Disclaimer: Los personajes de la historia no me pertenecen sino son propiedad de Masami Kurumada y Shiori Teshirogi. La imagen de la portada tampoco me pertenece.
Hola a todos!
Primero que todo quiero hacer una corrección de un error-que mis lectoras dijeron ser pequeño- pero que es simplemente MONUMENTAL. Pese a tratar de tener el mayor cuidado igual me equivoqué. No quise decir que era Aioros, sino Sísifo. Saben? A pesar de haberlo revisado igual se me pasó. Y no es que no conozca de Sísifo, ¡es más! Si hasta estamos de cumpleaños el mismo día. Mil disculpas. También porque erré cronológicamente en algún evento por ahí. Solo quiero recordar que todo ocurre antes de la Guerra Santa. Agradezco a mi amiga InatZiggy- Stardust por ayudarme con estas cosas con las que veo soy pésima.
No soy muy asidua a utilizar canciones en mis fics, pero esta vez utilicé algunos extractos (en cursiva) de la canción El muchacho de los ojos tristes, de Jeannete. Es una canción bastante antigua que me inspiró un poco. Les invito a escucharla.
Capítulo 2: El muchacho de los ojos tristes
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Cuando Deuteros estuvo lo suficientemente cerca, pudo notar de inmediato que quien yacía inconsciente sobre las arena no era menos que la chica que había visto un par de veces, quien al mismo tiempo estaba a merced de las olas siendo empapada por ellas. La joven se hallaba boca abajo, por lo que Deuteros temió lo peor. Se acercó lo más posible para constatar si aún respiraba. Afortunadamente así fue, aunque un hilo de sangre corría desde su cabeza manchándole parte del rostro.
―A pesar de estar herida, no parece ser de gravedad―habló para sí el de cabellos azules.
Sin dudarlo un segundo, se puso sobre sus rodillas y tomó a Raissa entre sus brazos poniéndose en pie sin ninguna dificultad. No la dejaría ahí por nada del mundo, lo que sin duda demostraba que el joven era poseedor de un corazón noble.
―¿A dónde la llevo? No sé dónde vive y no le puedo dar ningún tipo de atención en este lugar. Creo que lo mejor será que la lleve a mi casa. Al menos ahí le puedo dar algo de atención básica―
Entonces con esa idea en mente, se dirigió rumbo hasta su cabaña. Dada la premura que tenía por llegar pronto, el trayecto le pareció eterno. Cuando hubo llegado, empujó la puerta con el cuerpo para así abrirla y una vez adentro, recostó a la muchacha sobre la pequeña "cama" que él usaba. Como la castaña estaba empapada, decidió envolverla con la ropa de su cama y poco después prendió fuego en una pequeña fogata que tenía al centro de su hogar para así poner a hervir algo de agua.
Deuteros se arrodilló junto a la joven y con un paño húmedo quitó con delicadeza la sangre ya casi seca de su rostro. Mientras realizaba dicha tarea, no pudo evitar reparar en el rostro de la chica. Jamás en su vida había tenido a una mujer tan cerca. A pesar de que no había mucha luz, puesto que la lámpara de aceite que Deuteros utilizaba no alumbraba mucho, notó que ella tenía muy lindas facciones. Hasta logró distinguir algunas pecas en su fina y respingada nariz. No pudo evitar sonreír al recordar lo atrevida que había sido aquella vez que lo encaró. No era muy alta, pero sí tenía agallas.
A esa altura el muchacho de cabellos y ojos azules estaba más tranquilo. Sabía que ella estaba fuera de peligro. Solo había que esperar que despertase. Se quedó junto a ella a la vez que le observaba con detenimiento.
Pasados un par de minutos, Raissa comenzó a moverse. Luego emitió un pequeño quejido y con dificultad abrió los ojos. Pestañeó en reiteradas ocasiones para poder ver algo más que las sombras que veía. Entonces ahí se dio cuenta que alguien familiar para ella estaba a su lado.
―Sa-sabía que no eras ningún demonio― fueron sus primeras palabras. Es que pese a que aún se sentía un poquito ida, confirmar lo que ella creía le dio cierta tranquilidad y de alguna forma le hizo sentir victoriosa.
―Tranquila, no te esfuerces― acotó él en algo muy parecido a un susurro, sin duda muy diferente a la forma que le había hablado la primera vez en la playa.
