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-¿ Kurapika? - sentado sobre la branda del gran trasatlántico que abordaban, desafiando el vaivén del barco, a las olas enfurecidas y al mismo cielo, se encontraba un joven de rubios cabellos, algo largos por el descuido y de profundos ojos azules, demasiado maduros para alguien de su edad, de suaves facciones que le daban un aspecto delicado, casi femenino, pero que contrastaba con la fuerte determinación de su mirada.
A su lado estaba apoyado quien le hablaba, un tipo alto moreno, barba de algunos días, que poseía un atlético cuerpo y una mirada llena de vida y picardía. Se apoyaba despreocupado, al costado del rubio, observándolo con ojos algo inquisidores. Kurapika nunca había sido el ejemplo de sociabilidad, ni mucho menos, pero ahora se veía más reservado de lo que recordaba.
Su compañero de viaje, compañeros de años… amigos, a fin de cuentas. Hacía mucho que la prueba del cazador los había reunido. Las vueltas de la vida los traían nuevamente a un mismo destino, pero ahora las cosas eran distintas. No existían incertidumbres sobre el futuro, ahora ellos eran amos del mismo. Leorio, que así se llamaba el joven, contemplaba a su distraído a su amigo. Se sostenía con bastante fuerza de la baranda del trans atlántico que abordaban, pero no precisamente por temor a caerse o algo así. Ambos lucían algo preocupados, pero cada uno por distintas razones.
El primero estaba allí, sin pensar en nada más que en su venganza. Pero que con frustración veía cada vez más lejana. Y es que la Phantom Troupe o Genei Ryodan no había sido aun capturado. Ni los mejores cazadores de lista negra del mundo tenían alguna información, mas allá de las esporádicas y letales apariciones de sus miembros, que parecían atacar de forma aleatoria a distintos objetivos que no tenían nada que ver entre ellos.
Evidentemente que él si sabía algo más… o al menos tenía esa esperanza. Suponía que Hizoka, un mago descarado y sádico, no habría cortado relaciones tan fácilmente con ese grupo de ladrones. Tenía más que claro que él sujeto pretendía por todos los medios llegar a medirse a su líder. Pero no sabía exactamente en qué condiciones estaría aquella línea de información-
Kurapika se maldecía una y mil veces, por haberse limitado a "atar" a Chrollo Lucilfer… había sido ingenuo al pensar que él jamás sabría sobre los removedores de nen. Y eso le molestaba, pues con cada día que pasaba se le hacía más difícil seguir la pista esos bandidos. Kurapika no imaginaba que ahora habían nuevos miembros… ni siquiera sabía que se hacían cada vez más poderosos… tanto que se habían atrevido a enfrentarse a las Hormigas… y habían resultado victoriosos.
Por lo menos tenía la tranquilidad de haber dado sepultura a una gran parte de los ojos de su pueblo, y es que el muchacho era un integrante de la tribu actualmente extinta de los kuruta. Una tribu perseguida por su más preciado tesoro, sus ojos… esos mismos que, con las emociones cambiaban a un rojo escarlata, considerado el color más hermoso del planeta. Esos mismos ojos que le permitían acceder a su tan preciado estado de especialista.
Por su parte el moreno que le miraba, no con ojos de amigo, sino más bien los de un futuro doctor. Se preocupaba por el lamentable estado de su amigo. Y es que por pensar en sus venganzas, y en nuevos planes estaba dejando de lado su propia salud. No comía, casi no bebía nada y cada día amanecía más pálido. Había bajado un número considerable de kilos, lo que lo mostraba un cuerpo aun más enjuto y fino de lo que realmente era. Ahora que tenía esa costumbre adquirida de vestir trajes negros de marca, le hacían más llamativo.
Leorio siguió con su examen. Las cosas habían cambiado.
Habían pasado ya 3 años desde la elección del nuevo presidente de los cazadores, elección en la que él mismo había llegado a la final.
De esos días negros ya no quedaban más que desagradables recuerdos.
