Disclaimer: Ninguno de los personajes de Fullmetal Alchemist me pertenecen.

2/36 (Epílogo incluído)

¡Hola a todos/as! ¿Cómo están? Espero que bien. Yo, personalmente, muy feliz de ver que todavía gozo de su eterna paciencia y obviamente por la cálida bienvenida. ¡Gracias! Por tomarse la molestia de leer mi historia y, más aún, por comentar lo que les parece ésta. Muchas, muchas gracias. A: HoneyHawkeye, Bibiene Von Heiwa, Lucia991, inowe, Darkrukia4, Rukia Kurosaki-chan y fandita-eromena. Me alegra mucho que el inicio les haya interesado. Y, como siempre, he aquí el capítulo dos, que espero disfruten. Por supuesto, y si no es mucha molestia, saber qué piensan es siempre bienvenido. ¡Nos vemos y besitos!


Crisis de la mediana edad


II

"Egoísta negligente a idiota incompetente"


La mañana siguiente, como era predecible, su superior no arribó al cuartel general a tiempo. De hecho, recién lo hizo a media mañana, arrastrando sus pies, con la cabeza gacha y los hombros encorvados. Clara expresión de cansancio y fastidio en su habitualmente aniñado semblante. Pero en aquel momento, cuando ingresó, no solo no lucía más joven de lo que realmente era, como solía suceder, sino que lucía de hecho mayor. Con sus ojeras y las sombras bajo sus ojos y la pequeña bandita blanca allí donde evidentemente se habría cortado con la navaja rasurándose el atisbo de barba que solía aparecerle cada mañana. Eso era, sin mencionar el aún más alborotado cabello azabache que de costumbre y el uniforme no muy apropiadamente planchado. Riza negó para sí, volviendo la vista a su papeleo sin decir nada, mientras que el teniente segundo Havoc sonrió al verlo. Breda, por otro lado, dedicándole igualmente una expresión con ambas cejas enarcadas. Mientras que Fuery dedicó a su superior una mirada de amable compasión.

—Ah... General de brigada... —empezó el último.

No obstante, Havoc se le adelantó. Hablando fuerte y claro y balanceando el cigarrillo apagado entre sus labios —¡Woah, jefe! ¿Qué demonios te pasó? Pareces arrastrarte como alma traída por el diablo...

El moreno torció el gesto y terminó de arrastrar su deplorable existencia hasta su propio escritorio, dejándose caer tras éste. Su cabeza parecía partírsele en una inmensurable cantidad de pedazos —Cierra la boca, Havoc. Y tráeme una aspirina.

El rubio frunció el entrecejo —¡¿Qué? ¡¿Por qué yo?

—Porque soy tu superior —retrucó déspotamente, aferrándose la frente con la mano. Ah, maldición... No volveré a beber...

Fuery, al ver que el teniente segundo Havoc tenía intenciones de volver a objetar, lo que seguramente llevaría a que el general le respondiera, lo que llevaría a una discusión que terminaría solo con la intromisión de la teniente primera Hawkeye, decidió interceder en pos de la paz. Evidentemente el general de brigada parecía necesitarla —Uh... General... ¿quiere que vaya yo?

Roy gruñó y asintió —Si, sargento. Gracias. Teniente —se volvió a Hawkeye—, asegúrese de que el sargento mayor Fuery reciba menos papeleo hoy.

Riza frunció el entrecejo —¿Y qué sugiera que haga con el restante, general? Me temo que alguien debe hacerlo de todas formas. Y estoy segura que no será usted.

Se apartó la mano del rostro, haciendo un gesto despreocupado con la misma —Páseselo al teniente segundo Havoc, teniente.

Éste dedicó otra mirada de indignación a su superior —¡¿Qué? Oy, Jefe... tengo una cita hoy...

El general de brigada se encogió de hombros —No es asunto mío. Cancélala —abriendo su cajón y recuperando su pluma del interior. Una vez la tuvo entre sus dedos, se volvió a Hawkeye—. ¿Qué tenemos hoy, teniente?

Riza espiró, sintiendo algo de pena por el pobre teniente segundo pero sin manifestarlo realmente —Todo lo que está en su escritorio, general. Y hay más en el interior de la otra oficina.

Miró con indignación su trabajo —¿Qué es todo esto?

—Solicitudes tempranas de ingreso a la academia de Central, general. Debido al comienzo de año. Además, contratos traspapelados de la milicia. Y papeleo referente a Ishbal. Éste último es el que se encuentra en su oficina. Lo demás son informes del estatus general de la región, que deben ser revisados y aprobados para esta noche, con el debido anexo de su propio informe.

Roy se pellizcó el puente de la nariz —Ah... Será un día de esos, ¿no es así, teniente?

Asintió con calma. Sabía a qué se refería con día de esos. Días largos, sumamente cargados de trabajo, en los que seguramente deberían realizar horas extras además, para poder cumplir con todas sus obligaciones en tiempo y forma. Era inevitable, por otro lado, dado que se encontraban a mediados de Enero, y el comienzo de un nuevo año siempre venía aparejado a una gran cantidad de papeleo. Ya fuera por motivos de necesidad de organización o simplemente toneladas y toneladas de solicitudes de ingreso a la milicia. De una forma u otra, obligaciones que siempre habían recaído sobre ellos, desde que su superior había alcanzado el rango de general de brigada. Lo habían hecho en el Este y lo hacían aún ahora en Central.

