Historia escrita originalmente por Suzzanne Robinson y adaptada por Titania de Oberon.

Una Dama Rebelde

Capitulo 2

Tal como había advertido a Fumio y a Miroku, aquella mañana Inuyasha fue a visitar a Kikyo Matsuzawa con la intención de pedir su mano. En Matsuzawa uchi el salón resplandecía con la luz del sol y las habilidades de Ofelia. Las jóvenes necesitaban tener habilidades, eran las charreteras y las divisas del rango por las que un caballero reconocía a una dama.

Inuyasha levantó la punta de un complicado bordado del sofá, lo apartó a un lado y se dirigió hacia el piano, donde hojeó unas partituras de Chopin y de Mozart. Kikyo también era una hábil intérprete, pero lo que la acreditó ante Inuyasha fue que no tenía ni el rango ni la inteligencia para hacer de su pasado un obstáculo para una alianza. Pero esto no era todo, admitió Inuyasha. Aunque nunca había hablado de ello con Fumio ni con nadie, Kikyo le gustaba.En cuanto pensó en ello, en su pecho se instaló un nudo ardiente, nacido del temor y de la inquietud. ¿Y si estaba enamorado y no lo sabía? Kikyo, después de todo y a pesar de sus pretensiones, emanaba una bondad de corazón y una felicidad que a él le resultaban esperanzadoras. Necesitaba esperanza, y la idea de perderla le hería como ninguna otra cosa. Pero la razón verdadera de estar allí sólo la podía reconocer en sus pensamientos. A pesar del recelo con el que se protegía contra las mujeres que sólo lo querían por su posición y su apariencia, labondad de Kikio le atraía. Porque si Kikyo era bondadosa y lo quería, ¿no significaba entonces que él también lo era? Si lo amaba por él mismo, podría ser capaz de luchar contra los demonios, construir una vida con Kikyo y hallar la paz. Hasta podría ser capaz de entregar su amor.

¿Quién habría pensado que encontraría la redención en un Matsuzawa? Los Matsuzawa eran unos arribistas sociales. Desde que surgieron de la oscuridad hacía ya algunas generaciones, habían ascendido las gradas sociales con la tenacidad de la cabra montés y la agilidad de los monos. Se agarraron a cada peldaño, a cada nicho y a cada roca de respetabilidad con uñas y dientes.

Las ambiciones de los Matsuzawa eran bien conocidas por los Taisho. Durante casi doscientos años las posesiones de los Matsuzawa se habían asentado en medio de las tierras Saidai como una brecha en los bastiones del que antes había sido un castillo seguro. A uno de los antepasados de Inuyasha, un Matsuzawa lo convenció para que le vendiera aquellas tierras. Y en aquellas tierras se alzaba la Torre Saidai, la fortaleza original del primer barón Saidai. Su pérdida se transformó en un cáncer en el pecho de la familia. Y el antepasado Taisho fue repudiado por sus descendientes.

Año tras año, los Taisho observaban cómo los Matsuzawa se arrancaban su capa plebeya mientras poco a poco se iban adentrando en la nobleza imperial. Inuyasha no recordaba haber tenido a su alrededor a personas que alardearan de antepasados tejedores o laneros; le molestaba como al que más tener un agujero en sus bastiones. Durante más de quinientos años los Taisho habían vivido y combatido en Saidai, y él consideraba que era su deber y su honor conservar la herencia de la familia.

Su familia había combatido con los Fujiwara contra los Tamuramaro en la guerra de los veinte días. Luego sufrieron sus más y sus menos en las predilecciones del emperador Kokaku y Niko, y sobrevivieron a Cromwell para reclamar sus títulos y sus tierras después de la Restauración. El lugar en que empezó su lucha por la grandeza estaba en manos de una gente que podía derribarlo y levantar en sus higas un castillo de pacotilla en su incesante esperanza de escalada social.

