Muchas gracias a Naaaali por su lindoso comentario :3, enserio lo aprecio mucho. Bueno xD he aquí el segundo capitulo jaja :D ¡Espero les guste!
Capítulo II, Reconocida
Caminaba por los pasillos con paso firme y refinado, casi grácil. Al pasar, muchas miradas se posaban en su persona, las mujeres suspiraban y exclamaban adjetivos sobre su aspecto. Aquello le fastidiaba en sobre manera.
—¿Quién es él? —Escuchó que preguntaba una voz a modo de susurro pero que faltaba mucho para que lograra serlo.
—No tengo idea —Le respondió otra—. Pero… ¿Has visto que ojos? ¡Son hermosos!
—Ya -Coincidió la primera para luego dejar escapar un suspiro—. Es tan sexy.
Mantuvo el rostro pétreo e inexpresivo, fingiendo no haber escuchado tales comentarios y pensó que aquellas mujeres solo eran unas frívolas y tontas, ya que en su forma natural nunca le hubieran mirado. Solo provocaba esas reacciones debido a la alteración en su genética, aquella que le hacía lucir "atrayente" para el sexo opuesto. Muy seguramente habrían sido de aquellas que le molestaban cuando era niño, por que solo una persona se había atrevido a mirarle de forma dulce…
Bufó con molestia ante el recuerdo de su vida pasada y movió la cabeza, tirando su cabello, negro como la misma noche, hacía atrás. Muchas suspiraron y lanzaron chillidos de emoción. Debajo de su bata blanca -que utilizaba siempre que estaba en el laboratorio y ondeaba con un estilo único de él al caminar- vestía completamente de negro. Llevaba una camisa cuello de tortuga y un pantalón que parecían ser de la misma tela, una que se amoldaba tan bien a su figura que parecía una segunda piel y, para rematar, unas botas de corte militar -aunque totalmente lisas- del mismo color.
Aquel atuendo no dejaba admirar casi para nada su piel, blanca como la leche, y que en su vida anterior tenía distintos tonos debido al sol, era tan marmolea y suave gracias a la estúpida mutación. Eso y a sus años encerrado en un laboratorio. Tenía unos ojos tan negros como su cabello, profundos y misteriosos, así como unos labios delgados y rosáceos, finamente delineados. Su nariz quizá no era su mejor atributo ni su punto más fuerte, un poco ganchuda realmente, pero que le daban un aire aristocrático; sus facciones eran duras aunque jóvenes y tenía mucha, mucha actitud. Todo aquello era por lo cual se le había otorgado el título de "perdición genética". Una hermosa perdición, solo para aclarar.
Se encontraba camino a una pequeña habitación en el ala oeste, muy lejos de sus habituales mazmorras: los laboratorios ubicados en el sótano. La noticia de que habían atacado su antiguo hogar no le había tomado realmente por sorpresa, solo era cuestión de tiempo debido a que las otras dos ciudades también habían sido invadidas.
No había ya lugar seguro en tierra.
Sin embargo, no pudo evitar que un peso muerto se le formara en la boca del estómago cuando los sobrevivientes llegaron a Hogwarts y pasaron por sus manos para ser examinados, fue allí donde notó que no había nadie a quien conociera.
Aquel día había sido agotador, más psicológica que físicamente, ya que su cuerpo estaba programado para no sentir cansancio. Había chequeado hasta la última célula de cada individuo y había registrado su estado genético en el sistema. Había solicitado hacerse cargo él solo de las personas de su lugar de procedencia. Deseo concedido. Pero una persona se había negado a aparecer por el laboratorio, a salir de su habitación siquiera, y helo allí, caminando a sacarle de aquel lugar, con la voz demandante de su superior resonando en su oído.
Severus Snape era el mayor logro de la ciencia en cuanto a desarrollo neurológico. Desde su nacimiento había mostrado una capacidad intelectual impresionante. Pase directo al Proyecto Pocionista: mutación genética que aceleraba el proceso de sinapsis y estimulaba la actividad encefálica. Dicho en pocas palabras, el muchacho era un jodido genio. Y cómo Director del Área de Inteligencia Militar y Científica, así como la de genética, estaba condenado a pasar la mayor parte de su tiempo confinado entre las paredes de los laboratorios, aunque comenzaba a pensar que estaba mejor allí, se sentía más cómodo rodeado de intelectuales que de aquellas personas inferiores y superficiales.
