Bueno, pues aquí esta el segundo capítulo de mi historia. No tengo muy claro cuantas personas leyeron el primer capítulo, pero bueno, mi intención es seguir escribiendo, aunque os lo agradecería de todo corazón si me dejáis alguna review, diciéndome que os parece.

Por supuesto nada de esto me pertenece, si no que es obra de George RR Martin, yo solo juego un poco con mis personajes favoritos

Gracias por leer y espero que os guste.


Nada había salido como Cersei había planeado. Por supuesto que desde el principio supo que no sería una tarea fácil, pero empezaba a complicarse y la presencia de la maldita Brienne lo había complicado más de la cuenta. Cuando todo empezó supo que su presencia era una posibilidad, pero realmente deseaba no encontrársela dentro cuando llamó a la puerta. Odiaba a esa mujer con todas sus fuerzas. "Seguro que igual de lo que ella me odia a mi" pensó. Solo se la había cruzado un par de veces durante su breve estancia en Desembarco del Rey, pero notaba que algo en ella había cambiado. Seguía siendo fea, de eso no había la menor duda, pero las pocas curvas de su enorme cuerpo estaban un poco más pronunciadas. Hasta parecía que tenía un poco más de pecho. Se había intentado dejar crecer un poco el pelo, aunque sin mucho éxito, llevaba el pelo rubio pajizo recogido en una pequeña trenza que apenas le llegaba a su ancha espalda. Pero lo que más llamaba la atención era sin duda la enorme cicatriz que cruzaba su mejilla, Cersei se preguntó cómo se la habría hecho. Una parte de Cersei admiraba a Brienne y era perfectamente consciente de ello. Ella había sido de las pocas mujeres, por no decir la única, que le había arrebatado algo a la gran Cersei Lannister y había salido airosa. "Aunque no por mucho tiempo" pensó Cersei esbozando una sonrisa.

Pero a pesar de eso, Cersei recordaba aún con amargura que su hermano había elegido a aquella mujer antes que a ella y eso no lo olvidaría nunca, por muchos años que pasasen.

Cuando entró en su habitación de Comandante de la Guardia Real se lo encontró sentado en la cama con los codos sobre las rodillas y su cabeza apoyada sobre su única mano, pensativo.

- Pareces preocupado, ¿en qué piensas? - preguntó desde la puerta, esperando a que él la invitase a entrar, sin poder evitar posar la mirada sobre aquel muñón que la asqueaba profundamente. No le gustaba esperar así que a los pocos segundos cruzó el umbral de la puerta e hizo notar su presencia con un suave carraspeo mal disimulado.

- Ah, hola, no te he oído entrar - respondió él con la mirada perdida - Eh... en nada, la verdad - mintió.

- Para estar pensando en nada pareces estar en otra parte Jaime - le reprochó. Odiaba no ser el centro de atención cuando estaba en una habitación con más gente, incluso desde pequeña, le gustaba entrar y que todos los ojos repararan en su presencia, que fueran testigos de su hermosura.

- ¿Qué quieres Cersei? - preguntó directamente. No parecía estar de buen humor, cosa que no alegró demasiado a Cersei. Después de una dura reunión en el Consejo lo que menos necesitaba era que su hermano mellizo estuviese borde con ella.

- He oído rumores de que te estás preparando para irte, ¿dónde? - preguntó sin poder ocultar una impaciente curiosidad mientras jugueteaba con un hilo descosido de un bordado en su manga.

- No es asunto tuyo - dijo Jaime claramente intentando zanjar la conversación.

Pero Cersei podía ser muy insistente si se lo proponía. Se acercó a la mesa que había junto a la ventana y se sirvió una copa de vino. Bebió un largo trago mientras pensaba en la manera más eficaz de hacer hablar a su hermano.

- Claro que es asunto mío. Yo soy la reina regente y tú el Lord Comandante de la Guardia Real, que tiene como deber proteger a mi hijo, tu Rey. Y dado que no estuviste aquí para proteger a Joffrey… - el mero pensamiento de su difunto hijo hizo que se le encogiese el corazón. Si tan solo Jaime hubiera llegado a tiempo, su hijito seguiría vivo.

