Capítulo 2: Decisiones.

A la mañana siguiente, Inuyasha se despertó solo. Kagome no estaba a su lado. Sé alarmó de esto pero al no percibir nada extraño en el ambiente, respiró más tranquilo. 'Estará con los demás ayudando a Kaede y a los aldeanos' pensó. Esperaba que nadie hubiese entrado en la cabaña durante la noche y los encontrará durmiendo en el mismo futón. No quería tener que aguantar las burlas del monje libidinoso y las miradas reprobatorias de Sango y Shippo. Se incorporó del futón, se sentía mejor, pleno de energía. Sus heridas habían sanado a su ritmo rápido de siempre y apenas se distinguían las marcas de algunos cortes más profundos. Rápidamente se puso su kosode[1] blanco y el Hitoe[2] rojo que se encontraban doblados a los pies del futón; desatando su hakama[3], se los acomodó correctamente. Percibió un olor desagradable procedente de unos recipientes en la cabecera del futón. Reconocía ese olor, era un brebaje de sabor horrible que le daba la anciana Kaede para mitigar el dolor, pero que mermaba demasiado sus habilidades aturdiendo sus sentidos; por eso él evitaba tomarlo. Ahora entendía por qué anoche no era capaz de mover su cuerpo y no sentía tanto… ni bueno o malo.

Suspiró recordando la noche pasada con Kagome… habían sido capaces de acercarse, de abrir sus corazones un poco y aunque no le había dicho lo que sentía, tenía la firme disposición de hacerlo… de pedirle que fuese su compañera a pesar de ser un sucio Hanyô. Olfateó el ambiente buscando el aroma de Kagome mientras se acomodaba a Tessaiga en su cintura y salía de la cabaña. Se dirigió a donde su rastro le guio; a los pies del árbol sagrado, el Go-Shimboku. Allí estaba ella rodeada de Miroku, Sango y la anciana Kaede. Su corazón dio un salto al cruzar su mirada con ella.

"– ¡Oe!" – dijo a modo de saludo acercándose.

"– Inuyasha." –susurró Kagome con un leve rubor en sus mejillas. Todos se giraron y le invitaron a unirse al grupo. Kaede hablaba con Kagome sobre la purificación de la Shikon No Tama. Miroku opinaba que debían darse prisa en purificarla para que nuevas hordas de demonios no atacasen la aldea y muriese gente inocente. Sango lo apoyaba. No entendía que había que discutir, la Shikon No Tama tenía que ser purificada cuando antes.

"– Kagome-sama, ¿porque queréis esperar?" –dijo Miroku prudente mirando la sacerdotisa. Kagome, seria, lo miró fijamente dándose cuenta que debía contarles lo ocurrido el día anterior al verse envuelta por aquella luz el día anterior.

"– Ayer… en la luz… vi a… Midoriko; –murmuró preocupada con voz baja, todos la miraron sorprendidos– me dijo que tras purificar la Shikon no Tama… no podría… permanecer en este mundo y…" Todos se sobresaltaron, e Inuyasha se puso de pie demostrando su enojo interrumpiéndola.

"– ¿Qué demonios estás diciendo? ¿Cuándo sucedió todo eso?" – gritó enojado encarándose con ella.

"– Inuyasha, no te pongas así… ayer mientras estabas inconsciente parece que una luz me rodeó, pero deja que te explique… " –dijo Kagome con rostro triste.

"– ¿Qué no me ponga cómo? ¡Keh! ¡No seas tonta! ¿Acaso anoche no me dijiste que te quedarías conmigo?" –dijo furioso sin pensar lo que decía. Kagome lo miraba asustada negando con la cabeza. Él se dio cuenta que no había sido oportuno.

"– Así que anoche… ¿eeeh?" –dijo Miroku mirando con malicia a Inuyasha y Kagome que se ruborizaron a la vez. Sango ya alargaba su mano para agarrar su Hiraikotsu.

"– ¡No te confundas!… desperté en medio de la noche y… Kagome estaba allí y…– exclamó avergonzado– ¡Keh! ¡No tengo porque darle explicaciones a un libidinoso como tú! – finalmente dijo ofendido pero sin conseguir disminuir los colores de sus mejillas. Miroku suspiró, Sango retiró de encima de la cabeza del monje el Hiraikotsu.

"– También me dijo que… –continuó Kagome–… para tener el futuro que deseo… debo encontrar algo que es del pasado y presente por igual…" Y bajó su mirada con tristeza.

"– ¿Y que se supone que significa eso?" –dijo enfadado el Hanyô.

"– No lo sé… no dijo más… se supone que es algo de mi tiempo y de éste… pero… –dijo conteniendo su frustración y abriendo sus manos mostrando la perla– lo único que cumple con ambas condiciones… es la Shikon No Tama."

"– Ya veo. Kagome-sama, ¿no le dijo algo más?" –preguntó Miroku.

Kagome negó tristemente con la cabeza. El pequeño objeto que tenía en sus manos era lo único que podía mantener abierto el pozo o que por lo menos ella pudiese permanecer en Sengoku Jidai. Pero si pedían el deseo correcto, ambas posibilidades se anularían, y cualquier otro deseo sólo traería desgracias.

Todos permanecieron en silencio durante unos minutos. Ninguno había oído hablar de semejante objeto. Ni Sango que procedía de una antigua aldea de Exterminadores de demonios, ni Kaede como sacerdotisa, ni Miroku como monje descendiente de una familia muy antigua con gran tradición religiosa. Inuyasha como Hanyô y con sus años de vida en el mundo tampoco podía aportar nada.

Miroku alzó serio la vista y preguntó: "– Kagome-sama, ¿y cuál es el futuro que…? – pero se interrumpió sorprendido al ver las lágrimas que Kagome contenía con gran esfuerzo. Ella bajó la cabeza ocultando sus ojos tras el flequillo, y haciendo una pequeña reverencia se alejó del Go-Shimboku. Sango viendo alejarse triste a su amiga, empujó con fuerza a Inuyasha.

