Título: La Vecina De Al Lado.

Crossover: Bleach ~ South Park

Categorías:Romance/Drama/Angst/Family/Suspense

Advertencias:Slash (ChicoxChico) habrá un matrimonio homosexual (ya que se me ocurrió que sería buena idea. Ojala no le moleste a nadie

Capítulo:2/(¿?)

N/A: ¡Hola! ¿Cómo están mis queridas lectoras (o lectores)? Espero que muy bien, el prólogo ya lo tenía listo hace un par de días, hoy por fin terminé de escribir el primer capítulo, espero que les guste. La próxima semana comienzan mis primeros exámenes parciales, así que lo más seguro es que actualice hasta el próximo Viernes, tiempo suficiente para ganarme un par de lectores extras ¿no creen? Se me olvidaron aclarar varios detalles en el prólogo, les voy a dejar los nombres originales de los personajes de South Park (porque la mayoría de aseguro ni se imaginan como son Patty, Bebe, Eric, Kenny, etc…y en este capítulo metí a más personajes, así que aquí les dejo la lista de los personajes (les recomiendo que busquen FanArts de los personajes)

Character Guide:

Kenny McCormick

Barbara "Bebe" Stevens

Clyde Donovan

Craig Tucker

Tweek Tweek

Stanley "Stan" Randall Marsh

Kyle Broflovski

Wendy Testaburger

Patty Nelson

Eric Theodore Cartman

Garrison

¡Gracias por sus reviews! En el próximo capítulo contesto reviews

Ahora… ¡A disfrutar el capítulo!

Disclaimer:Todos los personajes del Anime/MangaBleachson propiedad de Tite Kubo.

Todos los personajes de la serie South Park le pertenecen a Trey Parker & Matt Stone.

Música: Ruby Tuesday–Julian Lennon (Esta sección es puro relleno)

Facebook: www. Facebook. Com / Jazz Otaku Shinigami

Chapter I

Luto En Mi Alma

Ichigo Kurosaki quitaba la tierra a paladas con encarnizamiento, exigiéndose hasta el dolor de músculos, porque necesitaba el esfuerzo. Estaba lleno de una energía nerviosa que debía encauzar. Era martes. Es decir, el día D. Rukia tendría la regla o una falta. Él rogaba desesperadamente que fuera una falta, y solo en parte por el deseo de tener un hijo. La otra parte guardaba relación con su matrimonio. Empezaban a sentir la tensión de no poder concebir. Entre ellos comenzaba a elevarse un muro. Ya no estaban tan unidos como antes. Él percibía que Rukia se estaba distanciando.

Para Ichigo era algo ya vivido.

Lo injusto del asunto lo hizo gruñir mientras retiraba del hoyo una palada demasiado grande. Cuando bajó nuevamente la herramienta y la clavó con fuerza, dio contra una roca. Irguió la espalda profiriendo una maldición. A veces tenía la sensación de no encontrar otra cosa que roca. ¡Al diablo con ese dicho histórico de que los muros de piedra dividían las tierras de un hombre de las que pertenecían a sus vecinos! El habría podido apostar a que esas cercas se construían solo para quitar las condenadas piedras de los sembradíos. «Pongámoslas junto a las tierras de ese otro tío», debían de haber dicho en los viejos tiempos. Pero se les habían escapado unas cuantas.

Se inclinó, fastidiado, y movió la pala hasta introducirla bajo la roca; luego la alzó a palanca y la arrojó fuera. Una vez libre de ese impedimento, echó tras ella varias paladas de tierra, una tras otra, a ritmo parejo.

— ¡Eh!

Oh, sí, él sabía qué era eso de distanciarse. Lo había visto en Orihime, creciendo lenta, misteriosamente, Hasta llegar a un punto en el que ya no tenía idea de lo que ella pensaba. En el caso de Rukia conocía la causa del problema, pero eso no lo hacía más soportable. Antes ambos tenían la misma longitud de onda en todo. Ya no.

Cavó más hondo, gruñendo otra vez al recordar la discusión que habían tenido la semana anterior, cuando él dejó caer la idea de que tal vez ella estaría más relajada, y por lo tanto más en disposición de concebir, si acortaba las horas que pasaba en la escuela. No terna por qué dirigir diez programas diferentes, había dicho, creyendo que lo hacía con tono amable. Que otros hicieran lo que les correspondía. De ese modo ella podría llegar a casa más temprano un par de tardes por semana; podría leer, cocinar, ver la televisión.