Él era un cazador, quizás no tan poderoso como sus amigos, pero tenía el poder de la medicina a su lado. Luego del incidente con Gon, se había aplicado al máximo, y había terminado los 5 años de general, en solo 3, con grandes meritos y felicitaciones por parte de sus profesores. Ahora, llegaba el momento de decidir su especialización. Pero antes de eso, había optado por retomar su camino junto a ellos.
Gon y Killua ya no eran niños chicos.. Estaban entrando a la complicada adolescencia, pero no perdían el espíritu.
Mientras Gon había disfrutado un par de veces con Gin, descubriendo un mundo fuera de las fronteras, el joven Zoldick se había dedicado a viajar junto con su hermana Alluka. Es cierto, el muchacho era hombre biológico, pero él como un buen hermano, el único que la quería por quién era y no por lo que podía hacer, entendía las implicancias de la transexualidad. Y no le molestaba tratarla como la más delicada flor del mundo.
Así se les habían pasado los años. De Kurapika, no habían sabido nada hasta que él los contacto hacia un par de meses, para buscar a los miembros del Ryodan y rescatar los pocos ojos que le quedaban.
Los amigos, no dudaron ni un instante.
Gon traslado a Kaito niña a su residencia junto a Mito-san, Colt, empeñado en protegerla, aunque ya sabía que no era su hermana desaparecida, les había acompañado. Con ellos Killua aprovecho de dejar a Alluka, demasiado consiente que ponerse en movimiento de esa forma tan evidente, pondría los ojos de Illumi en persona. Era demasiado consiente de la obsesión casi enfermiza que tenían sus hermanos por él. Milluki lo odiaba lo suficiente para matarlo si es que pudiera, Kalluto lo deseaba como a nadie, quería ser la única en su corazón, Alluka lo adoraba por simplemente quererla e Illumi… el simplemente lo protegería de todo, hasta de su mismo deseo de ser libre.
Alluka, no tardo en congeniar con esas nuevas personas. Mito – san la adopto como a una hija más, la adornaba y llenaba de hermosos trajes que ella misma confeccionaba, mientras Kaito vagaba por el bosque, cazando y tratando de re- estructurarse como el cazador de elite que había sido.
Tanto el joven Zoldick como Gon estaban tranquilos. Colt las protegía, y eran realmente poco los cazadores capaces de enfrentarse a una hormiga Quimera de su rango y sobrevivir.
Retomando el hilo de sus preocupaciones, Leorio trato de traer de vuelta al mundo real a su amigo. Esperaba que el pequeño de ojos claros le dijera ahora que le pasaba, aprovechando que Gon y Killua habían salido a inspeccionar por cuadragésima vez el barco. Ambos chiquillos se aburrían. Pasaban toda la mañana practicando tal y como Biscuit les había enseñado, pero ya para la tarde, se les acababan las opciones. Por lo visto estaban buscando alguna manera de meterse a la sala del capitán y convencerlo de que les dejara manejar el navío. Quería hacer cosas distintas, su curiosidad innata seguía intacta.
-Kurapika!- volvió a repetir su nombre, un poco más alto y duro que las otras veces. Seguía con la mirada perdida en el horizonte. Leorio no sabía si lo estaba ignorando deliberadamente. Como quien intenta atrapar un ave, de manera lenta el joven doctor tocó el suave rostro de su amigo, para hacerle entender que estaba allí. Y como lo había planeado, su rubio compañero se sobresalto, y se quedo allí, mirándolo con cara de pocos amigos.
- Vamos al comedor, comamos algo, y hablamos, ¿te parece Kurapika?- Leorio trataba de sonar despreocupado, pero era imposible. Cada vez que esos ojos se fijaban en él le hacían sentir que el corazón se le paralizaba en una sensación de lo mas incomoda pero a la vez maravillosa- yo invito... - termino de decir en un susurro.