"– ¡Oe! ¿Por qué has hecho eso?" –dijo molesto. La exterminadora le miró furiosa haciéndole un gesto con la cabeza para que la siguiese. Él se asustó por su mirada pero comprendió y levantándose siguió el camino que había tomado Kagome. Olfateó el ambiente para cerciorarse y caminó en su dirección. La encontró a poca distancia, de pie, en un hermoso claro del bosque cubierto de flores. Vio como sus pequeños hombros se movían temblorosos… ella estaba llorando, él percibía el olor salado de sus lágrimas. 'Maldita sea, ¡cómo odio esto!' pensaba. Se acercó lentamente por detrás. Sabía que lo que menos necesitaba Kagome en ese momento es que fuese el cerdo arrogante e insensible de siempre, pero a él no se le daba bien ser tierno, sólo intentó hacer algo parecido a cuando él se sentía mal y ella lo consolaba… Se pegó a su cuerpo por la espalda abrazándola, no hablaría para no meter la pata y entristecerla más.

Kagome al sentir algo rodeándola, se sobresaltó pero al ver el rojo de las mangas del Hitoe de Inuyasha, se calmó y apoyó su cabeza sobre él, quedando en el hueco entre su cuello y su hombro. Inuyasha respiraba contra su pelo; le encantaba el olor de Kagome mezclado con eso que se ponía cuando lo lavaba. Ahora lo percibía muy intenso. 'Se ha lavado el pelo hace poco… mmmm… ¡que delicia!' pensó disfrutando del aroma. De repente se acordó… tenía que disculparse. No es que pensase que había hecho algo mal, pero su reacción ante las noticias de Kagome no había sido buena. Sabía que ella estaba muy triste.

"– Kagome, yo… lamento… lo de antes." –murmuró Inuyasha. Ella negó rápidamente y acarició la mejilla del muchacho.

"– No te preocupes, Inuyasha… –musitó ella– es normal en ti ese tipo de reacciones. Seguramente yo habría reaccionado igual… o peor." Inuyasha se sentía confuso. No era normal que ella cediese tan rápidamente. Lo habitual habría sido que primero, no le dejase abrazarla; segundo, tras un par de frases rápidas empezaran a discutir y por último, él con la cabeza enterrada en el suelo.

"– ¡Oe! ¿Qué te pasa? No es normal que seas tan dócil." –dijo alarmado. Ella suspiró.

"– Me he cansado de discutir… prefiero esto." – dijo suavemente mientras presionaba su espalda contra el pecho de Inuyasha. Él comprendió apretando más su abrazo sobre el pequeño cuerpo de Kagome. Empujó su cuerpo hacia el suelo por sus hombros, quedando ella de lado de rodillas entre sus piernas mientras él quedaba sentado. La abrazó más fuerte contra su pecho disfrutando así su calidez.

"– Ya verás cómo encontramos una solución –dijo finalmente él– no permitiré que te alejes de mi lado." Ella quería creerle con todas sus fuerzas. Pero si entre sus amigos dado sus diferentes orígenes, no sabían de la existencia del objeto que necesitaban, se temía que su próximo viaje a través del pozo sería el último.

Se quedaron así durante parte de la mañana. Inuyasha empezaba a sentir mucha hambre por no haber desayunado pero por nada del mundo quería moverse de allí. Era el primer momento de paz que disfrutaban desde hacía mucho tiempo y no iba a romperlo por algo tan básico como ir a cazar algo. Justo terminaba de pensar esto cuando su estómago rugió. Se sintió avergonzado, estaba seguro que Kagome lo había escuchado. Sus sospechas se confirmaron al escuchar una leve risa de los labios de la chica.

"– ¡Oe! No te rías. –dijo abochornado. Kagome rebuscó en el bolsillo de su falta y sacó una pequeña barrita de su tiempo. La había visto comerlas de vez en cuando, olían dulce y eso le gustaba, le recordaba a ella. Kagome rompió el envoltorio y le ofreció el contenido a Inuyasha.

"– No es mucho, pero te calmará un poco el hambre hasta la hora de comer." –dijo amablemente. Él la tomó y partiendo un poco se lo ofreció a ella.

"– Toma tú también, no quiero comer sólo." Ella tomó el pedazo que le ofrecía sonriendo y lo mordió. Era una de sus barritas favoritas, de frutos rojos y esa era la última. Le apenó pensar que todo, incluso algo tan simple tenía un final, puesto que le recordaba la situación en la que se encontraba.

Miraba al cielo viendo como las nubes algodonadas iban pasando. Quería detener el tiempo, estaba tan tranquila y relajada en ese momento que no quería que pasase. El calor de Inuyasha tenía ese efecto sobre ella. Se giró levemente para verle el rostro y se sorprendió al comprobar que él estaba mirándola. Su dorada mirada la atrapó. Kagome acarició la mejilla de Inuyasha que susurró su nombre cerrando sus ojos.

Él se había perdido en la calidez de su mano. Nadie le tocaba así, y desde la noche anterior sentía que estaba más conectado a ella. Tal vez por haber vencido a Naraku y poder respirar más tranquilos… o por el acercamiento que habían tenido horas antes… No estaba seguro, pero lo que sí tenía claro es que ese pequeño placer ella lo tenía reservado para él. Sintió como algo suave tocaba sus labios… se sentía bien… era algo delicado… eran… ¡los labios de Kagome acariciando los suyos!

Abrió lentamente los ojos viendo a muy corta distancia el rostro sonrojado y dulce de Kagome. Él se sentía en su mirada como alguien especial, único,… querido. ¿Cómo era posible que después de todo lo que habían pasado juntos, debieran separarse? Desechó ese pensamiento… ahora sólo deseaba una cosa…

"– Kagome…" –susurró instantes antes de unir sus labios a los de ella. Experimentó la misma ráfaga de deseo de la noche anterior apoderarse de su cuerpo… mientras sus labios y lenguas bailaban en esa cálida danza. Sus alientos mezclados ahogaban los suaves gemidos que inconscientemente se escapaban de sus cuerpos.

De improviso, él escuchó el quebrar de una rama bajo el peso de una pisada. Separó su rostro del de Kagome dejándola confundida.

