Los personajes de Ranma ½ pertenecen a Rumiko Takahashi

Los personajes de Ranma ½ pertenecen a Rumiko Takahashi

Inbal: Recuerdos del aún.

1. La maldición.

I

El aire no estaba cargado y contenía un alto grado de tranquilidad. Todo permanecía en una calma tan inusual que hacía tiempo que allí no se alcanzaba. Las peleas mañaneras, las fotografías tomadas a escondidas, los golpes que padecían seguidamente aquellas cuatro paredes, los continuos luchadores de artes marciales que transitaban por el lugar, el olor de alguna comida mal preparada, los constantes chapuzones en el estanque del jardín, las disputas por la comida e incluso la infinita densidad que tomaba la atmósfera cuando ellos discutían era justo lo que ahora faltaba. Casi un año había transcurrido desde que todo aquello había quedado relegado al silencio de una mañana, el meditar de una tarde, el oscuro frío de la noche… Y todo esto a Nabiki le carcomía el ánimo. Estaba furiosa. Estaba decepcionada y llevaba en aquel estado más de lo que querría haber permanecido nunca. Por ello miraba el reloj de forma meditabunda y acto seguido fruncía los labios con frenética decisión.

Dos minutos.

Ni un solo asqueroso segundo más para sentirse más absurda que ayer pero aún menos que los días que le quedaran.

Arrugó por reiterada vez la carta que portaba en sus dedos, se puso en pie y caminó de mala gana recorriendo Nerima hasta llegar al dojo que regía su familia. Allí olía a comida recién calentada. Se sentó rodeando las piernas con sus manos. Sacó de su bolsillo la recaudación y la comenzó a contar. Una y otra vez, una y otra vez como si aquella fuera su única y última preocupación. Después hizo dos montones y volvió a guardar uno de ellos en su bolsillo, dejando el otro sobre la mesa, acaparando todas sus contemplaciones. En aquel instante, observó a su alrededor por primera vez como despertando del letargo. El césped estaba algo descuidado y aunque era verano, Tendo no lo había segado desde el final de la primavera. Y entonces lo vio. Nabiki avistó a Tendo vagar como un fantasma. Su cara larga tan afilada y sus más largas ojeras fue la principal razón por la que se dirigió a abordarlo.

- Padre.

Soun abrió los entrecerrados ojos. Su expresión reveló cansancio y observó a su hija como si hubiese despertado de un sueño. Nabiki extendió uno de los fajos y lo ofreció a su padre.

- Por orgulloso que seas padre, se que hace falta.

Tendo observó a la mediana de sus hijas con incredulidad, por un momento, un atisbo de sentimientos cruzó su curtido rostro. Volviendo a cerrar los ojos, puso una mano sobre el cabello de Nabiki.

- Gracias hija. Pero no es necesario.

- Sí que lo es, padre. Por favor, acepta esto, y no comentes nada con el resto de la familia.

El orgullo era un gen dominante heredado por todos los Tendo. Soun sabía que sería un golpe bajo que todos supieran de su situación económica. Pero aún así podía jactarse de la inteligencia de Nabiki. La perspicacia de ésta lo estaba ayudando, aunque aquello también suponía un pequeño pellizco en su orgullo. Hizo un gesto de negación con las manos. No lo aceptó.

- Nabiki, serás la única a la que pueda costear los estudios universitarios. – Anunció de pronto con sequedad, enviando ardores de estómago a la mediana de los Tendo.

Ella no sabía como abordar el tema que tanto escozor les había causado ella y a su padre. Pensaba que aquella era una buena oportunidad, muy buena, pero antes de que pudiera decir nada, su padre estaba hablando.

- Hace un rato no estabas, ¿dónde has ido?

Genial, aquella pregunta sería una buena manera de encarar la conversación que había planeado desde hace un tiempo. Y decidió hacerlo de aquella manera, a su manera, sin más rodeos y directamente hacia el blanco:

- A buscarlo, padre. – Sentenció y ante su silencio ella continuó. - No descansaré hasta que vuelva. - Nabiki observaba todos los movimientos de Soun y su gesto mermado le daba ánimos a continuar. - Además, no quiero ir a la universidad. Si quieres complacerme ya sabes qué es lo que más deseo… - De pronto su timbre de voz adquirió una frecuencia mas dulce. - … padre….

- ¡¡NO!!

Ella dio un respingo ante el inesperado berrido. Se estremeció al oír su voz autoritaria y comenzó en aquel instante a bullir la ira dentro de sus venas. Intentó controlarla, tal y como lo había hecho cada uno de los días desde que él se había marchado, desde que ella se había marchado, desde que ambos habían desaparecido…

- ¡Nabiki! ¡Te prohíbo terminantemente que sigas con esa absurda idea! ¿Es que tal vez quieras deshonrarme?, ¿o quizás a tu hermana?

- ¿No debería serte indiferente quien seamos de las tres? – Le observó desafiante. – Total, lo único que importa es que él herede el dojo, ¿no es verdad?

Ella permaneció calmada mientras Soun se debatía con la respuesta. Fría. La reina de hielo luchaba contra sus propias lágrimas. Entonces su lucha contra sus propias emociones culminó en la gélida impasibilidad. Por algo era la reina de hielo.

- Está claro que soy un completo cero a la izquierda para ti. – Declaró de forma imperturbable.

-Pero... ¿Qué clase de tonterías estas diciendo?

- Tus planes solo incluyen a Kasumi y a Akane dejándome fuera de lugar. – Comentó sin manifestar el menor ápice de sensibilidad.