Kikyo, sin embargo, no se había incorporado a las preocupaciones familiares. Nada en ella denotaba a una trepadora. Fue Inuyasha quien se dio cuenta de ello y quien había perseguido a la joven. Le gustó el modo con el que ella entabló amistad con alguien que parecía fuera de lugar. La vio tomar bajo su protección a una muchacha sencilla y conseguir que tuviera éxito durante un banquete. Y, puesto que estaba siendo tan honesto, también tenía que admitir que aunque no hubiera pensado que llegaría a amarla, las posibilidades de redimirse y recuperar la Torre no eran lo principal. Sí, tenía esperanzas porque la joven había manifestado claramente que lo amaba durante el año anterior.

Imaginaba la furia de su madre y de la esposa de Fumie al enterarse de su propuesta, cuando apareció Kikyo seguida por su madre. Parecía como si ambos se esforzaran por disimular la excitación que sentían, lo que indujo a la madre a dejarlos solos. Pasaron unos minutos antes de que se iniciara la conversación, e Inuyasha procuró no demostrar su impaciencia.

- Es muy típico de usted convocar a mi madre, su exelencia -dijo Kikyo.

- Para mí es un honor -repuso Inuyasha.

- Nosotras teníamos previsto verle esta noche.

Inuyasha no esperó más. Se levantó de la silla, atravesó la habitación y fue a sentarse al lado de Kikyo. No se fijó en la mirada escandalizada de la joven. En varias ocasiones le había permitido sentarse más cerca. Kikyo no era una mojigata y aquellas últimas semanas sus relaciones se habían hecho cada vez más familiares. Inuyasha le cogió una mano y le dio un beso en la palma, luego le apartó el puño de encaje y rozó con los labios la parte interna de la muñeca de Kikyo.

- ¿Sabe usted lo que deseo? -preguntó tras deslizar la lengua por la blanca carne.

Maldijo en silencio aquella pregunta idiota. Le resultaba increíble, pero en el último momento estaba perdiendo el valor. Quería resultar poético.

- Claro que lo sé. -Kikyo respiraba apresuradamente mientras el cuello y las mejillas se le cubrían de rubor.

A Inuyasha la actitud de la joven le agradó y se dispuso a declararse, pero entonces ella siguió hablando.

- ¡Oh, excelencia, lo he deseado tanto y... he pensado tanto en ello!

- Mmmm. Lo que yo quería decir es que... -Se detuvo cuando dio cuenta de que la joven tenía la mirada clavada por encima de su hombro.

- La plebeya Kikyo Matsuzawa y el Señor de Saidai -observó- Un Concejero imperial y Señor ocupa un rango superior en la nobleza.

Inuyasha clavó la vista en las manos que tenían unidas, luego la levantó y observó que la joven se estaba mordiendo el labio y mirándolo. Inuyasha cerró los ojos cuando vio la expresión de confusión en el rostro de ella. El rayito de esperanza que había estado iluminando su interior se transformó en fuego y ardió hasta convertirse en cenizas. Con una sensación de vacío, excepto por aquellas cenizas, abrió los ojos.

- Ágiles escaladores -musitó para sus adentros. -¿Qué?

Mientras se sacudía la desilusión que le llenaba el alma, Inuyasha se levantó y cerró la puerta del salón. Ambos sabían que ni su madre ni nadie molestarían al concejero imperial, a menos que él los llamara. Corrió las cortinas, volvió al lado de Kikyo y se sentó junto a ella.

Inuyasha permitió que la excitación que todavía le dominaba fuera evidente. Hasta que ella no cometió la equivocación, el joven no había dejado entrever su excitación sexual, pero ahora le rozó los labios con la punta de los dedos y, deliberadamente, atrajo su atención murmurando suavemente su nombre.

Se trataba de una táctica que utilizaba en las campañas amorosas y que nunca había perdido. No decía nada más. Utilizaba su cuerpo como un sable y la muchacha respondía. Se aproximó a la joven y observó que su pecho se elevaba y descendía, le puso las manos en las caderas, la acercó más a él y le pasó la lengua por los labios, luego por el cuello hasta la piel encima de los pechos. La besó allí una vez, dos, tres veces. Y tras pasar la lengua por los lugares que había besado, volvió a murmurar su nombre.

