A la Sombra de Buda
Los días pasaron, y por primera vez en mucho tiempo salí del Templo de Virgo, aunque siempre nos dirigíamos al Coliseo por la misma ruta y lo más rápido posible, por lo que no pude hablar mucho, ni con muchas personas. Sin proponérmelo, me gané la fama de guerrera fría y peligrosa entre los que me vieron vencer a mis oponentes; algunos aplaudían mis técnicas, otros simplemente intercambiaban opiniones entres ellos, sin embargo, la gran mayoría prefirió tomar la opción más cómoda: temerme.
Pero entre los que me observaban con atención y los que huían de mi presencia, la única opinión que me parecía importante era la de Shaka de Virgo. Victoria tras victoria, después de derribar al infeliz que decidió retarme, invariablemente volvía mis ojos hacía las gradas buscando a mi Maestro, del cual siempre obtenía la misma respuesta.
El imperturbable semblante del más cercano a un Dios.
De esta forma transcurrió mi breve entrenamiento fuera de la Sexta Casa, con varias críticas y sin ningún tipo de elogio por parte del Iluminado, tal y como lo hacía desde que me convertí en su discípula. Conducta que consideré perfectamente normal y propia de quien esta entrenando a una Amazona, una guerrera que debe estar por encima de cosas tan banales como los sentimentalismos, hasta pisé la arena del Coliseo. Por primera vez observé el entrenamiento de otros aprendices y la actitud de sus Maestros…
¿Por qué todo era tan diferente para mí? ¿Por qué era incapaz de obtener una simple "bien hecho" de él? ¿Acaso le parecía tan incompetente?
Cuando caminábamos hacía la Colina Zodiacal, después de mi último entrenamiento antes de los Juegos Vestales, fijé mi mirada en su espalda. La misma actitud austera, el mismo silencio, la misma postura con la que parecía ignorar mi presencia hasta que llegábamos a la Casa de Virgo. Bajé la mirada hacia el suelo arenoso del Santuario, preguntándome qué me hacía falta para que mis esfuerzos fueran de su agrado.
Sacudí la cabeza, intentando alejar ideas tan ridículas de mi mente.
Él es el más cercano a un Dios, así me lo dio a entender, así lo creían mis condiscípulos, nada de lo que haga me acercará a su poder y enfrentarme a él sólo me traería desdichas, como ya lo había comprobado. A lo sumo, sólo podía aspirar a seguir sus consejos lo mejor posible.
Convencida de esto, abandoné mis dudas y volvía mi estado de "paz" o de "vacío" como prefería llamarle.
OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO
De esta forma comenzó la celebración de los Juegos Vestales, el gran día donde todo mi destino se decidiría con el resultado de una única pelea contra algún adversario desconocido. Donde cualquier técnica, por inhumana y brutal que sea, será permitida siempre y cuando sólo uno quedara en pie, siendo completamente indiferente que el otro terminara inconsciente o muerto…
- … así que un error podría ser fatal. Ten eso siempre presente, Padma -concluyó Shaka. Asentí sin pensar demasiado en lo que acababa de decirme.
En ese momento, me sentía más interesada por el ambiente en el Santuario que en el oponente contra el cual lucharía, después de todo, nada podía hacer al respecto. Había un extraño silencio, apenas era interrumpido por algún que otro murmullo, como si algo terrible sucediere si se atrevieran a alzar la voz.
En cierta forma, todos parecían querer comenzar este día como cualquier otro, restarle importancia a lo que iba a suceder. Pero sentía la tensión y la ansiedad de todos en el aire.
Con cierta sorpresa me encontré de pronto en el Coliseo, siguiendo a mi Maestro hasta el lugar donde los aprendices esperaban los combates. Había llegado la hora de la verdad. Parada frente a la entrada, respiré profundamente, sintiéndome nerviosa por primera vez, pero antes de que diera un solo paso hacia el recinto, una mano se posó en mi hombro.
Lo miré extrañada. Ese no era un gesto común en Shaka
Por un momento sospeché que diría algo, pero el sólo se mantuvo en silencio mirando al interior de aquella sala. Algo debió hacerle renunciar a la idea que tenía en mente, porque dejó caer su mano y se alejó de mi rumbo a las tribunas de los Dorados.
