molestaron mucho a Serena, ya que ella pensaba que todavía era muy temprano para ir a clases, frunció ambas cejas devolviéndole los gritos, esta vez más fuertes que él.
— ¡Ha! ¡Sami no me molestes que todavía es muy temprano para ir a clases!-Dijo la chica rubia recostándose de nuevo en la cama cubriendo bruscamente su rostro.
— ¿Temprano para ir a clases? —Pregunto el chico con lentes en forma de caracol por encima de la puerta de madera sin dejar de tocar fuertemente—Pero si ya es muy tarde, Mina, Reí, Lita, y Amy ya se levantaron, ¿Cómo es posible que no te has dado cuenta? ¡Comparten habitación!
Serena tenía sus ojos cerrados forzosamente, las palabras de Sami la hicieron reaccionar enseguida, una vez más de un salto se despertó viendo que las demás camas ya estaban tendidas, Sami acerco sigilosamente su oído derecho y lo compacto en la puerta esperando poder escuchar a Serena, pero lo único que escucho fue un fuerte grito.
— ¡¿Qué?! ¡Hay no! ¡Ya es muy tarde!
Lo único que el chico pudo escuchar fueron esos fuertes gritos, Serena tomo su uniforme y enseguida se vistió y peino para poder ir a clases, corrió rápidamente hacia la puerta derribándola junto con Sammy debajo de ella, el solamente pudo ver como corría rápidamente entre el pasillo y el debajo de la puerta.
— ¡Llegare tarde! —Clamo la chica de ojos azules corriendo hacia su destino
—Esa Serena, siempre llega tarde a clases, desde que tengo memoria—Dijo Sami por debajo de la pesada puerta de madera— ¿Alguien me puede ayudar? ¡Estoy atorado!
Serena estaba por completo acelerada para poder llegar al primer Salón del internado, llevaba puesto su uniforme, un vestido negro con unos botines de igual manera negros con una pechera blanca que cubría su cuello, con un lindo moño en medio color aceituna, y un collar con una cruz que adornaba su cuello frágil.
— ¿Por qué tengo que ir a clases?, tengo mucho sueño, si vuelvo a llegar tarde la maestra me matara.
En la bella foresta caminaba una figura femenina de cabello verdemar, sosteniendo unos libros entre sus brazos frágiles y delicados, tenía puestos unos lentes delgados, y la belleza de Lidia, era una chica a la que le apasionaba descubrir cosas nuevas cada día , era tranquila, hermética, y completamente apacible ante los individuos, con el mejor promedio del internado.
—Buenos días Amy.
Una chica con su cabello ligeramente peinado le dio los buenos días a esa chica llamada Amy Mizuno, su sabiduría no tenía comparación alguna, Amy se giró hacia ella devolviéndole el saludo con una calurosa sonrisa mostrando sus dientes blancos perfectos.
—Buenos días Molly— Dio los buenos días Amy deteniéndola antes de que siga su rumbo—
He, Molly.
— ¿Qué pasa Amy?
— ¿Has visto a Serena en el internado?
Molly capturo su mirada con la suya llevando hasta su barbilla su dedo índice pensando en donde se podría encontrar Serena, Molly la miro nuevamente justo antes de irse.
—No—Contestó—Ahora que lo dices no he visto a Serena en ninguna parte, pero no te preocupes, de seguro ha de estar corriendo por los pasillos para no llegar tarde a clases—dicho esto la chica se soltó en carcajadas contagiando a Amy.
Serena Tsukino al igual que Amy eran huérfanas, se criaron juntas en el pequeño internado de Italia junto con Mina, Lita, y Reí, crecieron sin padres, pero se tenían a ellas mismas, y eso es lo que importaba, sus vidas cambiarían rotundamente, para cumplir con su deber, la hora se acercaba.