"– Inuyasha, ¿qué…?" –consiguió articular Kagome antes de que Inuyasha pusiese sus dedos con cuidado sobre sus rojos labios.

"– Alguien se acerca… –murmuró él– todavía están lejos pero…". Inuyasha a regañadientes aflojó su abrazo. Olfateó el aire un instante y dijo con fastidio: "– ¡Keh! Son Miroku y Sango."

Un minuto más tarde, Miroku y Sango entraban en el claro, alegrándose de encontrarles por fin. Iban tomados de la mano, eso les extrañó pero no dijeron nada. En los rostros de sus amigos se reflejaba una expresión de asombro, debido a su cercanía, porque ellos seguían muy juntos, en la misma posición en que se habían abrazado y besado instantes antes. Se sentaron a su lado y tras unos momentos, Miroku les habló:

"– Inuyasha, Kagome-sama; los estábamos buscando… –se interrumpió para aclararse la garganta, se le veía un poco nervioso–… queríamos decirles… nosotros…". Kagome miró a Sango quien miraba al suelo y lucía avergonzada, y después observó a Miroku que ruborizado parecía estar buscando las palabras para decir algo… Y lo supo,… por fin se habían decidido.

"– ¡Les deseo todo lo mejor del mundo, se merecen ser felices!" –dijo una Kagome visiblemente emocionada; lo había adivinado, realmente esperaba esta noticia hace tiempo. Y se lanzó a abrazar a Sango quien lloraba de la emoción del momento. Inuyasha las miraba sin comprender del todo. Miraba a Kagome llorar, lo que más odiaba en este mundo, pero sus lágrimas no eran de sufrimiento ni desesperación, eran lágrimas de alegría, de felicidad. Aunque tarde, ahora entendió.

"– ¡Keh! Ya era hora, si te demorabas más te la iban a quitar, monje. –dijo Inuyasha con malicia a Miroku, recordando aquel suceso con el joven Takeda Kuranosuke y el demonio oso al principio de su viaje. "– Enhorabuena." –finalmente dijo dándole unas palmaditas al monje en la espalda con una sonrisa de satisfacción.

Después de abrazarlos a ambos, no sin resistencia por parte de Inuyasha, Sango cambio su semblante quedando en silencio.

"– Hemos decidido junto con la anciana Kaede que cada uno de nosotros investigue con sus medios, qué es y donde puede estar el objeto que debemos buscar para ti, Kagome. –dijo con seriedad– Yo me dirigiré en busca de otras aldeas de Exterminadores de demonios muy antiguas; Miroku-sama se reunirá con los regentes de los templos de su orden y Shippo acompañará a Kaede a otros Santuarios Sintoístas para revisar sus manuscritos sagrados." – Kagome los miraba sorprendida, sus amigos estaban con ella; querían ayudarla a lograr su felicidad. Se emocionó.

"– ¡Oe! ¿Y nosotros que haremos mientras tanto?" –preguntó Inuyasha confuso mirando a Kagome.

Sango y Miroku se miraron entre sí, con cierto temor en su mirada. Ambos temían la reacción del Hanyô al escuchar sus palabras. "– Creemos… que lo más acertado es… que pidas ayuda a… Sesshomaru." –dijo Miroku.

"– ¡¿QUÉ DEMONIOS DICES?! ¿Te has vuelto loco? ¿Por qué demonios querría él ayudarnos? –gritó furioso Inuyasha al monje.

"– No es momento de pensar en eso, Inuyasha, –dijo Miroku muy serio– todo esto es por Kagome."

Inuyasha se quedó paralizado, tenían razón. Si debía tragarse su orgullo para pedirle ayuda Sesshomaru, lo haría. Lo que fuese por Kagome.

"– Pero, Miroku-sama, ¿y vuestra boda? –preguntó preocupada Kagome– No quiero ser un impedimento para…" Sango miró a su amiga y sonriendo sacudió negando su cabeza.

"– Podemos esperar para poder celebrarlo con vosotros, cuando ya todo esté bien." – Ambas amigas se miraron. Kagome con algo más de confianza, sonrió.

"– Bueno, aclarado este punto creo que debemos volver a la aldea, la comida debe estar casi a punto." –Dijo Miroku levantándose y ofreciendo su mano a Sango, quien la tomó encantada.

"– Aaaaah, ¡qué romántico! Recién prometidos y ya es todo un caballero –suspiró Kagome– ¡ojalá que uno que yo me sé tomase ejemplo!" –dijo mirando de refilón a Inuyasha. El aludido se enfadó y no hizo ningún esfuerzo por reprimirse.

"– ¿Es que acaso yo no te ayudo?" –y diciendo esto, agarró del antebrazo a Kagome tras levantarse y tiró de ella para ponerla de pie.

"– ¡Aah!, Inuyasha, ¡eso duele! No seas tan brusco; –se quejó Kagome frotando su dolorido brazo– nunca he dicho que quisiese que me agarrasen como un saco de patatas. ¡Bruto!". Y diciendo esto, se giró indignada cogiéndose del brazo de Sango, dejando a Inuyasha atónito junto a Miroku, que lo miraba resignado, ambos se esperaban un aplastante osuwari que no llegó…

"– Pero… ¡Kagomeee!" –dijo irritado tal cual niño pequeño.

"– ¡Ay!, mi buen Inuyasha, nunca aprenderás. Con comportamientos como esos no sé cómo Kagome-sama no te ha sentado 100 veces más de lo que ya lo ha hecho… –dijo resignado ante las acciones del muchacho–… debe quererte mucho para aguantártelo." Concluyó finalmente dándole una palmadita en el hombro.

Los dos hombres se miraron un instante y sin mediar más entre ellos, siguieron por el sendero a las dueñas de sus corazones.