Lo miré intrigada hasta que se extravió entre las columnas, e instintivamente mis manos buscaron el rosario en mi cinturón, el mismo que Shaka me había obsequiado en el momento que me aceptó como alumna. Sentí la superficie lisa de las cuentas que conformaban y por alguna razón me sentí lo suficientemente tranquila como para adentrarme en el recinto.
A unos pasos de mí, apoyada en la pared opuesta, estaba una mujer rubia y de piel pálida, que mantenía sus ojos cerrados en actitud pensativa. Le había visto antes, muchas veces le observé desde la penumbra de la Casa de Virgo mientras se disponía a salir de la Colina Zodiacal. Ella no era uno de los nuestros, sino una Asgardiana que estaba bajo la tutela de Milo de Escorpio y su nombre era Alexiel de Merak. Era curioso que nunca se hubiera percatado de mi presencia, a pesar de que pasó por el Sexto Templo incontables veces, pero hasta cierto punto es comprensible: si no conoces la existencia de algo, sencillamente no intentas buscarlo.
Despertó repentinamente de su meditación y clavando en mí sus enormes ojos azules, lo cual me provocó una sensación de déjà vu. Aparte instintivamente la vista ante aquel incómodo recuerdo, mientras ella parpadeaba sorprendida por mi conducta, aunque no tardo en tomar una actitud más serena y dirigir su atención hacia la arena del Coliseo.
- Así que también vas a competir por una de las armaduras -comentó de forma amigable.
- Sí.
- ¿Cómo te llamas?
- Padma.
- Pareces muy joven, ¿qué edad tienes?
- Quince.
- ¿De dónde vienes?
- Nepal.
- ¿Dónde entrenaste?
- La India y el Santuario.
- No hablas mucho, ¿verdad? -preguntó alzando una ceja. Yo simplemente me limité a hacer un gesto negativo con la cabeza-. Pobre de tu Maestro, debe ser difícil para él saber qué pasa por tu mente.
- Él no es de los que les agrade mucho conversar -comenté tranquilamente, mientras Alexiel sonreía por haberme logrado sacar más de un par de palabras-. En todo caso, Shaka se concentró en…
- ¡Shaka! -exclamó de repente, sobresaltándome-. ¿Tu maestro es Shaka de Virgo? -asentí, aún tensa-. Pero pensaba que el no tenía alumnos, mucho menos una alumna…
- No eres la única -respondí estoicamente.
Demasiadas veces me había topado con ese comentario, incluso llegué a pensar que las únicas personas que sabían de mi existencia eran el Patriarca, Mu, Kiki, Dohko, Milo, Máscara de Muerte y Chloe, siendo estos tres últimos meros encuentros accidentales.
- ¿Y qué tal es la Bar... er... Shaka como Maestro? -preguntó con curiosidad, aunque no pude evitar mirarla con extrañeza al darme cuenta que iba a decir algo diferente.
- Es muy estricto. Generalmente en enseñaba en el Jadín de las Saras, eso lo hacía todo un poco más llevadero…
- ¿Jardín de las Saras? -asentí ligeramente.
De pronto, me encontré a mí misma conversando fluidamente con la nórdica, acerca de mi lugar favorito dentro del Templo de Virgo. Aquel hermoso jardín escondido que me dio algo de alegría en aquellos meses.
La aprendiza de Capricornio no tardó en llegar y cuando se enteró de quien era mi Maestro tuvo la misma reacción de la valkiria… sólo que mucho más estridente.
Finalmente los Juegos comenzaron. La primera en luchar Alexiel, un rápido enfrentamiento en que la Asgardiana empaló sin piedad a un sujeto mentalmente enfermo.
La pelea de Zelha fue… rara.
Muchos intercambios verbales sin sentido, en un principio, y en los cuales Friedrich la acusó de prostituta y a los Dorados de venderse por sexo; además blasfemó contra la Orden y contra la propia Athena. ¿Cómo es que este hombre pretende formar parte de los Santos?
Alce la vista hacía el palco de los Dorados. La mitad de ellos se veía notoriamente molestos… la otra mitad tenía claras intenciones de saltar a la arena y despellejarlo vivo.
Finalmente todo terminó como debería: Friedrich tirado en el suelo en un charco de su propia sangre, Zelha como nueva Amazona de Athena y los Dorados más aliviados, por no decir visiblemente felices con el resultado.
