Corazón de Espada
(Rurouni Kenshin)
II
Un vagabundo en el pueblo
Durante los días que siguieron al "incidente" del falso Battousai, del que ambos evitaban hablar para no entrar en aguas peligrosas sobre el valor de la vida, Kaoru y Kenshin se establecieron en una tranquila rutina en el dojo.
Para sorpresa y disgusto total de la chica ojiazul, el samurái de rojos cabellos había resultado ser mucho mejor que ella en todas las tareas del hogar. La avergonzaba completamente ser incapaz de ser una buena anfitriona, pero Kenshin, después de casi morir intoxicado por comer la cena que ella había preparado en el primer día de su estadía (divertido, considerando que miles de hombres habían tratado de matarlo antes y ninguno había tenido éxito, pero la comida de una simple chiquilla casi lo había asesinado por intoxicación alimenticia), decidió por su propia voluntad que él se haría cargo de aquellas tareas mundanas como una forma de pagar la amabilidad de la pelinegra de dejarlo quedarse ahí. Él cocinaba, lavaba, limpiaba la casa y había limpiado y arreglado el dojo que había quedado algo destartalado tras su pelea con Gohei y sus hombres… Mientras ella entrenaba, entrenaba, y entrenaba.
La imagen del samurái limpiando la casa y cocinando resultaba bastante extraña, especialmente dado que aunque no andaba con su sakabatō por la vivienda, siempre llevaba en su cintura su wakizashi como arma defensiva en caso de emergencia (nunca se puede ser demasiado precavido siendo yo, le había dicho a Kaoru cuando le preguntó sobre ello). Si cualquiera que lo hubiera conocido durante el Bakumatsu lo hubiese visto ahora, con su arma en la cintura y lavando la ropa tranquilamente cual dueña de casa, probablemente habrían muerto de la pura impresión… O se habrían reído como poseídos hasta que él hubiese decidido hacerlos callar con una mirada endemoniada.
En uno de esos días, tan monótono como cualquiera de los anteriores, Kaoru estaba de un peor humor en el que el pelirrojo la había visto hasta ahora, y eso que sólo habían pasado siete días desde que se había establecido allí.
En toda la semana, la muchacha había intentado que sus antiguos alumnos volviesen al dojo, pero ninguno había hecho acto de aparición, cosa que irritaba a la fémina más que cualquier otra cosa.
—Esto es increíble… ¡Ninguno de ellos ha vuelto! —rezongó la ojiazul, sentada en el engawa de la casa mientras observaba con mosqueo al samurái lavar la ropa con una expresión pacífica en su rostro. Kenshin no lo admitiría, pero realizar esa acción lo tranquilizaba. Era tan diferente a portar una espada, que le daba algo de paz interior.
Él sonrió algo nerviosamente, observándola con precaución desde su posición acuclillada junto al pozo. Si había aprendido algo en esos días, era que, primero, ella no le temía en absoluto. Más les temía a las arañas que a él y su espada. Segundo, tenía un temperamento bastante explosivo, mucho más que ninguna mujer que haya conocido en toda su vida. Y tercero, dicho temperamento explosivo buscaba salidas violentas que en la mayoría de los casos llevaban a intentos de golpes de la muchacha hacia él, y que solía esquivarlos todos con relativa facilidad, cosa que la molestaba aún más.
Por un lado, las reacciones de la muchacha eran divertidas, y lograba sacarle un par de risas sinceras al samurái a costa suya, básicamente porque era algo entretenido ver lo mucho que se mosqueaba por no poder asestarle un golpe. Pero por otro, él no estaba para nada acostumbrado a tener que tratar con alguien que a cada momento quisiese golpearlo por nimiedades, y una vez que pasaba lo entretenido del asunto, comenzaba a sentir la irritación que lo picaba al tener que escapar de los golpes de la mujer.
—Debe ser porque las cosas están cambiando, Kaoru-dono. Ya no hay tanto interés en el kendo. —explicó pacientemente, para luego retroceder con rapidez un paso cuando ella, furibunda, saltó hacia él y se puso extremadamente cerca de su rostro para gritarle, centrando ahora en él su mal humor.
—¡Hablando de increíble! ¡¿Qué hay sobre tus 28 años?! ¡Eso es mentira! ¡Discúlpate y dime la verdad, Kenshin!
Él suspiró, sintiendo venir un dolor de cabeza por la voz tan alta y aguda de la mujer. No estaba habituado a tratar con esas cosas, pero tendría que acostumbrarse si quería llevar la fiesta en paz mientras estuviese por allí.
Además, en su fuero interno le divertía ver como se alteraba la chica por el tema de su edad. Le hacía gracia que ella no le creyese que tuviese veintiocho, porque sabía que aparentaba menos, pero el hecho de que hubiese participado en una guerra de hace una década hacía que la gente pensara que debía ser mayor. Pero él se había inmiscuido en la lucha a la edad de 14, por ello seguía en la veintena.
—Es mejor que 30, ¿no? —cuestionó entonces, con una sonrisa inocente y divertida hacia la chica, quien frunció el ceño profundamente en respuesta.
—Eso no es suficiente.
—Que exigente es, Kaoru-dono. —se burló, esbozando una entretenida sonrisa hacia la pelinegra.
La mujer de ojos azules gruñó en respuesta, provocando otro suspiro de parte del pelirrojo, que solo sacudió la cabeza ante su actitud. Necesitaba mucha paciencia para tratar con esa chiquilla, pero él nunca había destacado precisamente por su paciencia. Sin embargo, en los últimos 10 años había construido algo de ella, y hacía uso de toda la que tenía para lidiar con Kaoru, especialmente cuando andaba susceptible.
La irritabilidad de la mujer lo ponía a él de malas, pero trataba de ocultarlo bajo su máscara del vagabundo, obligándose a soportar el temperamento de Kaoru con una inamovible sonrisa amable. Sin embargo, esperaba de todo corazón que ella se calmase un poco y cambiase en algo su forma de tratar con él, porque si no entonces ya veía venir los problemas… o ya veía que terminaba yéndose de ahí antes de lo planeado.
—Kaoru-dono… Faltan cosas en la despensa. Deberíamos ir de compras. —La llamó con voz mansa cuando terminó de lavar y tender la ropa, enfocando su mirada violeta en ella mientras aguardaba por su respuesta, que fue cortante pero afirmativa, y en cuestión de media hora ya estaban ambos camino al mercado.
El joven samurái llevaba una bufanda violeta al cuello, usándola parcialmente para ocultar un poco la cicatriz en forma de cruz en su mejilla. Su largo pelo rojo, sujeto en una coleta alta, bailaba suavemente al viento, mientras el espadachín caminaba unos pasos por delante de Kaoru, con una expresión tranquila en su rostro, aunque se encontraba alerta, analizando todo su entorno como siempre hacía. Aquello ya se había vuelto un instinto, y lo hacía sin detenerse a pensar.
Había sido algo que era obligatorio hacer para sobrevivir en Kioto durante la guerra, pero incluso ahora, diez años después, le había resultado imposible despegarse del viejo hábito. Por ello, al encontrarse tan atento, supo instantáneamente que su acompañante lo observaba con abierta curiosidad.
"¿Por qué se convertiría en vagabundo?", pensaba Kaoru en esos instantes, viendo como el pelirrojo esquivaba a las personas que iban en dirección opuesta. "Casi todos los Ishin Shishi dejaron sus espadas y ocuparon puestos en el gobierno… ¿Por qué él no?"
Durante toda la semana, ella había evitado hablar con él de cualquier cosa que incluyese su pasado. No tanto como una forma de mostrar cortesía, sino más como una manera de demostrarle que decía la verdad cuando reclamaba que no le importaba el pasado de la gente.
Pero sentía curiosidad, era algo inevitable, especialmente después de haber analizado al samurái en ese corto período de tiempo.
Solía moverse como un gato, silencioso y tranquilo, pero siempre alerta y dispuesto a sacar las garras si era necesario. A veces era tan silencioso que ella olvidaba que andaba por ahí, y terminaba llevándose los sustos de su vida cuando aparecía en alguna habitación donde se encontrara. En serio, deberían ponerle un cascabel al cuello… Aquello había sido motivo de diversión para el pelirrojo en las primeras ocasiones que ella terminó gritando del susto, pero prontamente su amabilidad le ganó y había tomado el pequeño hábito de pisar algo más fuerte cuando estuviera cerca de ella para evitar asustarla por aparecer de la nada. Luchaba contra sus propios instintos al hacerlo, pero no le importaba realmente.
