II
Por la tarde, el jefe de Almudena simplemente preguntó si todo había ido bien, y le indicó que no tenía que preparar ningún informe porque Callejón ya se ocuparía de ello. Almudena tampoco tuvo tiempo de seguir indagando en el pasado de Grindelwald porque su compañero de despacho, un brujo en edad cercana a la jubilación y bastante obsoleto en casi todo, le pidió ayuda para gestionar un asunto relacionado con un chupacabras. Para empezar, al tratarse de una criatura mágica de bastante reciente aparición, tuvo que explicarle de qué se trataba exactamente, lo que le llevó casi tres cuartos de hora. Cuando por fin parecía que el brujo había asimilado más o menos lo que era, aprovechó para ir al cuarto de baño. Se estaba lavando las manos cuando se topó con Cecilia, que salía de uno de los servicios con cara pálida y gesto de asco.
- ¿Te encuentras bien?
- Acabo de vomitar la comida. Esto es un asco. O tengo ganas de vomitar o tengo un hambre terrible. Y eso sin contar que cada poco me caigo de sueño. Se supone que debería atenuarse a partir del tercer mes, pero yo no noto ninguna mejoría.
- Catorce semanas.
- ¿Qué?
- Que es a partir de 14 semanas. Y estás de 13. Ya sabes que ahora cuentan en semanas y no coinciden exactamente con meses. En tiempos de la abuela se contaba en faltas, en tiempos de mamá en meses, y ahora en semanas.
Cecilia alzó las cejas. – "Vaya ¿Cómo lo sabes?
- El otro día, salió el tema mientras tomábamos café, y lo comentó una compañera.
- ¿Hablasteis de mis náuseas gestacionales a la hora del café? –. Cecilia hizo un gesto como de ofendida.
- No, de las tuyas en particular, no. De las de la otra.
- Bueno. Al menos es una buena noticia. Todavía puedo esperar que se me pase dentro de una semana" – Puso cara displicente y se lavó las manos – "Ya que nos hemos encontrado¿puedes venir a mi despacho ahora? Tengo algo que comentarte.
Almudena miró el reloj. – Solo cinco minutos. Tengo trabajo.
- Suficiente. Vamos.
Cecilia, que llevaba más tiempo trabajando y ostentaba una posición más elevada, tenía un despacho para ella sola, amplio y luminoso, con una mesa grande en la que procuraba tener solamente el asunto que gestionaba en esos momentos, a diferencia de Almudena que tendía a apilar expedientes hasta que decidía dedicar media mañana a archivar, generalmente, porque ya no cabía ni un solo papel. A menudo pensaba que era afortunada porque ya no se usaba pergamino, que era mucho más voluminoso y menos manejable.
- Toma asiento –. Dijo Cecilia en tono funcionarial. Ella misma se sentó en su mesa, apartó a un lado el expediente en el que trabajaba y sacó de un cajón lo que parecía una cajita de cerillas, pero era en realidad una pila de papeles reducidos de tamaño.
- ¿Sabes cómo funciona el servicio de notificación de adquisiciones de la biblioteca?
- Por encima. Adquieren los libros y quincenalmente mandan una relación de altas a quienes lo han solicitado. Me apunté cuando llegué, pero confieso que lo mando a la papelera. Es enorme y poco manejable.
- Ajá. Me lo figuraba. Estás equivocada en algunas cosas. Déjame que te explique. Todas las editoriales de España y Portugal envían por ley dos ejemplares de cada nueva edición de cualquier libro o revista. Uno va directamente a la Biblioteca Nacional..- Cecilia puso cara de obviedad antes de continuar – ...a nuestra sección de la Biblioteca Nacional, por supuesto, y otro ejemplar a la biblioteca del Ministerio, donde permanece 100 años y después pasa a Biblioteca Nacional. El ministerio, por su parte, también adquiere otros ejemplares para intercambios. Hay acuerdos con prácticamente todos los países de lengua española y portuguesa para intercambiar publicaciones. Otras veces, directamente se adquiere para nuestros fondos, que es lo que ocurre con las editoriales británicas.
Cecilia estaba en plena lección. Ya pasaban los cinco minutos que Almudena había prometido, pero no osó interrumpirla.
-...Quincenalmente, todo funcionario que la ha solicitado, recibe la lista de altas. La presentación - base es horrible, ciertamente. Una relación por títulos según orden de entrada, con lo cual se mezclan las cosas más peregrinas. Pero..." Cecilia hizo un gesto con la mano izquierda y con la derecha tomó su varita. – La lista es mágicamente reordenable y también agregable. Engorgio.