Exhaló —Eso me temo, general.

Asintió, y frunció el entrecejo —Eso temí también. ¿Dónde se encuentra el sargento con mi aspirina? —masculló, impacientándose. La cabeza había empezado a palpitarle y ciertamente no podía comenzar su trabajo en esas condiciones. De haber sabido que ese día tendrían tanto trabajo, habría elegido otra noche para excederse con la bebida.

Afortunadamente para él, su subordinado ingresó por la puerta en ese exacto momento, llevando un vaso y una tableta de éstas en el interior de su palma —Aquí tiene, general. Lamento la demora —se excusó, dejando el medicamento sobre su escritorio junto al vaso.

Tomando la tableta, dejó caer dos sobre la palma de su mano y las bebió de un saque, dando un largo y tendido sorbo de agua tras hacerlo, bebiendo hasta vaciar completamente el vaso. Una vez completamente vacío, lo dejó sobre su escritorio —Gracias, sargento. Vuelva a trabajar.

—Si, general —asintió, llevándose la mano a la frente y volvió a su respectivo escritorio.

Riza, no obstante, le dedicó una mirada de amonestación —Por favor, no abuse de esas, general. No es recomendable beber más de una con menos de ocho horas de diferencia. Podrían hacerle daño.

—No se preocupe, teniente, es solo una dosis mínima —objetó, restándole importancia.

—Aún así, general. No beba más por hoy.

Asintió —Entiendo. No lo haré, teniente. ¿Qué tal un café?

Riza se puso de pie, asintiendo secamente —Si, señor. Enseguida —antes de marcharse a preparar una taza. Cuando regresó, veinte minutos después, con una taza humeante en la mano, no se sorprendió de ver al joven sargento Fuery y al teniente segundo Breda compadeciéndose de un desesperado teniente segundo Havoc que parecía estar completamente desbordado por todo el trabajo que el coronel le había asignado. De hecho, las pilas se balanceaban precariamente a ambos lados del rubio, mientras éste en el medio firmaba hoja tras hoja con un agresivo y apresurado trazo. Todo el tiempo, mascullando algo por lo bajo que sonaba terriblemente similar a "maldición, por fin me conseguí una cita y el general me entierra en papeleo...". Negando para sí, caminó hasta el escritorio del coronel y depositó la taza en un costado de éste—. Aquí tiene, general. Tenga cuidado, está caliente.

El moreno asintió, trabajando arduamente en su propio papeleo, sin prestarle realmente demasiada atención. De hecho, solo le tomó unos segundos extender su mano, enroscar sus dedos alrededor de la asidera, llevarse la taza a la boca y beber un trago. Sólo para apartársela rápidamente de la boca, instantes después, y mascullar por lo bajo —Maldición. Está caliente.

Riza negó con la cabezas y espiró —Me temo que eso fue lo que dije, general. Beba con cuidado —antes de dar media vuelta y caminar hasta el escritorio del teniente segundo Havoc.

Al verla de pie, el rubio alzó la cabeza bruscamente —Estoy haciendo mi trabajo, Hawkeye —excusándose rápidamente.

Ella, sin embargo, extendió una mano. Expresión estoica —Páseme los informes del área, teniente Havoc.

El rubio asintió —Ah... Si, lo siento, teniente primera —y comenzó a rebuscar entre su propio desorden. Finalmente, se topó con todos estos. De hecho, y ahora que lo notaba, eran la gran mayoría de su trabajo. Tomándolos, se los entregó.

Riza los aceptó con un seco asentimiento —Yo me haré cargo de estos, teniente. Continúe con su trabajo —dando media vuelta y regresando a su escritorio con los informes en la mano. Una vez sentada, comenzó a organizarlos diligentemente. Sin embargo, el teniente segundo Havoc continuaba observándola con la mirada, ligeramente desconcertado.

Sin alzar la mirada, habló —Regrese a trabajar, teniente Havoc. Estoy segura que tiene demasiado trabajo que hacer, si pretende marcharse temprano.

Éste asintió y se apresuró —Si, teniente —retomando sus propias obligaciones. No sin antes volver a observar a la mujer una última vez. Quizá su superior tenía razón, y Hawkeye realmente tenía un gran corazón a pesar de su personalidad estricta y severa. Seguro, la mayor parte del tiempo se la pasaba reprendiéndolos por no hacer su trabajo. Pero no podía culparla tampoco. No realmente. Después de todo, ellos mismos eran quienes la forzaban a ser tan estricta todo el tiempo. Si ellos realizaran su trabajo adecuadamente –¡Pff! Si, claro- la teniente primera no tendría que actuar como una niñera de ellos. Y especialmente de su superior, que era el peor de todos ellos.