A pesar de su afable expresión y sus dulces ojos violetas, su mirada siempre estaba analizando todo, moviéndose ante cada pequeña alteración en su entorno, como si estuviera en constante búsqueda de salidas o modos de lucha en lugares cerrados. Nunca se relajaba completamente, y Kaoru había aprendido que era imposible pillarlo durmiendo en las mañanas: él siempre se levantaba antes que ella y ya tenía el desayuno preparado para cuando abría los ojos.
Por todo eso, y muchos otros detalles que había notado, no podía evitar que la curiosidad por él la consumiera, y al verse insatisfecha, se ponía de pésimo humor. Era extremadamente frustrante.
Kenshin suspiró, volteando el rostro un poco para observar a la muchacha de reojo por encima de su hombro.
—Kaoru-dono, quiere saber sobre mi pasado, ¿no? —preguntó, habiendo leído en su ki la curiosidad, y además deseando de mala gana que fuese así. Aunque no le gustaba hablar sobre su vida, en realidad no tenía problemas con responder a algunas preguntas, y además si ella quería hacerlo, entonces quizás eso significase que la mujer se estaba volviendo más cauta y que comenzaba a preguntarse qué tan buena idea era meter a un desconocido a su casa. Ella lo decepcionó al negar vehementemente esa aseveración.
—¡No, no es eso! —alzó un poco su voz y por lo que parecía ser ya una respuesta automática trató de golpearlo, otra vez, haciendo que él retrocediera hasta estar a una distancia prudencial. ¿Por qué insistía en querer golpearlo sabiendo que no lo alcanzaría?— ¡Es que no puedes andar por ahí con la espada en estos días!
Estaba mintiendo descaradamente, y supo que él se daría cuenta al instante, aunque sería demasiado amable como para señalarlo. Siempre parecía saber lo que estaba pensando de cierta manera, y no podía entender por qué o cómo lo hacía. No era tan transparente, ¿o sí?
—Ya veo. —replicó él, esbozando una pequeña sonrisa divertida por la maniobra evasiva de la pelinegra. Era una mentira, su ki se lo decía, pero esa información se la mantuvo para sí cuando alzó las manos en una posición defensiva frente a su pecho, mientras respondía a lo dicho por la morena con un retintín de burla en su voz:— Hace dos años mucha gente las usaba, y a nadie parece molestarle ahora, señorita.
—¿Y qué harás cuando venga la policía como la última vez? ¡No sabrán que es una sakabatō hasta que te arresten! ¿Y qué hay del wakizashi?
—Si eso sucede, escaparé. Sería divertido verlos intentar alcanzarme. —replicó él, con una sonrisita burlona curvando sus labios solo de decir aquello, con la imagen mental de los policías corriendo tras la imagen residual que quedaba de él cuando usaba su velocidad divina.
Eso era otra cosa que llamaba la atención de Kaoru: la aparente dualidad en la personalidad del vagabundo. Un momento era todo amabilidad e inocencia, y al otro era burlón, y divertido, aunque ella jamás admitiría diversión por las bromas del pelirrojo.
—Oh, como sea. Mejor ocupémonos de las compras. Necesitamos sal, miso, y salsa de soya. Voy por algunas verduras. —resopló ella, girándose e internándose entre las personas, sin molestarse en esperar la respuesta del samurái.
Kenshin, por su parte, tras un suspiro y un ruego interno a los kamis por más paciencia, se internó en una tienda a comprar lo solicitado por la ojiazul, echando luego sus compras en una sencilla canasta.
Al salir, buscó con la mirada a su acompañante, pero no la encontró por ninguna parte. Tras unos minutos de búsqueda infructuosa, ya estaba comenzando a irritarse por no ver ni rastros de la joven. "¿Cuántas verduras fue a buscar? ¿Y acaso fue a buscarlas a Osaka o qué?", pensó, con el ceño ligeramente fruncido, a medias preocupación, a medias irritación. Había estado buscando a la kendoka por algunos puestos de verduras por al menos diez minutos, pero ella no estaba a la vista.
Fue entonces cuando escuchó el sonido del silbato, demasiado cerca para su gusto.
Suspirando con frustración, se giró a medias para ver al oficial de policía que se había acercado a él, con un semblante algo tenso en su cara. ¿Era temor lo que sentía provenir de él?
Sí, así era. Supuso que aquel policía no estaba acostumbrado a tratar con personas que rompiesen la prohibición del porte de espadas, y temía que él reaccionase violentamente y le hiciese daño. Seguramente no sería la primera vez que algo así ocurría.
—¡Alto ahí! —gritó el policía, con la voz tan alta que los oídos del pelirrojo dolieron, haciéndole componer una mueca.—¡Estás rompiendo la ley sobre el porte de espadas!
Kenshin se volvió completamente hacia el oficial y suspiró, una vez más. "¿Se ve como si estuviera matando a alguien?", pensó para sí mismo, con una expresión carente de emociones en el rostro, mientras miraba alrededor y luego se lanzaba por un resquicio de espacio entre unas personas, empezando su huida que se vio algo dificultada por la gran cantidad de gente que había a esa hora en el mercado.
Prontamente, se vio siendo seguido por varios policías, que debido a sus números lograron cercarle el paso contra un muro. "Ahora… ¿Debería saltar como suelo hacer y huir por los tejados, o…?"
—Debo decir que admiro su tenacidad. —murmuró, con sus ojos violetas observando a los oficiales que lo rodeaban. ¿Saltar o no saltar?
Sus meditaciones tranquilas fueron interrumpidas por un ki bastante hostil y oscuro que se acercaba a su posición. Al mirar en la dirección en que provenía, vio algo que terminó de agriarle el humor. Los policías espadachines. "Cuando mi día no podía ser mejor," pensó cínicamente, mientras analizaba con la vista a los nuevos oficiales que se acercaban a él, abriéndose paso entre la multitud a base de gritos groseros, empujones y golpes, "ahora debo enfrentarme a estos tontos."
Había oído algunos rumores sobre esos policías durante sus viajes. Eran una fuerza policial de élite dentro de la policía, y eran los únicos que tenían permitido llevar y usar espadas. Sin embargo, según lo que se decía sobre ellos en las ciudades, eran un montón de bastardos sin honor que abusaban de su poder sobre el pueblo, arrestando y matando gente por cuestiones arbitrarias. Justo lo que Kenshin odiaba.
—Cap… capitán Ujiki. —saludó nerviosamente el oficial que había sido el que había dado la alarma sobre la presencia de Kenshin.
—Buen trabajo, nosotros nos encargamos ahora. Regresen al cuartel. —le respondió el ahora identificado como capitán Ujiki.
—Señor, él no está mostrando signos de resistencia, no necesitamos su ayuda. —dijo el oficial, con su ki vibrando de nervios, cosa que llamó la atención de Kenshin, que se limitó a observar la escena con los ojos entrecerrados, con repentina suspicacia sobre lo que estaba ocurriendo allí.
Para el completo disgusto de Kenshin, el capitán respondió con violencia, golpeando el rostro del oficial con el mango de su espada y enviándolo trastabillando directo al suelo.
—Maravilloso, una escoria como tú dándole órdenes a un capitán federal. Si te digo que te vayas, entonces vete. —gruñó, para luego enfocar su mirada en el pelirrojo que lo observaba con unos helados ojos azules que parecían estar repentinamente indignados por lo sucedido. "Estos son los ojos de un guerrero," pensó el policía, con una ola de emoción recorriéndolo al pensar en la pelea por venir.
—¿Qué tenemos aquí? Pareces un buen tipo. —murmuró, desenvainando su espada y moviéndola rápidamente hasta que la punta quedó a centímetros del rostro del vagabundo, para horror de la gente que los rodeada y que soltaron gritos de queja por el actuar del capitán, pero el pelirrojo ni siquiera se molestó en moverse ni un ápice, menos aún en emitir algún sonido.— Desenvaina tu espada.