A pesar de estar a solas en la habitación, Cersei remarcó la palabra "mi" cuando habló del hijo de ambos. Si Jaime quería hacerla daño, no saldría bien parado.

- Voy a dejar la Guardia, Majestad - dijo él desafiándole con una sonrisa.

- No vas a ir a ningún sitio Jaime. Y lo sabes tan bien como yo. ¿Dónde coño quieres ir? - preguntó irritada. El jueguecito de Jaime empezaba a cansarle. Él en cambio parecía divertido viéndola perder los nervios y aquello enfadaba aún más a Cersei - ¿Acaso vas a reclamar Roca Casterly? Sabes tan bien como yo que ahora que padre ha sid... ha muerto - dijo pensándoselo mejor, odiaba recordar lo que había hecho Tyrion con su padre- la Roca es tuya por derecho. Pero dime, ¿me vas a cambiar por una Roca?

- No te voy a cambiar por nada, tranquila, porque básicamente no te considero una moneda de cambio muy valiosa, Cersei- le espetó. Por la forma en que le habló, Cersei sospechó que de alguna manera su hermano se había enterado de las relaciones que había tenido durante su ausencia. Tyrion, pensó enseguida, ese maldito enano endemoniado se había ido pero no sin antes joderla un poco más contándole todo a Jaime. Un día lo encontraría y lo mataría con sus propias manos, juró para sí. Pero ahora daba ya no importaba lo que su hermano mellizo supiera o dejase de saber, ya no le interesaba para nada en ese aspecto. Apenas se habían tocado desde que volvió a Desembarco del Rey y ella esperaba que así continuase. El Jaime que había vuelto no era el mismo que el que se fue, no solo había perdido una mano y sus dorados rizos, había perdido arrogancia y ambición, unos ingredientes sin los que Jaime se había convertido en un imbécil como cualquier otro, atrapado en un juego en el que no era más que un simple peón. Pero le gustase o no, Jaime era un Lannister y además, de los pocos que quedaban, dada la situación actual, así que no le quedaba más remedio que mantenerlo a su lado porque si no se quedaría sola con los buitres de los Tyrell, que si por ellos fuera, la cabeza de Cersei seguiría poco tiempo sobre sus bonitos hombros.

- Por favor Jaime, no te vayas - dijo mirándole a los ojos. Si la rabia no funcionaba, quizás la compasión lo hiciese.

- Te las arreglarás sin mi hermanita, si no siempre puedes acudir a alguien y... en fin, pedirle un favor - dijo Jaime disfrutando con cada palabra. Sin pensarlo, Cersei le pegó una bofetada. Le cruzó la cara de un solo golpe, con un sonido seco. En lugar de reaccionar de manera agresiva Jaime pareció pensarse mejor lo de guardar silencio sobre su destino inmediato y empezó a hablar. Para cuando Cersei se dio cuenta de que hubiese sido mejor que no hubiera dicho nada fue demasiado tarde.

- ¿Sabes qué? Te lo voy a decir - hizo una pausa - Me voy a buscar a alguien. A una mujer.

Cersei notó como la rabia se extendía por todo su cuerpo a una velocidad increíble. ¿Una mujer? Jaime la estaba poniendo a prueba. Era consciente de que ella era la única mujer que le había interesado a Jaime en toda su vida, al contrario que ella, que había preferido ser más ancha de miras en cuanto a quien llevarse a la cama para conseguir lo que se proponía.

- ¿A si? ¿Quién? - Cersei estaba dispuesta a ver cuán lejos podía llevar su hermano aquella farsa estúpida.

- A Brienne- respondió con seriedad.
Cersei se quedó en blanco por un momento sin saber de quién hablaba. Dioses. La Doncella de Tarth. La visualizo en su mente: grande, ancha, sin pecho ni curvas, pelo corto, nariz torcida por las innumerables roturas y armadura en lugar de vestido. A Jaime no se le habría podido ocurrir mayor disparate. Soltó una carcajada.

- ¿Esa grotesca vaca embutida en una armadura? - rio - ¿La mujer más fea de los Siete Reinos?

De pronto la expresión de él cambió, tan rápido, que pensó que se lo había imaginado. Se giró hacia ella, la agarró del brazo y la empujó contra la pared.