Esa misma tarde, comunicaron a los aldeanos su decisión de partir al día siguiente. Estuvieron toda la tarde planificando sus respectivos recorridos; habían llegado a la conclusión que al ir separados cubrirían más terreno y podrían obtener mejores resultados que si iban todos juntos. Tanto la anciana Kaede como el monje Miroku cubrirían todos los Santuarios que sabían a ciencia cierta poseían una colección de manuscritos antiguos de rituales, ceremonias y objetos sagrados. Sango iría con Kohaku y Kirara a visitar las tribus de Exterminadores de Demonios de las montañas; esas eran las más antiguas y confiaba pudieran saber algo o por lo menos poder orientarles en su búsqueda; porque no es lo mismo buscar algo concreto, a algo de lo que sólo sabes la función que tiene. Inuyasha y Kagome irían a hablar con Totosai y Myoga, y al final con Sesshomaru. Esto último no le hacía gracia al Hanyô, esperaba que los dos primeros pudiesen ayudarles.

Esa noche decidieron organizar una gran cena todos juntos a modo de celebración por el próximo enlace de Sango y Miroku, y la desaparición de Naraku. Comieron y charlaron hasta que poco a poco fueron quedando dormidos entorno al fuego. Únicamente quedaban despiertas dos personas… Kagome e Inuyasha, quienes tomados de la mano se dirigieron al rio. Kagome quería aprovechar para lavar parte de su ropa y rellenar las botellas de agua que llevaban de viaje. Inuyasha decidió acompañarla y de paso bañarse él.

Mientras Kagome iba rellenando cada una de las botellas vacías que había traído en su mochila, Inuyasha tras un gran arbusto muy cerca de ella, se iba quitando la ropa para meterse en una pequeña laguna natural que se había formado junto al cauce. Estaba un poco nervioso pues siempre aprovechaba las horas nocturnas para bañarse solo porque no quería tener problemas con los humanos. Kagome comenzó a lavar su ropa; no era más que su pijama corto, varias toallas y vendas, y algunas prendas de ropa interior pues no sabía cuándo podría volver a hacerlo y prefirió hacerlo en ese momento. Había cogido agua en un cubo donde tenía sumergidas las prendas y rebuscó en su mochila para coger el detergente, con tan mala suerte que cogió el champú en lugar del jabón que usaba para lavar. Se dio cuenta de su error cuando hizo más espuma de la necesaria y captó el aroma del champú.

"– ¡Oh, no! ¡Maldita sea!" – exclamó fastidiada.

"– ¿Qué ocurre, Kagome?" – preguntó Inuyasha al otro lado del arbusto.

"– Nada, es sólo que… –comenzó a decir–… he confundido el detergente y he usado el champú del pelo para lavar la ropa."

"–… ¿Y qué hay de malo en eso?" –pregunto dubitativo.

"– No pasa nada, es que no he puesto atención. –dijo resignada– Tendré que aclararlo bien después."

Se hizo un gran silencio mientras Kagome frotaba unas vendas contra una piedra para quitar rastros de sangre. Al otro lado del arbusto escuchaba el rumor del agua, Inuyasha parecía estar disfrutando de su baño. 'Aah, que bien me vendría a mi uno ahora' pensó, y acto seguido se ruborizó pues se imaginó a ella y a Inuyasha juntos tomando un baño… Se reprendió mentalmente dándose un golpecito en la cabeza. No era por falta de ganas… le costaba apartar de su pensamiento a Inuyasha, y más después de los besos que habían compartido la noche anterior. Suspiró decepcionada y prosiguió su tarea volviendo a sumergir las prendas en el cubo para aclararlas.

"– ¡Oe! ¡Kagome! –murmuró Inuyasha sacándola de su regañina mental–… tú… ¿me… lavarías el pelo?".

Ella se quedó paralizada. Inuyasha le estaba pidiendo ¿qué? Sus mejillas antes levemente ruborizadas, se tornaron furiosamente rojas.

"– Me… gustaría que mi pelo oliese tan bien como el tuyo pero… no sé cómo se hace…"–dijo avergonzado de una manera un poco infantil. A pesar de no estar viéndole a la cara, sabía que no había mala intención en sus palabras pues desde la primera luna nueva que pasaron juntos, Inuyasha le había dicho que le gustaba su olor. Como no usaba perfume, sabía que era por el champú y el acondicionador que utilizaba.

Se quedó en silencio. Inuyasha, que seguía avergonzado al no obtener respuesta, se entristeció y lo interpretó como una negativa. Escuchaba el movimiento de la ropa, parecía que Kagome seguía lavando sus pertenencias. Suspiró descorazonado.

"– Inuyasha,… ¿puedes quedarte cerca del borde,… de espaldas a mí?" –Inuyasha se sorprendió… eso significaba que… '¡Bien!' grito internamente él. Él se sintió tan feliz que su corazón aceleró su ritmo de la emoción. Sólo el hecho de tener a Kagome acariciando suavemente su pelo y su cabeza con sus dedos, le alegró. Se imaginaba la escena: ella sentada con él entre sus piernas… masajeando su pelo enjabonado mientras el agua y la espuma resbalaban por su espalda… desnuda,… llegando a las piernas descubiertas de Kagome… ella tocando sus sensibles orejas… y tras este pensamiento sintió su sangre arder y congregarse en su miembro haciéndolo despertar. '¡No! Ahora no, ¡Maldito Miroku, has envenenado mi mente!' pensó enfurecido. Iba a decirle a Kagome que había cambiado de idea cuando la vio aparecer frente a él. Se había cambiado de ropa; llevaba un pequeño pantalón de tejido brillante y ajustado que dejaba a la vista la mayor parte de sus piernas y su camisa escolar había sido sustituida por una pequeñísima camiseta de tirantes que dibujaba armoniosa las curvas de Kagome. Inuyasha tragó despacio, se quedó embelesado por la visión, pues podía intuir todas las curvas de su pequeña sacerdotisa. Ante esta visión su miembro volvió a latir incrementando su erección. Agradeció estar casi sumergido, pues de no estarlo habría tenido que sufrir la cólera de Kagome con una tanda de osuwaris que lo habrían ahogado sin duda si llega a ver la respuesta de su cuerpo.