Kenshin lo observó con ojos críticos, analizándolo lentamente para luego llegar a una conclusión lamentable que se hacía más común con cada pelea que tenía: aquel hombre no le duraría ni cinco minutos en un combate. Suspiró ligeramente por el pensamiento, mientras subía una mano para casualmente apartar de su rostro la katana que lo apuntaba.
No sabía si reír o suspirar de fastidio por lo previsible del resultado de cualquier pelea que tuviera con ese bufón que se creía lo máximo de la autoridad solo por portar espada.
El otro hombre, irritado en el fondo de su ser, retomó la palabra cuando parecía obvio que Kenshin no diría ni haría nada más que mirarlo con aburrimiento.
—Si llevas una espada en Tokio, en plena luz del día y frente a la policía, entonces tienes mucha confianza en tus habilidades. Vamos, ¡desenvaina!
—No tengo razón para ello. Preferiría evitar peleas inútiles. —respondió finalmente el pelirrojo, con una voz tan cargada de aburrimiento que hasta un idiota se habría dado cuenta que consideraba aquel enfrentamiento como una absoluta estupidez.
El capitán se ofendió ante la actitud del vagabundo, pero optó por no demostrarlo y solo sonrió fríamente, apoyando su espada en su hombro mientras analizaba lentamente al hombre frente a él. Pelo rojo sujeto en una coleta alta, glaciales ojos azules que lo observaban con desdén, una curiosa cicatriz en forma de cruz en la mejilla izquierda, hakama blanco y kimono azul, con una bufanda violeta al cuello. No parecía mucho, su aspecto era tan bonito que casi parecía ligeramente femenino y su estatura era tan baja que el policía estuvo a punto de tomárselo a risa. Pero llevaba una katana y una wakizashi, y eso no era motivo para reír. No solo era ilegal, sino que si además las portabas como si nada, entones claramente tenías la confianza de saber usarlas.
Por eso, el capitán estaba determinado en luchar contra aquel extraño pelirrojo.
Al separarse de su compañero pelirrojo, Kaoru se dirigió con paso tranquilo hacia los puestos de verduras, ya olvidada su frustración con el samurái y perdida en sus propios pensamientos. Pensamientos que incluían al espadachín, aunque ella lo negaría mil veces si le preguntaban sobre ello.
Tenía tanta curiosidad por él que le resultaba casi imposible dejar de pensar en el tema. ¿Por qué era un vagabundo? ¿Por qué se guiaba por el Aku Soku Zan? ¿Qué lo había hecho volverse un hitokiri? Quizás debería haber tomado la oportunidad que Kenshin le había dado para realizarle algunas preguntas sobre su pasado… Tal vez entonces estaría algo más tranquila.
Suspiró entonces, cuando el recuerdo de verlo matar a Gohei la asaltó. Sí, aquel hombre había sido un monstruo, pero en su opinión no se merecía la muerte por eso. ¿Qué habría hecho su padre? ¿Qué pensaría él sobre su actuar al invitar al hitokiri a quedarse en su casa? Probablemente estaba tan decepcionado que debía estarse revolcando en su tumba al ver la forma en que estaba deshonrando su dojo y su ideología al permitir que un asesino se alojase con ella. Pero le había resultado inevitable... Él no le había parecido una mala persona, a pesar de haber matado a Gohei sin pestañear. Quizás, si se quedaba con ella, podría hacerlo ver que estaba haciendo mal las cosas y hacerlo abandonar el camino de la sangre. ¡Sí, eso iba a hacer! Se iba a esforzar para lograr que el pelirrojo dejase de matar y se volviese a "la espada que protege".
Tan distraída estaba, que al oír el sonido de un carruaje detenerse detrás de sí, se sobresaltó ligeramente, crispándose cuando una amable voz masculina resonó a sus espaldas.
—Disculpe, señorita, ¿podría indicarme por donde se encuentra la estación de policía?
Se giró rápidamente para encarar al hombre en el carruaje, un tipo alto y que se veía importante, a juzgar por su ropa. Se quedó observándolo por un segundo antes de esbozar una sonrisa e indicarle amablemente:
—Sí, claro. Más adelante en la siguiente calle, allí doble a la derecha. No se puede perder.
—Muchas gracias. —dijo el hombre, sonriéndole amablemente a la jovencita para luego decirle a su chofer:— Ya la oyó, ¡vámonos!
"Eso fue extraño," pensó Kaoru, viendo pasmada como se alejaba el carruaje. Sus ojos azules estaban llenos de curiosidad, y sus labios ligeramente entreabiertos formaban una pequeña ′o′, dándole a su rostro un aspecto de inocente intriga. "Nunca había visto a ese señor. ¿Será nuevo en la ciudad? En fin, mejor seguiré con las compras."
Sin más, se alejó en dirección de los puestos de verduras, completamente ajena de la identidad del hombre que acababa de ayudar, y aún más del motivo por el que se encontraba en la ciudad.
El hombre, con un perfectamente recortado bigote, estaba fumando dentro de su carruaje mientras reflexionaba silenciosamente.
"¿Será cierto que te encuentras en la ciudad, Battousai Himura? ¿Será cierto que te has vuelto despiadado?", pensaba en aquellos instantes, recordando cuán grande había sido su sorpresa al oír los rumores de que Battousai estaba matando gente en una pueblo cercano a Tokio.
No los había creído en un principio, ya que conocía al pelirrojo y no era de los que mataba por placer, pero entonces más y más rumores comenzaron a aparecer. Y eso lo había hecho dudar. Aunque seguía sin creer del todo los rumores, pues el Himura que él había conocido nunca habría alzado su espada en contra de un inocente, supuso que diez años podían corromper fácilmente a una persona, incluso si era alguien que parecía tan incorruptible como aquel hombre de fuertes ideales.
"Himura…"
Al llegar a la estación de policía, bajó de su carruaje y se dispuso a entrar, yendo directo a la oficina del jefe Uramura, quien se encontraba esperándolo pacientemente.
—Bienvenido, general Yamagata. —lo saludó, inclinándose ligeramente en respeto, recibiendo por respuesta un cortés asentimiento de la cabeza del susodicho.—Por favor, tome asiento. ¿Quiere algo de té?
—Uramura-san. —contestó el de bigote más frondoso ante el saludo, asintiendo con la cabeza mientras iba a sentarse a uno de los sofás que habían en la oficina.— Me gustaría un poco de té. El viaje ha sido largo y cansado. Gracias por recibirme a pesar de que no avisara con mucha antelación sobre mi visita.
Esperó pacientemente mientras el jefe preparaba algo de té, para luego llevarle una taza humeante que aceptó con gratitud, tomando un pequeño sorbo de la caliente bebida que ayudó a aliviar la resequedad de su garganta tras el camino.
—No hay nada que agradecer. Dígame qué necesita, general. Es extraño que haya hecho un viaje tan largo para hablar conmigo. —dijo el policía, sentándose en el sofá frente al militar, dirigiéndole una mirada curiosa por encima de sus lentes mientras bebía también algo de té de su propia taza.
—Necesito que me cuente todo lo referido al caso de Battousai. No pude viajar antes por lo de Seinan, pero ya estoy aquí y quiero saber qué sucedió.
Aquello hizo parpadear con asombro al jefe de policía. ¿El general había hecho ese viaje solo para saber sobre eso? ¿El caso de Battousai? ¿Del supuesto Battousai que hacía una semana habían encontrado muerto en frente de la estación?
—Eh… Pues está muerto, señor. —dijo, sin percatarse de que el general ahora lo observaba con absoluto asombro, incapaz de creer lo que escuchaba. ¿Himura, muerto? Pero si ese hombre era casi imposible de matar… No podía ser él. Tenía que haber una explicación.— No sabemos quién pudo haberlo matado. Hace una semana lo encontramos fuera de la estación, con una nota que decía que él era el asesino serial que buscábamos. Era un monstruo enorme, de casi dos metros de altura. Tenía un profundo corte desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha. Creo que probablemente ni él supo cuando murió, debe haber sido muy rápido.
Al oír lo de la estatura del supuesto Battousai, Yamagata sintió como le volvía el alma al cuerpo. Ese no era Himura. El espadachín que buscaba podía ser descrito de muchas maneras, pero "enorme" y de "casi dos metros de altura" no eran en absoluto ninguna de esas maneras. A menos que fuera sarcásticamente, por supuesto.