- Nabiki, ¡no te permito hablarme así! – Soun Tendo había tomado una coloración algo encarnada. - Piensa lo que quieras, pero soy tu padre y todo lo hago por tu bien. Irás a la universidad, te olvidarás de los demás, ¡y no se hable más!

II

- Pero bueno, después de tanto tiempo, ¿Como te atreves a aparecer por aquí? - Aunque sus palabras debieran ser imperativas, en vez de autoridad se percibía un infinito cansancio. – Hace más de tres días que debías de haber vuelto.

- Malditos japoneses… tienen que poner carteles con letras tan pequeñas de camino a Tokio…– Contestó intentando exculparse.

Kuh Long lo miraba indiferentemente. Parecía como si el paso del tiempo de pronto hubiera echo mella en sus extenuadas vistas.

- Una vez más haces gala de tu espléndida vista.- Profirió mordazmente Y sin más demoras, de pronto enunció: - Volvemos a Joketzu. Para no volver.

Mu Tsu no creyó oír lo que le acababan de anunciar y a duras penas, de pronto reparó en los bultos y maletas que rodeaban a la anciana, en las maderas que cubrían la polvorienta entrada del restaurante y en el cartel que sobre ellas decía 'cerrado'. Aquello era una buena noticia. Quizás la mejor que hubiera escuchado en toda su vida y en aquel instante no pudo ocultar su agrado. Si a Xiang Pu y a Kuh Long no les retenía nada en Nerima solo significaba una única cosa: que ya nada tampoco le retenía a él allí.

- ¡Es una fantástica noticia, vieja!

Él tomó a la anciana en sus brazos con una sonrisa de oreja a oreja y Kuh Long con un rápido movimiento de su bastón golpeó al ofuscado amazona, que se empeñaba en mantenerla bajo su yugo.

- No es ninguna buena noticia, jovencito. Quizás sea la peor que hubiéramos podido recibir.

- ¿Qué? ¿Le importaría explicarse mejor?

Kuh Long saltó de su bastón y se encaminó hacia uno de los bultos, una pequeña bolsa de mimbre forrada de tela de algodón. En la bolsa había algo pequeño, peludo y convaleciente.

Mu Tsu tuvo que acercarse a pocos centímetros de distancia para percatarse con horror de lo que ocurría allí dentro: Xiang Pu le observó desde el interior en su forma de gatita, con las pupilas tan dilatadas que sus ojos entonces eran negros. Pudo notar su nariz rosada empalideciendo por pequeños instantes y las marcas secas que lágrimas saladas habían dejado por debajo de sus ojos. La tocó y palideció al comprobar que un trozo de hielo bien podría estar más caliente que aquel animal. Pasó una mano delicadamente sobre su lomo, viendo como se le caía de poco en poco el pelo, como su peluda mandíbula húmeda se hallaba rígida y como le escrutaba con ojos expectantes. Ella se intentó poner de pie pero tras tambalear y trastabillar volvió a caer como si fuera un debilucho muñeco de papel.

- ¿Qué le ha pasado a Xiang Pu? - Inquirió con angustia.

- Es la maldición Ashura.

De pronto un taxi paró ante ellos. Un hombre se bajó de él y comenzó a cargar los bultos en el auto.

- ¿Que maldición? ¿De qué demonios está hablando?

- La profecía de la matriarca de nuestra tribu fue anunciada hace más de mil años. Ahora ha empezado a cumplirse.

El amazona tembló al oír aquello aun sin entender su verdadero significado.

- ¿Qué tiene que ver Xiang Pu y usted con todo eso?

Kuh Long lo escrutó con tal seriedad que lo hizo vacilar.

"Todo" Se dijo la vieja así misma, pensando que tal vez, en aquel muchacho cegato, poco inteligente pero fuerte como un toro, podría encontrar un refuerzo bastante eficaz.

- Debemos irnos inmediatamente, van a ocurrir terribles desgracias, muchas vidas correrán peligro. - Miró con tristeza a su joven nieta. - La maldición Ashura no es condescendiente con nada ni con nadie.

- Pe-pero ¿qué demonios es eso de la maldición Ashura?

- No hay tiempo para hablar. Nosotras debemos marcharnos de esta ciudad lo antes posibles. Las consecuencias serán nefastas si no lo hacemos.

Mu Tsu no podía cargar con toda la incredulidad que en aquel momento soportaban sus pensamientos. Después de un segundo de asimilación, dijo con cierta seguridad:

- Está bien, iré con vosotras.

- No. - Le cortó tajante.- Tengo otros planes para ti.

El hombre había subido de nuevo en el automóvil. Mu Tsu sabía que él era un guerrero de honor. Dudaba de que las razones que le habían llevado a aquel país, a aquella ciudad, y a aquel lugar se soportaran por si mismas, pero aún así, sabía que no podía negar la orden de una matriarca tan anciana como Kuh Long. De todos modos, el merecía una explicación. Kuh Long habló como si hubiera escuchado sus propios pensamientos.

- No te preocupes muchacho. Esto es algo que incluso a mi se me sale de las manos, pero aun así, recibirás noticias mías.

- ¿Qué es lo que debo hacer?

La anciana subió al taxi indicando en su perfecto japonés su próximo destino: aeropuerto de Tokio. Antes de que el vehículo emprendiera la marcha, dirigió una mirada llena de decisión a Mu Tsu. Éste sujetaba la montura de sus gafas con el dedo índice.