El aliento hizo que a ella se le pusiera la carne de gallina. Kikyo murmuró algo y, para su sorpresa, puso las manos en sus hombros y se echó encima de él besándolo.

Más inesperadas aún fueron las palabras entrecortadas que musitó:

- Ha sido tan duro esperarle.

Inuyasha abrió los ojos e intentó preguntarle cuánto tiempo había estado acechándolo, pero ella introdujo la lengua en su boca. El joven aceptó el beso hasta que la mano de ella empezó a descender por su pecho, manipuló torpemente los botones de los pantalones y luego bajó hacia la ingle. En ese momento, Inuyasha apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas y dominó el deseo de atraerla hacia él y echarse encima. Kikyo cayó hacia un lado con las enaguas levantadas hasta la nariz.

Inuyasha, con una risita, comenzó a arreglarse el traje. Fue aquella una risita significativa, sobre todo porque se sentía desilusionado. Unas lágrimas contenidas le humedecieron los ojos, furioso consigo mismo por su ingenuidad, y rápidamente las hizo desaparecer. ¿Por qué no podía haber sido diferente?

Se había equivocado al tomar aquella decisión. Su mirada se fijó en un jarrón chino. Nunca debió olvidar que era diferente, que estaba condenado a alimentar su alma hambrienta con el agua estancada y el pan mohoso de la sensualidad. Cuando era joven aprendió que no existía ningún festín de amor verdadero entre los hombres y las mujeres de alcurnia.

Inuyasha sacudió la cabeza; la cabalgada de la mañana había debido de trastornarle. En realidad, todo lo que anhelaba era nadar por la superficie; no deseaba hundirse y ser arrastrado por las corrientes de las profundidades marinas. Sin embargo, la venganza contra Kikyo le hacía sentirse a disgusto consigo mismo. Pero no podía impedirlo. Necesitaba huir del dolor y la rabia que le quemaban por dentro.

- Inuyasha.

Hubo algo en la voz de ella, un cambio de timbre, una vacilación, que provocó que levantara la vista de los botones de los pantalones. Kikyo se había arreglado el vestido, se levantó y apoyó la mano en la mejilla de él.

- ¿Qué sucede? Inuyasha, es usted tan hermoso.

- Gracias. -Se apartó, no quería escucharla, pero ella siguió.

- Qué caballeroso ha sido esperándome.

Inuyasha recogió el abrigo, luego descorrió las cortinas mientras Kikyo se apresuraba a abrocharse el cuello del vestido; se volvió hacia él cuando se ponía rápidamente el abrigo.

- ¿Cuánto tendremos que esperar? -preguntó.

- ¿Esperar qué? -repuso él, apartándose un mechón de cabellos de la frente.

- A anunciar nuestro compromiso.

Alexis alzó la vista y se la quedó mirando, luego levantó las cejas.

- Kikyo, querida, ha dicho que sabía lo que yo deseaba y luego me lo ha dado. En parte, claro.

La joven dejó escapar un suspiro. Dio unos pasos alejándose, abrió la boca y se dispuso a gritar. Inuyasha se apresuró a ponerle una plano alrededor del cuello y la atrajo hacia él.

- Si los llama, yo mandaré a buscar a un médico para que la examine y compruebe su virginidad..

- ¡Ohhh!

Inuyasha la soltó y sonrió ante la indignación de la joven.

- Le mataría.

- Si estoy muerto no podrías casarte, pequeña.