- Será mejor que no digas ni una palabra más. - la amenazó con una mirada rebosante de odio.

Era verdad. Aquella certeza cayó sobre Cersei como una enorme losa de piedra. Estaba llena de ira, de incredulidad. Jaime iba a ir a por esa... mujer y la iba a dejar tirada en esa estúpida ciudad rodeada de imbéciles.

- ¿Por q...? ¿Dond...? - las palabras se atragantaban en su boca y era incapaz de emitir un sonido coherente.

- Me voy a ir a buscarla y no puedes hacer nada para detenerme. He cargado sobre sus hombros una misión demasiado grande para ella. Y todo para que limpie mi honor. Como se quedase algo...- suspiró - Y eso no es justo, es mi responsabilidad y no la suya y la he puesto en peligro. Además, yo... - Jaime se calló de pronto, cuando se dio cuenta de que había dicho más de lo que debía pero Cersei sabía lo que su hermano iba a decir, "yo la quiero". Cersei estaba tan perpleja que no pudo más que amenazarle.

- Haz lo que te dé la gana. Vete a la mierda Jaime. Tú y tu puta Doncella de Tarth. Pero algún día te arrepentirás. - dijo con la mano en alto - Te arrepentirás - repitió antes de salir de la habitación con paso acelerado.

Pero estaba claro que nunca se había arrepentido y ahora era feliz. Feliz con su esposa en su idílica casa de Braavos. Pero Cersei se lo iba a arrebatar todo, su presente y su futuro, y eso le producía un placer indescriptible.

Cuando Brienne le preguntó ya por segunda vez cual era el motivo de su incómoda presencia, Cersei decidió no andarse con tapujos, cosa rara en ella. Durante todo el trayecto hasta allí se había estado planteando como iba a explicarse para conseguir con éxito lo que se proponía y finalmente había llegado a la conclusión de que Jaime la conocía demasiado bien como para ser engañado fácilmente y decidió ir directa al grano.

- Vengo a por ti Jaime. Vengo a llevarte de vuelta a Desembarco del Rey. - dijo sin rodeos.

La fugaz expresión de incredulidad en las caras de Jaime y Brienne dio paso rápidamente a la ira. Sin que Cersei fuera del todo consciente, en apenas unos segundos ambos empuñaban dos largas espadas.

Cersei los examinó con tranquilidad. Su hermano, con el cabello corto ya apenas dorado por el maltrato sufrido durante su captura años atrás y ojos verdes como frondosos bosques, empuñaba con la mano izquierda la espada con la que la amenazaba, mientras que Brienne igual o más corpulenta que su marido, la miraba desafiante con unos ojos azules tan profundos como el mar. Cersei no pudo evitar percatarse del dorado león con rubíes por ojos que adornaba la espada de Brienne, "Lannister", pensó, quizás fuera su regalo de bodas, supuso riendo para sí.

- Yo en vuestro lugar bajaría esas espadas - sugirió con voz suave, como cuando hablas a un niño para que deje de hacer algo que está mal. Al ver que su propuesta no fue bien recibida, decidió realizar su siguiente movimiento. - Está bien - dijo resignada- ¡Guardias! - exclamó.

En un abrir y cerrar de ojos, cuatro soldados armados aparecieron detrás de Cersei. Probablemente habían estado escondidos tras la esquina de alguna casa cercana todo el tiempo por si había algún problema y debían actuar pero como Jaime y Brienne habían estado tan centrados en la presencia de Cersei, ni siquiera se habían planteado algo tan obvio como que habría venido acompañada. Cersei Lannister sabía cómo jugar sus cartas. Los cuatro soldados lucían sus impolutas armaduras con orgullo mientras empuñaban, tres de ellos espadas y un cuarto un arco, que en cuanto Cersei había dado la orden, había cargado tan rápido, como sus compañeros habían tardado en desenvainar sus espadas a la espera de qué hacer.