Ante eso Rukia estalló como un proyectil. Él no pensaba volver a proponerlo.

—Ichigo.

Arrancó otra piedra, rechinando los dientes. Él también trabajaba demasiadas Horas, desde luego, pero no era su cuerpo el que debía proporcionar un ambiente hospitalario para que el niño pudiera echar raíces. Claro que no pensaba siquiera insinuar ese pensamiento. Ella lo interpretaría como una crítica. En los últimos tiempos interpretaba mal gran parte de lo que él decía.

—Oye, tú.

Hasta había tenido el descaro de reprocharle que hubiera faltado a la segunda inseminación artificial... ¡como si se pudiera hacer algo así sin su esperma! Cierto, había vuelto al trabajo después de producirlo, pero ¡qué diablos!, si ella misma le indicó que se fuera. Desde luego, ahora aseguraba haberle dicho que no estaba obligado a quedarse si se sentía incómodo.

— ¡KUROSAKI!

Levantó bruscamente la cabeza. Su hermano Kaien estaba en cuclillas al borde del hoyo.

—Creía que te habías ido. —El equipo trabajaba de siete a tres. Eran casi las cinco.

—He vuelto. ¿Qué estás haciendo?

Ichigo plantó la pala en la tierra para echar hacia atrás, con el brazo, unos mechones de pelo mojado.

—Proporcionando un ambiente hospitalario a este árbol —respondió dirigiendo la mirada hacia el monstruo en cuestión. Era un abedul de nueve metros, destinado a ser el punto central del jardín que había diseñado. No servía un árbol cualquiera. Le había llevado algún tiempo hallar el adecuado—. El hoyo es crucial. Debe ser bien ancho y hondo.

—Lo sé —repuso Kaien—. Por eso he dispuesto que venga una pala mecánica mañana a primera hora.

—Me apetecía hacer ejercicio —explicó Ichigo con cierta brusquedad, y continuó con la tarea.

— ¿Has tenido noticias de Rukia?

—No.

—Dijiste que llamaría en cuanto supiera algo.

—Bueno, supongo que todavía no sabe nada —repuso él. Sin embargo estaba irritado. No hablaba con su mujer desde que había salido de la casa, por la mañana. Si le había venido la regla, se lo tenía bien callado. El móvil seguía en el bolsillo de Ichigo, mudo como las piedras.

— ¿La has llamado? —preguntó Kaien.

—No —respondió—. La telefoneé ayer por la tarde y me dijo que la estaba presionando.

—Conque está de mal humor, ¿eh?

Ichigo dejó escapar una risa al tiempo que arrojaba otra palada de tierra.

—Dicen que es el Clomid. Pero tampoco es fácil para mí, y yo no estoy tomando eso. —Luego murmuró—: Esto de sentirse un eunuco...

—No tienes por qué —aseguró Kaien—. Sigues siendo el de antes. Porque tienes público, ¿sabes?

Ichigo hizo una pausa. Después de pasarse otra vez el brazo por la frente lanzó a su hermano una mirada irónica.

—Sí. —Y continuó cavando.

—Es guapa la señora.

—Su marido es experto en Internet. Tienen apenas treinta años y no saben qué hacer con tanto dinero. De modo que él juega con ordenadores y ella observa a los hombres que trabajan en su jardín. Lo encuentro patético.

—Yo diría que es halagador.

Ichigo le echó otra mirada.

—Pues ve tú a hablar con ella.

—No puedo. Tengo que ir a casa. Mickey y Jake tienen partido de fútbol. Hoy me toca ser el entrenador. —Su hermano se levantó—. No trabajes mucho más, ¿de acuerdo? Deja algo para la máquina.

Aun así Ichigo pasó otro rato cavando, aunque solo fuera para sepultar la idea del fútbol infantil bajo otro gran montículo de tierra. Por entonces tenía los músculos destrozados. Después de arrojar la pala fuera, salió del hoyo y se encaminó hacia su vehículo, una camioneta verde oscuro con el logotipo de la empresa, dibujado en blanco, en un costado. Bebió un largo trago de agua de la botella que tenía atrás y, mojando el extremo de una toalla, hizo lo que pudo por quitarse el sudor y asearse un poco. Al cabo de unos minutos metía los brazos en una camisa de batista y partía hacia su casa.

