2. Tren hacia París

Ya en el tren, Watson era incapaz de dejar de pensar en lo ocurrido horas antes. Mientras observaba el paisaje a través de la ventana, visualizaba en su mente cada detalle.

Recordaba sus ojos, observándolo con un deseo desconocido para él. También recordaba sus labios, apoderándose de los suyos de una forma exquisita.

Apartó la mirada de la ventana para echar un vistazo al detective. Dormía plácidamente en el asiento de delante. Sus ojos permanecían cerrados pero su boca estaba entreabierta, dejando ver sus dientes y su lengua. "Su lengua…", pensó John recordando su textura, sabor y humedad. Luego observó el pelo de Sherlock. "Despeinado, como de costumbre". Una imagen breve y fugaz se cruzó entre sus pensamientos. Era él mismo, agarrando y tirando fuertemente del cabello de Holmes en el oscuro callejón a la vez que jadeaba y se extasiaba con sus besos. Aquello realmente no había ocurrido, pero se mentiría a sí mismo si hubiese negado el placer que aquello le hubiera provocado. Se horrorizó con su pensamiento. Aquel deseo de tirar de los cabellos de su compañero era demasiado sexual, demasiado… apetecible.

"Si algún día le tiro de los pelos, espero que sea de rabia y venganza, y no por sexo".

Agitó la cabeza, negándose a sí mismo e intentando desviar de una vez aquellos pensamientos. Observó la barba descuidada de su amigo. Llevaba sin afeitarse unos tres días, y aún conservaba restos de sangre en la zona de la comisura de los labios. Había algo en aquella visión que le atraía sobremanera. Giró de nuevo la cabeza hacia la ventana. Como un coloso de hierro ansiando alcanzar el cielo, la Torre Eiffel se alzaba mostrando lo cerca que estaban de su destino. Volvió a observar a Holmes. En su mano derecha estaba el arco del violín. Algo extraño, puesto que el instrumento descansaba desde hacía rato en su estuche. Otra imagen interfirió en su mente.

El tacto y el calor de las manos de Holmes atrapando su rostro. Estaba casi seguro de que Sherlock no fue consciente de que cuando hizo aquel gesto, profundizó aún más en el beso, haciéndolo apasionado e irresistible. Aquel beso… Comenzó con leves roces y caricias para seguir con un intenso y demorado besuqueo repleto de nerviosismo. También recordó como Holmes aprovechó un descuido para penetrar con su lengua en su boca sin previo aviso y con una seguridad que le espantaba. "Debió pincharse con mi bigote". Aunque aquello no debió importarle al detective, porque alargó y profundizó el beso hasta que los guardias ingleses se habían marchado.

-¿Por qué lo hizo, Holmes? ¿Acaso quiere volverme loco?

Watson hizo aquella pregunta en voz alta, sin esperar respuesta, ya que su amigo seguía en un sueño profundo e imperturbable. Minutos después se arrepintió de aquello. Dudaba de si lo habría escuchado. Incluso dudaba de si podía leer sus pensamientos. "Si es así, debe estar riéndose de mí por dentro…".

El tren comenzó a perder velocidad. La estación estaba a un escaso kilómetro.

-Despierte Holmes, hemos llegado.

El detective seguía impasible. John alargó su brazo y alcanzó a coger el arco del violín. Lo guardó con sumo cuidado en el estuche y se puso de pie.

-Despierte, vamos. Ya estamos en París.

-¿Qué…? Déjeme… un poco más…

-Vamos Bella Durmiente, el carruaje le espera.

Holmes abrió los ojos de par en par. Frente a él estaba el doctor Watson, tendiéndole la mano con una gran sonrisa.

-Qué descarado.

Sherlock se levantó, le arrebató de la mano el estuche del violín, rechazó su mano y se puso rumbo a la salida de la locomotora. Watson observó como se marchaba con los ojos achinados por el rencor y por el sueño. Sonrió de nuevo, cogió su equipaje y siguió al detective. "Esta vez he ganado yo, Holmes".