Ella se sentó en la orilla frente a él e Inuyasha se aproximó quedándose entre las piernas de ella dándole la espalda. Tomando un poco de champú comenzó a frotar la larga cabellera del Hanyô que inmediatamente comenzó a ronronear y a relajar su postura. Ella sonrió ante la respuesta de Inuyasha y prosiguió con su labor. Kagome masajeaba su cabello por zonas, evitando que la espuma entrara en sus orejas. Él se sentía en la gloria; ese momento lo estaba disfrutando muchísimo pues Kagome lo estaba tratando con sumo cuidado y mimo. Kagome volvió a echar más champú debido al largo del cabello de Inuyasha y él lo agradeció internamente pues eso alargaría su placer. En un momento Kagome comenzó a frotar sus orejas, hecho que le hizo ronronear con mayor intensidad e inconscientemente él se echó para atrás para sentir más el contacto del cuerpo de Kagome. Tras unos instantes más de atenciones le pidió a Inuyasha que se sumergiese en el agua y se mantuviese unos momentos el cabello dentro del agua mientras ella los frotaba para que saliese el exceso de jabón y se aclarase bien. Al salir del agua, su pelo olía tan bien que no pudo evitar coger un gran mechón y llevárselo a la nariz para deleitarse del aroma.

"– ¡No hagas eso, Inuyasha! –dijo avisándole– ahora tengo que aplicarte el acondicionador, si no, será imposible de desenredar." Él sin entender ni una sola palabra asintió, pues eso significaba que recibiría más caricias como las primeras.

Kagome puso una pequeña cantidad del acondicionador en sus manos y comenzó a deslizar sus dedos por el cabello de Inuyasha. Hacía lentos movimientos hasta las puntas para repartir el producto y con cada pase, Inuyasha ronroneaba más fuerte e incluso era incapaz de contener algún gemido. Ella se sonrojó al escuchar los sonidos que tan inocente acto estaban provocando en Inuyasha, y no era que no desease esa reacción, sólo que no se esperaba un Inuyasha tan mimoso y entregado, tan dócil y cercano. Durante todo el tiempo que duró la búsqueda de los fragmentos, Inuyasha siempre estuvo en guardia y vigilante por lo que este comportamiento la tomaba por sorpresa pero le encantaba.

Cogió el peine que había traído con ella y comenzó a deslizarlo por la melena plateada de Inuyasha. Esto ya era el colofón final; había muerto y estaba en el cielo, pensaba Inuyasha. Poco a poco se había ido escurriendo y su cuerpo comenzaba a tumbarse flotando en el agua. Estaba tan relajado que olvidó completamente que cierta parte de su cuerpo permanecía despierta. Kagome seguía desenredando y peinando el cabello de Inuyasha cuando se percató de la excitación del Hanyô, sonrojándose furiosamente y deteniendo su tarea. Sus ojos estaban fijos en esa parte de su anatomía que si bien no totalmente excitada, si lo estaba lo suficiente como para que Kagome tuviese una buena vista y conciencia de lo que tenía Inuyasha entre sus piernas…

"– ¿Qué ocurre, Kagome? ¿Por qué paras?" –dijo adormilado. Ella miró rápidamente a su rostro; sus ojos estaban cerrados. Intentando calmarse y continuó peinándolo. Pero el cambio en el olor de Kagome no había pasado totalmente desapercibido para el Hanyô. '¿Qué le ha pasado? ¿Por qué de repente huele a… ¿deseo?' E Inuyasha comprendió, abrió sus ojos de par en par y se puso de pie en el agua quitando de la vista su erguido miembro. Se sintió terriblemente avergonzado; Kagome se sentiría ofendida con total seguridad si le había visto… y él estaba seguro que ella le había visto. Lentamente se giró y la vio sonrojada pero sonriéndole.

"– Lo… siento, Kagome… yo…" –murmuró él mirándola muy avergonzado por la reacción de su cuerpo. Ella negó suavemente con la cabeza y dejando el peine en la orilla se metió en el agua acercándose a él.

"– Kagome… espera… te vas a mojar la ropa." –dijo quedamente.

"– Por eso me cambié… ésta se puede mojar. No es problema." Y se aproximó más él. Kagome se sentía conmovida por las reacciones de Inuyasha. Sabía de sobra que todo aquello era nuevo para él, por lo que no había malicia en las palabras y acciones de su Hanyô. Él era tan evidentemente inocente, tan tímido y tierno, que no había segundas intenciones en nada de lo que hacía. Ella, sin ser una santa ni lo contrario, procedía de un tiempo en que las cosas iban más rápido, en la que ella como mujer podía tomar la iniciativa sin ser perjudicial para ella.

Inuyasha hasta que Kagome llegó a su vida no había experimentado el contacto cercano y humano desde la muerte de su madre; porque el trato recibido de Kikyo no podía decir que fuese humano, y menos entre iguales. Sobre todo desde el momento en que experimentó el que Kagome le daba, tratándolo como un igual, como compañero de viaje, como amigo… y como hombre.

"– Sujeta mis hombros con tus manos, Inuyasha" –dijo calmada. Él sin comprender mucho así lo hizo. Ella deslizó una de sus manos por detrás de la nuca del Hanyô. "–Ahora déjate guiar por mí." –dijo a la vez que empujaba su pecho con la otra mano y con su pie hacía perder el equilibrio a Inuyasha. "–Yo te sujeto, flota Inuyasha, confía en mí."

"– Pero Kagome… yo…" –murmuró Inuyasha avergonzado todavía por el estado de su cuerpo.

"– Shhh…" –indicó Kagome sonriéndole tiernamente. Él obedeció dejándose llevar en el agua… por Kagome. Ella acariciaba su pelo quitando los restos del acondicionador delicadamente. Inuyasha entendió y cerró los ojos. De esa manera ella podía hacer eso mejor que desde la orilla. Sentía nuevamente esa sensación tan agradable, y sus nervios ante el hecho de estar desnudo junto a Kagome se habían casi disipado aunque la excitación en su cuerpo seguía presente.