—Mueves tú —dijo Craig Tucker desde el borde del sillón más mullido de la oficina.

Tenía quince años y era un pelinegro, cosa que Rukia sabía no porque llevara registros detallados de todos los alumnos, sino porque los vivían en la misma calle que Ichigo y ella, casa por medio. En realidad no tenía ningún registro de Craig. SÍ estaba en su oficina, jugando con ella a las damas, era porque no creía estar bajo orientación psicológica. Oficialmente estaba allí para hablar de su servicio comunitario obligatorio, puesto que ella dirigía ese programa. Aun así era la tercera vez que acudía. En eso había un mensaje.

Agradecida por la distracción, pues de ese modo no pensaba en el bebé que podía existir o no, Rukia estudió el tablero. Había cinco piezas negras, cuatro de ellas coronadas, y tres rojas, todas simples. Estas últimas eran las suyas, lo cual significaba que estaba perdiendo.

—No tengo muchas opciones —comentó.

—Mueve.

Escogiendo el menor de dos males Rukia ejecutó un movimiento por el que creía sacrificar una sola pieza. Al ver que Craig saltaba dos respiró hondo.

—No esperaba eso.

Él no sonrió ni alzó el puño. Se limitó a repetir:

—Mueves tú.

Ella analizó sus opciones. Cuando levantó la mirada vio que el chico tenía una expresión sombría.

— ¡Anda! —la desafió.

Cuando ella lo hizo, Craig se comió su última dama, con lo que ganó la partida, y se arrellanó en el sillón. Aun así no parecía victorioso. Por el contrario, le preguntó:

— ¿Me has dejado ganar adrede?

— ¿Yo? ¿Para qué?

Él se encogió de hombros apartando la vista. Era un chico guapo, a pesar del aire desgarbado, indicio de que sus miembros todavía estaban creciendo. Pero su polo y sus tejanos estaban muy por encima del desaliño, llevaba el pelo limpio, pero lo tenía muy despeinado y no tenía acné. En realidad, no eran muchos los estudiantes que lo tenían; en ciudades adineradas como Wesley los dermatólogos vivían tan bien como los ortodontistas.

—Para caer bien —respondió sin mirarla—. Perder ayuda.

Rukia respiró hondo.

—Bueno, sé lo que es eso. En la escuela lo hacía a veces. Ya me entiendes, fallar deliberadamente en un examen para no parecer una empollona.

—Yo no haría eso —afirmó Craig.

Rukia no le creyó. Sin embargo, tal vez no fuera el factor empollón. Tratándose de Craig cabían otras posibilidades; entre ellas (y no era la menor) las tensiones que había en su hogar, según ella sabía. Pero a ese chico le estaba sucediendo algo, no cabía duda. Al promediar el semestre sus calificaciones habían caído en picado, al tiempo que él adoptaba la expresión ceñuda que mostraba ahora.

La miró a los ojos. Los suyos eran oscuros y cautelosos.

— ¿Mis papás te ha dicho algo?

— ¿Sobre las notas? No. Y no sabe que hemos conversado.

—Conversar, lo que se dice conversar, no hemos conversado. Esto no es conversar. Es solo algo mejor que hacer los deberes.

Rukia se llevó una mano al corazón.

—Ay, eso me duele.

— ¿No es para eso que tienes aquí cosas que hacer? ¿Para que los chicos quieran venir?

—Eso se llama «romper el hielo».

Él resopló.

— ¿Como Harry Potter? —dijo echando un vistazo al libro que ella tenía en el escritorio.

—Harry Potter me parece genial.

—A mi hermano Tweek también. —Su hermano tenían ocho años—. Yo les digo que Harry Potter vuela por nuestros bosques en su escoba. De ese modo no me siguen hasta aquí. Nuestros bosques son geniales. Son de verdad. Harry no. —Se inclinó para colocar las piezas en el tablero—. En cuanto a eso del servicio comunitario, aceptaría asesorar a mis compañeros si me creyera capaz, pero no puedo.

— ¿Por qué?

—No se me da bien hablar.

—Me parece que con tus amigos hablas.

—Hablan ellos. Yo escucho.

—Bien, es algo importante —apuntó Rukia para alentarle—. En eso consiste el asesoramiento a condiscípulos. Los chicos necesitan desahogarse. Y tú sabes escuchar.

—Sí, pero a veces quiero decir cosas.

