La garganta me dolía de correr bajo la fría noche de un viernes cualquiera. Pero, al tener ese pensamiento, cada vez era más consciente de que no era un viernes cualquiera. Me habían despedido de mi trabajo, estaba corriendo a casa de una desconocida, probablemente psicópata o madame de una red de prostitución, y quizás el sábado por la mañana ni si quiera estaría viva, pero por alguna razón todo eso me traía sin cuidado alguno. Estaba emocionada. Tenía ganas de ver qué iba a pasar después. Tenía ilusión, una noche de viernes. Un fin de semana prometedor. Y eso era algo que no tenía desde hacía muchos años.

En mi cabeza, repetía continuamente la dirección: Edificio 7. Avenida Glasgow. Piso 19. Puerta del final.

Temía olvidarme de ello, pero en mi mente cada palabra sonaba con gran seguridad. Estuve 10 o 15 minutos corriendo, hasta que llegué a la Avenida Glasgow. Pese a la hora que era, había un considerable tráfico. Paré para recuperar el aliento, y a paso rápido caminé fijándome exclusivamente en el número que lucía sobre cada portal de la calle.

Mientras caminaba, comencé a pensar de manera sensata en lo que estaba a punto de hacer. No tenía ni la menor idea de con qué me iba a encontrar. Bueno, podía hacerme una ligera idea de ello, pero, aun así, tampoco podía estar completamente segura. Todavía podía replantearme las cosas y dar la vuelta. Tarde o temprano acabaría encontrando algún que otro trabajo, o podía resignarme y hablarlo con Kristoff. De todos modos, al día siguiente era sábado y cabía la posibilidad de que fuese a comer al restaurante con la intención de verme, así que para entonces tenía que tener algo pensado. No podía simplemente decirle que me habían echado, porque me preguntaría la razón y no quería ni mentirle ni decirle que había tirado unas patatas con sangre al suelo.

Pero, aunque la manera más racional de proceder fuese esa, quería de verdad darle una oportunidad a aquella voz que me dio la dirección. A aquella dulce, grave, seria y firme voz femenina. Tenía que saber a quién pertenecía. Necesitaba saberlo.

¿Necesitar? Esa es una palabra muy fuerte… Tengo que dejar de pensar en ello. Iré a verla, me ofrecerá un contrato como prostituta muy extraño y raro y me negaré, me iré y se acabó. No va a pasar nada más. Venga, Anna, no te agobies. Entras, dices que no, y te marchas. No hay más.

Con ese plan infalible en mente llegué al portal del edificio número 7. Era bastante grande, de unas veinte plantas. Parecía nuevo y lujoso, casi completamente acristalado, como si no hubiese diferencia entre ventanas y paredes. Era muy llamativo, pero nunca había reparado en él. En ese momento salía una pareja del edificio, y al verme en la puerta dudando si entrar me dejaron pasar.

Vale. Ya estoy dentro. Comienza la misión.

Intenté tomármelo sin seriedad por si la situación se ponía fea o peligrosa, pero estaba demasiado nerviosa como para pensar en cómo actuar. Antes de disponerme a subir hasta la planta 19, vi los buzones del edificio. Con curiosidad, busqué los de esa planta, pero extrañamente en el último no había ningún nombre completo, tan sólo "Srta. Arendelle".

Eso me dio una pista, al menos. No estaba casada. Si no, habría puesto Sra. Arendelle. Por lo que quizás fuese joven, más de lo que aparentaba por su madura voz. La curiosidad me mataba por dentro.

Tragué saliva y caminé hacia el ascensor. Entré, y por un momento me asusté al verme reflejada en el espejo interior que éste portaba. Respiré al darme cuenta de que sólo era mi reflejo y pulsé el botón que señalaba la planta 19. En esos segundos interminables que duró la subida, sentía que iba a explotar. Me estaba metiendo en la boca del lobo, pero lo peor era que quería meterme en ella. De pronto la puerta del ascensor se abrió, y salí al amplio pasillo, casi a oscuras salvo por la tenue luz de unas pequeñas lámparas de pared que inundaban la larga estancia llena de puertas de un tono cálido y hogareño.

Di un par de pasos, para adentrarme un poco más allá en el pasillo. Había por lo menos 10 puertas. Caminé siguiendo la moqueta que cubría el suelo, hasta encontrarme frente a frente con la última de todas ellas. Una puerta de madera, completamente normal. Al lado de ella, un timbre. Cogí aire, y lo pulsé.