Sobre la mesa de Cecilia había ahora un grueso documento. Almudena calculó que debían ser unos seiscientos folios, escritos con letra menuda.
- Esto es la lista agregada de las adquisiciones de los últimos doce meses. Como puedes observar, es enorme. En presentación - base, claro. Ahora puedo reordenarla por el criterio que quiera dando un toque de varita en el concepto correspondiente de la primera publicación de la lista. Por ejemplo, si quiero por orden alfabético le doy al nombre – Cecilia puso su varita sobre el apellido del autor. La lista se volvió ilegible por un momento, mientras todo se reordenaba, y cuando volvió a ser clara el primer título era otro y el autor era un tal Abad. – Ahora no tendría más que dar otro toquecito y decir el autor que busco, y el volumen se me abriría por la primera publicación por orden temporal. Si digo Amatriaín, Sara ¿Ves? Salen las publicaciones de la abuela en los últimos doce meses. Puedo hacer lo mismo por palabras incluidas en el título. Si digo Grindelwald... – Cecilia dio un golpecito de varita, y para desencanto de Almudena entre un tratado de "Grifos y otras criaturas aladas" y "Rutas mágicas con encanto por Groenlandia" no había nada.
Cecilia sonrió – Bueno, si falla una cosa, puedes usar otra. Por ejemplo – apuntó con la varita – "Dumbledore" – Las letras se volvieron borrosas y volvieron a desplazarse reordenándose.
-" Life and lies of Albus Dumbledore". Por Rita Skeeter. Publicado y adquirido, como puedes ver, muy poco después de la muerte del famoso Albus Dumbledore.
- ¿Rita Skeeter? ¿Es una historiadora?
Cecilia soltó una risita. – No, qué va. Es una periodista habitual del Daily Prophet
- ¿Esa especie de tabloide que tienen por prensa seria?
- En efecto. Esto debe ser del estilo de las memorias de una folklórica, por ponerte un ejemplo.
- ¿Y el Ministerio adquiere esas cosas?
- El Ministerio, querida hermana, adquiere de todo. Como te diría la abuela Sara si le preguntaras, nunca se sabe lo que pueden esconder estas publicaciones, ni cuando pueden ser útiles. Esto es seguramente una biografía amarilla de Dumbledore, y Dumbledore fue quién derrotó a Grindelwald.
Almudena suspiró. - Entonces supongo que debería ir a la biblioteca a sacar el libro.
- Y llegarías tarde. Ya está cogido.
Almudena puso cara de desencanto. Cecilia en cambió sonrió abiertamente. Volvió a abrir el cajón y se lo tendió.
- Ahí tienes. Recién salido del horno, como quién dice. Pero ojo, ni se te ocurra perderlo, que está sacado a mi nombre.
Almudena sonrió. Esa era Cecilia, dando siempre una imagen de marimandona y egoísta, aunque luego fuera otra cosa.
- Gracias.
- No hay de qué. Voy a casa de papá y mamá a la salida. ¿Tu que haces?
- También me voy a casa.
- Entonces si quieres nos vamos juntas, pero en metro. La red glú me pone fatal.
Puesto que en la enorme ciudad de Madrid, repleta de edificios de pisos, más que chimeneas se usaban calefacciones, los ingenieros mágicos habían inventado la red Glú, que circulaba a través de los tubos de calefacción. A veces, en una vivienda, se oían muchos ruidos bajando por las tuberías. La gente no mágica, muggles en terminología anglosajona, ingenuos en la terminología española tradicional que iba cayendo en desuso en favor del anglicismo, lo achacaba a aire, pero estaban equivocados. Eran magos o brujas, normalmente acarreando cosas, que se golpeaban contra los interiores metálicos.
Almudena se fue hacia su despacho ojeando el índice del libro, aunque cuando regresó a su mesa su compañero la esperaba como agua de mayo para que le ayudara con el chupacabras, lo que la mantuvo ocupada el resto de la tarde. A lahora de la salida, lo guardó en su bolso y se llo llevó.
En casa de sus padres, donde todavía vivía Almudena, había bastante desbarajuste. Su madre y su abuela estaban muy ocupadas luchando contra una especie de inundación. Dos fregonas se movían solas recogiendo agua que chorreaba desde el techo de la cocina.
- ¿Qué ha pasado aquí? – preguntó Cecilia.
- Se le ha reventado una tubería a la vecina. Es de órdago. La llave de paso está atascada y tu abuelo está arriba intentando, disimuladamente, cerrarla con la varita, pero parece que la vecina no se distrae ni un momento. He tenido que venirme antes del trabajo y menos mal que han podido venir tus abuelos. – Ana, su madre, dijo casi sin aliento y sin dejar de agitar la varita.