Justo en aquel momento no tenía permitido salir, o eso era lo que le recriminaba su "jefe" por el comunicador. Le ignoro completamente y se quitó el comunicador de la oreja. Estaba molesto. Aquella gente le había asegurado que mantendría a salvo a su familia cuando le obligaron a unirse a ellos y era aquella su única forma de demostrar su enfado: desobedeciendo y mandándolos al averno por primera vez.
En cierta parte era eso lo que le impulsaba a ir y recriminar a esa persona por no asistir al chequeo altamente necesario y no dejarle terminar su trabajo, aunque era una buena excusa para matar dos pájaros de un tiro. Pero lo que realmente parecía motivarle -y no quería aceptarlo- era la esperanza de que aquella persona resultara ser alguien de su pasado. Aquel que había enterrado desde el día en que puso un pie en Hogwarts y que, en lo más recóndito de su ser, aun añoraba.
—Hechicero S394 —Musitó con voz neutral al estar frente a la puerta.
Un pequeño identificador circular, que pasaría desapercibido en un vistazo cualquiera y se encontraba disimulado por el número de habitación colgado en la puerta, emitió un resplandor verdoso que se expandió e identificó su pupila.
—Buenas tardes, Doctor -Le saludó la suave voz de una mujer informatizada desde algún lugar y la puerta se abrió automáticamente.
Suspiró, preparándose mentalmente para ver a una persona totalmente desconocida para él y diciéndose que era una soberana idiotez mantener algo tan cursi como la esperanza. Se adentró en el pequeño cubículo, porque a comparación de sus habitaciones ese lugar le parecía un armario, y se plantó frente a la cama donde un bulto se formaba debajo de las cobijas.
—Váyase —Escuchó que decían con molestia pero que era amortiguado por la tela que le cubría. Enarcó una ceja levemente, impresionado por tal altanería.
—Lamentablemente —Explicó con voz monótona—. No puedo hacerlo hasta checarle, si por mí fuera, con gusto le dejaría hundirse en la miseria de su existencia, de no ser porque no lo tengo permitido. Ahora bien… —Continuó, mientras sacaba lo que parecía ser una jeringa de su bolsillo—. Deje de actuar inmaduramente y sea tan amable de permitirme tomar una muestra para el laboratorio.
—No le daré nada —Soltó la persona bajo las sabanas.
Snape puso los ojos en blanco, pensando que habría sido mejor quedarse en el laboratorio esperando a que los guardias le llevaran por la fuerza y bufó exasperado. Tomó la cobija, que a su vez estaba bien sujeta por la persona cubierta, y tiró de ella con fuerza.
—O me da la bendita muestra o le prometo que se la sacaré a…
Fuera cual fuera el método que pretendía utilizar, murió en su garganta ante lo que vieron sus ojos, esa persona, así como pensaba que podría ser su madre, su tía, sus primas, o incluso su padre -al que detestaba-, también pensaba que podría ser cualquiera… menos quien estaba frente a él en ese momento.
Se quedó petrificado.
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—¿Evans? —Preguntó la voz distorsionada del Capitán mientras bajaba el papel que había estado leyendo para mirar al hombre frente a él, éste solo asintió—. ¿Estas seguro?
El hombre rodó los ojos con exasperación y se cruzó de brazos, mirándole escépticamente bajo su visor sin contestar. Le había preguntado lo mismo y ordenado que volviera a verificarlo unas seis veces ya. Su superior suspiró e hizo una seña para que se retirara, el hombre no lo pensó ni media vez antes de salir por la puerta. Al quedarse solo, el hombre volvió a mirar el papel sobre el cual se podía apreciar la fotografía de una chica pelirroja. Se quedó un largo rato repasando su rostro una y otra vez. Grandes y expresivos ojos color caramelo, nariz fina y perfilada, labios rojos y carnosos.
En la hoja, garabateado con una letra desordenada, se podía leer: "Lily Evans". Colocó aquello sobre el escritorio y se apoyó en su asiento, mirando hacia el techo. Desde el día en que habían socorrido al Valle no había podido olvidar a la joven que había salvado. Aquella que había iniciado un improvisado funeral con solo entonar una canción. Aquella que le provocaba cierto intriga. Porque así era, ella había despertado algo en su interior en cuanto aquellos ojos le miraron con sorpresa una vez la estrechó después de cortar la cabeza del Inferi.