- Vigila a los Tendo, y no te despegues un solo segundo de las chicas, probablemente corran la misma suerte que ella. - Tan solo con un gesto, él comprendió a quién se refería la anciana.

- Pero… - musitó aturdido por la sorpresa. Pero el taxi ya se había marchado, abandonando al muchacho en compañía de sus dudas.

III

Agua.

Allí abajo, casi cien metros por debajo de la superficie, todo era distinto. Era azul tan azul como sus propios ojos, inhóspito como el desierto, oscuro, frío.

La presión.

La presión ejercía tal influencia que podía sentir como sus oídos, como sus ojos, sus dedos e incluso pensamientos quedaban atrapados. Pero no podía darse por vencido, no ahora, no en ese momento, no después de tanto tiempo entrenando. Lo conseguía, estaba a punto de conseguirlo. Y ahora se hallaba tan fascinado por ello que no podía evitar sentirse eufórico. Aquello era un mundo completamente diferente del que conocía y su relajación había llegado a tal punto que el gasto de energía era mínimo, las pulsaciones de su corazón eran mínimas, pero sabía que pronto las consecuencias de la falta de oxígeno comenzarían a notarse.

Cerró los ojos y sintió que empezaba.

El cosquilleo punzante comenzó a avanzar desde su pecho. Intentó controlarlo unas cuantas veces, pero el deseo de respirar se hizo demasiado intenso y se lanzó enérgicamente hacia la superficie. A medida que ascendía sentía como si una torre de agua le empujara de nuevo hasta el fondo, le abandonaban las fuerzas y el dolor llegaba hasta su cabeza. Los rayos de sol en aquel lapso quemaron en su rostro. Luz, bien, aquello significaba que había sobrepasado los 50 metros. Para entonces el cansancio físico y las ansias por obtener el aire vital eran desesperantes. Sin embargo, cuando abrió los ojos y pudo ver la amplia superficie cristalina a menos de 25 metros, sintió un leve adormecimiento que invadía su mente y su espíritu. El sueño le vencía. Tan solo unos pocos metros mas...

Alzó su mano derecha por encima de su cabeza cuando fue demasiado tarde. Un par de metros… Sus ojos se volvieron a cerrar.

Y su cuerpo emprendió de nuevo un lento viaje hasta la oscura profundidad.

Ella comenzó a andar por delante de él, algo nerviosa. El día no podía haber ser más fatídico para ambos pero ella se sentía como si hubiera sido pateada por una manada de elefantes. No. Era peor, mucho peor. Qué explicar de como sentirse si la persona en la más que confías no hace mas que ridiculizarte, restregarte en la cara cuanto te desprecia y dejarte en el peor de los lugares.

Él desde atrás observaba su espalda. Se sentía ridículo, sin saber que decir ni querer decir nada, ¿por qué tenía ÉL que disculparse? No había hecho nada malo, pero ella nunca lo escuchaba, nunca se detenía a escuchar sus palabras, y antes de que pudiera explicarse lo juzgaba. ¿Qué pensar? Maldita tozudez la suya.

Dio un salto que lo colocó sobre la cerca para poder divisar desde una perspectiva superior. Aquello no lo consoló. ¿Qué demonios hacía siguiéndola? ¿Por qué tenía que ir detrás suyo? Bien podía ser que ambos se dirigían al mismo destino pero se sentía ridiculizado yendo detrás de ella de aquella manera así que Ranma apresuró sus pasos hasta alcanzar la posición de ella. No quería mirarla pero lo hizo.

Akane miró a su izquierda y se topó de bruces con la mirada inquisitoria de su prometido.

- Imbécil. - Le espetó sin poder evitarlo. - ¿Qué narices miras?

- Nada. - Contestó desganado. - Solo me autocompadecía por tener una compañía tan desagradable.

- ¿Qué? - Ella se detuvo en seco y apretó los puños con fuerza. Ranma se detuvo sobre la vaya al mismo tiempo - Estúpido ¡¿Cómo te atreves?!

Akane sintió que lo odiaba. Recordó su situación, la situación de ambos y la sensación de odio creció. ¿Como es posible odiar a la persona con la que se supone que te vas a casar?

- Te odio, Ranma. - Dijo amargamente mientras retomó su camino.- Si tanto te molesta mi presencia vete con Shampoo o con Ukyo y... ¡déjame en paz!

El énfasis de sus palabras había sido acompañado con una potente patada a la verja produciendo un severo abollamiento en su centro. Ranma había saltado previendo su acción cayendo a su lado en una sola pierna.

- Tienes la rapidez de un gorila. - Comentó con desdén mientras el rencor se extendía en él recordando las cosas que ella le había dicho. - Es una lata tener una prometida tan torpe.

Aquello dolió en el orgullo de Akane. Hasta que no conoció a Ranma siempre fue la mejor. Siempre había sabido defenderse. Luego de su llegada y de otros que superaron su nivel, Akane había quedado relegada, ella y sus facultades, por no hablar de todas las veces de las que no había sabido escapar del peligro. Pensar en ello no le hizo sentirse mejor.

- Nunca te pedí que me ayudaras.

- Si no lo hubiera hecho, muchas veces hubieras muerto.

- Yo puedo valerme por mi misma, no necesito a nadie que me ayude.

Ranma agarró sus muñecas con una mano y las apresó a su espalda. Ella intentó revolverse, pero él la agarró más fuerte.

- ¿Ah si? - Inquirió. De pronto se dio cuenta de lo que estaba haciendo: estaba reduciendo a Akane en mitad de la calle y alguien les podría ver. En aquel instante la soltó bruscamente, de manera que ella cayó sentada en el suelo.