Ante su sorpresa, desapareció la furia de Kikyo. Transformó la expresión de su rostro en un segundo mientras recuperaba el control. De cabra montés a sierva. Inuyasha deseó abofetearla, pero hasta en aquella situación le resultaba imposible usar la violencia contra una mujer. Así que reprimió las lágrimas presionando la boca contra el cuello de la joven. Siempre conseguía apartar la tristeza a través del placer físico, así que succionó la base del cuello de KIkyo mientras acariciaba con el pulgar la ropa que cubría el pezón de la joven. Cuando creció el deseo, el dolor disminuyó lo suficiente para poder casi ignorarlo. Entonces habló con la boca rozándole la piel:

- Nos hemos equivocado. Pero esto no significa que no podamos estar satisfechos con lo que ha pasado entre nosotros.

- Pero tiene que casarse conmigo.

- Vaya. -Inuyasha mordisqueó el labio inferior de la joven-. No intente obligarme y todo irá mucho mejor.

Volvió a besarla y se dirigió hacia la puerta mientras ella se quedaba de pie en medio de la habitación sonriéndole con una expresión de satisfacción que él sabía que significaba que no se había rendido. La dejó allí pensando en cómo podría conquistarlo. Estaba habituado a las mujeres que se pasaban la mayor parte del tiempo alejadas de él haciendo precisamente lo mismo. Una vez más no iba a ser diferente.

Llegó el momento en que Kagome tuvo que vestirse para el baile. La última obra de Kikyo fue transformar a Kagome Higurashi en una dama, y aquello se había convertido en una pesadilla que se dilató durante horas. Kagome estaba a merced de dos camareras mientras su prima revoloteaba a su alrededor con una expresión de benevolente superioridad. Luego se sentó en una silla del vestidor y dirigió personalmente la transformación.

Empezaron por el corsé y se entabló una discusión sobre hasta qué punto debían estrecharlo. Ganó Kagome. Luego la camisola y las odiadas enaguas rígidas. Después otras enaguas. Y otras, y otras, y otras y otras más. Finalmente, el vestido. Lo levantaron por encima de la cabeza con unos largos bastones y luego lo dejaron caer como una red encima de un insecto. Cuando estuvo en su sitio, empezaron a abotonarlo.

Por fin Kagome pudo volverse y mirarse en el espejo. Era un vestido blanco lleno de lazos y de perlas. Si no hubiera estado tan apretada y oprimida, habría suspirado. Hasta con los cabellos despeinados parecía tan distinta, no era ella. Kagome bajó la vista y se fijó en los pechos. Aquellos vestidos escotados eran la última moda para los bailes; tenía suerte de que su cintura fuera tan estrecha. La diferencia de tamaño entre la cintura y el resto de su cuerpo se ocuparía de mantener el vestido en su sitio.

Kikyo revoloteaba alrededor del espejo mientras Kagome se estaba contemplando.

- ¿No te dije que el vestido haría milagros?

- No lo sé -repuso Kagome- ¿Qué te parece? -preguntó dando una vuelta sobre sí misma.

- Oh, encantadora, encantadora. Sólo que...

- ¿Algo está mal?

- Bueno, sí. Es el cabello. -Kikyo se mordió el labio y contemplo la cabeza de Kagome-. Tenía que decírtelo. En tu propio interés, claro quiero decir, bueno, el color podría decirse que es demasiado oscuro.

Kagome se puso la mano en los cabellos y enrojeció. Kikyo se acercó y la abrazó.

- Bueno, ya lo he dicho y estoy contenta. Ahora te diré lo que vamos a hacer. Un moño. -Kikyo se volvió hacia una de las criadas- Tao, hazle un moño. Y Eiko, trae ese adorno de flores para el cabello de la dama Kagome.

No tardaron mucho en someter los desgraciados rizos y hacer con ellos una bola en la nuca de Kagome. Luego fijaron las flores a su alrededor. Kagome contempló los resultados y procuró no sentirse dolida.

Se había olvidado de sus cabellos. Era como llevar un manto oscuro y brillante en la cabeza. Y Kikyo tenía que decírselo, y Kagome tuvo que reprimir las ganas de lanzarse a su cuello y escucharla con una delicada sonrisita.