Cecilia se apoyó en el quicio de la puerta con media sonrisa. "Parece El Aprendiz de brujo, de Fantasía, cuando Mickey Mouse juega a hechicero e inunda todo. ¡Mobilitus !". Un charco se convirtió en un chorro de agua que se fue directo a Almudena y la dejó empapada.
- ¡Oh! ¡Bravo! ¡Mira cómo me has puesto!
- Oooooops. Lo siento. No se cómo se me ha ido...
- Debe ser gestacional. Voy a cambiarme y a secarme. – Almudena se marchó a su cuarto mientras Ana, su madre, decía algo de hacer ejercicios de concentración para controlar esos vaivenes mágicos.
Cecilia debió concentrarse más, porque se la oía vagamente conjurar el agua una y otra vez. Eso debió permitir que la abuela se tomara un respiro, porque cuando salía Almudena de su habitación, con ropa de andar por casa, se la encontró en el pasillo.
- Supongo que después de la excursión matinal has tenido un día sin contratiempos. También supongo que estarás bastante sorprendida.
- Pues si, abuela, para qué lo voy a negar. Has usado una llave de una prisión mágica, y todas se definen como objetos de magia oscura. Y además, no se si incluso has estado bordeando la ley.
- ¿Puedo pasar?" - La abuela señaló la habitación de Almudena
- Si, claro.
Sara cerró la puerta tras de sí y se sentó en la cama junto a Almudena.
- Los objetos mágicos no son per se oscuros o no. Eso depende de la magia que nosotros les pongamos dentro, y te aseguro que la llave, como tu la llamas, no tenía nada de magia oscura, abriera lo que abriera. Y solamente fui para constatar que Grindelwald, como se rumoreaba, estaba muerto.
Almudena quiso replicar, pero en realidad no supo qué. Sara entonces sacó su varita. - ¿Me das permiso?
- ¿Qué vas a hacer?
- Conjurarlo ¿qué si no?
- ¿No es peligroso?
- Palabra de abuela que no.
Almudena suspiró. No tenía argumentos para negarse.
- Está bien. Pero con cuidado.
Sara sonrió, se levantó y repitió los gestos. Primero, un triángulo, después, una raya vertical, y, por último, un círculo de fuego. Una luz brillante y blanca que giraba vertiginosamente envolvió a Almudena, y percibió vagamente el eco de personas que, aunque no conocía, le resultaron extremadamente familiares, y que, de alguna forma, parecía que la apreciaban y se preocupaban por ella. También percibió, más nítidamente, sensaciones de seres que sí conocía. De sus abuelos cuando eran jóvenes, de sus padres, de sus tíos y primos, de su hermana...Y todo ello envuelto en una sensación de placidez, de ternura. Era muy afortunada, la querían...y entonces... se desvaneció. Miró sorprendida a su abuela, que sonreía.
- ¿Seguro que no es una forma de engañar los sentidos?
- No. Es real. No se trata de sentidos, sino de sentimientos. Y éstos no son malos, son de bondad, de afecto... No podría haber funcionado de otro modo. – La abuela Sara, que había dejado su varita sobre la cama, comenzó a juguetear con su alianza, haciéndola dar vueltas en su dedo anular. Era una sencilla banda de oro, muy fina, sin ningún adorno externo. A menudo quedaba totalmente disimulada por otros anillos que solía ponerse, pero cuando se los quitaba, era el único que permanecía en sus manos. Almudena no recordaba haberla visto antes hacer eso. Le vino a la cabeza, sin saber por qué, que el abuelo sí jugaba a veces con los anillos de la abuela, separándolos sin retirarlos, para dejar sola la alianza, y entonces besaba su dedo justo ahí. Levantó la vista de las manos de su abuela y la miró a la cara.
- Qué es lo que no podría haber funcionado de otro modo?
- No podríamos haber contrarrestado algo que tenía atormentadas a varias almas.
- ¿Por qué abuela, qué misterio hay detrás?
- Es una larga historia.
- ¿Por qué no me la cuentas?
- Para contártela debidamente, debería hacerlo con tu otra abuela...
- ¿La abuela Catalina también está en esto?
- Oh, si. Ella es la otra persona viva que puede hacer lo que yo acabo de hacer. Si ella lo conjura, lo hará en un orden distinto, pero te envolverá igualmente. Las vivencias serán otras, o, si son las mismas, desde su punto de vista, eso depende de ella, pero la sensación será la misma. Hubo una tercera bruja, una inglesa llamada Cassiopeia Black, pero falleció hace tiempo.