Akane apretaba los puños con fuerza rozando los nudillos contra el asfalto. Maldito, una y mil veces maldito. No solo la ridiculizaba verbalmente sino que ahora también lo hacía físicamente, dejando entrever que ella no valía para nada.

- Lo haces expresamente. - Susurró sin abandonar la teoría de que él se divertía así, molestándola.

- ¿Qué? Yo... yo solo quería demostrarte que en peligro necesitas de mi ayuda, no quería acercarme a ti, no te equivoques. Quien querría...

- ¡Quien querría acercarse a una fea marimacho como yo! ¿No, estúpido predecible? ¡No te soporto! ¡Jamás me casaré contigo ni con nadie como tu! ¡Prefiero morir!

Ella se puso en pie y se sacudió el uniforme del colegio. Mientras Ranma la miraba en estado de shock. Se mantuvo inerte durante fugaces segundos hasta que de pronto reaccionó.

- ¡Perfecto! ¡Porque yo tampoco quisiera casarme con una chica tan poco agraciada como tu!

Entonces Ranma giró sobre sus talones y se marchó con paso decidido en dirección contraria.

Akane lo miró irse. Quería que se fuera, quería estar sola. Vio como se alejaba cada vez más y mas. Y de pronto sintió que una especie de angustia se apoderaba de su corazón. Le invadían terribles ganas de gritar que no se fuera. No. No quería que se marchara y cada vez que se alejaba sentía como si poco a poco se apagara algo en el interior de su corazón. ¿Por qué no podían ser normales? Como aquellas veces en las que se tiraban hablando en el dojo hasta la hora de la cena, o cuando entrenaban y discutían de artes marciales, o cuando se partían de risa de las trampas que hacían sus padres jugando a las damas, o cuando ella lo acompañaba a sus viajes de entrenamiento, o como cuando estudiaban juntos... Aquellas veces en las que había paz y él se comportaba de manera amable habían sido tan escasas y veloces como estrellas fugaces en una noche nublada. Akane caminó hasta su casa resignada. No soportaba la idea de permanecer cerca de él ni un segundo más.

Ranma caminaba con pasos de plomo. Si la densidad del aire su pudiera comparar con la de algún elemento él hubiera escogido hierro. Solo esperaba oír alguna voz, algún sonido, algún indicio que lo detuviera. Algo que le hiciera devolver sus pasos y regresar. Pero un momento, ¿por qué tendría que volver? Ranma se recriminaba por sus propios pensamientos. La sola idea era absurda, se sentía absurdo, y al sentirse absurdo se sintió débil. Lamentablemente, aquella sensación de debilidad le causaba un desagrado fatídicamente mortal. Ranma Saotome era fuerte, era decidido, era valiente. No podía permitirse pensar en esas cosas. No podía permitirse perder el tiempo en nimiedades. ¿Por qué pensar en el amor cuando debía de pensar en la guerra? Debía limitarse a mejorar. A perfeccionarse a sí mismo.

Aquella noche se prepararía para salir de viaje de entrenamiento.

- Despierta caballo.- El monje más joven del templo lo miraba de una manera peculiar.- Lo conseguiste, enhorabuena.

Caballo era como lo habían llamado aquellos últimos meses. ¡Meses! ¿Con cual osadía había jugado el tiempo reteniéndolo en aquel mágico lugar evitando su partida? Aquel entrenamiento había sido el más largo espiritualmente hablando, que todos los que había emprendido en su existencia. El templo Shao Lin se encontraba rodeado de un espectacular paisaje que parecía salido de fábulas infantiles. Se encontraba en lo alto de la montaña Song en la provincia de Honnan. En China.

¿Qué le había llevado hasta allí?

Entrenar. ¿Sólo entrenar? Entrenar y nada más.

Pero Ranma había obtenido algo más valioso que el control de su propio cuerpo. Aparte de obtener la mayor preparación en Wushu que podía haber realizado jamás, la nueva disciplina que ahora él había aprendido allí no consistía en ningún golpe, en ninguna clase de técnica en la que manejara energía. Era mucho más que eso. Mas que físico era psicológico, entrenamiento mental. Aprender a controlar tu cuerpo, a conocer tus límites, algo mucho más valioso que cualquier otro entrenamiento.

Ranma se colocó el bastón que ahora llevaba a su espalda. Era una vara larga de casi dos metros, semejante a un bo. Ahora sabía usarla tal y como le habían enseñado en Shao Lin, su arma principal, empleada en labores y en lucha. Aunque su pensamiento arrogante no le distaba de la idea de que siempre podría valerse solo con sus puños. Ranma estaba seguro de que nunca la iba utilizar, tenía la certeza de que la sola acción de sus puños haría reducir al más fuerte de sus rivales como siempre había ocurrido. La serenidad era algo nuevo en él. La paciencia, la había ido adquiriendo en un proceso lento y progresivo que le había llevado hasta el día de hoy:

Debía volver. Aquello era inevitable.