Kagome observaba a su hermoso Hanyô, totalmente confiado en sus manos. Dejándose hacer… se veía tan hermoso bajo la luz de la luna, con el cabello serpenteando en el agua y con diminutas gotas de agua salpicadas por su cuerpo. Nunca antes había tenido la oportunidad de disfrutar de una visión tan completa del cuerpo de Inuyasha… y le gustaba. A pesar de lo que pudiese decir él por todos los maltratos recibidos en su vida, él era hermoso. Para nada era un ser sucio, indecente, no era una aberración ni un ser maldito. Como ella lo entendía, era la máxima expresión del amor entre dos seres de razas enfrentadas.

Tras unos instantes aclarando su pelo, detuvo su mano admirando el tierno rostro de Inuyasha que seguía con los ojos cerrados a su merced. Lentamente movió su mano hasta la mejilla de Inuyasha y le acarició con ternura. Él lentamente fue abriendo los ojos. Se miraron unos instantes, sus ojos destilaban amor… todo el que habían callado todo este tiempo.

"– Kagome…" –susurró él dirigiendo una de sus manos al rostro de la muchacha.

"– Inuyasha…"– Ella pronunció su nombre de tal manera que todo su cuerpo se estremeció. Lentamente ella fue descendiendo hasta tomar sus labios con dulzura. Inuyasha la recibió deseoso de probarla nuevamente. Sus bocas se movían acompasadas, mecidas por el agua. Tímida asomaba la lengua de Kagome cuando lamió uno de sus labios y él la tomó con ansia. Su beso consiguió terminar de encender el fuego que ardía en ambos. Inuyasha sujetó firme el rostro de Kagome profundizando su beso. Poco a poco, consiguió enderezarse en el agua y cuando hizo pie en el fondo apretó firmemente a Kagome contra él. La deseaba tanto que no sabía cómo había sido capaz de controlarse todo este tiempo. Su pequeño cuerpo se amoldaba perfectamente al suyo, mientras el agua los abrazaba a ambos.

Inuyasha la estrechaba firme entre sus brazos cuando comenzó a acariciar su cuerpo lentamente. Kagome se dejó hacer, había deseado aquello por tanto tiempo y más desde su pequeño contacto la noche anterior, que no tenía ningún deseo de reprimirse ni rechazarlo. Él paseaba sus garras sobre el cuerpo de la joven, mientras Kagome aprisionaba su bien formada y musculosa espalda. Él jadeaba presa del deseo y la excitación que ante las caricias de Kagome seguían acrecentándose en su cuerpo, desembocando en su excitado miembro. La deseaba tanto; quería sentirla más, estar más cerca de ella, tanto como fuese posible, que formara parte de su ser, fundiendo sus cuerpos por el calor que le abrasaba en ese momento.

Kagome deslizó sus manos al pecho de Inuyasha separándose levemente y lo empujó hasta que estuvo apoyando su espalda en una roca cerca del borde. Ella comenzó a darle suaves besos en el cuello, succionando pequeñas porciones de su piel que conseguían arrancar gemidos de placer en Inuyasha. Ella lamía su piel con avidez, capturando pequeñas gotas de agua que habían quedado retenidas. Iba lentamente descendiendo por el cuello hasta el pecho de Inuyasha, besando su piel con dedicación. Mientras Kagome iba inclinándose descendiendo por el cuerpo de Inuyasha, sus manos habían comenzado a deslizar por sus piernas los pequeños pantalones que ella llevaba puestos, consiguiendo que cuando llegó a capturar el pezón de Inuyasha, éstos se deslizasen hasta sus tobillos. Inuyasha gimió con fuerza al sentirla, perdiendo el control de su cuerpo por un instante y clavando sus garras en la roca donde se apoyaba. Con un rápido movimiento Kagome se quitó los pantalones y alcanzándolos con una mano, los arrojó fuera del agua. Sus manos retornaron al cuerpo de Inuyasha y lo acariciaron con necesidad.

Inuyasha estaba perdido en el mar de sensaciones que Kagome le estaba haciendo sentir. No dejaba de gemir el nombre de su amada tan pronto como recuperaba el aliento. Deseaba hacerle sentir lo mismo a ella pero no encontraba las fuerzas ni la voluntad para detenerla. Sus manos lo acariciaban y él lo sentía todo con tanta intensidad que se sentía débil ante ella. Creía que explotaría en cualquier momento, su miembro alcanzaba ya niveles de excitación dolorosos. El tacto de sus manos, su lengua, sus labios recorriéndole… era indescriptible el placer que experimentaba.

"– Inuyasha…" –susurró separándose un poco. Con su rostro totalmente rojo por la excitación, abrió levemente sus ojos viéndola frente a él, en un estado de excitación similar al suyo. La respiración rápida, su corazón latiendo apresuradamente y jadeando. Se perdió unos instantes en el chocolate de sus ojos. Avanzó sus manos hasta la cintura de Kagome atrayéndola de nuevo y la beso con apremio. Sus cálidos alientos contenidos en sus bocas los envolvían. Inuyasha se separó de ella, quería quitarle la ropa que llevaba… quería eliminar esa barrera que los separaba… deseaba hacerla suya… Bajo su mirada hacia la extraña prenda que cubría su pecho. No sabía que era, ella jamás la había usado o por lo menos él nunca la había visto.

"– Ka…gome… ¿cómo… se quita… esto? –consiguió murmurar mientras su mano paseaba sobre el torso de la chica. Ella sonrió y con una mano comenzó a deslizar la cremallera frontal que poco a poco iba mostrándole al Hanyô los hermosos, turgentes y bien formados pechos de su amada. Antes siquiera de quitarse totalmente la prenda, Inuyasha se lanzó a por uno de sus pechos lamiendo, capturando con anhelo su pezón, ya duro mientras con su otra mano, amasaba el otro arrancando profundos gemidos de placer de los labios de Kagome. Ella se arqueó pronunciadamente haciendo que su cabello entrase en el agua y que sus caderas se pegaran a las de Inuyasha. Y entonces él lo sintió. Piel contra piel… las caderas… desnudas de Kagome se presionaban contra su palpitante miembro que se había colado entre sus piernas. Ambos estaban desnudos… totalmente en contacto… Gimió sin poder controlarse sintiendo que un placer nuevo lo embargaba… notando como algo había salido de su cuerpo por aquella parte de su anatomía que se moría por hundir en el cuerpo de Kagome mientras se pegaba a ella en pequeñas embestidas.