Suspiró entonces, nuevamente desanimado, a pesar del alivio que había sentido al oír la descripción que desmentía la identidad del asesino. Incluso si Himura seguía vivo, no estaba en la zona, y volvía a estar sin ninguna pista sobre el paradero del ex hitokiri, que tanto había hecho por la nueva era. Quería encontrarlo, recompensarlo lo mejor posible, e incluso darle una posición en el ejército, como se merecía después de todo lo que había luchado, pero el hombre había desaparecido, y parecía que no quería ser encontrado.
Siempre que creía haberlo localizado, siempre que perseguía algún rastro que creía podía ser de Himura, se encontraba al final con un callejón sin salida, y el espadachín se desvanecía en el aire… o en las sombras, como hace tantos años atrás. El pelirrojo era un experto en eso, y en permanecer fuera del radar del gobierno.
—Ese no es Battousai. Era un impostor, como tantos otros. —dijo al fin, alzando su mirada hacia el oficial que se le quedó mirando con la boca abierta por la sorpresa. Aquello divirtió al general, pero no se permitió ni siquiera sonreír. Se mantuvo serio mientras hablaba, con ojos oscuros e insondables.— El verdadero Battousai es de baja estatura, mucho más que la mayoría de los hombres.
—Pero… el asesino mató a quince personas, 6 civiles y 9 policías, en solo dos meses. Y se reía mientras lo hacía, llamándolos débiles a todos. —protestó Uramura, con voz algo débil, obteniendo por respuesta un breve resoplido del general del ejército, que si tenía alguna duda sobre la identidad del asesino, ahora ya no tenía ninguna. Aquel hombre no era el verdadero Battousai.
—Himura puede matar a 5 hombres con solo un ataque. ¿Cree que le habría tomado dos meses matar a quince personas?
El policía tragó en seco por esa información, temeroso a pesar de que en realidad pensaba que el general estaba exagerando. Sí, había oído los rumores sobre la formidable reputación del asesino más importante del Bakumatsu, pero nunca había creído realmente esos mitos. Ningún ser humano podía matar a cinco hombres con solo un golpe, ¿cierto? Quizás, de ser así, era cierto que ese hitokiri era un demonio. El demonio de Kioto.
—Sin embargo, sabiendo que civiles murieron, me basta para confirmar que ese no era Battousai. A pesar de todo, él no es la clase de persona a la que le gusta demostrar su fuerza. Por supuesto que mató a muchos, no sería un hitokiri de otra forma, pero nunca le gustó hacerlo. Él nunca mató por motivos personales, solo lo hizo en nombre de la nueva era. Su espada salvó las vidas de muchos Ishin Shishi. —informó Yamagata, pensando en el educado y reservado joven que una vez conoció, aquel que parecía destruido por tantas matanzas, aquel que parecía desgraciado por la vida que llevaba, y que sin embargo nunca se quejó.
Suspiró, sacando de su bolsillo un cigarro para encenderlo y comenzar a fumar, mientras su mente vagaba en los recuerdos de esos años, y en específico, de ese hombre pelirrojo, de ese joven tan maduro que se había visto obligado a crecer demasiado rápido para poder llevar paz al país, para poder crear una nueva era en que la gente pudiera ser feliz.
Esa razón, ese ideal, además de la carencia de ambición mostrada por Himura, había sido el motivo por el que nadie (o al menos nadie importante) había insistido en que el hitokiri fuese asesinado como tantos otros lo habían sido. A pesar de que sabía mucho, quizás muchísimo más que cualquier otro asesino del Ishin Shishi dado lo largo de su carrera como tal, aun así no se había pedido su muerte. Lo querían bajo control, sí, pero no muerto exactamente.
—¡Jefe! ¡Jefe, es terrible! ¡Hay problemas! —gritó en ese momento un policía, abriendo la puerta de la oficina de golpe y sacando con brusquedad al general de sus pensamientos.
Yamagata parpadeó, fijando su insondable mirada en el joven policía que acababa de irrumpir por la puerta, sudando y en un claro estado de agitación, que hizo que las cejas del general se alzaran en intriga.
—¡Imbécil, tenemos un invitado! ¿No puedes tocar la puerta antes de entrar? —exclamó Uramura, levantándose del sofá con violencia y acercándose a su subordinado con un semblante de pocos amigos en el rostro.
El susodicho invitado, con un suspiro, se levantó también de su asiento y se giró para encarar al policía que había interrumpido su conversación. Por un instante, pensó en irse de inmediato, pues si había problemas que requirieran la atención del jefe, entonces ya no tenía nada que hacer ahí. Ya había averiguado lo que necesitaba, y nuevamente se iba con las manos vacías. Pero desechó la idea prontamente y prefirió esperar un poco para curiosear cuál era el problema. Quizás podría ser necesaria su ayuda.
—Me disculpo, señor. Pero es la policía armada. —respondió el pobre policía, bajando un poco la cabeza por la vergüenza de haber interrumpido de esa manera la reunión de su superior.
Sin saberlo, sus palabras atrajeron la atención y la curiosidad del militar que se encontraba en la sala, quien observó la escena en silencio por unos instantes, esperando para entender qué es lo que sucedía allí.
—¿Ujiki otra vez? —gruñó Uramura, que repentinamente parecía extremadamente cansado solo de mencionar aquel nombre. Ese capitán no le había traído más que problemas desde que había llegado a la ciudad con su grupo.
—¿Policía armada? —cuestionó Yamagata, con una ceja alzada en curiosidad. No había oído sobre eso, y por alguna razón le causaba un mal presentimiento lo que estaba ocurriendo. Desde que se había decretado la prohibición de las espadas, no mucha gente tenía permitido usarlas. Solo algunos de la milicia, y funcionarios de alta importancia. Por ello, lo preocupó que ahora escuchase sobre una policía que portaba espada. Pero era aún más preocupante que no se hubiese enterado antes.
—Son un grupo de élite, formados en Tokio. Son muy violentos, su capitán proviene de Satsuma.
Oh. Satsuma. El general suspiró otra vez, entendiendo parte del problema que ocurría solo de oír aquellas cortas frases.
—Ya veo. Ellos suelen ser muy arrogantes. —dijo, a lo que el jefe de policía no pudo más que hacer un sonido bajo en acuerdo a sus palabras, incapaz de negar tal afirmación.
Mientras escuchaba lo que conversaban los policías, Yamagata se encaminó hacia su capa que había dejado colgada en la puerta, tomándola y comenzando a colocársela. No tenía nada más que hacer allí, y no era un problema tan grave como para que requiriese su intervención, por lo que se estaba preparando para irse.
—¿Qué han hecho esta vez?
—Están luchando en el mercado… contra un solo hombre. —informó el policía, que solo de decir aquellas palabras parecía incrédulo. No había sabido nunca de un hombre que pudiese luchar con un oficial de la policía armada, y menos aún uno que luchase contra todos ellos.
—¡¿Qué?! ¡Eso es ridículo! ¡Han sido escogidos de los mejores cuarteles! —exclamó el jefe, bajo la atenta mirada de su subordinado y del general cuya curiosidad nuevamente había sido despertada.
—¡Le digo la verdad, señor!
—No puedo creerlo, ¿quién es ese hombre?
—No lo sé, señor. Es de baja estatura, pelirrojo, —ante eso, el general detuvo lo que estaba haciendo, quedando repentinamente paralizado con su sombrero en la mano y los ojos muy abiertos enfocados en el policía que se encontraba hablando.—… Se mueve a gran velocidad… Oh, y tiene una cicatriz en forma de cruz en la mejilla izquierda.
—¡Himura! —exclamó Yamagata, antes de salir corriendo en dirección de la puerta, para luego salir disparado a toda velocidad por el pasillo, mientras el jefe de policía, tras un minuto que le tomó salir del shock que oír aquel nombre le produjo, se apresuraba a seguirlo hacia su carruaje.
Tenían que detener la pelea antes de que ocurriese algo terrible que lamentar. Ambos hombres subieron al carruaje, sin detenerse a darle explicaciones a nadie, mientras el general le daba órdenes al chófer de dirigirse al mercado.