Kikyo acercó la mejilla a la de su prima y volvió a abrazarla. Se contemplaron las dos en el espejo y Kikyo murmuró:

- Y ahora nos ocuparemos de la piel.

- ¿Qué quieres decir? -preguntó Kagome, mientras sentía que el calor le subía hasta las mejillas.

- Vamos a cubrir toda la piel descubierta que podamos.

Kagome intentó no ruborizarse, pero no lo consiguió. Se concentró para que su rostro adquiriera una expresión vacía y nadie se percatara de las lágrimas que estaba reprimiendo. No había conocido a nadie a quien le disgustaran su tez bronceada. Kagome tragó saliva y dejó que su prima le aplicara los polvos, capa tras capa, hasta que su rostro quedó tan blanco como el vestido. Mientras iba aplicando los polvos, Kikyo no dejaba de hablar.

- Nunca adivinarás quién ha venido, nunca. -Y no esperó a que Kagome lo adivinara- El Señor de Saidai.

Kikyo entonces hizo una pausa en su trabajo y miró a Kagome como si esperara que su prima se desmayara ante la noticia.Kagome asintió con educación y se puso las manos en la espalda para ocultar su agitación.

- Oficialmente ha venido a ver a mi madre, pero quería verme a mí. -Kikyo agitó una lámina de polvos y continuó hablando alegremente- Oh, deberías verle. Tiene los ojos del dorado más brillante, y sus manos... Kagome, es alto... y ¡todo!

- Es guapo.

- ¿Guapo? Claro que es guapo. ¿No has oído lo que he dicho? Llamó a mamá, y él es el Señor de Saidai. Las tierras de Saidai ocupan la mayor parte del condado, Kagome, te estoy hablando de Inuyasha Arimoto Anzai Eizo Taisho.

- ¿Todos esos?

Kikyo le dio un golpecito en la frente con el aplicador de polvos.

- No, tontina. Es sólo uno. Esos son sus nombres. Y tiene tres o cuatro títulos más, pero los he olvidado. Lo más importante, para que lo comprendas, es que visita al emperador y es propietario de medio Japón.

Kagome sonrió y dejó que Kikyo siguiera. Desvió la mirada hasta el libro de grabados que había sobre la mesa junto a la cama. Lo escondería, al igual que sus pensamientos sobre el marqués de Saidai. Ambas cosas podían producir escándalo. Kagome distinguía un riesgo en cuanto lo tenía delante, y Inuyasha Taisho era todo un riesgo. Tras aplicar polvos en la nariz de Kagome por última vez, Kikyo se apartó un poco de ella para contemplar su obra y sonrió.

- Ya ha llegado la mayor parte de los invitados y debo irme. Volveré a buscarte. No te arrugues el vestido.

Una vez dicho esto, Kikyo se marchó. Kagome dio la espalda al espejo y con la ayuda de las dos camareras se puso los zapatos de baile. Luego ellas también abandonaron su aposento. La joven permaneció inmóvil en medio de la habitación; sentía frío. No quiso sentarse por temor a arrugar el vestido. Deambuló por la habitación, se acercó a la ventana y apoyó la frente contra el cristal, como había hecho aquella tarde. El paño estaba frío, pero no prestó atención.

No iba a llorar. Una veterana de la frontera americana no iba a llorar por tener la piel bronceada y el cabello de color oscuro. Además, las lágrimas estropearían la capa de polvos.

Mucho después, Kagome estaba junto a la tía Ema que dormitaba en un sillón. Ante ella se abría el suelo pulimentado del salón de baile, por donde se deslizaba una mancha confusa de faldas y piernas cubiertas por pantalones. A su lado, de pie, estaba un joven que Kikyo le había presentado como Lord Jukodo. Kagome mantenía juntas sus manos enguantadas y se esforzaba por encontrar algo que decir. Cada vez que intentaba empezar una conversación, algo iba mal. Quizás a los hombres japoneses no les interesaba el tema de la esclavitud entre los estados del Norte y del Sur o la belleza de la bahía de San Francisco. Claro. Tenía que hablar de Japón. Con una sonrisa fija en los labios, lo volvió a intentar.