- ¿Sólo quedáis vosotras dos?
- Bueno, es que solo hubo tres. Dos de tres, tampoco está tan mal. Pero estoy pensando que antes de que conozcas esa parte de la historia, tienes que estar en antecedentes.
Almudena se irguió. Por fin su abuela iba a contar algo.
- En el verano de 1944, cuando yo tenía diecisiete añitos, una bruja del aquelarre, Graciana ¿Te acuerdas de Graciana? - Almudena asintió con la cabeza - Pues bien, una noche de aquelarre Graciana rescató en el lado francés a una bruja que era perseguida por la SMG, la Seguridad Mágica de Grindelwald. Era una mujer inglesa que se hacía llamar Eleanor Rosier. En realidad, se trataba de Cassiopeia Black, la primera metamorfomaga que conocí, y hasta la fecha la más perfecta, y además una excelente transfiguradora, posiblemente del nivel del mismísimo Dumbledore. Era, además, tía abuela de los dos magos que hicieron añicos la fama de Azkabán como prisión de la que nunca nadie se había fugado.
- ¿Sirius Black y Bellatrix Lestrange?
- Si. Bellatrix Lestrange en realidad es Bellatrix Black. Ya sabes que lo de conservar el apellido de soltera es casi exclusivo nuestro. Pues bien, eso te dará una ligera idea de que en la familia Black el ingenio, la audacia y el talento mágicos eran cosa habitual. Cassiopeia había sido reclutada por su mismísimo padre, Cygnus Black, aunque él no lo sabía, para infiltrarse como espía en el imperio Grindelwald y robar unos objetos muy importante: unos discos de oro en los que se contenía el sistema de codificación de los mensajes en clave del enemigo. Hasta la fecha, los descifradores ingleses no habían sido capaces de entender aquello. Y tenía una explicación: el mecanismo lo habían proporcionado los alemanes. ¿Has oído hablar de la máquina enigma?
Almudena negó con la cabeza.
- Te buscaré algún libro muggle al respecto. El caso es que llegó a Suiza, amparada por la noche se metió en la mismísima residencia de Grindelwald, y allí mismo copió los discos mediante transfiguración y los sustituyó por los auténticos. Cuando saltaron las alarmas, tomó a toda prisa un brazalete que se encontraba en una vitrina cercana, para que nadie pensara que había ido por el sistema de cifrado, y huyó.
- ¿Por qué no se limitó a copiar?
- Porque temía que los originales tuvieran alguna propiedad mágica que ella desconocía, o que se le escapara algún detalle. Como puedes ver, tuvo muchísima sangre fría. Huyó, como te decía, y la persiguieron. Lo cierto es que los tuvo detrás hasta que llegó a los Pirineos, donde la rescató Graciana. El aquelarre la curó, porque venía herida, la alimentó, y cuando los SM traspasaron la frontera y nos amenazaron, la defendimos.
- ¿Estabas presente?
- Si. Y tu otra abuela. Y mis abuelos. Y Eduardo Callejón, que acababa de llegar de Occitania con la noticia. Y después se incorporó tu abuelo Santiago que la puso rumbo a Escocia de manera magistral, y de paso le echó el ojo a una chica.- La abuela sonrió, y Almudena entendió por dónde iban los tiros-. Yo misma la saqué de la selva de Irati, a donde había ido a parar por error. Nos hizo creer que el objeto que había robado era el brazalete, y que los ingleses lo iban a intercambiar por prisioneros. No teníamos ni idea de lo otro. La hicimos escapar, pero no supimos hasta tiempo después que había perdido el brazalete y que lo teníamos en el país. Volvió en septiembre, acompañada de su novio, Malcolm McGonegall, un escocés típico, pelirrojo y lleno de pecas. Y tuvimos que buscar el brazalete.
- ¿Por qué era tan importante?
- Era, entre otras muchas cosas, un objeto alquímico fallido. ¿Sabes cuáles son los Siete Fines de la Alquimia?
- Los supe en el colegio.
- Yo siempre lo explico por niveles. El Primer Nivel queda definido por Cuatro Fines: la Piedra Filosofal, como piedra angular, que permite alcanzar los otros tres, que son el Elixir de la Vida, la Panacea Universal y la Transfiguración de los metales en oro alquímico; en el Segundo Nivel, la Sabiduría Universal, que permite llegar a entender a todos los seres vivos y hablar la lengua del animal que representa la sabiduría, la serpiente, o lo que es lo mismo, hablar pársel. El Tercer Nivel está formado únicamente por la Cuadratura del Círculo. El Alquimista que complete los Tres Niveles se supone que completará la Gran Obra. Hasta la fecha, no se sabe de ninguno que lo haya logrado. La Cuadratura del Círculo no es, como a simple vista pudiera parecer, un problema de matemáticas. Significa la apertura de puertas entre el mundo material y el espiritual. El brazalete era un intento de abrir una puerta que había fracasado, y al cerrar encerró, valga la redundancia, a tres seres espirituales, tres almas, vamos. Había que abrir el brazalete, preferiblemente cuando Albus Dumbledore y Gellert Grindelwald estuvieran frente a frente.