— ¿Por ejemplo?

El levantó la mirada con expresión desdichada.

—Por ejemplo, que la escuela da asco, que el hogar da asco, que el béisbol también da asco.

— ¿El béisbol? Yo creía que te gustaba. —Craig venía de un entrenamiento. Debía de haber sido duro.

—Si jugara me gustaría, pero estoy siempre sentado en el banquillo. ¿Te imaginas el bochorno, con todos los chicos mirando? ¿Con mis padres mirando? ¿Por qué tienen que venir ellos a los partidos? Podrían faltar a alguno. Pero mi papá (Stan) está siempre en el colegio. A Tweek le encanta, pero ¿qué puede saber él, con solo ocho años?

—Tu papá hace buenas obras para las escuelas.

— ¿Sabes cuánto me avergüenza eso?

—En realidad no —respondió Rukia aceptando un riesgo calculado—. Mis padres estaban tan ocupados discutiendo que no tenían tiempo ni ganas para mi escuela ni para mí.

Craig alzó un hombro.

—Los míos también se pelean, pero lo hacen cuando creen que no los oímos.

Rukia emitió un sonido elusivo, pero no dijo nada. Craig aprovechó el momento para ordenar sus ideas; luego partió en una dirección algo distinta, obviamente la que se imponía en su cabeza.

—Aunque no los oigamos, vemos —añadió—.Papá (Kyle) ya no sonríe casi nunca. No planea actividades divertidas, como antes. Que todos nuestros amigos se queden a dormir, por ejemplo.

—Se interrumpió—. Esas cosas ya no me interesan, desde luego, porque soy demasiado mayor, pero Tweek. Antes papá (Kyle) reunía a veinte chicos, con palomitas de maíz, pizza y vídeos, y aunque los pequeños nos dieran la lata a mí y a mis amigos, no me importaba porque todo era parte del juego, ¿comprendes? —Su entusiasmo cedió paso a un silencio sombrío; luego al enojo—. Ahora no hace más que asomar la cabeza en mi habitación y hacer preguntas entrometidas.

— ¡Joder! —exclamó una voz aguda y nasal.

Rukia miró con expresión ceñuda hacia la jaula del loro verde neón, en el extremo de la sala.

—Calla, Maddie.

Craig clavó la vista en el ave.

—Siempre dice eso. ¿Cómo te permiten tenerla aquí?

—Solo dice palabrotas ante los chicos. Con el señor Yamamoto o cualquiera de los profesores se comporta mejor. Cuando ellos están aquí es muy educada.

Maddie, como el juego de damas, servía para romper el hielo. Algunos estudiantes acudían todos los días durante un mes para dar golosinas al pájaro antes de sentirse lo bastante a gusto para dialogar con Rukia.

—Es una lorita buena —canturreó ella volviéndose hacia la jaula.

—Te quiero —dijo Maddie.

— ¿Cambia de golpe así, sin más ni más? —Preguntó Craig—. ¿Es buena o mala?

—Es buena, no cabe duda. La gente buena suele decir cosas feas cuando se enoja. Maddie aprendió a decir palabrotas de alguien que solía perseguirla con una escoba. Fue así como la adopté. Ella conoce el sonido del enfado. Se irrita cuando se irritan los chicos, como tú cuando has hablado del béisbol.

—Cuando ella dijo eso yo no estaba hablando del béisbol —señaló Craig.

No; estaba hablando de su madre, y él lo sabía, desde luego. Por eso estaba ahora de pie, cargándose la mochila al hombro. Hablar sobre los padres era difícil para los niños como Craig. Hablar de sentimientos, más aún.

Craig necesitaba un terapeuta externo, alguien que no conociera a su familia. Para eso, no obstante, uno de sus padres tendría que tomar la iniciativa, y por el momento ninguno lo hacía. Así pues, Rukia procuraba estar allí cuando Craig se presentaba. Por desgracia no podía obligarlo a quedarse. Antes de que ella pudiera pronunciar una palabra él ya había franqueado la puerta y avanzaba con paso firme por el pasillo desierto, nuevamente perdido en los pensamientos tenebrosos que lo asediaban, cualesquiera que fuesen.

«Espera —habría querido decir ella—. Podemos charlar de eso. Podemos hablar de los padres que riñen, de lo que sientes al respecto, de lo que haces cuando deberías estar estudiando, de lo que piensas cuando estás triste. No tengo nada que hacer. Podemos conversar. Podemos conversar tanto como quieras. Necesito mantener la mente ocupada.»

