2.
Salió furioso de la terapia en grupo. Odiaba el grupo de terapia, todo lo que había eran yonkies enganchados a la coca, el caballo, el cannabis… Él era un drogadicto, pero no por placer. Todos hablaban de sus colocones y de cómo la fiesta había arruinado sus vidas. Él no era así, es cierto que había probado todas las drogas habidas y por haber, pero era pura curiosidad científica. Él no era un yonkie por el subidón que le daban las pastillas, sino por su maldita pierna. Y cada día allí odiaba más a la culpable de que su musculo no estuviese allí. Odiaba a Stacy por contradecirle; a Cuddy por inducirla; a las dos por intentar salvarle; a los médicos por ser tan estúpidos de no haberse dado cuenta, pero sobre todo se odiaba a él, porque tardó demasiado en autodiagnosticarse.
Iba con la silla de ruedas de un lado a otro, paseando por el porche del centro hospitalario. Quería haber salido al jardín, pero el maldito tiempo era demasiado perfecto y le hacía sentir peor. Se había dado cuenta en ese tiempo allí que estar rodeado de miseria le hacía más feliz, no se percataba de la suya propia. Pero cuando las cosas comenzaban a ser buenas, entonces descubría toda la mierda que llevaba dentro, y era mucho peor.
La doctora Kramel iba por el pasillo cargada con papeles cuando le vio en el porche haciendo peripecias con su silla de ruedas. Era extraño, el resto de internos o estaban en sus habitaciones, o en el jardín. O fuera o dentro. Pero él siempre se salía de la norma. Miró su reloj. Tenía un par de minutos. Dejó los papeles y se acercó hasta donde estaba House.
-Veo que eres muy habilidoso. – dijo quedándose apoyada en la puerta de salida al jardín observándole.
-Pues esta no es de mis mejores habilidades.- dijo en tono pícaro sin abandonar lo que hacía. Con las manos levantaba las ruedas y rodaba porche arriba porche abajo, casi con la lengua fuera por el esfuerzo.
-¿Y por qué estás aquí? Hace un buen día para dar una vuelta por el jardín con tu bólido.
-¿Vas a analizar por qué no paseo?- dijo parándose en seco y mirando a la psiquiatra intensamente. Ella sonrió amablemente.
Lo cierto es que era atractiva. No se había fijado hasta ese momento. Lucía una melena rubia y rizada, que resaltaba unos pequeños ojos verdes que se escondían tras las gafas. Rondaría los treinta y muchos, pero tenía un cuerpo bastante interesante. Alta y esbelta, con poco pecho y unas caderas poco pronunciadas. Podría adivinar que de joven había sido atleta. Le resultaba raro no haberse dado cuenta antes. Pero entonces se percató de que Amber era quién le recordaba los aspectos sexuales, pero cómo ya no le hablaba…
-Sólo… no me apetecía salir, hace un tiempo demasiado bueno. – dijo él sintiéndose estúpido inmediatamente por lo que había dicho.
-¿Y por qué eso es malo?
-No sé. La terapia de grupo me ha puesto de mala leche, por lo tanto debería encerrarme a beber y a tocar el piano. Pero aquí no hay nada de eso… - dijo con resignación.
Ella se acomodó en un balancín que había en el porche. – Claro, la música es como una evasión, te permite descargar tu furia, tu impotencia, tus sentimientos…
-¡Alto alto alto!- se acercó con la silla de ruedas hasta ella. – Mi piano es sagrado, no pienso dejar que le psicoanalices a él. – habló con tono infantil. Suspiró y continuó en tono más serio.- Simplemente me gusta tocar… culpa al whisky, ese sí que evade.-respondió sarcástico.
-¿No habíamos hablado ya sobre los sarcasmos? – frunció el ceño mirándole como si fuese un niño malo a quien hay que recordarle las cosas.
-No estamos en terapia, puedo ser todo lo sarcástico que quiera. – respondió él poniéndose a la defensiva. A lo que ella respondió con un bufido. – Nadie te ha pedido que vengas, yo estaba distrayéndome aquí, eres tú quien quiere analizarme fuera de horas. – protestó él y se giró dándole la espalda a la doctora.
-¿Tan malo es que la gente se acerque a ti porque quiere?
-La gente que está cerca de mí termina herida.- "Cuddy, Stacy, Wilson, mis padres…" pensó
-Tú también estás herido. También te has acercado demasiado a la gente.