- Últimamente he leído algunas historias de Charles Dickens.

Lord Jukodo estaba mirando a un grupo de risueños oficiales de caballería. Kagome se miró las manos, alzó la vista y volvió a sonreír.

- ¿Le interesa la historia, Lord Jukodo?

El joven apartó la vista de sus amigos y la miró a ella.

- ¿Historia? No puedo soportar el tema. ¡Ah! Aquí está miss Matsuzawa. Debería dejar que estas dos damas descansaran después de tanto baile, ¿verdad?

Sin esperar respuesta, Lord Jukodo se alejó de ella. Kagome le vio reunirse con los oficiales con los que había estado antes de que Kikyo se lo presentase. Mientras los observaba, Lord Jukodo hizo un comentario y varios pares de ojos masculinos se clavaron en ella. Entre ellos hubo algunas sonrisitas afectadas y Kagome les volvió la espalda.

- Pero Kagome, ¿qué le has dicho a Kitao para que se alejara con tantas prisas?

Kikyo se dio unos golpecitos en el labio con el pañuelo y sonrió a un caballero que pasó junto a ella.

-No lo sé. Le pregunté...

- Shh. -Kikyo le agarró el brazo-. No te vuelvas, sigue mirándome y sonriendo. Él está aquí. Es tan tarde que pensé que ya no vendría.

- ¿Quién?

- El Lord. Vuélvete, pero que no se dé cuenta de que lo estás mirando. Está hablando con lord Sen y con mamá. -Kikyo lanzó una risita-. Es tan alto que tiene que inclinarse para oír lo que le dice el viejo Senty. Es tan alto como las puertas. ¿Ves a ese de los cabellos negros?

Kagome lo vio, y de nuevo la inundó aquella sensación mágica. El mundo se transformó en algo fantástico, los colores se cubrieron de brillo y su espíritu se llenó de gozo, como si acabara de descubrir una mina de oro.

Se quedó contemplando a Inuyasha Taisho hasta que Kikyo le dio un codazo. Sin embargo, el Lord no estaba mirando en aquella dirección, porque su avance por el salón se veía interrumpido por los saludos de numerosos amigos. Dio un paso y luego tuvo que detenerse ante una pareja que se había acercado a saludarlo. Tras intercambiar unas palabras, comenzó a avanzar de nuevo, pero entonces se vio rodeado por un grupo de jóvenes oficiales. Kagome no podía oír lo que decían, pero el grupo se cerró alrededor de él y permanecieron callados y atentos por una vez. Inuyasha apoyó una mano en el hombro de uno de ellos, lo miró con simpatía y le dijo tres palabras. Se sorprendió cuando los oficiales del grupo estallaron en carcajadas, incluyendo el joven que había sido el centro del comentario del Lord.

Los dejó antes de que se recuperaran y se dirigió hacia un grupo de damas que lo asediaban. Kagome oyó el gruñido de Kikyo cuando una madre v sus dos hijas se acercaron a él. Sin embargo, en ese momento la madre de su prima decidió rescatar a Inuyasha y el asedio se evaporó ante el ataque del respetable acorazado. La tía de Kagome lo cogió y lo condujo frente a ella y Kikyo.

Mientras se acercaba, Kagome sintió el tirón de la magia. Ahora estaba segura de que era algo real, porque lo había visto en un salón lleno de gente. No eran imaginaciones suyas. Todas aquellas personas se esforzaban en atraer su atención, la exigían a cualquier precio. Sin embargo, captó un titubeo en la expresión de aquellas personas cuando se apartaban. Era como si se aproximaran a una deidad impredecible que podía favorecerlas o condenarlas a muerte según su voluntad. Y percibió hastío en aquellos ojos.