Pero él ya no estaba. Como le había sucedido durante todo el día, su mirada buscó el escritorio y la foto de Ichigo. Desde el pulcro marco de pizarra le sonrió a través de la barba recortada. Esa cara había arrancado comentarios a muchas de las chicas que entraban en esa habitación. Ichigo Kurosaki también servía para romper el hielo.

Tenía que llamarlo. Él estaría esperando noticias. Pero aún no las había; quizá tardarían en llegar.

Además, últimamente era como si no se dedicaran a otra cosa que a intentar tener un bebé. ¡Y cómo acusaba ella la presión! Él había hecho su parte con efectividad más de una vez. El problema estaba en el cuerpo de Rukia. Él no lo decía con estas palabras, desde luego, pero no hacía falta. Su impaciencia era perceptible.

Sin embargo, ¿qué más podía hacer ella? Seguía al pie de la letra las instrucciones de Emily: comía y descansaba bien, hacía ejercicio de la manera más normal y saludable. Salvo ese día. Detestaba hacer cualquier cosa que pudiera iniciar la regla; por eso se movía lo menos posible.

Era una tontería, desde luego. El movimiento físico normal no malogra un embarazo normal. Pero a esa altura estaba desesperada. No había salido de su oficina desde la hora del almuerzo; le habría gustado ir al cuarto de baño, pero reprimía el impulso. Como recurso de distracción volvió a sentarse en el sofá y consultó su reloj pensando en Clyde. Eran las cinco y media. Había asegurado al muchacho que estaría en su oficina hasta las seis. Y allí estaría.

Unos mensajes de Clyde, que habían llegado por correo electrónico, la tenían inquieta. El primero, enviado esa mañana muy temprano, rezaba: «Necesito hablar con usted, pero en privado. ¿Es posible?».

«Por supuesto que será en privado —escribió ella a su vez—. Lo que digas quedará entre los dos. Así lo manda la ley. Tengo libre la tercera hora. ¿Te va bien?»

Durante la tercera hora él no apareció, pero en la cuarta llegó otro mensaje: « ¿Mis padres deberían enterarse de que nos hemos visto?».

«No —respondió Rukia—. Es parte de tu derecho a la confidencialidad. Solo se enterarían si tú firmaras un papel indicando que estás de acuerdo. Tengo media hora libre inmediatamente después de las clases, pero si tienes entrenamiento de béisbol podemos vernos más tarde. Estaré aquí hasta las seis. ¿De acuerdo?»

No volvió a saber de él. Tampoco oyó pasos en el pasillo mientras Craig estuvo allí, aunque estaba atenta. A Clyde le sucedía algo. Se lo decía la intuición, no el hecho de que se pusiera en contacto con ella por correo electrónico. Muchos estudiantes lo utilizaban justamente porque era más privado. A menudo ella les indicaba una hora para la visita, pero no volvía a tener noticias; entonces no había nada que pudiera hacer, aparte de mantener al chico más o menos en observación y, quizá, enviar una nota. No podía imponerles nada.

Sin embargo, Clyde Donovan era un caso distinto de los demás. Era una estrella: no solo delegado del segundo curso, sino también asesor de sus compañeros, máximo marcador del equipo de baloncesto durante el invierno anterior y, en la actualidad, maravilla del equipo de béisbol. Sus dos hermanos mayores habían ingresado en la gran Universidad de Princeton y en la academia militar de West Point, respectivamente, después de haber sido líderes del instituto de Woodley. Sus padres eran muy activos en la localidad; a menudo se los mencionaba en los periódicos pues estaban siempre en Hartford, presionando por una u otra causa.

Rukia se preguntó qué le diría Clyde si acaso aparecía. Tal vez quisiera hablar con ella sobre algún estudiante que necesitaba ayuda; el programa de asesoramiento de compañeros servía, entre otras cosas, para identificar a los alumnos problemáticos antes de que estallaran. De los que ella atendía con regularidad, uno de cada tres le había sido enviado por un compañero. Sin embargo, esta vez no parecía tratarse de eso, puesto que el chico insistía en pedir confidencialidad con respecto a sus padres.