Bostezó. Desde que el jefe de Acero y Alphonse habían recuperado sus cuerpos cinco años atrás, las cosas habían parecido pasar considerablemente más lentas y sin mayores sobresaltos, a excepción de los sobresaltos estándares de la rutina en la milicia, a los que estaban acostumbrados de todas maneras. El coronel había impulsado el proyecto Ishbalita a penas se había reincorporado, tras recuperar su visión, y él se había reincorporado unos meses después una vez que había vuelto a ser capaz de caminar. Habían regresado al Este (donde habían permanecido cuatro años), tras el día prometido, para supervisar las obras en Ishbal personalmente y el coronel, dos años luego del día prometido, finalmente había recibido el tan esperado ascenso a general de brigada. Todos ellos, en cambio, había decidido conservar su rango para poder continuar trabajando bajo el comando de Mustang y poder continuar empujando a su superior hacia arriba. Havoc mismo había admitido una vez que no tenía demasiado interés en ascender. Seguro, la paga extra le habría venido bien, pero no el trabajo, y aún necesitaba conseguirse una novia.

El general de brigada, por su parte, había podido abocarse mejor y más plenamente a dicho proyecto, tal y como había deseado, con ayuda del mayor Miles y Scar, que ahora se encontraban allí. Por supuesto, había habido trabas iniciales, especialmente de los altos cargos, pero su superior las había sorteado y continuado con su idea de reconstruir Ishbal tal y como había dicho que haría durante su estadía en el hospital. Qué decir que el proyecto había prosperado, evidentemente.

Respecto a los Elric, había oído que, después del día prometido, habían regresado a su pueblo natal, Resembool, para que Alphonse recuperara la salud de su cuerpo completamente. Dos años después, aproximadamente cuando su superior había sido ascendido, habían decidido hacer otro viaje –algo que no los había sorprendido, de hecho, dado que esos dos parecían incapaces de quedarse en un mismo lugar-; Edward al Oeste de Amestris, Creta; y Alphonse al Este, Xing, junto con la pequeña niña esa y su diminuto panda. Por otro año, no habían sabido nada de ellos. Pero había sido un año complicado, de todas formas, con las reparaciones en Ishbal y las revuelas que en algunos sectores más ortodoxos había creado la nueva intervención de la milicia en el área y no habían tenido demasiado tiempo para preocuparse por nada tampoco. Falman se había casado ese año también, habían sabido, por una carta del teniente segundo en el Norte, con una mujer de la zona y al final del mismo año (1917) había estado esperando su primer hijo. La sorpresa había caído como un baldazo de agua a todos, especialmente a él. Él mismo aún no tenía novia...

El resultado, un pequeño Falman con cabello castaño y los mismos ojos rasgados y pequeños del suboficial. Lo sabía, porque Falman había enviado una foto del bebé, anexada a la siguiente carta que había enviado, seria y formal como siempre había sido propio de éste, por supuesto. Para entonces, aparentemente, ya había embarazado nuevamente a su esposa. Y un segundo Falman venía en camino. Havoc había empezado a traumarse... Falman reproduciéndose era una idea que no parecía normal. Breda había apostado por una niña, y había ganado. Los Elric habían regresado de su viaje a comienzos de 1918, y Edward había pasado por el cuartel del Este, para gritarle "coronel bastardo" en la cara al general (lo usual, en una visita del enano de Acero que, por otro lado, ya no era tan enano), a lo que este había respondido que era general de brigada ahora. No que Acero le hubiera hecho caso, de todas formas.

Él mismo no había hablado mucho con Edward, pero sus superiores habían afirmado entretenidos que Edward parecía estar madurando. La teniente primera había comentado que Edward pensaba proponerle matrimonio a su amiga de la infancia, no que lo hubiera comentado abiertamente. Ella y su superior lo habían deducido. Edward se había puesto rojo y empezado a ahogarse con su té, como siempre. Alphonse había pasado a saludar unos días después que su hermano mayor, acompañado por la niña pequeña y el panda aún más diminuto, la primera de los dos no siendo ya tan pequeña como todos ellos la recordaban. De hecho, Breda había asegurado que esos dos terminarían juntos, si ya no lo estaban. Él había aceptado la apuesta.

El segundo Falman, como había dicho, había sido una niña en realidad; con cabello castaño claro, algo más claro que el de su hermano, y los mismos pequeños ojos rasgados de su padre. De hecho, ambos eran la clara imagen de Falman, aún a su corta edad (aunque en la actualidad tenían dos y tres años). Breda se había regocijado en su victoria de la apuesta. Havoc, por su parte, había pensado que la niña no sería muy agraciada cuando creciera. Pero, qué se le iba a hacer… todo era cuestión de genética. Acero, aparentemente compitiendo con Falman, había empezado a reproducirse tempranamente también. Un año y seis meses después de casarse (durante 1919), por lo que habían oído, había tenido su primer hijo. Alphonse se los había comentado, muy animado, en una segunda visita de regreso a Xing, por otro año más para estudiar el Rentanjutsu. Havoc había pensado, "si, claro". Rentanjutsu siendo código para algo más. Después de todo, Alphonse ya había tenido entonces dieciocho. Breda había sugerido apostar. Él había aceptado.

Exactamente un año luego, Alphonse había vuelta a pasar por el cuartel del Este, ya de regreso de Xing, con una aún más crecida May Chang, debido a que su hermano y Winry esperaban un segundo bebé. Breda había vuelto a apostar a que sería niña (como con Falman, que gracias a Dios había dejado de reproducirse). Él, por su parte, había pensado que las posibilidades eran casi nulas, y había apostado por niño. Había perdido, obviamente. De hecho, y ahora que lo recordaba, no había sido un buen año, económicamente hablando, para Havoc. Breda se había quedado con todo su dinero de las apuestas. Y Rebecca se había reído de él, diciendo que por qué demonios no aprendía de una vez por todas a no apostar contra Breda. Havoc no recordaba por qué seguían invitando a la irritable teniente segunda amiga de la teniente primera a beber con él y Breda los viernes tras abandonar el cuartel, pero lo hacían.