- Déjame en paz Leorio, no tengo hambre- Kurapika aun enojado por la interrupción de sus pensamientos miraba desafiante al moreno. Disfrutaba, por una razón que el aun ignoraba, atormentar al 'doctor'. Le recordaba tiempos algo más relajados, cuando sus manos no estaban rojas por la sangre humana. Cuando todo el futuro era incierto y lejano.
Ahora las cosas habían cambiado. Se sentía diferente, pues estaba sucio. No entendía como Killua podía vivir con tantas almas atormentando sus sueños. Quizás el convivir con ello era parte de su negocio y de bebe había aprendido a hacerlo, pero el joven kuruta no… y si bien, adoraba ver como con una palabra o con un gesto lo ponía nervioso, se consideraba incapaz de merecer ese cariño y cuidados que el mayor le brindaba. Antes se había preguntado por qué esta reacción. Pensaba en un principio que se debía al miedo de Leorio a que se burlaran de él, pero, al perder el habito de molestarle había comenzado a pensar que le joven le admiraba, porque él, resuelto, estaba llevando a cabo su venganza.
Y era obvio que el joven Leorio se daba cuenta de cómo disfrutaba atormentarle. Y lo dejaba. Porque, sentir que Kurapika aun lo consideraba, aunque fuera solo para molestarlo, le hacía sentirse parte de algo.
Pero, había algo más allá que Leorio ignoraba. Y era la suave calidez que el corazón del joven kuruta transmitía cada vez que le veía. Pero claro, el siempre tan metódico muchacho había preferido más de un millón de veces dejar pasa esas sensaciones, hasta que algún libro o algo le indicara que era eso y luego le indicara las instrucciones a seguir. Porque era evidente que no se sentía igual que con Gon y Killua. Ellos sabían defenderse, pelear y atacar. Leorio se había quedado atrás en ese aspecto, y ahora tenía un rol protector con él. Y eso le daba miedo, porque él lo quisiera o no jamás dejaría que eso llamado corazón se apoderara de su razón. Tenía miedo de haberse enamorado de su mejor amigo. Por una razón bien concreta. Leorio lo quisiera o no estaba cautivo, todavía, del recuerdo del que fue su mejor amigo. Ese al que no había podido salvar, ese por el que se convertiría en doctor, ese por el que indirectamente se habían conocido.
Un incomodo silencio cayó sobre ellos. No es que fuera algo realmente molesto, pero cada vez se estaba volviendo más y más frecuente. El joven kuruta, luego de meditarlo un poco decidió abandonar aunque fuese por unos minutos sus planes y acepto la invitación de Leorio.
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-¡Hey Gon, cuidado!
-Lo siento Killua...
- No se nota... fíjate para la otra...
- ¡Habla más bajo que nos van a oír!
-Está bien...
Esta pequeña discusión que se llevaba a cabo en lo más oscuro de un armario, algo estrecho para albergar los dos cuerpos sudorosos y apretados que se removían incómodos.
Ahí, dos de los cazadores más jóvenes de la historia, maquinaban planes para hacerse de ese barco. Habían decidido no usar nen, eso sería muy aburrido, por lo que estaba llevando a cabo esa operación comando a la vieja escuela.
Sin embargo el barullo había llamado la atención de uno de los peores guardias de seguridad del barco, el cual ya había sido alertado sobre un par de muchachitos.
Un viejo musculoso y de mal carácter, que intimidaba a cualquier ser humano… normal…, que no tenía más gracia que su feo aspecto y una fuerza algo superior a la media.
Luego de refunfuñar contra los padres de todo tipo de mocosos que en cada viaje intentaban hacer lo mismo, se decidió a abrir la puerta del armario e intimidarlos con una ostentosa y poco eficaz pistola fuera de moda, como parte de su ya agotado repertorio. Era siempre lo mismo. Definitivamente odiaba su trabajo.
Hacia llorar a los pobres e indefensos pequeños. Luego, el viaje terminaba con la más absoluta calma y los padres en cuestión aprendían algo sobre cuidado y preocupación de sus críos. Claro que no sabía con quienes se metía.