En cuestión de minutos, se dirigían hacia el mercado a toda velocidad, y en el caso de Yamagata, con el corazón pesado dentro del pecho. "Himura, ¿te has vuelto un bandido? ¿Te has corrompido en serio?" pensó, incapaz de entender el motivo por el que el pelirrojo estaría peleando en contra de la policía y a plena luz del día, dónde todos podrían verlo. "Por favor, que llegue a tiempo."
—¿Está seguro de que este hombre pelirrojo es el Battousai Himura, general Yamagata? —cuestionó el jefe Uramura tras unos minutos de silencio, enfocando sus ojos cubiertos por los lentes en el hombre frente a él. En el fondo, temía por la vida de los policías, incluso si eran un grupo que daba más problemas de los que solucionaba. No quería verlos muertos. Ni tampoco quería tener problemas con el verdadero Battousai, especialmente si era cierto lo que el general había dicho sobre su habilidad para matar.
—Completamente. Esa descripción es única.
—¿Los matará?
—No lo sé. En realidad, depende de lo que haya pasado. —respondió sinceramente, con un pequeño suspiro escapando de sus labios. Se preguntaba cuál sería el motivo que habría hecho que el rōnin se decidiese a luchar contra la policía en plena luz del día. Y es que tenía que haber un motivo… No podía ser así porque sí, Himura no actuaba de manera tan impulsiva. O al menos, no lo hacía antes, y esperaba que siguiese siendo igual.
Kaoru, después de haber ayudado al extraño desconocido en el carruaje, se había dirigido a unos puestos de verduras algo alejados del centro del mercado y estaba revisando un par de nabos que quería comprar, cuando oyó un fuerte bullicio que le llamó de inmediato la atención, haciéndola alzar un poco la cabeza.
—¿Eh? ¿Qué estará pasando? —se preguntó en voz alta, sin esperar realmente a que alguien le contestara, pero agradeció internamente cuando recibió la respuesta de parte de un caballero que se encontraba pasando a su lado en aquel momento.
—Es la policía, parece que encontraron a un tipo llevando una espada.
La ojiazul perdió todo el color de su rostro al oír la información. ¿Un tipo con espada? Solo había un tipo que osaba andar con su arma en aquellos días y a esa hora, y que sería capaz de causar tal alboroto como el que podía escuchar… y ese era el pelirrojo que se alojaba en su dojo.
—Oh, no… Kenshin.
Sin detenerse a pensarlo, dejó caer los nabos donde estaban antes y rápidamente salió corriendo en dirección del tumulto, esquivando lo mejor que pudo a la gente que le impedía avanzar, mientras llamaba el nombre del samurái en voz bastante alta esperando que él respondiese para poder ir en su dirección, pero no obtuvo ninguna respuesta más que malas miradas de parte de las personas que la rodeaban.
Siguió corriendo cada vez más preocupada, hasta que finalmente luego de unos minutos pudo ver al pequeño pelirrojo. Estaba contra una pared, con una actitud aparentemente relajada a pesar de que un hombre con espada estaba delante de él, apuntándolo con la hoja.
Sin embargo, la frialdad de los ojos ahora azules del samurái le indicaron a la muchacha que él estaba lejos de estar tan tranquilo como parecía. Se veía francamente irritado, y aquello angustió a la chica. No quería verlo matar otra vez, y menos frente a tantas personas.
Y, lo peor, fue que Kaoru reconoció al hombre y su grupo al instante. Los policías espadachines. Se puso tensa, deseando en silencio tener su bokken consigo, pero no se detuvo y siguió acercándose hacia el vagabundo, gritando su nombre con voz preocupada:
—¡Kenshin!
Ujiki, nada más oír el grito femenino, sonrió con maldad al ver a la bonita jovencita que se acercaba a su posición, llamando a voz en cuello un nombre y observando con temor al pelirrojo.
—Oh, ella debe estar con el señor buena gente de aquí. —dijo con un tono burlón, antes de hacerle una señal a sus hombres.
—¡No se acerque, Kaoru-dono! —gritó Kenshin, pero fue demasiado tarde, pues antes de que la joven pudiese registrar lo dicho por el pelirrojo, dos espadas portadas por dos de los policías del grupo zumbaron por encima de su cabeza, cortando la cinta que sostenía su cabello y haciendo que este cayese libre por su espalda, obteniendo un jadeo estrangulado de parte de la ahora aterrada muchacha, que repentinamente se paralizó a medio paso.
—Lo siguiente será su kimono. —le dijo Ujiki al samurái, con una sonrisa de maldad en su rostro.— ¿Vas a desenvainar ahora?
Aquella acción hizo reaccionar con fuerza a la gente del pueblo, que se acercaron para defender tanto a la joven como al espadachín, cosa que sorprendió un poco a este último, que observó pasmado como la multitud se acercaba a alegar entre gritos con los policías.
—¡Tirano!
—¡Corrupto!
—¡Deja tranquilo al pelirrojo! ¡No le ha hecho nada a nadie!
—¡Ella tampoco hizo nada!
—¡Es suficiente! ¡Déjenlos en paz!
Kenshin los miró con sorpresa, pero Ujiki no parecía en absoluto impresionado por el actuar de la gente. Una repentina sensación nauseabunda de su ki le advirtió al pelirrojo que el hombre estaba a punto de hacer algo absolutamente reprochable, pero antes de que pudiera decir una palabra, el capitán habló con una oscura sonrisa en sus labios:
—Ah, el público está gritando. Esto es una obstrucción a la justicia. Arréstenlos a todos, y maten a los que se resistan.
La multitud, al oírlo, salió despavorida soltando fuertes gritos de terror, pero antes de que los policías pudiesen llegar a atacarlos, el penetrante sonido metálico de una espada al ser desenvainada resonó en el mercado, deteniendo en seco los movimientos de todos los que allí se encontraban.
Kenshin ya había perdido la paciencia. No estaba dispuesto a permitir que eso se saliera aún más de control. Con una mano sujetando su espada, y con la otra sosteniendo la vaina, el espadachín se puso en una postura relajada pero lista para actuar.
—No toquen a Kaoru-dono… Ni a estas inocentes personas. —espetó el ahora extremadamente irritado espadachín, cuyos ojos resplandecían de un gélido tono azul que presentaba ligeros destellos de ámbar a medida que sus fuertes emociones comenzaban a resquebrajar las máscaras que utilizaba para mantenerlas controladas.— Si quieren un contrincante, me tienen a mí, pero no les aseguro que salgan con vida.
Ujiki sonrió con malicia al darse cuenta de que finalmente había conseguido la reacción que quería de parte del rōnin.
—No creo que haya mucho que puedas hacer con esa sakabatō. ¿Acaso has olvidado como matar? Cuando un espadachín no mata en un tiempo, pierde la práctica. En fin… si te mato ahora, puedo alegar legítima defensa. —dijo con voz burlona, poniéndose en una postura defensiva con su espada, lamiendo suavemente la hoja de metal con un gesto tan arrogante y teatral que a Kenshin se le antojó de mal gusto y tuvo que luchar contra las ganas de poner los ojos en blanco. "Idiota," pensó, manteniendo su espada en una postura que le permitía pasar rápidamente de la defensa al ataque. Realmente, parecía que últimamente se enfrentaba solo con idiotas.
Mientras ambos hombres se miraban con ojos fríos, midiéndose mutuamente, los subordinados del capitán rodearon al pelirrojo, todos con sus espadas desenfundadas, para el completo pánico de Kaoru que trató de acercarse, pensando en que aquellos hombres no eran nada parecidos a los matones de Gohei. Ellos tenían entrenamiento. Eran los mejores hombres entre los policías.
—Dije que no se acerque, Kaoru-dono. —espetó Kenshin al leer sus intenciones, disparándole una mirada ardiente de color oro que la detuvo en el acto, haciéndola retroceder algo temblorosa. ¿Esa era la mirada que asustaba incluso más que la espada de Battousai? Pues de ser así, entendía por qué era legendaria…
Ujiki miró la escena con diversión malsana, con una sonrisa maliciosa curvando sus labios. La mirada del samurái era aterradora incluso para él, sí, pero su entrenamiento no le permitía demostrarlo ni retroceder ahora que había logrado su objetivo. Por ello, se limitó a esbozar una sonrisa que mantuvo a base de fuerza de voluntad cuando los airados ojos dorados del pelirrojo se voltearon hacia él.