Durante unos instantes se quedó ensimismado repitiendo esa frase en su cabeza, mientras miraba al horizonte. Sólo veía, no miraba, no observaba, no analizaba, no buscaba, sólo miraba. A él también le habían herido. Cuddy, Stacy, Wilson, sus padres… ellos también le habían herido. La mandíbula se le desencajo. Quiso girarse para hablar con Ruth -ese era el nombre de la doctora,- pero cuando se volvió ella ya se había marchado. Y se quedó allí, viendo el horizonte, disfrutando del buen día.
Dos días después la encontró en el comedor. Sabía que según las normas no podía establecer relaciones con nadie del equipo de ayuda, podría crear dependencia, lo que implicaba no comer con ellos, pero tenía que hablar con ella. Se acercó con la silla de ruedas hasta donde ella estaba comiendo. Un doctor joven estaba sentado a su lado, parecía que charlaban animadamente.
-El otro día desapareciste. – dijo sin más preámbulo.
-Hola Greg.- respondió ella sin prestarle demasiada atención.- Creí que no querías hablar así que me marche. – él tenía intención de responder, pero inmediatamente añadió- Este es el doctor Tuner, se encarga del área de ayuda a menores.
-Apasionante.- respondió él irónico.- ¿No vas a responderme por qué te fuiste?
-Greg, si estás molesto conmigo podemos hablarlo en la sesión, pero ya sabes cuáles son las normas. –respondió ella poniéndose seria.
-Me dan lo mismo las normas. No las cumplía en mi hospital, las voy a cumplir en este.
-Sí, sí lo harás. – ella se levantó y se marchó.
(…)
Tuvieron que pincharle, no había sido culpa suya, no lo había pedido. Ellos creyeron que era lo correcto. No era culpa suya, no lo era. Estaba histérico antes de entrar a la consulta de Ruth, y también un poco atontado. Sus reflejos no estaban al cien por cien, así que la enfermera tuvo que empujarle hasta la estancia y dejarle, junto con la silla, frente a ella.
Lo sabía, se lo habían dicho. Ella iba a culparle, le diría que no podía continuar con la terapia que no lo estaba tomando en serio. Lo veía en su mirada, sus ojos verdes le acusaban. Iba a echarle, era un desecho no valía ni para rehabilitarse.
-Greg, tenemos que hablar. – dijo ella dejando su libreta de notas en una mesita.
-Yo no lo pedí. No lo quería, ni siquiera me preguntaron. Les habría dicho que aguantaría el dolor. Lo llevo aguantando semanas.- dijo tan deprisa que prácticamente no se le entendía.
-¿Qué? – respondió conmocionada.- No, no, ya lo sé Greg. No lo pediste, fue necesario. El enfermero se asustó mucho cuando te vio convulsionar y gritar. Creo que nunca había visto a nadie convulsionar de dolor, por eso te puso la morfina.
-¿Por qué nadie me ha dicho eso? – respondió extrañado.- Joder, soy médico. Lo hubiese entendido, después de lo de la morfina me desperté sin recordar nada. ¡Idiotas! No tiene ni idea…
-Greg.- le interrumpió ella- aquí no eres el médico, sino el paciente. Y por mucho que eso te irrite, nosotros tomamos las decisiones. – respondió firme pero calmada.
Él ni siquiera la miró. Intentó recordar lo sucedido, cómo el dolor le había llevado a la convulsión. Pero no recordaba nada. Estaba todo demasiado borroso por culpa de las drogas. Recordaba estar en la cama tratando de conciliar el sueño, evitando centrarse en el dolor para poder descansar…
-Estabas dormido.- le dijo una voz que deseaba olvidar.
-Cuándo duermo no me duele tanto como para convulsionar.- respondió como si fuese lo más obvio del mundo.
-¿perdona?- preguntó extrañada la psicóloga. Pero pronto se dio cuenta que hablaba con otra persona, alguien que ella no veía.
-Estabas soñando.- dijo esta vez.
-¿Con qué soñaba? – preguntó temeroso.
-Para que preguntas si ya lo sabes. Te recuerdo que soy tu alucinación, lo que yo sé lo sabes tú también... sólo que más tarde. – rió divertida.
-El accidente…
-¿Qué accidente?- intervino la doctora. House se había focalizado tanto en recordar la otra noche y en su conversación con Amber que había olvidado por completo dónde estaba.
-El accidente en el que murió Amber.
-¿Ibas con ella?
-Más bien ella iba conmigo. –Tragó saliva, odiaba recordarlo.- Estaba borracho, llamé a Wilson pero no estaba, Amber cogió el teléfono y vino a buscarme.-cogió aire- El tío del bar me había quitado las llaves de la moto. –explicó - ella me acompañó hasta el autobús. Un camión de la basura se cruzó y…
-¿Murió al instante?