En cuanto a ellos, Fuery estaba saliendo con alguien. No la conocían, y éste no les había comentado nada tampoco (ellos mismos lo habían deducido), pero seguramente sería inteligente y amable como el sargento mayor. Tampoco sabían cuánto llevaban saliendo. Y, de hecho, no sabían cómo lucía en absoluto. Breda apostaba que se trataba de Sciezka, dado que lo habían visto en más de una ocasión ayudándola amablemente a cargar una gran pila de libros por los corredores, Havoc había aceptado que posiblemente lo era y decidido seguir el consejo de la teniente Catalina y no apostar. Éste año había tomado la resolución de no perder el 80% de su sueldo en apuestas con su antiguo compañero de academia, y hasta ahora parecía ser capaz de cumplirlo. No obstante, qué sentido tenía tener dinero si no tenía citas con quién gastarlo. Era frustrante, realmente, pero la mayor parte de su dinero se iba en las bebidas de los viernes con el teniente segundo Breda y la teniente segunda Catalina. Patético. Realmente patético. Especialmente porque un nuevo año estaba comenzando (1921), y éste sería el año en que cumpliera treinta. Y aún no tenía novia… No sólo eso, sino que Falman ya se había casado y tenido hijos. Y él ni siquiera tenía novia…

Al menos podía sentirse bien en la desgracia ajena, dado que Breda seguía igualmente soltero que él, también próximo a cumplir 30. Y Rebecca tampoco se había conseguido ese hombre adinerado con el que casarse y retirarse, del que tanto hablaba. Havoc pensaba que no lo haría nunca. Nadie en su sano juicio se casaría con Rebecca, más aún teniendo dinero, pero ese era un pensamiento que había decido no compartir en voz alta. Y Rebecca podía ser considerablemente aterradora cuando lo deseaba. Por su parte, Breda había sugerido que si a los 35 ninguno de los dos tenía pareja se casaran entre ellos. Breda había estado muy ebrio y había terminado con una botella en la boca, cortesía de ambos. Rebecca había afirmado que ni loca se casaría con un pobre teniente segundo como él. Havoc había estado de acuerdo respecto a ella. Además, Rebecca cumpliría 32 cuando él cumpliera los 30 (dado que tenía la misma edad que la teniente Hawkeye), y él no salía con mujeres mayores que él. Menos aún con Rebecca. Por desesperado que estuviera.

En cuanto a sus superiores, las cosas no parecían haber cambiado mucho. La teniente primera no se había casado, aunque Havoc no sabía por qué. Aún cuando no fuera su tipo, Hawkeye era una mujer considerablemente atractiva e inteligente. E incluso a sus 32 años de edad recién cumplidos (a finales del año anterior), continuaba pareciendo joven, de tan solo veintitantos, y esbelta. Por lo que no dudaba que no le fuera fácil conseguirse un hombre, pero no lo había hecho. Para fines prácticos, todos habían concluido que se encontraba platónicamente casada con el general de brigada, dado que se la pasaba regañándolo y vigilándolo y cuidando de él. Su superior, por otra parte, no era muy fiel a dicho matrimonio platónico, dado que continuaba saliendo con mujeres cada dos o tres noches por semana, religiosamente.

Y, para su fastidio, su superior tampoco aparentaba sus ya (y también recién cumplidos, pasado mediados del año anterior) 35 años. De hecho, continuaba con su rostro aniñado y su apariencia impecable robándole citas cada vez que podía. Havoc maldecía la genética Mustang. Havoc pensaba que por qué demonios sus superiores no se casaban realmente y tenían bebes atractivos que parecieran eternamente jóvenes, así podía salir con una condenada mujer sin temer que el general de brigada se la robara. Breda se reía de él cada vez que golpeaba la cerveza con más fuerza de la necesaria en la barra mascullando exactamente eso. Rebecca parecía igualmente frustrada por la relación de su amiga con su superior. Sorprendentemente, habían encontrado algo en común. Breda había vuelto a sugerir que se casaran. Breda había terminado con otra botella de cerveza de 500 cc en la garganta. Y eso había sido el viernes anterior, el segundo viernes de Enero de 1921. Y a él ya lo habían rechazado dos veces, desde que había comenzado el año.

Desgraciadamente, al menos para él que continuaba soltero, eso era todo lo que acontecía desde que los Elric habían desaparecido del panorama. Sólo rechazos, citas robadas, apuestas (perdidas) con Breda, noches de bebida con Breda y Rebecca, papeleo, algún incidente con el que lidiar, más papeleo, el resto del mundo avanzando con sus vidas, casándose y teniendo hijos (no que él hubiera pensado demasiado más allá de conseguirse una novia…) y el general de brigada y la teniente primera igualmente estancados en el tiempo como ellos pero sin quejarse realmente. De hecho, ninguno de los dos parecía manifestar frustración respecto al estatus actual de su vida personal habiendo arribado a dicha edad, lo cual le irritaba del todo un poco más. ¿Acaso el general no tendría que estar teniendo ya su crisis de la mediana edad? ¿Y Hawkeye? ¿Por qué demonios no se alarmaba como todas las mujeres que cumplían treinta?, más aún estando soltera. No lo entendía. No le importaba entenderlo, pero lo frustraba. Él merecía tener una novia más que el general de brigada.