"– ¡… Aaaaahh… K…Kago…meeee!" –gritó al estallar. Había experimentado su primer orgasmo, no había podido controlar su cuerpo. Había perdido el control de sus sentidos, todo el placer que Kagome había estado proporcionándole estalló de forma descontrolada. Ella lo miró con ternura mientras él se abrazaba desesperado a ella, jadeando su nombre.

Inuyasha la tomó en brazos de improviso y salieron de la pequeña laguna. Él la dejó sobre la hierba y se tumbó a su lado abrazándola a la altura de su vientre, como si estuviese intentando escuchar en él… un cachorro… Ella se sintió conmovida. Él se alzó y comenzando a besar su vientre fue descendiendo lentamente. Sus manos acariciaban su piel consiguiendo encenderla de nuevo… fuera del agua Inuyasha pudo oler ya claramente el olor que despedía cierta parte del cuerpo de Kagome… al que por instinto se acercaba. Ese olor lo embriagó desde el momento que lo percibió… le resultaba irresistible, adictivo como el sabor de la piel de Kagome. Percibió el aroma del deseo y la excitación en el cuerpo de su amada, con cada caricia mientras descendía, ella arqueaba su espalda y le obsequiaba con sonoros gemidos mientras sus manos lo buscaban con desesperación. Introdujo una de sus manos para separar sus muslos y una nueva ola de ese extraordinario olor le hizo perder la razón, acercándose a la fuente de tan maravilloso aroma; deseaba saborearla, probarla directamente, y cuando su lengua entró en contacto con su sexo, Kagome gritó de placer. Estaba tan excitada que no podía controlarse. Inuyasha continúo lamiendo entre sus labios con rápidos movimientos, mamaba de su cuerpo desesperado, tomando los jugos que por la excitación salían del cuerpo de la joven. Con su lengua recorría su sexo arrancando exquisitos sonidos de su amada, el placer la inundaba y hacía temblar intensamente; por encima de donde brotaban sus jugos encontró una pequeña elevación de piel que succionó profundamente haciendo que Kagome alcanzase un violento y brutal orgasmo en ese momento. Ardientes espasmos de placer azotaban su cuerpo, haciéndola arquear su espalda mientras Inuyasha seguía lamiendo su sexo pero con menos intensidad. Gritó con desesperación el nombre de Inuyasha quedando totalmente agotada y débil.

"– Kagome… Kagome…"–susurraba Inuyasha ascendiendo por su cuerpo mientras besaba su caliente piel–… Kagome… Kagome…" Era como una plegaria, como un agradecimiento, lo decía con tanta devoción; cada vez que la nombraba y besaba sentía los cálidos sentimientos que compartía con Inuyasha. 'Gracias… gracias por permitirme sentir esta felicidad… gracias por confiarte a mi… gracias… por quererme…' pensaba él con cada beso que dejaba en la piel de Kagome. Llegó hasta los labios de Kagome y los acarició con ternura mientras una lágrima de felicidad rodaba por su mejilla. Kagome sujetó el rostro de Inuyasha y con sus labios tomo la lagrima; gesto que enterneció al Hanyô. Se abrazaron fuertemente mientras Kagome le daba pequeños besos en el cuello y él se los daba en la frente, el cabello… pero quería más. Él se alzó sobre sus codos y la besó, primero despacio, lentamente, saboreando sus labios. Para después ir intensificando sus acciones; se perdió en la sensación de acariciar con su lengua el interior de la boca de Kagome, mil descargas le recorrieron nuevamente el cuerpo hasta coincidir en su excitado miembro, gimiendo calladamente. 'Dios, me va a hacer perder la cabeza' pensaba Kagome, nuevamente excitada con solo el beso de su amado.

Inuyasha no se había dado cuenta que al ascender por el cuerpo de Kagome y quedar con sus piernas entre las de ella, su miembro casi erecto se estaba rozando contra el húmedo y cálido sexo de Kagome; poco a poco se iba excitando más y sin darse cuenta con sus leves movimientos se iba colocando en su entrada hasta que se introdujo en ella. Kagome y él jadearon ante la sensación quedándose inmóviles. La placentera sensación de invadir a Kagome le golpeó con fuerza. Se sentía tan bien, pero no había pensado llegar tan lejos; apenas habían comenzado a explorarse mutuamente e Inuyasha no tenía experiencia en esto, pero… la deseaba, Dios sabe que así era. Si había una hembra a la que quería tomar,… a la que deseaba complacer,… a la que anhelaba tener con él… esa era Kagome.

"– Ka…gome… yo…" –murmuró vergonzoso, necesitaba saber si ella quería continuar pero a pesar de todo no le salían las palabras. Ella le había sentido entrar un poco en ella, se sintió bien hasta que se frenó con la barrera de su virginidad. Miró el tierno rostro avergonzado de Inuyasha y sujetándose a su cuerpo le susurró suavemente…

"– Lento… ve poco a poco…". Inuyasha salió lo poco que había entrado en ella y volvió a entrar moviendo algo más sus caderas contra ella. Avanzaba lentamente, aplicando poca presión para no lastimarla… Él se estaba perdiendo en la gratificante sensación que le producía penetrarla… Sentía su cordura alejarse. Él gruñó, bajando su rostro al cuello de Kagome, mordiéndola suave… Kagome gimió ante esto, se aferró a su cuerpo… lo deseaba dentro de ella.

Entonces Inuyasha lo hizo, se empujó lentamente dentro de ella… y sintió dolor… mucho dolor. Abrió los ojos de par en par, ahogando un pequeño grito con su mano. Ardía… el ardor entre sus piernas era desgarrador. Se sujetó más fuerte a Inuyasha cuando lo sintió avanzar aún más llegando hasta el final. Él gruño más intensamente contra su oreja.

"Kagome ..." - jadeo Inuyasha.