Esperé unos segundos, y escuché unos pasos acercarse a la puerta. Ésta se abrió, y yo contuve la respiración. Tras ella, apareció un apuesto hombre. Pelirrojo, con unas grandes patillas muy bien recortadas, y los ojos verdes. Me miró de arriba abajo como calculando algo, de la misma manera que un cocinero mira un pescado en el horno, calculando cuánto tiempo le falta para estar perfecto.

"Bien, eres perfecta." Sentenció, haciendo un gesto afirmativo con la cabeza. "Mi nombre es Hans, trabajo para ella. Llevo las cuentas, la organización, y también soy su portavoz para con sus clientes. Antes de entrar, quítate los zapatos; puedes dejarlos en un armario que encontrarás a la derecha. Ah, y, por último, no intentes mirarla. En serio, no lo hagas. De todos modos, nunca te dejaría que la vieras." Y tras esto, me dedicó una sonrisa, y se marchó hacia el ascensor, no sin antes haberme dado un leve empujoncito para que pasase hacia el interior del apartamento. Miré anonada a aquel muchacho irse, y confundida, pero con curiosidad entré, cerrando la puerta tras de mí.

Me quité los zapatos y los dejé en el armario que había a la derecha, tal y como Hans me había indicado. Entonces, me tomé unos instantes para admirar la estancia en la que había entrado.

Era un descansillo, el típico que hay a las entradas de las oficinas establecidas en viviendas normales. No había ninguna luz encendida, pero podía discernir los muebles y objetos a grandes rasgos gracias a la luz blanquecina que se colaba en el apartamento gracias a las ventanas y paredes hechas prácticamente enteras de cristal, lo que permitía ver un hermoso e increíble paisaje de la ciudad desde arriba, ya que era un piso considerablemente alto. La decoración era muy escasa, casi minimalista, aunque había un gran jarrón con orquídeas blancas en una esquina que me llamó la atención. Eran preciosas, y estaban realmente bien cuidadas. El color blanco que mostraban era tan puro y fuerte que se veía especialmente bien pese a la oscuridad. Me acerqué a ellas, queriendo acariciarlas.

"Puedes sentarte, si así lo deseas." Habló una voz tras de mí. Era la misma voz que me había hablado por el teléfono. Fuerte como un torbellino y suave como el terciopelo. Todo al mismo tiempo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo entero.

Me di la vuelta tan rápido como pude, pero no pude ver a nadie. En ese lado de la estancia, había un escritorio. Sobre él había un par de plumas estilográficas y unos cuantos papeles, todo bastante ordenado. La luz que entraba por la ventana me dejaba entrever que había una persona sentada en la silla que había tras el escritorio, pero no podía verle la cara, ni el pelo. Tan solo la silueta. Supuse que esa persona era la mujer que me estaba hablando.

A mi lado, pasando casi inadvertida, encontré una silla. Me senté muy despacio, esforzándome para poder ver a esa mujer, pero me resultaba imposible. De todos modos, la disposición de todos los objetos dentro del cuarto, los tonos negros y grises de la habitación, y la suave luz que inundaba muy tenuemente el apartamento me hicieron sentir segura; eso, y la voz de aquella misteriosa mujer, estaban haciendo de aquella noche de viernes una muy interesante.

"Eres pelirroja." Comentó, con un tono muy suave y sorprendido. Pareció reírse tras decirlo. Yo no sabía qué decir.

"S-sí… supongo…" Me atreví a responder. Luego, me sentí bastante imbécil.

"Bueno, eso está bien. Me gustan las pelirrojas." Dijo ella. Noté como un fuerte rubor inundaba mis mejillas. Luché por evitar que se notara, pero ella rio con suavidad, de una manera encantadora y formal. Sonreí halagada por sus palabras. Dichas con aquella voz, sonaban aún más bonitas.

"No tengas miedo, cielo. Pareces muy nerviosa, pero no tienes por qué preocuparte. Desde el momento en el que entraste por esa puerta has estado contratada." Dijo, como si fuese algo evidente.

Su voz era tan suave que al principio no me alarmé; es más, era como si saliese a la calle un día de lluvia y ella me avisase de que tenía que llevar un paraguas encima. Pero, cuando repetí sus palabras en mi cabeza, me asusté.

"¿Q-qué? Pero, si ni siquiera sé de qué trata este trabajo… n-no tengo ni idea de qué tengo que hacer, yo no estoy segura de querer ser prostituta, lo lamento per-"

"Cálmate. Ya te he dicho que no tienes de qué preocuparte." Sus palabras sonaban como nubes de algodón sobre las que descansar con seguridad y armonía durante horas y horas. Quería que siguiese hablando, sólo para poder deleitarme escuchando aquella voz. Me mantuve en silencio, sintiéndome un poco tonta por haber mostrado mi pánico tan a la ligera y de manera tan infantil en comparación con su apacible porte vocal.