Se quitó los zapatos para doblar las piernas sobre el sofá. Estaba emocionalmente cansada, sin duda. El cansancio era también físico, aunque se le habría hecho un nudo de nervios en el estómago si se hubiera atrevido a pensar que podía ser la primera señal de embarazo. De cualquier modo, era una suerte que su trabajo le permitiera vestir con informalidad. Más que permitirlo, se lo exigía. Era menester dar a los estudiantes una imagen profesional y accesible a la vez, toda una hazaña para alguien como ella; con su baja estatura y sus rebeldes rizos rubios, no parecía tener treinta y cinco años, sino diez menos. El desafío estribaba en mostrarse más sofisticada sin llegar a intimidar.

Su atuendo de ese día lograba el efecto: un conjunto de blusa y pantalón de suave rayón color ciruela.

Desde el pasillo le llegó un ruido apagado, que bien podía ser un grito de angustia. Luego silencio. Temiendo que fuera Clyde con algún problema terrible, Rukia se levantó del sofá de un brinco y fue a la puerta. En el otro extremo del pasillo estaba el portero, inmóvil y alerta, junto a un cubo con una fregona.

—Aquí viene GAAAYY—cantó Maddie en la oficina.

Rukia dejó escapar el aliento.

—Señor/a Garrison.

El hombre, encorvado y de pelo gris, debía de tener cuando menos cuarenta y cinco, pero se negaba a jubilarse. El Señor/a Garrison jamás se sabía si era gay o lesbiana, los chicos lo clasificaban como "Sr/Sra. Transexual" jamás estaba a gusto con su sexo. Nunca le llamaban Gay; siempre señor/a Garrison. La excepción era Maddie. Claro que el loro no entendía de respeto; solo sabía que ese hombre la alimentaba, limpiaba su jaula y la llevaba todas las noches a su pequeño apartamento, en el sótano de la escuela.

—Estaba atento por si oía voces —dijo el portero con voz herrumbrosa—. Por si había alguien con usted. No quería molestar.

—Aquí no hay nadie —aclaró ella sonriendo.

Pero su sonrisa se esfumó enseguida. Al ponerse en pie había permitido que actuara la ley de la gravedad; ahora sentía un reflujo nada grato.

Con el corazón latiéndole violentamente, fue hacia el lavabo. Lo supo mucho antes de cerrar la puerta y bajarse los suaves pantalones color ciruela. En ese instante su mente se cerró, aporreada por diez emociones diferentes; entre ellas, una intensa sensación de pérdida. Dejándose caer sobre el retrete apoyó los codos en los muslos y rompió a llorar, con la cara entre las manos.

Debió de pasar un rato allí, pues en algún momento oyó fuertes golpes de nudillos contra la puerta exterior y la voz asustada del portero:

—Señora Kurosaki, ¿se encuentra mal?

Señora Kurosaki. ¡Oh, qué ironía! En su profesión había sido siempre Rukia Kuchiki. Con ese nombre se había presentado a Clyde, sin duda, cuatro años antes. Al mismo tiempo le había presentado a Ichigo, que estaba ayudándola a instalarse en la oficina. Desde entonces, para el/la Garrison era siempre la señora Kurosaki.

¿Y qué tenía de malo usar el apellido de casada? En días normales, nada en absoluto. Estaba orgullosa de su marido. Siempre había pensado que, cuando tuvieran hijos, usaría su apellido con más frecuencia que el de soltera.

Cuando tuvieran hijos. Si acaso alguna vez los tenían. Eso era lo malo de que la llamaran «señora Kurosaki» justamente ahora. Sin hijos ¿tenía derecho a ese apellido?

Otra vez surgieron las lágrimas.

— ¡Señora Kurosaki! —exclamó otra vez el portero.

Ella sorbió por la nariz y se limpió las lágrimas con el canto de las manos.

—Estoy bien —anunció con voz bastante animosa, aunque nasal—. Saldré en un momento.

Después de hacer lo necesario en el cubículo se lavó las manos y apretó una toalla de papel húmeda contra sus ojos. Sobre el derecho comenzaba a notar un intenso dolor, pero allí no tenía con qué aliviarlo. Mucho menos le quedaban energías con que enfrentar lo que perturbara a Clyde Donovan. Volvió a su oficina rezando para que el chico no apareciera. Después de componerse la cara frente al espejo de mano apagó el ordenador, cerró con llave los archivadores y salió de la escuela tras saludar con la mano a la distante figura del portero.

Continuará…