Cersei esperaba con una mezcla de atención y curiosidad la reacción de Jaime y Brienne, pero se encontró con un sentimiento que no esperaba para nada. Terror. Los azules ojos de la valiente Doncella de Tarth no reflejaban otra cosa que angustia. La ira de su mirada despareció tan pronto como vio el filo de las espadas recién desenvainadas y dio paso al miedo. Inmediatamente lanzó una mirada a Jaime, quien asintiendo con suavidad, envainó su espada al tiempo que lo hacia ella y le dedicó un movimiento de cabeza que rezaba "Tranquila, todo irá bien". Que grandísima decepción, pensó Cersei, Brienne de Tarth, conocida como una increíble y feroz luchadora y el exLord Comandante de la Guardia Real, Jaime Lannister, acobardados como débiles campesinos ante cuatro soldados de poca monta, eso sí que era una sorpresa.

- Haz que enfunden sus espadas Cersei. - pidió Jaime con un tono en el que Cersei pudo distinguir que más que exigiendo, se lo estaba rogando. - Por favor.- Añadió confirmando su anterior pensamiento.

- Envainad las espadas – ordenó Cersei, todavía con incredulidad ante la situación.

Brienne aún miraba con pánico las espadas envainadas mientras que Jaime observaba a Cersei con desconfianza. "Debería haberla matado antes de partir de Desembarco del Rey" pensó, si lo hubiera hecho ahora su hermana no estaría allí, poniendo en peligro todo lo que él amaba.

- ¿Me vais a dejar pasar ahora?- preguntó con aire de superioridad- Tengo mucho que contar.

"No, claro que no", pensó Jaime. Pero ¿de qué serviría? Los guardias volverían a sacar las espadas y volverían a repetir lo que acababa de pasar. Cersei, les tenía justo donde quería, a sus pies.

- Ellos se quedan fuera – gruñó Brienne señalando a los guardias, aun sin apartar la mirada de las espadas, como si tuviera miedo de que volviesen a sacarlas de un momento a otro.

- Tomaré eso como un sí – dijo Cersei mientras cruzaba el marco de la puerta- Pero si de veras piensas que soy tan idiota como para pasar sola ahí dentro… ¡Tú!- le gritó a uno de los guardias, al que parecía más experimentado – Tú entras conmigo.

Brienne se sentía inútil, indefensa. Cersei iba a entrar en su hogar como un ciclón que arrasa todo a su paso. Y ella solo podía quedarse quieta, sin decir nada, sin hacer nada, viendo como aquella odiosa mujer cruzaba el umbral de su puerta. Tuvo que hacerse a un lado para dejar pasar a Cersei y al guardia, que seguían a Jaime hacia el interior de la casa.

Cersei no sabía muy bien que esperarse cuando pasó a la casa. Siguió a Jaime a través de un pasillo estrecho durante apenas unos metros. Pero para ella había sido como entrar en otro mundo. Siempre había sido consciente de la pobreza del mundo, no era idiota, sabía que la gente vivía en peores condiciones que ella, cosa fácil dado que ella había vivido toda su vida en palacios y rodeada de lujos, pero lo que la impresionaba era cómo una persona que había vivido siempre en la riqueza, como era su hermano, podía rebajarse a vivir en una casa como aquella. Miró a su alrededor. La casa era de piedra, con el interior de madera. Jaime les guio hasta una habitación pequeña, "O grande", pensó Cersei, dependiendo de con qué lo comparase. Por la mesa y las sillas en el centro de la habitación, debía tratarse del comedor. Desde allí se observaban unas escaleras que llevaban a un segundo piso, notablemente más pequeño que el inferior, donde Cersei supuso que estarían los dormitorios. La sola idea de su hermano y aquella mujer compartiendo lecho la asqueaba. No era envidia, lo que la corroía, pues para nada desearía estar en el lugar de Brienne, en esa casa cutre, compartiendo cama con un tullido, lo que sentía era odio. ¿Acaso había algo especial en aquella casa? ¿Qué era lo que Jaime tenía allí para ser feliz? Cersei se sentía ciega, como si hubiese algo maravilloso en ese lugar que solo Jaime y Brienne pudieran ver, algo por lo que valiera la pena vivir así.