Inuyasha se hallaba de pie frente a ella. Kikyo y su madre estaban hablando, seguramente acababan de presentarla porque él había alargado la mano hacia ella. El calor de aquella mano penetró hasta su interior, y no pudo evitar mirarlo directamente. Pero él no la miraba a ella. Estaba observando a Kikyo, que apoyaba la mano en el brazo del joven como si fuera una niña pequeña que necesitara que la llevaran. La madre de Kikyo hablaba de manera efusiva, y su hija ronroneaba.

Entonces Inuyasha empezó a hablar. Kagome dejó que ese sonido profundo pasara a través de ella, pero desgraciadamente Kikyo lo interrumpió.

- Mamá y yo precisamente le estábamos diciendo a Kagome que los Taisho eran los propietarios de la vieja Torre, milord. -Kikyo abrió de golpe el abanico y lo agitó lentamente, haciendo que un rizo le cayera sobre el pecho- Kagome no sabía que los Matsuzawa compraron un trozo de tierra de los Taisho, y le estábamos diciendo lo bueno que sería que las antiguas propiedades volvieran a reunirse de nuevo algún día.

Kagome, al oír tantas mentiras, se quedó mirando fijamente a su prima y las ondulaciones del abanico. La madre de Kikyo movió la cabeza con un gesto de asentimiento.

- Sí, sería estupendo -dijo Kikyo- Y claro, como lord Inuyasha es tan listo como apuesto, estamos seguras de que encontrará la manera de solventar un problema tan pequeño. ¿No lo crees tú también, Kagome?

Kagome asintió ruborizada. Tales alabanzas era obvio que molestaban al Lord, y ella estaba molesta por Kikyo y por ella misma. Sin darse cuenta de su error, su prima continuó:

- Kagome es una extranjera en Japón y la he tomado bajo mi protección. -Kikyo se acercó más al hombre- Y sé que gustaría a todo el mundo si usted se ocupa un poco de ella, milord.

Kagome sintió que sus mejillas enrojecían más y más. Se preguntó si sería evidente bajo toda aquella capa de polvos, aunque el Lord se limitó a dirigirle una rápida mirada antes de clavar unos ojos de fría expresión en Kikyo. Kikyo se hundió más aún mientras Kagome procuraba reprimir su incomodidad.

- Estoy segura de que hará el honor de concederle un baile a mi prima. Kagome, te gustaría, ¿no es cierto?

Kagome volvió a asentir, pero él hombre seguía observando a Kikyo como si fuera una rana en la punta de su bota. Pasaron unos instantes durante los cuales mantuvo en su rostro una sonrisa y se esforzó por no ruborizarse. Finalmente Taisho apartó la mirada de ella y rápidamente la dirigió a los que estaban bailando en medio del salón.

- Siento no poder disfrutar de tal honor. Me he dado un tirón en un músculo mientras montaba a caballo y sólo puedo caminar haciendo un gran esfuerzo.

Kagome no dijo nada porque Kikyo empezó a regañarle antes de que ella pudiera abrir la boca. Era evidente que el Lord cabalgaba demasiado para gusto de Kikyo, y su imprudencia le desagradaba. Kagome manifestó su simpatía hacia su prima, el Lord la miró encarando una ceja y ella se levantó y se alejó de ellos con la excusa de ir a buscar agua para la tía Ema que continuaba dormitando.

Tuvo que refrenarse para no correr hacia el salón donde estaban los refrescos. Fuego del infierno. Ese hombre debió de vender su alma al diablo por una carretada de atracción masculina que doscientos años antes lo habría hecho sospechoso de brujería. Le habría gustado bailar con él, pero la petición de Kikyo fue denegada.

Le sirvieron un vaso de agua mineral para la tía Ema y volvió al salón de baile. Balanceando el vaso con cuidado, avanzó bordeando la pista. Le llamó la atención el brillo de unos cabellos negros y se detuvo. El marqués de Saidai pasó junto a ella con una joven entre sus brazos mientras los violines llenaban el aire con los sones de un vals.