La voz severa de la teniente primera Hawkeye lo sacó de su estado de ensimismado enfurruñamiento —Teniente Havoc, le recomiendo que deje de mirar hostilmente al general y preste atención a su trabajo. Y le recuerdo que los documentos dañados deben ser rehechos —puntualizó, indicando el papel que Havoc llevaba arañando intensivamente fuerte con la pluma desde hacía ya veinte minutos. El cual, por supuesto, se encontraba parcialmente hecho jirones.

Bufando, tomó el papel, lo hizo un bollo y lo arrojó al cesto, encestándolo adentro (para su suerte), y comenzó a rehacer el documento que su frustración había dañado. A su derecha, en la silla contigua a la suya (dado que se trataba de cuatro escritorios unidos a modo de una espaciosa mesa, únicamente separados por cajoneras), se encontraba Breda trabajando diligentemente. Mientras que el sargento Fuery lo hacía inmediatamente enfrente de Havoc. Junto a Fuery, en diagonal a Havoc, se encontraba la teniente primera Hawkeye que, como siempre, tampoco parecía tener mayores inconvenientes con el papeleo. Mientras que su superior, en su propio escritorio ubicado perpendicularmente al de ellos y apartado por tan solo un metro, metro y medio, de la ubicación de Hawkeye y Breda, se encontraba trabajando igualmente (y, para su sorpresa) como realmente debería. A la derecha de su superior, a dos metros, se encontraba la puerta abierta que daba a la oficina privada del general de brigada. Oficina que la mayor parte del tiempo elegía no usar y trabajar en el mismo espacio físico que ellos.

El resto de la tarde, se dedicó a trabajar diligentemente, mirando el reloj de vez en vez, sólo para cerciorarse de que no se le haría tarde para su cita. Afortunadamente para él, y aún con el incidente del documento dañado, fue capaz de terminar todo a tiempo, al igual que Breda y Fuery. Hawkeye, por otro lado, parecía haber terminado su parte del trabajo (y la de él también) una hora atrás, pero no parecía dar indicios de que fuera a marcharse. No aún, al menos. Dado que había decidido, en aquel momento, comenzar a hacer el mantenimiento de una de sus armas. Algo que evidentemente le llevaría cierto tiempo. Pero, Havoc sospechaba, debía estar haciendo tiempo para esperar al general. Quizá asegurarse de que terminara todo a tiempo y en forma, tal y como debería hacerlo de acuerdo de su posición. O quizá simplemente quería asistirlo con su propio papeleo. De todas maneras, no era asunto suyo. Él tenía una cita.

Poniéndose de pie, animado, caminó hasta el perchero y tomó su abrigo, silbando por lo bajo inconscientemente. El general de brigada sonrió arrogantemente, cesando por una vez en el día de trabajar —¿Te espera una mujer, Havoc?

El rubio tomó el abrigo y se lo colgó en el antebrazos, sonriendo. Breda a su lado haciendo lo mismo —Esta será la que conserve —aseguró, balanceando un nuevo cigarrillo apagado que acababa de colocarse entre los labios. Meredith era agradable y amable. Y ciertamente tenía una circunferencia de pechos que se apegaba a sus preferencias. Además, parecía genuinamente interesada en él y no en acercarse al general de brigada por medio de su persona.

Breda enarcó ambas cejas —¿Quieres que apostemos?

Havoc torció el gesto, mascullando entre dientes —Cierra la boca.

Roy, apoyando ambos codos sobre el escritorio y su mentón sobre el dorso de sus manos entrelazadas, sonrió un poco más —¿Y, es atractiva?

—Consíguete tu propia mujer —le espetó, empezando a irritarse. Había terminado a tiempo y había estado listo para marcharse a su cita, de buen humor, y ahora el general y Breda se lo estaban arruinando con sus estúpidos comentarios. Decididamente nunca permitiría que Meredith conociera a su superior.

Roy se enderezó y tomó su pluma una vez más, encogiéndose de hombros —Ya tengo una que me haga compañía esta noche, teniente Havoc. Buenas noches.

El rubio negó con la cabeza y se dirigió a la puerta, de espaldas a sus superiores. Breda, que también había terminado, permanecía detrás de él. Y Fuery aguardando también s que despejaran la salida para abandonar la oficina —Buenas noches, jefe. Hawkeye.

La rubia asintió secamente —Buenas noches, teniente Havoc.

Breda hizo un gesto vago con la mano. Y Fuery se volvió a saludar cordialmente —Buenas noches, general. Buenas noches, teniente primera —voz amable.

Riza, asintiendo por segunda vez, replicó —Buenas noches, sargento —mientras que Roy devolvió el saludo con un gesto de la mano sin apartar los ojos de su trabajo. Por media hora más, el general de brigada se abocó completamente al papeleo que tenía a mano. Mientras que ella, en silencio, permaneció en su escritorio limpiando la última de sus armas con suma destreza.