Lo primero que vieron ambos jóvenes, cuando sorpresivamente se abrió la puerta que los protegía, fue un arma que será incapaz de hacerles el más mínimo daño. Pero ambos, en el evidente afán de actuar como criaturas normales, fingieron sorpresa. Al instante, el rostro de un guardia con apariencia de Bulldog se asomó, con una tétrica sonrisa en su rostro. Tanto Gon como Killua habían visto seres más temibles que ese. Y sintieron algo de decepción.
- ¿Que se supone que es esto? Acaso una mala estrategia que busca espantar a pobres niños como nosotros, bajo el riesgo de causarnos un horrible trauma psicológico?- la voz teñida de ironía que utilizaba ese chiquillo de cabellos blancos y mirada fría solo estaba logrando hacer enojar más y más a nuestro guardia, quien estaba, dicho sea de paso, bastante incrédulo por la situación. Jamás en sus 15 años de servicio le había pasado algo así. Ningún niño dejaba sus pantalones secos después de enfrentarse a él.
-Vamos Killua no seas tan malo con el pobre señor, el no tiene la culpa de ser tan feo…- continuo el moreno, algo divertido y con sus ojos llenos de risa. Un diamante puro y brillante, que resplandecía de inocencia.
-Tienes razón Gon. El pobre quizá solo necesita a alguien que no se ría de su horrible cara de perro... aunque la verdad dudo que por más que busque encuentre...
Ahora sí que no lo podía creer. Esos pendejitos se estaban burlando descaradamente de él. Ambos chicos se miraron y antes de que pudiera reaccionar salieron corriendo, a una velocidad sobre humana, en busca de lo que él supuso, serian sus padres. Bueno si esos chicos querían jugar sucio, el también lo haría.
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Leorio miraba con una sonrisa a Kurapika, haciendo que el rubio muchacho se sonrojara. Y es que el joven doctor no le sacabas los ojos de encima. Tomo una copa y pidió que la llenara con el delicioso vino, que ambos estaban bebiendo. Pocas veces tenía la oportunidad de rivalizar con su amigo kuruta en el arte de la conversación, pero los años universitarios y el roce social, lo habían transformado en todo un ser versátil y encantador.
Todo lo contrario si se piensa que Kurapika, en los últimos años, se había dedicado exclusivamente a seguir ordenes, sin chitar y a aislarse de los seres que le rodeaban. Las cosas definitivamente no eran igual que hace unos años atrás. Y eso era evidente para ambos. Sentían la necesidad de volver a conocerse.
Lo quisiera o no reconocer, el joven moreno tenía un gusto excelente y le estaba haciendo pasar un rato agradable, contándole anécdotas y datos que ambos discutían. Una conversación que antes jamás se podría haber imaginado llegar a tener. Todo iba de lo mejor, el ambiente ideal, la música de fondo armónica y pausada, las risas y cuchicheos de las parejas a su alrededor… un momento idílico, hasta que la un mesero, algo inexperto, recién contratado y que sufría aun por el vaivén del barco, se acerco inestable a servirles más de aquel dulce vino, derramando, sin querer el contenido sobre un desprevenido kuruta, manchando irremediablemente su camisa blanca inmaculada y sus cabellos dorados.
Leorio le paso su chaqueta para que se cambiara con el pretexto de que no podía pasearse en un lugar tan refinado como ese con sus ropas mojadas y manchadas. El mesero no paraba de pedir disculpas mientras que el joven kuruta, se cambiaba en el baño. El moreno trataba de bajarle el perfil al asunto, tratando de calmar al pobre hombre que estaba al borde de las lágrimas, al pensar que sería regañado por el jefe de los camareros.
