Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi!

Espero que les vaya gustando, se agradece cualquier review, tomate, etc. Aquí ya se pone más interesante...juju.

Miroku no se atrevió a quedarse atrás, aunque le hubiera gustado contarle con más detalle a la joven impresionable sobre sus hazañas. Cruzaron el pequeño puente de piedra bajo la atenta mirada de las mujeres, que pronto volvieron a sus tareas. Sin embargo, Sango podía sentir los ojos de la mujer impertinente clavados en la nuca. Cuando volvió la vista atrás, la vio, por un segundo. Aunque era claramente mayor que las demás, conservaba una tez firme y blanca, en contraste a una larga melena negra recogida. Su delgada figura se perdió en un grupo de mercaderes que recogían.

Sango concluyó con el pensamiento de que necesitaba un largo y merecido descanso. Había demasiadas cosas que la alteraban en esa región. Cuando llegaron a las rojas puertas de palacio, un par de guardias cruzaron sus lanzas. Ambos eran fuertes guerreros de fría expresión.

-Traemos el veneno de Akumaoni,-dijo Miroku, firme, con aquel posado que adoptaba cuando la situación era tensa. Era la misma expresión que usaba para decir «soy un monje venerable que viene a ayudarles, no teman».

Los guardias los miraron, incrédulos por un segundo. Luego, llamaron a la puerta usando un enorme picaporte que colgaba de la boca de un dragón de hierro. Un tercer guardia acudió y tras un par de susurros les hizo pasar. El oscuro pasadizo de palacio se internaba más y más, dejando atrás algunas puertas de habitaciones aparentemente desocupadas. Parecía que nadie viviera en el castillo y que los fantasmas lo habían tomado por completo.

Tras la incómoda caminata, el grupo llegó a la sala de las audiencias, una modesta habitación rectangular que se extendía hasta un altar, donde les aguardaba el señor. Su aspecto era el de un hombre muerto en vida. Tenía la piel grisácea y los ojos perdidos en algún lugar de la pared. Los cabellos débiles que aún le quedaban en el cráneo caían como hilos olvidados hasta el cuello de su kimono. Cuando el guardia anuncio a los forasteros, apenas hizo un gesto de asentimiento.

Esta vez, fue Sango quien habló.

-Alteza,-dijo haciendo una pronunciada reverencia- hoy hemos combatido y vencido a un demonio cercano. De entre sus inertes tentáculos, hemos extraído algo de veneno y creemos que puede ser lo que buscáis…

El señor levantó la cabeza, con súbito interés. Parpadeó como si acabara de ver el grupo que llenaba la estancia y se levantó. Era alto y delgado, casi como una sombra.

-¿Decís haber vencido a Akumaoni? Mostradme el veneno.- Les azuzó, impaciente. Sango extrajo las bolsitas con cuidado y el señor dio dos pasos en su dirección.- Debemos llamar al sabio… ¡¿Por qué no esta ya aquí?!- Ante el grito de impaciencia, dos de los sirvientes corrieron hacia la puerta principal.

El señor se volvió a sentar mientras farfullaba para sí. Sango se preguntó cuánto tiempo iban a quedarse de pie, sin saber qué hacer o decir. Puede que la impulsiva idea de acudir a palacio no hubiera sido tan buena. Antes de que pudiera repensarlo, pero, la puerta corredera volvió a abrirse y un hombre viejo, vestido con una túnica marrón y con una barba larga hasta la cintura, hizo acto de presencia.

-Honorable maestro,-dijo el señor con una reverencia apresurada- habéis venido tan rápido…

-Sabía que hoy llegarían los viajeros que hemos estado esperando.-Anunció, solemne, el viejo.-Venid conmigo, jovencita. Y tú, Ryokan, no deberías olvidar tus maneras. Sirve algo de comida a nuestros invitados…-El señor se doblegó ante la voluntad del anciano y ordenó a los sirvientes algo de comida mientras ofrecía asiento al grupo. Miroku dirigió una mirada preocupada a Sango, que seguía al viejo por la puerta al pasadizo principal.

-Tranquilo, seguro que irá bien- le dijo Inuyasha. Miroku no quiso decir nada. Si incluso Inuyasha se daba cuenta de cómo seguía a Sango con la mirada es que estaba siendo demasiado evidente. No quería incomodarla pero no podía soportar la idea de alejarse de ella. Y más sin saber adónde iba.

El anciano caminaba a un paso más ligero del que Sango se hubiera imaginado con su edad. Rehicieron el mismo camino que les había llevado a la sala pero giraron en un corredor que Sango no había visto la primera vez. Como más se internaba en el palacio, más oscuro le parecía. Se plantaron ante las enormes puertas de una habitación imperial.