Allí se encontraba como en un sueño. El sosiego y el silencio reinaban en aquel templo con una solemnidad imposible. Los sonidos que Ranma se había acostumbrado a oír a altas horas de la madrugada eran los rezos de los monjes, las aves vespertinas y el sonido de la naturaleza, que probablemente echaría de menos cuando volviera a la normalidad de Tokio. Su estancia en el templo había sido reconfortante al cien por cien, aquel lugar parecía haberle hecho olvidar todas sus preocupaciones y mantenerle ocupado en la meditación. Sin embargo, Ranma sabía que debía regresar puesto que no debía de posponer lo que tanto le atemorizaba. Siempre había intentado evitar pensar en su regreso a Nerima, su padre, su madre, todos le recibirían con el hacha de guerra en mano puesto que habían transcurrido meses tras su partida, porque suponía que lo culparían de la huída de ella… aunque eso era harina de otro costal. Solo sabía que aquel viaje había sido totalmente necesario, pues debía de escapar cierto tiempo del asedio de sus padres, prometidas y pensar en afrontar su verdadero destino. Como el hombre en el que se había convertido.

Una calurosa noche tras despedirse de sus maestros, partió con sus pertenencias hacia Nerima. El viaje de vuelta sería quizás tan largo como el de ida, puesto que al igual que cuando llegó allí tendría que trabajar para ganarse el pan en diferentes sitios durante su trayecto, y lo más importante, reunir la cantidad suficiente de dinero para pagar el billete del barco.

Los días transcurrían tan rápido como aleteos de mariposas y Ranma por aquel entonces, había estado trabajando en una granja en las afueras de la provincia de Honnan. El granjero era un hombre algo viejo, apenas hablaba japonés y Ranma se defendía un poco con el Chino pero sabía lo justo y necesario para comunicarse y arar. Ya había reunido algo de dinero para poder pasar otra semana de viaje cuando sucedió aquello.

Aquel día, el resplandor de la luna iluminaba los picos de la sierra Syur cuando una sombra se aproximo a Ranma desde el cobertizo. Una mirada curiosa le observó desde la oscuridad. Él lo había notado desde el instante en el que se había filtrado en la estancia. Ranma en aquel momento, se apresuró a saltar sobre la sombra, que luchaba por escapar, entonces el la agarró de las muñecas, aplastando aquel cuerpo con el propio suyo y una vez lo hubo inmovilizado, giró el rostro de aquella figura y entonces los recuerdos se avecinaron a su mente, invadiéndolo por completo…

Estúpido.

Anormal.

Te odio.

Jamás me casaría contigo, antes prefiero estar muerta.

La hija del granjero, una joven aproximadamente de su edad, lo miraba sumergida en una especie de trance, una mezcla de miedo-emoción-excitación. Su respiración se hacía cada vez mas agitada bajo el cuerpo de Ranma, y de sus labios carnosos y sonrosados se escapó un gemido. Aquella mirada hizo florecer el más temido de sus olvidados recuerdos.

- Si te vas, yo me marcho contigo.

La joven permaneció debajo de él, sin decir alguna palabra, con las mejillas sonrosadas, hasta que Ranma se puso tenso y se apartó bruscamente de ella.La chica se incorporó rápidamente, se colocó el pelo y miró con gesto de desenfado a otra parte mientras que tomaba una postura más decente.

- Márchate, por favor. – Dijo Ranma torpemente en chino, del modo más amable y cordial que pudo. Puesto que se encontraba turbado y tenso a ella no le resultó nada amable, y se fue corriendo con el rostro inundado en vergüenza. Jamás volvería a verla.

- Yo soy tuya, - Musitó desprendiéndose de sus ropas. – y tú tienes que ser mío, Ranma.

De repente, aquellas palabras volvieron a aparecer en su mente junto con las imágenes redimidas, y su cerebro rebobinó la cinta de sus propias vivencias hasta que los recuerdos fluyeron con la fuerza de una cascada turbia y espumosa.

Ranma jamás habría sospechado de lo que iba a ocurrir la noche de su partida. De pronto sonó su voz desde la oscuridad con la misma intensidad que el tañido de las campanas.

- ¿Por qué te vas? ¿Es por ella?

Ella parecía igual de seria que siempre. Sin embargo el ambiente estaba enrarecido. Notas de una canción flotaron en el aire y de pronto Ranma se percató de que ella estaba cantando.

- ¿Qué diablos haces? ¡Vas a despertar a todo el mundo! – Susurró fuerte y enfadado.

- ¿No piensas decirles que te marchas?

Entonces ella se interpuso entre él y su equipaje, él quedó bloqueado y perplejo y lo obligó a mirarla.

- Llévame contigo. – Dijo seria, fría como siempre, pero decidida.

- ¿Qué? – Ranma no podía salir de su asombro.

- Si te vas, yo me marcho contigo.

¡Iba en serio! Ranma no lo podía creer.

- Estás loca. – Dijo tras un prudente silencio. – No puedes venir. Es un viaje de entrenamiento para hombres.

La risa de ella tuvo un toque demencial.

- ¿Viaje de hombres? No me hagas reír cuñadito. Se perfectamente que huyes de mi hermana.

- ¡Yo no huyo de nadie! – Refunfuñó ofendido.

Nabiki se miró las uñas, desinteresadamente. Después lo observó con perspicacia.

- Os vi discutiendo esta mañana cerca del Furinkan, parece que mi hermanita por fin se ha decidido a darte calabazas.

Aquello lo hirió en su rutilante orgullo. Esa maldita arpía sabía perfectamente el modo de herir con sus palabras envenenadas. Su risita corrosiva lo sacó de quicio.

- Aparta. – Ordenó.

De pronto ella lo abofeteó con todas sus fuerzas. Ranma se bloqueó palpando el bulto morado que nacía en sus mejillas. Ella tenía los ojos inmersos en furia. Ranma no había estado tan perplejo desde que Kasumi una vez se había enfadado. Aquello lo dejó tan conmocionado que no supo que hacer.