Raissa quiso ponerse de pie en un movimiento brusco, lo que le provocó perder el equilibrio. Deuteros reaccionó rápido, pero de manera calma y la asió de uno de sus brazos.
―Te dije que no debías esforzarte. Veo que todavía no te recuperas totalmente.
Ella lo miró interrogante.
―¿Qué fue lo que sucedió? ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué hasta aquí?
―Fiuuuuuu. Esas sí que son muchas preguntas. Te las responderé una por una, pero primero debes volver a recostarte.
Como si de una niña pequeña se tratase, Raissa obedeció de inmediato, recostándose-eso sí-sin mucha delicadeza.
―En primer lugar― volvió a hablar el peliazul ―déjame decirte que recibiste un golpe en la cabeza. No sé exactamente con qué ni cómo, pero fue con fuerza, pues te hirió la cabeza― habló el joven muchacho en forma pausada
―¿Un golpe?― la chica comenzó a toquetear su cabeza hasta que un pequeño alarido fue señal de que ya había dado con el lugar del golpe.
―En segundo lugar― retomó Deuteros ―estás en mi casa. No es un lugar muy lindo, pero es mi hogar― decía mientras miraba en derredor, acción que la chica imitó. ―Yo te traje hasta aquí.
―¿Me trajiste en brazos?
―Por supuesto. No había una manera más delicada de hacerlo.
Raissa sintió que se le agolpó la sangre en el rostro. Para su fortuna era poco probable que el joven se diera cuenta de aquello.
―Te lo agradezco. No era necesario que te tomaras todas estas molestias por mí― habló ella algo apenada.
―No agradezcas. Todo lo hice porque tengo intenciones de comerte más tarde― dijo él riendo para sus adentros. En ese momento ya no estaba frente a la muchacha, pues estaba a un poco más de un metro vertiendo agua hervida en un tazón.
―¿Dices que me vas a comer?!― inquirió ella espantada. A esa altura Deuteros, fuera de lo normal, no pudo evitar reír a viva voz. No fue una risa estrepitosa, pero sin duda muy audible.
―¿Por qué te ríes?― preguntó ella fingiendo molestia, sin negar que se le hacía extraño. Ella solo tenía la percepción de él siendo muy huraño. Jamás lo hubiese visto en ese plano.
―Pues porque se me hizo divertida tu reacción. Es todo.
―No pretendes comerme, ¿verdad? Ni siquiera tienes garras, ni colmillos. No podría creerlo posible.
―Aún no lo sé…- agregó él al mismo tiempo que le entregaba a Raissa el tazón con la infusión que le había preparado y tomaba asiento junto a la cama sobre la que ella reposaba ―y para tu información, sí tengo colmillos― añadía a la vez que abría su boca para que la joven pudiera observar sus "colmillos".
―Nah!― exclamó ella a la vez que analizaba curiosa la dentadura del joven ―Esos no son más que caninos un poco más grandes de lo normal. De colmillos nada. Sabía yo que no eras un demonio. Si así fuese jamás me hubieses rescatado ni preparado este delicioso té― agregó ella mientras tomaba con ambas manos esa bebida caliente que sentía necesitaba imperiosamente. Tenía mucho frío. Se sentía tranquila pues sabía que nada de eso era cierto. Aunque no podía negar que por un breve instante sintió algo de temor –Gracias nuevamente por todo.
Pasó alrededor de un minutos durante el cual ambos permanecieron en silencio, le cual ella decidió romper.
―¿Por qué no me dejaste ahí tirada no más? El otro día fuiste muy grosero conmigo.
Él la miró con atención. Sabía que demostraría debilidad al dar la verdadera razón, pero aún así decidió responder.
―Porque si no lo hacía morirías. Eres un ser humano y como tal tu vida es muy valiosa. Además, no yo hubiese podido vivir con eso.
Ella le miraba atenta. Aquel joven parecía totalmente opuesto al que ella vio en la playa en esas dos ocasiones. Le miró casi como si le estuviese analizando, prestando nuevamente especial atención en sus ojos. No es que pudiera ver claramente el color de éstos, pero sí su mirada captó nuevamente su interés….Parecía tan triste, tan solo. Al verse observado él bajó la mirada al suelo en silencio. Además, a la joven se le hizo un chico apuesto por lo poco y nada que podía ver. Él levantó nuevamente la mirada la cual se cruzó con la de Raissa. La luz de la lámpara se reflejaba en esos ojos, mismos que ella había visto con tanta atención. Por un instante ella deseó darle alegría, aunque no sabía cómo.