De pronto escuché mi nombre y sin siquiera pensarlo, me dirigí al centro del campo de batalla.
Olvidé todo a mi alrededor y centré todos mis sentidos en la mujer que tenía en frente. Alexa, aprendiza de Piscis, era notoriamente más alta y más atlética que yo, sin contar me sacaba unos cinco años de diferencia en edad, así que era evidente que ella tenía la superioridad física. Si quería vencerla, entonces tendría que utilizar mi Cosmo…
De pronto se lanzó hacía mi gritando como una fiera para mi completa sorpresa, y antes de que pudiera si quiera adoptar una posición defensiva, me golpeó en el estomago. Me tambaleé y apenas logré colocar mis brazos para contener una patada que me arrojó contra una de las paredes del Coliseo, agrietándola seriamente.
Aún aturdida, pude percibir como se acercaba a gran velocidad. Pero esta vez no le permitiría tener la ventaja.
Solo debía esperar…
Un poco más…
Ya casi…
- ¡Gané! -proclamó en el instante en que la vi aparecer entre la nube de humo.
- ¡Ahora! -grité, mientras esquivaba el golpe que tenía por objetivo destrozarme la cara por milímetros, y contraatacando utilizando toda mi fuerza contra su estómago.
Rodó por el piso, pero pronto se recuperó y comenzó a atacarme sin darme un segundo de tregua. Casi entré en pánico al darme cuenta que estaba recibiendo muchos más golpes que los que lograba asestar. No importaba que yo utilizara las mejores técnicas de defensa que conocía, tampoco que mi velocidad fuera muy superior, ni siquiera el hecho de que mis golpes hicieran más daño que los suyos; mi cuerpo se desgastaba mucho más rápidamente, mientras Alexa aún seguía resistiendo.
En ese momento, dejé de ser una persona para convertirme en un animal intentando sobrevivir. Mis ataques se hicieron mucho más agresivos, dirigidos a puntos vitales y con toda la intención de hacerle el mayor daño posible. En medio de mi desesperación, lancé un golpe dirigido a su estómago, pero sólo encontré aire.
Ya no estaba en mi campo visual…. Me dejé llevar… ¡Cometí un error!
"… así que un error podría ser fatal, ten eso siempre presente Padma…"
Con horror sentí como un brazo, venido de la nada, apresaba mi cuello con una llave y me levantó hasta que mis pies dejaron de tocar el suelo. El aire dejó de llegar a mis pulmones y abrí la boca con desesperación, mientras con su otra mano parecía querer arrancarme la cabeza.
- Lo siento, no es nada personal, pero sabes que sólo una puede ganar -me murmuró al oído aplicando aun más fuerza sobre mi nuca, tensando mis vértebras hasta el borde la ruptura. Intenté gritar pero apenas salió un susurro que no pude reconocer como mío, mientras mi visión se hacía cada vez más borrosa-. Ya debes estar conciente de que no puedes ganar, soy mucho más poderosa que tú y dudo que tu cuerpo pueda resistir más -me sacudí en un inútil intento de librarme de ese mortal abrazo-. Acabemos con esto. Sólo finge que has perdido la conciencia y te ahorras todo este sufrimiento.
¿Esto era todo? ¿Así terminaría? ¿Eligiendo entre morir decapitada o conservar la vida a costa de mi honor y el de mi Maestro? Si no decidía que hacer, pronto moriría asfixiada. Ya podía sentir como la energía de mis Chakras se drenaba por mis heridas al igual que mi sangre…
La energía de los Chakras… ¡El Sakti!
Shaka me había enseñado como manipular la energía acumulada que mis Chakras para aumentar mi Cosmo. Pero esto era peligroso, si lo hacía de forma descontrolada podía hacerme mucho daño, como si tus entrañas explotaran desde dentro...
Tal vez, pueda hacer lo mismo con otra persona, pero todos los Chakras están fuera de mi alcance… excepto…
Sahasrāra… el Chakra de la cabeza.
Reuniendo mis últimas fuerzas, levanté mis manos y las llevé hasta su cabeza.