No entendía que era aquello que sentía, pero no le permitía vivir tranquilo.
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Hogwarts era un complejo de instalaciones en medio del Atlántico Norte, creadas para resguardar la supervivencia de la raza humana. Estaba equipada hasta en lo más mínimo para lograr su objetivo y cubrir la más simple de las necesidades.
Se dividía en cuatro secciones: Gryffindor, Slytherin, Ravenclaw y Hufflepuff.
Éstas se habían repartido de tal forma ya que, cuando los jóvenes terminaban su entrenamiento o sobrevivientes llegaban a resguardarse allí, se les asignaba una labor en específica. En Gryffindor y Slytherin (los pisos más altos de todo el complejo) se ubicaban los cuarteles de los Hechiceros; allí se llevaban a cabo los entrenamientos de los más jóvenes, así como la realización de estrategias de pelea y se encargaban de la protección de los habitantes en un posible caso de ataque.
Ravenclaw se ubicaba en los niveles inferiores, es decir, bajo el agua. Allí se encontraban los laboratorios experimentales, así como los científicos que laboraban en ellos. Eran las personas con capacidades cerebrales superiores a los demás, sin embargo, no estaban programados para participar en una lucha, de darse la situación. La única excepción era Severus Snape, que había sido entrenado como un hechicero normal y pertenecía a la cuadrilla de Slytherin pero, al convertirse en el director del área, decidió mudarse allí.
Hufflepuff era quizá el área más grande. Abarcaba en su mayoría los pisos intermedios de todo el complejo. Las personas que habitaban aquella sección eran las personas comunes y corrientes, conocidos como "muggles". Personas que realizaban pequeños trabajos tales como preparar las comidas, encargarse de la limpieza, cuidar de los niños pequeños y los ancianos, entre otras cosas.
A pesar de que Hogwarts era un lugar grande y espacioso, tenía un pequeño defecto: era un lugar cerrado. No había ninguna abertura que permitiera el paso del aire exterior al interior, puesto que éste estaba contaminado, y no existía ventana alguna que no fuera falsa -lo que quiere decir que solo mostraban imágenes digitales y no el paisaje real-. Hogwarts era como un búnker de guerra.
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—¡Hey, Moony! ¡Espera! —Llamaba un hombre en traje negro y escarlata, persiguiendo a otro más bajo, que vestía exactamente igual. Sus visores .de ambos-, a diferencia de los de los demás Hechiceros, poseían unas pequeñas salientes puntiagudas en parte superior, es decir, como pequeñas orejas caninas—. ¡Vamos, al menos dime que fue lo que hice!
El otro se paró en seco, el cristal de su visor desapareció al voltearse para mirarle de forma asesina con unos hermosos ojos miel que, a pesar de querer aparentar enojo, no podían esconder cierta dulzura y amabilidad.
—¿Y tienes el cinismo de preguntármelo? —Respondió con fiereza, el otro se encogió de hombros.
El ojimiel bufó irritado y murmuró algo que se escucho como "no es posible que esto me pase a mi" para emprender su caminata nuevamente con el otro pisándole los talones.
—¡Moony!
—¡¿Qué quieres?!
—¿Por qué eres tan malo conmigo? —El otro se giró bruscamente, lanzando rayos a los ojos azules que ahora le miraban como si pertenecieran a un cachorrito mojado.
—¡Eres…! —Se detuvo, conteniéndose de decir algo ofensivo—. ¡Eres imposible!
—Vamos Moony, yo solo quería hacerte una broma. No te molestes.
Ante el tono suplicante de su amigo, el ojimiel suspiró cansinamente a forma de rendición. ¿Cómo había permitido que éste tuviera tal grado de poder sobre su persona?
—Si crees que es gracioso intentar mutar mi cuerpo al de una mujer, deberías pedir urgentemente que te internen en el pabellón psiquiátrico del hospital —Dijo más tranquilo, pero aun con molestia, y volvió a seguir caminando.
—Pero te verías mejor y muy ardiente de chica —Musitó en voz baja, haciendo un puchero—. Yo si te doy… más en la ducha.