―Te llevaré a tu casa cuando te termines de tomar el té. Ya es tarde― habló él sacando a la muchacha de sus pensamientos.
Ella abrió los ojos como platos, como si hubiese entrado en razón.
―¡Mi madre me va a matar!― exclamó evidentemente preocupada. Tanto así que tomó su cabeza con ambas manos.
―Será mejor que te apresures― esta vez Deuteros utilizó el mismo tono hosco de la primera vez. La magia parecía haber desaparecido.
Raissa se puso de pie y avanzó hasta la puerta. Su andar aún era algo débil. Cuando estaba a punto de salir, sintió cómo un par de fuertes brazos la tomaban por detrás de la espalda y piernas para luego levantarla.
―¿Qué haces?― quiso saber ella con una pizca de molestia. El chico, sin bien no era el demonio, se comportaba extrañamente en ocasiones y eso la desconcertaba.
―Te llevo a tu casa ¿Acaso crees que serás capaz de llegar en esas condiciones?― ella quiso protestar, pero sabía que él tenía la razón.
Gran parte del camino solo hubo silencio. A ratos ella levantaba la mirada para escudriñar al joven en la medida de lo posible. Cuando ya habían entrado al poblado, él volvió a hablar.
―Bien, necesito que me indiques cómo llegar hasta tu casa― dijo secamente.
Ella dio un suspiro ―Pues debes tomar la segunda calle a la izquierda. Luego debes subir el cerro y doblar a la derecha. La segunda casa es la mía.
―De acuerdo― fue todo lo que agregó él.
Raissa volvió a fijar su mirada en él, quien no desviaba su vista del camino.
―¿Me vas a decir tu nombre?― fue ella otra vez
Ante la pregunta, Deuteros no hizo ningún tipo de pausa. Más bien siguió el trayecto.
―Demonio―replicó
―¿Demonio?! ¿No me digas que vas a seguir con eso? Ya anda, dime tu nombre―ella no sabía si tomarlo con humor o no.
―Yo no tengo nombre, por ello puedes llamarme Demonio o si gustas Sombra. Cualquiera da igual― Al decir aquello recordó aquellos años durante los cuales vivía en el Santuario junto a su hermano Aspros.
―No te llamaré de ninguna de las dos formas. Es importante que sepamos al menos nuestros nombres, de lo contrario nunca podremos ser amigos. Por si quieres saber, el mío es Raissa-
―Bien Raissa― dijo poniendo énfasis en la última palabra ―No me interesa ser tu amigo. El que te haya ayudado no quiere decir que debamos convertirnos en mejores amigos ni nada por el estilo. Siento si te hice la ilusión.
En ese momento Raissa sintió pena, sin embargo decidió dejar la conversación hasta ahí. No podía negar que por un momento había albergado la esperanza de tener un amigo, por primera vez en su vida. Decidió que lo mejor era guardar silencio. Y así lo hizo hasta que llegaron a su casa.
―¿Es aquí donde vives?― señaló el de cabellos azules
―Sí. Es aquí. Ahora necesito que me bajes, pues no sería bien visto por mi madre que me sostengas en tus brazos, menos a estas horas.
Él obedeció de inmediato, depositando a la muchacha en el suelo- de igual manera- con delicadeza.
―Muchas gracias― dijo ella algo desanimada.
―No ha sido nada. Me voy, adiós.
Raissa observó cómo aquel hombre, cuyo nombre no pudo averiguar, se alejaba. No quitó su vista del lugar hasta que éste se perdió.
Cuando la joven entró a su casa, su madre le esperaba y no tenía una expresión para nada amigable.
―¿Por qué vienes llegando a estas horas? ¿Acaso se te olvida que eres una muchacha comprometida y que sería muy mal visto?― habló la mujer mayor evidentemente molesta. Estaba de pie junto a la mesa.
―Lo siento madre. No volverá a pasar― respondió la castaña. Obviamente no le podía decir exactamente dónde había estado, aunque fuese por su accidente.