- ¿Por qué?
- Porque una de las almas correspondía a la hermana de Dumbledore, Ariana, y otra a la mismísima madre de Grindelwald.
Almudena abrió mucho los ojos.
- ¿Y la tercera?
- Un niño nonato. Un alma cuyo camino hacia este mundo había sido interrumpido.
- ¡Es horrible!
- Fue duro. Fueron unos pocos meses muy intensos. Y para Cassiopeia, tuvieron un coste terrible, porque perdió al hombre de su vida. También me podía haber pasado a mi, pero al final hubo suerte y tu abuelo sobrevivió. Es verdad que los dos magos se enfrentaron en el duelo más terrorífico del que tengo noticia, mientras nosotras intentábamos abrir el brazalete evitando al mismo tiempo que nos mataran. Y también es verdad que, una vez abierto, Gellert Grindelwald rindió sin mas su varita a Dumbledore.- Sara suspiró.- Pero para contarte toda esta historia con el debido detalle necesito de tu abuela Catalina.
Almudena estaba completamente alucinada. La imagen que hasta la fecha había tenido de su abuela era la de una mujer que aparentaba por lo menos veinte años menos de los que realmente tenía, activa y vital, pero sobre todo, una intelectual del mundo mágico muy reconocida, no una aventurera metida a la búsqueda de objetos alquímicos mientras la perseguían. - Abuela ¿puedo preguntarte otra cosa?- Fue capaz de decor.- Si solo fuiste a comprobar que estaba muerto ¿por qué fui yo?
- La ministra se empeño en que no fuéramos solos Eduardo y yo. ¡Cómo si no nos hubiéramos bastado de sobra!. Eduardo te eligió a ti porque así se aseguraba de que la historia queda en familia. Te puedes figurar cómo será el informe escrito que se archive en el top confidencial de la Ministra. No dirá nada de nada. Cualquiera que hubiera estado presente puede verse picado por la curiosidad y empezar a indagar. Si esa persona es de la familia, pues, de alguna forma, queda en casa. El personal del Ministerio no se sorprenderá mucho si buscas historias de tus mayores en tus ratos libres.
- ¿Por qué no Cecilia? Es más competente que yo.
- ¿No has observado que desde hace tres meses Cecilia no hace ningún trabajo de campo?
Almudena sí había percibido que de un tiempo a esta parte, Cecilia no tenía viajes frecuentes, pero en realidad no se había parado a pensar sobre el tema.
- Desde el mismo día que supo que estaba embarazada, tu hermana pidió que así fuera. No quiere poner al bebé en el más mínimo riesgo. Al fin y al cabo, se siente responsable full time.
- Nunca pensé que Cecilia haría una cosa así.
Sara sonrió. -. Ya deberías estar acostumbrada a la forma de ser de tu hermana.
- Si, ya se que suele aparentar una cosa pero luego el fondo es otro. Pero aún así, no deja de sorprenderme.
- Las apariencias engañan.
- Acabo de constatarlo. Dos veces, para ser exactos, en los últimos tres minutos.
Sara sonrió y entonces vió el libro sobre la mesilla. - Rita Skeeter. Hmmm. Literatura amarilla...no obstante...-. Sara pasó la vista por el índice y después fue directa a una página. -Es lectura insidiosa... pero debes leer entre líneas...tenlo presente cuando lo leas."
Entonces se oyeron unos golpecitos en la puerta, y el abuelo asomó la cabeza.
- Hola, preciosa!- la saludó desde la puerta - Ya he logrado cerrar la llave. Creo que podemos irnos - dijo dirigiéndose esta vez a la abuela.
- Me alegro- contestó la abuela poniéndose de pie - Espero que no fuera muy engorroso despistarla.
- No sabes tu bien... - el abuelo pasó el brazo por el hombro de la abuela - Adiós, Almudena-. añadió dedicándole una sonrisa.
- Adiós abuelo. ¡Eh, abuela!
- ¿Qué?
- ¿Hablarás con la abuela Catalina?
- Seguramente. Que pases una buena noche, cielo- sonriendo, la abuela se fue abrazada al abuelo.