Roy suspiró, haciendo una pausa y pellizcándose el puente de la nariz, codo de la misma mano apoyado sobre el escritorio, mientras que con la otra continuaba sujetando la pluma entre sus dedos —Será una larga noche, ¿no es así, teniente?

La expresión de ella se suavizó —Eso parece, general —dejando finalmente la semiautomática ensamblada y asegurada sobre su escritorio. Limpia y descargada. Afuera, ya había terminado de anochecer. Y el frío de la noche empezaba a colarse a través de los cristales. Sin importar que éstos estuvieran cerrados. De hecho, y en general, la oficina aquella era considerablemente fría, pero resultaba tolerable cuando se trataba de cinco personas en su interior, y durante el día. Ahora, no obstante, eran solo dos. Y las noches de invierno en Central eran aún más frías que los días. Sólo era cuestión de tiempo para que el general de brigada sugiriera que se trasladaran, papeles y todo, a su oficina. Dado que ésta poseía calefacción.

El moreno se frotó las manos, considerando volver a ponerse los guantes. Desgraciadamente, era demasiado incómodo intentar escribir con éstos puestos. Espiró sobre sus dedos —¿Está haciendo frío o soy yo? —ceño fruncido.

Riza negó calmamente. Ahí estaba, la frase inicial —No, general. No es usted. La temperatura está descendiendo considerablemente.

Asintió —Eso pensé —dejando su pluma—. ¿Nos trasladamos a la otra oficina, teniente? La calefacción será ciertamente bienvenida, sino necesitada. Además, aún nos faltan revisar los documentos concernientes a Ishbal. Y están ahí adentro.

Se puso de pie, volviendo a guardar la semiautomática en su respectivo estuche, en su espalda, a la altura de la zona lumbar. Y asintió —Ciertamente, general. Vaya adelantándose. Yo regresaré enseguida.

Roy asintió, viéndola caminar hasta la puerta en completo silencio —Ah, teniente.

Se detuvo, mano en la puerta, y se volteó —¿Si, general? —ceja enarcada.

Él se puso de pie, comenzando a acomodar los papeles, dándole algún que otro golpecito aquí y allá a las pilas para emparejar los bordes. Alzó la mirada —Lo mismo de siempre para mi.

Riza espiró, calma sonrisa en los labios, y se volteó para abandonar la oficina —Como siempre, general —confirmó. Antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

Por un instante, se quedó observando dicha puerta cerrada, papeles en mano. Hasta que finalmente sonrió. ¿Qué había hecho para merecer una ayudante tan leal y devota? No tenía la menor idea. De hecho, podía pensar en una lista entera de razones por las que no la merecería. Y era una lista larga. Pero pocas razones para justificar el tener a alguien como Hawkeye a su lado. Alguien tan dispuesta a dejar de lado su propia vida personal para asistirlo con su trabajo, para ayudarlo en su camino a la cima. De hecho, sabía perfectamente que ella daría su vida de ser necesario, para proteger la de él y mantenerlo en su camino recto. Lo sabía, porque Hawkeye lo había intentado, todos esos años atrás durante el día prometido. Algo que aún entonces le provocaba un gran sabor amargo de solo recordarlo. Que había estado a punto de perderla, como Hughes, de ser obligado a prescindir de ella por el resto de su vida. La sola idea le resultaba entonces aterradoramente dolorosa.

Tomando los papeles bajo el brazo, caminó hasta la siguiente oficina. Su oficina privada. Era amplia. De hecho, casi tan amplia como la oficina contigua, que usaba junto con sus subordinados en días normales, y eso era decir mucho, dado que en la otra cabían perfectamente cinco personas y los respectivos espacios de trabajo y en esta sólo había un escritorio. El suyo, ubicado de modo que quedaba sentado con su espalda a la pared perpendicular más próxima a la puerta. Exactamente en el medio de dicha pared. En la cual, y tras su escritorio, había colgado un gran mapa político de Amestris y sus países limítrofes, incluido el desierto y Xing en toda su amplia extensión. Delante de su escritorio, a tan solo un metro, metro y medio, había dos sofás color tostado, enfrentados el uno al otro, separados únicamente por una pequeña mesita de café de lustrosa madera. Y, básicamente, eso era todo. Exceptuando la ocasional biblioteca pequeña junto a la puerta, a la izquierda de la misma y próxima al escritorio, y un par de cajoneras con archivos contra la pared opuesta a donde se encontraba la entrada. En la cual, había una gran pizarra con documentos clavados en medio, y a ambos lados ventanas pequeñas que daban a la entrada del cuartel. Las cuales en aquel exacto momento, se encontraban empañadas por el frío.

De hecho, esa era la exacta oficina que le habían asignado aquella vez que había debido viajar a Central, estando todavía en el cuartel del Este (y siendo aún coronel), cuando le habían ordenado estar a cargo de la captura del "Alquimista de Hielo", Isaac McDougall. Ex alquimista estatal que tras la campaña de Ishbal había decidido unirse a un grupo anti-gubernamental. Y, por ende, anti-milicia. Un antiguo miembro de sus propias tropas durante la campaña de aniquilación. Lo habían logrado, entonces, con la ayuda y asistencia de los Elric. Sin embargo, no podía dejar de pensar, cada vez que estaba allí, que Hughes volvería a entrar por la puerta, tal y como había hecho aquella vez, para sugerirles a Edward y Alphonse que pasaran la noche en su casa, con Gracia y Elicia. Desgraciadamente, sabía que tal cosa no pasaría. Y, por ende, optaba por permanecer lo más alejado de esa oficina posible. Con Hawkeye acompañándolo, por otro lado, su estancia en dicha habitación se hacía más tolerable. Además, necesitaban desesperadamente encender la condenada estufa. O terminarían congelándose. Sus pies ya empezaban a hacerlo.