―Tuve que preparar todo el pan yo sola― retomó la mujer mayor ―Tú bien sabes que eso es mucho trabajo para mí a esta edad. No entiendo cómo puedes ser tan desconsiderada con tu madre enferma.
La chica permanecía con la cabeza agachada sin replicar ni una sola vez.
―Es la última vez que aceptaré algo así. No quiero ni pensar qué diría el señor Katsaros si se enterase que vienes llegando a estas horas….de seguro cancelaría el compromiso― insistía la madre de la muchacha ―Ahora vete a acostar para que mañana salgas a vender. Irás una hora antes de lo normal para aprendas a no hacer este tipo de cosas.
―Como usted diga madre. Buenas noches― y dicho eso Raissa se retiró hasta su pequeña habitación para descansar. Sintió un poco de pena al pensar que su madre no notó nada extraño en ella. Después de todo era su madre!…..sin embargo esa sensación se mezcló con una sonrisa que se dibujó en sus labios al recordar cómo aquel hombre extraño sí se había preocupado por ella. Pese al cambio de actitud que había tenido con ella, antes la había ayudado y la había asistido y ella se sentía feliz al respecto. Cerró los ojos para conciliar el sueño pensando en aquellos hermosos y tristes ojos azules que estaba segura algo le querían decir.
Un día después
Otro nuevo día se había iniciado para Raissa y un poco más temprano de lo normal. Había llegado muy de mañana hasta el centro del poblado de la Isla Kanon para vender el pan. No sabía cómo ni porqué el joven "Demonio" se había adueñado de gran parte de sus pensamientos la noche anterior….Sin embargo, el quehacer de esa mañana no le permitió sumirse en esos pensamientos nuevamente. A ratos sentía una pequeña punzada en el lugar donde había recibido la pedrada.
Cuando se encontraba vendiendo notó que un par de señoras ya mayores que pasaban por ahí le miraron reprobatoriamente y murmuraban cosas al oído. Raissa no hizo más que encogerse de hombros dado que no sabía de qué se trataba esta vez. La gente de ese pequeño poblado solía ser bastante prejuiciosa y entrometida.
Eran ya las dos de las tarde y –para su buena fortuna- la castaña había vendido todo lo que llevaba. Aquello le daría la posibilidad de ir a ver el mar por un rato, aunque dudaba poder quedarse hasta la puesta de sol, , pues debía estar en su casa temprano. Guardó sus cosas y avanzó rumbo a la playa…aquella que ella tanto adoraba. Cuando hubo llegado ahí tomó una gran bocanada de aire y se dejó caer sin mucha delicadeza sobre la arena, no sin antes quitarse el calzado. Amaba el mar y se sentía feliz. Pese a que solo había estado ahí el día anterior, extrañaba ese lugar. Unos segundos después, la sonrisa desapareció del rostro de la joven: ya no sería libre, estaría atada a un hombre mayor al que ni siquiera amaba y probablemente ya no podría volver a ése, su lugar favorito. Extrañamente una sonrisa se volvió a dibujar en sus labios, como si de bipolaridad se tratase: La razón, el joven de cabellos azules a quien había podido analizar y conocer un poquito más. Su mirada triste era sin duda lo que más tenía grabada en su retina.
Ni una simple sonrisa ni un poco de luz en sus ojos profundos,
Ni siquiera el reflejo de algún pensamiento que alegre su mundo
El muchacho de los ojos tristes vive solo y necesita amor….
Ni su nombre conozco y ya quiero volver a encontrármelo a solas
Después de un buen rato que pasó sumida pensando en ese joven, decidió que era tiempo de volver a casa. Tomó sus cosas y caminó. Cuando hubo llegado hasta su casa, notó que algunas vecinas de ellas, muy amantes del conventilleo, estaban fuera de ella. Cuando notaron la presencia de la muchacha, disolvieron el círculo de conversación y se apartaron del lugar, regalándole unas cuantas miradas reprobatorias, mismas que había recibido horas antes.
La joven meneó su cabeza y se hizo paso hasta su hogar. Cuando entró, comprendió el porqué de todo: el señor Katsaros y su madre estaban ahí y, a juzgar por sus rostros, algo malo ocurría.