Estaba bailando. Kagome apretó los dedos alrededor del cristal del vaso mientras sentía que se detenían los latidos de su corazón para luego volver a latir con más fuerza. Tenía las manos frías, los dedos entumecidos, y ese entumecimiento se extendió a las piernas y a los pies. Alguien estuvo a punto de tropezar con ella. Logró dirigirse hasta un rincón, junto a una mesa donde dejó el vaso. Miró a su alrededor y observó que nadie le prestaba atención. Tenía que marcharse de allí. Sentía un dolor profundo en su interior, las lágrimas le nublaban la vista y pronto sería incapaz de detenerlas.

Si fuera una muchacha Japonesa, alguien habría observado su marcha, pero como se trataba de una extraña y maleducada americana, no era lo bastante importante para que su desaparición provocara comentarios. Por lo menos, eso le resultaba reconfortante.

Kagome se recogió la falda y se dirigió hacia la gran escalinata que la llevaría hasta su habitación. Estuvo al pie de la escalera antes de que su visión se nublara del todo. Dio gracias a Dios porque el vestíbulo estaba a oscuras cuando las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas y por estar en su habitación antes de estallar en sollozos.

¿Por qué se sentía tan herida? Algunos hombres horribles y sucios habían intentado asaltarla y ella no había llorado. Pero el comportamiento cruel de esa noche no se lo esperaba. Ella era una extranjera y él se suponía que era un caballero. No podía comprender por qué razón había querido humillarla.

Se derrumbó en una silla, se inclinó hacia delante y lloró. Se apretó la boca con las manos para que ninguno de los sirvientes pudiera oírla y entrara a ver qué sucedía. Cuando intentaba dominar los sollozos, el corsé crujió con el movimiento del cuerpo, lo que la hizo sentir ridícula y llorar aún con más fuerza. Después, ya estaba demasiado cansada para llorar. Se apoyó en. el respaldo de la silla y se quedó contemplando las llamas del fuego en la chimenea. Era la única luz que había en el aposento.

Hasta entonces no se había dado cuenta, pero con ella debía de suceder algo. Por eso Lord Jukodo no había querido hablar con ella y por la misma razón Inuyasha Taisho había mentido para no tener que bailar. A ambos les avergonzaba que los vieran con ella. Quizá se debiera a su aspecto. Después de todo, Kikyo casi había dicho que el color de Kagome era extravagante.

Kagome presionó dos dedos en el puente de la nariz y luego los deslizó hacia los ojos. Cuando los miró, estaban cubiertos de polvos. Los intentos de convertirse en una dama eran muy dolorosos. Deseó que la tierra se la tragara. Se levantó y empezó a desabrocharse el vestido. Luego sus dedos deshicieron los lazos del corsé. Al poco tiempo estaba desnuda y temblorosa. Buscó entre el montón de vestidos, encontró un camisón y se lo puso.

Cuando se metió entre las sábanas, tiró del cordón del timbre que pendía al lado de la cama. Le diría a la sirvienta que comunicara a Kikyo y a su madre que no se encontraba bien. Luego volvió a salir de la cama y cogió dos pañuelos del armario; podría necesitarlos. Cuando se volvió a meter entre las sábanas y las mantas, sintió algo que le molestaba en la cabeza: el ramillete de flores blancas; se lo quitó y sus dedos retorcieron los pétalos una y otra vez, hasta que sólo quedó el botón de la flor. Reunió todos los pétalos y los tiró al suelo.

- Y quién necesita bailar. -Musitó en voz tan baja que apenas escuchó su voz.

No necesitaba bailar. Si no iba a los bailes, nadie le haría daño. Y el modo de evitarlos era no convirtiéndose en una dama. Kagome se acomodó entre las almohadas. Iba a volver a América, no necesitaba bailar en absoluto, y al próximo hombre que transformara su mundo en algo mágico le dispararía un tiro.

Continuara…

Aquí esta otro capitulo adaptado, bueno como en el primero se ha hecho lo que se puede y eso…XD.

Espero que le haya agradado y que dejen review jejeje…

Titania de Oberon