- Eres un estúpido, ¿qué he de hacer para que te fijes en mi?

Él no contestó, su mirada nublada en confusión.¿Qué rayos le estaba diciendo esa chica?

- ¿No te das cuenta? – Nabiki continuó – Me gustas, Ranma, siempre me has gustado, y toda la pantomima de este año ha sido para poder acercarme a ti...

Ranma, tras sus segundos de estupefacción intentó decir algo.

- Pero Akane…

- ¡Mi hermana te odia! – Le interrumpió. - ¡Nunca te ha querido ni te querrá! – Ella prosiguió entusiasmada. – Si quieres podemos hablar con mi padre, el puede cambiar el compromiso otra vez…- Insinuó de forma atractiva y sensual.

- Pe-pero... ¿Estás loca?

Aquello era más afirmación que interrogación. Nabiki se acercaba con descaro.

- Yo soy tuya, - Musitó desprendiéndose de sus ropas. – y tú tienes que ser mío, Ranma.

-¡Basta! – Se gritó a si mismo cubierto por el sudor.

Intentó apartar aquellos pensamientos de su mente. Recogió sus pertenencias, y se marchó de allí lo más rápidamente que pudo.

Sabía a lo que se había referido al mencionar la pantomima de aquel año. Nabiki se había dedicado a atosigarlo más que nunca desde que vivía con los Tendo. Aquel año, los coacciones de la mediana de los Tendo habían llegado hasta el punto del asedio y sin embargo, Ranma no se había percatado de sus verdaderas intenciones. Ella y sus algarabías no habían hecho más que atormentarle, sin embargo aquella excepcionalidad de acciones injustificadas, jamás las había interpretado en el contexto de sus ambiciones, puesto que aunque Ranma era poco observador, jamás habría imaginado que aquella con la que convivía junto los demás, tendría dichas pretensiones.

Ella aprovechaba la mínima ocasión para chantajearle, espiarle con su cámara de vídeo y para burlarse de cualquier cosa que él hacía o error que cometía. Pero por encima de todo, se empeñaba en boicotear su relación con Akane, cosa que no le debía de resultar muy difícil puesto que las últimas semanas que transcurrían en la casa Tendo previas a su viaje, habían consistido un mar de peleas y un océano de insultos entre ellos.

- Na-na-nabiki…

- Vamos Ranma, ¡no seas tan tímido!

Ranma se había puesto muy nervioso. No era la primera vez que veía a una chica desnuda, ni la primera vez que una chica intentaba seducirlo con su cuerpo despojado de vergüenza, sin embargo no esperaba tal cosa esa precisa chica. Intentó mirar hacia otro lado pero entonces sintió como se erizaba su vello al sentir el cálido contacto. Ella pasaba sus antebrazos por detrás de su cuello con descaro, aferrándose a su nuca. Y entonces sintieron los pasos.

- ¡Viene alguien! – Murmuró horrorizado, lo último que deseaba en el mundo es que alguien de la casa le descubriera en aquella importuna situación.- ¡Por favor Nabiki, vístete! – Imploró.

- ¿Tanto te importa que nos descubran? – Objetó ella haciendo presión con su cuerpo desnudo y provocando que trastabillaran cayendo sobre él en el futón.

Él trató de zafarse, cuando ella lo abrazó aún más fuerte, empujando a Nabiki y sin querer palpando su pecho. Ella suspiró vehementemente y el sonido de los pasos se detuvo ante el sonoro gemido. Ranma solo se preocupaba en deshacerse rápidamente del abrazo de Nabiki y salir a toda prisa de aquella habitación. Pero los pasos se hallaban frente a la puerta de su dormitorio, y de repente fue demasiado tarde para todo. La puerta de la habitación de Ranma se abrió y él pudo ver bajo su centinela, desde su prisión de curvas sinuosas y de piel desnuda, como la contemplación horrorizada de Tendo Akane lo advertía todo.

- A-akane… - Alcanzó a decir, antes de distinguir su ofuscado reflejo en las lágrimas incontroladas.

Mientras tanto, Nabiki perduraba con su nociva sonrisa dibujada en el rostro.

Después había corrido, había sentido como la tensión que se acumulaba en cada fibra de sus músculos al salir se disipaba con el frescor de la madrugada. Aquel día no había oído gritos ni sonido alguno durante su apresurado recorrido hacia el exterior de la casa de los Tendo, y solo cuando se encontró lejos, pudo dejar escapar su suspiro ahogado. Ahora sentía, que ese suspiro volvía a ser atrapado por su garganta.

Y los hechos y acontecimientos se agolpaban ahora borrosos bajo sus presunciones y recordando que aquella conversación aún se mantenía pendiente y que aquella cita a la que nunca se había presentado permanecía latente, su mente no obviaba que la discusión que debía haber mantenido y que había prometido por escrito a Nabiki, debía de ser fructificada.

Y aún meses después temía lo que hubiera pasado posteriormente. Temía lo que fuera a hallar tras su regreso. Sin embargo, aunque pareciera un cobarde, aquel tiempo lejos de los Tendo, de su propio padre, de su madre, habían servido para decidir y asumir lo que le deparaba su ineludible destino. Saotome Ranma era hombre sobre todas las cosas, hombre de honor y de palabra. Si su sino era Akane, lo aceptaría. Regresaría a Japón y se casaría con ella.

De una vez por todas.