Una semana después
Desde aquella vez en que Deuteros llevó a Raissa hasta su casa, no había vuelto a saber de ella. No podía negar que en cierto grado se había acostumbrado a verla, ya fuese por casualidad o simplemente por la insistente curiosidad de la chica. Un par de veces pensó que ella llegaría hasta el lado de la playa donde solía ir él, pero aquello no sucedió. En más de una ocasión se reprendió mentalmente por haber sido igualmente grosero con ella durante ese último accidentado encuentro.
―Probablemente ella no quiera saber más de mí― le decía a su amiga gaviota que le acompañaba en ese momento.
Sin embargo, sintió una sensación extraña recorrerle el cuerpo. ¿Por qué todos los días, desde ese día en que la ayudó, aunque fuese una vez, pensaba en esa muchacha? Sacudió la cabeza intentando con ello sacarla de sus pensamientos, pero fue en vano.
―Mejor iré a ver si la encuentro antes de que se ponga el sol. De esa forma podré contemplar mejor su rostro― pensó ―No, no, noooo, ¿pero qué estoy haciendo? ¿qué necesidad tengo de saber de ella? Si es casi una extraña para mí. Será mejor que me devuelva― y mientras tenía esta lucha interna ni cuenta se dio de que ya estaba en el lugar en que había encontrado a Raissa la semana anterior. Sentía que había una fuerza más allá que le guiaba hasta ese lugar.
Desafortunadamente la joven no estaba ahí como él creyó. La buscó con la mirada por todos lados y no la halló.
―Iré hasta su casa― pensó decidido, cosa que le causó aún más extrañeza. Normalmente él no se comportaba de esa manera ―Es solo para saber si se ha recuperado bien― se justificó ―Después de todo fui yo quien la ayudó.
Pasaron unos minutos y el joven Deuteros estaba a punto de llegar hasta la casa de la castaña. No se podría decir que fue un trayecto fácil o que él fuese una visita bienvenida o bien vista en el poblado, ya que al ser un desconocido, todas las personas le miraban inquisitivamente. Incluso hubo un par de hombres que se atrevieron a decir que era él el demonio de la isla, pero no lo podían asegurar. El desprecio hacia él, ya fuese porque podía ser el demonio o simplemente por ser un forastero, era simplemente evidente.
El muchacho de cabellos azules trató de ignorar a todas esas personas dedicándoles solo una mirada seria. Cuando llegó a su destino, respiró hondo y procedió a golpear la puerta, no sin antes quitarse la máscara, ya que no quería darle un susto mayúsculo a quien abriese la puerta. No podía negar que no entendía el por qué llegó hasta ahí, ni tampoco podía negar el hecho de que estaba muy nervioso, pero ya era demasiado tarde como para echar pie atrás. Esperó unos cuantos segundos a que le abrieran pero eso no sucedió, por lo que insistió. Aún así nadie le abrió. Apoyó su cabeza en la puerta para poder oír si había alguien al interior de la morada pero el silencio era rotundo. Por ello decidió partir.
Al día siguiente, y siguiendo su rutina, el joven Deuteros se levantó muy de madrugada para entrenar. Junto al volcán estaba desarrollando una nueva técnica. Sabía que estaba muy, pero muy cerca de dominarla completamente. Cuando la jornada hubo acabado, regresó a su hogar y procedió a dirigirse a contemplar la puesta de sol como siempre. Una vez ahí, podía sentir cómo la brisa marina acariciaba su rostro. Sin embargo, la tranquilidad no solo física, sino también la mental que lograba experimentar cada vez que estaba ahí parecía haberse esfumado; algo le inquietaba y no sabía qué. Precisamente mientras deducía de qué podría tratarse todo, recordó a Raissa, pero ¿por qué? Encogió los hombros sin comprender y como por inercia se puso de pie y caminó para ver si esta vez tenía más suerte que el día anterior y lograba encontrarse con la joven. Debía y quería saber cómo seguía. Pero todo fue en vano, pues nuevamente se halló a sí mismo solo en el lugar. No podía negar que estaba decepcionado, pero a la vez preocupado. Algo le decía que la chica no estaba bien. Regresó hasta su lugar habitual justo a tiempo para ver el sol ponerse, aunque para él esta vez el cielo lucía un poco gris.