-Como exterminadora, bien sabes que el veneno puede ser rápido y letal. Pero también puede ser lento y convertir un acto tan común como respirar en una pesadilla. Espero que esto no te impresione demasiado…-murmuró el viejo, abriendo la puerta.

Un hedor horroroso surgió de la estancia. Parecía que acabaran de abrir una cripta tras mil años de sellarla. Sango evitó llevarse una mano a la nariz y el anciano le devolvió una mirada aprobatoria. Todas las ventanas estaban cubiertas por telas, aislando la habitación del exterior. En el centro, en un futón revuelto, descansaba lo que un día había sido un joven de su edad. Cada vez que respiraba, el pecho le silbaba de sobremanera y uno de sus costados estaba inflamado. Si hubiera habido más luz, podría haber distinguido un color más rojizo que carne en la herida.

-La luz le produce un dolor descomunal, por eso la habitación esta tan oscura…-Explicó el viejo. Cogió un juego de té de una mesita escondida entre tinieblas y evocó un líquido oscuro que guardaba en una calabaza hueca. Sango se aproximó y le ofreció las perlas de veneno que el maestro mezcló con la poción. Sango le ayudó a reincorporar al joven para hacerle beber de la jarra.

El joven enfermo bebió como si hubiera andado por el desierto durante décadas. Cuando sorbió hasta la última gota, volvió a tumbarse. El maestro se dirigió a las ventanas y una por una, las descubrió todas, dando paso a los últimos rayos de sol de la tarde, que invadieron la habitación con luz rojiza. Las flores del jardín y la fuente que emanaba ante la habitación cambiaron por completo la atmosfera. De repente parecía que estuvieran en un mirador ante el valle.

El joven abrió los ojos de nuevo. Eran grisáceos, parecidos al filo de una espada. Los cabellos marrones rojizos, algo despeinados, caían hasta una trenza desordenada que acariciaba los omoplatos de la espalda descubierta del heredero. Se reincorporó y, tras una mirada de soslayo al maestro, encaró a la exterminadora. Dos de sus fuertes manos atraparon la pequeña mano de Sango, dejándola completamente sorprendida.

-Me habéis salvado la vida. Debéis casaros conmigo.- dijo con voz grave y segura. Sango tenía la sensación de que el mundo se había parado ante aquella segunda sentencia.

-Estoy segura de que sería un honor, pero yo no puedo ser vuestra esposa.-Le dijo Sango, con voz entrecortada, mientras intentaba liberarse del agarre del joven.

-Pero así lo dicen las escrituras… ¿Verdad, Kashikoi?-le preguntó al anciano.

-La profecía dice que la mujer que os salve de la muerte le dará vida a vuestros herederos… Pero no debemos precipitarnos.-explicó el anciano, mientras reseguía con el dedo la herida del joven, que se había convertido en una fina cicatriz rosada.

-Decidme, ¿cuál es el nombre de mi preciosa esposa?-le preguntó. Sango sintió cómo se sonrojaba sin remedio. Podía enfrentarse y salir victoriosa de mil batallas, pero los halagos por parte de los hombres siempre la dejaban sin palabras.

-Me… me llamo Sango, señor, pero no voy a poder ser su esposa…

-¿Acaso estáis ya comprometida?-preguntó el joven, apretándole más las manos y acercándose a su rostro.

-No… Yo…

-Entonces no hay ninguna barrera que nos impida seguir nuestro destino. Debemos comunicarlo a mi padre.-Aseguró él, dejándola ir y poniéndose en pie. Aunque la enfermedad le hubiera recomido un poco, era un joven alto y fibroso, la viva imagen de un buen cazador.

Tras vestirse como era debido, el heredero del señor, el sabio y la exterminadora se dirigieron de nuevo al salón. Sus compañeros estaban sentados ante una larga mesa llena de comida que Inuyasha se empeñaba en hacer desaparecer. El señor del palacio se levantó, con lágrimas en los ojos, al ver recuperado a su único hijo. Ambos hicieron una solemne reverencia y luego encararon a sus invitados.

-Nunca podré agradeceros lo suficiente que hayáis salvado a mi hijo y único heredero, Yakkai. Seréis mis huéspedes de honor, podéis estar aquí cuanto deseéis.-insistió el señor, sin dejar de hacer reverencias.-Mañana habrá una celebración en vuestro honor.

-También debemos celebrar nuestro enlace,-añadió Yakkai.

-¿Enlace?-preguntó Kagome, sonriente.

-Sí. Tomaré a Sango como esposa.-Anunció el joven heredero.

-¿¡Qué?!-exclamó Miroku, al tiempo que se levantaba de la mesa. Todos miraron a Sango sorprendidos, mientras la exterminadora solo deseaba que el suelo se abriese bajo sus pies.