Se quedaron así unos instantes, Inuyasha había olido las lágrimas y el dolor de Kagome, se sentía mal pues él había experimentado una leve molestia pero también mucho placer al introducirse en el cuerpo de Kagome. Se sentía tan apretado, tan húmedo, cálido… era una sensación maravillosa. Se lamentó por haberla hecho pasar por ello, pero ya no había vuelta atrás. Él acariciaba a Kagome despacio, consolándola por haberla hecho sufrir. La deseaba tanto que no había medido sus movimientos y aun consciente no había podido controlarse.

"– Inu…yasha… puedes seguir… ya está." –dijo Kagome con voz dolorida.

"– ¿Qué?... No se… que debo…" –dijo avergonzado, él había actuado por instinto, se había dejado llevar por las emociones que lo embargaron pero tras causarle dolor a Kagome, su bestia interior se había acallado. Ella lo miró con ternura.

"– Muévete dentro de mí, Inuyasha… despacio… como si te mecieran… suavemente." –susurró mirándole con amor. Él se sintió tan conmovido que la besó. Reclamando su lengua se perdió en su sabor, demandando hambriento la lengua de ella. Comenzó a salirse del cuerpo de Kagome para lentamente volver a entrar. Ahogó un gemido contra la boca de Kagome. Ella todavía sentía molestias pero los besos de Inuyasha y sus caricias estaban consiguiendo aliviarla. Ese malestar que sentía se veía reemplazado por una maravillosa sensación que la iba recorriendo poco a poco. Inuyasha notó este cambio, él se sentía tan bien. Las suaves embestidas que le daba le hacían disfrutar tanto que se habría quedado así eternamente, pero de pronto sintió que las caderas de Kagome lo acompañaban y sintió la necesidad de acelerar su movimiento, y… placer… el placer se incrementó. Se sentía cada vez mejor.

"– Inuyash….aaaaa… más… rápido…" –gimió Kagome debajo suyo, el Hanyô se sorprendió pero eso lo excitó más, y aceleró más su ritmo. Él comenzó a embestirla enérgicamente, salía dentro y fuera de ella; poco a poco, Kagome fue aumentando el ritmo de ambos; cuando él bajaba, ella subía sus caderas cada vez más rápidamente, el ritmo se volvió mucho más apresurado, frenético.

Inuyasha gemía intensamente, su respiración acelerada se mezclaba con la de Kagome… ella se abrazaba fuertemente a él y besaba su cuello; él comenzó a embestirla violentamente y con más fuerza. Kagome estaba disfrutando del placer que la inundaba, jadeaba ante cada uno de los actos de su Hanyô… Inuyasha la estaba dando placer… puro placer.

Sus jadeos iban a más, aumentaban a cada embestida… Inuyasha se sostenía sobre sus antebrazos besando a Kagome con pasión, mezclándose con ella. Él sentía que necesitaba más… que algo faltaba. Sentía que estaba cerca… de explotar… al borde de algo… de sentir que su placer culminaba. Kagome sentía aumentar más y más el placer que sentía… mucho más… él la apretó entre sus brazos con mucha más fuerza y soltaron en un fuerte gemido… llegando ella a un violento orgasmo mientras gritaba el nombre de su amado y las paredes de su sexo aprisionaban el duro miembro de Inuyasha que al sentir aquello, convulsionó y alcanzó el clímax segundos más tarde que Kagome, manteniendo juntos los efectos de ambos orgasmos. El sintió como su alma salía de él por el lugar de su unión, derramándose en su interior entre pequeños pero intensos espasmos de placer. Estaban exhaustos, la intensidad de lo que habían vivido les había devastado y sus respiraciones agitadas necesitaban calmarse. Se abrazaron en la misma posición, disfrutando del calor de su unión.

"– Ka…go…me… te amo… te amo." –susurró jadeando todavía Inuyasha, seguía temblando sobre ella, eran los últimos rastros de su orgasmo.

"– Mi amor… yo también a ti… te amo tanto." –lloró Kagome junto a su oreja.

Pasaron unos minutos abrazados, estando él todavía dentro de Kagome. No hablaron durante un rato hasta que decidieron que debían volver a la aldea. Ellos se miraron, completamente sudados y se sonrieron; Inuyasha salió de Kagome sin mucha gana y se pusieron de pie tomando el jabón que andaba por allí abandonado. Se volvieron a meter en la pequeña laguna y esta vez sin tanta ceremonia se dieron su primer baño, juntos. Mientras ella enjabonaba el cuerpo a Inuyasha, él masajeaba suavemente el pelo a Kagome. Después alternaron posiciones y a los pocos minutos ya se encontraban secándose con ayuda de la ropa que Kagome había llevado para lavar y que ya se encontraba casi seca. Con pocas ganas se vistieron y recogieron la ropa lavada y las botellas que Kagome había rellenado. Inuyasha no dejó que Kagome llevara nada de peso así que únicamente la dejo coger su ropa, dejando una de sus manos libres, lo que él aprovechó para cogerla de la mano.

Cuando ya estaban próximos a la aldea, Kagome le miró apenada su pelo y le dijo:

"– Es una lástima que hayamos tenido que lavar tan rápido tu cabello, apenas se nota el olor del champú." –dijo recordando que a Inuyasha le gustaba ese aroma.

"– No es problema, Kagome,… porque ahora tengo un olor mucho mejor… –dijo levemente ruborizado mirándola con amor–… tengo el tuyo." Una sonrisa iluminó su rostro e Inuyasha no pudo resistirse. Se inclinó y la besó. Fue un beso rápido pero cargado de amor y calidez. A escasos centímetros tras separarse, sonrieron con dulzura. Se sorprendían de cómo había cambiado tan rápido la relación entre ellos pero lo sentían tan natural que no les preocupó en absoluto. Y tomados de la mano reemprendieron el camino hacia la aldea que ya se vislumbraba entre los árboles


[1]Kosode: camisa pequeña blanca, de mangas estrechas. Similar a las chaquetillas de los trajes de artes marciales de la actualidad.

[2] Hito: mangas de la chaqueta separar amplia.

[3]Hakama (o Sashinuki hakama): Pantalón ablusado y atado en los tobillos, propio del periodo Heian (época anterior al periodo Sengoku, en la que vivía el padre de Inuyasha).