Caminando hasta la estufa, que se encontraba en el fondo más alejado de la puerta de la oficina, se inclinó sobre ésta. Cierto era, que nunca era él quien la encendía, sino su siempre voluntariosa y capaz teniente primera. Desgraciadamente, ésta vez debería hacerlo él, dado que su teniente primera había salido por el momento y le había encargado ocuparse del traslado de todo a la oficina contigua. Lo había hecho, mover los papeles de un escritorio al otro. No obstante, la oficina había permanecido vacía y con la estufa apagada todo el día, por lo que la temperatura era exactamente igual o incluso menor a la de la otra oficina. Y ciertamente no quería que su teniente lo hallara muerto, congelado y preservado para la posteridad en un gran cubo de hielo cuando regresara. Además, la misma Hawkeye tendría frío, y preferiría esperarla ya con el ambiente cálido y climatizado. Después de todo, al menos le debía eso, por haber salido a realizar ella los mandados necesarios para permanecer allí, trabajando, por varias horas más y sin desfallecer en el intento.

No obstante, nunca había prendido la condenada estufa. Y no tenía idea de cómo hacerlo. Él era un hombre competente, y hábil, capaz de encender fuego con su propias manos y realizar operativos militares con suma eficacia y prontitud. Desgraciadamente, lidiar con objetos domésticos no entraba entre sus habilidades. Después de todo, era un hombre soltero de –prefería no pensar en su edad- bla bla tantos años y se manejaba como podía. Además, la estufa de su casa distaba considerablemente a aquella del cuartel, dado que lo que él tenía no era otra cosa que un hogar, el cual encendía con un poco de leña y un mero chasquido de sus dedos. Y por ende no comprendía el funcionamiento de la misma. La teniente primera, sin embargo, tenía una idéntica en su apartamento. Una estufa a modo de radiador. Suspiró, observando ceñudo la perilla. ¿Dónde demonios iba el fuego?

Tomando la misma, la giró, acercando las manos al calentador. Nada. Pensó. Quizá ese tipo de estufas demoraba más en encender. Ciertamente debía demorar más que un hogar, cuyo fuego comenzaba a calentar al instante, una vez encendido. Si, seguramente se trataba de eso. Acortando la habitación en largos pasos, se sentó en su escritorio. Comenzando a organizar los papeles. Había hecho un desastre, cuando los había trasladado, y algunos documentos de Ishbal se habían mezclado con los demás. Tomando el primero, lo examinó. Se trataba de un documento sobre una ciudad próxima a Central. Lo dejó a un lado de su escritorio. Tomando el siguiente, hizo lo mismo, poniéndolo sobre el previo. Y luego tomó el tercero, y el cuarto, y el quinto, distribuyéndolos en sus respectivas pilas. Eso estaba haciendo, al menos, hasta que se percató que el ambiente continuaba igual de helado a como lo había estado antes.

De hecho, llevaba sus buenos minutos con los dedos congelados. Aquel particular invierno de Central se estaba tornando considerablemente crudo, para su gusto. En aquellos momentos, incluso el desierto de Ishbal resultaba más atractivo a sus ojos. O a su temperatura corporal, al menos. Poniéndose de pie, ya algo fastidiado, caminó nuevamente hasta el condenado objeto. El cual continuaba inmóvil haciendo absolutamente nada, cuando debería estar calentando la oficina. Resintiendo los dedos, volvió a girar la perrilla. A un lado, y luego al otro. No sería una sorpresa que no funcionara, de todas formas. Las cosas en el cuartel general solían llevar allí demasiados años y por ende tendían a romperse con más frecuencia. Además, el mantenimiento de ciertas cosas solía ser algo pobre. Especialmente cuando había que priorizar presupuesto para cosas de mayor necesidad o interés. Bufó. La perspectiva de pasar el resto de la velada congelándose, hundido en papeleo, era atroz. Si no funcionaba, arrojaría todo por la ventana y se iría a casa. A sentarse frente a su hogar con ropa cómoda y una copa de vino o un vaso de Whisky en mano. Pero solo uno, decretó. Recordando la resaca de aquella mañana. O quizá iría a beber algo de Madame. Visitarla, quizá, y a las empleadas. Dado que hacía demasiado que no pasaba a visitarlas, y tanto Madame como las empleadas continuaban diciéndole que lo hiciera, las segundas con más entusiasmo que la primera.