Pasaron dos días más y Deuteros no tenía noticias de Raissa. Decidió no ir a su hogar nuevamente para no ser insistente y a la vez para no acarrearle algún tipo de problema a la chica. Ese día había entrenado tan duro como siempre. A esta altura ya lograba controlar el volcán y eso-según él mismo-era un gran avance. Terminó la jornada agotado y antes de retirarse procedió a quitarse el sudor con el antebrazo. Bebió algo de agua que había llevado consigo y salió del volcán. Estaba satisfecho con su rendimiento de ese día.
Descendió veloz para llegar a su morada hasta que una inesperada visita le detuvo. Observó con atención sin que notasen su presencia.
―Así que no solo te dedicas a husmear a las personas sino que también espías sus hogares, ¿no?― dijo él al ver que Raissa inspeccionaba la casa por fuera de aquí para allá. Ella dio un respingo del susto, pues no le había visto venir. Esta vez ella usaba su mejor vestido, que no era nada espectacular pero que sin duda era lo mejor que tenía y que no dudó en ponerse para la ocasión, aunque no se tratase de una cita ni nada parecido.
―Buenas tardes, señor Demonio―dijo orgullosa ―Déjeme decirle que no estaba husmeando nada, solo quería asegurarme de que usted estuviera en casa. En el fondo ella deseaba verle nuevamente.
―¿Algún motivo en especial?― añadió él tratando con mucho esfuerzo permanecer serio. A esa altura ya se hallaba frente a la muchacha. No podía negar que le causaba bastante gracia la manera de hablar de ella.
―Me he sentido de maravillas luego del accidente que tuve. Gracias por preguntar.
Deuteros no pudo evitar reír ―Entonces me alegra que esté usted mejor, señorita. Ahora, ¿a qué debo su visita?
―¿Es que acaso no me invitará a pasar?― dijo ella fingiendo molestia. ―No me parece que éste sea un buen lugar para charlar.
―No creo que sea bien visto que una señorita como usted entre sola a la casa de un hombre. Menos uno como yo.
―Pues no será ésta la primera vez. La vez pasada yo estaba incluso inconsciente. Eso es peor―agregó ella
―La vez anterior fue en otras condiciones― insistía él.
Ella no supo qué más responder, por lo que guardó silencio. En realidad él tenía razón, se suponía que ella no tenía por qué estar ahí esta vez.
El joven de cabellos azules la observó con detención y pudo percibir la vergüenza en el rostro de la chica, por lo que se acercó hasta la puerta y la abrió. Luego invitó a la castaña a pasar.
―Adelante, puede usted pasar― el diálogo se le hacía a él incluso más divertido al tener ambos un trato bastante formal entre sí, cosa que no había ocurrido antes.
Una vez adentro, el joven le ofreció una silla para que ella tomase asiento. Él permaneció de pie.
―Solo quería darte las gracias por haberme ayudado aquella vez que estuve herida― habló ella un poco ruborizada utilizando ese trato más informal nuevamente. Para Deuteros aquello era señal de que la molestia en la joven ya había pasado.
―Ya me habías dado las gracias. No era necesario que vinieras solo para eso.
La muchacha tomó un pequeño bolso que llevaba con ella y sacó algo de ahí. Quitó el paño que envolvía el paquete y se puso de pie para dárselo al joven.
―Esto es para ti― decía ella a la vez que le entregaba aquello a Deuteros.
―¿Para mí?― inquirió él realmente sorprendido mientras descruzaba sus brazos ―¿Qué es?― interrogaba mientras lo abría.
―Es algo de pan. Mi madre y yo preparamos pan todos los días, el cual yo llevo hasta el centro del poblado para vender. Esta vez hice dos extra para ti. Era la única manera que encontré de agradecer tu ayuda. Espero te guste.
Él la miró por un instante. No podía negar que aquel gesto le llenó el corazón y hasta sintió calidez en su pecho. Nunca nadie había hecho algo similar por él en toda su vida, pues siempre había sido despreciado, víctima de prejuicios.
―Te lo agradezco, Raissa― dijo él usando un tono suave y mirándola sin apartar los ojos de ella.
―No ha sido nada― hizo una pausa mientras se acercaba a la puerta ―Ahora debo marcharme, pues no puedo llegar tarde a casa, de lo contrario mi madre me matará. Hasta luego joven― la chica hizo el ademán de irse, pero Deuteros la tomó del brazo y la detuvo.
―Antes de que te vayas, dime una cosa, ¿por qué no has ido a la playa en estos días? ¿Acaso te sucedió algo?