-No, ni siquiera recordaba que estaba allí. –respondió distraído por la interrupción.- Después de probar con hipnosis, las pastillas para el Alzheimer consiguieron hacerme recordar lo que pasó, bueno y también me regalaron un paro cardíaco.- ironizó bajo la atenta mirada de ella – no sabía que le pasaba, estaba cansado, así que me sometí a terapia de electroshock y lo recordé. Resolví el puzle… pero murió.
-Espera, espera. – se adelantó en su asiento – ¿después de sufrir un accidente, de tener un paro cardiorespiratorio, te metiste en un quirófano con el cerebro abierto por saber qué le pasó a ella?… ¿por qué?
Él miró fijamente a Amber, observó su rostro. Pensó en lo joven que era, en lo feliz que hacía a Wilson. La recordó en el proceso de selección para su puesto de trabajo… y aquella última conversación de la que nunca había hablado a nadie en el autobús. Lo cierto es que la primera vez que alucinó con ella, fue cuando creía que iba a morir.
-Era la novia de Wilson. – dijo finalmente.
-A esto me refería con lo de ser sincero.- dijo la doctora un poco molesta por haber tardado tanto en conseguir que le contase eso. – ¿Qué pasaba en el sueño? ¿Lo recuerdas?
House volvió a buscar la mirada de Amber, si alguien recordaba el sueño era ella, pero estaba de nuevo en su sitio: la ventana. Observó como ella miraba ensimismada por la ventana buscando algo. Se giró, mostrando en sus ojos horror.
-Era igual que el accidente… - dijo ella.
-Era igual que el accidente…- repitió él, como retransmisión a la doctora.
-Tenías mi mano agarrada, pero en un momento sin saber cómo me soltaste….- ella comenzó a llorar. House sabía que era él mismo quién lloraba, pero al menos su parte racional lo contenía.
- Tenía su mano agarrada, pero en un momento sin saber cómo la solté, se me resbalaron los dedos y ella cayó. Él autobús no dejaba de dar vueltas sobre el pavimento y yo no podía sujetarla…
-Pero en el sueño, llegó un momento en qué dejé de ser yo… - buscó la mirada de House.- y me convertí en Kutner. Fue a él a quien le soltaste la mano.
El terror le inundó, comenzó a sentir como el dolor de la pierna aumentaba. Las punzadas eran más y más fuertes. Y un sudor frío le recorría la espalda. Comenzó a palidecer, y a sentir nauseas. Todo le daba vueltas cada vez más rápido y sin sentido. El aire comenzaba a faltarle, sentía que se iba a ahogar y respiraba como un pez fuera del agua en busca de oxigeno.
-Greg, Greg. Tranquilo. – la voz de Ruth se disipaba, era como un eco sin sentido, pero era lo único real. –Greg, Greg. Reacciona. – sintió un leve golpe en su mejilla derecha.
Comenzó a focalizar la vista. Ella estaba muy cerca, mostraba un semblante preocupado. La mano izquierda todavía reposaba en su rostro, casi como una caricia. Y sus ojos le escrutaban buscando respuestas.
-Dice que en el sueño solté a Kutner, no a ella. – pronunció entrecortadamente buscando aire en cada pausa.
Ella le preparó un vaso de agua y se lo aproximó con lentitud. Se lo acercó a los labios y le obligó a beber del recipiente. Él cerraba los ojos al sentir el líquido atravesar su garganta, era como volver a revivir. Ella humedeció un poco un clínex y le mojó la nuca con él.
-Gracias.- susurró el nefrólogo.
-¿Quiénes es Kutner?
-Era mi subordinado.
-¿Era?
-Se suicidó hace unos meses. – dijo dejando caer la cabeza hacia atrás, y entrecerrando los ojos.
-¿Por qué?- preguntó ofreciéndole de nuevo el vaso.
-No lo sé. No lo descubrí, no me di cuenta. Y ni siquiera después de muerto lo he sabido… – continuaba con los ojos cerrados y sin mirarla.
-Vamos a comenzar con los antidepresivos. –soltó de sopetón.
-¿Qué? – de pronto la morfina estaba lejos, la vicodina también, sólo pensaba en que anti depresivos, incluía depresión. –No estoy deprimido.
-Te sientes culpable.
-¿Y el problema de crear una nueva adicción y todo eso? -protestó
-Nunca sigues los protocolos, ¿por qué ahora sí?
-Porque se trata de mí.
-Como médico sabes que tengo razón, pero como paciente eres como cualquier otro. Prefieres rehusar el tratamiento. Yo sé que es mejor para ti.- dijo mientras escribía en su taco de recetas. –Ya conoces los efectos secundarios, esta misma noche les diré que empiecen. Y tendremos sesiones más seguidas.