—¡Ataquen! —les ordenó a sus hombres, sin dejar de sonreír.
Entre risas, los policías se lanzaron sobre el espadachín, seguros de su victoria. Su ataque en grupo fue propio de los cobardes, pero ni siquiera los números les ayudarían en esa batalla. Era demasiado lentos, y carecían de la habilidad necesaria para enfrentarse en combate con el espadachín. Su convicción de vencer pronto se desvaneció, cuando el samurái con el rostro carente de expresión y ya con un plan en mente, atacó con precisos movimientos de su espada y una velocidad que lo hizo invisible a los ojos de los que lo observaban. En menos de quince segundos, hizo caer al piso a los hombres, que habían soltado sus espadas y ahora sostenían sus brazos con absoluto dolor. Ya no reían, sino que veían al pelirrojo con completo horror, soltando al mismo tiempo bajos quejidos de dolor por los pequeños cortes que presentaban en las extremidades. Aparentemente, Kenshin había girado un poco su espada al atacar, usando parte del filo para lo que había pretendido hacer.
—He roto sus brazos y muñecas, además de cortar algunos de sus tendones. No creo que puedan volver a usar una espada jamás. —musitó Kenshin en voz baja y peligrosa, apartando con desprecio su mirada ámbar de los caídos para luego enfocarla en el capitán que lo observaba con los ojos anchos de asombro.— Y ahora solo quedas tú.
Mientras el policía y el espadachín se observaban, Kaoru se percató de que el carruaje que había visto antes se acercaba a toda velocidad por la calle, deteniéndose a un par de metros de ellos. De él, descendieron el jefe de policía y el hombre de bigote que había visto antes.
—¡Himura! —gritó el último, acercándose un poco, pero Kenshin ni siquiera le dirigió la mirada. Estaba más concentrado en la escoria de hombre que tenía delante.
Yamagata, asombrado por la escena que tenía en frente, se quedó quieto para observar lo que sucedería ahora, esperando que aquello no terminase en matanza. Ya había notado que el resto de los oficiales, aunque estaban heridos, no iban a morir por ello, y aquello relajó un poco al general. Himura no había enloquecido por la sed de sangre ni mucho menos. Ahí había habido una razón para que él atacara, y no tardaría en averiguar cuál era.
—Esto se acabó. —expresó en aquel momento el pelirrojo, con una mirada de desprecio hacia el capitán de la policía que ahora parecía algo nervioso. Con un gesto tranquilo, apoyó su espada en el hueco de su codo, mientras se giraba un poco para observar de reojo a su oponente.— Espero que nunca más vuelvan a atacar a la gente del pueblo. Si te disculpas con la gente por tu comportamiento, podemos dejar el tema aquí, y te permitiré llevarme preso por atacar a un oficial, si quieres.
"Así que fue eso," reflexionó Yamagata, con el alivio inundándolo completamente. Himura había reaccionado para proteger a la gente del pueblo del abuso de poder de aquellos policías. Ese si era el espadachín que él conocía, y no parecía haber cambiado realmente en todo ese tiempo. Se veía prácticamente igual que hace diez años, aunque algo en su postura parecía más relajada que antes. Quizás era el hecho de ya no estar en guerra, y ya no tener que actuar como hitokiri, pero su actitud había variado un poco. Lucía más tranquilo, y no tan en el borde como en el Bakumatsu.
—Tonterías. Esto aún no ha terminado. —gruñó Ujiki con los dientes apretados, molesto por la actitud de su contrincante, colocándose en una postura que al reconocerla, alteró a Kaoru.
—¡Eso es el Ninotachi, del Jigen Ryu, la mejor escuela de Satsuma! —exclamó la ojiazul, ansiosa por el bienestar del pelirrojo que no parecía en lo absoluto preocupado.
—¡Detente, Ujiki! ¡Ese hombre es…!
Al mismo tiempo, el jefe de policía, tras comprobar que los lesionados estuviesen vivos, había gritado a Ujiki que se detuviera y trató de advertirle de la identidad de su contrincante, pero su voz se terminó por perder en el bullicio de la multitud. Y de todas formas, aunque el capitán lo hubiese escuchado, no le habría hecho caso. Estaba furioso con el samurái, y quería destruirlo allí y ahora.
—Tonto. —murmuró Yamagata, viendo como el capitán atacaba, fallando en el intento, y se quedaba con una gran abertura que sabía que Kenshin aprovecharía antes de que pudiesen parpadear. Y efectivamente, el samurái tras resoplar ligeramente por lo previsible del ataque y esquivar el golpe lateral con facilidad, saltó fuertemente y cayó sobre el oficial, usando el lado romo de su sakabatō para hacer caer al hombre con un golpe tan potente en la espalda que probablemente había destrozado su columna en el proceso. Aquel individuo nunca podría usar una espada nuevamente. Suerte tendría si incluso sobrevivía y podía volver a caminar alguna vez.— El Jigen Ryu es fuerte, pero no es nada en contra del Hiten Mitsurugi-ryu.
Kenshin envainó su espada antes de girarse hacia los espectadores, con sus ojos aún de un duro tono dorado, aunque este se ablandó y se oscureció hasta ser azul violáceo al enfocarse en la muchacha que lo hospedaba cuando esta se lanzó hacia él con una expresión de preocupación en su rostro.
—¡Kenshin! ¿Te encuentras bien? —cuestionó Kaoru, mirándolo de arriba abajo en busca de lesiones, aparentemente olvidándose de que todos sus contrincantes yacían en el suelo heridos, para la ligera diversión (y repentino cariño) del mencionado. Aquella chica era infantil y violenta, pero también era amable y cálida con él, y tenerla cerca era un refrescante cambio para el estilo de vida que el samurái había llevado en los últimos años.
Estaba a punto de asegurarle que se encontraba perfectamente, cuando fue interrumpido por los repentinos gritos de gozo de la multitud que se acercó a rodearlos a ambos, para completo shock del vagabundo que se paralizó por el repentino arroyo de felicitaciones de parte de la gente del pueblo.
—¡Eso fue genial, hermano!
—¡Sí! ¿De dónde eres?
—¡Gracias por la ayuda!
—¡Deberías venir con nosotros a beber algo!
El rōnin rió nerviosamente, relajándose lentamente y con sus ojos tornándose completamente de color violeta ante la efusividad de las personas que lo rodeaban. Una gotita de sudor se formó en su nuca cuando la pobre Kaoru terminó estampada contra su pecho debido a los empujones que le estaban propinando, y ella en lugar de enfurecerse por ello como él habría esperado, sólo se sonrojó profusamente por la repentina cercanía. "Vaya, ella tiene reacciones normales de una chica," pensó el espadachín con diversión.
Fue entonces, mientras miraba con entretención a la joven, y a la vez trataba de evitar que la gente los aplastara, cuando sintió el destello de diversión en un ki que se le hizo conocido, aunque no pudo precisar a quién pertenecía, probablemente por el tiempo que había pasado sin sentirlo.
Volteó un poco su cabeza, para poder fijar sus anchos ojos violetas, (de aspecto inocente aunque cualquiera que lo conociera se daría cuenta del engaño), en la persona que lo observaba con una pequeña sonrisa desde el borde de la calle.
—¡Himura! —lo llamó el hombre, cuando notó que tenía sobre sí la atención del samurái.— Al fin te encontré. Te he estado buscando por 10 años.
Kenshin lo observó por unos instantes, para luego esbozar una sonrisa amable, aunque algo distante y apenada. Repentinamente sintió que estaba de regreso diez años en el tiempo, frente a uno de los hombres que había conocido en la revolución.
—Se ha dejado crecer el bigote, Yamagata-san.
Kenshin no podía creer su suerte. Después de tanto tiempo evitando encontrarse con alguno de sus compañeros del Bakumatsu, era increíble que lo hiciera ahora, en la primera pausa medianamente larga que había hecho en su viaje en más de diez años.
Cuando había abandonado la guerra, él había planeado nunca más encontrarse con ellos. Sabía que conocía demasiado, su conocimiento era más peligroso que su espada para muchas personas del gobierno, y probablemente habría hombres en altos cargos que lo querrían muerto por ello, eso sin contar el temor que le tenían. Por eso se había vuelto un vagabundo, para poder escapar del punto de mira de los políticos.