Leorio sonreía afable, y cuando estaba por convencerlo de que realmente no tomaría represarías por el asunto, Kurapika volvió. Todo sonrojado, con el cabello mojado, que caía largo sobre sus ojos avergonzados y rozaban un poco más debajo de sus hombros finos, que en esos instantes, se encontraban ocultos tras una chaqueta varias tallas más grandes, dejando ver su pecho banco e inmaculado, demasiado escuálido debajo de la tela. Leorio estallo en francas carcajadas. No pudo evitar recordar aquella ocasión en que se había disfrazado de mujer para rescatar a sus amigos de las manos de la Phanton Troupe. Y lo peor de todo, que, ahora sin proponérselo, se veía mas "atractiva". Y el hecho de que el sonrojo que la situación causaba aumentara esa impresión no le ayudaba.
Fue en ese momento en que llegaron sus dos compañeros, corriendo y riendo de manera bastante infantil. Al verlos los cazadores se sentaron a su mesa, ignorantes de la embarazosa situación que acababan de interrumpir.
Tanto Leorio como Kurapika, los miraban algo confundidos, pero era inevitable no sonreír, al verlos tan inocentes y alegres. Esos dos eran realmente cazadores excepcionales. Ambos 'adultos' se miraron y Kurapika, algo más denso que su amigo, se preparó para preguntar qué pasaba, sin embargo, todo fue interrumpido por un enorme guardia, bastante parecido a un perro aparece en la puerta, y localizando a los pequeños, corrió a su lado.
-Leorio, Kurapika, escóndanos...- la voz de Gon, llena de una risa incontenible, les dio a entender que algo le habrían hecho al pobre hombre. Una simple travesura. Algo natural en ellos, la verdad.
-Ustedes son los padres de estos jóvenes - el guardia más que preguntar hacia una afirmación, por lo que continuo, sin darse cuenta de lo que sus palabras incomodaban a la joven pareja- deberían vigilarlos con más cuidado, y es que son unos niños muy mal educados, por eso no deben dejar que se alejen de ustedes, ya saben que cualquier daño que hagan ustedes como padres, deberán cancelarlos...
-Eh señor, la verdad es que ambos somos varones, por lo que a decir verdad, no son nuestros hijos...- Kurapika, rojo de furia apretaba la mano en la que llevaba las cadenas, haciéndose daño, con la obvia razón de no lanzarse contra es guardia. ¿Qué le importaba como estuvieran educados? Eran sus amigos, y los conocía lo suficiente para saber que jamás harían algo peligroso o dañino para gente inocente. Además NADIE insinuaba que era una chica, de ninguna forma le iba a perdonar aquello.
El guardia casi se muere de un infarto... luego de unos minutos de silencio incomodo carraspeo, continuando con su discurso algo acartonado.
- Es que... jamás me había tocado tratar con una pareja homosexual tan valiente como ustedes, como para reconocer que ambos chicos son sus 'hijos'. Muy bien, no seré yo quien les diga que debe o como deben criar a sus pequeños, solo vigílenlos, ¿ok?
Leorio se levanto totalmente indignado, y tomando al guardia por la chaqueta.
- Escucha bien, en ningún momento te hemos dicho que esos pequeños son nuestros hijos. Somos un grupo de turistas que queremos pasar un rato tranquilo. ¿O es que te molesta que un grupo de amigos se vayan de paseo? Además, no crees que te podríamos demandar por injurias y calumnias?¿o es normal para ti tratar de esa forma a la gente?
El comedor entero miraba la escena, que se habría apoderado de la atención de todos. Atrás estaba el recuerdo de la atmosfera tranquila de unos instantes atrás. Era más que extraño encontrar a un guardia insultando a los pasajeros del braco. El administrador que había presenciado la discusión esperando apoyar a su subordinado, se encontró estático mirando la situación fuera de lugar. En todos sus años de servicio, jamás ningún pasajero se había atrevido a enfrentarse a Bodoque, el guardia más temido del lugar. Raudo trato de solucionar el incidente y como buen gerente, se acerco y luego de pedir disculpas en mil y un tonos diferentes, de asegurar que la situación no se repetiría dejo a los cuatro cazadores no sin antes prometerles un regalo como forma de disculparse por el "bochornoso mal entendido".