IV

Ashura dormía hasta que percibió como un pequeño ardor se encendía en su mejilla izquierda. La luminosidad se colaba por los entresijos de las cortinas, describiendo su recorrido con gráciles puntos de luz, hasta posarse en sus facciones calentando su pálido rostro. Abrió un ojo y después el otro y sintió en aquel instante como su cuerpo se abatía desde las nubes mas altas y pasaba de ser liviano como una pluma a mas pesado que el plomo.

Ahora lo recuerdas, ¿lo recuerdas, Ashura?

Entre dormida y despierta lo notó de nuevo, esa sensación se presentaba desde que tenía uso de razón, memoria y conciencia. Ella sintió frío en su pecho. Era como si su carne en aquella zona estuviera abierta, cuya herida sangrante se helaba con el vuelo del viento. Se llevó las manos a ese lugar y, quitándose de encima las ropas que llevaba puestas se observó. Su corazón palpitaba frenéticamente bajo aquella cicatriz. Aquella cicatriz latía con vehemencia cruzando su pecho, en aquel lugar donde algún día había estado su verdadero corazón.

Su auténtico corazón…

Ese corazón palpitaba, latía por todos los retazos de su delgado cuerpo, impulsando la sangre, que ardía en sus venas, bullía en sus muñecas, su cuello, permitiendo que su acongojada mente produjera aquellos ensangrentados pensamientos, extraídos de hasta el último de sus atormentados sueños. Todos y cada uno ellos empapados en sangre…

- ¡¿Qué has hecho?!

La locura había consumido con la avidez de un huracán su alma entera. Aún sin concebir lo que realmente estaba sucediendo, observó horrorizado a la autora de aquella masacre. La sangre escarlata salpicaba su rostro desde el instante en el que ella había desenfundado la resplandeciente katana. Y por si fuera poco, ella rió con demencia perturbada, sus dientes blancos en su cara sucia y sangrienta, sus colmillos más afilados que su espada, la espada atestada de carne y vísceras. Carne de aquellos cuerpos mutilados, retorcidos y resquebrajados, cuyos mohines de dolor permanecieron plasmados por siempre en su hiriente memoria.

Ranma se llevó las manos a los ojos, intentando borrar todo, nada estaba sucediendo, nada de aquello era real, despertaría, si, despertaría al ser arrollado con un cubo de agua fría y un montón de golpes; y allí estaría ella con su uniforme de escuela, su gesto enfadado, sus palabras de ira…

- ¿Ranma?

Él abrió los ojos al escuchar aquella voz. Todo igual. Akane lo miraba, cubierta de sangre agarrando aún la espada. Los demás, todos muertos.

- Akane… - Musitó aquel susurro de manera casi imperceptible y entonces él gritó: -¡¿Por qué lo has hecho?!

Ella cerró sus ojos de serpiente. El ascenso de su barbilla produjo una iluminación de su semblante. Sus pestañas largas y rizadas, su pelo mojado y revuelto. Por su perfil descendiendo lágrimas y gotas de sangre.

- Ranma, hoy no vas a querer tocarme… huelo a muerte….

- ¿Por qué lo has hecho? – Reiteró él. No sabía disimular su desesperación y ahora insistía de nuevo con un deje de frustración incrustado en su voz.

Ella no le escuchó, las lágrimas bañaban sus facciones.

- Tengo miedo, no se que me ocurre… - Murmuró con voz dulce.

Akane lo oteó. Brillaban sus grandes ojos, aquellas pupilas de dragón escrutaron incluso el fondo de su esencia. Después se volteó.

- Necesito oírlo otra vez, no se por qué pero…

Ella se acercó a uno de los cadáveres que yacía en el suelo.

- … necesito oír otra vez el sonido del metal cortando carne y huesos…

Y comenzó a cortarlo en trozos más pequeños.

- ¿Se encuentra bien, señorita?

Ashura despertó asustada. Una fina película de sudor recorría su torso desnudo y percibía un dolor punzante en su cicatriz del pecho. Miró a la enfermera que la observaba con severidad y entonces se percató de dónde se encontraba.

- S-si... – Contestó con adormecimiento. – Es solo que…

- Es del todo normal que se encuentre extraña. Poco a poco irá recuperando su memoria.

- No se preocupe, me encuentro bien… creo.

La enfermera se acercó a Ashura portando un extraño objeto en sus brazos que colocó junto a una pequeña mesilla postrada junto a la cama. Aquello era un dispositivo electrónico extraño, que mostraba números y símbolos en su pantalla de plasma. La enfermera pulsaba con el dedo la pantalla en situaciones determinadas, cambiando de ese modo los números y la simbología que aparecían en ella. En cuanto la sanitaria se percató de que Ashura lo miraba de manera extrañada señaló con voz mermada:

- Es un marcador de constantes vitales inalámbrico, no le supondrá ninguna molestia. Todo irá bien, verá como pronto volverá a casa.

Ashura asintió, llevando su contemplación a atravesar los cristales de una ventana que se encontraba junto a su posición. Más allá del vidrio, se podía observar aquella infinita bóveda que confinaba la ciudad. Desde hacía un año ya sentía habitual avistar aquella bóveda. No obstante, le seguía pareciendo terriblemente desconcertante. Nunca en aquel año se había atrevido a mencionar mucho al respecto, y en varias ocasiones le habían recordado que no debía de hacerlo... Sin embargo, en aquel preciso instante mientras observaba como la enfermera realizaba su trabajo manipulando más dispositivos, se le ocurrió preguntar:

- ¿No le gustaría saber que hay más allá del muro?