Durante una década entera, había vagado por medio Japón y evitado que lo encontrasen, y ahora… cuando solo llevaba siete días alrededor de la zona, ya se había encontrado con uno de los hombres importantes del gobierno Meiji que lo conocía moderadamente bien. Quizás era una señal divina de que debía abandonar Tokio pronto.
Sin embargo, al menos era Yamagata, y no algún imperialista que se hubiera corrompido en ese tiempo. Por último, respetaba a aquel hombre, no como a otros que podría ponerse a mencionar y no terminaría ni en otros diez años, y que sólo de pensarlos le daban ganas de bufar con desprecio.
—Me gustaría hablar con el señor Himura en privado. —expresó el militar tras un momento de silencio en que él y Kenshin simplemente se observaron con claro respeto mutuo, midiéndose el uno al otro, buscando las diferencias que el paso del tiempo había dejado en ambos.
Ante la sutil petición para dispersar a la muchedumbre, el jefe de policía llamó a algunos oficiales que se encargaron de alejar a la gente, entre gritos de protesta de estos y peticiones hacia Kenshin para que los defendiera, quien los observó por un segundo, atónito y con una gotita de sudor en la nuca por su actitud.
Prontamente, gracias a los esfuerzos de la policía urbana para alejar a los curiosos, en la zona no quedaba nadie más que el pelirrojo, Yamagata, el jefe de policía y Kaoru.
Esta última, para evitar que la alejaran del vagabundo como a todos los demás, se sujetó de la manga del kimono del pelirrojo, mientras observaba al recién llegado con los ojos como platos, con los pensamientos revueltos por el nombre que Kenshin había pronunciado. "¿Yamagata? No puede ser… El general de la unidad más poderosa del ejército del emperador… El Ishin Shishi Yamagata Aritomo."
Kenshin, en tanto, completamente ajeno a los pensamientos de la chica que se había anclado a su lado, no apartaba su mirada del general de ejército, con algo de cautela en lo profundo de sus ojos violetas. El hombre parecía genuinamente alegre de verlo, de encontrarlo finalmente, al menos eso le decía la lectura de su ki, pero el samurái tenía sus sospechas sobre el motivo de la búsqueda y de la alegría del imperialista. Y algo le decía que no le iba a gustar como iba a terminar el asunto.
—Ven, Himura. El carruaje está esperando, tenemos un montón de cosas que hablar. Muchos han esperado tu regreso al servicio del emperador. —expresó el general, extendiendo su mano en invitación hacia el pelirrojo.
El espadachín suspiró, observando la mano extendida del militar por unos segundos, con un gesto reflexivo en el rostro. Lo que estaba por decir no le iba a gustar al militar, y menos aún a quienes seguramente estaban detrás de su propuesta.
No estaba seguro de cómo debía proceder para enfrentar la situación. No quería ser grosero si no había necesidad de serlo, ni tampoco quería ofender a uno de los generales más poderosos del país, pero de alguna manera, sea cual fuera, iba a dejar en claro de una vez por todas su decisión de mantenerse al margen del gobierno.
—Me disculpo, Yamagata-san. —expresó tras unos minutos con una expresión calmada, observando como los ojos del mencionado se ampliaban en asombro al darse cuenta de que estaba rechazándolo de plano.—No planeo convertirme en hitokiri para el emperador de nuevo. No voy a volver, discúlpeme. No quiero que me den un puesto en el gobierno en retribución a mis asesinatos.
Sí, el seguía matando cuando era necesario, esa era la filosofía del Aku Soku Zan después de todo, destruir el mal inmediatamente. Sí, seguía luchando y portando una espada, y con sus habilidades tan afiladas como siempre, o quizás incluso más afiladas con el entrenamiento de diez años. Pero se negaba con todo su ser a caer de nuevo en el agujero oscuro y frío que es la vida de un asesino de las sombras. No importaba que le dijese el militar, él no iba jamás a volver a actuar en ese papel de nuevo.
Se negaba a volver a tomar vidas solo porque se lo ordenaban. Se negaba a matar a alguien que quizás no había hecho nada más que sólo pensar diferente. Se negaba a ser un títere en las manos de los líderes políticos.
Él solo aplicaría su justicia, mataría el mal, pero nada más. No obedecería órdenes como un cachorro amaestrado. Después de todo, no tomar vidas inocentes… Era lo único que podía hacer realmente para honrar su promesa de no volver a matar después de la guerra. Sólo esperaba que a ella le bastara, y que lo perdonara por seguir manchando sus manos de sangre.
—Himura, tus asesinatos solo fueron por el bien de la revolución. —protestó Yamagata.— No te preocupes por eso. Es cierto que hay personas que odian a Battousai, y que te toman por un asesino despiadado, pero puedo arreglarlo.
—¿Cómo? ¿Enviando a la policía armada para que los repriman? —intervino el samurái, con una expresión amable a pesar del claro shock en el rostro del otro hombre que lo observaba con los ojos repentinamente amplios, aturdido por el ligero reproche que oyó en las palabras del pelirrojo.— Pensar de esa manera nos hace arrogantes, tal como a ellos.
Dirigió su mirada hacia una carreta en la que algunos policías se estaban llevando a los matones armados que él acababa de derrotar. No eran más que idiotas a los que les habían pasado un juguete con el que les dijeron que podían jugar, solo que el dicho juguete era un arma peligrosa, especialmente en las manos equivocadas. En ese instante, estaban inconscientes y quejándose de dolor entre sueños, pero con vida. No había querido matarlos frente a la multitud, ni tampoco terminar en la cárcel por asesinar a funcionarios públicos, incluso si eran unos abusadores como ellos. Por eso se había reprimido en sus ataques.
—Es el poder y la impunidad lo que crea hombres déspotas como ese cuerpo de policía. —señaló, endureciendo el tono y los ojos, que repentinamente eran tan fríos como lo habían sido hace diez años en las calles de Kioto, mientras observaba al hombre mayor frente a él con recriminación sin adulterar.— Nosotros no luchamos en la guerra para alcanzar el poder ni la gloria. Lo hicimos para ayudar a construir una era donde los conceptos de paz y felicidad fueran un hecho. Si nos olvidamos eso, entonces no somos más que unos hipócritas.
Tras eso, Kenshin se giró, acercándose hacia la canasta con los víveres que había dejado en el suelo antes de enfrentarse a los policías. Se inclinó para recogerla, queriendo dejar el encuentro con el militar hasta allí antes de que dijera algo que pudiera alterar más a Kaoru, cuyo ki parecía algo ansioso por lo que estaba sucediendo, pero Yamagata no había terminado aún.
—Himura, los tiempos han cambiado. En la era Meiji los samuráis no tienen cabida. Han perdido sus privilegios y está prohibido que lleven espadas. No puedes seguir llevando espada a menos que seas parte del Gobierno, y tampoco puedes matar como método de justicia. La espada ya no sirve para nada. Pero si vuelves al servicio podrás seguir portándola. —argumentó el general, observando la espalda del pelirrojo, esperando que de alguna manera sus palabras fuesen escuchadas por él.
Eso detuvo de golpe al rōnin. Lo dicho por el general le sonaba a un bajo intento de hacerlo entrar al servicio del emperador, y no le gustaba en absoluto que quisiesen manipularlo. Silenciosamente, con movimientos casi depredadores, se giró un poco para enfrentar su mirada nuevamente dorada con la del general, que se estremeció un poco al ver aquellos ojos fríos y asesinos, que parecían arder con ira por la tentativa de chantaje.
Yamagata nunca había temido por su vida cuando se trataba de Himura, pues siempre habían estado del mismo lado. Sin embargo, en esta ocasión, al enfrentarse a su colérica mirada, entendió que había pasado una línea, y también comprendió por qué aquel hombre era tan temido, más allá de su habilidad inigualable con la espada.
—Con mi espada, protejo a la gente que me rodea. —gruñó en voz baja, colocando una mano sobre el hombro de Kaoru, que se sonrojó un poco ante el contacto inesperado. "Demonios, es muy atractivo cuando se enoja", pensó la chica algo aturdida, observándolo con unos anchos ojos azules que brillaban tanto de admiración como de temor por la furia que podía ver en la mirada ambarina.— Con mi espada, protejo a los inocentes de abusadores como esos policías. Con mi espada, protejo esta época de paz de aquellos que quieren destruirla. Y creo que hago un mejor trabajo que el gobierno en ello.