- ¡Tonta! Qué no entiendes que es inútil… -gruñó cerrando aun más la llave. Mi cuello crujió peligrosamente, mientras el hilo de sangre que salía por mi boca se hacía más abundante. Le clavé las uñas en el cuero cabelludo y comencé a reunir mi Cosmo en mis manos, en un último y desesperado intento de sobrevivir. Cerré los ojos y me concentre en esto, buscando su punto de energía. De pronto la presencia de Alexa ya no parecía tan segura como antes, hasta comenzaba a sentir pánico en su voz-. ¿Qué… qué estas…?
- Sakti… - susurré de forma inaudible, liberando toda la energía que pude en su Chakra.
Ella gritó. Gritó como nunca había escuchado gritar a nadie, mientras yo caía de rodillas tratando de no caer inconsciente y sintiendo como me volvía la vida en cada bocanada de aire. Por algún milagro logré colocarme de pie una vez más, sintiéndome fuerte por primera vez desde que pisé la arena. Decidida a ponerle punto y final a aquella pelea, saqué el rosario de mi cinturón y lo tomé con ambas manos, sin dejar de mirar a aquella mujer que ahora aullaba de dolor, tapándose la cara con ambas manos, mientras su sangre brotaba sin control de oídos, nariz y boca.
Esta vez no cometería errores, ya no tendría una segunda oportunidad.
- ¡TENBU HORIN! – exclamé con todas mis fuerzas, llevando mi Cosmo al máximo.
Finalmente todo acabó. Alexa caía casi en cámara lenta, completamente privada de sus sentidos, mientras todo el Coliseo se hundía en el silencio. Escuché el golpe seco que anunció su derrota, mientras yo colapsaba bajo el peso de mi propio cuerpo, bañada en sangre y envuelta en arena. Y así, arrodillada en la pista, soportando todo mi peso con los brazos para no desmayarme definitivamente, me di cuenta que había sobrevivido contra todo pronóstico.
- Padma, Aprendiza de Virgo, ha ganado el encuentro -bramó de pronto el Patriarca. Todo el Coliseo rugió con este anuncio, había una nueva Amazona en la orden de Athena
Sin embargo, justo en el momento en que el Patriarca Shion me concedió la victoria, sentí un gran sentimiento de pérdida, que no había experimentado desde que era una niña pequeña.
Miré a la chica con la que me enfrenté, aun inconsciente, tendida sobre el suelo del Santuario. Aquél que le echara una mirada rápida, hubiera jurado que era tan sólo un cadáver: la mirada vacía, las extremidades inmóviles y la palidez que había adquirido su piel, parecían confirmarlo. Sin embargo, el hecho de que hubiera "apagado" cuatro de sus sentidos, no quiere decir que la haya matado; dejé que conservara su olfato, así podría respirar hasta que todo esto terminara.
Si Alexiel de Merak no mató al demente de Eric y Zelha de Casiopea no cortó a la mitad al blasfemo de Friedrich, ¿qué motivo podría tener para acabar con su vida? A diferencia de ellos, el Cosmo de Alexa no estaba viciado por la maldad o la locura… y a pesar de todo, destruí sus sueños.
Como ella lo hubiera hecho con los míos, si los tuviera.
- La vida es sufrimiento… -recité en voz baja el inicio del primer sutra de Buda.
Así que no valía la pena lamentarse por lo sucedido, simplemente así funciona el karma, nos guste o no.
- De pie, Padma, Amazona de Plata de Pintor -dijo la voz del Patriarca.
Los destellos de mi nueva armadura me hicieron salir de mis reflexiones y obedecí la orden de Shion inmediatamente. Ante mí se encontraba Pintor, una hermosa armadura con la forma de un pincel y el color de las flores de loto, la cual no tardó en cubrir mi cuerpo.
Me arrodillé cuando Athena alargó ambos brazos y encendió su Cosmo, el más poderoso que haya sentido en mi vida, aliviando mis heridas y librando a Alexa de mi Tenbu Horin. No me volví a verla, pero si pude sentir como su Cosmo se hundía en la desesperación cuando se dio cuenta de que yo portaba una armadura.
- De pie, Alexa, Amazona de Plata de Piscis Australis -proclamó el Patriarca ante el asombro de todo el Coliseo.
De esta forma, Athena, la Diosa de la Justicia y las Guerras Justas, nos premió a ambas por nuestro esfuerzo. Le juramos nuestra lealtad al mismo tiempo y, curiosamente, me sentí mucho más serena al ver a aquella emocionada mujer portando a Piscis Australis.