Hogar. Eso era lo que él veía entre aquellos muros. Jaime nunca había tenido un hogar, al menos no desde que lo nombraron caballero y partió de Roca Casterly. Apenas había pasado su décimo sexto día del nombre cuando pasó a formar parte de la Guardia Real. Tuvo que separarse no solo de su hermana, sino de todo lo que él conocía, de todo lo que le era familiar. En Desembarco del Rey nunca encontró un hogar. Al principio todo eran caras extrañas que le miraban con admiración. "Mirad que joven y que apuesto, ¡y como maneja la espada!" decían. Pero antes de llegar a hacerse un buen nombre, antes de llegar a ser el caballero con el que soñaba convertirse, pasó a ser el Matareyes. Entonces la admiración se convirtió en desprecio y él paso a ser un hombre sin honor. Las miradas acusatorias que le dirigían hombres y mujeres por igual, le perseguían hasta mientras dormía. De día solo soñaba con acudir al lado de Cersei y por la noche se veía haciendo guardia en la alcoba real, obligado a escuchar lo que el salvaje de Robert hacía con su hermana. Aquello no era una vida, era un infierno. Si a algo pudo llamar hogar en su vida, era al campamento previo a una batalla. A los hombres dispuestos a matar, poco les importaba que hubiera matado a Aerys, cosa que Jaime agradecía profundamente. Podía beber y hablar sin preocuparse de que alguien le echara en cara lo que hizo aquel día, sin que alguien le juzgase. Pero tras la batalla, los demás hombres volvían a sus casas, con sus familias, orgullosos de todos los enemigos que habían matado, de todas las vidas que habían segado. Mientras, él volvía a su habitación de la Guardia Real, solo, con la culpa de haber matado a Aerys sobre sus hombros. Y entonces volvía a ser el Matareyes, porque daba igual lo que Jaime dijese sobre lo que pasó aquel día, durante el resto de su vida llevaría ese nombre tatuado con fuego allá donde fuese.

Por eso se enamoró de Brienne, ella era todo lo que él no era. Tenía todo lo que a él le faltaba. Inocencia. Honor. Compasión. Desde que la conoció, se había convertido en un hombre nuevo, al igual que un fénix que renace de las cenizas. Recuperó, no solo el honor y el valor, sino también la esperanza de que a pesar de su pasado, podía llegar a ser feliz. Le debía todo a Brienne, ella le había creído cuando nadie más lo hizo y le cedió un lugar en su impenetrable corazón, y Jaime era perfectamente consciente de lo difícil que había sido para ella confiar en él.

Ahora juntos habían llegado muy lejos y mientras conducía a Cersei al interior de su casa, sentía como todo se le iba de las manos, como perdía el control con cada segundo que pasaba.

- Siéntate – le ordenó a Cersei con la poca serenidad que le quedaba. En vez de rechistar Cersei hizo o que Jaime pedía, para sorpresa de éste. Brienne fue la última en entrar al comedor y cerró la puerta tras de sí.

- ¿Vas a decirnos de una vez a qué has venido? – preguntó una vez más. Esa mujer tenía que salir de su casa lo antes posible, cuanto menos tiempo estuviera en su casa, menos daños causaría.

- Sí… –de pronto, la seguridad que Cersei había presentado segundos atrás, se vino abajo. Miró distraída cada rincón de la habitación, evitando responder. Pero cuando sus ojos se toparon con los del guardia su expresión se puso tensa y continuó – Me envía su Majestad Daenerys Targaryen – cada palabra que pronunciaba era como una puñalada a sí misma– La primera de su nombre, Madre de dragones y legítima Reina de Poniente.

Jaime no daba crédito a las palabras que salían de la boca de su hermana. Miró hacia Brienne, que tenía la misma expresión de incredulidad que él. Una rápida idea cruzó su mente. Dirigió la vista hacia el guardia y comprendió que estaba en lo cierto. ¿Cómo no lo había visto? Targaryen. El blasón del dragón rojo de tres cabezas lucía sobre la armadura de aquel hombre. Habían prestado tanta atención a sus espadas que no habían reparado en que los guardias servían a la Casa Targaryen, no a los Lannister. Eso lo cambiaba todo pero… ¿para bien o para mal?


Pues hasta aquí el segundo capítulo. ¿Os ha gustado? Eso espero, además ya estoy trabajando en el siguiente jajaja. Lo dicho, las reviews son bienvenidas, ¡hasta la próxima!