La voz del pelirrojo era profunda y ronca, completamente llena de ira fría, y su mirada permanecía clavada en la del otro hombre que lo observaba pálido y con los ojos como platos, atónito por lo que escuchaba.
—No he cambiado realmente desde el Bakumatsu, Yamagata-san. Un hitokiri es un hitokiri hasta la muerte. Lo único que cambia, es que ahora soy libre, y la sangre en mis manos es mucho menos que en aquellos días. Y no quiero volver a ser el subordinado de nadie.
Sin otra palabra, el pelirrojo equilibró la cesta con la comida en uno de sus brazos. Soltando el hombro de su acompañante, y haciéndole una seña a Kaoru para indicarle que ya era hora de irse, se terminó por voltear para emprender el camino.
La chica, extrañamente silenciosa, solo asintió en aceptación, no queriendo enfrentarse nuevamente con los fríos e iracundos ojos dorados del guapo pero peligroso samurái que aún estaba luchando por calmarse después de lo dicho por el general. Obediente, caminó detrás de él, apenas dirigiéndole una última mirada ansiosa al hombre que dejaban atrás.
El general se quedó mirando la espalda del samurái alejándose de él en compañía de la jovencita, y repentinamente lo asaltó una sensación como si aquella fuera a ser la última vez que vería a aquel pelirrojo. Una pequeña punzada de nostalgia lo golpeó de improviso. Era como estar de nuevo diez años atrás en el tiempo, cuando se enteró que el hitokiri más importante del Ishin Shishi había abandonado su espada tras la batalla de Toba-Fushimi, y con ella también había dejado la guerra. En aquella ocasión, no lo había visto alejarse y dejar su pasado atrás, pero la sensación era prácticamente la misma. La imagen de la espalda del joven alejándose, con sus cabellos rojos atados en su típica coleta alta en la cabeza, y la katana y el wakizashi en su obi, sería una escena que probablemente permanecería grabada siempre en su retina.
Un suspiro escapó de sus labios al mismo tiempo que bajaba la cabeza con algo de resignación, cerrando sus ojos momentáneamente. No había nada que pudiera hacer para convencer a Himura de aceptar su oferta. Él era demasiado testarudo cuando se le metía algo en la cabeza.
—Jefe Uramura, —murmuró, llamando la atención del policía que, al igual que él, había estado observando al rōnin alejándose de ellos.— Creo que, a juzgar por la reacción de la gente, es obvio quien tuvo la culpa del enfrentamiento de hoy.
El policía asintió con la cabeza, para luego volver a enfocar su mirada en la joven y el pelirrojo que ya estaban doblando por una calle, desapareciendo de su vista.
—Creo que podemos hacer caso omiso de su espada, y de cualquier actividad que tenga siempre y cuando sea discreto y justo. —murmuró, no queriendo decir en voz alta la palabra "asesinato". La verdad, sospechaba que aquel hombre podía encargarse de algunos problemas en la ciudad mejor incluso de lo que podría hacerlo la justicia formal.— Cuando escuché lo que me dijo sobre Battousai, pensé que era un hombre maníaco y brutal. Pero él… es diferente. Peligroso, sí, tal como pensé… pero no es malvado ni sediento de sangre.
A Kenshin le tomó algunos minutos calmarse lo suficiente como para poder colocar en su lugar su máscara del amable vagabundo, y con ello hacer que sus ojos se oscurecieran hasta ser violetas.
Mientras Kaoru terminaba de comprar las cosas en algunas tiendas del mercado, él mantuvo la cabeza inclinada para que su flequillo ocultase su mirada, evitando de esa manera que alguien viese el ámbar de sus iris. No quería preocupar a nadie más de lo que lo había hecho.
Sabía que su reacción había asustado a Kaoru, pero no pudo evitarlo, por mucho que lo había intentado. Odiaba que lo manipularan y lo chantajearan. Claro, en el pasado había permitido que lo usaran, que lo consideraran un arma para la revolución, pero ahora ya había pasado mucho tiempo desde que había abandonado el Ishin Shishi, y no estaba dispuesto a permitir que alguien tratara de obligarlo a hacer algo que no quería de cualquier forma posible. No planeaba servir a un gobierno con personajes tan corruptos como los del gobierno anterior.
Algunas veces, mientras viajaba y veía u oía a la gente quejarse del gobierno Meiji, sentía una fuerte oleada de vergüenza por haber sido uno de los que había ayudado a instaurar el régimen. Pero ya no había nada que pudiera hacer para cambiar las cosas, a menos que quisiese impulsar otra guerra, cosa que resultaría peor para Japón.
Por ello, cada vez que veía a alguien que necesitaba su ayuda, él la ofrecía libremente. Era lo único que podía hacer para mejorar las cosas, después de todo. Eso, y eliminar a las ratas que se topaba y que trataban de dañar la paz de los inocentes.
Tras unos momentos de reflexión en su camino a casa, en los que no se escuchó más que el sonido de sus pasos y los de Kaoru en la tierra, él finalmente logró recuperar la calma suficiente para poder hablar con la joven que lo seguía silenciosa, un par de pasos por detrás de él.
—Lo siento mucho, Kaoru-dono. —expresó, con una expresión levemente apenada mientras se volteaba para poder mirar a la ojiazul de reojo, tratando de transmitirle calma a través de su mirada.
La kendoka parpadeó al oírlo, lanzándole un vistazo hacia su compañero y relajándose al darse cuenta que los ojos del vagabundo volvían a ser de un amable y cálido color violeta.
—¿Por qué lo sientes? —cuestionó, curiosa, ladeando un poco su cabeza mientras se adelantaba un poco para estar algo más cerca del varón. No acostumbraba a caminar detrás de un hombre a pesar de lo que dictaban las costumbres, pero algo en el aura del pelirrojo le había hecho mantener sus distancias con prudencia cuando se habían alejado del mercado. Aún le costaba creer que él hubiese rechazado la generosa oferta del militar, y de una manera tan contundente, pero por otro lado le alegraba que lo hiciera. No quería verlo partir tan pronto, y menos aún sin antes haber intentado cambiar un poco su manera de ver el mundo.
—Por asustarla, —respondió el con simpleza, como si fuera lo más obvio del mundo.
La muchacha sonrió levemente. Ahora, tras haber visto y oído su discusión con el general Yamagata, podía sentir que entendía un poco más a aquel pelirrojo que tan misterioso le parecía. "Él puede proteger a las personas con su espada… por eso se volvió un espadachín errante."
—No importa. —contestó, encogiéndose de hombros con descuido.— Lo compensarás limpiando la casa. Y consiguiéndome un moño nuevo.
"Pero si ya limpio la casa. También cocino y lavo la ropa," pensó el espadachín con algo de frustración, para luego soltar un pequeño suspiro cansado. No estaba seguro de dónde demonios iba a sacar el dinero para conseguirle un moño, pero ya se las arreglaría de algún modo. Quizás debería buscar algún trabajo temporal…
—Kaoru-dono… ¿Era necesario que comprara todo esto? —murmuró entonces, equilibrando nuevamente en sus brazos el peso de los distintos comestibles que la chica se había detenido a comprar luego de que dejaran atrás a Yamagata.
—No… la verdad es que no. Pero quería venganza por el sobresalto. ¿Está pesado, Kenshin? —respondió ella, con una expresión algo maliciosa en su rostro, que la hizo ver tan joven que al pelirrojo le costó verla como algo más que una niña.
Él solo suspiró en respuesta, incapaz de evitar sonreír ligeramente, con una chispa de diversión iluminando sus ojos violetas por la impertinencia. Niña o no, era cálida y amable, y le resultaba agradable ver que tenía la confianza suficiente para meterse con él después de haberla asustado de tal manera.
—Es una muy mala persona, Kaoru-dono. —bromeó, para luego adelantarse un par de pasos mientras ella, boquiabierta, se quedaba quieta y procesaba sus palabras. Cuando lo hizo, gruñó irritada, para luego gritar a todo pulmón:
—¡Kenshin, eres un idiota!
La carcajada divertida del samurái en respuesta terminó por perderse en el viento.