Sin embargo esa tranquilidad duró poco.
OOOOOOOOOOOOOO
Ignoro cuánto tiempo esperé en los pasillos del Coliseo a mi Maestro, pero fue el suficiente como para que decidiera sentarme un rato sobre la caja de mi armadura. Nunca en mi vida me había sentido tan agotada y dolorida como hasta ahora, y no sólo hablo de un malestar físico, sino también espiritual.
En medio de la soledad que me rodeaba, alargué mi mano hacia la luz que entraba por uno de los tragaluces del techo, dejando que los rayos del sol iluminaran la brillante superficie de Pintor. Mientras contemplaba de los destellos rosáceos de mis guantes entrelazarse con los brillos dorados del rosario budista que cubría mi muñeca, recordé que las armaduras tienen vida propia y que son capaces de escoger a sus portadores según la afinidad que haya entre ellos, así que tengo una idea de porque lo hizo. Era hermosa, no hay duda de ello... y me la había ganado a base de sangre, sudor y esfuerzo.
Suspiré quedadamente y comencé a enredar entre mis dedos el rosario que Shaka me había dado, intentando pasar el tiempo.
Es extraño. Por mucho tiempo mi única meta en la vida fue obtener una armadura, la recompensa final del intenso entrenamiento al que me sometió Shaka. Supuse que eso me llenaría el inmenso vacío que sentía en mi interior, pero nuevamente me equivoqué.
Dejé caer el rosario, hasta que sólo quedó colgando de mi muñeca.
Recordé el momento exacto antes de salir de la arena, cuando, después de terminar mi juramento alcé mi vista hacia Athena, intentando saber quien era la persona a quien debía proteger de ahora en adelante. La Diosa, en apariencia una chica de mi edad, pero cuyo Cosmos emergía de aquel frágil cuerpo con un poderío y majestuosidad de la que sólo son poseedores los Dioses.
Ella percibió mi curiosidad, se volvió hacia mí y me miró a los ojos, sonriendo dulcemente, emanando aquella energía que parecía envolverlo todo bajo su protección.
- Padma -escuché aquella voz que hablaba directamente a mi Cosmo-. ¿Acaso ya lo has olvidado?
Por un momento parpadeé confundida, pero de pronto todo el Coliseo desapareció, y me vi a mí misma a los seis años de edad, corriendo con mi vestido rojo por los pasillos de Kumari Ghar, riendo y chillando de alegría, completamente libre, sin las restricciones que me habían impuesto desde que había llegado allí. Sin dejar de correr, me volví hacía atrás, y allí estaba la figura alta y delgada de Rashmila, jugando y tratando de atraparme, pero siempre dándome cierta ventaja.
- ¡Te tengo! -exclamó capturándome en medio de mis carcajadas, cuando intentaba esquivarla para entrar a una de las habitaciones Me abrazó con cariño y contemplé aquel rostro sonriente, lleno de bondad y dulzura.
Recordé, por primera vez en mucho tiempo, cuán segura y feliz me sentía junto a ella, la única persona en todo el mundo que parecía comprenderme, y que a pesar de todas las prohibiciones y deberes que caían sobre mis pequeños hombros, me permitía ser lo realmente era: sólo una niña.
Abrí los ojos, y me encontré en el Coliseo nuevamente, el público rugía y Alexa ya se preparaba para retirarse. Entre el palco de los Dorados, logré ubicar a Shaka, quien mantenía una expresión extrañada mientras Dohko de Libra le comentaba algo. Perturbada, salí de allí lo más rápido posible y busqué mi puesto entre los nuevos miembros de la guardia de Athena.
Volví a enrollar el rosario en mi mano.
Aun no se cómo la Diosa lo hizo, ni tampoco sus motivos, pero con una sola mirada removió mi alma, sacó del olvido algunos de mis recuerdos más queridos y reveló la verdadera naturaleza de aquel vacío que se apoderaba de mi ser.
Era tristeza. En su estado más puro y destructivo.
Sin embargo, yo también pude ver algo en ella…
Un fuerte barullo llamó mi atención. Me volví hacia mi derecha y pude ver a Alexiel de Merak, rodeada por un nutrido grupo de Asgardianos, Guerreros Divinos y valkirias, que la felicitaban sin cesar, mientras un hombre rubio y de piel morena no dejaba de abrazarla. Milo de Escorpio hacía vanos intentos de atravesar aquella muralla nórdica para llegar hasta su alumna, pero le era absolutamente imposible, al punto que su rostro comenzaba a revelar frustración y enfado.