Ella le miró sorprendida. No pensó que él pudiese notar su ausencia.
―Nada malo ha ocurrido― respondió ella tratando de zafarse del agarre del muchacho, esforzándose por no dejar escapar unas lágrimas que amenazaban con salir. Le miró por última vez antes de partir, pero esos ojos azules le tocaron el corazón y rompió en llanto. Deuteros se impresionó al ver la escena, pues no se la esperaba. Sin embargo, y como por instinto, tomó a la joven y la acercó a él en algo similar a un abrazo.
―Lo siento― logró pronunciar ella mientras seguía llorando. Él la tomó con una delicadeza que jamás creyó podría tener hacia algún ser humano y la miró a los ojos.
―¿No quisieras contarme lo que te ocurrió?― ella negó con la cabeza ―No. Solo debo irme pronto, no quiero que él me lleve todavía, NO LO QUIERO!
―¿Él? ¿De quién hablas?― La verdad es que Deuteros no sabía de qué exactamente hablaba la chica.
Raissa decidió que quizás era buena idea explicar brevemente lo que le sucedía. Después de todo no tenía amigos y ese joven era lo más cercano a un amigo que tenía.
―Hablo de mi prometido― ambos seguían se pie ―Mi madre me ofreció en matrimonio a un hombre bastante mayor que yo. El día siguiente al que tú me llevaste en brazos hasta mi casa, alguien que nos vio le fue con el chisme a este señor. Esa noche él llegó muy molesto hasta mi casa diciendo que la boda se cancelaría pues no quería a una mujerzuela como yo por esposa. No te puedo negar que sentí algo de alivio, aunque se me estaba acusando injustamente. Sin embargo mi madre estaba muy enojada. Cuando él se fue ella me golpeó muy duro y me dijo que me llevaría hasta un convento para que cambiara mi manera de vivir…. Y así lo hizo― ella pausó.
―No pensé que estuvieses comprometida. De haber sido así no te hubiese llevado hasta tu casa. Todo es culpa mía y lamento haberte hecho discutir con tu prometido, a quien me imagino quieres mucho― agregaba el de cabellos azules. Sentía algo de pena al pensar en la situación.
―Yo no lo quiero― habló ella recuperando la compostura ―Solo acepté para ayudar a mi madre, ya que él es un comerciante de buen pasar. Yo jamás he estado enamorada de él…ni de nadie.
Él le miró sin comprender del todo ―¿Y cómo lo hiciste para salir de ese convento?
Ella suspiró mirando el suelo ―Pasados algunos días él regresó a hablar con mi madre argumentando que había actuado precipitadamente. Aseguró que creía que yo era en verdad una buena mujer para él. Solicitó a mi madre llevarme con él entrando el próximo mes para evitar a futuro otros malos entendidos, a lo que mi madre accedió y me retiró del convento en el que estuve alrededor de cinco días. Es por esa razón que no me habías visto. Me alegra que notaras mi ausencia.
―De verdad lamento todo lo ocurrido…― fue todo lo que él logró agregar.
―No es tu culpa…., no te sientas mal. Ahora debo partir, gracias por todo…..y por escucharme― La joven le dirigió una última mirada antes de abandonar el lugar, pero el muchacho la detuvo.
―Raissa espera!― habló
―¿Dime?― ella forzó una sonrisa. Estaba feliz de haberse encontrado finalmente con ese joven misterioso, pero su situación la tenía muy apenada.
―Mi nombre es Deuteros y puedes venir a verme cuando quieras. Yo estaré aquí para escucharte si lo deseas….al menos antes de tu boda― había un poco de pesar en su voz.
La chica se sorprendió ante tales dichos, pero respondió ―Lo haré….― dijo mientras se despedía con la mano ―Adiós―dijo saliendo del lugar. Deuteros dio un profundo suspiro y despabiló. Decidió que tomaría un baño y comería esa merienda que la joven muchacha le había llevado con tanto cariño. Esta vez no iría a la playa, ya que no se sentía de ánimos. De verdad le apenaba lo que Raissa estaba viviendo, pero a la vez sentía pena por él, pero ¿por qué?
Continuará…
Gracias por leer mi fic pese a no ser sobre un personaje muy popular
Saludos!
Saga Dreamer