El ojimiel se detuvo, enrojeciendo hasta la raíz del cabello. Se volteó, estando tan colorado como un tomate y con expresión fiera hacia el otro. El ojiazul perdió el color, sabiéndose lo que venía y comenzó a correr hacia el lado contrario.
—¡Vuelve aquí Padfoot! —Rugió—. ¡Ya verás quien es el que te dará en la ducha!
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No podía creerlo.
—¿Severus? —Preguntó Lily con asombro e incredulidad. El joven se quedó estático en su lugar, tenía en una mano la jeringa y en la otra la cobija. Estaba pálido y con una expresión tan aterrorizada que parecía haber visto un muerto.
Sintió que el corazón se le aceleraba de alegría al verlo, no había pasado por su cabeza el hecho de que era cierto que él se encontraba allí también. Hacía tanto tiempo de la última vez que le vio. Estaba muy cambiado, no era el mismo de hacía cinco años. Había dado un impresionante estirón, quizá podría llegarle con dificultad a un palmo más arriba de los hombros, también se había vuelto mucho más apuesto. Y por lo que había escuchado decirle, trabajaba en el laboratorio. La sensación de dicha disminuyó al recordar como se había marchado sin siquiera mirarle y en cómo le había tratado segundos antes.
—¿Li… ly? —Susurró con voz ronca, dejando caer lo que sostenía.
Los grandes ojos marrones de la pelirroja parecían ser solo un recuerdo lejano en su memoria. Su cabello estaba más largo y despeinado, debido a la fricción de la cobija, había crecido un poco y ahora, se podría decir, lucía como toda una mujer… Entonces ella le lanzó una almohada.
La atrapó antes de que chocara contra su rostro por reflejo involuntario. Le miró, la chica había fruncido el ceño.
—¿Pero qué…?
—¡Eres un salvaje! —Exclamó molesta, levantándose de la cama y le lanzó la otra almohada que, para su desgracia, el pelinegro también atrapó. Luego comenzó a lanzarle cualquier cosa que tuviera a la mano.
—¡B-basta! ¡Tranquilízate Lily! —Le pidió esquivando los objetos.
—¡¿Qué me tranquilice?! ¡Eras tú el que pretendía sacarme sangre a la fuerza! ¡Sabrá Merlín que hubieras hecho de ser otra persona! —Le espetó furiosa—. ¡Mezquino! ¡Bárbaro! ¡Animal!
La chica le fue enumerando un sinfín de calificativos relacionados con la misma gama semántica de insultos a voz de gritos mientras arrojaba objetos, cuando se quedó sin más que lanzar, Severus bajó las manos de su rostro y pudo mirarle. Ambos estaban acalorados y respiraban agitadamente. Le pidió calma con un gesto de las manos, ella relajó la expresión e, inesperadamente, unos gruesos lagrimones rodaron por sus mejillas. Severus la miró asustado.
Lily se abalanzó contra él, colgándose de su cuello y abrazándole con tanto ímpetu, que tuvo que hacer un esfuerzo por no caer al suelo, terminando por estrellarse de espalda contra la pared. Gimió levemente por el golpe, dejándose resbalar hasta quedar sentado. Ella enterró su rostro en el espacio de su cuello, sollozando, humedeciéndole la ropa con sus lágrimas y aferrándose a él como si fuera su tabla de salvación.
Sin saber muy bien que hacer, también le rodeó con los brazos para estrecharla con fuerza y se quedaron en aquella posición por lo que les pareció una eternidad.
—Severus…
—¿Hmm…?
—¿Por qué no te despediste de mi?
En un principio no dijo nada, pero luego suspiró.
—Tenía miedo a mirarte —Musitó—. Saber que ya no podría volver a verte me causaba un gran dolor. Yo… simplemente temía ponerme a llorar.
Ella se separó un poco y muy lentamente de él, mirándole con las lágrimas aun brotando de sus ojos. Él, en cambio, se mantuvo inexpresivo, aunque su mirada reflejaba bien los sentimientos que le invadían. Alargó su mano y limpió el camino que las lágrimas habían dejado en la mejilla de Lily con su pulgar.
—Lo siento.
En esas dos únicas palabras, liberó años de opresión en el pecho. Ella asintió con los ojos cuajados en lágrimas nuevas, que humedecieron otra vez sus mejillas. Volvieron a estrecharse con gran intensidad.
—Severus…
—Dime…
—¿Qué voy a hacer ahora?