Y a pesar de todo, se veía feliz, hasta orgulloso de ella.
Involuntariamente desvié la mirada hacía el arco frente a mí, el cual marcaba la entrada hacía los palcos de los Caballeros Dorados, y de la cual partía una amplia escalera; pero no se escuchaba el menor sonido, ni se percibía la más mínima presencia, sencillamente no había nadie allí.
Una molesta sensación se extendió por mi cuerpo como veneno, corroyendo mi espíritu e inundando de dudas mi mente. Mientras el alboroto de los Asgardianos aumentaba, cada uno de mis músculos tensaba, haciendo que mis heridas dolieran aun más. Sin embargo, no me importaba, casi lo agradecía, porque tal vez el dolor físico podía disimular la agonía interior.
- ¡Felicidades!
Aquella simple palabra tuvo el efecto de un balde de agua sobre una hoguera. Me volví inmediatamente, encontrándome con un niño pelirrojo y con dos peculiares lunares en vez de cejas, el cual me sonreía alegremente manteniendo una pose de lo más jovial con los brazos detrás de la cabeza.
- Gracias, Kiki -respondí sin salir de mi sorpresa, mientras, sin siquiera pedirme permiso, busco un poco de espacio sobre la caja de Pintor y se sentó justo a mi lado, por no decir pegado a mí.
- Tu Maestro ya se retiró de las gradas... ¿no tienes que irte con él a Aries? -pregunté con algo molesta.
- No, todavía esta en el Coliseo buscando a Zelha -contestó encogiéndose de hombros. Definitivamente este niño no sabe leer entre líneas. Nos mantuvimos en silencio por un rato, escuchando los murmullos en alemán, finlandés y noruego de los Guerreros de Hilda, cuando de pronto, me preguntó con aire confundido-. ¿Dónde estabas? Llegué a pensar que habías vuelto a Nepal…
- Desde que llegué al Santuario, he estado en la Sexta Casa -murmuré contemplando las lozas de mármol del suelo del Coliseo, al tiempo que jugueteaba con las cuentas del rosario compulsivamente-. Sólo que no he salido mucho, ni muy lejos de ella.
- ¿Qué? ¡Entonces llevas meses sin salir de la Colina Zodiacal! ¿Cómo...?
- Así lo dispuso Shaka -acoté estoicamente, pero mis manos me traicionaron y tensaron peligrosamente las cuerdas del rosario, hasta llevarlo al borde de la ruptura. ¡Maldición, no puedo dejarme llevar de esa forma! Lentamente aflojé las cuentas del collar y continué con el mismo tono de voz-. El entrenamiento era lo primero, así que todo lo demás no era más que cosas mundanas... debía obtener una armadura y formar parte del ejército de Athena. -Y espero que esto lo satisfaga, porque nada de lo que he hecho ha sido suficiente para el Iluminado.
- ¡Y lo lograste! -dijo entusiasmado, pero pronto su algarabía se apagó al ver que no mostraba emoción alguna-. Pero no pareces muy contenta.
- Lo estoy -mentí-. Es sólo que la pelea fue bastante dura y estoy muy cansada.
De nuevo mi atención se centró en la tropa vikinga y Milo, que ahora reían a carcajadas, mientras una chica alta y de cabello turquesa le dirigía una sonrisa maliciosa a un muchacho de cabello fucsia, el cual tenía cara de quererla estrangular allí mismo.
- Yo creo que Shaka estará orgulloso… -soltó repentinamente el Lemuriano, para mi completo espanto.
¿Es que este niño podía leer la mente?
- ¿Qué… quieres decir?
- ¡Derrotaste a Alexa con un solo golpe del Tenbu Horin! -exclamó imitando la forma en había tomado mi rosario para realizar mi técnica, con mucho dramatismo-. Jamás pensé que alguien podría hacer eso. Además, ¿qué Maestro no estaría feliz de ver a su alumno ganar una armadura? -preguntó cruzándose de brazos, como si la respuesta fuera absolutamente obvia.