Y si Hawkeye no lo permitía, y lo obligaba a terminar su papeleo, entonces tomaría dicho condenado papeleo o algún documento viejo que no sirviera y haría una fogata en medio de la oficina, de ser necesario. Eso seguramente calentaría el ambiente. Torció el gesto. El aparato empezaba fastidiarlo. Aún así, continuó intentando encenderlo. Examinándolo y tratando de colegir si había algo dañado o fuera de lugar. Desgraciadamente, no era demasiado idóneo en sistemas de calefacción. Todo lo que podía hacer era encender fuego. Y, por un instante, consideró tomar sus guantes, pero rápidamente lo descartó. Hawkeye lo mataría, si incendiaba la oficina, que era seguramente lo que pasaría si tomaba sus guantes. Y dudaba que eso fuera a resolver el problema. Quizá podía intentar repararla con alquimia...

Poniendo ambas manos sobre la misma, y observando la luz azul de la transmutación, aguardó. Si había algo roto o fuera de lugar, ciertamente él podría volver a colocarlo donde debía ir, tal y como había hecho Acero con la radio del sargento Fuery. Y dudaba que el enano de Acero tuviera conocimiento alguno sobre el funcionamiento de una radio, de todas formas. Una vez hiciera eso, seguramente podría encenderlo. Además, su teniente primera seguramente regresaría en cualquier momento. Y no quería quedar como un idiota incompetente delante de la mujer más capaz que había conocido en toda su vida. Y de toda su vida, además. Suspiró. Doblando y enderezando los dedos para recobrar algo de calor, en vano.

En ese instante, la puerta se abrió, revelando a Hawkeye. La cual cargaba una serie de cosas en el interior de una bolsa de cartón. Al verlo, con ambas manos sobre la estufa, enarcó una ceja —¿General, qué hace? ¿Aparte de intentar transmutar la estufa?

Se enderezó y se limpió ambas manos, deslizando una palma por la otra —¿Qué parece, teniente? Intentando hacer que funcione. No lo hace, por cierto. Me temo que tendremos que dejar aquí por hoy.

Ante la mención de lo último, frunció el entrecejo. Por supuesto, su superior tomaría cualquier excusa para marcharse y dejar olvidado su trabajo. Dejando la bolsa de cartón sobre el escritorio de su superior, caminó hasta la estufa en cuestión —Estoy segura que funcionaba, general. La última vez que la encendí.

—Seguramente se rompió, teniente, desde entonces —aseguró, cruzándose de brazos. Hawkeye se paró a su lado, examinando la estufa.

—Estoy segura que sólo está buscando una excusa para marcharse antes, general —retrucó, estricta.

Roy se volvió a ella —Me ofende, teniente. Que piense que haría eso —no lo negaría. La perspectiva de volver a su casa era mejor a la de permanecer en el cuartel general hasta altas horas de la noche. No obstante, no era eso lo que estaba intentando hacer con el asunto de la estufa. Realmente no funcionaba.

—Lamento haberlo ofendido, general. No sé por qué pensé que podría hacerlo —replicó, con ácido sarcasmo. Inclinándose un poco sobre el calentador. Roy maldijo que su teniente primera no usara la falda estándar del uniforme. De lo contrario habría podido ser capaz de ver sus esbeltas piernas y quizá un centímetro o dos más de muslo, si se hubiera agachado de esa forma usando la antes mencionada prenda.

—¿Está insinuando que tengo dobles intenciones, teniente?

Riza se enderezó, frunciendo el entrecejo y limpiándose las manos con un pañuelo que retrajo de uno de sus bolsillos —¿Acaso hay alguna ocasión en que no las tenga, general?

Roy permaneció pensativo, y sonrió de lado —Puede que tenga razón, teniente. ¿Y, funciona?

Asintió —Perfectamente, general. Como dije que hacía. Aunque admito que fue inteligente de su parte desenchufarla. Aún así, me temo que tendrá que hacer su papeleo.

Desenchufarla. Su mente quedó en blanco. Desenchufarla. Claro, se maldijo, absteniéndose de golpearse la frente con la palma de la mano. Era una estufa eléctrica. Hawkeye lo había mencionado en una ocasión. Quizá más de una, de hecho ¿Por qué no se le había ocurrido el revisar la conexión eléctrica? Ciertamente una estufa eléctrica, así fuera de tipo radiador, funcionaba con electricidad. Era una obviedad, de hecho. Así que al final había resultado siendo el idiota incompetente que había temido que Hawkeye viera. Era inevitable, suponía, cuando eso era lo que había sido en aquel momento.

Afortunadamente para él, su teniente primera había pensado lo peor de su persona (no que él no le diera motivos a diario para que lo hiciera...), y había creído que lo había hecho deliberadamente, en una ingeniosa jugada, intentando eludir sus obligaciones burocráticas. Había fallado, de tal ser el caso. Pero ciertamente prefería lucir como alguien inteligente y manipulador pero irresponsable a un idiota incompetente incapaz de encender una estufa. Dado que era lo segundo, optó por fingir lo primero. Ciertamente resultaba más atractivo un hombre negligente a uno completamente inútil. No que no fuera negligente, de todas maneras, siempre lo había sido. Sólo no había estado siéndolo en ese preciso momento. Además, su teniente primera no terminaría de recordárselo si supiera que no había sido deliberado.

Sonrió —Es una lástima, teniente.

—Imagino que si, general. Pero tendrá que hacer su papeleo de todas formas.

Asintió —Eso parece, teniente. Eso parece.

Si, mejor un egoísta negligente a un idiota incompetente. Definitivamente.