"Este trabajo es muy sencillo. Me gustaría que no te lo tomases como un trabajo, pero te pagaré, no te preocupes por eso. Tan sólo tienes que venir aquí, cada noche, las siete noches de la semana, durante todos los días." Dijo con suavidad. Me vi a mí misma ansiosa por aquello, y la imagen de Kirstoff se me vino a la cabeza; pero la aparté no sin sentir un poco de culpabilidad.

"P-pero… ejem… ¿qué es exactamente lo que tengo que hacer?" Miré al suelo avergonzada. Me quería referir a que, si lo que tenía que hacer era acostarme con ella cada noche o algo por el estilo, pero no encontraba palabras que lo hiciesen sonar bien. Tampoco quería que ella pensase que yo daba por hecho que tenía que hacer eso, porque ya había mencionado la prostitución antes, y no quería resultarle pesada con ese tema. Quería darle una buena imagen de mí misma. Anna, siempre simpática y alegre, divertida y risueña.

"Tan sólo lo que te diga. Si quieres, empezamos ahora mismo". Dijo. Pude entrever como juntaba sus manos y las posaba sobre sus rodillas, desnudas. Llevaba algún tipo de falda o vestido, y su piel parecía casi blanca. Como mármol, o azúcar.

En ese momento me di cuenta de que no me había podido negar a dicho empleo. No tenía muy claro absolutamente nada. Cuántas horas eran, cuánto iba a cobrar, ni quién era esa mujer que me había contratado. Todo era muy confuso, pero… sinceramente, me gustaba. Mi cuerpo, estremecido cuanto menos, no quería marcharse de aquella habitación. Podría haberme levantado y salido de allí, pero no me quería mover. La agitación me ilusionaba. Quería más de aquella voz, de aquella suave risa tan dulce y madura. Quería más. Así que asentí, esperando que me ordenase algo.

"Bien. Desnúdate." Ordenó.

Mi semblante permaneció exactamente igual durante unos diez segundos, mientras mi cerebro analizaba la orden.

Una desconocida me ha pedido que me desnude. ¿Debería preocuparme? Bueno, me va a pagar. Pero esto no está bien, yo tengo novio… aunque… por alguna razón… sí que quiero desnudarme. Quedarme totalmente vulnerable frente a una mujer que ni veo ni conozco. ¿Qué podría salir mal?

Mi sarcástico pensamiento pasó a mejor vida cuando decidí empezar a quitarme la ropa. Ya no llevaba los zapatos puestos, así que me quité los calcetines, la chaqueta, y cuando me dispuse a desabrocharme los botones de mis vaqueros ella me detuvo, alzando la mano al frente con determinación.

Sus dedos eran largos y delicados. Su piel era también blanquecina en las manos, muy pálida, pero parecían muy suaves, su piel era tersa y firme; como su voz. Sus uñas estaban muy bien cuidadas, aunque no las llevaba pintadas. Eran preciosas. Ojalá haberla podido ver a ella, aunque las palabras de Hans me asaltaban cuando pensaba en ello. No quería ser vista por mí.

"Espera. No te apresures. Hazlo despacio." Dijo, mientras con su mano hacía un gesto para que me calmase, y no fuese tan deprisa.

Tragué saliva de nuevo, y empecé a bajarme los pantalones muy despacio. Con tranquilidad. Intentando apartar mi nerviosismo y disfrutar del alocado momento, de la emocionante noche que tenía aún por delante. De la nueva vida nocturna a la que acababa de acceder. La tela vaquera gruesa y tosca bajaba deslizándose sobre mis piernas desnudas con suavidad, como si resbalase. Igual que los copos de nieve caen con naturalidad sobre los campos, las ciudades, los árboles y los lagos en las tardes invernales de diciembre. Podía sentir la mirada de la mujer sobre mí, atenta a cada movimiento, a cada gesto. Me gustaba. Me sentía culpable, por Kristoff, al fin y al cabo, me estaba quedando completamente expuesta ante una desconocida, todo estaba siendo muy misterioso y ni si quiera me había dignado a comentárselo, a él, con quién supuestamente me debería abrir, sentirme segura, con quien forjaría un futuro próximo, y ni lo había mencionado, ni un triste mensaje, ni una corta llamada… pero ya lo resolvería más tarde. Los días son para preocuparse, las noches en cambio, son para esto.

Son para ella.