Lo miré unos instantes y no pude evitar que algo de su natural optimismo me contagiara. Quizás tenía razón, después de todo logré el objetivo final de obtener un puesto entre los Santos de Athena…
- Su Santidad -dijo una voz que reconocí como la de Shaka de Virgo. Increíblemente, logré percibir un dejo de disgusto en sus palabras-, realmente considero que esto no es necesario.
- Así lo decidió Athena -le contestó tranquilamente el Patriarca, dando a entender que no quería seguir discutiendo el asunto.
Kiki y yo nos paramos de un salto, al ver la túnica negra de Shion descender por las escaleras frente a nosotros. Inmediatamente nos arrodillamos en señal de respeto ante el más sabio de los 88 caballeros, aunque ni él ni el Iluminado, que le seguía de cerca, parecían haber notado nuestra presencia.
- Señor -insistió mi Maestro-. No entiendo por qué tendría que… -el Patriarca se detuvo en secó en las escaleras y le clavó la mirada al Guardián de la Sexta Casa, silenciándolo de inmediato.
- Shaka, creo que tú entiendes mejor que nadie las razones.
Los Asgardianos se habían marchado, y sólo Kiki y yo permanecíamos allí, como testigos de una conversación, que se supone, no debíamos presenciar. Finalmente, Su Santidad se percató de nuestra presencia, sonrió un poco y nos saludó con un ligero movimiento de cabeza antes de marcharse.
Alcé la vista, encontrando a Shaka de Virgo inmóvil en la mitad de la escalera, con el mismo semblante sereno, pero con los puños fuertemente apretados. Desde el peldaño más alto, Dohko de Libra y Aldebarán de Tauro nos observaban en silencio, aunque claramente incómodos.
- Maestro… -le llamé colocándome de pie y haciendo el saludo tradicional de la India, juntando la palma de las manos a la altura del pecho. Él se volvió hacia y mi me observó a su manera por largo rato, antes de comenzar a bajar nuevamente.
No puedo negarlo, en ese momento tiré a la basura más de un año de enseñanzas sobre el deseo y el sufrimiento que éste acarrea, porque realmente quería que, por una vez, tan solo una vez, el reconociera todo mi esfuerzo.
- Vamos -fue su única y fría respuesta cuando pasó frente a mí, antes de dirigirse a la salida del Coliseo.
Lentamente, separé mis manos y dejé caer mis brazos, sintiéndome como si alguien hubiera arrancado las entrañas. Tonta de mí, que puse a prueba una vez más el primer sutra de Buda... y nuevamente él ganó.
Respiré profundamente al tiempo que ordenaba a Pintor regresar a su caja.
- Adiós, Kiki… y gracias -murmuré a duras penas, levantando mi mano derecha a modo de despedida. El pequeño sólo me miraba con expresión apenada, mientras cargaba la Caja de Pandora y me disponía a seguir a Shaka.
Durante todo el recorrido hasta Virgo, no cruzamos palabra, como era costumbre, pero no podía dejar de sentirme decepciona e irritada al comprobar, que nada de lo que había hecho parecía tener sentido o propósito. Al llegar al Templo, Shaka se detuvo en la entrada del Jardín de las Saras, observando al gran Buda frente a nosotros por lo que me pareció una eternidad.
- Hoy concluyó tu entrenamiento bajo mi tutela -comentó girándose un poco hacia mí, pero ni siquiera me molesté en mirarle. Un tenso silencio se apoderó de la sala, hasta que finalmente entendió que yo no respondería-. Será mejor que vayas a dormir temprano, mañana será un día agitado -murmuró.
Sin más, abrió la puerta secreta que unía la Sexta Casa con el Jardín y se adentró en él, o lo que era lo mismo, al lugar donde nadie debía molestarlo, dejándome completamente sola y aturdida, a la sombra de Buda.
OOOOOOOOOOOOOO
Notas de la autora
Como ya podrán ver, la relación entre Shaka y Padma dos no es buena, y ella es una chica de pocas palabras XD, pero con semejante maestro difícilmente podía ser el alma de la fiesta ¿No lo creen?
Me costó Dios y su ayuda hacer esa pelea, todo un mes para hacer algo tan corto, se que suena tonto pero así fue. Así que realmente espero que tanto sacrificio haya valido la pena y que les guste (si, me cuestan las escenas de acción)