- Nadie se pregunta esas cosas. – Contestó la enfermera encogiéndose de hombros. – Es una de las normas del reglamento de convivencia de la cuidad.

- ¿Por qué? – Preguntó desconcertada. La enfermera pareció irritarse y le dio la espalda mientras sujetaba un tubo entre sus dedos. - ¿Acaso todo el mundo respeta las normas?

- Las leyes de esta ciudad fueron creadas para que el organismo central y todos nosotros pudiéramos vivir en consonancia. Siempre son respetadas.

- ¿Es una norma no tener curiosidad? – Ashura parpadeó repetidas veces, totalmente perpleja.

- Es una norma coexistir de la mejor manera bajo el muro y por el bien de la convivencia es mejor sin interrogantes.

- ¡Qué estupidez! – Contestó ella, quien iniciaba a sentirse insatisfecha. Sentía que el mundo era diferente e iba perpendicularmente a sus pensamientos. – Yo quiero saber que hay tras ese muro y no lo niego, así que estaré rompiendo las normas. – Contestó de manera desafiante.

El ruido de un cristal roto se advirtió como respuesta. Ashura observó a la mujer, que de manera nerviosa recogía los trozos de cristal del suelo, evitando a toda costa cruzar su mirada.

- Disculpe, si he dicho algo que no debería…

La enfermera pareció calmarse. Cuando tuvo todos los trozos en sus manos se acercó a un contenedor que se hallaba en la entrada a la estancia y sin decir nada se marchó.

Y una vez a solas, pudo percibir de nuevo la insistida vehemencia de los latidos de su prestado órgano.

Recordaba perfectamente.

Había pasado cerca de un año desde el día en el que nació. Aquel día quería haber gritado hasta que su garganta quedara rasgada para siempre, pero la voz había quedado apresada en su mente cual centinela incomplaciente. Nació en una habitación semejante a la que se encontraba, paredes blancas, suelo y techos blancos, cama de sábanas blancas… Ashura llamaba a ese su nacimiento, puesto que no tenía recuerdos anteriores. Antes de aquel día, no tenía nombre, no tenía edad, familia ni amigos. No tenía una vida propia aquel día en el que despertó por primera vez en aquella habitación blanca. Había palpado su cicatriz la primera vez que se había observado al espejo. Por aquel entonces aún no había cerrado y tuvo una extraña y lejana sensación de dolor, como si aquel lugar fuese atravesado por un frío metal. Era como si aquella lesión llevara por toda la eternidad abierta, colmando de dolor a sus entrañas e impidiendo la escapatoria de cada uno de sus recuerdos.

Ashura. Ese era su nombre, según los médicos. Puesto que para su memoria, solo existía un año de vivencia. Vivencia resumida en el escrupuloso sentir al creerse un extraño fuera de lugar. Sentirse perteneciente de otro mundo no solo era su mayor preocupación, sino la retahíla de extraños sucesos desde aquel día en el que fue salvada de la muerte. Y por casualidades o causalidades terrenales, Ashura era alguien importante. Tenía 20 años, también le habían explicado. Sus padres, líderes de la guardia imperial Ipar y Gaya junto al resto de la familia habían muerto en un atentado de los rebeldes en el cuadrante sur de la ciudad de Inbal. Siendo Ashura la única superviviente, que debatía entre la vida y la muerte, y cuya existencia fue salvaguardada gracias a aquel transplante de corazón. Por suerte que tenía a Naye Da, su tutor temporal y un operador de algo cargo en los territorios de Inbal quien había decidido hacerse cargo de ella hasta cumplir su mayoría de edad, los 21 años.

Amnesia irrevocable. Era el diagnóstico, la condena que portaba sobre su espalda y la doliente angustia que ello conllevaba al observar con desconfianza su ajeno reflejo. Su pelo rozando su espalda, la severidad de sus ademanes y aquella apariencia de chico que escupía su reflejo, le recordaban la frialdad con la que sentía aquello a lo que pertenecía, aquel nuevo mundo que le concernía pero del que se sentía a años luz. Pero el frío dolor de la parte superior izquierda de su tórax no escatimaba en rememorárselo y de vuelta a la realidad, comprendía cuán extraña sentía toda aquella gente, todo aquel entorno. Ella palpaba su pecho cada día, acariciaba esa señal, exigiéndole que le devolviera cada uno de los recuerdos que ella había perdido, sin embargo sus noches se tropezaban con pesadillas ceñidas en sudor y lágrimas. Sus sueños siempre se desataban entre episodios ensangrentados. Siempre aquellas difusas caras que le hacían vagamente ejercitar su memoria, aquellos confusos nombres que siempre olvidaba tras despertar…ellos estaban repletos de sangre, dolor, venganza… y se habían transformado en una obsesión para Ashura. Por ello, por saber todo lo que significaban, había recurrido a la hipnosis.

Sin embargo, quería cerrar los ojos ante la realidad y no podía.

El mundo estaba en guerra. En aquellos tiempos no existía la seguridad, y la protección de los hombres y mujeres del mundo cada vez era más frágil. El amparo de las personas cada vez era más aparente, mientras que la muerte devastaba el mundo a causa de la guerra. Pocas eran las ciudades que se habían mantenido en pie a causa del achaque de los rebeldes. Y ahora, no debía evitar en sentirse afortunada por haber caído en la fortaleza infranqueable de Inbal.

Esa era la situación en aquella época.

Corría el año 2150, algún que otro siglo después… del comienzo de todo…

Notas del Autor:

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